Archivo de febrero, 2012

Instagrameando Buenos Aires: Las librerías

29 febrero 2012

Presentada la aplicación Instagram a quienes no la conocían, y justificado y disculpado ya el breve desvío del tema central que ocupa a este blog desde hace casi seis años, cojamos nuestro teléfono móvil, nuestro mapa y salgamos a caminar por las calles de Buenos Aires.

El antiguo teatro Grand Splendid convertido en la segunda librería más bella del mundo segundo The Guardian. Fotografiado e instagrameado por HZ

Una ciudad en la que la palabra tiene un lugar destacado, tanto por la pasión oral de los porteños como por su vasta tradición literaria. De hecho, muchos extranjeros han vivido y sentido esta urbe sin siquiera haberla pisado, gracias a la obra de Borges, Cortázar, Sábato, Bioy Casares, Marechal, Arlt o Mujica Láinez. Sin dudas, una forma extraordinaria de descubrirla, a través de los escenarios que poblaron novelas y poemas. Desde “Sobre héroes y tumbas” hasta “Fervor de Buenos Aires”.

Un recorrido que realizamos en estas páginas en 2007, sumándole anécdotas del paso por esta ciudad de grandes de la literatura como García Lorca, Neruda, Pirandello, Onetti, Eco y Gómez de la Serna.

Fotografiar y leer

Otra forma de sumergirse en Buenos Aires es a través los templos de la palabra: las librerías. Y aquí, con nuestro móvil en mano y el dedo listo para disparar, el destino ineludible es El Ateneo, en la avenida Santa Fé casi esquina Callao, junto al edificio de Movistar. El antiguo teatro Grand Splendid deslumbra con su telón, sus frescos en la bóveda y sus palcos.

Con 120 mil ejemplares, la porteña librería Huemul es una de las que tiene un mayor catálogo de América Latina. Foto e instagram: HZ.

No huele a papel, a tinta, no tiene alma, pero sí fascina visulamente hasta el extremo de que el periódico The Guardian la ha calificado como la segunda librería más hermosa del mundo.

Para ganar estabilidad y contrarrestar la baja luz resulta útil apoyar el celular en alguna barandilla o escalón. Si algo nos permite el móvil es ser creativos y discretos a la vez. Quizás mejor, antes de pasar a Instagram las fotos, sea retocarlas con algunos de los numerosos programas de edición que se ofrecen en las tiendas de aplicaciones como Camera +, Qbro, Retro Camera o PhotoStudio. El que más empleo es Snapseed.

Revolver y leer

A pocas manzanas de allí, en el 2.237 de la avenida Santa Fé se encuentra otra de mis librerías favoritas: Huemul. Propiedad de una pareja de ancianos españoles, y con uno de los catálogos más grandes de América Latina – más de 120 mil ejemplares -, es justamente la antítesis de El Ateneo pues al avanzar entre sus montañas de libros sí se respira emoción, historia, relato.

La pregunta que hice a sus dependientes fue cómo encuentran los títulos en medio de semejante confusión, cuando las estanterías tienen varias filas seguidas de libros. Me aseguraron que tienen todo localizado y ordenado en sus cabezas.

Si es por caminar, revolver y hacer fotos para Instagram – recordad que no se puede hacer trampa y las fotos deben ser tomadas por con el móvil y no con DSLR – las librerías como Huemul son las más interesantes. Y, afortunadamente, Buenos Aires cuenta con una larguísima lista de estos establecimientos. Por supuesto, la avenida Corrientes es el lugar ideal para estas expediciones.

No lejos de allí, en la misma acera del Café Tortoni, una de mis preferidas: Feria de libros. Creada en 1943 por Abraham Filkenstein, hoy la atienden sus descendientes. Fue una de las localizaciones donde se filmó la película “Roma”, de Adolfo Aristarain. Entre los libros, el personaje de Juan Diego Botto se encontraba con sus novias.

Tomar café y leer

Además de librerías antiguas, existe en Buenos Aires un concepto que la Casa del Libro trató de aplicar, sin éxito, en su tienda de la calle Fuencarral de Madrid: libros más café más un espacio para presentaciones, lecturas o conciertos. El Ateneo tiene esta cualidad, también en su sucursal de la calle Florida.

