En este blog ya hemos recorrido en alguna ocasión la peripecia vital de Paul Watson, reportero canadiense que ganó el premio Pulitzer por su foto del soldado Cleveland arrastrado y linchado por una multitud a través de las calles de Mogadiscio.
En su biografía, Where war lives, Watson da cuenta de las consecuencias psicológicas de su cobertura de la guerra en Somalia, así como de posteriores conflictos como el genocidio de Ruanda.
Se encontraba en su base en Sudáfrica. Llevaba semanas sintiendo una creciente necesidad de aislamiento. Abusaba de las drogas y el alcohol. Lo perseguían los recuerdos de los cadáveres flotando en las márgenes del lago Kivu.
Una mañana, mientras conducía por una calle de Johannesburgo, comenzó a experimentar alucinaciones. Creía que quienes iban en los demás vehículos eran guerrilleros armados. No pudo continuar al volante.
El psiquiatra le diagnosticó estrés postraumático. Watson seguiría cubriendo conflictos, ya que en ellos se volvía a sentir en forma. Sería uno de los pocos reporteros en quedarse en Kosovo durante los bombardeos de la OTAN.
En la invasión de Irak de 2003 estaría entre los primeros en llegar a Mosul. Lo que hizo que una multitud enfurecida lo comenzase a linchar, hasta que un iraquí que se apiadó de él lo metió en una tienda y lo protegió a tiros de sus atacantes.
Sin embargo, su vida nunca volvería a ser igual. Confiesa que aún hoy experimenta una acusada tendencia a esta solo. Y que su vida oscila entre su mujer, su hijo y los destinos que cubre como periodista principalmente en Asia.
El estrés postraumático
El pasado fin de semana, la universidad de Navarra y el periodista David Beriain organizaron un encuentro en Pamplona sobre estrés postraumático y periodismo. Encuentro con escasos precedentes en España.
Asistieron compañeros como el magnífico fotógrafo Sergio Caro, Mikel Ayestaran, David Álvarez, Marc Marginedas, Xosé Antón García Ferreiro. La voz cantante la llevó Mark Brayne, del Dart Centre, que en una clase magistral fue explicando tantos los síntomas de este mal como los medios para prevenirlos. También se debatió sobre la mejor manera de acercarse a las víctimas y entrevistarlas en situaciones de conflicto.
Información valiosísima para los alumnos, que a uno le gustaría haber podido tener hace quince años, y que contó también con las aportaciones de Gavin Rees, coordinador del Dart Centre en Europa, y del psiquiatra Francisco Orengo.
Medios como el periódico noruego VG exigen a los periodistas que vuelven de la guerra una semana de reposo y una visita obligatoria al médico, que si lo cree conveniente los puede derivar a un psiquiatra. En casi todo el resto del mundo, y en España también, semejantes medidas de prevención no existen.
Si ni siquiera en lo más evidente, que es lo físico, se actúa muchas veces con eficacia, del modo en que lo recuerdan los casos de compañeros fallecidos como Julio Anguita Parrado, Ricardo Ortega o José Couso, mucho menos aún en lo referido a los traumas ocultos.
La iniciativa que salió de Pamplona es comenzar a abogar el próximo año en España, a través del Dart Centre, por un cambio de mentalidad en la profesión. Para ello se organizarán charlas y conferencias que pondrán estos recursos en manos de las organizaciones de noticias y de los propios profesionales.
La falta de compresión de tantos editores de lo que significa estar en un conflicto, así como la irresponsabilidad de los propios periodistas - a los que muchas veces nos puede la pasión por el trabajo - hacia su propia salud mental, son realidades que se deberían comenzar a transformar.
Decía el ya desaparecido Norman Mailer que resulta más sencillo escribir no ficción que novela porque “el argumento lo da Dios”. Y lo cierto es que la trama del libro The Bang Bang Club resulta tan compleja, profunda e inesperada en su descripción de la naturaleza humana, que parece más bien la creación de un autor que una obra basada en hechos históricos tan desgraciados como cercanos en el tiempo.
El Bang Bang Club era el nombre bajo el cual se conocía a cuatro jóvenes fotoperiodistas sudafricanos blancos que tomaron enormes riesgos para denunciar al mundo las atrocidades del régimen del apartheid.
Particularmente, a principios de los años noventa, cuando ya se sentían los vientos de cambio y cuando el país se sumió en un violencia sin precedentes. De este grupo formaban parte Joao Silva, Kevin Carter, Greg Marinovich y Ken Oosterbroek. A su alrededor gravitaban otros grandes fotógrafos de guerra como Gary Bernard y James Natchwey (la labor de este último la retrata el documental War Photographer, nominado a un Oscar).
Aunque debido a la censura del gobierno de Partido Nacional su trabajo apenas salía publicado en Sudáfrica, fue un artículo publicado en la revista local Living el que les puso nombre. Los llamó los “Bang Bang Paparazzi”.
Por razones evidentes, el nombre “paparazzi” se cambió por el de “club”, ya que no se puede comparar la labor de estos jóvenes que se jugaban la vida para meterse en los townships con el trabajo de quienes cazan imágenes de Britney Spears o Paris Hilton.
Violencia orquestada
Corrían tiempos duros para Sudáfrica. Cada día se contaban decenas de muertes en los enfrentamientos entre los seguidores del Congreso Nacional Africano de Mandela (ANC), y los zulúes separatistas del Inkatha, dirigidos por Mangosuthu Buthelezi.
Se perpetraban masacres en trenes, en las calles, pero sobre todo en los albergues para trabajadores y estudiantes de los barrios negros. Se mataba a gente al azar.
Con el tiempo se descubrió que los zulúes, más allá de sus disputas ancestrales con los xhosas, estaban siendo alentados por las fuerzas blancas a luchar contra su propia gente con la intención de demostrar al mundo que los negros no se podían gobernar a sí mismos, y que el partido de Mandela no estaba preparado para tomar el poder.
La Comisión Goldstone demostraría más adelante que no pocos de los que asesinaba a la gente en los trenes eran extranjeros a sueldo, llegados desde Angola o Namibia, y que trabajaban a sueldo de grupos extremistas blancos.
Morir para contar
Si el mundo llegó a saber la verdad, como afirma Desmond Tutu en la introducción del libro, fue gracias a la labor de estos cuatro fotógrafos, dos de los cuales acabaron su vida de forma trágica.
