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Hernán Zin está de viaje por los lugares más violentos del siglo XXI.El horror de la guerra a través del testimonio de sus víctimas.

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Vida y obra de Efraim Diveroli, comerciante de armas a los 18 años

La estrategia seguida por el Pentágono a lo largo de la pasada de década de privatizar parte de la gestión de sus operaciones militares – para recortar costes fijos en las Fuerzas Armadas, reducir las bajas entre los soldados y, de paso, otorgar contratos multimillonarios a amigos republicanos y neoconservadores – ha probado ser una continua fuente de escándalos. Un vertedero de corruptelas, sinsentidos e improvisaciones que ha mermado notablemente el llamado “poder blando” de los EEUU.

En este blog hemos seguido de cerca a las principales empresas que se han beneficiado de este fenómeno tan reciente, y a la vez tan antiguo, que es la privatización de la guerra: Blackwater/Xe, Erinys, Aegis, Triple Canopy, Dyncorp, Unity, KBR/Halliburton, Armour Group, Global Risk Strategies, Control Risk, Fluor

También a sus acaudalados dueños: Eric Prince, Tim Spicer, Simon Mann, Sean Cleary, Robert McKeon. Y la génesis de esta historia y de algunos de estos personajes, sin remontarnos a los tiempos de Mike Hoare y Bob Denard, con Executive Outcomes en África en los años noventa.

Como es lógico, nos hemos detenido en los escándalos más sonados de estas compañías: los asesinatos de civiles en Irak por parte de contratistas de Blackwater y de la australiana Unity, los crímenes cometidos por personal de Erynis, la muerte de soldados por defectuosas instalaciones eléctricas de KBR, el vídeo de disparos de miembros de Aegis a transeúntes en la “carretera Irlandesa” con música de Elvis Presley de fondo.

Paroxismo del absurdo

Pero hay una que supera a todas las demás en surrealismo. Tanto es así, que si fuese una película de Hollywood, sería una de esas de las que sales irritado por la desmesura narrativa a la que te han sometido los guionistas.

Las peripecias de Efraim Diveroli, un joven de una familia judía ortodoxa de Miami que abandonó los estudios y empezó a vender y comprar armamento con 18 años. Le fue tan bien que a los 21 años recibió un contrato de 300 millones de dólares por parte del Pentágono para que proveyera de armas a las fuerzas de seguridad de Afganistán.

Pero su meteórica carrera se torció el 16 de mayo de 2007, cuando adquirió 110 mil granadas del traficante equivocado, y las falencias y engaños de su empresa, AEY Inc, resultaron imposibles de ocultar, proyectando una sombra de vergüenza sobre la administración de Washington.

Hace poco más de mes fue condenado a cuatro años de prisión, sin que la prensa se hiciera demasiado eco de esta noticia. La vida y obra de Efraim Diveroli, película de argumento inverosímil – y hasta apasionante si no fuera porque estamos hablando de las estupideces y mezquindades de un poder que en ciertos lugares del mundo termina con la existencia de personas inocentes- , en próximas entradas de este blog.

Controversia ante la detención de un avión ruso con material militar para Somalia

Fue una noticia que casi no tuvo repercusión en los medios de comunicación y que demuestra que aún continúa vigente en África la ecuación que tanto éxito tuvo en los años noventa:

Avión ruso + mercenarios sudafricanos + cargamento de armas + empresa privada de origen sombrío – embargo de armas de la ONU.

El avión en cuestión: un Antonov-24 que fue detenido el viernes 10 de diciembre. El lugar de la detención: Hargeisa, capital de Somalilandia.

Somalilandia, antigua colonia británica, se independizó del resto de Somalia en 1991. Si bien la comunidad internacional ha dado la espalda a esta decisión, lo cierto es que cada día son más las voces que la toman como un ejemplo a seguir: el lugar en el que los clanes somalíes supieron arreglar sus disputas a través del diálogo y no de la violencia.

Las últimas elecciones presidenciales dieron prueba de ello. Aunque muchos anunciaban un desenlance violento al estilo Zimbabue, Kenia o Costa de Marfil, el proceso electoral transcurrió sin mayores contratiempos. El nuevo presidente, Ahmed Mohamed Silanyo, asumió el poder en el mes de julio.

En tierra

En el aeropuerto de Hargeisa estuvimos para escribir este blog hace poco más de un mes. Coincidimos, justamente, con el primer viaje oficial de Ahmed Mohamed Silanyo, que se dirigía a la sede de la Unión Africana en Addis Abeba, Etiopía.

Se trata de un aeropuerto modesto, con una sola pista plagada de baches, pero con estrictas medidas de seguridad como consecuencia de los atentados que tuvieron lugar el 29 de octubre 2008 (seis terroristas suicidas, vinculados a Al Qaeda, atacaron el palacio presidencial, el consulado de Etiopía y las oficinas del PNUD dejando más de 30 muertos)

El Antonov-24 detenido en este aeropuerto por las autoridades de Somalilandia, había partido originariamente de Sudáfrica y había hecho escala en Uganda. Su destino final era la región semiautónoma de Puntlandia (cuna de la piratería en el golfo de Adén y en constante tensión con Somalilandia).