Una de mis elegidas en este rubro es Crack Up, que está abierta hasta altas horas de la noche, ofrece comida, y funciona también como editorial para jóvenes autores. Excelentes sus pastas caseras y su selección de libros de fotografía. Calle Costa Rica 4787 de Palermo Soho, pintoresco barrio que también merece una buena instagreameada.

Instagrameando Buenos Aires

28 febrero 2012

Dicen que no hay mejor cámara que la que se tiene en el momento de sacar la foto. Y lo cierto es que desde hace años llevamos siempre una cámara con nosotros gracias a los teléfonos móviles. Recurso que quien escribe estas palabras no había comenzado a valorar hasta la aparición primero de Hipstamatic, y después de la aplicación que revolucionaría la fotografía en nuestros tiempos de una manera muy similar a lo que supuso Polaroid hace unas décadas: Instagram.

Imágenes de las playas de la provincia de Buenos Aires tomadas con Iphone 4 y editadas y compartidas con Instagram. Fotos: Hernán Zin

Soy consciente de que se abusa de la palabra “revolución” pero juro que en este caso es cierto. Al menos a mí, que llevo más de 20 años capturando imágenes y grabando vídeos por buena parte del planeta, me ha devuelto la pasión por la fotografía. En especial la más próxima, cotidiana, costumbrista, gracias a la inmediatez que ofrece el móvil.

Estética propia y red social

Inmediatez a la que Instagram le suma dos valores añadidos más: una forma muy peculiar de retocar las imágenes, que genera un lenguaje propio, fácilmente reconocible – y que mucha veces permite mejorar, tunear y potencias fotos bastante planas, sin sustancia, como las que suelen hacer por defecto los teléfonos -, y una red social en las que se publican las fotos y son valoradas y comentadas por otros integrantes.

Algunas de las mejores parrillas de Buenos Aires. En Instagram. Fotos: HZ

A tal punto ha llegado esta pasión que voy a hacer algo que muy pocas veces he hecho en estos casi seis años de blog: no hablar de guerra ni de armas ni de violaciones a derechos humanos.

Mejores parrillas, librerías…

Voy a publicar las fotos de Instagram que he hecho a lo largo de los últimos dos meses aquí en Buenos Aires, ciudad en la que me suelo refugiar durante los veranos australes para hacer un alto en el camino antes de volver a la ruta. Una ruta que en 2012 nos llevará muy probablemente a Afganistán, India, Venezuela, Honduras y la República Democrática del Congo.

Casualmente, las otras ocasiones en las que no hablé de la razón de ser de este blog fue también aquí en Buenos Aires, en aquellas entradas de 2007 que dediqué sus librerías. Si hay algo que me gusta hacer en esta ciudad – a la que, todo sea dicho, también dedicamos en los últimos años varios reportajes sobre la violencia en sus barriadas marginales, en sus cárceles y en sus hinchadas de fúbtol – es salir a caminar. Escuchar música, repasar lo vivido a lo largo del año, pensar ideas para nuevos proyectos y, desde hace poco, tomar fotos de manera compulsiva para Instagram.

En la próxima entrada, un catálogo muy personal que he ido haciendo con las fotos de mis lugares favoritos de Buenos Aires: parrillas, librerías, edificios… si alguien quiere venir, o volver a esta maravillosa ciudad, tome nota… en su teléfono, si es posible.

Una noche en la morgue de Buenos Aires

23 febrero 2012

Ayer a la tarde Buenos Aires parecía tener un pulso diferente, menos febril y convulsionado que de costumbre. La gente se sumaba a las largas colas en espera de los autobuses – pues el servicio ferroviario tardó en restablecerse en la línea Oeste – casi sin hablar, con expresión ausente. Los coches que se embotellaban en la avenida Córdoba no pitaban tanto, no se agredían, según suele ser habitual en esta urbe de sonido y furia en sus horas punta.

