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Los niños que juegan en la guerra

18 noviembre 2008

Nunca me ha deja de asombrar la capacidad que tienen los niños para jugar a pesar de encontrarse en situaciones terriblemente adversas. En campos de refugiados, en ciudades y pueblos devastados por la guerra, en miserables barrios de chabolas, los ves que corren detrás de unos alambres que simulan un coche, que dan puntapiés a un balón hecho con trapos o que acarician una muñeca harapienta.

Recuerdo como si fuera hoy al grupo de niños palestinos, pícaros hasta la médula, que tras la retirada de las fuerzas israelíes de Gaza se pusieron a jugar entre los escombros de las bombas y los edificios derruidos.

Una capacidad para jugar que no quiere decir que sean inmunes a la brutal realidad que los rodea. Al contrario, son sus principales víctimas. Ya hemos visto en este blog los terribles padecimientos que la ocupación israelí provoca a los niños palestinos. O el altísimo porcentaje de estrés post traumático que sufren los menores iraquíes.

A nivel mundial, veintiséis mil menores de cinco años fallecen cada día por enfermedades que se evitarían con medidas sencillas y asequibles. Dos millones han perdido la vida a lo largo de la última década como consecuencia de conflictos armados. Y al menos seis millones han quedado incapacitados a perpetuidad.

Mañana se presenta en el Círculo de Bellas Artes de Madrid la sexta edición de una campaña destinada a sensibilizar sobre los problemas de la infancia en la que participan diversas entidades.

Así como en otras ocasiones estuvo dedicada a dar voz a los niños que malviven en las calles de las ciudades, los que trabajan o los que padecen las consecuencias de la guerra, en esta oportunidad intenta reflejar la realidad de estos pequeños a través de sus juegos.

Como Ahmed, que se entretiene haciendo volar una bolsa de plástico, ya que no tiene dinero para una cometa, en lo alto de Kabul, ciudad en la que más de cuatro mil niños se ven obligados a trabajar según UNICEF.

O como Selemani, que en medio de ese conflicto del Congo que acaba de precipitarse otra vez en el abismo de la violencia, en la región perdida de Chanbuda, bastión de los hutus del FDRL, corre con su coche entre los integrantes paquistaníes de la MONUC.

No hago lecturas de este comportamiento. ¿Una muestra de lo mejor de la condición humana? ¿Del empeño en no claudicar, en no rendirse, a pesar de la barbarie? Sólo sé que es algo que siempre me asombra.

Actrices porno y póquer contra los talibanes en Afganistán

31 octubre 2008

Apache, libro recientemente publicado por el piloto Ed Macy, permite realizar una inmersión en el día a día de las misiones británicas en el sur de Afganistán. Tiene como virtud que descubre el trabajo de los militares sin caer en la habitual retórica de gestas heroicas y otras hipérboles.

Es más, no duda en mostrar también las dudas y limitaciones de quienes luchan en la provincia de Helmand. Admite que si no fuera justamente por el apoyo aéreo, el avance de los talibán contra las tropas occidentales resultaría difícil de detener.

Aborda cuestiones tan de actualidad como los bombardeos a civiles. Lo hace desde el punto de vista de un piloto que controla una aeronave cuyo poder letal no fue diseñado para la paupérrima fisonomía afgana de casas de barro y plantaciones de opio, sino para los escenarios de la guerra fría.

También resulta asombrosa la cantidad de detalles técnicos y estratégicos que da, por lo que podría ser un éxito de ventas no sólo en Gran Bretaña sino entre los talibán. Detalles que presentan el curioso – por llamarlo de alguna manera – choque de realidades que aún hoy está teniendo en el país del Hindu Kush.

Actrices porno

Cuando se hicieron cargo de pilotar los Apache británicos en el sur de Afganistán, Ed Macy y sus compañeros decidieron que elegirían sus propio indicativos para las aeronaves, como lo suelen hacer los estadounidenses. Hasta el momento habían empleado los nombres que les asignaba la OTAN gracias a un programa de ordenador.

Bautizaron a sus helicópteros como “ugly”, que quiere decir “feo”. Ugly Five Zero, Ugly Five One, Ugly Five Two. “Definía perfectamente a la máquina”, explica Ed Macy. “El aspecto que tenía y lo que hacía”.

