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Una noche en la morgue de Buenos Aires

23 febrero 2012

Ayer a la tarde Buenos Aires parecía tener un pulso diferente, menos febril y convulsionado que de costumbre. La gente se sumaba a las largas colas en espera de los autobuses – pues el servicio ferroviario tardó en restablecerse en la línea Oeste – casi sin hablar, con expresión ausente. Los coches que se embotellaban en la avenida Córdoba no pitaban tanto, no se agredían, según suele ser habitual en esta urbe de sonido y furia en sus horas punta.

José Pontiroli busca a su hija frente a la Morgue Judicial de Buenos Aires (Foto: Hernán Zin)

Ayer por la noche a muchos porteños, y seguramente a otros tantos argentinos, se les hizo difícil conciliar el sueño debido a las imágenes de horror que los informativos repitieron a lo largo del día – los jóvenes atrapados entre el metal retorcido de los vagones, sin poder salir – y a la certeza de que aún había personas que bajo la lluvia intermitente recorrían los hospitales y las morgues en busca de noticias sobre sus familiares.

Una de esas personas era José Pontiroli, “Pepe” cuando te daba la mano, con quien había cruzado unas palabras a las siete de la tarde frente a la sede de la morgue judicial. Las gafas sobre el cabello revuelto, la ropa que parecía hablar de alguien que había salido a toda prisa, con lo puesto, Pepe se acercaba a los periodistas con una pequeña foto de su hija, Tatiana de 22 años. “No atiende el celular. No llegó al trabajo”. Aún albergaba la esperanza de que estuviera viva.

La noticia

Horas más tarde, cuando regresé a la morgue, Pepe deambulaba ausente, los ojos llorosos, acompañado por familiares. El cuerpo de su hija era uno de los 22 que se encontraban en aquel edifico de la calle Junín. No era el único que estaba profundamente afectado. Había jóvenes, abuelas, niños; sentados, abrazados, rompiendo en llanto, en lamentos, en quejas. Familiares y amigos de otros tantos que por la mañana también se habían dejado la vida en el tren Sarmiento, en la céntrica estación de Once.

Ya sólo quedaba una cámara de televisión, que a la una de la mañana terminaba la transmisión. El cronista, escuché de soslayo, se negaba a ir a entrevistar a las familias. No le parecía ético incomodar a la gente de esa manera, en ese momento. Y así se lo comunicaba por teléfono a los productores en el estudio.

Había familias que ya habían recibido la confirmación – que se hacía, no viendo los cadáveres sino a través de objetos, prendas y descripciones – y otras que aún aguardaban. De repente, se escuchaba un grito, una expresión de desgarro, y alguien salía del edificio de la morgue convulsionado por el dolor. No hacía falta decir más. Los profesionales sanitarios que estaban allí se acercaban a ayudarlo. Un escenario que me recordaba al traumático 11M madrileño y a IFEMA.

Insomnio porteño

Llega la hora. La cámara de televisión apaga sus focos. El periodista se saca la corbata, deja el micrófono. Apenas quedan casi familiares en la puerta de la morgue. Mientras me alejo del lugar, escucho otro grito de dolor. Llueve ya con bronca sobre Buenos Aires.

Se me hace difícil dormir pensando en Pepe y en otros tantos como él. La brutal conmoción. Tu vida que cambia para siempre en cuestión de horas, o que intuyes que está a punto de transformarse para siempre, sin vuelta atrás, por la ausencia del otro, del ser querido.

Pero también me costó conciliar el sueño debido a la rabia acumulada hacia esos políticos inoperantes, corruptos, soberbios, que en sus pugnas de poder se llevan día tras día en Argentina la vida de tantos inocentes. Ayer, de trabajadores y estudiantes que se hacinaban en un viejo y vergonzoso tren. Esos políticos que ni siquiera tuvieron la humanidad de dar la cara, de pedir perdón, de ir a visitar a las víctimas en los hospitales, de usar la cadena pública de la que tanto abusan cada semana para sus anuncios electoralistas.

Son treinta años de escasa inversión en infraestructuras, de dar dinero público a empresarios amigos sin casi ejercer control, de mala y negligente gestión, de no tomar medidas eficientes que permitan poner pilares sólidos sobre los que construir una Argentina seria, competitiva y abierta al mundo.

El otro nacionalismo

Algo que duele especialmente del actual Gobierno argentino, que se llama “popular” y que dice gobernar en nombre de esos humildes trabajadores a los que condena a hacinarse cada mañana en vagones o en autobuses que ponen en riesgo su seguridad.