La trama

En su interior viajaban seis tripulantes rusos y dos ciudadanos sudafricanos. Estos últimos, que en un primer momento declararon ser periodistas, en realidad son contratistas – o mercenarios – de la empresa militar privada Saracen International. Dentro del Antonov-24 viajaban también unas 200 cajas con equipamiento militar. Fuentes oficiales de Somalilandia hablan de armas; otras afirman que se trata de uniformes.

Diversas fuentes sostienen que, a pedido del gobierno de Puntlandia, Saracen International está entrenando y armando a unos mil hombres para que luchen contra la piratería. Una operación en la que, según AP, participan:

. Michael Shanklin, antiguo jefe de la CIA en Mogadiscio.

. Pierre Prosper, embajador durante la administración Bush.

. Bill Pelser, ex miembro de las fuerzas especiales de Sudáfrica.

. Salim Saleh, hermano menor y asesor del presidente de Uganda.

La operación estaría siendo financiada por un país árabe.

Las críticas

No son pocas las críticas que ha recibido esta operación desde que saliera a la luz por la detención del Antonov-24 en Somalilandia. Las principales:

. La mayoría de los soldados de AMISOM (la fuerza de pacificación de la Unión Africana para Somalia) son ugandeses. Es más, la semana pasada, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó el envío de otros 4.000 soldados del UPDF a Somalia. Que los somalíes vean que el hermano del presidente de Uganda, Salim Saleh, está haciendo negocios privados con tropas y armamentos resulta muy controvertido. Un escenario que recuerda asimismo a las vinculaciones de Erik Prince, dueño de Blackwater/Xe, con el partido republicano durante la guerra de Irak. Terreno abonado para la propaganda de Al Shabab.

. La participación de un antiguo miembro de la CIA y de un embajador de la era Bush, tampoco tendrá muy buena acogida entre los somalíes, siempre recelosos de toda intervención extranjera. Más leña al fuego de la propaganda islamista.

. Es funsión de AMISOM armar y entrenar a las milicias locales. The East African afirma que la operación organizada por Saracen International no cuenta con la aprobación de la Unión Africana.

. Causa resquemores la posibilidad de que el equipamiento militar termine en manos de Al Shabab, pues en la zona opera Mohamed Said Atom, señor de la guerra acusado ya en el pasado de vender armas a los islamistas.

. Crece la tensión con Somalilandia, que teme que estas milicias puedan eventualmente ser usadas en su contra.

. El Antonov-24 detenido en Hargeisa podría haber violado el embargo de armas impuesto por la ONU a Somalia en 1992.

Los tripulantes del avión están siendo procesados por las autoridades judiciales de Hargeisa.

Libros en guerra: el mercenario amigo de James Brabazon

Un hombre cuelga desnudo de un gancho de carnicería. Sus pies están atados y su boca abierta, gritando una confesión. Se encuentra rodeado por media docena de soldados en raídos uniformes. Los puños empastados de sangre. Insatisfechos con las respuestas, lo azuzan en un lenguaje que él desconoce y le dan golpes con la culata de sus rifles en los testículos. Nueve días después del arresto, las sesiones más extremas de castigo acaban de comenzar…

El hombre al que torturan en la prisión de Black Beach, en Guinea Ecuatorial, es el mercenario sudafricano Nick du Toit. Lo detuvieron durante el intento de golpe de estado contra el dictador Teodoro Obiang.

Quien describe la acción es su amigo: el reportero James Brabazon, ganador entre otros premios del Rory Peck Impact Award en 2003.

Lo hace en los primeros párrafos del libro My friend de Mercenary, que acaba de ser publicado Inglaterra y al que Sebastian Junguer calificó de “clásico”.

Historia de un golpe

Debo confesar que desde que Brabazon hiciera público hace algunos años en The Independent que Nick du Toit lo había invitado a sumarse a la trama articulada en 2004 por el mercenario británico Simon Mann para tomar el poder en Guinea Ecuatorial y controlar así sus fuentes de petróleo, tenía muchas ganas de conocer en profundidad su historia (intentona golpista a la que algunos medios, como ya vimos en este blog, vincularon al gobierno de José María Aznar, y en la que participó Mark Thatcher, el hijo de la “Dama de hierro”).

Una historia que comienza en 2001 en Sierra Leona cuando Brabazon llegó para cubrir la guerra y se alojó por azar en la casa de otro mercenario, Cobus Claassens. Este antiguo comando del ejército sudafricano había desembarcado en el país en los años noventa, pues el gobierno de Freetown había contratado a la empresa militar privada “Executive Outcomes” para luchar contra los rebeldes que amenazaban la capital.