Para amenizar las reuniones diarias con los técnicos encargados del mantenimiento, en las que hablaban sobre horas de vuelo restantes y el estado de los equipamientos, decidieron dejar a un lado los nombres específicos de cada Apache, como XZ193 o XZ179, para darles denominaciones más coloridas, como hacía los pilotos de la RAF durante la Segunda Guerra Mundial.

A los ocho Apache con los que contaban en Camp Bastion, y desde los que ofrecían apoyo a las demás bases británicas en Helmand, los empezaron a llamar igual que a estrellas del porno: Heather Brooke, Tabitha Cash, Lolo Ferrari, Jenna Jameson, Tera Patrick, Taylor Rain y Sylvia Saint.

Los Simpson

Para comunicarse por radio usaban claves basadas en los Simpson. “Bart, Homer, Springifield, pizza”, era la llamada para que los pilotos se reunieran de inmediato en la sala de operaciones. Por lo que sabían, los talibán empleaban el término “mosquito” para referirse a los Apache en sus propias radios.

Despegar cada uno de estos aparatos con nombre de actrices porno, y llamadas a la acción inspiradas en los Simpson, resulta sumamente costosos. La factura por cada hora de vuelo es de 27 mil euros. Y requiere 32 horas de mantenimiento en tierra, lo que hace que el número de técnicos supere ampliamente al de pilotos.

Playstation y Disneyworld

El arranque mismo de la aeronave es lento y complejo. La cabina cuenta con 227 botones e interruptores, con diferente sensibilidad para poder operarlos también durante la noche. La mayoría de ellos tiene doble o triple función, lo que les da 443 diferentes posibilidades de acción. Y las combinaciones posibles de los controles superan los varios millares.

“Llevar a un Apache a la batalla es como jugar a la Xbox, a la Playstation y al ajedrez Grand Master al mismo tiempo, mientras se viaja en la montaña rusa más grande de Disneyworld. Estudios en EEUU hallaron que sólo un pequeño porcentaje de los cerebros humanos pueden hacer todo lo necesario de manera simultánea para operar la aeronave”.

También en la cabina el Apache cuenta con dos pantallas MPD (Multiple Purpose Display). En ellas el piloto puede colocar lo que quiera, desde las imágenes de las cámaras de televisión hasta diagramas o cualquier otro elemento que pidiera en el ordenador de a bordo: información de los motores, de las armas, de los radares.

“Como había tantos sistemas y configuraciones que preparar, el despegue requiere que se aprieten más de mil botones. Se tarda media hora si no hay prisas, y quince minutos a toda velocidad”, señala Ed Macy.

Poker con los talibán

A toda la infraestructura y costes que se necesitan para poner en el aire cada aeronave, hay que sumarle el enorme gasto en armamento. Como comentábamos esta semana, el precio del misil Hellfire II asciende a 48 mil euros.

Cada misil y cada cohete puede resistir una cierta cantidad de vibraciones, después de la cual debe ser enviado de nuevo a Gran Bretaña. Ed Macy recuerda las reprimendas del oficial de armamento, cuando este le reprochaba haber disparado un misil nuevo en lugar de los más antiguos.

Estos costes limitan las misiones que emprenden los ocho Apache estacionados en Camp Bastion, que suelen tener como objetivo brindar apoyo a las cuatro bases británicas en Helmand, muchas veces asediadas por los talibán como “un castillo medieval”.

En este sentido, afirma que no respondían a todas las llamadas de auxilio. “Sois el as en la baraja, nos dijo el brigadier. Es un juego de póquer con estos bastardos. Y un buen jugador de póquer guarda sus ases cuando le es posible”.

El poder destructivo del helicóptero Apache

28 octubre 2008

Ayer hablábamos del diseño y coste del Apache, como una forma de conocer la dimensión de los recursos humanos, materiales y financieros que se dedican a los conflictos armados. Sin embargo, una de las facetas más impresionantes de este helicóptero de combate es su poderío armamentístico, que cuenta con tres elementos principales:

1) Un cañón M230, de 30 mm, situado debajo de la aeronave y que se emplea principalmente para objetivos individuales. La punta de esta munición está diseñada para que no tenga demasiados problemas en penetrar vehículos blindados y edificios.

