Archivo de mayo, 2011

Viaje a la cuna de la humanidad

28 mayo 2011

Supongo que a los pilotos de KLM les gusta madrugar. De otro modo no se explica que pongan un vuelo a las seis de la mañana. Eso, o se les da bien lo de salir de juerga, enlazar las cervezas en los bares de Huertas y seguir de largo. Esperemos que sea la primera opción.

Garganta de Olduvai, Tanzania.

Así que aquí estoy, cuatro y media de la mañana, en el aeropuerto de Barajas. Bonitas horas si eres masoquista o sufres de insomnio. Entre el taxi, los preparativos de último momento del viaje – no encontraba la funda para la cámara de vídeo y me dicen que en Tazania está diluviando -, soy yo el que ha venido sin dormir.

Lo único bueno de esta historia es que seguramente no tendremos los habituales retrasos que tantas decenas de miles de vuelos de conexión y maletas han hecho perder a los sufrientes pasajeros que dejan España a través de la Terminal 1, marginada desde el nacimiento de la espléndida número cuatro.

Mientras espero el avión que me llevará a Ámsterdam, de allí al Kilimanjaro y luego a Dar Es Salaam – en veinte horas, con viento a favor, podré dormir en posición horizontal – tomo algunos apuntes sobre Tanzania.

Juro que no es un corta y pega de Wikipedia. Y sino, que Dios me castigue y que aparezca ahora frente a mí un grupo de pilotos holandeses con cara de resaca.

El origen del hombre

Los antropólogos sostienen que nuestros antepasados más remotos tuvieron su primer hogar en el gran Valle del Rift, esa fractura geológica de 4.830 kilómetros que va desde Yibuti hasta Mozambique y que surgió del choque entre las placas tectónicas africana y arábiga hace 20 millones de años.

En la sección que atraviesa Tanzania, más precisamente en la garganta de Olduvai, se han encontrado huellas de homínidos que tienen 3,1 millones de años de antigüedad. El conocido como Australophitecus Africanus, que a diferencia de sus antecesores, comía proteínas animales.

Antes que él vinieron el Australophitecus Anamenisis, del que se encontraron fósiles en el lago Turkana de cuatro millones de años de antiguedad, y el Australophitecus Afarensis, que vivía en la región de los nómadas afar donde estuvimos en este blog en 2007.

Así que, como primera característica de nuestro próximo destino subrayar que ofrece un titular con bastante gancho: viaje a la cuna de la humanidad. O, como la llama el famoso historiador Joseph Ki-Zerbo, “la patria del hombre”.

Sí, eran tus abuelos

Estos hallazgos del arqueólogo francés Yvess Coppens son buen dato para espetar a los xenófobos que en Europa están surgiendo como setas venenosas debido a la crisis (el “otro” como excusa del propio fracaso, de la propia imbecilidad, pregunten si tienen dudas a Anglada y Plataforma per Catalunya).

Les guste o no, y hasta que no se demuestre lo contrario, tienen abuelos africanos. Todos los tenemos. De varios millones de años de antigüedad, un metro treinta y cinco de altura, cincuenta kilos de peso y capacidad craneal de 500 centímetros cúbicos, pero abuelos al fin. Y seguramente tan peludos como entrañables, de los que te regalan golosinas y te malcrían.

Cuando viajo a Oriente Próximo o a lugares más remotos como la India o el Tíbet, siempre me embarga una cierta alienación, una notable distancia con el universo que me rodea. Desde el primer día, en el África subsahariana me he sentido a gusto, insólitamente cómodo. Quizás tenga que ver con que al viajar de norte a sur no se sufre jet lag. O tal vez responda al hecho de que no es más que una vuelta a casa.

Rumbo a las nieves del Kilimanjaro

26 mayo 2011

Hay historias que salimos a buscar, tal vez a partir de un artículo de prensa o de la propia curiosidad sobre determinada problemática, y hay historias que nos encuentran, nos llevan por delante y nos arrastran con ellas.

