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Colgados del alambre: los niños del tablón

24 agosto 2011

Entre el ensordecedor estruendo de los bombos, el olor a marihuana y a sudor; y la apretada multitud que salta, que baila, que se empuja, haciendo que el suelo tiemble bajo nuestros pies; descubro las siluetas de los niños que se suceden a los pies de las gradas, contra la alambrada que nos separa del campo de juego. Siluetas recortadas por la poderosa luz de los focos que se levantan en los cuatro extremos del estadio de Newell’s Old Boys, en la ciudad argentina de Rosario.

Niña en la alambra de la popular del estadio de Newell's Old Boys. Partido contra Boca Juniors. Agosto 2011. (HERNÁN ZIN)

Me abro paso entre los muchachos, bajo peldaño a peldaño eludiendo las banderas que se estiran entre los paravalanchas, y allí los encuentro a los niños, colgados de los alambres. Algunos a varios metros de altura sobre ese suelo plagado de plásticos rojos y negros, anegado de vasos vacíos de gaseosa y papeles.

Espectadores en primerísima fila del choque que tuvo lugar este domingo entre los jugadores de Boca Juniors, liderados por Riquelme, y el equipo de “La lepra”, que es como se conoce a Newell’s Old Boys o, como lo escriben algunos medios rosarinos para felicidad de la RAE, Ñuls.

Solos en la cancha

Es uno de los aspectos que más me ha llamado la atención de estos dos meses que llevo siguiendo a las barras bravas del fútbol argentino: la cantidad de niños que pululan solos por los estadios, que observan fascinados el partido, que se mezclan y confunden con la multitud enfervorizada, poseída por la pasión por los colores, por el poder que da la acumulación de tantas almas en tan poco espacio, por la entonación masiva del estribillo de una misma canción, y, a veces también, por la violencia.

En esta noche fría, cerrada, más aún me desorienta la presencia de esos niños solitarios. “Son chicos del club, son socios, que les gusta venir a la cancha”, me explica un hombre en las gradas mientras observa la bengala que arde al otro lado del campo, en la popular en la que se aprieta la barra brava de Boca Juniors, la famosa Doce.

Hamacas de plástico

Llega el entretiempo. Los niños se bajan del alambre. El partido va igualado: cero a cero. Se sientan en las gradas, conversan. Uno de ellos, que se llama Mariano, arregla los plásticos – los anuda y estira concienzudamente – que ata a los alambres y usa a modo de hamaca para no cansarse. Son los plásticos que usan los hinchas, de forma oblonga y henchidos de aire, para saludar al equipo cuando entra al campo, segundos antes de que baje el gran telón de 800 kilogramos con forma de camiseta de Ñuls que cubre la popular.

Cuando el locutor anuncia por los altavoces que el encuentro está próximo a reanudarse, entonces Mariano trepa por los alambres, cuelga los plásticos y se sienta. Docenas de niños hacen lo mismo. Algunos tienen apenas cinco o seis años de edad.

Marihuana

Un perro pasa corriendo entre las bolas de plástico. Otro espectador inesperado. Lleva en las gradas desde antes que empezara el partido. Los barras bravas lo han bautizado “Marihuana”. Me dicen que está en todos los partidos, que es un perro del club. No se asusta ni por los bombos ni por los gritos de los hinchas. Me recuerda al can que vivía en la base de los soldados de EEUU en el valle afgano de Tagab, sobre el que escribí en su tiempo en este blog. Ni las bombas ni los disparos lo amedrentaban.

Marihuana se detiene. Levanta la cabeza hacia donde están los niños colgados de los alambres. La tribuna se queda en en silencio, absorta, inmóvil. Boca Juniors acaba de marcar un gol.

Entre barras bravas: Atlanta

01 agosto 2011

No es la más fiera ni la más numerosa ni la mejor articulada de las barras del fútbol argentino, pero para quien escribe estas palabras tuvo el interés de ser el estreno en una grada. Entre las banderas, los bombos y los paravalanchas.

Hinchas de Atlanta en la "popular". Buenos Aires, agosto 2011(Hernán Zin)

Llegar allí tuvo sus complicaciones – bastante hilarantes, por cierto -, que describiré en próximas entradas de este blog. Sin embargo, una vez superadas estuvo “todo bien”, como suelen decir en esta parte del mundo en la que el fútbol se vive con más pasión que en ninguna otra.