Tantas veces he discutido con amigos sobre el error que es invertir millones de pesos de dinero público en subvencionar la emisión de los partidos de fútbol en televisión o las carreras de coches – programa que, paradójicamente, iba a presentar la presidenta argentina ayer en cadena nacional – cuando hay necesidades más imperiosas que sacar poder a los medios de comunicación que no son afines.

Tantas veces he argumentado que todo esto de las Malvinas es una cortina de humo para ocultar graves problemas, como que la economía argentina está perdiendo fuelle, y que el auténtico amor por el país, por la tierra y por su gente no se demuestra cantando estúpidas consignas contra los ingleses, sino aquí y ahora, trabajando de forma colectiva, de forma seria, por una vida más digna para todos.

Con ustedes… “13 Objetos”

27 enero 2012

Decía Octavio Paz que un autor suele estar más representado por las obras que soñó pero que nunca llegó a escribir, que por aquellas a las que finalmente logró dar vida.

Salvando las distancias con el maestro méxicano, al que admiro especialmente por la inmersión que realiza en la India y en el lenguaje a través de El mono gramático, lo cierto es que este humilde reportero tiene varios cuadernos lleno de ideas para documentales, libros y reportajes que ha ido gestando a lo largo de los años. Muchas de ellas, quizás por no haber salido nunca del ámbito de la imaginación, más potentes que cualquier otra cosa que haya hecho hasta el momento.

13 Objetos es un proyecto que sí logró salir del papel para convertirse en realidad, pero avanzó sólo la mitad del camino, sin llegar a ser emitido ni realizado en su totalidad, pues cuando salimos a venderlo a las grandes cadenas la crisis ya había hecho acto de presencia. En todas lados nos decían que les gustaba, que lo veían interesante, pero que los costes eran muy elevados para la actual situación.

Desafío narrativo

Si bien 13 Objetos lo rodamos y editamos en 2010, lo cierto es que intenta dar respuesta a una pregunta que hace años me formulo: ¿cómo llevar los temas internacionales, que suelen tener un público reducido, a las grandes audiencias? ¿Cómo hacer que se interese en la problemáticas de países como Somalia, Irak o Nigeria, personas que nunca antes lo han hecho?

La respuesta que se me ocurrió, y de la que surge el formato, es llevarlos a esas realidades a través de un objeto de su vida cotidiana, que sí les es próximo, cercano, habitual.

La segunda cuestión que quería descubrir con el formato es cómo se van hilando, armando y sucediendo las historias cuando el periodista realiza un reportaje. Cómo tiras del hilo y un testimonio te va llevando a otro. En este caso, es el objeto elegido, el que nos va conduciendo de historia en historia. Y el espectador, como se trata de una cosa cotidiana, puede jugar a hacer asociaciones similares.

En Argentina

En el primer capítulo de 13 Objetos, cuyo resumen pueden ver en el vídeo, es una zapatilla la que nos guía desde un taller de confecciones falsas a La Salada, que es una de las mayores ferias de venta de artículos apócrifos y de imitación marcaria de América Latina, para después conocer de cerca a los chicos que las compran y las usan para robar en Fuerte Apache, y de allí ir a la cárcel, a los vendedores de la droga conocida como “paco”, a las víctimas de la violencia y la muerte de decenas de jóvenes en la discoteca Cromañón, cuyo símbolo para el recuerdo es justamente la zapatilla.

De este modo, y a través de esta propuesta de asociaciones, de esta sucesión de historias que fuimos narrando también en este blog, nos sumergimos en los desafíos sociales de los grandes núcleos urbanos de la Argentina.

Otros capítulos, a través de otros objetos, tendrían lugar en Irak, Somalia, la República Democrática del Congo, Brasil… y con objetos como un AK47, a través de varios países y continentes… Quizás algún día ellos también salten de mis cuadernos de notas a vuestras pantallas.

De cánticos y racismo en las tribunas

28 agosto 2011

Faltan dos horas para el comienzo del partido entre Boca Juniors y Newells Old Boys, pero ya algunos hinchas pueblan la popular. Al ver que los integrantes de las inferiores del club xeneize saltan al campo para medirse con sus pares del equipo local, uno de los fanáticos avanza hasta la alambrada y les dedica un caluroso y elegante saludo de bienvenida: “Bolivianos putos”.