José Pontiroli busca a su hija frente a la Morgue Judicial de Buenos Aires (Foto: Hernán Zin)

Ayer por la noche a muchos porteños, y seguramente a otros tantos argentinos, se les hizo difícil conciliar el sueño debido a las imágenes de horror que los informativos repitieron a lo largo del día – los jóvenes atrapados entre el metal retorcido de los vagones, sin poder salir – y a la certeza de que aún había personas que bajo la lluvia intermitente recorrían los hospitales y las morgues en busca de noticias sobre sus familiares.

Una de esas personas era José Pontiroli, “Pepe” cuando te daba la mano, con quien había cruzado unas palabras a las siete de la tarde frente a la sede de la morgue judicial. Las gafas sobre el cabello revuelto, la ropa que parecía hablar de alguien que había salido a toda prisa, con lo puesto, Pepe se acercaba a los periodistas con una pequeña foto de su hija, Tatiana de 22 años. “No atiende el celular. No llegó al trabajo”. Aún albergaba la esperanza de que estuviera viva.

La noticia

Horas más tarde, cuando regresé a la morgue, Pepe deambulaba ausente, los ojos llorosos, acompañado por familiares. El cuerpo de su hija era uno de los 22 que se encontraban en aquel edifico de la calle Junín. No era el único que estaba profundamente afectado. Había jóvenes, abuelas, niños; sentados, abrazados, rompiendo en llanto, en lamentos, en quejas. Familiares y amigos de otros tantos que por la mañana también se habían dejado la vida en el tren Sarmiento, en la céntrica estación de Once.

Ya sólo quedaba una cámara de televisión, que a la una de la mañana terminaba la transmisión. El cronista, escuché de soslayo, se negaba a ir a entrevistar a las familias. No le parecía ético incomodar a la gente de esa manera, en ese momento. Y así se lo comunicaba por teléfono a los productores en el estudio.

Había familias que ya habían recibido la confirmación – que se hacía, no viendo los cadáveres sino a través de objetos y descripciones – y otras que aún aguardaban. De repente, se escuchaba un grito, una expresión de desgarro, y alguien salía del edificio de la morgue convulsionado por el dolor. No hacía falta decir más. Los profesionales sanitarios que estaban allí se acercaban a ayudarlo. Un escenario que me recordaba al traumático 11M madrileño y a IFEMA.

Insomnio porteño

Llega la hora. La cámara de televisión apaga sus focos. El periodista se saca la corbata, deja el micrófono. Apenas quedan casi familiares en la puerta de la morgue. Mientras me alejo del lugar, escucho otro grito de dolor. Llueve ya con bronca sobre Buenos Aires.

Se me hace difícil dormir pensando en Pepe y en otros tantos como él. La brutal conmoción. Tu vida que cambia para siempre en cuestión de horas, o que intuyes que está a punto de transformarse para siempre, sin vuelta atrás, por la ausencia del otro, del ser querido.

Pero también me costó conciliar el sueño debido a la rabia acumulada hacia esos políticos inoperantes, corruptos, soberbios, que en sus pugnas de poder se llevan día tras día en Argentina la vida de tantos inocentes. Ayer, de trabajadores y estudiantes que se hacinaban en un viejo y vergonzoso tren. Esos políticos que ni siquiera tuvieron la humanidad de dar la cara, de pedir perdón, de ir a visitar a las víctimas en los hospitales, de usar la cadena pública de la que tanto abusan cada semana para sus anuncios electoralistas.

Son treinta años de escasa inversión en infraestructuras, de dar dinero público a empresarios amigos sin casi ejercer control, de mala y negligente gestión, de no tomar medidas eficientes que permitan poner pilares sólidos sobre los que construir una Argentina seria, competitiva y abierta al mundo.

El otro nacionalismo

Algo que duele especialmente del actual Gobierno argentino, que se llama “popular” y que dice gobernar en nombre de esos humildes trabajadores a los que condena a subirse cada mañana en vagones o en autobuses que ponen en riesgo su seguridad.

Tantas veces he discutido con amigos sobre el error que es invertir millones de pesos de dinero público en subvencionar la emisión de los partidos de fútbol en televisión o las carreras de coches – programa que, paradójicamente, iba a presentar la presidenta argentina ayer en cadena nacional – cuando hay necesidades más imperiosas que sacar poder a los medios de comunicación que no son afines.