Si tuviera que mencionar alguna historia de esta última clase, sin duda señalaría la que en 2002 hice sobre pederastas europeos en Camboya. Por pura casualidad me encontré en las calles de Phnom Penh con un belga de aspecto sospechoso, que caminaba junto a un niño. Comencé a seguirlo. Y un viaje de dos semanas se transformó en una estancia de meses. Experiencia de la que saldría un libro, un documental y un trabajo colectivo para llevar a esa gente a la cárcel.

La historia que mañana me llevará a Tanzania también es una de esas que te encuentran a ti en lugar de salir a buscarlas. Una historia potente. No puedo desvelar de qué va, pero espero ser capaz de hacerlo pronto. Por ahora, descubrir paso a paso la realidad de este país del África oriental en el que no hemos estado en Viaje a la guerra. Uno de los pocos de la región que nos quedaban por fatigar en estas páginas.

En la maleta algunos libros. Los cuentos completos de Hemingway, pues pasaré por el Kilimanjaro y sus nieves eternas (que los científicos afirman que dejarán de serlo en 2022). El Ngáje Ngái de los masai, la cumbre más alta del continente con sus de 5895 metros de altura. Y otra obra, “África de El Cairo al Cabo”, que me acaba de dejar Enrique Meneses, ya que me acercaré a las márgenes del lago Victoria. Estaré en la ciudad en la que Hubert Sauper rodó el famoso documental “La pesadilla de Darwin”.

La violación como arma de guerra en Libia

24 mayo 2011

Desde finales del mes de abril no dejan de sucederse los testimonios que señalan que las tropas de Gadafi estarían violando de manera sistemática a mujeres. El 17 de mayo, Luis Moreno Ocampo, fiscal de la Corte Penal Internacional, declaró que están investigando estos casos. “Hay violaciones. La cuestión es quién las está organizando”.

Hoy, dos medios internacionales han realizado nuevas denuncias. La primera la ha hecho Andrew Harding, experimentado corresponsal de la BBC, como consecuencia de las entrevistas que mantuvo con soldados gubernamentales que se encuentran en manos de los rebeldes de Misrata.

“Nos dijeron que si violábamos a alguna niña, nos iban a dar dinero, y conseguimos diez dinares cada uno”, confiesa uno de los hombres.

Harding también apunta que estarían circulando en los móviles de los soldados vídeos de la violaciones masivas. Algo que recuerda, trágicamente, a los vídeos que los paramilitares serbios hicieron de los abusos de mujeres musulmanas en Bosnia Herzegovina.

Por su parte, Sara Sidner y Amir Ahmed de la CNN, han mantenido una entrevista en Bengasi con la psicóloga Siham Sergewa, que les ha presentado imágenes de las torturas sufridas por las mujeres. Cuenta con 265 casos documentados.

Otros escenarios

El estudio publicado recientemente por la American Journal of Public Health sobre la violación sistemática de mujeres en la República Democrática del Congo, demuestra que la violencia sexual en este conflicto armado es mucho peor de lo que habíamos supuesto: más de dos millones de mujeres abusadas. Una mujer convertida en botín de los soldados por minuto.

En este blog hemos viajado en reiteradas ocasiones a lo largo de los últimos cuatro años la provincia de Kivu sur para tratar de comprender cuáles son las razones de este fenómeno atroz, qué falla a la hora de proteger a estar mujeres, pero sobre todo, para conocer de primera mano el testimonio de las víctimas. Esos dos millones de mujeres para nosotros tienen nombre y apellido: Vumilia, Emerance, Jannete, Jane, Mapendo…

Similares trabajo hemos realizado también en Sudán, Kenia, Uganda y Bosnia Herzegovia. Escenarios pretéritos y presentes del empleo de la violación como arma de guerra.

Aprender del pasado

Por eso creemos que se debe prestar rápida y especial atención a las crecientes denuncias de abusos sistemáticos en Libia. Las organizaciones de Derechos Humanos, la ONU y la Corte Penal Internacional no deben dejar pasar más tiempo para dictaminar qué está sucediendo exactamente.