Hinchadas de Atlanta en Villa Crespo. Junio 2011. (HERNÁN ZIN)

Gentilicio que encuentra eco en las gradas, cuando otros hinchas repiten “bolivianos, bolivianos”, y que lo encontrará aún más cuando comience el partido oficial y miles de personas canten al unísono: “bolivianos, bolivianos”.

No es extraño que se coree y grite este calificativo en los estadios en que juega Boca Juniors, pues existe la creencia de que muchos de sus seguidores son inmigrantes del país del Altiplano. Se utiliza, por supuesto, de manera pretendidamente despectiva. A veces los blancos de estos cánticos son paraguayos y peruanos.

Contra los inmigrantes

En marzo de 2009, la barra de Independiente desplegó banderas de Bolivia y Paraguay con el número 12 en el centro, en referencia al nombre de la hinchada de Boca Juniors: la Doce. El árbitro del encuentro, Sergio Pezzota, no detuvo el encuentro. El mismo colegiado que, como ya vimos en estas páginas, fue coaccionado por los barras bravas de River Plate en el partido que lo llevó a la segunda división en junio.

Además de protestas de la embajada de Bolivia a la AFA, el hecho hizo que la jueza Elsa Miranda ordenara la identificación de las personas que llevaban las banderas. Pero el caso no progresó ya que el fiscal Luis Cevasco sostuvo que se trataba de una “burla” y no una violación a la ley contra la discriminación.

El cuestionable razonamiento de Cevasco es el mismo que empleaban quienes intentaban mirar hacia otra parte mientras en algunos campos españoles Samuel Eto’o vivía su particular calvario cada vez que tocaba un balón o se disponía a patear un corner. Implica que se trata más de una provocación al rival que un reflejo de racismo.

Jabones y esvásticas

Dos semanas antes, cuando me tocó seguir a la barra brava de Atlanta en su estadio de Villa Crespo, en la ciudad de Buenos Aires, me comentaron que algunas aficiones rivales solían gritarles “judíos”. Pero no sólo eso, además inventaban cánticos relacionados con el holocausto.

Como quitando hierro al asunto, un aficionado me comentó que la hinchada solía responder con un estribillo irreproducible aquí en el que “los rusos”, como se llama a los judíos en la jerga argentina, sodomizaban a los contrarios.

Otro aficionado me habló de un incidente en el que los jugadores fueron recibidos con una lluvia de jabones en el campo. Me pareció tan inverosímil que hasta que no encontré referencias a ello en Internet me costó creerlo.

Sucedió en el año 2000. Los barras bravas de Defensores de Belgrano recibieron a Atlanta, club identificado con el colectivo judío, arrojando pequeños jabones. El árbitro no suspendió el partido, aunque así lo tendría que haber hecho de seguir el reglamento de la AFA. Sólo después, el club recibió una multa. En el año 2003, la sanción económica le tocó a All Boys por una bandera en la que se leía “Yo nazi en Floresta”.

En el caso de Defensores de Belgrano, la paradoja se da en que la barra brava se sitúa en una tribuna que lleva el nombre de Marquitos, un joven judío desaparecido durante la última dictadura militar, hijo del actor Marcos Zucker.

La coreografía del poder en las tribunas

26 agosto 2011

Los capos de la barra manejan con precisión el ritmo de su peculiar coreografía. Inmersos en el enfurecido redoble de los bombos, a espaldas de la multitud que ya puebla las gradas, aguardan hasta que llegue el momento exacto para entrar en escena.

La popular de Newells Old Boys desde el paravalanchas central. Partido contra Boca Juniors. Agosto 2011. (HERNÁN ZIN)

Cantan apasionados, enardecidos, pero en el fondo no hacen más que esperar con paciencia a que llegue la señal. Agotan hasta el último instante sabedores de que parte de su ascendiente sobre el resto de la hinchada radica en el control de los gestos.

Y la señal llega. Y se ponen en marcha ataviados con sus gorras de colores, su voluminosas cazadoras y sus banderas. Avanzan con lentitud, peldaño a peldaño. A su paso, la multitud se abre mansa. Los hinchas los alientan, los saludan. “¡Vamos todavía!”. Cae una lluvia de papel picado y el rugido de la gente y de los bombos se vuelve ensordecedor. El equipo salta al campo.

Al llegar al paravalanchas central ocupan sus posiciones. Trepan y se paran sobre esa barra de hierro en la que se columpiarán durante noventa minutos. A sus pies, un mar de gorros, de globos y de banderas que corren hacia la alambrada.