Su cuerpo se fragmenta al impacto como hacen las granadas, lanzando cientos de trozos afilados de metal incandescente. Pero su poder no termina allí, una vez que penetra el objetivo se prende fuego. Cada Apache es capaz de cargar 1.160 unidades de esta munición, que puede disparar en ráfagas de 10, 20, 50, 100 o todas al mismo tiempo.

2) Además, tiene dos estructuras alares en los laterales que le permiten transportar hasta 76 cohetes CRV7 (en la versión británica) que son empleados para atacar objetivos dispersos, como infantería. Habitualmente se usan dos clases de cohetes: los Flechettes, que contienen ochenta dardos de tungsteno; y los HEISAP, para edificios, vehículos y barcos.

3) Finalmente, el Apache suele llevar misiles Hellfire II, aire-tierra, guiados por laser y destinados a edificios y vehículos blindados en movimiento. Cada helicóptero puede transportar 16 de estos misiles.

Estreno y desarrollo

El cañón 230M se empleó por primera vez durante la invasión de Panamá de 1989. Pero la gran salida a la escena del Apache tuvo lugar durante la Primera Guerra del Golfo, conflicto que de hecho tuvo su punto de partida cuando un escuadrón de este helicóptero destruyó un radar próximo a la frontera con Arabia Saudí.

Apoyados por aviones A10, fue impresionante el daño que causaron a los vehículos iraquíes que huían de Kwait. Unos 270 tanques y más de 500 vehículos de transporte terminaron retorcidos y en llamas en la que se bautizó como La carretera de la muerte.

En 1998 salió el modelo AH64D del Apache. Según afirma el piloto británico Ed Macy: “400 veces más letal que su predecesor”. La incorporación más significativa fue el radar Longbow, que le permite detectar 1.024 objetivos potenciales de forma simultánea en un área de ocho kilómetros, clasificar los principales 256 y desplegar los 16 más amenazantes. Todo en tres segundos.

Esto hace que un escuadrón de ocho Apache pueda terminar con 128 tanques enemigos en menos de medio minuto, empleando los misiles Hellfire II, en lo que se conoce como dispara-y-olvídate (su nombre viene de HELicopter FIRE-and-forget).

Lo que cuesta un misil

Lo que resulta aún más espectacular de la descripción que Ed Macy hace en su libro Apache, es el coste económico de cada misión de estos helicópteros en Afganistán, que en su versión británica, AH Mk1, resultan aún más poderosos.

Como primer dato, señalar que cada misil Hellfire II cuesta 48 mil euros. Y que tanto en Afganistán como en Irak se han empleado hasta ahora más de siete mil unidades.

En enero de este año, el gobierno de EEUU realizó el último pago de 246 millones de euros, en la mayor compra de la historia, a la empresa Lockheed Martin, encargada de su producción.

Helicóptero Apache: invisible, letal y multimillonario

27 octubre 2008

En este blog tuvimos nuestro primer encuentro con helicópteros Apache en junio de 2006, apenas llegamos a la franja de Gaza. Volaban alto y en silencio, dando vueltas sobre nuestras cabezas. Sus cuatro aspas y sus lanzaderas laterales de cohetes de 70 mm como señas de identidad.

Después se convirtieron en una presencia habitual. Aparecían por las noches, desde el Mediterráneo, para lanzar misiles Hellfire contra los coches y las casas de líderes palestinos.

Un estruendo ahogado, y un resplandor amarillento que avanzaba lentamente a través de la oscuridad hasta dar con su objetivo. Acto seguido, la explosión, y las sirenas de las ambulancias y los bomberos que salían para brindar ayuda a las víctimas.

El último encuentro fue hace unos meses en Afganistán. Volando siempre en parejas, acompañaban a los helicópteros Chinook en sus misiones de aprovisionamiento de los FOB, las bases de EEUU, o como apoyo en algunas de las incursiones de la infantería contra los talibanes.

Tras varios días de demora, su aparición en el cielo afgano, secundada por los Chinook, marcaría el final del empotramiento en el Valle de Tagab, con esa última fotografía tomada mientras el helicóptero se deslizaba acariciando suavemente el lomo de las montañas rumbo a la base de Bagram.

Poco sabía acerca de este helicóptero hasta la lectura del libro Apache, de Ed Mancy, que brinda información detallada y de primera mano sobre esta aeronave a la que denomina como “el cazador-asesino supremo de todas las guerras futuras”. Información que amplío porque creo que nos puede ayudar a comprender mejor la dinámica de algunos conflictos contemporáneos.