El inminente paso de Michelle Bachelet por Madrid nos brinda una buena oportunidad para preguntar sobre la posición en esta cuestión de la flamante ONU-Mujeres, y sobre qué línea de actuación cree pertinente seguir para la aplicación de la resolución 1820 y la protección de las mujeres libias.

Si algo podemos aprender de Bosnia-Herzegovina, Udanga, Ruanda o la República Democrática del Congo, es que se tiene que actuar con la mayor celeridad posible. No esperemos a que el tiempo y las investigaciones ulteriores den prueba del horror que hoy se podría estar viviendo.

Foto: AP.

El ascenso de la clase media en África

18 mayo 2011

En más de una ocasión lo hemos apuntado en este blog que desde hace cinco años nos lleva periódicamente a África: no son pocos los cambios positivos que están teniendo lugar en el continente.

¿Las razones? Entre otras, el aumento sostenido de los precios de las materias primas, el acceso masivo a la información – en especial a través de los teléfonos móviles -, el avance más o menos generalizado hacia la democracia, con gobiernos que empiezan a responder a las necesidades de sus ciudadanos, y las vastas migraciones del campo a la ciudad que hemos descrito en estas páginas desde barrios como Kibera o Korogocho.

Lo confirma el Banco Africano de Desarrollo, que en su último informe sostiene que la clase media se ha triplicado a lo largo de los últimos treinta años. En perspectiva, la progresión ha sido así:

. 1980: 111 millones, 26% de la población.

. 1990: 151 millones, 27% de la población.

. 2000: 196 millones, 27.2% de la población.

. 2010: 310 millones, 34% de la población.

En términos más simples podríamos sostener que un tercio de los africanos forma parte ahora de la clase media mientras que hace una década no llegaba al 25% de los habitantes del continente.

La letra pequeña

Pero si leemos la letra pequeña del informe, como bien señala The Economist en su último número, veremos que no es oro todo lo que reluce y que este proceso dista de estar consolidado:

. Basar el crecimiento en los ingresos provocados por las materias, como pasa también en partes de América latina, resulta siempre una apuesta arriesgada debido a la fluctuación de los precios de estas mercancías.

A primera vista no parece que China, principal inversora en África, vaya a dejar de necesitar ingentes cantidades de insumos en el corto plazo para su gran factoría global, pero es indispensable que los gobiernos utilicen este capital para desarrollar el tejido productivo de cada país.

. Ser clase media no implica lo mismo en Europa que en África. El informe estima que para formar parte de esta ascendente franja social, un africano debe poder comprar productos por un monto superior a los 3.900 dólares al año.

El problema es que dos terceras partes de estos 310 millones de personas su ubican en la frontera de la clase media, con unos ingresos diarios de entre dos y cuatro dólares. “Podrán comprar un teléfono, una lavadora o una televisión, pero no las tres al mismo tiempo”, sentencia The Economist.

Desigualdades regionales

. También hay que observar con lupa el persistente desequilibrio regional: es en los países del norte de África donde la clase media está más afianzada. Al sur del Sáhara todavía queda mucho por hacer, especialmente en educación, acceso a la sanidad, infraestructuras y seguridad jurídica. Elementos estos últimos que las clases medias del norte damos por descontados.

Eso sí, ya no sólo tenemos que hablar de Botsuana o Sudáfrica cuando nos referimos a países relativamente bien gestionado y con perspectivas de futuro; ahora debemos incluir a Kenia, Ghana y Namibia.

En definitiva, si miramos el lóbrego pasado de explotación colonial del continente, su uso y abuso por parte de las grandes potencias también durante la Guerra Fría, sus recurrentes hambrunas y conflictos tribales, no podemos más que concluir que son datos alentadores, que confirman lo que descubrimos en cada viaje de este blog, y que auguran que finalmente África tendrá su sitio en este siglo XXI multipolar y en vertiginosa transformación.

A modo de cierre, una fotogalería de la BBC que pone rostro a la clase media africana.

