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Hernán Zin está de viaje por los lugares más violentos del siglo XXI.El horror de la guerra a través del testimonio de sus víctimas.

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Contar la guerra desde las prisiones

Existen numerosas formas de cubrir una guerra: desde la perspectiva de las víctimas, de las ruedas de prensa de políticos y altos mandos castrenses, de las organizaciones humanitarias y el personal sanitario, empotrado junto a los soldados en el frente, o en la habitación del hotel, con la televisión encendida en Al Yazira. Se puede apostar por una línea de trabajo o combinar varias.

En este blog la visión predominante ha sido la del testimonio en primera persona de las víctimas de la violencia en República Democrática del Congo, Uganda, Sudán, Kenia, Etiopía, Bosnia-Herzegovina, Gaza, Líbano, Afganistán… Opción que no nos ha impedido seguir de cerca en alguna ocasión la labor de militares de EEUU, Congo y Pakistán.

A lo largo del próximo año ahondaremos en un punto de vista al que ya hemos apelado en alguna ocasión en estas páginas: el de los pilotos y tripulaciones que tienen como única misión volar a zonas en conflicto. La sección se llamará VOLAR PARA CONTARLA. Y, si conseguimos los permisos, esperamos comenzar con ella próximamente en Somalia.

Entre rejas

Si se trata de perspectivas originales para narrar la guerra, sin dudas hay que destacar la que esta semana ofrece John Moore en el blog Lens de The New York Times. El premiado fotoperiodista, que tras 17 años de silenciosa labor obtuvo notoriedad mundial tras capturar con su cámara los últimos momentos de vida de Benazir Bhutto (se encontraba a pocos metros de la primer ministro paquistaní cuando ocurrió el atentado que le costó la vida en 2007), lleva desde 2004 trabajando en el proyecto Detained.

El objetivo de esta iniciativa no es otro que retratar las cárceles de la guerra: Abu Ghraib y Camp Cropper en Irak; las prisiones afganas en las que son detenidos los acusados de pertenecer a los talibanes, incluida Pul-i-Charkhi, en las afueras de Kabul; Guantánamo en Cuba.

Un ensayo, en blanco y negro, que descubre uno de los lados más sombríos de los actuales conflictos armados – como bien demostró el extraordinario documental Taxi to the Dark Side – y que cobra mayor relevancia aún en un día como hoy, cuando salen a la luz nuevas denuncias de abusos sistemáticos a prisioneros por parte de militares británicos.

Foto: John Moore/Getty Images

El respeto a los civiles en las actuales guerras asimétricas

En 1859, Henry Dunant, hombre de negocios y activista social suizo, fue testigo en Italia de las consecuencias de la batalla de Solferino, en la que murieron y resultaron heridos 40 mil civiles y combatientes.

Plasmó sus experiencias en el libro Recuerdo de Solferino, que sería el punto de partida del Comité Internacional de la Cruz Roja. Organización que ayer celebró su aniversario.

La Cruz Roja Internacional ha sido el artífice de la Cuarta Convención de Ginebra, tantas veces mencionada en este blog, que tras ser aprobada en 1949 establece una serie de normas para proteger a los civiles en los conflictos. Es la base de lo que se conoce como Derecho Humanitario. En 1977 se establecieron protocolos adicionales que contemplan los conflictos internacionales e internos.

En los últimos tiempos se ha debatido mucho acerca de la aplicación de la Convención de Ginebra en los actuales escenarios bélicos, donde ya casi nunca combaten abiertamente ejércitos profesionales de Estados. Las guerras de hoy en día se conocen como “asimétricas” porque involucran a fuerzas de poder desigual: ejércitos convencionales, milicias insurgentes, grupos terroristas, organizaciones delictivas, empresas militares privadas.

Son guerras que no tienen lugar en alejados campos de batalla, sino en los sitios mismos en los que viven los civiles. De allí el incremento exponencial en la última década de la muerte de inocentes, que constituyen la mayor parte de las bajas en Irak, Afganistán, Gaza, Congo, Darfur o Somalia.

Ruegos y preguntas

Cómo aplicar la Convención de Ginebra en un escenario tan complejo, cómo distinguir entre combatientes y no combatientes, qué esperar de las milicias irregulares y de los ejércitos profesionales, son las preguntas que en IRIN han formulado a diversos especialistas en ocasión del aniversario de la Cruz Roja Internacional.