Ken Oosterbroek murió durante las luchas en Tokoza, un township situado al sur de Johannesburgo. Tenía 28 años. Y el hecho sucedió el 18 de abril de 1994, apenas unos días antes de esas primeras elecciones democráticas y no racistas que los miembros del Bang bang club habían luchado por que tuvieran lugar.
Kevin Carter, que sufría de adicción a las drogas, se suicidó dos meses más tardes. Había recibido el premio Pullitzer por sus imágenes de una niña y un buitre en Sudán. Fotografía por la que también se puso en duda su integridad moral, en un debate que al menos a quien escribe estas palabras le ha parecido siempre estúpido, y propio de quien no ha estado en nunca en el terreno o de articulistas ociosos sentados a miles de kilómetros en la comodidad de sus redacciones (como sucedió a nivel nacional con Arcadi Espada, cuyas críticas a la obra de Javier Bauluz fueron igual de estúpidas, o quizás más...).
Sacas la foto y acto seguido espantas al buitre. Ganas, a cambio, una imagen que sacudió millones de conciencias. El asunto no tiene más misterio, como sostiene Joao Silva, que estaba allí junto a su amigo y que captó la misma imagen. El niño no estaba abandonado, se encontraba junto su familia a un centro de alimentación de la ONU en el sur de Sudán.
Greg Marinovich ganó también el Pullitzer por su cobertura del asesinato de Lindsaye Tshabalala. Sigue en activo. Y es autor, junto a Joao Silva del libro The Bang Bang Club. Obra de prosa un poco deshilvanada, pero que no quita que estemos ante un documento histórico y humano tan fascinante como aleccionador.
Al volver a observar la imagen de los últimos momentos de vida del reportero japonés Kenji Nagai, me sorprendo al descubrir que, a pesar del impacto de bala que lo había dejado en el suelo, insistía en seguir grabando, levantaba con obstinación la cámara al paso de los soldados y policías. Un último gesto de coraje y profesionalidad que define en buena medida su compromiso vital con el periodismo.
Nagai llevaba 20 años cubriendo conflictos armados. Había avanzado junto a la Alianza Norte en Afganistán en diciembre de 2001. Había estado a los pies de la estatua de Sadam Hussein en Bagdad cuando fue derribada el 9 de abril de 2003. Se había encontrado en Gaza en el momento del asesinato por parte de fuerzas israelíes de la familia Galia en la playa de Yabalia.
El fotógrafo japonés Aika Kano, que trabajó con él en Irak, asegura que era una persona “con un fuerte sentido de la justicia y a la que le preocupaban especialmente los derechos humanos".
El hecho de que se dirigiera desde Bangkok a Birmania por iniciativa propia, haciéndose pasar por turista - lo que explica las pequeñas dimensiones de su cámara y el atuendo informal que llevaba en el momento de ser asesinado -, también da testimonio de la forma en que realizaba su labor de reportero.
Protesta y recuerdo
El pasado lunes, amigos, familiares y compañeros del periodista japonés se dirigieron a la embajada de Myanmar en Tokio para entregar más de 100 mil firmas. Al frente de la comitiva estaba Noriko Ogawa, su hermana, que dos días antes, en la fecha exacta del aniversario de su muerte, le había rendido tributo en Imabari, el pueblo que lo vio nacer, junto a cientos de personas.
Además de exigir que se castigue a los responsables del asesinato, pidieron a las autoridades de Rangún que les devuelvan la cámara que estaba empleando en el momento de su fallecimiento.
Aunque el asesinato del reportero japonés Kenji Nagai ha sido uno de los más abiertos y difundidos que ha sufrido el periodismo en los últimos años, nada se ha hecho aún para juzgar a los responsables.
Kenji Nagai, que el pasado 26 de agosto hubiese cumplido 51 años, se encontraba filmando las protestas populares lideradas por monjes budistas contra el gobierno dictatorial de Myanmar cuando recibió un disparo que hizo que muriera desangrado en la calle.
Hasta ahora el régimen de Rangún, que hace poco dejó en el libertad a más de nueve mil reclusos -entre los que el periodista U Win Tin, que llevaba 19 años en prisión –, no ha respondido a las presiones del gobierno de Japón y de las asociaciones de prensa de todo el mundo.
Y resulta muy probable que nunca lo haga. Ya en su momento el periódico oficialista The New Light of Burma afirmó que se trató de un accidente causado por la actitud temeraria del periodista japonés que "invitó al peligro" al decidir confundirse entre quienes protestaban.
Con la cámara en alto
El año pasado murieron 87 periodistas en el ejercicio de la profesión. Según algunos colegas de Nagai, éste solía repetir a menudo que “alguien tiene que ir a dónde nadie quiere”. Una suerte de mantra que empleaba para justificar los riesgos que tomaba.
Y así lo hizo, hasta el último día, cuando en lugar de quedarse atrincherado en el balcón del hotel salió para sumarse a la multitud con su pequeña videocámara y sus bermudas grises.
Esa decisión que critican los militares que desde 1989 no sólo mantienen bajo arresto a Aung San Suu Kyi, sino a toda una nación, pero que para nosotros no es más que una muestra del compromiso de un hombre, de su intento por convertir las cifras en nombre y apellidos, en rostros, voces y miradas, como ese último gesto de seguir con la lente en alto cuando ya se encontraba en el suelo.
Rusia esperaba el momento de poder devolver a Occidente el agravio supuestamente cometido al alentar y amparar la independencia de Kosovo.
El presidente georgiano Mijaíl Saakashviliy, al elevar el 8 de agosto el nivel de confrontación en la provincia separatista de Osetia del Sur, les brindó a Vladimir Putin y Dmitri Medvedev la oportunidad de tomarse la revancha.
Sin dudas, habrá un antes y un después de este conflicto, en el que el Kremlin ha dejado bien en claro su preeminencia en el Cáucaso. Es posible que desde la distancia temporal hasta se llegue a calificar como un punto de inflexión, como el surgimiento de un nuevo equilibrio planetario de poderes posterior a la guerra de Bush contra el terror.
