En la sala de pediatría del hospital Benadir de Mogadiscio apenas se escuchan llantos. Tan devastador es el efecto del hambre en los niños que dan la impresión de poner todas sus energías en el más elemental y necesario de nuestros actos: respirar.
Un niño se cae de la cama. Su padre lo abraza y lo levanta. La cabeza del pequeño cuelga como un peso muerto, como una marioneta a la que le han cortado los hilos.
Moscas. Ojos entrecerrados, con las pupilas en blanco. Bocas abiertas. Bolsas de suero de las que salen tubos que terminan en los brazos de los niños. Colchones de cuero agrietado. Más moscas.
Uno de los médicos del hospital, Abdul Hassan, nos dice que en aquella sala mueren cada día dos niños como consecuencia de la malnutrición. De barba larga y pelo cortado al raz, es un voluntario que ha llegado desde Jartum, Sudán. Utiliza un traductor, un joven estudiante de medicina somalí, para comunicarse con la gente.
La mayor parte de los cooperantes que hemos encontrado estos días, y que venían en el avión desde Nairobi, son de países musulmanes. Los turcos dirigen el campo de desplazados próximo al aeropuerto. Azerbaiyán firma la ayuda que se entrega a las tiendas en Sayidka. Los egipcios reparten comida en los suburbios de la ciudad. Antes sólo veías a occidentales al frente de estas labores.
Tiene que ver con la seguridad, con el caos que impera en esta ciudad, pero quizás se trate de otro signo del cambio que está experimentando nuestro mundo, de esta nueva etapa multipolar, donde los países del sur ya están teniendo mucho que decir y que hacer en los asuntos globales, con Turquía como referente y modelo a seguir de los países árabes.
De España, como siempre destaca el trabajo de Médicos Sin Fronteras (MSF), que lleva años desarrollando una extraordinaria labor en Somalia, y que cuenta con su propio hospital en Mogadiscio.
Los familiares que acompañan a los niños en la sala de pediatría del hospital también parecen absortos, extenuados. Nos cuentan que han tardado días para llegar desde las zonas controladas por Al Shabab hasta la capital en busca de ayuda.
Y sabemos bien, por lo que hemos visto en estas jornadas de rodaje en Mogadiscio, que inclusive el tránsito por la propia ciudad les debe haber sido muy complicado. Puestos de control, escaramuzas, hordas de militares y paramilitares armados que avanzan a toda velocidad en sus camionetas, ataques espóradicos con granadas, bombas caseras. No es un lugar fácil para recorrer por unos campesinos que lo han perdido todo como consecuencia de la sequía y que llevan a su hijo enfermo, moribundo, a cuestas.
Una ocasión no vana para recordar la obra del premio nobel Amartya Sen, que en sus estudios de las principales hambrunas del siglo XX demostró que en todas ellas había suficientes alimentos. El problema era el acceso de la gente a estos recursos, bloqueado como consecuencia de las luchas de poder. Los niños, los ancianos, los pobres, los marginados, los vulnerables, como víctimas al igual que hoy en el hospital Benadir.









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