Génesis

La empresa Boeing fue la responsable de su diseño, en los años ochenta. El encargo lo hizo el gobierno de EEUU, que buscaba un helicóptero que sucediera al Cobra y que le permitiera moverse por los vastos escenarios de la guerra fría.

Se lo llamó AH-64 Apache siguiendo la tradición de poner nombres indios a los helicópteros de EEUU, como es el caso de los mastodónticos Chinook o los famosos Black Hawk derribados en Somalia.

La primera característica que lo diferencia de modelos anteriores, siempre de contornos curvos, son los ángulos rectos de su diseño, destinados a hacerlos invisibles de los radares.

También contó desde el principio con cuatro palas, en lugar de las dos como los Huey de Vietnam, lo que lo hace más silencio, le da mayor maniobrabilidad y le permite permanecer más estable a la hora de disparar.

Asimismo, tiene un complejo sistema de refrigeración que reduce al mínimo su huella calórica, para ocultarlo también así de los misiles tierra-aire.

Caro y letal

Pero la mayor revolución está en su interior. Más de 13 kilómetros de cables enlazan ordenadores, televisores y radares que le dan un poder de acción sin precedentes entre los helicópteros. Un escuadrón de ocho Apache pueda terminar con 128 tanques enemigos en menos de 30 segundos, gracias a un potentísimo sistema de detección de objetivos que los ordena por peligrosidad.

Sus cámaras de televisión pueden amplificar hasta 127 veces un objeto. Y leer así la matrícula de un vehículo a 4,2 kilómetros de distancia (por lo que, en la próxima ocasión que me encuentre con alguno, lo pensaré dos veces antes de levantar alegremente la cámara).

El gobierno británico se gastó 5.112 millones de euros en desarrollar su propio modelo en los últimos años. El precio por aeronave es de unos 76 millones de euros. El entrenamiento de cada piloto cuesta unos cuatro millones de euros. Sólo el casco de cada uno alcanza los 27 mil euros.

Niños, piedras y soldados de EEUU en Afganistán

22 julio 2008

Apenas escuchan el sonido de los blindados, los niños salen corriendo a la carretera. Poco les importan las nubes de tierra que se levantan al paso de los vehículos, que les cubren el rostro, los brazos, que los cincelan como sombras, como meras siluetas, bajo el sol que cae a plomo en el bochorno del verano de Afganistán.

Los soldados les han puesto nombre. Los llaman “los niños del polvo”. En cada una de las misiones diurnas en la que he salido con ellos del cuartel del valle de Tagab, los hemos encontrado, allí, junto a la ruta, levantando los brazos, pidiendo un regalo, una limosna.

“Al principio les tirábamos botellas de agua, bolis, pero ya no lo hacemos”, me comenta Cox, que viaja a mi lado en el blindado MRAP. “Tememos que un día uno se cruce y pase una desgracia”.

No sería la primera vez que esto ocurre en una zona de conflicto. Es consecuencia de las prisas, del miedo, del encuentro entre la apacible vida rural, en la que los niños vagan a su antojo, sin que sus padres estén encima de ellos, y el desembarco de la parafernalia militar y humanitaria de Occidente.

Sucede en el norte de Uganda, en donde los camiones del PMA (Programa Mundial de Alimentos), se han llevado la vida de numerosos niños en su raudo paso por las aldeas, flanqueados por vehículos armados que los protegen de los posibles ataques del LRA.

Tuvo lugar también hace poco, al sur del río Litani, en Líbano, cuando un blindado español colisionó contra un autobús escolar. La pequeña Noor, de nueve años, sufrió importantes heridas en la cara y en uno de los brazos, según informó Mikey Ayestaran en su blog. Heridas que le van a suponer numerosas operaciones a lo largo de los años.

Una piedra

Según me comenta Hernández, mi otro compañero en la parte trasera del MRAP, la presencia de los niños resulta siempre un buen augurio. Verlos en la carretera significa que los talibán no han planeado emboscada alguna. De otro modo, desparecen. Sus padres los meten en las casas. “La gente sabe cuando los terroristas no están por atacar”, explica.