Desde allí dirigen los cánticos y movimientos de la barra. Ven el partido con claridad. Si el rival se acerca a la propia portería, entonces las estrofas se vuelven más rápidas y punzantes. Debe sentir la presión de la turba en la nuca. Si el partido entra en un valle, se ralentiza en el medio del campo, entonces entonan himnos de frases largas.

De fieles y adversarios

Si algo aprendí en estos meses de acompañar a las barras bravas del fútbol argentino es que la apretada multitud que a la distancia parece caótica, en realidad responde a una puesta en escena más organizada y sincronizada de lo que se podría creer. Un orden que habla de la repartición de poder en la hinchada.

En el paravalanchas central se posicionan los capos de la barra brava. En los paravalanchas que los rodean están los grupos más fieles y afines. Son como una suerte de muro de contención, de guardia pretoriana, en caso de que alguien intente disputarle el poder a los jefes. Mientras mayor es la distancia del centro, menor es la importancia que se tiene.

Los diversos grupos suelen estar armados por zonas, por barrios, desde los que coinciden quienes vienen a ver el partido. En el juicio al que asistí por la muerte de Gonzalo Acro, y cuya sentencia será emitida el próximo 5 de septiembre, los abogados hablaban abiertamente de estas células de la barra: los de “Zona Norte”, los de “Congreso”.

Así, la disposición en las gradas habla de la internas que en los últimos años han sido las que más violencia han causado en el fútbol argentino, ya que la disputas entre barras rivales ha descendido desde que la policía las obliga a ingresar por sectores distantes y las acompaña en el camino, y desde que la Segunda División no tiene hinchadas visitantes (estrategia esta última a la que la Asociación del Fútbol Argentino ha decidido renunciar días atrás).

Un despliegue de símbolos, una organización en el caos, que – cuando se trata de las barras bravas – no es más que una representación de la geografía del poder en las gradas.

Colgados del alambre: los niños del tablón

24 agosto 2011

Entre el ensordecedor estruendo de los bombos, el olor a marihuana y a sudor; y la apretada multitud que salta, que baila, que se empuja, haciendo que el suelo tiemble bajo nuestros pies; descubro las siluetas de los niños que se suceden a los pies de las gradas, contra la alambrada que nos separa del campo de juego. Siluetas recortadas por la poderosa luz de los focos que se levantan en los cuatro extremos del estadio de Newell’s Old Boys, en la ciudad argentina de Rosario.

Niña en la alambra de la popular del estadio de Newell's Old Boys. Partido contra Boca Juniors. Agosto 2011. (HERNÁN ZIN)

Me abro paso entre los muchachos, bajo peldaño a peldaño eludiendo las banderas que se estiran entre los paravalanchas, y allí los encuentro a los niños, colgados de los alambres. Algunos a varios metros de altura sobre ese suelo plagado de plásticos rojos y negros, anegado de vasos vacíos de gaseosa y papeles.

Espectadores en primerísima fila del choque que tuvo lugar este domingo entre los jugadores de Boca Juniors, liderados por Riquelme, y el equipo de “La lepra”, que es como se conoce a Newell’s Old Boys o, como lo escriben algunos medios rosarinos para felicidad de la RAE, Ñuls.

Solos en la cancha

Es uno de los aspectos que más me ha llamado la atención de estos dos meses que llevo siguiendo a las barras bravas del fútbol argentino: la cantidad de niños que pululan solos por los estadios, que observan fascinados el partido, que se mezclan y confunden con la multitud enfervorizada, poseída por la pasión por los colores, por el poder que da la acumulación de tantas almas en tan poco espacio, por la entonación masiva del estribillo de una misma canción, y, a veces también, por la violencia.

En esta noche fría, cerrada, más aún me desorienta la presencia de esos niños solitarios. “Son chicos del club, son socios, que les gusta venir a la cancha”, me explica un hombre en las gradas mientras observa la bengala que arde al otro lado del campo, en la popular en la que se aprieta la barra brava de Boca Juniors, la famosa Doce.

Hamacas de plástico

Llega el entretiempo. Los niños se bajan del alambre. El partido va igualado: cero a cero. Se sientan en las gradas, conversan. Uno de ellos, que se llama Mariano, arregla los plásticos – los anuda y estira concienzudamente – que ata a los alambres y usa a modo de hamaca para no cansarse. Son los plásticos que usan los hinchas, de forma oblonga y henchidos de aire, para saludar al equipo cuando entra al campo, segundos antes de que baje el gran telón de 800 kilogramos con forma de camiseta de Ñuls que cubre la popular.

