Archivo de agosto, 2011

Preparando las maletas para volver a África

31 agosto 2011

Llegan a su fin estos dos meses de inmersión en el complejo mundo de las barras bravas argentinas. Una inmersión que comenzó el 26 de junio, con los desmanes y destrozos que siguieron al descenso de River Plate a la Segunda División, y que me permitió conocer este fenómeno desde una proximidad que no atisbaba en un principio.

Espero poder volver a finales de año a Buenos Aires para continuar este trabajo de investigación. Como toda labor en proceso, hay detalles y reflexiones que aún no he podido compartir. Cuestión de tiempo.

Otra vez a hacer la maleta. El destino, África. Regreso al continente que tanto hemos fatigado en estos cinco años de blog y en el que estuvimos por última vez en mayo y junio para retratar de primera mano la terrible situación que padecen los albinos tanzanos.

¿Dónde en África? Libia es una opción que me seduce enormemente, pero este blog nació con la vocación de estar en los lugares donde no abunda la prensa, en los conflictos olvidados que tanto cuesta que encuentren espacio en los medios tradicionales, y así permanece.

No, el destino es Somalia. Aún no está plenamente confirmado, pero espero estar allí en poco tiempo más. Desde que pasé en noviembre del año pasado por Mogadiscio aún no he conseguido poner nuevamente los pies en la capital somalí, y eso que era una de nuestras prioridades.

Parece que ahora, con la salida de Al Shabab de la capital, las puertas no están tan cerradas como antes. Sin embargo, en el estado fallido por antonomasia, la situación puede cambiar de un día a otro. Una situación que, como hemos ido narrando en estas páginas, se muestra más desesperada que nunca debido a la hambruna.

De cánticos y racismo en las tribunas

28 agosto 2011

Faltan dos horas para el comienzo del partido entre Boca Juniors y Newells Old Boys, pero ya algunos hinchas pueblan la popular. Al ver que los integrantes de las inferiores del club xeneize saltan al campo para medirse con sus pares del equipo local, uno de los fanáticos avanza hasta la alambrada y les dedica un caluroso y elegante saludo de bienvenida: “Bolivianos putos”.

Hinchadas de Atlanta en Villa Crespo. Junio 2011. (HERNÁN ZIN)

Gentilicio que encuentra eco en las gradas, cuando otros hinchas repiten “bolivianos, bolivianos”, y que lo encontrará aún más cuando comience el partido oficial y miles de personas canten al unísono: “bolivianos, bolivianos”.

No es extraño que se coree y grite este calificativo en los estadios en que juega Boca Juniors, pues existe la creencia de que muchos de sus seguidores son inmigrantes del país del Altiplano. Se utiliza, por supuesto, de manera pretendidamente despectiva. A veces los blancos de estos cánticos son paraguayos y peruanos.

Contra los inmigrantes

En marzo de 2009, la barra de Independiente desplegó banderas de Bolivia y Paraguay con el número 12 en el centro, en referencia al nombre de la hinchada de Boca Juniors: la Doce. El árbitro del encuentro, Sergio Pezzota, no detuvo el encuentro. El mismo colegiado que, como ya vimos en estas páginas, fue coaccionado por los barras bravas de River Plate en el partido que lo llevó a la segunda división en junio.

Además de protestas de la embajada de Bolivia a la AFA, el hecho hizo que la jueza Elsa Miranda ordenara la identificación de las personas que llevaban las banderas. Pero el caso no progresó ya que el fiscal Luis Cevasco sostuvo que se trataba de una “burla” y no una violación a la ley contra la discriminación.

El cuestionable razonamiento de Cevasco es el mismo que empleaban quienes intentaban mirar hacia otra parte mientras en algunos campos españoles Samuel Eto’o vivía su particular calvario cada vez que tocaba un balón o se disponía a patear un corner. Implica que se trata más de una provocación al rival que un reflejo de racismo.

Jabones y esvásticas

Dos semanas antes, cuando me tocó seguir a la barra brava de Atlanta en su estadio de Villa Crespo, en la ciudad de Buenos Aires, me comentaron que algunas aficiones rivales solían gritarles “judíos”. Pero no sólo eso, además inventaban cánticos relacionados con el holocausto.