De pasiones y borrachos

Minutos antes del comienzo del partido, los encargados de la barra despliegan las banderas, llamadas “trapos”, de una punta a la otra de la popular, al tiempo en que una muchedumbre de camisetas amarillas y azules, de paraguas amarillos y azules, de gorros amarillos y azules, sube las escaleras al ritmo de bombos en que se lee “Los bohemios”, sobrenombre con el que se conoce a Atlanta.

Los muchachos se trepan a los paravalanchas, sobre los que hacen equilibrio. Las zapatillas se suceden sobre las barras de metal. Algún tatuaje, con el escudo de Atlanta, en las pantorrilas. Y otros tatuajes similares en los brazos con los que se toman de las banderas a modo de pasamanos.

Arrancan las primeras canciones siempre con voz grave, cadenciosa. Vocales arrastradas con ecos de una multitud que en esta ocasión no lo es tanto, pues se trata de una hinchada bastante reducida, quizás porque el partido se juega en horario infantil: un sábado a las once de la mañana.

Chaca botón, Chaca botón… Señores yo soy de Atlanta y de Villa Crespo, barrio de borrachos y faloperos. Vamos los bohemios, ponga huevos y corazón, que esta hinchada te quiere ver campeón.

Hoy Atlanta se enfrenta a Aldosivi, un club de Mar del Plata, en la primera jornada del Nacional B. Sin embargo, la canción va dedicada a sus máximos adversarios: Chacarita Juniors, con los que tienen una rivalidad que, según me explican, vienen desde los tiempos en el que “Los bohemios” se hicieron con el estadio de los de Chaca. “Botón” en el jerga argentina quiere decir delator, alcahuete.

Lo de borrachos y farloperos no necesita traducción, aunque sí un apunte que me hace Daniel, un buen amigo: “Tenés padres que vienen a la cancha con sus hijos. Y que quizá están toda la semana diciéndole a sus hijos que estudien, que se porten bien. De repente, llega el partido y se ponen a cantar que son borrachos y faloperos. Así de inexplicable es esta pasión”.

Sin dudas, un fenómeno de difícil comprensión. Más aún para alguien como yo, ajeno a toda bandera, religión o filiación política. Del único club del que formé parte en mi vida fue del video club de la esquina de mi casa. Y debo confesar que lo hice con muchos reparos. No compartía la pasión de Miguel, su dueño, por llenarlo de películas de Brad Pitt y Angelina Jolie.

Periodistas y policías

El equipo sale al campo. Vuelan papelitos sobre las cabezas de la hinchada. Arranca un clásico de las canchas argentinas: Vamos campeón, vamos campeón… vamos campeón, vamos campeón. Se supone que los cánticos tienen que acompañar el desarrollo del partido. Cuando el equipo rival está en la propia área, entonces las estrofas deben ser más breves y apasionadas. El contrario tiene que sentir la presión. El aliento en la nuca de la hinchada contraria.

El balón se enmaraña en el centro del campo. Baja la intensidad del encuentro. A lo bombos se le suman trompetas. Cambio de letra y melodía.

Atlanta, mi buen amigo, esta campaña volveremo a estar contigo. Te alentaremos… de corazón. Esta es tu hinchada que te quiere ver campeón…. No me importan esas fotos, que saca la Federal, yo te sigo a todas partes, cada vez te quiero más.

La mención a las fotos de la policía no me hace mucha gracia. Ya algunos muchachos se han dado vuelta, se han tapado la cara o me han mirado con expresión de pocos amigos al verme deambular con la cámara. No, no estoy sacando fotos, sólo saqué mi cámara a pasear y tomar sol.

Esto es sólo el comienzo. La cosa se pone más incómoda aún con el siguiente cántico:

Yo te quiero los Bohe, y no me importa lo que digan, todos los putos de Aldo, el periodismo y la policía.

Avanzo entre las gradas meciendo la cabeza al ritmo de la canción. “Estos periodistas, estos periodistas, qué gente”, murmuro con la vana esperanza de que alguno crea que no lo soy.