Cuando el locutor anuncia por los altavoces que el encuentro está próximo a reanudarse, entonces Mariano trepa por los alambres, cuelga los plásticos y se sienta. Docenas de niños hacen lo mismo. Algunos tienen apenas cinco o seis años de edad.

Marihuana

Un perro pasa corriendo entre las bolas de plástico. Otro espectador inesperado. Lleva en las gradas desde antes que empezara el partido. Los barras bravas lo han bautizado “Marihuana”. Me dicen que está en todos los partidos, que es un perro del club. No se asusta ni por los bombos ni por los gritos de los hinchas. Me recuerda al can que vivía en la base de los soldados de EEUU en el valle afgano de Tagab, sobre el que escribí en su tiempo en este blog. Ni las bombas ni los disparos lo amedrentaban.

Marihuana se detiene. Levanta la cabeza hacia donde están los niños colgados de los alambres. La tribuna se queda en en silencio, absorta, inmóvil. Boca Juniors acaba de marcar un gol.

Entre barras bravas: Atlanta

01 agosto 2011

No es la más fiera ni la más numerosa ni la mejor articulada de las barras del fútbol argentino, pero para quien escribe estas palabras tuvo el interés de ser el estreno en una grada. Entre las banderas, los bombos y los paravalanchas.

Hinchas de Atlanta en la "popular". Buenos Aires, agosto 2011(Hernán Zin)

Llegar allí tuvo sus complicaciones – bastante hilarantes, por cierto -, que describiré en próximas entradas de este blog. Sin embargo, una vez superadas estuvo “todo bien”, como suelen decir en esta parte del mundo en la que el fútbol se vive con más pasión que en ninguna otra.

De pasiones y borrachos

Minutos antes del comienzo del partido, los encargados de la barra despliegan las banderas, llamadas “trapos”, de una punta a la otra de la popular, al tiempo en que una muchedumbre de camisetas amarillas y azules, de paraguas amarillos y azules, de gorros amarillos y azules, sube las escaleras al ritmo de bombos en que se lee “Los bohemios”, sobrenombre con el que se conoce a Atlanta.

Los muchachos se trepan a los paravalanchas, sobre los que hacen equilibrio. Las zapatillas se suceden sobre las barras de metal. Algún tatuaje, con el escudo de Atlanta, en las pantorrilas. Y otros tatuajes similares en los brazos con los que se toman de las banderas a modo de pasamanos.

Arrancan las primeras canciones siempre con voz grave, cadenciosa. Vocales arrastradas con ecos de una multitud que en esta ocasión no lo es tanto, pues se trata de una hinchada bastante reducida, quizás porque el partido se juega en horario infantil: un sábado a las once de la mañana.

Chaca botón, Chaca botón… Señores yo soy de Atlanta y de Villa Crespo, barrio de borrachos y faloperos. Vamos los bohemios, ponga huevos y corazón, que esta hinchada te quiere ver campeón.

Hoy Atlanta se enfrenta a Aldosivi, un club de Mar del Plata, en la primera jornada del Nacional B. Sin embargo, la canción va dedicada a sus máximos adversarios: Chacarita Juniors, con los que tienen una rivalidad que, según me explican, vienen desde los tiempos en el que “Los bohemios” se hicieron con el estadio de los de Chaca. “Botón” en el jerga argentina quiere decir delator, alcahuete.

Lo de borrachos y farloperos no necesita traducción, aunque sí un apunte que me hace Daniel, un buen amigo: “Tenés padres que vienen a la cancha con sus hijos. Y que quizá están toda la semana diciéndole a sus hijos que estudien, que se porten bien. De repente, llega el partido y se ponen a cantar que son borrachos y faloperos. Así de inexplicable es esta pasión”.

Sin dudas, un fenómeno de difícil comprensión. Más aún para alguien como yo, ajeno a toda bandera, religión o filiación política. Del único club del que formé parte en mi vida fue del video club de la esquina de mi casa. Y debo confesar que lo hice con muchos reparos. No compartía la pasión de Miguel, su dueño, por llenarlo de películas de Brad Pitt y Angelina Jolie.