Como también vimos en la sección “Mercenarios” de este blog, Executive Outcomes era propiedad de Simon Mann, el hombre de buena cuna formado en el prestigioso Eton College, y Tim Spicer, hoy playboy multimillonario gracias al negocio de la guerra, por más que su más reciente compañía, Aegis, fuera acusada de crímenes en Irak como el que muestra el siguiente vídeo (en su precoz autobiografía An Unorthodox Soldier, intenta justificar otro escándalo, de tráfico de armas a Sierra Leona, que salpicó a Robin Cook, ministro británico de Asuntos Exteriores).

Invitación inusual

En 2003 Brabazon decide que quiere meterse en otra guerra vecina, la de Liberia, que casi nadie ha contado. Entonces se pone en contacto con Claassens y le pide que le recomiende a alguien que le organice la seguridad durante el viaje. Éste le presenta en Johannesburgo a Nick du Toit.

Cierran un acuerdo y viajan juntos a Liberia. Gracias a la gestión de fuerzas especiales de EEUU desplegadas en la región, entra en contacto con los rebeldes que luchan contra Charles Taylor desde Conakry. Brabazon consigue un material por el que recibe numerosos premios. Según confiesa, en más de una ocasión Nick du Toit le salvó la vida, lo que gestó una profunda amistad entre ambos (más aún porque al quedarse Brabazon sin fondos para seguir rodando, el mercenario decide seguir adelante y trabajar gratis).

En 2004, cuando Simon Mann empieza a gestar el golpe con el que pretende derribar a Teodoro Obiang para poner en su lugar a Severo Moto, líder de la oposición exilado en España, y sacar una buena tajada del petróleo del país, contrata a Nick du Toit con la intención de que lidere parte del ataque de los mercenarios contra Guinea Ecuatorial.

Y éste se pone a su vez en contacto con Brabazon, al que le ofrece la exclusiva de filmar el golpe. El reportero duda. Tiempo después toma conciencia de que de haber aceptado, él también habría sido encarcelado y torturado en la infame prisión guineana de Black Beach.

Mirada honesta

Sobre estos hechos hemos escrito al menos una docena de entradas en este blog, de allí el interés por leer el testimonio en primera persona de alguien que lo vivió tan de cerca como Brabazon. Y lo cierto es que el libro – cuya publicación seguramente esperó a que Nick du Toit fuera perdonado por Obiang y mandado de regreso a Sudáfrica – no decepciona.

Resulta evidente que Brabazon no es escritor, ya que se demora en algunas reflexiones y explicaciones innecesarias. Pero esta falencia es contrarrestada por la rapidez de la narración y, sobre todo, por la honestidad con la que cuenta todo lo sucedido. No hay pruritos morales ni falsas disculpas. Considera a Nick du Toit su amigo, al que le debe la vida, y en cierta medida es esa lealtad la que lo lleva a contar las cosas como las recuerda, sin valoraciones.

A diferencia de lo que hace Robert Young Pelton en el famoso License to Kill, que también describe la aventura frustrada que llevó a Simon Mann a caer en manos de Robert Mugabe, Brabazon se sitúa como narrador en una perspectiva que nos permite sumergirnos hasta lo más profundo y cotidiano del universo de las empresas militares privadas y de los mercenarios. A partir de allí podemos sacar nuestras propias conclusiones.

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Acusan al dueño de Blackwater de emprender una cruzada para “eliminar a los musulmanes del planeta”

Si parecía que la reputación de Blackwater no podía sumergirse aún más en las simas del descrédito y la ignominia tras la matanza de 17 civiles iraquíes en la Plaza al Nusur de Bagdad, el testimonio por escrito y bajo juramento de dos de sus antiguos empleados presentado el lunes ante el juez T.S. Ellis III, del Distrito Oriental de Virginia, parece haberlo conseguirlo.

Si la sucesión de crímenes cometidos por integrantes de la compañía podrían haber pasado por casos aislados de “gatillo fácil”, consecuencia de la negligente gestión de los directivos de la empresa y de la ausencia de supervisión por parte del Departamento de Defensa, las palabras que ambos hombres pronunciaron cargan las culpas contra Erik Prince, al que acusan de “verse a sí mismo como un cruzado con la misión de eliminar a los musulmanes y a la fe islámica de la faz del planeta”

Abanderado de la ideología neocon, que de la noche a la mañana se transformó en multimillonario gracias a los favores de la administración Bush, y fundador de la empresa que aspiraba a convertir en el referente por antonomasia de la gestión privada de la guerra, quienes trabajaron para él afirman que “alentaba y recompensaba la destrucción de la vida en Irak”, según señala la CNN.

El testimonio de los dos hombres, un ex Marine que estuvo de misión con la empresa en Irak y otro antiguo empleado, forman parte del documento de 70 páginas que los abogados entregaron al juez (uno de ellos puede leerse aquí en formato PDF). Abogados que representan a civiles iraquíes en su demanda contra Blackwater por crímenes de guerra y otros delitos.