Bienvenidos a Futbópolis

31 julio 2011

El 8 de agosto de 2009, el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner decidió hacerse con los derechos televisivos de los partidos de primera división de la liga argentina. Creó el programa Fútbol para Todos y pagó 600 millones de pesos a la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) para llevar a cabo esta operación.

Unos 100 millones de euros que le permitieron quitar el patrimonio sobre estos derechos a la empresa Televisión Satelital Codificada (TSC), integrada por Clarín, grupo de comunicación con el que lleva años enfrentándose abiertamente. TSC tenía contrato hasta 2014, lo que ha generado una agria disputa en los tribunales.

Fútbol para Todos emite los partidos a través de Canal 7, la televisión pública, y de aquellas señales abiertas que lo soliciten a la Jefatura de Gabinete de Ministros, responsable del programa.

Publicidad gubernamental

No han sido pocas las críticas a Fútbol para Todos. En primer lugar, que implica el uso de recursos públicos que podrían aplicarse en áreas productivas.

Más allá de la bonanza de los últimos años, dada en buena medida por el precio internacional de la soja, la Argentina no es un país que se pueda dar el lujo de malgastar fondos públicos, de no aprovechar la buena coyuntura, el viento de fondo de los impuestos de las exportaciones, para poner bases sólidas para el futuro como están haciendo Chile y Brasil.

El resto de críticas vienen a raíz de que, a excepción de IVECO, la publicidad que aparece durante los partidos es del Gobierno, lo que incrementa aún más la inversión pública en la difusión del fútbol de primera división. Resulta imposible ver un partido en Argentina sin que aparezcan constantemente mensajes que ensalzan los logros del Ejecutivo de Kirchner.

Ahora, el nuevo formato de campeonato planteado por la AFA, en el que se unirían los 38 equipos de primera y segunda división para jugar entre sí, elevaría para el calendario 2012-2013 la inversión del gobierno en el programa Fútbol para Todos a unos 1.200 millones de pesos. Más de 200 millones de euros.

Pan y circo para todos

Hace unas semanas, la presidenta inauguraba Tecnópolis, una feria que presenta en retrospectiva los adelantos tecnológicos del país. Un intento por mostrar otra Argentina, moderna, igualitaria, frente a la socialmente injusta, clasista y burquesa, que sus fieles seguidores, llamados “K”, dicen que representa la exposición de la Sociedad Rural, que se organizó en las mismas fechas.

Pero si tomamos en cuenta que la inversión en el CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas) es de 1.500 millones de pesos – frente a los 1.200 millones que se estima que se gastará en el fútbol -, la contradicción entre el discurso y la acción resulta no poco llamativa, como también revelan otros indicadores. La inversión en I+D de Argentina apenas alcanza el 0,6% del PIB.

Contradicción que queda más aún al descubierto frente al anuncio realizado ayer por el gobierno de Dilma Rouseff: Brasil elevará al 2% del PIB su inversión en investigación y desarrollo tecnológico, además de poner en marcha un ambicioso programa para contratar a científicos extranjeros bautizado “Brasil sin fronteras”.

Todo esto sin contar que el Gobierno argentino poco o nada ha hecho para terminar con los llamados barras bravas (cuyo accionar llevamos semanas describiendo en este blog) y su vinculación con la política. Y mucho menos para que haya más transparencia en la caótica gestión de los clubes y los pases de jugadores, que tan íntima relación tienen con la violencia en este deporte.

¡Viva Futbópolis!

Las barras bravas y la mística de la violencia

29 julio 2011

En las siete semanas que llevo investigando el fenómeno de las barras bravas – o mejor dicho, el uso de la violencia como instrumento político y económico en la Argentina -, me he encontrado con no pocas circunstancias me han llamado la atención.

Una de ellas es que casi todo aquel al que le cuento sobre el reportaje que estoy realizando parece conocer personalmente o saber de algún barra brava.

“Yo iba al gimnasio con uno de la barra de Racing, ¿querés que le pregunte si quiere hablar?”, se ofrece un buen amigo. “Mi novio tiene un amigo que está en la Doce”, me dice una conocida. “¿Querés contactos en la barra de Chacarita?”, me propone generosamente otro. “Yo te los consigo”.

Fascinación inconsciente

En este sentido, tengo la impresión de que existe una curiosa atención hacia estos personajes que todos saben que usan la coerción, el llamado “apriete”, para conseguir sus fines; que constituyen buena parte de ellos asociaciones ilícitas con las que ganan dinero de manera ilegal.