Foto: Dinesh Krishnan

Enrique Meneses, el periodismo como pasión

12 mayo 2011

Darle la mano a Enrique Meneses, sentarse a su lado y escucharlo hablar equivale a emprender una suerte de viaje. Sobre todo si la conversación tiene lugar entre las pilas de libros, fotografías, cuadros y recuerdos de travesías por África y Oriente Próximo que se congregan en su piso de la calle Herrera Oria de Madrid.

Un periplo hacia algunos de los principales acontecimientos del siglo XX de la mano de un testigo de excepción, que estuvo allí, en primera persona, para retratarlos con su cámara. Pero lo que es más valioso aún, un viaje a la esencia misma de este oficio: la pasión por salir a la calle, por fatigar las fronteras del mundo en el caso de Enrique, y contar historias.

“En la película de Benicio del Toro el que decía la frase era el Che Guevara, pero en realidad quien la dijo fue Camilo Cienfuegos”, sentencia sin pedantería, con la naturalidad de quien anduvo junto a los guerrilleros bajados del Granma en Sierra Maestra. “Yo dormía en una hamaca debajo de Fidel Castro, que me despertaba en mitad de la noche para preguntarme por las nacionalizaciones de Nasser. Gallego, cuéntame de Egipto, me decía. Un tema que le interesaba mucho”.

Recuerda que en aquellos tiempos el plástico era un invento reciente, al igual que el transistor, y que no se había llevado uno para protegerse de la tediosa lluvia. La figura de Castro, que fumaba a todas horas y que estaba suspendida sobre él en otra hamaca, era la única protección que tenía del agua.

De guerras y personajes ilustres

Y así sigue, saltando de tema en tema, con una memoria prodigiosa para los nombres, para los detalles. Un viaje, en este sentido, minucioso, vivo. De Camerún a la Siria de la República Árabe Unida, y del Egipto de la guerra del Sinaí a la marcha por el trabajo y la libertad de los afroamericanos hacia Washington encabezada por Martin Luther King (un reportaje que la revista Blanco y Negro tituló muy a su pesar “Amanecer negro sobre Washington”).

Los personajes históricos a los que conoció y retrató van más allá de Fidel Castro y el Che Guevara: el presidente egipcio Gamal Nasser, el rey Hussein de Jordania, el rey Faissal de Arabia Saudí, el Dalai Lama, el sha de Irán Mohammad Reza Pahlevi, su tercera mujer Farah Diba, Salvador Dalí, Martín Luther King, Mohammed Alí, Paul Newman.

A aquel legendario viaje que realizó desde El Cairo hasta Ciudad del Cabo, y vuelta a El Cairo en 1953, le siguieron numerosas coberturas para medios que marcaron el conocimiento de generaciones como Life o Paris Match: la guerra de Rhodesia, de Angola, de la independencia de Bangladesh, el asedio de Sarajevo.

Resumir sesenta años de carrera de un reportero no es fácil. Quizás resaltar su puesto al frente de Playboy, la serie “Robinson en África” para TVE – un recorrido de 20 mil kilómetros, 112 días y 11 países con sus hijas Bárbara y Anne Isdabelle, de 15 y 14 años, de protagonistas – y su vasta obra escrita que comienza con aquel “Fidel Castro” (Ed. Afrodisio Aguado, 1966) y termina con “Hasta Aquí Hemos Llegado” (Ediciones del Viento, 2006).

No me llames maestro

Conocí a Enrique por primera vez hace unos años, en una conferencia que dimos junto a Alfonso Bauluz en la facultad de periodismo de la Universidad Complutense.

“Maestro”, le dije al estrecharle la mano, sin saber que me adentraba en el primero de los viajes que emprendería a través de su palabra y sus recuerdos. “No me llames maestro”, me respondió tan cordial como terminante, dando muestras así no sólo de cercanía, sino de que la pasión por contar historias de este periodista de 81 años sigue tan latente en su interior que siente rechazo a que lo idolatren, a que lo pongan en un pedestal y lo aparten del día a día de la información que analiza y desmenuza en su blog.