Anochece en el valle de Tagab. La misión de hoy es establecer un puesto de control en la carretera principal. Los niños se acercan una y otra vez. Nos llaman a los gritos. Nos saludan. Hasta que arrancamos de regreso al cuartel. Es el momento crítico, el que suelen utilizar los talibán para lanzar sus granadas, cuando los convoyes dan media vuelta y los soldados se relajan.

Por la ventana posterior del MRAP veo que un niño coge una piedra. Corre y nos la tira. Acto seguido, el resto de los pequeños hace lo mismo.

El perverso legado de las minas antipersona en Afganistán

18 julio 2008

Afganistán es uno de los países con mayor número de minas antipersona del mundo. Desde el arribo de las fuerzas soviéticas en 1979, se han plantado de forma sistemática en todo el territorio. Inclusive hoy, los talibán las siguen usando para causar bajas entre las fueras de la OTAN.

El Programa de Acción de Minas en Afganistán (MAPA), estima que el 15% de la población, cuatro millones de personas, vive en unas dos mil comunidades en las que se encuentran minas. Un área aproximada de 700 millones de metros cuadrados.

Cada mes, este armamento, así como la munición no detonada durante los conflictos pretéritos, afecta a 62 afganos, de los que el 80% son varones menores de 20 años.

Si bien esto supone un descenso del 50% en relación a la tasa de hace un lustro, lo cierto es que también afecta indirectamente a cientos de miles de agricultores que no se animan a adentrarse en zonas de cultivos por miedo a encontrarse con estas municiones.

Pérdida nada desdeñable de potencial económico si consideramos que se trata del cuarto país más pobre del mundo y que el norte está sufriendo una brutal sequía.

Asimismo, el crecimiento exponencial de la violencia desde 2006 ha hecho que vastas zonas del sur y el este del país queden fuera del acceso de los equipos que se dedican a desactivarlas, y que cuentan con un presupuesto de 28 millones de euros.

Tras haberse sumado en 2002 al Tratado de Otawa, que prohíbe el uso y almacenamiento de minas antipersona, se estimaba que el país estaría libre de este armamento en el año 2013. Objetivo que hoy parece imposible de alcanzar.

Si hay algo perverso de esta clase de munición, no es sólo que persisten después de que terminan las guerras, y que tienen un poder indiscriminado que no discierne entre combatientes y civiles, además, quienes son mutilados por ellas ven sus capacidades mermadas a perpetuidad.

Se estima que en Afganistán hay más de 65 mil personas en esta condición. Personas a las que Alberto Cairo ayuda a través de los centros de la Cruz Roja.

Continúa…

Alberto Cairo, dieciocho años en Afganistán

17 julio 2008

Vivió en Kabul bajo el gobierno pro soviético de Najibullah. Sufrió el arribo de los muyahaidines en 1992 y la guerra civil que destruyó la ciudad. Tiempos aquellos en los que, a pesar de las bombas y la parcelación de la urbe en infinitos puestos de control, salía a diario a buscar heridos.

Y luego, en 1996, cuando los acólitos el Mulá Omar lograron hacerse con el poder, siguió allí. “Tuvimos que separar a los hombres de las mujeres, pero pudimos continuar con nuestro trabajo a pesar de los talibán. Eran tiempos oscuros, tristes, donde parecía que la vida era en blanco y negro”, afirma.

Alberto Cairo es una de esas personas con las que a uno le gustaría hablar durante horas para tratar al menos de atisbar una ínfima parte de aquello de lo que fueron testigos, del fascinante bagaje histórico y humano que llevan consigo.

Sin embargo, y aunque hace 18 años que está en Afganistán, él intenta no referirse a sí mismo, y apenas lo consigue devuelve la conversación a la que ha sido su mayor motivación durante este tiempo: las víctimas de la guerra. Y, más en especial, aquellas que han quedado mutiladas como consecuencia de las minas antipersona.

Abogado de profesión, Alberto Cairo trabajaba en Torino. Pero a los 28 años decidió cambiar el rumbo de su vida. Estudió para hacerse fisioterapeuta y se sumó a la Cruz Roja. Primero recaló en Sudán. Y luego, en 1989, llegó a Afganistán.

Hoy dirige los centros que la Cruz Roja Internacional tiene en el país destinados a quienes sufren el impacto de las minas antipersona. Centros que no se limitan a colocar prótesis y dar rehabilitación, sino que van más allá: otorgan microcréditos para que estas personas puedan establecer pequeños negocios y ganarse así la vida.