Un reconocimiento colectivo, una suerte de aceptación, seguramente inconscientes y llenas de contradicciones, que tienen que ver con la mística de la violencia y el quebrantamiento de la ley.

Es más, dejando a un lado las referencias particulares que me han podido dar, me ha sorprendido lo conocidos que son en general algunos líderes de las barras bravas, presentes e históricos.

Desde el famoso José Barrita, El Abuelo, que en los años ochenta se puso al frente de la Doce a golpe de asesinato; pasando por su sucesor, Rafael Dizeo, empleado público que tuvo una gran exposición en los medios y en la política; hasta los hermanos Alan y William Schlenker, que están siendo ahora juzgados por el asesinato de Gonzalo Acro, proceso que describimos en la anterior entrada del blog.

En próximas entradas hablaré con detenimiento de estos personajes con el objetivo de trazar un reflejo de la transformación de las barras bravas a lo largo del tiempo, pero también para tratar de comprender mejor por qué en lugar de ser marginados y condenados socialmente, gozan de cierta aceptación. Después, cuando empiece el campeonato, llegará la hora de subirse a la grada.

El periplo español de un barra brava de River Plate

26 julio 2011

El 26 de noviembre de 2008, Ariel “El colorado” Luna difundió un insólito vídeo en el que se hacía responsable del asesinato de Gonzalo Acro, otro hincha de River Plate. Una grabación en la que afirmaba que es un hombre de la calle, que tiene “códigos”, y en la que deslindaba a los capos de la barra brava de toda culpa.

Según señalaron fuentes judiciales en aquel momento, había grabado el vídeo en España. Y desde allí lo había mandado a Nelly Martínez, una mujer de 78 años que vive en el barrio de Belgrano de la ciudad Buenos Aires.

Si alguna duda había de que Ariel Luna – que en las imágenes aparece con el cabello teñido de negro y con una aparatosas gafas -se había refugiado de la justicia en España, esta desapareció cuando las televisiones argentinas difundieron otro vídeo.

En esta grabación, que no la hizo él, por supuesto, se lo ve asaltando una joyería en Albacete el 22 de octubre de 2008. Pertenecía a un grupo de delincuentes bautizados por la policía como la Banda de Buenos Aires.

¿Cómo logró huir al extranjero tras la conmoción pública que causó el asesinato de Gonzalo Acro? ¿Cómo consiguió “empleo” tan rápidamente en España?¿Qué lo llevó a grabar un vídeo en el que se responsabilizaba de un delito tan grave?

Estas son las preguntas que me hago mientras lo observo en el Tribunal Oral Criminal Número 15, situado en la calle Lavalle 1171 de Buenos Aires. Enjuto, pelirrojo nuevamente y con gafas, permanece ausente, en silencio, sentado en un banco junto al resto de los acusados.

Un caso que he seguido de cerca en las últimas semanas como parte de la investigación que estoy realizando sobre barras bravas. Un caso representativo como pocos de la lógica actual de la violencia en el fútbol argentino, cuya sentencia se hará pública en cuestión de días, y cuyos detalles daré en próximas entradas de este blog.

La escuela de los barras bravas

21 julio 2011

“Desde chiquitos los pibes maman la pasión por el fútbol”, me dice un barra brava del club Colón de Santa Fé que ha venido a ver el partido ente Argentina y Uruguay de la Copa América enfundado en una abultada cazadora celeste de Hinchadas Unidas Argentinas. Frente a él, un grupo de niños toca los bombos y canta. “A veces nos copamos y dejamos que se suban al paravalanchas”, agrega orgulloso.

Niños en la previa del partido Argentina contra Uruguay de la Copa América. Santa Fé, 16 julio de 2011. (Hernán Zin)

La letra de la canción que entonan los niños poco tiene de cándida o infantil. Ni el Sapo Pepe ni Pipo Pescador. Ni autos nuevos ni tartas ni paseos. “Sólo le pido a Dios, que se mueran todos los ingleses. Que se mueran para siempre. Para toda la alegría de la gente”, entonan al unísono con los adultos que los rodean.