De probarse su veracidad, las acusaciones más reveladoras formuladas por los testigos, cuyas identidades se han mantenido en secreto para preservar su seguridad, serían las que describen la ideología racista de Erik Prince y la imagen que tenía de sí mismo como cruzado moderno. Las recoge Jeremy Scahill – que ya debe estar planeando reescribir su exitoso libro “Blackwater” -, en el periódico The Nation:

Con este fin, el señor Prince desplegó intencionadamente en Irak a hombres que compartían su visión de la supremacía cristiana, sabiendo y queriendo que estos hombres aprovecharan toda oportunidad para asesinar iraquíes. Muchos de estos hombres usaban símbolos de los caballeros templarios, que los guerreros emplearon cuando luchaban en las cruzadas.

Ir a Irak a disparar y matar a iraquíes era visto como un juego o un deporte. Los empleados del señor Prince abierta y constantemente usaban términos racistas y derogatorios hacia los iraquíes y otros árabes, como “hajis” o “ragheads”.

El resto de acusaciones hacen referencia al tráfico de armas prohibidas por parte de Blackwater, cuyos empleados usaban para causar el mayor daño posible a los iraquíes (tráfico que ya había denunciado la Cadena ABC en 2008), la amenaza y asesinato de testigos, la destrucción de documentos incriminatorios y el empleo de hombres que habían sido calificados como no aptos para el trabajo por su violencia extrema, su abuso del alcohol y el empleo de esteroides.

Tras conocer estos testimonios, el congresista Dennis Kucinich, que lleva investigando a la compañía desde 2004, declaró: “Si estos alegatos son ciertos, Blackwater ha sido una empresa criminal que defraudó a los ciudadanos estadounidenses y que mató a iraquíes inocentes”. Las comparecencias frente al juez Ellis comenzarán el próximo viernes.

Y el dinero de la guerra es para la empresa… ¡Dyncorp!

El ascenso de Dyncorp dentro del negocio privado de la guerra ha sido más lento y progresivo que el de muchos de sus rivales que de la noche a la mañana se vieron gestionando presupuestos de miles de millones de dólares en Afganistán e Irak. Compañías como KBR y Blackwater (ahora llamada Xe) a las que ha terminado por desbancar en la lucha por los fondos del Departamento de Defensa de EEUU.

Su génesis está vinculada a dos empresas creadas en 1946: Land-Air Inc y California Eastern Airways. En 1951, Land-Air Inc recibió su primer contrato para mantener y reparar aeronaves y armamento del Ejército de EEUU. Ese mismo año, la empresa fue comprada por California Eastern Airways, que en 1962 pasaría a llamarse Dynalectron Corporation. En 1987, el nombre tomaría su forma actual, DynCorp, que en español podría pronunciarse como “daincorp”.

Con base en Falls Church, Virginia, DynCorp cuenta con 22.500 empleados y realiza labores de seguridad, logística, mantenimiento, entrenamiento y traducción. Hasta el momento ha trabajado en Bolivia, Bosnia, Somalia, Angola, Haití, Colombia, Kosovo, Ecuador, Sudán, Kuwait, Irak y Afganistán. También fue contratada para mantener la seguridad después del huracán Katrina.

Más allá de la diversidad de países en los que se desempeña, la mayor parte de sus ingresos provienen de Afganistán e Irak, según explica la revista Forbes en su último número:

DynCorp ha surgido como uno de los grandes ganadores de las guerras en Irak y Afganistán, que le generan el 53% de los 3,1 mil millones de dolares de ingresos anuales. Los ingresos de la compañía crecieron el año pasado un 45% gracias a un joint venture a varios años por 4,6 mil millones de dólares para proveer de 9.100 traductores a los soldados de estadounidenses en Irak.

Pero el salto cualitativo de DynCorp, con el que deja atrás a rivales directos como KBR, tuvo lugar el pasado mes de julio, cuando ganó junto a Fluor el último concurso para la gestión de las infraestructuras –desde comida hasta gasolina y lavandería – de los EEUU en Afganistán, cuyo despliegue ha aumentado recientemente en 20 mil soldados por iniciativa de Barak Obama.

Aunque la oferta de KBR había sido inferior económicamente dentro de lo que se conoce como Logcap (Logistics Civil Augmentation Program), los fondos serán destinados a Dyncorp y Fluor. Las numerosas irregularidades, negligencias y delitos por parte de KBR, que seguimos de cerca en este blog, explicarían que fuera dejada fuera de los nuevos contratos.

Esta empresa, que a lo largo de los últimos seis años consiguió beneficios por 700 millones de dólares de la Logcap, declaró a través de su director, Bill Utt, que no recurrirá la decisión y que centrará sus esfuerzos en Irak. Los beneficios de KBR alcanzaron los 67 millones en el segundo cuatrimestre de 2009 en comparación con los 48 millones del mismo período de 2008.

Las sombras de Dyncorp

Pero tampoco Dyncorp – en cuyos campamentos nos alojamos en Sudán cuando empezábamos este blog en 2006 – está libre de sombras sobre su desempeño en zonas de guerra, aunque su modelo de gestión es considerado en general menos deficiente que el de KBR, Halliburton, Blackwater, Erynis o Triple Canopy.