Como quitando hierro al asunto, un aficionado me comentó que la hinchada solía responder con un estribillo irreproducible aquí en el que “los rusos”, como se llama a los judíos en la jerga argentina, sodomizaban a los contrarios.

Otro aficionado me habló de un incidente en el que los jugadores fueron recibidos con una lluvia de jabones en el campo. Me pareció tan inverosímil que hasta que no encontré referencias a ello en Internet me costó creerlo.

Sucedió en el año 2000. Los barras bravas de Defensores de Belgrano recibieron a Atlanta, club identificado con el colectivo judío, arrojando pequeños jabones. El árbitro no suspendió el partido, aunque así lo tendría que haber hecho de seguir el reglamento de la AFA. Sólo después, el club recibió una multa. En el año 2003, la sanción económica le tocó a All Boys por una bandera en la que se leía “Yo nazi en Floresta”.

En el caso de Defensores de Belgrano, la paradoja se da en que la barra brava se sitúa en una tribuna que lleva el nombre de Marquitos, un joven judío desaparecido durante la última dictadura militar, hijo del actor Marcos Zucker.

La coreografía del poder en las tribunas

26 agosto 2011

Los capos de la barra manejan con precisión el ritmo de su peculiar coreografía. Inmersos en el enfurecido redoble de los bombos, a espaldas de la multitud que ya puebla las gradas, aguardan hasta que llegue el momento exacto para entrar en escena.

La popular de Newells Old Boys desde el paravalanchas central. Partido contra Boca Juniors. Agosto 2011. (HERNÁN ZIN)

Cantan apasionados, enardecidos, pero en el fondo no hacen más que esperar con paciencia a que llegue la señal. Agotan hasta el último instante sabedores de que parte de su ascendiente sobre el resto de la hinchada radica en el control de los gestos.

Y la señal llega. Y se ponen en marcha ataviados con sus gorras de colores, su voluminosas cazadoras y sus banderas. Avanzan con lentitud, peldaño a peldaño. A su paso, la multitud se abre mansa. Los hinchas los alientan, los saludan. “¡Vamos todavía!”. Cae una lluvia de papel picado y el rugido de la gente y de los bombos se vuelve ensordecedor. El equipo salta al campo.

Al llegar al paravalanchas central ocupan sus posiciones. Trepan y se paran sobre esa barra de hierro en la que se columpiarán durante noventa minutos. A sus pies, un mar de gorros, de globos y de banderas que corren hacia la alambrada.

Desde allí dirigen los cánticos y movimientos de la barra. Ven el partido con claridad. Si el rival se acerca a la propia portería, entonces las estrofas se vuelven más rápidas y punzantes. Debe sentir la presión de la turba en la nuca. Si el partido entra en un valle, se ralentiza en el medio del campo, entonces entonan himnos de frases largas.

De fieles y adversarios

Si algo aprendí en estos meses de acompañar a las barras bravas del fútbol argentino es que la apretada multitud que a la distancia parece caótica, en realidad responde a una puesta en escena más organizada y sincronizada de lo que se podría creer. Un orden que habla de la repartición de poder en la hinchada.

En el paravalanchas central se posicionan los capos de la barra brava. En los paravalanchas que los rodean están los grupos más fieles y afines. Son como una suerte de muro de contención, de guardia pretoriana, en caso de que alguien intente disputarle el poder a los jefes. Mientras mayor es la distancia del centro, menor es la importancia que se tiene.

Los diversos grupos suelen estar armados por zonas, por barrios, desde los que coinciden quienes vienen a ver el partido. En el juicio al que asistí por la muerte de Gonzalo Acro, y cuya sentencia será emitida el próximo 5 de septiembre, los abogados hablaban abiertamente de estas células de la barra: los de “Zona Norte”, los de “Congreso”.