Un canto a la amistad y la fraternidad entre equipos rivales que no termino de entender bien ya que el inminente rival es Uruguay. Supongo que si cambias “ingleses” por “uruguayos” se rompe la rima. O que el clásico rioplatense no merece expresiones de deseo tan lóbregas más allá de sus tensiones ancestrales (en 1924, el hincha uruguayo Pedro Demby, de 22 años, murió asesinado por arma de fuego en Montevideo. Acababa de terminar el encuentro entre ambas selecciones que dio a Uruguay su cuarta Copa América. Se cree que el responsable del disparo fue Quique El Carnicero, líder de la barra de Boca Juniors).

Los pequeños imitan a los barras bravas no sólo en la lírica sino también en el lenguaje corporal. Y estoy seguro de que lo hacen, como buenos niños, sin entender plenamente las implicancias más profundas de sus gestos. Agitan los brazos en el aire, saltan en el lugar.

En lo que no imitan a los adultos es en los porros que estos se fuman y que inundan el ambiente de un olor dulzón y embriagador. Ni en las rayas de cocaína que un par de muchachos aspiran con absoluto desparpajo frente al patrullero que circula a paso lento junto a nosotros, frente al cordón policial a que a menos de cincuenta metros se sucede en la entrada del estadio de Colón de Santa Fé desde el que ya llega el rumor de la multitud que canta para animar a la selección Argentina.

Una historia que se repite

Como conté ayer, los barras bravas entrarán al estadio a último momento. Gorras, abultadas cazadoras, banderas, bombos. Se amontonarán y empujarán. La policía pedirá refuerzos, aunque la verdadera gestión de la entrada la harán los líderes de Hinchadas Unidas Argentinas, organización creada por el dirigente kirchnerista Marcelo Mallo de cara al Mundial de Sudáfrica.

Las malas lenguas dicen que detrás de la jugada estaban Néstor Kirchner y el actual jefe de gabinete Aníbal Fernández, que es también dirigente de Quilmes. Una forma de ganar ascendiente sobre los violentos, tan a menudo reclamados, empleados y amparados por la política en Argentina. Las mismas malas lenguas dicen que ahora las Hinchadas Unidas Argentinas responden al candidato opositor Francisco De Narváez.

Ayer leía el libro “La Doce”, del periodista Gustavo Grabia. En sus primeros capítulos señala que la violencia en el fútbol argentino comenzó a crecer exponencialmente a partir de 1931. Tiempo en el que Pepino El Camorrero estaba al frente de la barra brava de Boca Juniors.

Cita uno de los famosos “aguafuertes” escritos por Roberto Alrt para el periódico El Mundo, en el que el autor de “El juguete rabioso” traza una semblanza de los violentos no muy distante a la de nuestros días. Las primeras muertes en los estadios de este país llegarían en 1939, en el predio de Lanús. Serían Luis López, de 41 años, y Oscar Munitoli, un niño de apenas nueve años.

Desde entonces los fallecidos suman más de 200. Y, como de algún modo parecían mostrar esos niños con sus bombos y sus cánticos de afecto a los ingleses, la tradición pasa de generación en generación, y la violencia como instrumento del poder político y económico sigue siendo una lacra de la que Argentina no se ha podido librar.

Las barras bravas en la Copa América

18 julio 2011

“Vaya por la otra puerta por favor, que están ingresando los barras”, le dijo uno de los policías del cordón de seguridad a un padre que llegaba con sus dos hijos, entradas en alto, evidentemente despistado. Querer ingresar al estadio de Colón de Santa Fé con dos criaturas a través de aquella apretada turba de hombres ataviados con grandes cazadoras y pantalones deportivos, que cargaban bombos y enormes banderas, no era la mejor de las ideas.

Barras bravas de Hinchadas Unidas Argentinas entran al encuentro entre Argentina y Uruguay de la Copa América. Santa Fé, 16 julio 2011 (Hernán Zin)

Sobre todo porque en el ambiente, además del olor a marihuana y sudor, se palpaba la creciente tensión. La certidumbre de que en cualquier momento la situación se podía ir al carajo. No en vano, minutos antes, el mismo policía había pedido refuerzos a través del walkie talkie. “Vamos Negro, mandame más efectivos que acá la cosa se está poniendo complicada”.