Empezando por las acusaciones a varios de sus empleados en 1999 por explotación sexual y tráfico de mujeres de Bosnia, siguiendo por su controvertida participación en el plan Colombia o la muerte por sobredosis de uno de sus responsables del entrenamiento de la policía en Afganistán. En Irak los cargos van desde la incapacidad para justificar los 1,2 mil millones de dólares que recibió para entrenar a la policía, la muerte de un taxista y el empleo de blindados para el transporte de prostitutas.

En próximas entradas repasaremos estas acusaciones contra Dyncorp y conoceremos la curiosa historia de Robert McKeon, director de la compañía, cuyas acciones pasaron a valer 285 millones de dólares tras saberse en julio que la empresa recibiría junto a Fluor contratos en Afganistán durante los próximos cinco años por valor de 15 mil millones de dólares.

Halliburton, Blackwater y la privatización de la guerra

Hay dos libros que resultan reveladores para vislumbrar el lado más oscuro y alarmante de la creciente privatización de la gestión de los conflictos armados que tantas veces hemos denunciado en este blog.

Dos libros que demuestran también que el periodismo de investigación sigue vivo a pesar del empeño de algunos de dar por muerta y enterrada, de escribir sentidas elegías, a esta profesión. Eso sí, resulta interesante tomar nota de que su autores son reporteros independientes, ajenos a los grandes medios de comunicación.

Una de mercenarios

El primero es Blackwater: El ascenso del ejército mercenario más poderoso del mundo. Publicado en 2007, constituye el primer documento exhaustivo sobre los abusos y corrupciones de la empresa de Eric Prince, ahora dividida y llamada Xe.

Su autor, Jeremy Scahill, habitual de páginas como Counterpunch, Commondreams, Antiwar y Huffington Post, además de corresponsal de Democracy Now!, el programa de Amy Goodman, cuyo trabajo pudimos seguir de primera mano.

Fue justamente junto a esta periodista que realizó en 1998 el premiado documental Drilling and Killing: Chevron and Nigeria’s Oil Dictatorship, en el que investigaban la relación de la petrolera Chevron con el asesinato de dos activistas medioambientales en el conflictivo Delta del Níger.

Otra de negocios opacos

El segundo libro fue publicado el pasado mes de febrero. Se titula “El ejército de Halliburton: cómo una bien conectada compañía petrolera tejana revolucionó la forma en que EEUU hace la guerra”. Lo escribió Pratap Chatterjee, otro premiado periodista independiente de investigación, editor de Corp Watch y habitual también de Democracy Now!

El libro comienza con la génesis del ascenso de Halliburton/KBR hasta convertirse en el gigante por antonomasia de la gestión privada de la guerra. Los sustanciosos contratos en Angola, Irán y Nigeria que Dick Cheney consiguió cuando era CEO de Halliburton (la cronología precisa aquí). Aunque el gran salto cuantitativo llegaría después del 11 S, con Cheney ya como vicepresidente de EEUU, y con la inestimable ayuda y promoción de Donald Rumsfeld.

Los beneficios y castigos de Cheney y Rumsfeld en su revolución de los asuntos militares ha sido profunda… Junto a esta nueva industria surgió el potencial para los sobornos, la corrupción y el fraude. Docenas de trabajadores y subcontratistas de Halliburton/KBR han sido arrestados y acusados, y otros están cumpliendo condenas, por robar millones de dólares… Sin embargo, la mayoría de los empleados no verán nada por el estilo, pues son trabajadores asiáticos que cobran probablemente unos mil dólares al mes… Estos hombres y mujeres constituyen el verdadero ejército de Halliburton, que emplea el mismo personal que un centenar de batallones. Más de 50 mil personas trabajan para KBR bajo un contrato de 150 mil millones de dólares.

Para llevar a cabo parte su investigación, Chatterjee se hizo accionista tanto de Halliburton como de su subsidiaria KBR. Estas son algunas de las denuncias que hace en su obra:

* La red de sobornos, comisiones y fraude que involucra a empleadores y subcontratistas de Halliburton/KBR en Kuwait e Irak.

* Los contratos sin licitación conseguidos por Halliburton/KBR.

* Cómo Halliburton/KBR consiguió el contrato para la reparación de los pozos petroleros iraquíes con el propio dinero de Irak.

* El rol que las negligencias Halliburton/KBR han tenido en la muerte de civiles americanos y trabajadores extranjeros, y el consecuente rechazo a asumir las responsabilidades.

* El “tráfico humano” que los subcontratistas de Halliburton/KBR emplean para atraer a trabajadores extranjeros a Irak bajo falsas promesas.

* El sistema de castas, de pagos por nacionalidad, a los trabajadores de la empresa.

* Cómo aquellos civiles y militares que denunciaron los abusos y cuestionables prácticas contables de Halliburton/KBR fueron desacreditados por el gobierno de EEUU.

* Los groseros sobrecostes aplicados por Halliburton/KBR y sus subcontratistas.

Para terminar de cerrar la ecuación de su denuncia, Pratterjee señala cómo las acciones de la compañía pasaron de 10 dólares a 80 dólares gracias a la gestión de Dick Cheney y los sustanciosos beneficios de la llamada guerra contra el terror.