Periodistas y policías

El equipo sale al campo. Vuelan papelitos sobre las cabezas de la hinchada. Arranca un clásico de las canchas argentinas: Vamos campeón, vamos campeón… vamos campeón, vamos campeón. Se supone que los cánticos tienen que acompañar el desarrollo del partido. Cuando el equipo rival está en la propia área, entonces las estrofas deben ser más breves y apasionadas. El contrario tiene que sentir la presión. El aliento en la nuca de la hinchada contraria.

El balón se enmaraña en el centro del campo. Baja la intensidad del encuentro. A lo bombos se le suman trompetas. Cambio de letra y melodía.

Atlanta, mi buen amigo, esta campaña volveremo a estar contigo. Te alentaremos… de corazón. Esta es tu hinchada que te quiere ver campeón…. No me importan esas fotos, que saca la Federal, yo te sigo a todas partes, cada vez te quiero más.

La mención a las fotos de la policía no me hace mucha gracia. Ya algunos muchachos se han dado vuelta, se han tapado la cara o me han mirado con expresión de pocos amigos al verme deambular con la cámara. No, no estoy sacando fotos, sólo saqué mi cámara a pasear y tomar sol.

Esto es sólo el comienzo. La cosa se pone más incómoda aún con el siguiente cántico:

Yo te quiero los Bohe, y no me importa lo que digan, todos los putos de Aldo, el periodismo y la policía.

Avanzo entre las gradas meciendo la cabeza al ritmo de la canción. “Estos periodistas, estos periodistas, qué gente”, murmuro con la vana esperanza de que alguno crea que no lo soy.

Bienvenidos a Futbópolis

31 julio 2011

El 8 de agosto de 2009, el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner decidió hacerse con los derechos televisivos de los partidos de primera división de la liga argentina. Creó el programa Fútbol para Todos y pagó 600 millones de pesos a la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) para llevar a cabo esta operación.

Unos 100 millones de euros que le permitieron quitar el patrimonio sobre estos derechos a la empresa Televisión Satelital Codificada (TSC), integrada por Clarín, grupo de comunicación con el que lleva años enfrentándose abiertamente. TSC tenía contrato hasta 2014, lo que ha generado una agria disputa en los tribunales.

Fútbol para Todos emite los partidos a través de Canal 7, la televisión pública, y de aquellas señales abiertas que lo soliciten a la Jefatura de Gabinete de Ministros, responsable del programa.

Publicidad gubernamental

No han sido pocas las críticas a Fútbol para Todos. En primer lugar, que implica el uso de recursos públicos que podrían aplicarse en áreas productivas.

Más allá de la bonanza de los últimos años, dada en buena medida por el precio internacional de la soja, la Argentina no es un país que se pueda dar el lujo de malgastar fondos públicos, de no aprovechar la buena coyuntura, el viento de fondo de los impuestos de las exportaciones, para poner bases sólidas para el futuro como están haciendo Chile y Brasil.

El resto de críticas vienen a raíz de que, a excepción de IVECO, la publicidad que aparece durante los partidos es del Gobierno, lo que incrementa aún más la inversión pública en la difusión del fútbol de primera división. Resulta imposible ver un partido en Argentina sin que aparezcan constantemente mensajes que ensalzan los logros del Ejecutivo de Kirchner.

Ahora, el nuevo formato de campeonato planteado por la AFA, en el que se unirían los 38 equipos de primera y segunda división para jugar entre sí, elevaría para el calendario 2012-2013 la inversión del gobierno en el programa Fútbol para Todos a unos 1.200 millones de pesos. Más de 200 millones de euros.

Pan y circo para todos

Hace unas semanas, la presidenta inauguraba Tecnópolis, una feria que presenta en retrospectiva los adelantos tecnológicos del país. Un intento por mostrar otra Argentina, moderna, igualitaria, frente a la socialmente injusta, clasista y burquesa, que sus fieles seguidores, llamados “K”, dicen que representa la exposición de la Sociedad Rural, que se organizó en las mismas fechas.

Pero si tomamos en cuenta que la inversión en el CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas) es de 1.500 millones de pesos – frente a los 1.200 millones que se estima que se gastará en el fútbol -, la contradicción entre el discurso y la acción resulta no poco llamativa, como también revelan otros indicadores. La inversión en I+D de Argentina apenas alcanza el 0,6% del PIB.

Contradicción que queda más aún al descubierto frente al anuncio realizado ayer por el gobierno de Dilma Rouseff: Brasil elevará al 2% del PIB su inversión en investigación y desarrollo tecnológico, además de poner en marcha un ambicioso programa para contratar a científicos extranjeros bautizado “Brasil sin fronteras”.