Hinchadas unidas, jamás vencidas

Eran las 19:00 horas del sábado. El encuentro entre Argentina y Uruguay por la Copa América estaba a punto de comenzar. Como siempre sucede, fue entonces cuando los barras bravas decidieron entrar. Les gusta ser los últimos. Llamar la atención de las hinchadas cuando avanzan por las gradas con sus gorros, bombos y trapos.

La policía ya lo sabía, por lo que el cordón de seguridad se había vuelto aún más estrecho. Sólo los espectadores que llegaban sobre la hora – como el padre con sus dos hijos –, avanzaban con tantas prisas a través de la penumbra que no notaban las características de aquel tumulto.

Bueno, uno de ellos sí las notó con antelación. “Qué caruchas que hay por acá”, exclamó en voz alta y se dio media vuelta en busca de una entrada alternativa al estadio conocido como “El cementerio de elefantes” (después del sábado, la selección Argentina será otra que tendrá allí una lápida; esta con un apunte al “Apache” Tévez y su penalty fallido).

Cambio de camiseta

Caruchas desafiantes, de pocos amigos – una de ellas, la más inquietante, cubierta de tatuajes tribales -, pero sobre todo expectantes por ver si les permitirían entrar. Si algo caracteriza a la relación entre los barras bravas, agrupados por el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner bajo el nombre de Hinchadas Unidas Argentinas, con el poder político y deportivo es la inestabilidad.

Según sostuvo el periodista deportivo Gustavo Grabia en Radio Mitre, los muchachos de esta curiosa asociación estarían siendo apoyados ahora por Francisco De Narvaez, candidato opositor a gobernar la provincia de Buenos Aires. Habrían cerrado un acuerdo por 100 mil pesos (17.262 euros). Su presencia en la Copa América ya había levantado ampollas en Córdoba.

Continúa…

¿Juicio y castigo a los barras bravas de River Plate?

16 julio 2011

Finalmente, el árbitro Sergio Pezzotta pudo declarar ante la justicia. Lo hizo ayer, en la fiscalía del porteño barrio de Saavedra, donde ratificó lo escrito en el informe a la Asociación del Fútbol Argentino (AFA): que los barras bravas de River Plate lo habían amenazado en el entretiempo del partido contra Belgrano de Córdoba.

“Si no marcas un penal te matamos”, le habían dicho en el ecuador del encuentro que haría perder al club millonario la categoría por primera vez en sus 110 años de historia. Y cuya posterior violencia seguimos desde las inmediaciones del estadio Monumental en este blog.

Guillermo Marconi a la salida de la declaración del árbitro Pezzotta ante el fiscal. Buenos Aires, 13 julio 2011 (Hernán Zin)

¿Qué diferencia hay entre esta causa y otras tantas que se están siguiendo contra los violentos del fútbol argentino? ¿Por qué tiene tanta relevancia? Según me explicó esta tarde Gustavo Grabia, el periodista que más sabe de estas cuestiones en Argentina, porque por primera vez los hechos quedaron registrados en vídeo. Unas imágenes que muestran cómo los barras bravas recorren el anillo del estadio y entran al vestuario del árbitro.

Pero eso no es todo. Además el vídeo enseña cómo los ultras son acompañados por varios directivos del club millonario y cómo los policías encargados de proteger al colegiado brillan por su ausencia. En este sentido, la denuncia de Pezzotta también sirve para exponer claramente la relación entre violentos, directivos y fuerzas de seguridad.

Algo que se comenta mucho en Argentina – así como la relación de las barras con la política -, pero que no resulta sencillo demostrar. En este caso sí, pues ha quedado grabado por la cámaras de seguridad y, milagrosamente, las cintas no desaparecieron como en tantas otras ocasiones.

Gustavo Gravia sostiene que el “apriete” de los hinchas al árbitro no responde simplemente a la pasión por los colores de su equipo, sino también al negocio del que son partícipes. “No van a recibir el mismo dinero si están en segunda que si están en primera”, me comentaba esta tarde.

Voluntad en duda

Con respecto a que la causa prospere y todos los señalados por el fiscal José María Campagnoli – seis barras brava, cuatro responsables del club y tres policías -, que lleva la causa, entren en prisión y sean juzgados, Grabia se muestra escéptico. De hecho, que varios jueces rechazaran el caso habla del desafío que implica meterse en un asunto sumamente espinoso, cuyas ramificaciones en el poder deportivo y político de este país podrían no ser pocas.

