Burocracia, paciencia y espera en la guerra del Congo
Alguien comentaba el martes que hasta ahora sólo he escrito anécdotas de viaje. Dejando a un lado que no considero el recuerdo de Sharon Kayalo como una mera anécdota, lo cierto es que en ese momento apenas llevaba dos horas en la República Democrática del Congo.
Ya me gustaría en dos horas poder encontrar una buena historia, retratarla, comprenderla en su contexto y plasmarla. Al parsimonioso ritmo en que se mueven las cosas por esta parte del mundo, dos horas no dieron más que para cruzar a pie el puente que cubre el río Ruzizi, frontera entre Congo y Ruanda, lidiar con los oficiales de la aduana y encontrar un hotel.
Tampoco dos días en esta parte del mundo han dado para demasiadas novedades. Sí para reencuentros, tan valorados como esperados, con mujeres como Vumilia o Jeanette, que conocimos en nuestro anterior desembarco en el Congo y que narraré con el detalle que merecen en próximas entradas.
África camina

Dos días que han sido dedicados - mi primer impulso ha sido escribir “malgastados” – en interminables gestiones burocráticas para conseguir permisos. Como dice un buen amigo “el africano camina y el blanco va en coche”. Y es cierto que aquí los caminos están flanqueados a perpetuidad por riadas de personas que caminan, que avanzan, que progresan. Como ningún otro continente, África camina.
Y es cierto que este muzungu no ha hecho más que ir dando tumbos a lomos de un viejo Honda Civic de un extremo a otro de Bukavu, cuyas carreteras polvorientas, plagadas de baches y piedras, dan la impresión de haber sido recién bombardeadas.
Por si alguien quiere lanzarse a hacer periodismo por estas tierras, aquí va la lista de permisos necesarios: la “Lettre d’accretation media” de la MONUC, la “Autorisation de reportaje et filmage” de la Agence Nationale de Reseignements, que a su vez debe llevar el sello en la parte posterior de la 10º Regione Militare, Forces Armees, más las autorizaciones específicas de cada hospital o centro público en el que se quiera trabajar, como el hospital Panzi.
Conseguir estos documentos implica esperar durante horas en los pasillos de ruinosos edificios coloniales, presentarse y explicar la misma cuestión y mostrar las mismas credenciales una y otra vez. Labores que me serían imposible sin la ayuda de Selemani, que es mi guía y traductor en el Congo, y que parece poseedor de una paciencia infinita para sonreír, para repetir en francés lo que nos hacen prometer una y otra vez: que no vamos a filmar instalaciones militares, puertos, bancos, puentes…
Después vienen los pagos, los folios con membrete, las firmas y los sellos (estos últimos son las estrellas de la labor funcionarial en el Congo. Sólo hay que ver el gozo y la fruición con la que son estampados por todas partes, resonantes, perentorios, hasta que algún día no quede ni un espacio de hoja en blanco en todo el país y, si los dejan, en todo el planeta).
Paciencia infinita
Esta tarde hemos conseguido, en el cuartel general de la 10ª Región Militar de las Fuerzas Armadas Congoleñas, el último sello, sin el cual no podríamos partir hacia las minas de coltán en Walungu, que es lo que esperamos hacer el lunes. Cuatro surrealistas horas de espera, en una base cuyos hediondos baños tenían cascos militares a modo de recipientes para el agua.
Tampoco podríamos acercarnos a las operaciones armadas que el Ejército congoleño está realizando contra los rebeldes hutus del FDRL. El año pasado aquí no se hablaba más que de los acuerdos de Goma y del proceso de Amani, ahora todas las esperanzas se centran en Kimia II, nombre con el que se conoce al último intento por terminar con las fuerzas irregulares que mantienen sometido al Este del Congo.
Según el capitán Kitenge Kindu, que nos atendió en el cuartel, Kimya II ya alcanzó el 65% de sus objetivos. La gente de a pie con la que hablo tiene otra impresión: cuando las fuerzas de las FARDC avanzan, los hutus se esconden en la selva. Cuando los soldados gubernamentales se marchan, entonces los rebeldes vuelven y se toman la revancha con los civiles, lo que explica el sostenido número de desplazados internos.
Todas las gestiones que describí antes no son más que tonterías, parte irrenunciable de este trabajo, y supongo que contarlas es una manera de explicar que, por ahora, pocos testimonios ajenos y muchas impresiones propias. Gestiones, proyectos, deseos... Quienes sí tienen una paciencia infinita y admirable son los habitantes de los Kivus, que llevan 15 años esperando a que alguien ponga fin a la violencia.