Mucho se ha escrito sobre las motivaciones de Saakashviliy, aspirante a formar parte de la OTAN: que recibió luz verde de Washington, que sobrestimó el apoyo de Occidente más allá de que su ejército fuera entrenado y pertrechado por EEUU e Israel, que sus credenciales democráticas no son tan impecables como se ha hecho creer.
Si algo queda en claro es que no cosechó el éxito esperado, y que resulta posible que la población de su país le pase cuentas en un futuro cercano.
Tampoco se puede negar que, como siempre sucede, ha sido la gente de a pie – más allá de que pueda ser participe o no del espíritu gregario que está también la base de esta disputa - la que se llevó la peor parte, la que pagó el precio de unas estrategias de poder en las que el petróleo una vez más tiene un rol preponderante.
Ataques a la prensa
Entre las víctimas, cuyo número oscila tanto en fallecidos como desplazados, se cuentan tres periodistas muertos y más de diez heridos. Cifra extremadamente alta para un conflicto de tan corta duración y que habla a las claras del nivel de violencia que se sufrió.
En este sentido, no sólo recuerda a Bosnia y Kosovo por la ruptura étnica y por la presencia de algunos de los mismos actores, antes secundarios y ahora en primera fila, y viceversa, sino también por lo sangriento que ha resultado para la prensa.
Alexander Klimchuk, fotógrafo ruso de 27 años, fue encontrado sin vida en la capital de Osetia del Sur. Conocido como Sasha, estaba al frente de la agencia Caucasus Images y colaboraba con ITAR-TASS. Sus imágenes había sido publicadas por The New York Times, Newsweek y Le Monde.
Zaza Chachechiladze, editor del periódico The Messenger, lo recuerda como "un periodista talentoso, inteligente, arriesgado, que no eludía los desafíos".
Bombas de racimo
Giga Chikhladze apareció también muerto junto a Alexander. Era georgiano, colaboraba con la versión rusa de Newsweek y tenía 30 años. Dejó tras de sí a su mujer y a dos niños pequeños, Sophie y Luca.
Stan Storimans era mayor, había cumplido 39 años, y estaba planeando editar un libro con sus memorias tras dos décadas de cubrir conflictos armados desde Afganistán hasta el Congo. Trabajaba como cámara para la cadena holandesa RTL.
Falleció en Gori, bajo fuego de mortero. En un incidente en el que perdieron la vida cuatro civiles y resultaron heridos dos reporteros, uno también holandés y otro israelí. Según Human Rights Watch, entre la munición que mató a Storimans se encontraron evidencias de que se podrían haber tratado de bombas de racimo.
Nuevas amenazas
Expertos explican estas vidas perdidas y mermadas a la falta de un frente único, a la confusión que esto provoca, y a la profusión de grupos armados además de los ejércitos regulares. En el siguiente vídeo se ve cómo se dispara a dos periodistas turcos, cerca de la frontera con Rusia.
El mes de agosto ha sido el peor del año. Trece periodistas perdieron la vida, lo que asciende a 61 el número de fallecidos desde enero.
A pesar de que la violencia está decreciendo en Irak, aún sigue siendo el lugar más peligroso para la prensa, que en 2008 ha terminado con la existencia de una decena de profesionales. Pakistán, México y Filipinas se están perfilando como escenarios cada día más peligrosos para la profesión.
Quizás haya llegado el momento de que los gobiernos den vida a una nueva convención para la protección de los reporteros en conflictos armados. Objetivo por el que persigue la iniciativa Press Emblem Campaign, con base en Suiza.
Escribo la trágica historia de Carsten Thomassen, que falleció en enero como consecuencia del ataque de los talibán al hotel Serena de Kabul, cuando recibo la noticia de que otro periodista acaba de perder la vida en la tierra del Hindu Kush: Abdul Samad Rohani.
Renombrado poeta local a pesar de su juventud, tenía 25 años, Abdul Samad Rohani se había sumado a la BBC en 2006. Además de contribuir a la emisión en inglés de la cadena británica, trabajaba como director del servicio radiofónico en lengua pastún.
Su base estaba en Helmand, una de las provincias más peligrosas del país, que por sí sola produce la mitad del opio que se consume en el mundo.
Bastión asimismo de la insurgencia talibán que cada día parece tener mayor musculatura a pesar del control que las tropas británicas de la ISAF mantienen sobre algunas ciudades que se extienden a orillas del río Helmand.
Sin explicación
El pasado sábado, Abdul Samad Rohani cubrió la quema masiva de droga en las inmediaciones del aeropuerto de Lashkar Gah, la capital de Helmand. Después de comer salió de su casa sin especificar hacia dónde se dirigía.
Su cuerpo sin vida apareció el domingo. Había sido secuestrado y asesinado. Hecho del que Qari Yusuf Ahmadi, portavoz talibán en la región, desvinculó a la organización del Mulá Omar.
Jon Williams, editor de BBC World News, afirmó que “la dedicación y el valor de Horiani han sido parte central de la cobertura de la BBC en Afganistán durante los últimos años. Su muerte es una terrible pérdida. Nuestro pensamiento está con sus amigos y su familia”.
"Rohani conocía Helmand mejor que nadie que yo haya conocido", dice Bilal Sarwary, colega de profesión y amigo. "Su compasión lo llevó a viajar a las zonas controladas por los talibán para informar sobre la vida de la gente allí".
Daniele Mastrogiacomo
En marzo de 2007, otro ataque a la prensa tuvo lugar en Helmand: el veterano reportero de guerra Daniele Mastrogiacomo, corresponsal de La Repubblica, era secuestrado junto al periodista afgano Ajmal Naqshbandi y a Sayed Agha, el chófer que los conducía.
En un vídeo que conmocionó a la opinión públcia italiana, Sayed Agha fue decaptiado por los hombres del líder talibán Mulá Dadullah. El médico Gino Strada, que hace dos semanas presentaba su último libro en Madrid, hizo de intermediario. Y Mastrogiacomo fue liberado a cambio de la salida de prisión de cinco detenidos talibán, entre los que se encontraba el hermano de Dadullah.
Mientras que el periodista italiano volvía a su país, Ajmal Naqshbandi era asesinado por sus captores el 8 de abril de 2007. Un mes más tarde, Dadullah, su hermano Shah Mansur y dos talibán más, morían bajo fuego de los EEUU.