Guillermo Marconi, presidente de SADRA, el sindicato de árbitros – que asistió ayer a la fiscalía junto Pezzotta, los jueces de línea, Francisco Noguera y Javier Uziga, y el cuarto colegiado, Mauro Vigliano -, parecía señalar similares dudas cuando dijo a la salida de la fiscalía de Saavedra que el juez Rodolfo Cresseri tiene ya las pruebas y que está en sus manos decidir qué pasos tomar.

Algunos de los periodistas que aguardaban bajo la fría garúa porteña a que terminase la declaración de Pezzotta me dijeron que esperanzas albergan pocas de que el caso prospere. “Nadie se va a animar a hacer semejante quilombo en plena campaña electoral”, sostuvo uno de ellos. Una auténtica pena, pues un caso con pruebas tan contundentes podría ser el punto de partida para empezar a luchar con seriedad contra la violencia en el deporte argentino.

Camino que sólo se puede recorrer con éxito si se apunta a lo más alto y se comienzan a desentrañar los verdaderos intereses que están detrás de este fenómeno que va mucho más allá de la mera pasión, de las meras disputas entre hinchadas, y que se trata de un negocio en toda regla.

Los “trapos” robados de las barras bravas

07 julio 2011

“Las banderas que llevan a la cancha son sagradas para los barras bravas”, me explica un periodista amigo, conocedor en profundidad de la violencia en el fútbol argentino. “No hay peor humillación que te la robe la hinchada rival”.

Banderas que en la jerga local llaman “trapos” y que el domingo en el que River Plate descendió a segunda división, la policía revisaba en buscar de armas u otros objetos prohibidos.

Pero también para evitar que los ultras millonarios ingresasen con “trapos” robados a otros equipos, pues está prohibido ya que se considera una provocación, una invitación abierta a la gresca.

River, el comienzo

Debo confesar que aquel domingo de piedras, corridas, gases y disparos de balas de goma en el barrio de Núñez, me ha dejado muchos más interrogantes que respuestas.

Tanto es así que he decidido postergar el regreso a Madrid y adentrarme durante una temporada en el fenómeno de las barras bravas. Un fenómeno que, como comentábamos en la anterior entrada, va mucho más allá de lo estrictamente deportivo.

Si bien este blog trata de conflictos armados, no en pocas ocasiones nos hemos sumergido en la violencia urbana. Lo hicimos en las favelas de Brasil, en Sudáfrica, Kenia y en la barriadas del gran Buenos Aires.

Los movimientos masivos de población del campo a la ciudad – parte de la cual se queda en la periferia, en los barrios de chabolas -, la falta de oportunidades y la injusta distribución de la riqueza explican esta clase de violencia. En este sentido debemos recordar que América Latina sigue siendo la región del mundo con mayor distancia entre ricos y pobres, más allá de la bonanza y despegue económico que se vive en muchos de sus países como Chile y Brasil.

La violencia en el fútbol podría responder en cierta medida a esta situación, pero también tiene otro componente: el uso de la fuerza como negocio, como forma de conseguir poder, como herramienta política. Algo que, lamentablemente, no es ajeno a la Argentina.

A por las banderas

Doy los primeros pasos hacia las entrañas de este universo, me muevo aún por la superficie, y arranco justamente por uno de sus distintivos más evidentes: los trapos.

Un par de amigos puestos en estas cuestiones me cuentan las tácticas seguidas por los barras bravas para “afanar” las banderas rivales. Desde disfrazarse de personal del club hasta el empleo de las armas.

“Los trapos se esconden en lugares seguros y se van moviendo de casa en casa para que pocos sepan donde están”, me dice uno de ellos.

Asimismo me recomiendan una página web en la que están los registros fotográficos de las banderas que pasaron de una hinchada a otro. Como esta de Racing que se encuentra en manos de los barras brava de River Plate.

Las amenazas y negocios de los barras bravas en el descenso de River Plate

30 junio 2011

En estos días los medios argentinos han comenzado brindar luz sobre los aspectos más controvertidos y ocultos de la violencia que vivimos el pasado domingo en el estadio Monumental, cuando River Plate perdió la categoría tras 110 años de permanencia en primera división del fútbol argentino.