Así, la disposición en las gradas habla de la internas que en los últimos años han sido las que más violencia han causado en el fútbol argentino, ya que la disputas entre barras rivales ha descendido desde que la policía las obliga a ingresar por sectores distantes y las acompaña en el camino, y desde que la Segunda División no tiene hinchadas visitantes (estrategia esta última a la que la Asociación del Fútbol Argentino ha decidido renunciar días atrás).

Un despliegue de símbolos, una organización en el caos, que – cuando se trata de las barras bravas – no es más que una representación de la geografía del poder en las gradas.

Colgados del alambre: los niños del tablón

24 agosto 2011

Entre el ensordecedor estruendo de los bombos, el olor a marihuana y a sudor; y la apretada multitud que salta, que baila, que se empuja, haciendo que el suelo tiemble bajo nuestros pies; descubro las siluetas de los niños que se suceden a los pies de las gradas, contra la alambrada que nos separa del campo de juego. Siluetas recortadas por la poderosa luz de los focos que se levantan en los cuatro extremos del estadio de Newell’s Old Boys, en la ciudad argentina de Rosario.

Niña en la alambra de la popular del estadio de Newell's Old Boys. Partido contra Boca Juniors. Agosto 2011. (HERNÁN ZIN)

Me abro paso entre los muchachos, bajo peldaño a peldaño eludiendo las banderas que se estiran entre los paravalanchas, y allí los encuentro a los niños, colgados de los alambres. Algunos a varios metros de altura sobre ese suelo plagado de plásticos rojos y negros, anegado de vasos vacíos de gaseosa y papeles.

Espectadores en primerísima fila del choque que tuvo lugar este domingo entre los jugadores de Boca Juniors, liderados por Riquelme, y el equipo de “La lepra”, que es como se conoce a Newell’s Old Boys o, como lo escriben algunos medios rosarinos para felicidad de la RAE, Ñuls.

Solos en la cancha

Es uno de los aspectos que más me ha llamado la atención de estos dos meses que llevo siguiendo a las barras bravas del fútbol argentino: la cantidad de niños que pululan solos por los estadios, que observan fascinados el partido, que se mezclan y confunden con la multitud enfervorizada, poseída por la pasión por los colores, por el poder que da la acumulación de tantas almas en tan poco espacio, por la entonación masiva del estribillo de una misma canción, y, a veces también, por la violencia.

En esta noche fría, cerrada, más aún me desorienta la presencia de esos niños solitarios. “Son chicos del club, son socios, que les gusta venir a la cancha”, me explica un hombre en las gradas mientras observa la bengala que arde al otro lado del campo, en la popular en la que se aprieta la barra brava de Boca Juniors, la famosa Doce.

Hamacas de plástico

Llega el entretiempo. Los niños se bajan del alambre. El partido va igualado: cero a cero. Se sientan en las gradas, conversan. Uno de ellos, que se llama Mariano, arregla los plásticos – los anuda y estira concienzudamente – que ata a los alambres y usa a modo de hamaca para no cansarse. Son los plásticos que usan los hinchas, de forma oblonga y henchidos de aire, para saludar al equipo cuando entra al campo, segundos antes de que baje el gran telón de 800 kilogramos con forma de camiseta de Ñuls que cubre la popular.

Cuando el locutor anuncia por los altavoces que el encuentro está próximo a reanudarse, entonces Mariano trepa por los alambres, cuelga los plásticos y se sienta. Docenas de niños hacen lo mismo. Algunos tienen apenas cinco o seis años de edad.

Marihuana

Un perro pasa corriendo entre las bolas de plástico. Otro espectador inesperado. Lleva en las gradas desde antes que empezara el partido. Los barras bravas lo han bautizado “Marihuana”. Me dicen que está en todos los partidos, que es un perro del club. No se asusta ni por los bombos ni por los gritos de los hinchas. Me recuerda al can que vivía en la base de los soldados de EEUU en el valle afgano de Tagab, sobre el que escribí en su tiempo en este blog. Ni las bombas ni los disparos lo amedrentaban.

Marihuana se detiene. Levanta la cabeza hacia donde están los niños colgados de los alambres. La tribuna se queda en en silencio, absorta, inmóvil. Boca Juniors acaba de marcar un gol.