Todo esto sin contar que el Gobierno argentino poco o nada ha hecho para terminar con los llamados barras bravas (cuyo accionar llevamos semanas describiendo en este blog) y su vinculación con la política. Y mucho menos para que haya más transparencia en la caótica gestión de los clubes y los pases de jugadores, que tan íntima relación tienen con la violencia en este deporte.

¡Viva Futbópolis!

Las barras bravas y la mística de la violencia

29 julio 2011

En las siete semanas que llevo investigando el fenómeno de las barras bravas – o mejor dicho, el uso de la violencia como instrumento político y económico en la Argentina -, me he encontrado con no pocas circunstancias me han llamado la atención.

Una de ellas es que casi todo aquel al que le cuento sobre el reportaje que estoy realizando parece conocer personalmente o saber de algún barra brava.

“Yo iba al gimnasio con uno de la barra de Racing, ¿querés que le pregunte si quiere hablar?”, se ofrece un buen amigo. “Mi novio tiene un amigo que está en la Doce”, me dice una conocida. “¿Querés contactos en la barra de Chacarita?”, me propone generosamente otro. “Yo te los consigo”.

Fascinación inconsciente

En este sentido, tengo la impresión de que existe una curiosa atención hacia estos personajes que todos saben que usan la coerción, el llamado “apriete”, para conseguir sus fines; que constituyen buena parte de ellos asociaciones ilícitas con las que ganan dinero de manera ilegal.

Un reconocimiento colectivo, una suerte de aceptación, seguramente inconscientes y llenas de contradicciones, que tienen que ver con la mística de la violencia y el quebrantamiento de la ley.

Es más, dejando a un lado las referencias particulares que me han podido dar, me ha sorprendido lo conocidos que son en general algunos líderes de las barras bravas, presentes e históricos.

Desde el famoso José Barrita, El Abuelo, que en los años ochenta se puso al frente de la Doce a golpe de asesinato; pasando por su sucesor, Rafael Dizeo, empleado público que tuvo una gran exposición en los medios y en la política; hasta los hermanos Alan y William Schlenker, que están siendo ahora juzgados por el asesinato de Gonzalo Acro, proceso que describimos en la anterior entrada del blog.

En próximas entradas hablaré con detenimiento de estos personajes con el objetivo de trazar un reflejo de la transformación de las barras bravas a lo largo del tiempo, pero también para tratar de comprender mejor por qué en lugar de ser marginados y condenados socialmente, gozan de cierta aceptación. Después, cuando empiece el campeonato, llegará la hora de subirse a la grada.

El periplo español de un barra brava de River Plate

26 julio 2011

El 26 de noviembre de 2008, Ariel “El colorado” Luna difundió un insólito vídeo en el que se hacía responsable del asesinato de Gonzalo Acro, otro hincha de River Plate. Una grabación en la que afirmaba que es un hombre de la calle, que tiene “códigos”, y en la que deslindaba a los capos de la barra brava de toda culpa.

Según señalaron fuentes judiciales en aquel momento, había grabado el vídeo en España. Y desde allí lo había mandado a Nelly Martínez, una mujer de 78 años que vive en el barrio de Belgrano de la ciudad Buenos Aires.

Si alguna duda había de que Ariel Luna – que en las imágenes aparece con el cabello teñido de negro y con una aparatosas gafas -se había refugiado de la justicia en España, esta desapareció cuando las televisiones argentinas difundieron otro vídeo.

En esta grabación, que no la hizo él, por supuesto, se lo ve asaltando una joyería en Albacete el 22 de octubre de 2008. Pertenecía a un grupo de delincuentes bautizados por la policía como la Banda de Buenos Aires.

¿Cómo logró huir al extranjero tras la conmoción pública que causó el asesinato de Gonzalo Acro? ¿Cómo consiguió “empleo” tan rápidamente en España?¿Qué lo llevó a grabar un vídeo en el que se responsabilizaba de un delito tan grave?

Estas son las preguntas que me hago mientras lo observo en el Tribunal Oral Criminal Número 15, situado en la calle Lavalle 1171 de Buenos Aires. Enjuto, pelirrojo nuevamente y con gafas, permanece ausente, en silencio, sentado en un banco junto al resto de los acusados.