Francoise Saulnier, asesora legal de MSF, sostiene que no hacen falta nuevos tratados adicionales:

Cualquier crítica al Derecho Humanitario basado en la Guerra contra el Terror es injusto. Los conflictos asimétricos – internacionales y nacionales, guerra de guerrilla y terrorismo – han sido parte de los conflictos durante siglos. Estas convenciones internacionales han tomado en cuenta y arbitrado varios dilemas que se vivieron durante las guerras de descolonización y las guerras civiles que tuvieron lugar tras la independencia de varias naciones en desarrollo. Por eso contemplan todas las formas de insurgencia y contrainsurgencia en las operaciones militares.

Para Knut Doermann, asesor legal del Comité Internacional de la Cruz Roja, hace falta más responsabilidad de los políticos y más acción de los tribunales:

El desafío es el respeto por estas convenciones. Muy a menudo ves falta de voluntad política o de entrenamiento para respetar las reglas. Los tribunales internacionales pueden crear un efecto disuasivo y traer a los criminales ante la justicia, aunque los Estados deben primero responder a sus obligaciones.

Hugo Slim, autor del libro Killing Civilians: Method, Madness and Morality in War, sostiene que no se están respetando los principios de “distinción y proporcionalidad”. Y manifiesta que “necesitamos más claridad con respecto a una cuestión tan ambigua como quién participa directamente en un conflicto. Esto requeriría un protocolo adicional o una nueva directriz”.

Justamente es lo que ha hecho el Comité Internacional de la Cruz Roja. Tras seis años de estudio y debate, acaba de publicar una guía para determinar quiénes pueden ser considerados combatientes y quiénes no en las actuales guerras asimétricas. Guía que analizaremos de forma exhaustiva en una próxima entrada de este blog.

Los ultras de la guerra

La guerra es el momento en el que poder da libertad a los hombres, inclusive los alienta y legitima, para hacer aquello por lo que serían severamente castigados en tiempo de paz: destruir, aterrorizar, matar.

Como señala Gwynne Dyer en su libro “Guerra”, no resulta sencillo convertir a un joven recluta en alguien capaz de matar. Hay que realizar un complejo trabajo de desprogramación. Se lo debe convencer de que llegada la ocasión tendrá que renunciar a algunos de los valores fundamentales, como el respeto a la vida, que mamó desde la niñez y que constituyen la base de su sociedad.

Sin embargo, el caos inherente a todo conflicto armado genera el escenario propicio para que otra clase de individuos, carente de frenos morales, ausente de vislumbre alguno de empatía hacia el sufrimiento ajeno, pueda regodearse justamente en la posibilidad de realizar actos por los que sería severamente juzgado en tiempos de paz: destruir, aterrorizar, matar. Una vía de escape a sus frustraciones, a sus deseos más lóbregos, a sus patologías.

Criminales de guerra

No faltan ejemplos de esta clase de sujetos. Ya en este blog hemos contado la historia de Steven Dale Green, el soldado tejano que de forma premeditada violó a Abeer Qasim Hamza, de 14 años de edad, en Irak.

Primero mató a su familia y después quemó su cuerpo para que no quedara rastro. De no haber sido por el levantamiento entre los propios iraquíes, los altos mandos del Ejército de EEUU nunca hubiesen tenido noticia de lo ocurrido.

“Vine porque quería matar gente… La verdad es que no es para perder la cabeza. Quiero decir, pensé que matar a alguien iba a ser una experiencia que te iba a cambiar la vida. Y cuando lo hice, me dije: Muy bien, lo que sea”, había declarado el soldado, que contaba con no pocos antecedentes criminales antes de sumarse a las Fuerzas Armadas.

Por supuesto que entre estos dos extremos, el hombre de bien tiene reparos morales en matar, y el psicópata que campa a sus anchas en la guerra, hay numerosos matices y procesos, dependiendo de las experiencias de cada soldado, de su reacción ante el dolor y la muerte, ante la presión del grupo, ante el miedo y la rabia.

El tifosi israelí

Ayer aparecía un artículo de Neve Gordon y Yigal Bronner en el que afirmaban que los hinchas del fútbol israelí, que volvieron a los estadios tras el final de la ofensiva en Gaza, entonaban un nuevo cántico: “¿Por qué han cerrado las escuelas de Gaza? Porque todos los niños han sido asesinados”.

Esta noticia me trajo a la memoria una de las historias más reveladoras que he conocido jamás sobre los abusos y crímenes que cometen los soldados en la guerra, sobre sus motivaciones más íntimas, y que publicaremos en próximas entradas de este blog.

Tuvo como protagonista justamente a un ultra del Beitar, equipo de fútbol de Jerusalén, que con una excavadora Caterpillar D9 intentó crear un estadio de fútbol en medio de un campo de refugiados palestinos.