La labor de los reporteros locales
Abdul Samad Rohani pertenecía a una joven camada de periodistas locales que desde hace algunos años están consiguiendo la mayor parte de las noticias que recibimos desde las zonas más conflictivas del mundo.
Ante la merma en el número de corresponsales extranjeros, ya sea por peligro, miedo o desinterés, reporteros como Abdul Samad Rohani, que antes muchas veces hacían de traductores o fixers, ahora están ejerciendo un periodismo valiente, comprometido, en Afganistán, Irak y Somalia, sin el reconocimiento de sus pares occidentales, pero sí con extraordinarios resultados, como es entre tantos otros el caso del fotógrafo iraquí Bilal Hussein, de quien ya hablamos en este blog.
"Estos valientes reporteros trabajan de manera infatigable, lejos de sus familias, para que el mundo comprenda la situación desesperada a la que se enfrenta la gente de Afganistán”, señala Bilal Sarwary, para luego agregar sobre Abdul Samad Rohani: “Como afgano siempre me sentiré orgulloso de este colega y amigo. Dedicó su tiempo y vida a decir la verdad y ayudar a Afganistán”.
Es el segundo periodista de la BBC que muere en menos de 24 horas. El otro, Nasteh Dahir, fue asesinado el sábado en el sur de Somalia. Y Abdul Samad Rohani es el decimosexto en dejarse la vida para contar la noticia en lo que va de año.
Si repasamos los nombres de los fallecidos en Irak, Gaza o Nepal, veremos que la mayoría son periodistas autóctonos, que viven allí a perpetuidad, con los riesgos que esto conlleva, y que muchas veces se la juegan en el anonimato por sueldos que les son tan necesarios para sacar adelante a sus familias como bajos. Desde aquí, toda la admiración y el respeto por estos compañeros.
El 14 de enero de 2008, cuando aún reinaba el caos en la recepción del hotel Serena, Harald Henden corrió con su equipo de primeros auxilios hacia Carsten Thomassen, que había sufrido heridas en el brazo y el pecho como consecuencia de la metralla y los disparos. Después se sumaron Per Olav Odegard, Tor Arne Andreassen del periódico Aftenposten y varios compañeros.
Le dieron primeros auxilios y durante dos horas lograron mantenerlo con vida. Carsten Thomassen permaneció consciente todo el tiempo. Como fuera del hotel la situación resultaba incierta, no lo podían evacuar. No se sabía si había otros talibán.
Finalmente lograron llevarlo al hospital operado por la tropas checas de la ISAF. Ya en la ambulancia entró en estado de shock. Y a los pocos minutos de haber llegado murió.
Otras seis personas perdieron la vida en el hotel. El Ministro de Asuntos Exteriores, Jonas Gahr Støre, que había estado reunido en un piso inferior a la recepción con Sima Simar, activista por los derechos humanos, logró resguardarse a tiempo en el sótano.
¿Una muerte anunciada?
“Somos una treintena los periodistas que hacemos esta clase de trabajo en Noruega y todos nos conocemos. Fue una gran conmoción para nosotros, una gran tristeza y también en todo el país”, señala Morten Jentoft.
La página web del periódico Dagbladet recibió miles de mensajes de condolencia. Y en Noruego se abrió un debate sobre si no fue un error haber publicitado el itinerario del viaje, brindado así información de los movimientos de la comitiva a los talibán.
También se cuestionó la decisión del ministro de no haber querido contar con la escolta de las fuerzas militares noruegas estacionadas en Afganistán, y de no tener preparado un plan de contingencia en caso de evacuación médica.
Los talibán, que se atribuyeron el atentado, declararon que no pretendían atacar a la comitiva noruega en particular. Afirmación que Ban Ki-moon, secretario general de la ONU, contradijo.
El Primer Ministro, Jens Stoltenberg, recibió la noticia cuando se dirigía a un programa de televisión en el que iba a debatir sobre la presencia de las tropas noruegas en el país del Hindu Kush. Conocía personalmente a Carsten Thomassen y condenó el atentado diciendo que se trataba de un ataque a la "libertad de expresión".
“Era muy buen compañero. Fácil de tratar. Tranquilo, colaborador. Muy respetado”, señala Per Olav Odegard. “Su muerte nos ha hecho más realistas sobre los riesgos que corremos ”.
“Cuando me enteré pensé que me podría haber pasado a mí en Chechenia. Y lo que me pregunté fue: ¿Vale la pena morir por el periodismo?”, reflexiona Morten Jentoft para concluir: “No vamos a dejar de viajar para cubrir las noticias, eso seguro, pero nos lo vamos a pensar bien, seriamente, antes de tomar riesgos”.
Carsten Thomassen fue el segundo periodista asesinado en 2008. Año que hasta el momento se ha cobrado la vida de 15 profesionales de la información, incluyendo a Nasteh Dahir, de 36 años y corresponsal de la BBC en Somalia, al que hombres armados asesinaron el sábado en Kismayo.
Dos circunstancias me han acercado a la trágica historia de Carsten Thomassen: mi inminente partida hacia Afganistán y el encuentro la semana pasada con varios colegas noruegos que estaban presentes en el momento de su muerte.
“Lo conocí hace años en Helsinki, donde yo trabajaba como corresponsal”, me explica Morten Jentoft, reportero de NRK, la radio nacional noruega. “Era uno de los pocos periodistas especializados en política exterior. Sus artículos eran muy seguidos y respetados. Muchas de sus historias tuvieron impacto en nuestros políticos”.
Según Morten Jentoft, que entre otros conflictos cubrió las dos guerras de Chechenia, Carsten Thomassen comenzó su carrera en una publicación de izquierdas: Klassekampen (lucha de clases). Luego se pasó al periódico Dagbladet, afiliado al partido liberal, y el tercero más leído en Noruega.
“Era muy tranquilo y directo. Modesto. Todo el mundo sabía que estaba bien informado. Todavía hacía largas entrevistas, algo que ya casi no se encuentra en la prensa”, agrega.
El hotel Serena
Carsten Thomassen tenía 38 años y dos hijos. Durante años se había desplazado para cubrir noticias en América latina, Oriente Próximo y África. En Noruega era respetado por su periodismo incisivo, sin conseciones, y por su integridad profesional. Realizaba tanto reportajes en zonas de guerra como artículos de opinión.