Continúa…

La superioridad de EEUU y los bombardeos a civiles en Afganistán

15 julio 2008

Si hay un factor que marca la superioridad de las fuerzas de EEUU sobre los talibán en Afganistán es la capacidad de realizar ataques aéreos. Durante los diez días que he estado junto a las tropas estadounidenses en la provincia de Kapisa, he sido testigo de cómo recurren a los bombardeos de los aviones A10, al fuego de los helicópteros Apache, cuando se ven amenazados por los integristas.

Tanto es así que, tras un aumento en un 40% de los taques de los talibán y tras tres meses consecutivos en que las bajas de los EEUU han sido mayores en Afganistán que en Irak, la medida más importantes que se ha tomado es la de trasladar el portaviones USS Lincoln del golfo Pérsico al de Omán para acortar así las distancias en las misiones aéreas destinadas al país del Hindu Kush.

Este portaviones, en el que George Bush realizó en 2003 su desatinado discurso sobre la victoria en Irak, pesa 97 mil toneladas y transporta 90 aeronaves entre las que se encuentran los últimos modelos del F/A-18E/F Super Hornet.

Paradojas del poder

Sin embargo, y por más paradójico que pueda parecer, la superioridad aérea de EEUU también resulta su mayor desventaja estratégica, ya que no son pocos los casos en que los bombardeos se llevan por delante la vida de civiles.

En un artículo en el que critica durísimamente el “creciente militarismo” de Gran Bretaña, John Pilger, maestro de periodistas, da cuenta de dos de estos incidentes. El primero, que tuvo lugar el 10 de junio, cuando un bombardeo de la OTAN terminó con la vida de 30 inocentes en una aldea afgana: niños, mujeres, maestros, estudiantes.

El segundo, Pilger lo describe de la siguiente forma: “El 4 de julio, otros 22 civiles murieron de la misma manera. Todos, incluyendo los niños quemados, fueron descritos como “militantes” o “supuestos talibán”. El Secretario de Defensa, Des Browne dice que “la invasión de Afganistán es la causa noble del siglo XXI””.

El más reciente de esta clase de hechos tuvo lugar el pasado domingo 13 de julio, según informa The Independent. Unos 47 civiles, de los que 39 eran mujeres y niños, perecieron bajo las bombas cuando se habían reunido para una boda en el este del país.

Ganarse a la gente

Cada uno de estos ataques constituye un golpe tanto para las fuerzas de EEUU, como para las de la OTAN, mayor aún que cualquier emboscada de los talibán, ya que agrandan aún más el apoyo popular que los integristas gozan en el este y sur del país.

Como escribió Mao Zedong, la guerrilla vive en la población como pez en el agua. Si con medio millón de soldados los soviéticos – mientras que la OTAN cuenta con 60 mil – nunca lograron dominar Afganistán, fue en buena medida por las masacres que cometieron entre los civiles, por su intento de secar el agua de la guerrilla.

Los tiempos han cambiado y las fuerzas que se enfrentan también. Los oficiales estadounidenses con los que he hablado parecen sumamente preocupados por esta situación. Y no es para menos. En el largo plazo, los bombardeos indiscriminados podrían hacer imposible el esfuerzo al que se han lanzado para tratar de ganarse las “mentes y los corazones” de los afganos, factor determinante en la lucha contra grupos insurgentes.

Salir del gueto en Afganistán

10 julio 2008

Las motivaciones de los soldados de EEUU para estar en Afganistán son de lo más variadas: desde la voluntad de salir de zonas marginales y pueblos postergados de la América profunda, pasando por el deseo de hacer carrera militar, de vivir aventuras y viajar al extranjero, hasta la necesidad de conseguir el dinero para una beca de estudios, para ayudar a sus familias o para comenzar un negocio.

El cabo López, de 22 años, se sumó a las Fuerzas Armadas porque parecían ofrecerle la posibilidad de un nuevo comienzo en la vida.

Originario de Puerto Rico, viene de una familia desestructurada, en la que su madre es el principal motor que los mantiene unidos. Trabaja cuatro días a la semana como enfermera, el resto del tiempo lo dedica a la venta de productos de belleza. “Es una mujer luchadora, te vende lo que sea”, afirma López con orgullo.