Tantas veces he argumentado que todo esto de las Malvinas es una cortina de humo para ocultar graves problemas, como que la economía argentina está perdiendo fuelle, y que el auténtico amor por el país, por la tierra y por su gente no se demuestra cantando estúpidas consignas contra los ingleses, sino aquí y ahora, trabajando de forma colectiva, de forma seria, por una vida más digna para todos.

Volar para contarla: pinchazo y aterrizaje de emergencia en Somalia

18 febrero 2012

El avión avanzó por la pista de tierra del aeropuerto de Galkayo con paso torpe, atropellado, balanceando aparatosamente las alas mientras luchaba por alcanzar velocidad. Según nos dirían más tarde los pasajeros, en algún momento del carreteo se escuchó una fuerte explosión que hizo que se miraran unos a otros atemorizados. Ni los pilotos, ni yo que iba con ellos en la cabina, percibimos el estruendo. Afortunadamente.

Pilotos kenianos tras doce horas de volar por Somalia. Foto: HERNÁN ZIN.

Lo que sí hicimos fue respirar con alivio cuando aquella ciudad perdida en el centro de Somalia, dada a los secuestros y a la violencia como pocas, comenzó a transformarse en apenas una lejana mancha contra un fondo árido, y frente a nosotros, en el horizonte, se fue perfilando el vasto continente africano.

Nos informó del pinchazo Peter, el ingeniero de vuelo. Me tuve que poner de pie para que pudiera entrar en la cabina. “El neumático quedó inservible. Habrá que cambiarlo cuando estemos en tierra”, afirmó en inglés con acento keniano. “¿De qué lado está?”, preguntó Charles Waruru, el capitán. “Del derecho”.

Acto seguido, Waruru cogió el intercomunicador, carraspeó para aclararse la garganta y se dirigió al pasaje: “Señoras y señores, como muchos de ustedes ya han notado hemos sufrido un leve percance al despegar. No hay nada de lo cual preocuparse. Por razones de seguridad no volveremos a Galkayo sino que nos dirigiremos al aeropuerto de Wajir, donde cambiaremos el neumático averiado…”

Debo confesar que la alocución del piloto se me hizo eterna mientras trataba de vislumbrar si bajo aquel tono cordial, de profesional en control de la situación, había algo que debía inquietarme. Alguna sutil grieta de temor. Apenas concluyó, con el habitual “que tengan un buen viaje”, se lo pregunté.

- Tenemos dos neumáticos – me dijo sonriente -. Dos de cada lado. Así que a menos que se pinche otro, todo debería ir bien.

Razones para confiar en Charles Waruru no me faltaban. Desde las siete de la mañana habíamos estado aterrizando, despegando y volando por buena parte de la geografía septentrional de Somalia: Hargeisa, Garowe, Bosaso, Galkayo, y ahora Wajir para luego seguir camino rumbo a Nairobi. Un trayecto que realizaba dos veces por semana arriesgándose a sufrir atentados o ataques en un territorio que lleva nada más que veinte años en guerra civil.

Morteros en Mogadiscio

De los ataques fue uno de los temas sobre los que más hablamos a lo largo de las doce horas que pasé en la cabina junto a él y a su copiloto, un corpulento sij keniano llamado Raju, que también desprendía calma y profesionalidad. En un momento pensé que, de sufrir un accidente, alguien tendría que sacar lo que quedase de mí de entre esos dos hombres con los que estaban encerrado en la cabina. En un espacio tan pequeño y entre medio de tanta palanca de metal y reloj, no iba a ser una labor sencilla.

- Estábamos aterrizando en Mogadiscio cuando el controlador aéreo nos empezó a gritar: “Marchaos, marchaos”. Y se quedó en silencio – se había arrancado a contar un par de horas antes Waruru, al poco tiempo de dejar atrás Bosaso, cuna de la piratería en Somalia -. Pero ya era muy tarde para remontar el vuelo, teníamos la ciudad enfrente, así que continuamos avanzando.

En ese avance les cayó primero un mortero a la derecha, y luego a la izquierda.

- Nos dirigimos rápidamente al aparcamiento para que subieran los pasajeros y otro disparo de mortero cayó en la pista. Pasamos mucho miedo. Todos corrían.
Cuando el pasaje estuvo completo cerramos la puerta y nos fuimos.