El 14 de enero de 2008 llegó a Kabul junto a media docena de periodistas de su país en un viaje oficial para acompañar a Jonas Gahr Støre, Ministro de Asuntos Exteriores. Al igual que sus compañeros, se suponía que debía estar algo menos de una semana en Afganistán antes de volver a Oslo.
“Acabábamos de llegar. Nos registramos en el hotel Serena. Parece que él dejó las maletas y bajó a la recepción para encontrarse con el ministro”, dice Per Olav Odegard, del periódico Verdens Gang(VG), que había viajado con él anteriormente a Afganistán. “Yo me había quedado en la habitación. Estaba escribiendo cuando escuché las explosiones y los disparos”.
Fue justamente aquella recepción el objetivo elegido por dos talibanes que lograron sortear la seguridad de la entrada usando granadas de mano. Se estima que los miembros de la policía noruega que estaban allí podrían haber sido tomados por sorpresa debido a que al menos uno de los hombres llevaba un uniforme afgano.
El peso de las decisiones
El más rápido en bajar para auxiliar a los heridos fue el prestigioso fotógrafo Harald Henden, que también cuenta con una vasta experiencia en conflictos armados.
En el año 2001 recibió un disparo con bala de goma cuando estaba en Cisjordania. En 2003 fue uno de los primeros periodistas en entrar a Bagdad tras la caída del régimen de Saddam Hussein.
Desde Kuwait, Harald viajaba empotrado la misma unidad militar que Julio Anguita Parrado: la Segunda Brigada de la Tercera División de Infantería. Durante la noche del 7 de abril habían estado debatiendo si era seguro acompañar a los soldados de EEUU en su ataque final contra la capital iraquí.
Julio Anguita Parrado decidió quedarse. Harald Henden avanzó con las tropas en un carro blindado, asustado, lamentándose a lo largo del camino de haber esa decisión. Aún hoy afirma que fue uno de los momentos que más miedo pasó en su carrera.
Sin embargo, el destino quiso que fuera la opción acertada, ya que el campamento desde el que habían partido fue atacado y Julio Anguita Parrado, de 32 años, murió junto al periodista Christian Liebig, que acaba de cumplir 35 años y trabajaba para la revista alemana Focus, y a dos soldados de EEUU.
Desde sus albores, la invasión de EEUU demostró ser fatal para la población civil iraquí. Como señala un exhaustivo informe de Human Rigths Watch, la mayoría de los muertos durante los primeros ataques aéreos de 2003 fueron ancianos, mujeres y niños.
Eran los tiempos en que aún se usaban absurdos eufemismos como "bombas inteligentes" o "daños colaterales", mientras Dick Chenney y Donald Rumsfeld esperaban con ansias el titular que en alguna ocasión se adelantaron erróneamente a dar a la prensa: que Sadam Hussein había muerto bajo los escombros.
Menores en prisión
Después vino otra clase de abuso, aún más perverso, y que salió a la luz en abril de 2004: las torturas y vejaciones en la prisión de Abu Ghraib. Si bien se depuraron responsabilidades, una nueva denuncia de Human Rights Watch acaba de poner en tela de juicio al sistema penitenciario montado por las fuerzas de ocupación en Irak.
Según este informe, medio millar de niños, algunos de hasta 10 años de edad, permanecen detenidos por los militares. Además de ser sujetos a prolongados interrogatorios, se les priva del derecho a defensa y asesoría jurídica.
Aunque EEUU no ha firmado la Convención de los Derechos del Niño, lo cierto es que sí ha suscrito un protocolo adicional sobre la situación de los menores en conflictos armados.
Más de lo mismo
Después Abu Ghraib, a finales de 2005 y principios de 2006, se dio una perturbadora sucesión de crímenes de guerra. Parecía como si las fuerzas de EEUU, a medida que acusaba mayores bajas y fracasaba en su intento por contener a la insurgencia, cometía más y más atropellos contra los inocentes.
Casos como las matanzas de Haditha o Hamdania. O, quizás el más brutal de todos, la violación y asesinato de la joven de 14 años Abeer Qasim Hamza.
En anteriores entradas del blog analizábamos las razones de estos atropellos de las tropas estadounidenses, de esta ristra de abusos continuados, esta propagación de la cultura del llamado “gatillo fácil” que se ha perpetuado hasta las últimas ofensivas en ciudad Sadr, que dejaron cientos de civiles muertos.
Razones que van desde la frustración, la rabia, el estrés postraumático, propias de un ambiente hostil, hasta el racismo, el odio, el desdén por la población local, pasando por laxo reclutamiento de los soldados, hasta los mensajes contradictorios tanto de la dirigencia castrense como de esos políticos, carentes de moral, que pusieron en marcha una guerra en base a mentiras.
La otra pregunta que nos hacíamos es si se trata de incidentes aislados o si responden a un patrón. Las declaraciones realizadas recientemente por veteranos de guerra en Washington, y que casi no tuvo repercusión en la prensa, permite concluir que son mucho más habituales de lo que se podría imaginar.
Un anuncio de lo que vendría
Ayer repasamos la vida del extraordinario reportero Martin Adler, asesinado en Somalia. De las decenas de reportajes realizados por este cámara en zonas en conflicto, el más destacado es sin dudas En patrulla con la compañía Charlie.
Vistas en retrospectiva, las imágenes que grabó durante diez días junto a esta unidad, por las que recibió el premio Rory Peck, constituyen sin dudas una suerte de premonición de lo que sucedería en Irak.
Desde los soldados que golpean a los detenidos en las calles, que se sacan fotos con prisioneros encapuchados en medio de risas, antes de que saltase a la luz el escándalo de Abu Ghraib, hasta la actitud del jefe de la unidad, que se comporta como un vaquero, como un personaje de película, mostrando desprecio hacia los iraquíes.
Podéis ver aquí el corto documental, que nos lleva a lamentar y comprender mejor el horror que aún padecen los niños, hombres, mujeres y ancianos de la nación del Tigris y el Éufrates, así como la ausencia de ese magnífico reportero que intentó darles voz.
Aprovecho el repaso y la reflexión sobre los crímenes de guerra de soldados de EEUU en Irak, para rendir homenaje al extraordinario reportero Martin Adler, que tras haber cubierto conflictos armados en al menos una docena de países, murió el 23 de junio de 2006 en Mogadiscio.