Desde aquel encuentro debo confesar que Enrique es el periodista de otras generaciones con el que más me identifico. Por eso, cuando Marta Molina me llamó para ofrecerme una entrevista conjunta para la revista Periodistas de la FAPE, para la sección llamada justamente “Dos generaciones”, no dudé un instante en decir que sí.

Elogio de la pasión

Y ayer, otra vez Enrique, en una nueva inmersión en tiempos pretéritos, me confirmó que es un espejo en el que me veo fielmente reflejado e inspirado. Sus anécdotas sobre las estratagemas para colarse en tal o cual país africano, son idénticas a las que sigo hoy: la sonrisa constante, las fotos del Barcelona (en su caso, del Espanyol), la creatividad para superar las barreras artificiales que dividen nuestro mundo, para llegar a la persona que se pretende entrevistar.

Asimismo la necesidad imperiosa de estar, de salir a contar historias, sin preocuparse demasiado en cómo se pagarán las cuentas al volver, pues lo importante es estar en el terreno. Es lo que nos justifica, nuestra razón de ser. El cariño por este maravilloso oficio por encima de cualquier otra consideración. Y es lo que transmite de manera enfática a cada joven periodista que se le pone en el camino: coge un avión, vete, no pienses en una hipoteca, en ser un funcionario, en tener novia, sé un aventurero.

En este sentido, también me gusta escuchar a Enrique porque no cae en el lamento cansino, en el llanto y el tango irritante, con respecto a los cambios en la profesión. Los considera momentos extraordinarios, en los que están desapareciendo los intermediarios – los editores que te titulan los reportajes con engendros como “Amanecer negro sobre Washington”, o las agencias que le cobran comisiones por vender sus fotos – y en los que los reporteros cada vez podemos establecer un diálogo más directo con los lectores. Una era riquísima en información, en oportunidades.

En definitiva, no importa si es con Olivetti, con ordenador, con cámara de vídeo o de fotos; si desaparecen los periódicos impresos o si terminamos comunicándonos sólo a través de tabletas digitales y teléfonos inteligentes; lo que prima es el deseo irrefrenable por viajar, por estar con la gente y contar sus historias. La pasión por el periodismo.

Periodismo responsable, tertulianos y el trasfondo del horror de la guerra de Irak

09 mayo 2011

El año pasado, durante el 15º aniversario de la masacre de Srebrenica, coincidimos con Gervasio Sánchez en Bosnia Herzegovina. Aquí podéis ver el vídeo de la entrevista que mantuvimos, en la que nos anticipaba el extraordinario trabajo que meses más tarde haría público sobre los desaparecidos.

Gervasio es en cierta medida la antítesis de algunos de esos periodistas que la semana pasada, en las tertulias de radio y televisión, lanzaron especulación infundada tras especulación precipitada, sobre la muerte de Bin Laden (la lista resulta extenuante: incluye desde las teorías más peregrinas sobre el helicóptero Blackhawk MH-60, sobre la actuación de los Navy Seals, sobre la supuesta diálisis del terrorista; pasando por la notable ausencia de conocimientos de Pakistán y su historia: el doble juego de Islamabad por su rivalidad con India y la búsqueda de influencia como contrapeso en Afganistán, la participación del ISI en este juego y en la gestación de los talibán en tiempos de Benazir Bhutto, los ataques de los Predator ordenados por Obama en Waziristán en los últimos años…).

El show debe continuar

Para estos periodistas parece que lo importante es decir algo, lo que sea, sentenciar, pontificar, aunque no se tengan datos contrastados, aunque apenas se sepa de los que se está hablando, aunque las versiones que dio Leon Panetta fueran todo menos diáfanas y coherentes. Nunca he escuchado decir a ninguno: “Perdón, por ahora de esto prefiero no opinar porque no tengo suficiente información”.