El juicio a Chuckie Taylor y la tortura en EEUU

No cabe duda alguna de que Chuckie Taylor habrá pensando en más de una oportunidad en lo irónico de su situación: han sido las autoridades de EEUU las que lo han llevado a prisión, y son las autoridades de EEUU las que ahora han comenzado a juzgarlo por tortura.

Justamente el país que durante los últimos ocho años ha aplicado la tortura de forma sistemática, desde Abu Ghraib hasta Bagram, desde Guantánamo hasta Diego García, y tantos otros destinos por los que pasaron los vuelos de la CIA.

Bautizado como Roy Belfast Jr. (y conocido como Chuckie Taylor, Charles Taylor II y Charles MacArthur Emmanuel), el hijo del ex presidente de Liberia fue responsable entre los años 1999 y 2003 de una rama del poder ejecutivo que torturaba y ejecutaba a quienes se oponían abiertamente al gobierno de su padre.

Y aquí viene el segundo giro irónico de esta historia, terrible para sus víctimas: el departamento que Chuckie Taylor comandaba con mano de hierro respondía al nombre de Unidad Antiterrorista.

El comienzo del fin

Tras haber sido el principal responsable de la guerra de los diamantes sangrientos que terminó con tantas vidas de inocentes, y generó cientos de miles de mutilaciones, en la vecina Sierra Leona, Charles Taylor , presidente de Liberia entre 1997 y 2003, se exiló en Nigeria gracias al acuerdo de paz que puso fin al conflicto.

El 29 de marzo de 2006, Charles Taylor padre fue arrestado cuando trataba de cruzar la frontera con Camerún.

Intentaba en vano evitar que la Corte Internacional Penal, con sede en la Haya, lo juzgara. Proceso que ya ha comenzado y en el que se lo acusa de once cargos de crímenes de guerra y de lesa humanidad cometidos en Sierra Leona.

Su hijo, Chuckie Taylor, fue detenido al día siguiente, mientras trataba de entrar a los EEUU, país del que es ciudadano. En virtud de la Ley Federal contra la Tortura de este país (18 U.S.C. §§ 2340-2340), el pasado 27 de septiembre comenzó su juicio.

Es la primera vez, desde que fuera promulgada en 1994, que las autoridades estadounidenses aplican esta legislación, que les permite juzgar a sus nacionales por torturas cometidas en el extranjero.

Chuckie Taylor es acusado de quemar y aplicar descargas eléctricas a cinco liberianos. Testigos no faltan. Y las heridas y mutilaciones que muchos de ellos presentan servirán sin dudas para que el hijo del dictador pase el resto de su vida en prisión.

¿Justicia universal?

Como señala Amnistía Internacional, es de celebrar que la comunidad internacional haya comenzado a actuar con contundencia para perseguir los crímenes contra la humanidad que se producen a diario en África, desde la República Democrática del Congo hasta Darfur y Uganda.

La ironía de esta situación, que sea EEUU quien juzgue al hijo de un dictador africano por tortura, quizás desaparezca el día en que Donald Rumsfeld y Dick Cheney sean también llevados ante un tribunal. El día en que la llamada Justicia Universal deje de ser un ámbito que sólo juzga a líderes caídos en desgracia de naciones periféricas.

Crímenes de guerra: soldados de EEUU violan y matan a una niña

De todos los crímenes de guerra que hemos repasado de soldados de EEUU en Irak, éste resulta sin dudas el más perturbador.

Claro que tratar de conmensurar el dolor ajeno, el horror de esas vidas arrebatadas sin sentido, es un ejercicio fútil. Porque la muerte de cada inocente constituye en sí, no un daño colateral e inevitable, sino un hecho vil.

Una vida que ya no estará. Y cuya ausencia dispersa el dolor, la sensación de rabia e indefensión, entre la población local como la piedra que cae en un estanque de agua.

Pero el asesinato de Abeer Qasim Hamza, de 14 años de edad, se presenta hondamente repugnante, por la alevosía, la premeditación, la frialdad y el sadismo con que fue perpetrado, a diferencia de los crímenes de Haditha, Thar Thar y Hamdania, que tuvieron lugar en esas mismas fechas.

El miedo

Abeer Qasim Hamza no era una joven que destacara por su belleza. Alta, delgada, su tío la describe como una “chica ordinaria”.

Sin embargo, tuvo la desgracia de llamar la atención de los seis soldados de EEUU que controlaban el puesto de control situado a unos 200 metros de su casa, en la salida de la ciudad iraquí de Mahmudiya, ubicada al sur de Bagdad.