Nacido en Estocolmo, Adler estudió antropología en Londres. Aunque luego se dedicaría al periodismo, su gran pasión, que le trajo en la profesión, aunque no ante el gran público, un merecido reconocimiento a lo largo de su carrera.
Desde el premio Amnistía Internacional en 2001 por la historia que filmó sobre el secuestro y venta de mujeres en China, hasta el galardón que lleva el nombre de Rory Peck, otro gran periodista que falleció haciendo su trabajo, y que recibió en 2004 por la pieza documental: En patrulla con la compañía Charlie.
El último encuentro
Unai Aranzadi, joven reportero vasco, y otro habitual en las zonas de conflicto, fue el último periodista extranjero en encontrarlo con vida en Somalia. “¿Cómo está la cosa por allí?, me preguntó Martin en la carretera que sale de Mogadiscio a Jowhar. "Más o menos. Has de andar con cuidado cuando te acerques a ellos. También verás muchos niños soldado". Gracias, respondió y nunca más le volví a ver”, escribió.
Según su descripción: “Martin Adler era para mí un ejemplo. El reportero completo e independiente capaz de producir, grabar y editar por su cuenta. Un sueco valiente de esos que no ponen la cara frente a la cámara; de esos que no trabajan desde el lobby del hotel”.
La capital somalí llevaba dos semanas en manos de los islamistas cuando un hombre apareció de la multitud y le disparó a boca jarro a Martin Adler para luego huir. Asesinato que los propios líderes del movimiento integrista condenaron.
Adler, que en aquel momento tenía 48 años, dejaba tras de sí mujer y dos hijas. Y se sumó a la larga lista de profesionales que perdieron la vida en ese país, como Kate Peyton, de la BBC, que murió un año antes.
En 2007, Somalia fue después de Irak el lugar del mundo en el que más reporteros perecieron. Ocho profesionales dejaron de informar en el peor año que se recuerda para la prensa en el Cuerno de África.
Anticipando Irak
El Salvador, Ruanda, Congo, Angola, Sierra Leona, Chechenia, Liberia, Chechenia, Bosnia, Afganistán, Sri Lanka, Irak, son algunos de los países en los que Adler se había desempeñado cubriendo conflictos armados, genocidios, violaciones de derechos humanos.
Casi siempre había trabajado como periodista independiente, free lance, vendiendo su material para numerosos medios entre los que se encontraban Channel 4 y el periódico sueco Aftonbladet.
Tenía una gran habilidad para ir más allá, para meterse en la noticia, tanto con una cámara de vídeo como una máquina fotográfica, como muestra una de sus fotos de El Salvador de 1992.
De sus reportajes destacan los que dedicó a la vida de los musulmanes en Cachemira, la magia negra en Congo, el tráfico de drogas en Portugal, las luchas en Monrovia y el tsunami en Banda Acheh.
Pero el más admirable de todos es En Patrulla con la compañía Charlie , que fue una suerte de anticipación de los crímenes que los soldados de EEUU cometería en Abu Ghraib y en tantos otros lugares del país del Tigris y el Éufrates. Y al que dedicaré la próxima entrada.
Se trata de un arma controvertida, cuyo uso se trató de evitar ante el Tribunal Supremo hebreo, pero sin éxito. Especialmente, por sus efectos indiscriminados.
Human Rights Watch ha condenado el empleo de esta munición, que despliega cientos de dardos por el aire, en zonas habitadas por civiles. El Tsahal la había dejado de utilizar en Gaza en 2003, aunque luego la rescataría en Líbano en 2006.
En el caso de Fadel Shana, que no hacía más que cumplir con su deber de informar, los dardos le entraron a través del cuello y el hombro, alcanzado su pecho y parte de la espina dorsal. El reportero que lo acompañaba, sonidista, se encuentra en estado crítico.
El bloqueo mismo de Gaza constituye una violación de la legalidad internacional y el Derecho Humanitario. Como lo es también el empleo de personas a modo de escudos humanos, una práctica habitual de ese ejército que en algún momento de la historia se llamó el “más moral” del mundo.
También en la incursiones armadas en Gaza, el completo desdén por la vida de los civiles se hace evidente para quienes realizamos un seguimiento exhaustivo del número de víctimas.
El mismo Fadel Shana ya había sido había sufrido heridas en agosto de 2006, cuando un avión israelí disparó contra el vehículo en que viajaba, también identificado como un coche de prensa. Tenía 21 años. Y podría haber decidido cambiar de profesión, pero siguió adelante.
Rescato de aquel tiempo la entrevista que realicé con el cámara de la agencia Ramatán, Zakaria Abu Hardib, que fue herido en dos ocasiones mientras realizaba su labor en Gaza.
El último, hasta ayer, Imad Ghanem, cámara de televisión que retrataba cómo sacaban a heridos del campo de refugiados de Bureij cuando fue asesinado en julio de 2007.
Cabe preguntarse si la rabia de los soldados israelíes, ante la muerte de sus tres compañeros, explica de alguna manera que en su incursión ayer en Gaza mostraran tan poco aprecio por la vida de los inocentes como Fadel Shana (o de los cinco niños que también mataron).
Situaciones que un Estado que se denomina a sí mismo como “la única democracia de Oriente Próximo” y al que se le llena la boca hablando día tras día de “terrorismo”, debería examinar y repensar, tanto como el uso de los "flechettes" en zonas urbanas.
Por ahora, más que reflexiones, lo que deseo es expresar mi admiración y aprecio por todos los profesionales que en Gaza se juegan la vida día a día para contar la noticia.
Como hasta ayer he estado incomunicado en el desierto, recién ahora descubro la noticia de la muerte de Philip Jones Griffiths, considerado el mejor fotógrafo de guerra de la segunda mitad del siglo XX.
No resulta sencillo resumir la vida de este infatigable galés, ya que trabajó en más de 120 países y lo cubrió casi todo: desde las sequías en la India y la pobreza en EEUU, hasta los conflictos en Argelia, Irlanda del Norte, Israel, Camboya y Bosnia.
Con las víctimas de Vietnam
Según afirmó en más de una ocasión, "es a través de la crítica que la sociedad humana ha progresado". Y los periodistas "deben ser anarquistas por naturaleza. Gente que quiere señalar cosas que no son generalmente aceptadas".