Historia del hambre en el Cuerno de África

20 agosto 2011

Desde el siglo XVI, los colonizadores árabes y europeos fueron dejando constancia de las hambrunas que de manera recurrente asolaban al Cuerno de África.

omalia está sufriendo la peor hambruna en 20 años y 3,7 millones de personas corren el riesgo de morir por inanición. (Jakob Dall / REUTERS)

En tiempos más recientes, entre 1888 y 1892, la Gran hambruna etíope terminó con la vida de un tercio de la población del país. A la muerte del 90% del ganado como consecuencia de una epidemia de peste bovina que llegó desde la India, se le sumó la sequía provocada por una oscilación del caudal del Nilo y un brote masivo de viruela y otro de fiebre tifoidea.

La siguiente hambruna de vastas dimensiones tendría lugar en la región etíope de Tigray, en el año 1958. Puso fin a la existencia de más de 100 mil personas.

El Cuerno de África volvió a ser golpeado con fuerza por una crisis alimentaria en 1973. Entre 40 y 80 mil individuos perecieron en el norte de Etiopía. La mayoría eran agricultores oromo y pastores afar (como los que retratamos en este blog en nuestro paso por el país en 2007, cuando el hambre también los había llevado a una situación desesperada).

Esta crisis daría la excusa a un grupo de militares comunistas conocidos como Derg para levantarse contra la figura despótica y retrógrada del emperador Haile Selassie, que sería depuesto y ejecutado a los 83 años de edad. El llamado “Rey de reyes”, el mesías de los rastafaris – que Kapuscinsky retrataría en “El emperador”, libro que lo dio a conocer a nivel internacional -, había llegado al poder en 1930.

Hambruna con alimentos

El bengalí Amartya Sen, premio Nobel de Economía, estudió exhaustivamente esta hambruna en su extraordinaria obra “Poverty and Famines”. Intentaba demostrar que, al igual que sucediera en la Gran hambruna bengalí de 1943, en las crisis del Sahel y de Bangladesh de los años 70, la disminución en la oferta de alimentos no había sido la razón de estas catástrofes. Había comida pero la gente no podía acceder a ella.

Uno de los líderes de aquella junta militar, Hailé Mariam Mengistu, llegó a la presidencia de la República Democrática Popular de Etiopía en 1987. Aliado de la Unión Soviética, instauró un régimen brutal y autoritario conocido como el Terror rojo. Seguía al frente del país cuando se desató la hambruna que mataría a más de un millón de personas entre 1984 y 1985. Los experimentos colectivistas que llevaba años realizando fueron en parte responsables de aquel desastre.

Una que hambruna que tuvo su epicentro en Wollo y Tigray y que saltó a la primera plana de las televisiones mundiales debido a las campaña mediática emprendida por Bob Geldorf en el Reino Unido a través de Live Aid. La cifra de muertos superó el millón.

Después vendría la polémica por el uso de la ayuda extranjera por parte del gobierno de Hailé Mariam Mengistu, que estaba en guerra con los rebeldes del norte del país. Robert Kaplan, en su libro “Rendición o hambre”, da cuenta de forma minuciosa de lo sucedido en aquellos tiempos.

Operación dar ayuda

En 1991 le tocó el turno a Somalia. La caída del dictador Siad Barre empujó al país a la guerra civil. La estrategia de “tierra quemada” de los clanes fue la que empezó a provocar el hambre que mataría a 200 mil personas.

En agosto de 1992, los EEUU intervendrían militarmente para asegurarse de que la ayuda no quedase en mano de los señores de la guerra. Empezaba la operación Provide Relief, que sería un fracaso de tales proporciones para Bill Clinton que en 1994, el presidente demócrata evitaría intervenir para detener el genocidio de Ruanda.

En los últimos años se han sucedido las sequías y hambrunas puntuales en Somalia, Kenia, Etiopía y Eritrea, pero nada semejante a la catástrofe alimentaria que hoy tiene como zona cero a la región somalí de Baja Shabelle y que ya anunciamos en estas páginas en el mes de marzo. Al repasar la situación de caos, vacío de poder central y violencia en Somalia, no se puede más que coincidir con Amartya Sen en que no hay mejor remedio para el hambre que la paz y la democracia.