Según narra un vecino, Abeer le dijo a su madre el 10 de marzo de 2006 que los soldados habían intentado propasarse con ella. Y Fakhriyah, la madre Abeer, había visto en varias ocasiones cómo se comían con los ojos a su hija, cómo le levantaban los pulgares y le gritaban very good, very good, cuando la joven pasaba por allí.

Como tenía miedo, le preguntó al vecino si la niña no se podía quedar a dormir en su casa durante las noches. Omar Janabi, el vecino, recuerda que accedió y que le dijo a la madre, para tranquilizarla, que “los soldados estadounidenses no hacen esas cosas”.

Tampoco el padre de Abeer le dio excesiva importancia al asunto al afirmar que la “niña es demasiado pequeña”.

Asesinato y violación

Pero los soldados de EEUU sí se comportaron de la forma más brutal imaginable. Soldados de la 101 División Aerotransportada, con base en Fort Campbell (Kentucky), que habían registrado la casa en varias ocasiones en “busca de terroristas”.

Se pusieron ropas oscuras para no ser identificados, salieron del puesto de control y entraron a la vivienda de la familia Qasim.

Metieron a los padres de Abeer y a su hija pequeña de siete años en una habitación contigua y uno de los hombres los mató. Después, tres de ellos se turnaron para violar a la niña.

Cuando terminaron le destrozaron la cabeza y le quemaron el torso y las piernas para borrar posibles evidencias.

La venganza iraquí

Al principio, el Ejército de EEUU echó la culpa a la insurgencia. Un traductor militar estadounidense le dijo a Mahdi Obeid Saleh, primo de Abeer, que “eso les pasaba por dar cobijo a terroristas”.

Y la verdad del asunto se comenzó a saber cuando miembros del Consejo Muayahidín de la Sura, una de las seis organizaciones suníes islámicas que en Irak luchaban contra la ocupación, se vengaron de los sucedido a Abeer.

Mataron a un integrante del mismo cuerpo militar, David J. Babineau, y decapitaron a otros dos: Kristian Menchaca y Thomas Lowell Tucker. Fue entonces cuando un soldado habló a un consejero castrense de lo sucedido en Mahmudiya.

Los culpables

Los dos hermanos varones de Abeer se salvaron porque estaban en la escuela. Uno de ellos, Mohammed, de 13 años, declaró que había visto a un militar pasar el dedo por la cara de su hermana en el puesto de control.

Ese era Steve Green, de 21 años, soldado raso considerado el principal responsable de lo ocurrido. Las confesiones señalan que fue él quien disparó a sangre fría a los padres con un AK 47, a su hija y a la propia Abeer.

Sus cómplices fueron tres hombres. James Barker, que el 15 de noviembre de 2006 se declaró responsable de violación y asesinato para evadir la pena de muerte siendo condenado a 90 años de prisión. El sargento Paul Cortez también asumió su culpa, por lo que recibió una sentencia de 100 años. Ambos podrían salir bajo fianza dentro de una década.

El tercero en cuestión, Jesse V. Spielman, se declaró no culpable de los cargos más graves, por lo que fue el único en enfrentarse al tribunal militar. Afirma que no violó a Abeer, que sólo le tocó el pecho cuando estaba muerta, aunque sí sabía del plan y sí acompañó a los otros.

Durante el juicio salió a la luz que los soldados habían estado hablando en el puesto de control, mientras bebían whisky irakí y jugaban a las cartas, de “matar iraquíes” y de “follar”. Temas recurrentes en sus conversaciones.

Otro de los imputados, Bryan Howard, señaló que cuando los hombres volvieron al checkpoint, los escuchó decir “eso fue asombroso”, “matamos a una familia“, y que uno de ellos saltaba en la cama.

Paul Cortez admitió que odiaba a los iraquíes, incluidas las mujeres. Un elemento que salió a relucir una y otra vez en el juicio por parte de numerosos testigos: el odio a los locales, a los que llaman “haj”, y de quienes no distinguen a civiles de combatientes.

Cuando a Barker se le preguntó si el odio de Green era distinto al del resto, dijo que la única diferencia era que lo expresaba más a menudo.

“Vine porque quería matar”

Originario de Texas, cuando en enero de 2005 Steven Dale Green se alistó en el ejército se le retiraron los cargos que pesaban en su contra por abuso de alcohol y drogas. Un procedimiento conocido como moral waiver (renuncia moral) y que benefició a 34,476 reclutas sólo en 2006 a los que se les perdonaron desde infracciones tráfico hasta delitos graves.