Nuevas acusaciones de “gatillo fácil” contra Blackwater

El meteórico ascenso de la compañía fundada por Erik Prince fue todo un símbolo del extraordinario tiempo de bonanza del que comenzaron a gozar las empresas militares privadas, que ya en los años noventa habían empezado a multiplicarse en número y contratos, gracias a la estrategia belicista articulada por la administración Bush en su llamada guerra global contra el terror.

Recibieron cientos de millones de dólares por realizar labores de protección, inteligencia, contrainsurgencia, combate y apoyo logístico a las tropas internacionales en Irak y Afganistán. Más allá del debate estratégico, jurídico y ético sobre este fenómeno, nadie puede negar que se cometió un gravísimo error al no haber creado un marco legal que regule su funcionamiento.

La impunidad con la que han actuado, tanto en el respeto por la vida de los civiles como en la justificación de la forma en que gastaban el dinero público que recibían, no ha hecho más que acrecentar la imagen de prepotencia, rapacidad y torpeza que caracterizaron a las aventuras armadas pergeñadas por Rumsfeld y Cheney.

El descrédito de Xe

En este blog hemos seguido las acusaciones contra contratistas privados militares de crímenes en Irak, pero sobre todo contra Blackwater, que de entre todos los errores que cometió destaca el haber tenido un perfil demasiado alto mientras que lo que prima en el sector son el secretismo y los nombres difíciles de pronunciar (Erinys, Aegis, Triple Canopy, Dyncorp…).

Con sus ridículos vídeos promocionales, sus altisonantes anuncios de producción de armamento y la difusión hasta el hartazgo de sus instalaciones y programas de entrenamiento en Carolina del Norte, Prince quería que su empresa se convirtiera en el símbolo por antonomasia de los servicios privados en la guerra.

Consiguió todo lo contrario: una aguas negras en las que ya pocos gobiernos y empresas parecen querer navegar, de allí el cambio de nombre y la división de la compañía. No en vano el 7 de mayo se vio obligada a dejar de operar en Bagdad por orden del gobierno iraquí. Ha sido Triple Canopy quien se ha hecho cargo de sus contratos. En el resto del país podrá seguir operando hasta el mes de septiembre.

El pasado viernes nos hacíamos eco de las denuncias por abusos racistas en el Mc Arthur, embarcación de Blackwater que en teoría saldría a la caza de los piratas en el golfo de Adén, y que se suman, entre otras causas judiciales, al proceso por el asesinato de 17 civiles en Bagdad.

Ahora, cuatro empleados de una filial de la compañía, llamada Paravant, están siendo investigados por matar a un afgano y herir a otros dos en Kabul después de un accidente de coche, en lo que podría ser otro caso de gatillo fácil.

Ya en este blog dimos cuenta el año pasado desde Kabul del clima de nerviosismo que se vive en sus calles. Cada alto cargo extranjero que llega a una reunión, o inclusive a cenar en el jardín de la Gandamack Lodge, es escoltado por soldados privados que cortan el tráfico a placer, que se bajan con sus gafas de sol, sus chalecos antibalas, sus pinganillos en el oído y sus fusiles M4 sobre el pecho.

Anne Tyrell, portavoz de Xe declaró a Reuters:

Paravant puso fin a los contratos de los cuatro individuos involucrados en el incidente por no cumplir con los términos de su contrato, que requiere, entre otras cosas, el cumplimiento de la ley, regulaciones y políticas de la compañía.

De Eric Prince a otro príncipe, Lorenzo II de Médici, al que Nicolás Maquiavelo escribía el siguiente consejo:

Las mercenarios y auxiliares son inútiles y peligrosos; y el príncipe cuyo gobierno descanse en soldados mercenarios no estará nunca seguro ni tranquilo, porque están desunidos, porque son ambiciosos, desleales…

Aunque este texto viera la luz en el año 1513, parece de absoluta actualidad.

El barco de Blackwater “naufraga” antes de dar caza de los piratas

El pasado mes de noviembre, la compañía antes conocida como Blackwater, y ahora llamada Xe, anunció a viva voz que enviaría una embarcación para luchar contra los piratas somalíes.

Al igual que el cambio de nombre, el ofrecimiento de servicios de escolta privada en el golfo de Adén intentaba relanzar a la empresa, cuyo ascenso ha sido tan meteórico como su vergonzoso desplome, cuando en 2007 no se le renovó el permiso para trabajar en Irak tras el asesinado de 17 civiles en Bagdad. Todo un símbolo de la desidia, la constante improvisación y la soberbia de la estrategia bélica de Bush y los neoconservadores.

Según informa Military.com, ahora resulta que quienes necesitan realmente protección no son los buques mercantes del Índico sino los propios marineros del Mc Arthur, barco propiedad de Xe, ante los abusos físicos y verbales a los que supuestamente los sometieron los oficiales al frente de la misión.

Insultos racistas y vejaciones

Las denuncias ya se encuentran en la justicia de EEUU. Hacen referencia a hechos vejatorios contra tres tripulantes durante el pasado mes de febrero cuando el barco aún se encontraba atracado en el puerto de Aqaba, en Jordania.