Un caso que he seguido de cerca en las últimas semanas como parte de la investigación que estoy realizando sobre barras bravas. Un caso representativo como pocos de la lógica actual de la violencia en el fútbol argentino, cuya sentencia se hará pública en cuestión de días, y cuyos detalles daré en próximas entradas de este blog.

La escuela de los barras bravas

21 julio 2011

“Desde chiquitos los pibes maman la pasión por el fútbol”, me dice un barra brava del club Colón de Santa Fé que ha venido a ver el partido ente Argentina y Uruguay de la Copa América enfundado en una abultada cazadora celeste de Hinchadas Unidas Argentinas. Frente a él, un grupo de niños toca los bombos y canta. “A veces nos copamos y dejamos que se suban al paravalanchas”, agrega orgulloso.

Niños en la previa del partido Argentina contra Uruguay de la Copa América. Santa Fé, 16 julio de 2011. (Hernán Zin)

La letra de la canción que entonan los niños poco tiene de cándida o infantil. Ni el Sapo Pepe ni Pipo Pescador. Ni autos nuevos ni tartas ni paseos. “Sólo le pido a Dios, que se mueran todos los ingleses. Que se mueran para siempre. Para toda la alegría de la gente”, entonan al unísono con los adultos que los rodean.

Un canto a la amistad y la fraternidad entre equipos rivales que no termino de entender bien ya que el inminente rival es Uruguay. Supongo que si cambias “ingleses” por “uruguayos” se rompe la rima. O que el clásico rioplatense no merece expresiones de deseo tan lóbregas más allá de sus tensiones ancestrales (en 1924, el hincha uruguayo Pedro Demby, de 22 años, murió asesinado por arma de fuego en Montevideo. Acababa de terminar el encuentro entre ambas selecciones que dio a Uruguay su cuarta Copa América. Se cree que el responsable del disparo fue Quique El Carnicero, líder de la barra de Boca Juniors).

Los pequeños imitan a los barras bravas no sólo en la lírica sino también en el lenguaje corporal. Y estoy seguro de que lo hacen, como buenos niños, sin entender plenamente las implicancias más profundas de sus gestos. Agitan los brazos en el aire, saltan en el lugar.

En lo que no imitan a los adultos es en los porros que estos se fuman y que inundan el ambiente de un olor dulzón y embriagador. Ni en las rayas de cocaína que un par de muchachos aspiran con absoluto desparpajo frente al patrullero que circula a paso lento junto a nosotros, frente al cordón policial a que a menos de cincuenta metros se sucede en la entrada del estadio de Colón de Santa Fé desde el que ya llega el rumor de la multitud que canta para animar a la selección Argentina.

Una historia que se repite

Como conté ayer, los barras bravas entrarán al estadio a último momento. Gorras, abultadas cazadoras, banderas, bombos. Se amontonarán y empujarán. La policía pedirá refuerzos, aunque la verdadera gestión de la entrada la harán los líderes de Hinchadas Unidas Argentinas, organización creada por el dirigente kirchnerista Marcelo Mallo de cara al Mundial de Sudáfrica.

Las malas lenguas dicen que detrás de la jugada estaban Néstor Kirchner y el actual jefe de gabinete Aníbal Fernández, que es también dirigente de Quilmes. Una forma de ganar ascendiente sobre los violentos, tan a menudo reclamados, empleados y amparados por la política en Argentina. Las mismas malas lenguas dicen que ahora las Hinchadas Unidas Argentinas responden al candidato opositor Francisco De Narváez.

Ayer leía el libro “La Doce”, del periodista Gustavo Grabia. En sus primeros capítulos señala que la violencia en el fútbol argentino comenzó a crecer exponencialmente a partir de 1931. Tiempo en el que Pepino El Camorrero estaba al frente de la barra brava de Boca Juniors.

Cita uno de los famosos “aguafuertes” escritos por Roberto Alrt para el periódico El Mundo, en el que el autor de “El juguete rabioso” traza una semblanza de los violentos no muy distante a la de nuestros días. Las primeras muertes en los estadios de este país llegarían en 1939, en el predio de Lanús. Serían Luis López, de 41 años, y Oscar Munitoli, un niño de apenas nueve años.

Desde entonces los fallecidos suman más de 200. Y, como de algún modo parecían mostrar esos niños con sus bombos y sus cánticos de afecto a los ingleses, la tradición pasa de generación en generación, y la violencia como instrumento del poder político y económico sigue siendo una lacra de la que Argentina no se ha podido librar.