Nueve meses más tarde estaba en Irak, donde poco tiempo duró, ya que lo dieron de baja en mayo de 2006 por “comportamiento deshonroso y antisocial” antes de que se supiera nada de la violación y asesinato de Abeer. Crimen acerca del cual Bryan de Palma estrenó en 2007 una película llamada “Redacted”.

Al encontrarse fuera del Ejército, Green va a ser juzgado por la justicia ordinaria de su país en abril de 2009. Hasta ahora se ha declarado inocente. Su abogado ya ha dicho que alegarán enajenación mental.

Un artículo de The Washington Post cita estas palabras de Green: “Vine porque quería matar gente… La verdad es que no es para perder la cabeza. Quiero decir, pensé que matar a alguien iba a ser una experiencia que te iba a cambiar la vida. Y cuando lo hice, me dije: Muy bien, lo que sea”.

“Maté a un tío que no quiso parar en el puesto de control y fue como si nada… Matar gente aquí es como pisar una hormiga. Quiero decir, matas a alguien y es como decir ok, vamos a comprar pizza”.

Criminales de guerra: soldados con problemas mentales en Irak

Al repasar esta semana algunos de los más sonados crímenes de guerra de EEUU en Irak, nos preguntamos por las posibles causas de estos hechos. Sin duda, responden a multitud de factores que van desde el estrés postraumático, que sufre uno de cada seis combatientes, hasta el abierto desprecio por la vida del otro.

Pero en algunos casos, como señala el profesor James Kelly, estos brutales actos contra civiles indefensos podrían estar relacionados con la imperiosa necesidad del Pentágono de conseguir nuevos reclutas, lo que lo habría llevado a reducir los niveles de exigencia en los procesos de selección.

No es que antes hubiese que ser doctor en derecho internacional y tener un historial moral exquisito para sumarse a las fuerzas armadas, pero la laxitud en el reclutamiento ha abierto la puerta a personas que antes no hubiesen sido destinadas a zonas de combate.

El sargento Jeffrey D. Waruch podría resultar paradigmático en este sentido, pues ya en EEUU había dado muestras de tener evidentes problemas psicológicos. No en vano se le había impuesto una orden de alejamiento de dos mujeres de las que supuestamente había abusado, y la policía le había requisado las armas que tenía en su casa.

Una vez en el terreno, Waruch reaccionó de forma brutal cuando el convoy en el que viajaba, por las proximidades de la ciudad de Al Abbassi, fue alcanzado por una bomba en febrero de 2004.

Aunque el explosivo sólo les hubiera causado heridas leves, Waruch se bajó y corrió hacia una madre, Shaha al Jabouri, y sus dos hijas, que estaban trabajando en un campo de judías. Les disparó cuando intentaban huir. Intisar al Jabouri, de 13 años, murió debido a las heridas.

Tiempo después se supo en la prensa que el sargento Marcus Warner trató de prevenir que Waruch viajase a Irak, ya que lo consideraba “un cáncer para sus hombres”.

Si la experiencia de un conflicto armado resulta profundamente perturbadora para quien está en pleno uso de sus facultades, mucho más lo es para personas inestables emocionalmente y con problemas psicológicos.

Estas últimas tienen aún más probabilidad de cruzar la línea y cometer un crimen de guerra . Sin embargo, el Pentágono las envía a ganarse “el corazón de los iraquíes”.

Pero no sólo eso, ya que en algunos casos EEUU parece dispuesto a amparar sus crímenes. Waruch, que diez días más tarde se vio involucrado en otro asesinato de un civil iraquí, nunca se sentó frente a un tribunal. Sólo fue dado de baja del ejército en 2006.

Continúa…

Lawrence Hutchins y el asesinato de un hombre inocente en Irak

Como consecuencia de la Matanza de Haditha, cuya génesis e intento de ocultación describimos en las últimas entradas de este blog, 24 civiles iraquíes perecieron a manos de una patrulla de marines de la compañía Kilo.

Furiosos tras perder a uno de sus compañeros al estallar una bomba en la carretera, los soldados se bajaron del vehículo humvee en el que viajaban y entraron en las dos primeras casas que encontraron. Allí dispararon contra ancianos, mujeres y niños.

Resulta curioso que, justamente cuando un reportaje de la revista Time destapaba el escándalo de Haditha, varios miembros de la misma compañía de marines entraban a la casa de otro iraquí, lo sacaban con las manos atadas y lo mataban a sangre fría en la ciudad Hamdania.