La cultura del ruido, del show mediático, de Belén Esteban y Mourinho, con la paradoja de que es mucho más reconocida y está mejor pagada que la labor de fondo de gente como Gervasio. No digo que sean así todos los llamados “tertulianos”, pues los hay que son comedidos en sus opiniones, que se documentan, pero lo que prima en general es la pasión por estar allí, frente a la cámara, al micrófono, antes que el contenido.

Una forma de entender el periodismo que queda especialmente en evidencia cuando se habla de política internacional. Un modelo generado no tanto por los propios periodistas sino por la desidia de los directivos de los medios. ¿Tanto cuesta coger el teléfono y llamar a expertos, como se hace la mayoría de los países desarrollados? ¿Tanto cuesta armar una mesa de debate especial para ciertos temas, con gente que realmente sabe?

Lo triste es que, ante el desconocimiento que se tiene de las cuestiones internacionales, lo que muchos hacen es cogerse de la ideología de bandera, de izquierdas o derechas, progresista o conservadora, aquella por la que los eligen para equilibrar la mesa de debate, y correr al monte.

La realidad global del siglo XXI es más compleja, dinámica, y escapa a estas categorías aunque muchos oyentes, televidentes o seguidores de Twitter caigan en la trampa de sentirse identificados, de jalear estas teorías partidistas, precipitadas, sesgadas, que quizás tengan sentido cuando se habla de política local pero no cuando se mira a nuestro cambiante mundo.

Volver para tomar perspectiva

Gervasio, en contrapartida, realiza un periodismo de fondo, pausado, donde la responsabilidad es la guía. Una responsabilidad que seguramente deviene de la dimensión humana de las historias que cuenta, del vínculo que ha establecido con sus protagonistas, del hecho de que está en el terreno, con la gente, y no en la mesa de una radio a miles de kilómetros de distancia de donde suceden las cosas.

Uno de esos reporteros que, además, no se contentan con contar una historia y seguir adelante sin mirar atrás, respondiendo a la demanda de inmediatez del show mediático, sino que suele volver pasado cierto tiempo para situar a los protagonistas de sus relatos fotográficos en perspectiva. Estrategia narrativa que nos aleja del furor de las noticias y que nos permite reflexionar y sacar conclusiones con fundamento.

Lo hizo con sus famosas Vidas minadas, y lo estaba haciendo también el pasado año cuando nos encontramos en Sarajevo. Su trabajo sobre Bosnia, a través de los años, lo encontramos en el libro Sarajevo 1992-2008, de la editorial Blume.

En este blog también hemos tenido la posibilidad de volver sobre ciertas historias. Lo hicimos en Kenia tras las matanzas de 2008, en la India y en Uganda, pero sobre todo a lo largo de los últimos cuatro años con las víctimas de la violencia sexual en la República Democrática del Congo: Vumilia, Jane, Janette, Emerance…

De los trabajos de esta clase, sin dudas el más famoso es el de Steve McCurry con la foto de la niña afgana, Sharbat Gula, que en 2002 regresó a la portada de National Geographic siendo ya una mujer.

El legado de Chris Hondros

Hoy, destacar uno que al menos a mí me ha resultado profundamente conmovedor. Una descripción del horror de la guerra difícil de superar, en la que se da ese extraño cambio de roles del que ya hablamos en alguna ocasión: cuando uno de los que se dedica a dar voz a las víctimas supera el muro, pasa al otro lado y se convierte a su vez en víctima.

Se trata del fotógrafo Chris Hondros, que murió recientemente en Libia junto a Tim Hetherington, director de Restrepo. Se trata de una de sus fotografías más famosas, que muestra a una niña ensangrentada segundos después de que soldados de EEUU matasen por error a sus padres.

Tim Arango, del New York Times, viaja a Mosul para encontrarse con esta niña, convertida ahora en adolescente. No había visto nunca la imagen. Su nombre es Samar Hassan. La suya es una de esas historias que nos alecciona y nos dan perspectiva a través del ruido, el sinsentido y la furia de la guerra (y, lamentablemente, de tantos medios de comunicación).