Quizás se trate de una afirmación exagerada, ya que los medios de comunicación siguieron mayoritariamente apoyando el conflicto en Indochina, pero no cabe duda de que las imágenes capturadas por Jones Griffiths en Vietnam entre 1966 y 1971 conmocionaron a la opinión pública de EEUU.
Por primera vez mostraban en un conjunto desgarrador, comprometido y elocuente: la guerra desde el otro lado, desde el testimonio del horror de las víctimas civiles vietnamitas.
Muchos afirman que el hecho de que fuera galés lo ayudó a comprender que no se trataba de la guerra contra el comunismo, según se decía en Washington, sino de un episodio neocolonial en toda regla. "Al venir de un país fagocitado por su vecino, siempre he sentido simpatía más por los David que por los Goliat del mundo", afirmó en 2004.
Apenas llegó a Vietnam decidió que no quería ceñirse a los comunicados de los líderes castrenses, que deseaba estar con la gente. Y comenzó a viajar, con tan pocos recursos que vivía en casas de familias y que muchas veces debía decidirse entre comprar comida o carretes de fotografía.
"El 98% de los periodistas estaban a favor de la guerra, en todos sus aspecto. Un 1,99% estaba a favor pero se mostraba crítico con las tácticas que se empleaban. Y después estaba yo y unos cuantos franceses que decíamos que todo aquello era inmoral y erróneo", señaló.
"Sentí que lo que hacían los estadounidenses, además de matar a vietnamitas, era intentar convertilos en consumidores con todo lo que eso implica. Les decían que la marca marxista no funciona y que la capitalista es más dulce y bonita. Y, por cierto, si no aceptáis la marca capitalista os vamos a matar".
Paradójicamente, pudo conseguir los fondos para publicar su obra maestra, Vietname Inc., gracias a lo que le pagaron por una foto “del corazón” que hizo a Jackie Kennedy cuando visitaba Camboya.
Nada menos que Henri Cartier-Bresson dijo que “desde Goya nadie había cubierto así la guerra”. La revista Time afirmó que se trataba del “mejor libro de foto reportajes de guerra de la historia”.
Algunos fragmentos de la película Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola, se inspiran en sus imágenes.
Quizás una de las fotos más representativas de Vietnam Inc. sea la siguiente, que retrata a una de las tantas víctimas de la guerra que los EEUU atribuían al Vietcong:
Se puede ver una fantástica exposición interactiva de sus imágenes, y escuchar sus palabras sobre la guerra, en la página web de la agencia Magnum.
En más de una oportunidad repitió que sus enemigos no eran los soldados estadounidenses, sino los burócratas y los gobiernos. Y en este sentido, la fotografía le parecía uno de los mejores medios para dar testimonio de los errores del poder.
"Sigo recordando a la gente que hay un muro en Washington que tiene 150 metros de largo. Si el mismo memorial se hubiese hecho a los vietnamitas muertos, con la misma densidad de nombres, habría tenido 14 kilómetros de largo. Esa es la carnicería que tuvo lugar en aquella guerra. Un hecho del que nadie se puede escapar".
Desilusión y compromiso
Nacido en 1932, estudió farmacia en Liverpool y luego se mudó a Londres, donde comenzó a trabajar como fotógrafo primero para The Guardian y luego para The Observer.
Su primera exclusiva llegó en 1962, en el norte de África, cuando mostró cómo los franceses trataban a los argelinos en las áreas rurales del país. Desde este continente viajaría a Vietnam.
Después cubriría Irlanda del Norte, la guerra de Yom Kippur y en Camboya. Su desilusión con el trabajo de las agencias de noticias, cada día más controladas y esclavas de los servilismos mercantilistas, lo llevó a colgar la cámara, estudiar cine y a dedicarse a realizar documentales.
A principio de los años ochenta se puso al frente de la agencia Magnum, fundada por Henri Cartier-Bresson entre otros, mostrándose siempre fiel a los principios fundacionales del periodismo y contrario a los intereses y manejos de los grandes imperios mediáticos.
Sus últimos libros, Agent Orange (2003) y Vietnam at Peace (2005), fueron una suerte de vuelta a los orígenes, un trabajo que documenta las heridas aún presentes de la guerra a lo largo de las décadas.
En EEUU se le rindió homenaje en EEUU a lo largo del 2006 en la retrospectiva “Cincuenta años en el frente".
Hombre corpulento, locuaz y compasivo hasta la médula, que supo dar como pocos voz a las víctimas de los conflictos armados, murió el pasado martes en su casa Londres. Tenía 72 años y llevaba meses luchando contra el cáncer.
A las pocas semanas del brutal asesinato de los periodistas conocidos como los Cinco de Balibo, el reportero australiano Roger East viajó a Timor Oriental para tratar de averiguar qué les había sucedido exactamente. Tenía 50 años. Trabajaba como reportero freenlance para la agencia de noticias Australian Associated Press (AAP).
Llegó a la isla en octubre de 1975, cuando el poder lo ostentaba de facto el Fretilin, ya que el gobernador portugués se había retirado. En ese momento sólo había dos periodistas occidentales más: Michael Richardson, del periódico australiano The Age, y Jil Jolliffe, de la agencia Reuters.
Cuando la invasión indonesia resultó evidente, Richardson y Jolliffe salieron de Timor Oriental junto a la Cruz Roja para dirigirse a Darwin, Australia. East decidió quedarse y huir con los milicianos del Fretilin hacia las montañas para poder contar al mundo lo que sucedía.
Antes de que esto pudiera ocurrir, fue detenido por soldados indonesios y fusilado en el malecón de Dili, a menos de un kilómetro del Hotel Turismo, donde estaba alojado.
El asesinato de los Cinco de Balibo, y de Roger East, el reportero que había ido a procurar información sobre su muerte, conduce a varias preguntas inevitables:
¿Por qué Suharto, el dictador indonesio, no vaciló al librarse de los testigos de sus acciones, así se tratase de periodistas occidentales? ¿Por qué el gobierno de Australia nunca protestó a Yakarta por la muerte de sus ciudadanos? ¿Cuáles fueron las razones que llevaron a la administración de Canberra a esperar veinte años para pedir que se abrieran investigaciones?