A diferencia de lo sucedido en Haditha, las autoridades castrenses no intentaron ocultar los hechos y pusieron a disposición judicial a los culpables de lo ocurrido el 26 de abril de 2006.

La primera llamada de atención sobre el comportamiento de las tropas de ocupación de EEUU en Irak vino como consecuencia de las torturas en Abu Ghraib. Después le siguió la matanza de Hadihta y ahora este nuevo incidente que venía a demostrar que las cosas no iban bien.

La pantomima

Dos hechos resultan estremecedores en este crimen. En primer lugar, los soldados habían salido a buscar a otro hombre, Saleh Gowad, líder de la insurgencia. Pero al no encontrarlo mataron a su vecino: Hashim Ibrahim Awad, de 52 años.

La confesión del contramaestre Melson J. Bacos resultó crucial durante el proceso jurídico militar. Según su versión, los soldados estaban molestos porque Sahed Gowlad había sido capturado y liberado en tres oportunidades. Entonces decidieron que tomarían la justicia por sus manos.

¿Cómo se explica esto? Quizás del mismo modo que la masacre de Haditha. La compañía Kilo había perdido más de 20 hombres en la región a causa de las bombas situadas en la carretera, por lo que intentaban golpear a la insurgencia y vengarse de ella como fuera.

El segundo elemento perturbador pasa por la pantomima que representaron los soldados para tratar de ocultar su crimen. Bacos cogió un AK47 y disparó al cielo. Acto seguido, el sargento Lawrence Hutchins III llamó al cuartel diciendo que los estaban atacando y pidiendo permiso para responder a la agresión.

A Hashim Ibrahim Awad lo colocaron en un hoyo. Hutchins le disparó en tres ocasiones en la cabeza. El cabo Trent Thomas le pegó siete tiros en el pecho. Y un cuarto hombre, Robert Pennington, cogió la mano del fallecido y la apoyó en el gatillo del AK47 para que quedaran marcadas sus huellas dactilares.

“Sabía que estaba haciendo algo malo”, afirmó Bacos, quien añadió que luego de intentar decir algo un marine le respondió: “deja de comportarte como una mujercita”.

Aunque tal vez lo más estremecedor de todo el asunto sea que Hashim Ibrahim Awad era físicamente un hombre mermado. Sus vecinos los conocían como “Hashim el cojo”. Tras combatir en la guerra contra Irán de los años 80, había perdido parte de una pierna. También sufría de problemas en la vista.

Los acusados

Siete marines y un médico de la marina se enfrentaron a la justicia militar por esta caso en la base de Campo Pendleton, California. El galeno era Melson J. Bacos.

Trent Thomas fue hallado culpable de conspiración y secuestro. Se lo destituyó de su cargo pero no ingresó en prisión.

El abogado defensor dijo que su cliente no hizo más que seguir las instrucciones del sargento Hutchins. “Un marine en combate no desafía las órdenes de los mandos”, afirmó.

El cabo interino Robert Pennington se declaró culpable y fue sentenciado a ocho años de prisión el 19 de febrero de 2007. Otro de los condenados fue Marshall Magincalda, de 24 años. Aunque no disparó, sí se lo considera responsable de trazar el plan la noche anterior junto a sus compañeros.

“Quiero decir que siento las ofensas que he cometido”, declaró. “Me gustaría pensar que podré seguir para hacer buenas cosas en mi vida y dejar una mejor impresión de la que estoy dando ahora”.

Uno de los testigos que habló a favor de Magincalda dijo que lo consideraba un héroe por su actuación en Faluya, donde perdió a dos compañeros. Un psiquiatra castrense afirmó que sufría depresión y estrés postraumático como consecuencia de los combates.

Sargento Lawrence Hutchins III

Señalado como el principal responsable de la acción por sus compañeros, el sargento Hutchins fue hallado culpable de asesinato premeditado, de falsedad testimonial y latrocinio. El 2 agosto de 2007 se lo condenó a 15 años de prisión.

“Participé en los eventos del 26 de abril por la sensación de que era parte de nuestra misión”, afirmó este joven de 22 años. “Cada día explotaban bombas no identificadas en nuestra área de operación. Sabíamos quién lo hacía… No habíamos hecho todo lo posible, sin dudas”.

Originario de Plymouth, Massachusetts, sus compañeros de colegio lo recuerdan tocando el piano para entrener a su familia, trabajando como guardavidas en la playa y como un buen amigo.

Se graduó en 2002. Tenía 17 años cuando se unió a los Marines. Venía de una familia de soldados y decidió que la universidad podía esperar. Su excelente desempeño le permitió ascender rápidamente a sargento.