La liberación de Mogadiscio

08 agosto 2011

Las milicias de Al Shabab han abandonado Mogadiscio rumbo a Merca y otras ciudades del sur del país. Una excelente noticia para el presidente Sharif Ahmed y su Gobierno Federal de Transición, para las tropas de la AMISOM, para la comunidad internacional y, sobre todo, para los habitantes de la capital de Somalia que llevan ya cuatro años sufriendo los abusos de los integristas y las brutales consecuencias de la guerra.

Soldados de AMISOM en Mogadiscio (Reuters)

¿Por qué decidieron salir de Mogadiscio, donde, como vimos en nuestro paso por la devastada urbe en el mes de noviembre, tenían un vasto control? Suyos eran los barrios del norte y el mercado de Bakara, importantísima fuente de recursos para la financiación de la guerra. Sin contar con el dominio absoluto que tienen en el sur del país.

La respuesta no es sencilla, como nada lo es en Somalia, pues son varios los escenarios que parecen haberse puesto en su contra a lo largo de los últimos meses.

La guerra

Desde que la Unión Africana lanzara una vasta ofensiva el 18 de febrero, Al Shabab ha recibido numerosos golpes – muerte de combatientes extranjeros y de altos mandos de la organización – que la han hecho retroceder poco a poco en el mapa de la urbe bañada por las aguas del Índico. Retroceso del que fuimos dando cuenta en las páginas de este blog.

Sin dudas, un éxito para la Unión Africana en su conjunto, que empieza a demostrar que puede hacerse cargo de los asuntos de la región más allá de su paupérrimo presupuesto. Y en lo personal, una victoria para el presidente ugandés Yoweri Museveni, que en plenas elecciones decidió elevar el número de soldados que sumaría a AMISOM.

Tras el atentado perpetrado el año pasado año por Al Shabab en Kampala durante el Mundial de Fútbol, con un saldo de 76 muertos, Museveni podría haber optado por disminuir su contribución a la fuerza de paz de la Unión Africana, que está conformada principalmente por soldados ugandeses. Ellos han sido las principales bajas en estos meses de conflicto junto a sus pares de Burundi.

Un éxito también para el gobierno del presidente Sharif Ahmed, cuyas fuerzas, entrenadas por EEUU y la UE, participaron asimismo de la ofensiva.

Este antiguo miembro de la Unión de Cortes Islámicas ha sufrido no sólo atentados que terminaron con las vidas de varios de sus ministros sino también luchas intestinas en su Ejecutivo, como la que mantuvo con el ahora ex primer ministro Mohamed Abdullahi Farmajo, que dejó el cargo tras el llamado Acuerdo de Kampala, firmado en junio.

En noviembre fuimos testigos del escaso poder que tenía más allá de Villa Somalia, su residencia.

El hambre

La otra razón para la salida de Al Shabab es sin dudas la brutal hambruna que está padeciendo el Cuerno de África, pero especialmente el sur de Somalia, la zona bajo su control. Además de impedir el arribo de asistencia humanitaria, en los últimos días los integristas han estado bloqueando la partida de los refugiados en busca de ayuda.

Todo esto habla de un caos que necesita más hombres para ser controlado, a lo que hay que sumarle la propia presión de los combatientes con respecto a la situación de sus familias. Los integrantes de Al Shabab son en buena parte descastados, ajenos a los grandes clanes.

Si se mantiene el control del gobierno sobre Mogadiscio, las organizaciones no gubernamentales podrán articular mejor su labor de ayuda humanitaria, que hasta ahora se realizaba mayoritariamente desde Nairobi.

Los aviones con alimentos ya no tendrán que arriesgarse a los disparos con RPG desde el agua o el fuego de mortero desde la ciudad cada vez que aterrizan en el aeropuerto Aden Abdullah Osman Daar, escenario de tantos atentados en los últimos años.