Romper el muro de silencio
Según señala John Pilger, en su extraordinario documental Death Of A Nation, grabado en secreto en la isla en 1993, los Cinco de Balibo perdieron la vida “tratando de salvar el muro de silencio que Yakarta y sus aliados occidentales habían creado alrededor de Timor Oriental”.
Indonesia no tenía vínculos significativos históricos ni culturales con la isla. No compartía idioma, no tenía la misma religión. Sin embargo, en 1975, la invadió. Portugal, el antiguo amo colonial, la acababa de abandonar como consecuencia de la caída de su propia dictadura en 1974. Fue entonces cuando el gobierno de Suharto aprovechó el vacío de poder.
La presencia militar de Indonesia en la Timor Oriental dio pie a uno de los mayores genocidios de la historia reciente. Violaciones, asesinatos masivos. Niños y ancianos. Mujeres y hombres. Uno de los más grandes genocidios, no en términos cuantitativos, pero sí proporcionales. Fallecieron más de 200 mil personas. El equivalente a la tercera parte de la población del país.
“Murieron resistiendo la invasión, fueron asesinados sin razón, perecieron en campos de concentración y de hambre. Tal vez genocidio es una palabra demasiado utilizada en estos tiempos. Pero indudablemente es lo que sucedió aquí. Y sucedió mayoritariamente sin la cobertura de las antenas satelitales y las cámaras de televisión. Y con la complicidad y el amparo de los gobiernos occidentales”, continúa Pilger.
El día en que Suharto decidió lanzar el ataque, que arrancaría a la isla de la placidez que había gozado durante tanto tiempo, ya que los portugueses casi no habían interferido con la vida cotidiana de la gente, el presidente estadounidense Henry Ford estaba junto a Henry Kissinger en Yakarta.
Documentos desclasificados posteriormente demostrarían que las potencias occidentales sabían lo que estaba sucediendo, y que lo apoyaban secretamente. En un mensaje a su gobierno, el embajador estadounidense escribió que esperaba que los indonesios fueran “rápidos, eficientes y que no empleen nuestros equipos”.
Preocupado por la repercusión en la opinión pública de la invasión, Henry Kissinger ordenó que los envíos de armas a Indonesia disminuyeran hasta el mes de enero. Y que luego volvieran a aumentar. De hecho, la cantidad se duplicó. Los militares indonesios bombardeaban a los civiles en las aldeas con aviones Bronco estadounidenses.
El gran botín del sudeste asiático
Las razones por las que Occidente no sólo no criticaba ni actuaba en contra del régimen de Suharto, sino que lo consideraba un aliado, se podrían enmarcar dentro de la división del mundo trazada por la guerra fría, pero también porque constituía un mercado suculento, rico en petróleo y recursos naturales. Richard Nixon afirmó que se trataba del “mayor premio” del sudeste asiático.
“Los mismos gobiernos que estuvieron dispuestos a ir a la guerra contra Saddam Hussein, en circunstancias paralelas no lo estuvieron para detener a un invasor rapaz, que rompió cada capítulo de la Carta de Naciones Unidas, y que desafió al menos diez resoluciones de la ONU en las que se le pedía que saliera de Timor Oriental… Lo que habla de la selectividad y objetivos de las grandes potencias, y de cómo el mundo está ordenado”.
El primer ministro australiano, Gough Whitlam, había viajado un año antes de la invasión, en septiembre de 1974, a Indonesia para ver a Suharto. Sostenía que las buenas relaciones con el régimen de Yakarta resultaban estratégicamente vitales para Australia.
En aquella visita declaró “que un Timor Oriental independiente sería un Estado inviable y una potencial una amenaza para la región”. Una traición en toda regla para los timorenses, que habían luchado junto a los australianos en la Segunda Guerra Mundial contra los japoneses
Un mes más tarde, Suharto lanzó la Operación Komodo para desestabilizar a los movimientos que en Timor Oriental comenzaban a abogar por la independencia, y tener así una excusa para invadir más adelante.
Según John Pilger, el periodista australiano Greg Shackleton se dirigió con su equipo a la ciudad costera de Balibo porque habían sido divisados barcos indonesios. Allí fue asesinado junto a sus compañeros de Channel 7 y de Channel 9, por lo que se los conoce como los Cinco de Balibo. “Si Shackleton hubiese llegado a denunciar la operación clandestina, quizás la invasión se habría detenido”, afirma John Pilger.
“Los colgaron y les cortaron los genitales”
Shirley Shackleton, la viuda de Greg, describe así la muerte de su marido: “Fueron colgados de los pies, les cortaron los órganos sexuales y se los pusieron en la boca. Es una práctica común en Timor Oriental. Los timorenses dicen que se tarda bastante tiempo en morir”.
Ella dice que su marido no sentía que corría peligro alguno, dada la excelente relación de Indonesia con Australia, y a que el gobierno de su país negaba abiertamente que se estuviera por producir una invasión.
Jim Dunn, el antiguo embajador de Australia para Timor Oriental, que huyó poco antes de la invasión, sostiene con respecto a la muerte de Roger East una opinión similar a la John Pilger: “Creo que si hubiese logrado escapar al interior, sus crónicas podrían haber cambiado dramáticamente los acontecimientos. El mundo hubiese sabido más acerca de la invasión, y habría actuado para detenerla”.
Según Paul Spottiswood, el último occidental que vio a Roger East con vida, este le habría dicho: “No puedo dejar a esta gente. Soy lo último que tienen. Hemos mandado mensajes alrededor del mundo, pero no hemos obtenido respuesta”.
Spottiswood, que es piloto, señala con admiración que East “tenía los cojones que no tienen nuestros políticos”.
Desde hace 15 años me dedico a recorrer compulsivamente el mundo. He rodado documentales, he escrito libros y reportajes desde unos cuarenta países de África, Asia y América Latina. He colaborado con medios como Rolling Stone, El Mundo, La Voz de Galicia, La Nación, Cadena Ser, RNE, BBC... Ahora me he puesto el casco y las botas para sumergirme en la guerra. Un viaje que comencé en junio de 2006 y que me ha llevado ya a Afganistán, Sudán, Uganda, Israel, Palestina, Líbano, Argelia, Ruanda, Congo, Sudáfrica, India, Etiopía, Nicaragua, Kenia, las favelas de Río de Janeiro... De este blog sale mi último libro: "Llueve sobre Gaza" (Ediciones B).