Hace poco me invitaron a asistir a una conferencia en la que una serie de periodistas africanos congregados en Madrid iban a “criticar” la labor informativa que en España realizamos sobre este continente. El título tenía un deje literario: “Si hablas de nosotros”.

Un periodista somalí identifica el cuerpo de su compañero, Abdisalan Sheik Hassan, asesinado el 18 de diciembre en Mogadiscio. Foto: AP
No asistí porque me pareció una iniciativa lastrada por cierto buenismo, por esa suerte de discriminación positiva que al final consigue todo lo contrario de lo que se propone: señalar, resaltar, dar una consideración especial, a determinado colectivo al tiempo en que proclama querer tratarlo con normalidad y en condiciones de igualdad.
¿Por qué me iba interesar “especialmente” la opinión de un periodista africano sobre mi trabajo? Me interesa lo mismo que la opinión de un camboyano cuando hago un reportaje sobre Camboya o que un brasilero cuando hablo de Brasil.
Y sólo si el periodista conoce en profundidad el tema, es un buen profesional y gozamos de confianza. En general, lo que me importa es el juicio y la mirada de las personas cuyas historias estoy contando.
Trabajo codo a codo
Además hay otra consideración importante: no sólo los españoles que están ahora en la zona en la que habitualmente me muevo, el Cuerno de África, realizan una magnífica labor, cargada de matices– hablo de jóvenes como Eduardo Molano y José María Calatayud que viven en Nairobi -, sino que nuestro trabajo sería casi imposible sin la colaboración de los periodistas locales.
Esos periodistas locales que tantas veces comparten con nosotros sus agendas; que nos explican quién es quién y por qué intereses reales se mueve; que muchas veces nos hacen de traductores y guías. Lo queramos o no, la mirada del reportero autóctono casi siempre está.
Por otra parte, en este mundo cada día más interrelacionado, buena parte de la información de las grandes agencia internacionales ya la realizan los propios periodistas del lugar. Somalia, destino habitual de este blog, es uno de esos países en el que los ojos que cuentan la noticia son autóctonos salvo reportajes puntuales como Los señores de la guerra.
Otro año de violencia
En no pocas ocasiones he escrito sobre estos profesionales y los riesgos que corren. Nosotros nos vamos; ellos se quedan. Son fáciles de localizar. Y desarrollan su labor en sitios donde la ausencia del Estado, o la perversión y corrupción del mismo, los coloca en una situación de extrema vulnerabilidad.
Recordemos por ejemplo a Didace Namujimbo, de Radio Okapi, que fue quien nos orientó en 2008, durante nuestro primer desembarco en la República Democrática del Congo. Apenas tres meses más tarde, hombres armados lo asesinaron en la puerta de su casa en Bukavu. Era así el segundo reportero de la emisora en perder la vida. Meses antes habían matado a Serge Maheshe.
Otro año más, en los informes sobre el número de profesionales muertos de la información, los periodistas como Didace encabezan la lista. En total, según Reporteros Sin Fronteras, han muerto 66 periodistas (un 16% más que los 57 de 2010). Pero más nos importa el análisis del Comité para la Protección de Periodistas (CPJ), que profundiza en el perfil de los 45 reporteros asesinados por causas ya comprobadas y relacionadas con el ejercicio de su trabajo.
El 84% de los muertos fueron compañeros locales, contra un 16% de extranjeros. Más allá de los lugares comunes, lo cierto es que el 60% perdió la vida mientras cubría noticias políticas, y apenas el 20% en conflictos armados. Un 33% era freelance. Un 98% eran hombres. Y el 100% de los casos, atención, ha quedado impune. Pakistán, Irak, Libia y México son los lugares más peligrosos para ejercer este oficio.
De Tanzania a Somalia
Dos de los periodistas locales con los que he trabajado este año han sufrido agresiones. Frederick Katulanda en la ciudad de Mwanza, Tanzania, al que le dieron una paliza por investigar un caso de corrupción en el gobierno local. Y más recientemente Abdi Aziz Mohamed, conocido como “África”, un periodista nacido en la capital somalí. En varias ocasiones, Al Shabab puso precio a la cabeza de este reportero de Radio Mogadiscio que casi no abandona la emisora por miedo a lo que le pueda pasar.
Justamente el último periodista asesinato de un periodista este año tuvo lugar en Somalia. Abdisalan Sheikh Hassan, colaborador freelance de la cadena Horn TV, recibió un disparo en la cabeza mientras viajaba con su coche por Mogadiscio, a plena luz del día. Al parecer, a raíz de la cobertura que realizado de una muy tensa cesión del Parlamento de Transición, había comenzado a recibir llamadas de amenaza.
Y esa es la causa de la mayor muerte de periodistas en el mundo. No la guerra como podría parecer. Sino cuando interfieren con los negocios turbios de algún poderoso local.





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