En Mogadiscio la pista corre paralela al océano y a la ciudad. Esto obliga a los aviones a tratar de permanecer el mayor tiempo posible sobre el agua antes de girar bruscamente para dirigirse al aeropuerto. Estrategia que hasta en un momento dejó de ser útil: cuando los insurgentes de Al Shabab comenzaron a aguardar en botes, con sus RPG en alto.

Waruru sostiene que les han disparado en docenas de ocasiones, pero que aquella fue sin dudas en la que más cerca estuvieron de no contar la historia. Raju asiente. Como precaución, lo que hacen es evitar volar por encima de pueblos y ciudades antes del aterrizaje, pero siempre hay un momento vulnerable por más maniobras que realicen.

- Que te dispare Al Shabab es una cosa, pero alló donde no está Al Shabab también te disparan. Yo creo que es por diversión. Jóvenes que ven pasar un avión y se retan a ver quién le da. ¿Puedes? Y quizás apuestan algo. Este un país salvaje, con muchas armas, muchos años de guerra y sin ley.

Volar para contarla: sobre cómo aterrizar sin que te secuestren en Somalia

12 febrero 2012

Si esperabas aprovechar la parada para bajar a estirar las piernas, ir al baño y comprar algún souvenir o perfume en las tiendas libres de impuestos, lamento decirte que el aeropuerto de Galkayo te resultará lastimosamente decepcionante.

Los restos oxidados de un avión de Garowe Airlines, un par de contenedores al final de una pista de tierra, una larga fila de todoterrenos de ONG, tipos con AK47 allí donde mires… y el encargado de seguridad del aeropuerto que apenas asomas la cabeza y empiezas a bajar la escalera te grita desde la pista: “¿Qué haces? ¿Quieres que te maten? Guarda la cámara. Vuelve a tu asiento”.

Con el piloto Charles Waruru (izquierda) y el resto de la tripulación tras aterrizaje de emergencia por un pinchazo sufrido al despegar de Galkayo, Somalia.

Atontado por el resplandor de un sol inmisericorde que se refleja en el fino manto de arenisca ocre que en esta parte del mundo todo lo cubre, ni tiempo te da para preguntar a cuánto venden la nueva fragancia Eau de Somalia de Thierry Mugler. Así de amigable y entrañable es el sitio.

Una llamada a la suerte

Lo que te cuenta el piloto en la cabina, mientras ves cómo los pasajeros que van a subir al avión son cacheados al comienzo de la pista, tampoco ayuda a acrecentar tu cariño por el aeropuerto de Galkayo.

“Es el peor lugar para aterrizar en Somalia”, arranca el capitán Charles Waruru, que conoce como pocos el trasfondo de la actividad aérea del país. No en vano vuela allí dos veces por semana para el Programa Mundial de Alimentos. “A medida que nos acercamos, cada veinte minutos llamamos a nuestro hombre en tierra para que nos diga cómo está la seguridad. Uno de nuestros mayores miedos es a los secuestros”.

¿Y si el hombre que está en tierra – porque en la torre de control no está ya que el aeropuerto no tiene, al igual que free shop – fuese a su vez amenazado con armas para hacerlos aterrizar?

“Lo mismo que si nos esperan entre los arbustos, poco podemos hacer”, explica Waruru. “Ya ocurrió hace dos años, unos pilotos estaban por aterrizar, les dijeron que no había problema, y apenas tocaron tierra aparecieron unos tipos de la vegetación y se los llevaron. Nueve meses permanecieron prisioneros”.

- ¿De qué nacionalidad?

- Kenianos, creo. Un vuelo de la Unión Europea. Terrible.

Entre piratas y terroristas

Situada en la frontera entre las regiones semiautónomas de Puntland – famosa por ser la cuna de la piratería en Somalia – y Galmudug, la ciudad de Galkayo sufre el acoso tanto de los insurgentes-terroristas de Al Shabab como de diversos señores de la guerra y milicias irregulares.