En teoría, uno de ellos, Christopher Waugama, fue esposado, maltratado y detenido contra su voluntad por haber hablado con un periodista. Otro de los tripulantes, Korey Jordan, veterano de la marina, acusó a al ingeniero en jefe, Melvin Kufelot, de proferirle constantes insultos racistas.

El tercer tripulante que emprendió acciones legales, Christopher Stamper, demandó a la compañía por haberlo despedido después de que denunciara el ambiente de “hostilidad y racismo” con el que se trataba a los marinos.

“Pensaban básicamente que podían hacer lo que les saliera de las narices”, afirma Stamper con respecto a sus superiores, en una confirmación de que la compañía no ha sido capaz aún de poner fin a las prácticas abusivas y poco profesionales que terminaron con su carrera en Irak.

Los malos humos de KBR

Otro proceso judicial que se acaba de poner en marcha, destapa más irregularidades, faltas de control y corrupciones en la creciente gestión privada de la guerra. En este caso la demandada es la mastodóntica empresa KBR, que realiza toda clase de labores logísticas para el ejército de EEUU en Afganistán e Irak.

En el año 2004, KBR empezó a recibir cientos de millones de dólares del gobierno de EEUU para deshacerse de los desperdicios generados por los soldados en las bases. En lugar de articular un sistema eficiente y respetuoso con el medio ambiente, los directivos de la compañía dieron órdenes de cavar hoyos y quemar la basura.

La demanda sostiene que “los hoyos eran tan grandes que se usaba tractores para arrojar en su interior vehículos, neumáticos, baterías, cadáveres, desperdicios plásticos y de otras clases, a los que se rociaba con gasolina”. Ahora exige que la empresa devuelva “los beneficios que haya podido obtener por los contratos”.

En teoría, la inhalación de los humos provocados por la quema de basura, tanto entre soldados y empleados de la empresa, habría provocado problemas crónicos respiratorios y una muerte. Suman ya más de 70 los demandantes, sin bien KBR sigue hasta el día de hoy con la misma política para la destrucción de los desperdicios.

Adelgazar la privatización de la guerra

Ya en la legislatura anterior, algunos demócratas intentaron poner coto a los contratos a sociedades privadas por parte del Departamento de Defensa, pues no es breve la lista de incidentes similares a los relatados en esta entrada (uno de los últimos, la compra de tres helicópteros M-17 para Afganistán a una firma eslovaca de ambulancias). Ahora están trabajando en el Congreso para conseguir que sean empresas iraquíes y afganas las que se asuman el trabajo.

Responden a una petición lanzada en enero por el propio general Ray Odierno, que propuso reducir la labor de las empresas extranjeras en un 5% por cuatrimestre para dar trabajo así a los iraquíes. Para el mes de septiembre se habrán gastado 25 mil millones de dólares en servicios contratados a compañías privadas.

La empresa antes conocida como Blackwater

Aquellos bonitos vídeos promocionales que mostraban a los mercenarios de Blackwater rompiendo puertas, saltando de sogas colocadas en las terrazas de edificios, surcando el cielo en paracaídas, son ya algo del pasado.

Aquella idea tan sana y estimulante que intentaban vender – que luchar contra los terroristas desde la iniciativa privada, además de un deber patriótico, podía ser cool y apasionante, con música de fondo de Ted Nugent (pésimo rockero, pero amante de las armas, eso sí) -, parece estar ya fuera de moda.

A partir del viernes, la compañía de Eric Prince ha dejado de funcionar bajo su nombre original. Y ha optado, deliberadamente, por una denominación tan poco pronunciable que, al igual que sucediera con el otro Prince famoso, no tendremos más opción que referirnos a ella como “la empresa anteriormente conocida como Blackwater”.

Mercenarios poco discretos

A lo largo de los últimos años, Eric Prince se debe de haber preguntado en más de un ocasión por qué no le puso a su empresa uno de esos nombres oscuros, difíciles de recordar, como DynCorp, Aegis, Triple Canoply, Erinys. Si lo importante en el negocio de los mercenarios es justamente la discreción.

Pero no, se dejó llevar por el espíritu de la era Bush y sus amigos neoconservadores. Esos tiempos, posteriores al 11S, y su consecuente cheque en blanco político, en que se hacía todo sin miramientos ni dudas morales, con la cabeza bien alta, ya fuera invadir países, secuestrar o torturar.

Cuando a partir de 2001 empezó a hacerse multimillonario, mantuvo la llamativa marca Blackwater. Una denominación que cualquier ama de casa puede recordar: agua negra. Hasta inclusive un periodista.

No es lo mismo decir: “¿Has visto que los empleados de Dyncorp tenían una red de prostitución en Bosnia?” “¿Has visto el vídeo de los mercenarios de Aegis, la empresa de Tim Spicer, disparando a iraquíes?”. A decir: “¿Has visto que Blackwater mató a veinte civiles en Bagdad?”