Hutchins está casado con una compañera de escuela, Reyna Griffin, y es padre de una niña de dos años. Su abogado sostuvo que se había comportado de esa forma como consecuencia del pobre ejemplo de los oficiales al mando y de la aprobación que les habían dado para usar la violencia al capturar e interrogar a los presuntos insurgentes.

Continúa…

Criminales de guerra: Frank Wuterich y la matanza de Haditha

La versión oficial afirmaba que los civiles iraquíes habían muerto como consecuencia de la explosión de una bomba casera al paso del convoy de los marines. Pero eso no fue lo que sucedió el 19 de noviembre de 2005 en la localidad iraquí de Haditha.

Los marines de la compañía Kilo se bajaron del humvee en llamas y descubrieron que el explosivo había matado al conductor, Miguel Terrazas, de 20 años. Tras superar los primeros momentos de aturdimiento, uno de ellos se puso al mando y se dirigieron a las casas más cercanas que encontraron y mataron a hombres, mujeres, ancianos y niños.

Los detalles de estas acciones, que fueron saliendo progresivamente en la prensa resultan estremecedores. Como que el dueño de la primera casa, Abuld Hamid Hassan Ali, de 76 años, que tenía una pierna amputada y estaba en silla de ruedas, recibió nueve disparos en el pecho, según señala un reportaje de The Washington Post de mayo de 2006.

O los gritos de horror y las súplicas de las cuatro hijas mujeres de los dueños de la segunda vivienda, Khafif y Aeda Yasin Ahmed, que se escucharon en todo el vecindario antes de que fueran asesinadas.

Los culpables

De los ocho marines acusados de la que es conocida como la Matanza de Haditha, y que costó la vida a 24 civiles iraquíes, sólo tres siguen a la espera de ser juzgados.

El sargento Frank Wuterich es considerado el principal responsable de la masacre. Se le imputaron en un principio 12 cargos de asesinato no premeditado, que luego pasaron a ser de homicidio negligente.

Otro de los imputados, Sanick Dela Cruz, acusado al principio y ahora testigo con inmunidad, declaró en contra de su antiguo compañero de armas. Recordó que Wuterich había dicho, tras otro incidente similar, que debían “enseñar una lección a los iraquíes”.

Lo cierto es que la Compañía Kilo de los Marines, a la que pertenecía Frank Wuterich, llevaba meses luchando junto a las fuerzas iraquíes contra la insurgencia y había perdido a más de 20 hombres en la región.

La familia de Wuterich, que ha creado una página web, sostiene su inocencia. Y afirma que la prensa lo ha condenado antes del juicio.

Nacido en Connecticut, Wuterich está casado y tiene tres hijas. En el secundario había destacado por su excelencia académica, por tocar la trompeta y ser el presidente del club de teatro.

Se trataba de su cuarta misión en Irak. La primera vez que había sido destinado a este país lo había hecho por voluntad propia, porque como dijo en alguna ocasión: “Quería conocer la guerra”.

También está a la espera de una corte marcial Jeffrey Chessani, el comandante de la Compañía Kilo. Se lo acusa de encubrir los hechos. En primer lugar, a través del comunicado oficial difundido al día siguiente, que da un versión distorsionada de los hechos. Así como el hecho de que pagaran a los supervivientes entre 1.500 y 2.500 dólares por cada persona muerta en las dos casas.

La verdad

La verdad se comenzó a saber gracias al vídeo filmado en la morgue por un joven estudiante iraquí de periodismo, que mostraba que los civiles habían muerto por disparos de bala.

A esta evidencia se sumó después el reportaje publicado por Tim McGirk en la revista Time, y tantas otras pruebas forenses, así como fotografías y otros vídeos, que fueron apareciendo.

Fue tal la presión que se abrió el caso y que hasta el presidente Bush salió a decir que se investigaría lo sucedido. John Murtha, parlamentario demócrata y antiguo marine, fue uno de los que más fuerza ejerció. Tanto es así que Wuterich se ha querellado contra él alegando que perjudicó su imagen al popularizar la matanza de Haditha.

Otros hechos similares

La primera señal de que las cosas se estaban torciendo en Irak vino desde Abu Ghraib, con las torturas de prisioneros cuyas imágenes dieron al vuelta al mundo. Después surgió el escándalo de la matanza de Haditha, acerca de la cual se acaba de estrenar una película dirigida por el cineasta británico Nick Broomfield.