La lista de secuestros que han tenido lugar en Puntland, y en particular en la zona de Galkayo, es extensa. Desde el periodista francés Gwen Le Gouil en 2007, pasando por la médico española Mercedes García y la enfermera argentina Pilar Bouza que trabajaban para MSF aquel mismo año, y el fotógrafo gallego José Cendón en 2008, hasta el más reciente de un danés y una estadounidense que estaban desactivando minas para el Danish Demining Group (DDG) en octubre de 2011 en las inmediaciones del aeropuerto de Galkayo.

Los pasajeros empiezan a subir al avión. Marie Mumu, la azafata, les da la bienvenida. La mayoría son cooperantes extranjeros. Llegan congestionados por el bochorno y el polvo, sin aliento, con el pasaje en la mano, pero algo me indica, quizás cierto gesto de distensión, quizás cierta sonrisa reprimida, que están contentos de salir finalmente de Galkayo. Eso sí, no lo harán sin llevarse un buen susto final, que nada es fácil en Somalia.

Volar para contarla: los peligros de aterrizar en Somalia

06 febrero 2012

Volar para contarla es una sección de este blog que se originó en junio de 2008 en la terminal número dos del aeropuerto de Dubai. Exactamente en el momento en que levanté la cabeza y descubrí en la pantalla que los primeros vuelos de la mañana tenían como destinos nada más y nada menos que Kabul, Mogadiscio, Bagdad y Peshawar. Quizás fuera por el cansancio del viaje desde Madrid, pero comprar un pasaje al azar en aquel sitio o jugar a la ruleta rusa parecían casi lo mismo.

Pilotos mexicanos del PMA a punto de partir hacia Mogadiscio, Somalia (HERNÁN ZIN)

Fue entonces cuando me pregunté qué clase de gente es la que toma esos vuelos. Y lo que descubrí a mi alrededor, y luego en el autobús hacia la aeronave, fue una curiosa amalgama de personal humanitario, efectivos militares, diplomáticos, contratistas-mercenarios y resignados habitantes del lugar.

Si a esto le sumamos los eventuales terroristas – que según la prensa se desplazan desde Europa y EEUU a Dubai para luego ir a luchar a lugares como Somalia – cada pasaje de cada avión constituía una suerte de resumen, de síntesis, de los protagonistas de esas guerras.

Pilotos rusos

Después llegó el momento verdaderamente revelador, que terminaría de modelar la idea que daría vida a Volar para contarla: bajé del autobús, me puse en la cola antecedido y sucedido por dos tipos barbudos vestidos con idénticos salwares blancos y gorro de lana estilo ensaimada, y vi cómo el piloto – un enorme ruso con la camisa abierta y cadena de oro sobre el pecho – le daba patadas con la punta de los pies a los neumáticos para comprobar si tenían suficiente presión.

Allí surgió la pregunta que daría vida a esta sección: ¿Quiénes son los pilotos que cada día se la juegan para volar a zonas en guerra?

La historia de aquel avión, perteneciente a la compañía Pamir Airways – sobre el que escribí fascinado por la tarde, apenas llegué a Kabul, al igual que mi admirado compañero Mikel Ayestaran -, nunca encontró sitio en Volar para contarla porque se estrelló dos años más tarde en el norte de Afganistán.

Tenemos dos ruedas

Pero sí lo han hecho muchas otras que hemos ido contando en esta sección. Una forma asimismo de tratar de entender cómo funciona esa otra industria de la aviación, la que casi nunca vemos, la que se desplaza por países no sólo en guerra sino casi ausente de infraestructuras, la que mueve por el mundo tanto sea ayuda humanitaria como armas, drogas o especies protegidas.

Una sección de este blog que hace un par de años comenzó a convertirse en un documental cuyas historias he estado desgravando y subtitulando estos días en Buenos Aires. Un documental, a medio hacer – otro más en la lista – del que rescataré uno de los testimonios que más me ha gustado: el del piloto keniano Andrew Waruru.

Un personaje en toda regla al que acompañé a través de Somalia. Extraordinario por su compromiso ético, por su valentía y por su sentido del humor. Basta decir que cuando se nos pinchó un neumático al despegar de la ciudad de Galkayo, me dijo riendo a carcajadas: “No te preocupes, tenemos dos”.