Entrada de los barras bravas al estadio de River Plate. Buenos Aires, 26 junio 2011 (Hernán Zin)

Los que estuvimos allí con nuestras cámaras en las horas previas al partido contra Belgrano de Córdoba, fuimos testigos de cómo numerosos hinchas eludían los controles de seguridad y entraban al estadio.

Era fácil reconocerlos de antemano. Grupos de jóvenes que pululaban de un lado a otro y cuando se hacía algún hueco o se generaba alguna distracción, corrían, eludían el control de seguridad y trepaban la alambrada con una agilidad extraordinaria.

Pero lo cierto es que estos acróbatas fueron apenas la punta del iceberg, la cara más visible, de los miles de personas que entraron al Monumental de Núñez sin entrada.

Hacinamiento en las gradas

El fiscal penal Gustavo Galante, que investiga lo sucedido el domingo, sostiene que “está comprobado que hubo por los menos 14 mil espectadores de más”.

De este modo, unas 54 mil personas se habrían congregado donde sólo había espacio habilitado para 40.200. Hecho este que complicó aún más la labor del operativo policial, que contaba con 2.200 agentes de policía. Inaugurado en 1938, el estadio tiene capacidad para 64 mil asistentes.

Según la normativa de la Cuidad Autónoma de Buenos Aires, quien dispone la venta de entradas en exceso o permite el ingreso de una mayor cantidad de asistentes que la autorizada a un espectáculo masivo puede ser sancionado “con multa de 5 mil a 30 mil pesos o de 10 a 30 días de arresto”. Sanción que se endurece aún más en el caso de que el exceso de público produzcan desórdenes, aglomeraciones o avalanchas.

En estos momentos se especula con que River Plate será sancionado a no poder usar su emblemático estadio durante veinte jornadas. En el torneo de Segunda División (Nacional B), apenas tiene 19 partidos de local. El estadio alternativo sería el de Vélez Sarfield.

El kiosco de los borrachos

En el diario Clarín, Adrián Michelena desvela cómo la barra brava de River – conocida como “Los borrachos del tablón” -, organizó el acceso al estadio sin entradas. No para atraer más simpatizantes ante una cita tan determinante, sino para ganar dinero.

Según el testimonio de un hincha, los barras lo convocaron a las 13 horas en el estadio. Le dieron una entrada falsa para que pasara los primeros controles policiales. Y luego, frente a los molinetes, lo hicieron pasar con una entrada magnética original. El problema era que usaban la misma entrada para hacer pasar a grupos de personas.

Una vez en la grada popular Sívori alta, un “barra” pasaba a cobrar por los servicios. Pedía 280 pesos por cabeza. El mismo precio que este humilde reportero pagó por un platea General San Martín.

Adrián Michelena sostiene en Clarín que detrás de este entramado delictivo – si multiplicamos, un gran negocio -, estaría Martín Araujo, jefe de la barra brava de River, y Alex de Budge.

El “apriete” de los borrachos

“Apretar” en Argentina es jerga de extorsión, coerción. Ayer, el diario deportivo Olé hacía público un magnífico trabajo de investigación del periodista Gustavo Grabia basado en las imágenes de las cámaras de seguridad del estadio.

En estas imágenes se ve el momento en que ocho integrantes de “Los borrachos del tablón” caminan en el entretiempo por las entrañas del estadio en dirección a donde se encontraba el árbitro del encuentro, Sergio Pezzotta. El vídeo muestra a los ya mencionados Martín Araujo y Alex de Budge.

Según reflejó el árbitro en el acta del partido, los violentos del club le dijeron que si no cobraba un penalty lo iban a matar. “Si no nos cobrás un penal, no salís vivo”, lo increparon. Reanudado el partido, Pezzotta cedió un penalty a River Plate que Pavone fallaría. Entre los ocho registrados en el vídeo están los ya mencionados

Pero la denuncia de Grabia, basadas en el vídeo, van más allá e involucran a la directiva del club. Esta habría facilitado el tránsito de los “pesados” a través de la seguridad hasta el vestuario. Además, el periodista de Olé señala que se está investigando si un alto funcionario de River pagó a parte de la barra para que amenazasen a los jugadores de Belgrano de Córdoba la noche del sábado previa al partido.