López creció en un barrio marginal de Massachusetts, donde estuvo involucrado en el mundo de las bandas armadas urbanas y de la droga. De allí el tatuaje que luce en el brazo interno, junto a una herida que se hizo en el Ejército y que por el calor y la falta de higiene no le termina de cicatrizar: “Soldado del gueto”.

“Me casé, tuve una hija. Quería que mi vida cambiara, que mi hija no se criase en el mismo ambiente que yo, y vi una oportunidad para salir de todo eso en el Ejército”, afirma y muestra otro tatuaje, que en esta ocasión cubre sus antebrazos y en el que se lee: “Un amor”.

De todos los soldados estacionados en la base de Tagab, los llamados “ingenieros” parecen ser lo que menos satisfechos se encuentran. Tal vez como consecuencia de las duras condiciones en las que viven: abarrotados en una tienda, inmersos en el implacable bochorno afgano, comenzando a trabajar a las cuatro de la mañana, apenas sale el sol, hasta bien entrada la tarde.

Quizás porque nunca entran en acción contra los talibán, son mirados por encima del hombro, con cierto desprecio, por sus compañeros de armas, que los acusan también de no traerse sus propios alimentos y de avalanzarse sobre la poca comida que hay en el chow hall.

Cobran unos 1.200 dólares por quince días de trabajo. Y van de cuartel en cuartel haciendo modificaciones. En el caso de Tagab han llegado para erigir cuatro torres de vigilancia, ya que esta estación rodeada de talibán pasará de tener un centenar largo de efectivos a más de setecientos, en su mayoría franceses, que se harán cargo del lugar tras la salida de los estadounidenses de la 101 Brigada Aerotransportada.

“Cuento los días para volver a mi casa y estar con mi familia. Todavía me faltan nueve meses de los quince que tengo que estar aquí. ¿Del futuro? Bueno, no sé. Es bueno para mi currículum que aparezca que estuve en el Ejército. Esto me va a ayudar a conseguir trabajo como electricista. O quizás vuelva aquí pero con una compañía privada como KBR, que les paga tres veces más a sus empleados”, explica.

Play Station y Harry Potter en la guerra de Afganistán

08 julio 2008

Después de las misiones, en la barraca 25 se da una curiosa cacofonía: el rugido de los morteros, que estremece el techo y las paredes, que sacude la noche, se mezcla con el sonido los disparos que sale de la televisión. La guerra exterior, tangible, real, se encuentra con la que simula la Play Station a través del juego Call of Duty.

No importa que hayan pasado buena parte del día pegando tiros de verdad, cuando vuelven a la barraca, los jóvenes que integran el tercer pelotón de la compañía cogen los comandos y se ponen a jugar.

Cuatro de ellos tienen 18 años. El resto: 19, 20 y 21. Un promedio de edad sumamente bajo, que se hace evidente en el desorden que impera en la barraca, donde se confunden los IPOD y los ejemplares de Harry Potter con los cargadores de balas, los cuchillos y las granadas. Todo esto imbuido en un insoslayable olor a hormonas, a zapatillas sudadas, a adolescencia.

Adolescencia que se descubre en las típicas gracias que tienen lugar a todas horas, inclusive durante las misiones en los blindados a través de los intercomunicadores: “Joder, ¡qué olor!”, exclama Cox tapándose la nariz. “¿Has sido tú Hernández?”. Y todos ríen, hasta el teniente Ward, que avanza junto al conductor, en la parte del vehículo llamada TC en la jerga castrense.

El más pequeño del pelotón es Stevens. Tiene 18 años cortos. Apenas terminó el entrenamiento fue enviado a Afganistán. Dice que entró al Ejército con el fin de conseguir después una beca para poder ir a la universidad- becas que, tras cuatro años en las fuerzas armadas, cubren hasta 32 mil dólares de gastos de estudios -, pero que la experiencia le ha gustado y quizás haga carrera como militar.

La función de Stevens es conducir un humvee. De todas las armas que usan, y que cubren el suelo de la habitación, elige como favorita al M4. Explica que el suyo trae incorporado un lanzagranadas M203 de 40mm y un sistema de mira laser AN/PAQ-4.

Cuando termina de posar para la foto, sus compañeros lo llaman. Hernández ha perdido, así que le toca ahora jugar a él. En el menú de inicio de Call of Duty selecciona sus armas. También tiene sus preferidas para la guerra virtual.