El regreso

Quien conozca la historia de estos veinte años de guerra civil en Somalia sabe que se puede estar ante una victoria temporal, efímera; que las milicias de Al Shabab pueden haber optado por replegarse para minimizar los daños y luego regresar. De hecho, ayer seguían los combates en Mogadiscio, de la que se dice que aún controla un 10%.

Algo parecido sucedió en 2006, cuando las tropas etíopes invadieron el país respaldadas por la administración de Washington. Los islamistas de la Unión de Cortes Islámica retrocedieron hacia el sur del país.

No tardaron mucho en recuperar Kismayo, su bastión – que cayó en manos etíopes el 1 de enero de 2007 -, para lanzar luego una contraofensiva. Fue entonces cuando Al Shabab, el brazo armado de los islamistas, se hizo fuerte desplazando a los elementos más moderados y reforzando los lazos con Al Qaeda. Las fuerzas etíopes abandonaron finalmente el país en 2009.

Es posible que la historia se vuelva a repetir. Y que Al Shabab vuelva a Mogadiscio apenas la coyuntura le sea más favorable.

Nuestro paso por Somalia junto al Programa Mundial de Alimentos

04 agosto 2011

El pasado mes de noviembre recorrimos en este blog parte de Somalia de la mano del Programa Mundial de Alimentos (PAM). Estuvimos en Mogadiscio, Hargeisa, Bosaso, Garowe y Galkayio.

En la capital del país descubrimos la extrema vulnerabilidad de los programas de esta agencia: falta de seguridad, escasez de recursos, dificultades en la dirección en la distancia de las operaciones, desde Nairobi (acusaciones de corrupción y favoritismo a la hora de repartir la comida incluídas).

Especialmente en aquel puerto desolado de Moga al que los barcos con alimentos llegan escoltados para evitar la piratería. Puerto por el que caminamos junto al director regional del PAM y al presidente del país bajo la amenaza de los ataques con morteros y los atentados suicida. Todo un símbolo del caos imperante tras veinte años de guerra civil.

Varias crónicas que plasmamos en estas páginas que quizás permitan ahora comprender mejor la complejidad y los desafíos de la operación que se está articulando para llevar ayuda humanitaria a las víctimas de esta nueva sequía – a partir de hoy, con la aprobación de EEUU para todo el territorio – que tantas miles de vidas están poniendo en jaque en el Cuerno de Africa.

Tierra de extremistas

Y peor aún, ya que el epicentro de la sequía está en el sur del país, donde el control de Al Shabab, la milicia islamista vinculada a Al Qaeda, es absoluto al punto de que las organizaciones humanitarias extranjeras hace años que no tienen presencia.

Para ser más precisos en Bakool y Bajo Shabele, donde la ONU declaró la situación de hambruna, algo que no ocurría desde 1992, si bien las crisis alimentarias son cíclicas en el Cuerno de África, y tiene lugar cada dos o tres años, aunque no de esta magnitud. Se estima que medio millón de niños podría perder la vida.

Jeffrey Gettleman informaba ayer en el New York Times que Al Shabab, en otra estrategia que la asocia a los talibanes – como las lapidaciones y la imposición de una versión radical y delirante de la sharia -, está impidiendo que la población huya hacia otras regiones.

Durante los últimos meses hemos estado aguardando los permisos para volver a Somalia. No tuvimos éxito. Parece que en las próximas semanas podremos volver al país.

Entre barras bravas: Atlanta

01 agosto 2011

No es la más fiera ni la más numerosa ni la mejor articulada de las barras del fútbol argentino, pero para quien escribe estas palabras tuvo el interés de ser el estreno en una grada. Entre las banderas, los bombos y los paravalanchas.

Hinchas de Atlanta en la "popular". Buenos Aires, agosto 2011(Hernán Zin)

Llegar allí tuvo sus complicaciones – bastante hilarantes, por cierto -, que describiré en próximas entradas de este blog. Sin embargo, una vez superadas estuvo “todo bien”, como suelen decir en esta parte del mundo en la que el fútbol se vive con más pasión que en ninguna otra.