Porque si se trata de crímenes y escándalos, Blackwater no es la única de la lista, aunque sí la más famosa.

Mercenariolandia

Pero Eric Prince, que llegó a sentarse frente al congreso de los EEUU, no sólo eligió un nombre atractivo para su empresa, sino que fue mucho más allá: trató de imponer la marca.

Sin prever que un día el viento podría cambiar de dirección, que el patriotismo henchido de hormonas bélicas post 11S podría convertirse en hartazgo y decepción, hizo todo por exponerla, por difundirla.

Quería que fuera un símbolo de la subcontratación de la guerra, de la seguridad globalizada, de la lucha privada contra el terrorismo, según lo es Nike para la ropa deportiva, Starbucks para las tiendas de café o Windows para los sistemas operativos.

Tanto fue así que no dudó en tratar de popularizar el logo de la compañía a través del merchandising. No exactamente muñequitos de Luke Skywalker o cajitas felices, sino pistolas como la Sig Sauer P226 Blackwater edition, que lleva las famosas garras del oso talladas en la empuñadura.

El negocio continúa

A partir del pasado viernes, Blackwater Worldwide ha pasado a llamarse Xe. Y la filial dedicada al entrenamiento de personal ha sido bautizada como U.S. Training Center Inc.

Ahora sí, como debe ser, tiene un nombre imposible de pronunciar. Parece ya más difícil que alguien comente: “¿Has visto que los mercenarios de Xe se han cargado a veinte personas en Bagdad?” Pues ni siquiera queda claro cómo se pronuncia: ¿Che? ¿Ze? ¿Tse?

Pero esta adaptación a los tiempos que corren, al nuevo espíritu propugnado por la administración Obama, no quiere decir que el negocio no siga. Al contrario, si bien la compañía carece ya de permiso para actuar en Irak, su actividad parece más frenética que nunca.

Su vasto menú de servicios va desde el alquiler de espías y la lucha contra piratas, pasando por la producción de armamento, carros de combate y aviones ligeros, hasta la protección de proyectos de construcción y cargamentos en zonas de conflictos, y el entrenamiento de perros y atletas de élite.

El nuevo negocio de Blackwater: mercenarios contra piratas

Desde el año 2001, Blackwater ha crecido de forma exponencial, convirtiendo a su dueño, Erik Prince, en multimillonario. La pasión belicista de los neoconservadores en Washington, a los que Prince está íntimamente ligado tanto por ideología política y creencias religiosas como por haber financiado sus campañas, le ha permitido conseguir suculentos dividendos.

Los repetidos crímenes cometidos por sus hombres en Irak han sumido a Blackwater en el más absoluto descrédito. Sin embargo, Prince no se rinde y busca nuevos modelos de negocio para su empresa. Siempre dentro del ámbito de la participación privada en la guerra, o de la gestión de mercenarios, cada uno que le ponga el nombre que crea conveniente.

Mercados copados

Con respecto a Irak, la creciente aunque aún frágil estabilidad del país hace que el negocio de la protección de diplomáticos y funcionarios locales esté en declive. Con respecto a América Latina, allí quien controla el monopolio de la violencia privada empresarial es Dyncorp, compañía que se lleva una buena tajada del Plan Colombia.

Algunos de los soldados estadounidenses de ascendiente latinoamericano con los que estuve en Afganistán me manifestaron su deseo de trabajar en el futuro para esta empresa, por afinidad cultural y porque pueden ganar hasta tres o cuatro veces más que en el ejército.

Japón, Taiwán y Kenia

Después de la seguridad en Nueva Orleans, tras el paso del huracán Katrina, Prince consiguió varios contratos. En Japón, sus hombres se dedican a la protección del controvertido sistema de defensa antimisil. En Taiwán entrenan a la policía secreta.

A principios de año, un incidente surrealista tuvo lugar en Kenia. Ante la violencia post electoral, que cubrimos en este blog, un agente de la empresa sacó del país a tres estudiantes estadounidenses. Se especula con que podría haber sido una misión encomendada por uno de los padres de las jóvenes, o una acción de la empresa destinada a tratar de mejorar su imagen.

Contra los piratas

Otra de las líneas de negocio seguida por Blackwater ha sido la fabricación de carros de combate y armamento. Aunque ahora, la gran apuesta de Prince parece ser la lucha contra los piratas somalíes, que en octubre ha anunciado a bombo y platillo.

Para ello enviará al Golfo de Adén al MV McArthur, un barco de unos 54 metros de eslora y 14 tripulantes. Y tiene planeado crear una flota de dos o tres embarcaciones. Si tomamos en cuenta que el 8% del comercio mundial pasa por la zona, los beneficios para Blackwater podrían ser astronómicos.

No se trata de una idea nueva. Los mercenarios han sido empleados para luchar contra los piratas a lo largo de ocho siglos. Pero estos son otros tiempos, al menos en teoría, y ya algunas voces han señalado que no existe legislación que permita limitar y controlar la acción de Blackwater, como sucedió en Irak con terribles consecuencias para decenas de civiles inocentes.