Pero los actos de barbarie contra las civiles iraquíes no se quedaron allí. Siguieron las acciones desmesuradas, los crímenes impunes. Cuya enumeración y conocimiento, así como de sus protagonistas, quizás nos acerque más a la respuesta que estamos buscando: ¿en qué medida se los puede calificar como hechos aislados? ¿A qué razones responden esta clase de actos?

Continúa…

Caza y captura de los criminales de guerra

Hoy comienzo una nueva sección en este blog, mientras ya empiezo a preparar todo para partir hacia Kabul. Un apartado al que volveré recurrentemente, como el dedicado a los mercenarios y a los periodistas que murieron para contar, y que se centrará en loscriminales de guerra.

Sé que los conflictos armados son en sí mismo hechos tan terribles que quizás para muchos de vosotros intentar discernir y juzgar los actos criminales de las acciones aceptables resulte en sí mismo un ejercicio fútil.

Pero creo que después de las barbaridades cometidas contra los civiles durante la segunda guerra mundial, se crearon elementos jurídicos como la Declaración de los DDHH y la Cuarta Convención de Ginebra, que no podemos permitir que sean ignorados.

La Corte Penal Internacional

El punto de partida de esta sección serán los juicios y órdenes de búsqueda y captura de la Corte Penal Internacional (CPI). Una estancia del derecho internacional impensable hace apenas unas décadas y que es un logro que debemos celebrar: ya que está actuando de forma eficiente para llevar al banquillo a quienes han cometido brutales delitos en conflictos armados.

Eso sí, también iré más allá, porque si hay un defecto de la Corte de la Haya es que sólo se atreve con los pesos medianos de esta historia: dictadores caidos en desgracia, señores de la guerra y lugartenientes de países pobres, que carecen de grupos de presión a su favor o de apoyo mediático.

Personalmente sigo aspirando a que personajes del alto rango, como Ehud Olmert, al que las acusaciones de corrupción sacuden una y otra vez su posición como Primer Ministro de Israel, se sienten algún día frente al banquillo. Sin dudas debe dar explicaciones por las repetidas matanzas de civiles que sus decisiones provocaron en Líbano y Gaza, desde la familia Galia hasta la segunda masacre de Qaná.

Canibalismo en Sierra Leona

Avanza el juicio contra Charles Taylor, antiguo presidente de Liberia, acusado de asesinato, violación y empleo de niños soldados durante los diez años que duró la guerra en Sierra Leona que culminó en 2002.

Moses Blah, su antiguo vicepresidente, declaró esta semana en el juicio como testigo. Según su testimonio, viajó a principios de los años 80 a Libia. Allí recibió entrenamiento militar junto a otros 180 hombres para preparar la insurrección que provocaría una guerra civil de 17 años y que llevaría a Taylor al poder de Liberia en 1997.

En un campamento cercano a Trípoli aprendieron a usar subfusiles AK 47 y misiles tierra-aire bajo el patrocinio de Gaddafi. Entre quienes viajaron a Libia estaba Sam Bockarie, uno de los rebeldes de Sierra Leona, dirigente del Frente Revolucionario Unido (FRU), a los que Taylor apoyaría en su guerra por los diamantes de sangre.

Blah, conocido como un hombre tranquilo y silencioso, asumió el poder en Liberia en 2003, después de que Taylor fuera obligado a exilarse. Aunque los brutales crímenes cometidos en Sierra Leona son por todos conocidos, como la costumbre de cortar las manos a los civiles y las violaciones masivas, Blah dio detalles francamente perturbadores.

Dijo que uno de los comandante rebeldes tenía el hábito de “comer carne humana” y que los combatientes que se sumaban a su unidad sólo podían hacerlo si estaba preparados para tomar parte en actos rituales de canibalismo. En una visita al comandante Nelxon Gaye, descubrió que estaba cocinando en una olla unas manos que luego comió con casava hervida.

Aún deben declarar más de 40 testigos en el juicio, que progresivamente está recreando el horror vivido en Sierra Leona. Un horror que que Gervasio Sánchez describe de forma lúcida en su libro Salvar a los niños soldados a través del trabajo y la experiencia de Chema Caballero.

El “Terminator” congoleño

La próxima entrada de esta sección estará dedicada a Bosco Ntaganda, líder tutsi conocido como “Terminator”, en caza y captura. Acusado de promover violaciones masivas de mujeres y de reclutar niños soldados en la República Democrática del Congo, destino al que también espero acercarme en los próximos meses.

Mientras tanto, os dejo un vínculo a una página de referencia, Crimes of War, donde podéis encontrar información exhaustiva y noticias de última hora, así como al blog War Crimes del Foreign Office Association.