De pasiones y borrachos

Minutos antes del comienzo del partido, los encargados de la barra despliegan las banderas, llamadas “trapos”, de una punta a la otra de la popular, al tiempo en que una muchedumbre de camisetas amarillas y azules, de paraguas amarillos y azules, de gorros amarillos y azules, sube las escaleras al ritmo de bombos en que se lee “Los bohemios”, sobrenombre con el que se conoce a Atlanta.

Los muchachos se trepan a los paravalanchas, sobre los que hacen equilibrio. Las zapatillas se suceden sobre las barras de metal. Algún tatuaje, con el escudo de Atlanta, en las pantorrilas. Y otros tatuajes similares en los brazos con los que se toman de las banderas a modo de pasamanos.

Arrancan las primeras canciones siempre con voz grave, cadenciosa. Vocales arrastradas con ecos de una multitud que en esta ocasión no lo es tanto, pues se trata de una hinchada bastante reducida, quizás porque el partido se juega en horario infantil: un sábado a las once de la mañana.

Chaca botón, Chaca botón… Señores yo soy de Atlanta y de Villa Crespo, barrio de borrachos y faloperos. Vamos los bohemios, ponga huevos y corazón, que esta hinchada te quiere ver campeón.

Hoy Atlanta se enfrenta a Aldosivi, un club de Mar del Plata, en la primera jornada del Nacional B. Sin embargo, la canción va dedicada a sus máximos adversarios: Chacarita Juniors, con los que tienen una rivalidad que, según me explican, vienen desde los tiempos en el que “Los bohemios” se hicieron con el estadio de los de Chaca. “Botón” en el jerga argentina quiere decir delator, alcahuete.

Lo de borrachos y farloperos no necesita traducción, aunque sí un apunte que me hace Daniel, un buen amigo: “Tenés padres que vienen a la cancha con sus hijos. Y que quizá están toda la semana diciéndole a sus hijos que estudien, que se porten bien. De repente, llega el partido y se ponen a cantar que son borrachos y faloperos. Así de inexplicable es esta pasión”.

Sin dudas, un fenómeno de difícil comprensión. Más aún para alguien como yo, ajeno a toda bandera, religión o filiación política. Del único club del que formé parte en mi vida fue del video club de la esquina de mi casa. Y debo confesar que lo hice con muchos reparos. No compartía la pasión de Miguel, su dueño, por llenarlo de películas de Brad Pitt y Angelina Jolie.

Periodistas y policías

El equipo sale al campo. Vuelan papelitos sobre las cabezas de la hinchada. Arranca un clásico de las canchas argentinas: Vamos campeón, vamos campeón… vamos campeón, vamos campeón. Se supone que los cánticos tienen que acompañar el desarrollo del partido. Cuando el equipo rival está en la propia área, entonces las estrofas deben ser más breves y apasionadas. El contrario tiene que sentir la presión. El aliento en la nuca de la hinchada contraria.

El balón se enmaraña en el centro del campo. Baja la intensidad del encuentro. A lo bombos se le suman trompetas. Cambio de letra y melodía.

Atlanta, mi buen amigo, esta campaña volveremo a estar contigo. Te alentaremos… de corazón. Esta es tu hinchada que te quiere ver campeón…. No me importan esas fotos, que saca la Federal, yo te sigo a todas partes, cada vez te quiero más.

La mención a las fotos de la policía no me hace mucha gracia. Ya algunos muchachos se han dado vuelta, se han tapado la cara o me han mirado con expresión de pocos amigos al verme deambular con la cámara. No, no estoy sacando fotos, sólo saqué mi cámara a pasear y tomar sol.

Esto es sólo el comienzo. La cosa se pone más incómoda aún con el siguiente cántico:

Yo te quiero los Bohe, y no me importa lo que digan, todos los putos de Aldo, el periodismo y la policía.

Avanzo entre las gradas meciendo la cabeza al ritmo de la canción. “Estos periodistas, estos periodistas, qué gente”, murmuro con la vana esperanza de que alguno crea que no lo soy.