Foto: Chris Hondros/Getty

Sobre la muerte de Osama Bin Laden: la prudente gestión de Barack Obama

02 mayo 2011

Apenas se hizo pública esta mañana la noticia del asesinato de Bin Laden, algunos contertulios habituales de radio y televisión se lanzaron a dictar sentencia sobre lo sucedido. Algo realmente temerario si se tiene en cuenta la falta de información contrastada que aún padecemos.

A diferencia de la política local, un análisis riguroso de la compleja arena internacional implica mucho más que montarse a lomos de la ideología y tirar para adelante. Requiere no pocos matices y consideraciones. Más aún en este mundo en constante transformación.

Empecemos por lo que sí sabemos: acusar a Obama de pistolero no se corresponde con la actuación hasta el momento del presidente de EEUU.

Ryan Lizza explica en The New Yorker que Obama oscila en su administración entre dos bandos: los llamados idealistas, representados por gente como Gayle Smith, Dennis Ross y Samantha Power (autora del libro “A problem from Hell”, en el que defiende la intervención militar con fines humanitarios), y los pragmáticos como Thomas Donilon y Denis McDonough.

Y hasta ahora se ha comportado de manera tal que ha sido capaz de desilusionar a ambos. En especial a los idealistas, en su mayoría mujeres según sostiene The New Yorker, que creen en el deber de EEUU de fomentar la democracia fuera de sus fronteras y de actuar en caso de inminente genocidio.

Dos ejemplos: no dudó en situar al país en un segundo plano de la ofensiva aérea sobre Libia promulgada por la resolución 1973 del Consejo de Seguridad, intervino pero sin intervenir demasiado, y tampoco en ningunear al temperamental y prestigioso Richard Holbrooke, hoy desaparecido, cuando consideró que debía enviar más tropas para afianzar su posición en Afganistán en lugar de emprender la retirada.

Una mirada cargada de matices

Quizás sea por los años que pasó en Indonesia, pero Obama no es uno de esos estadounidenses carentes de mundo, que vislumbran la realidad en blanco y negro. Conoce sus laberintos, sus contradicciones. Y parece fabricar respuestas acordes a cada oportunidad. De allí lo que se muchos interpretan como un movimiento pendular.

Como veíamos en la anterior entrada, es un defensor acérrimo del “poder blando”. Característica que lo lleva a avanzar a paso lento, comedido, sopesando hasta el paroxismo sus consecuencias, pues se trata de un activo extremadamente frágil.

Él mismo se ha definido más próximo a la política internacional de John F. Kennedy, del Ronald Reagan de los primos años y George Bush padre, que a la vehemencia idealista, en un sentido y otro, de Bill Clinton y George W Bush.

Si tenemos en cuenta estos precedentes, y el tiempo que se dice que tardó en gestarse la operación para terminar con Bin Laden, no podemos sentenciar que haya sido un acto precipitado, al estilo de Clinton en Somalia o de Bush hijo en Irak.

Sin dudas, se deben haber analizado todas las posibilidades: por ejemplo, pedir al gobierno de Pakistán que colaborara en la misión contra el terrorista saudí.

¿Pero cómo confiar en el ISI? ¿Cómo pedir a los militares paquistaníes que arresten a su vecino en Abbotabad? ¿Cómo no vislumbrar que mantener a Bin Laden en una cárcel de Islamabad, a la espera de la extradición, no iba a generar un vasta ofensiva talibán desde las zonas tribales? ¿Cómo poner en jaque, en contradicción con sus propios intereses, a una nación nuclear? ¿A los generales que gestaron y ampararon a los talibanes y sus aliados y que la CIA sostiene que saben dónde están el mulá Omar y Ayman al-Zawahiri?

Vista la línea de conducta de Obama, y los escasos elementos de análisis con los que contamos hasta ahora, da la impresión de que ha sido una operación destinada a minimizar daños. Una operación quirúrgica, comedida, racional hasta el extremo, como el propio presidente.

Fotografía: EFE

Sobre la muerte de Osama Bin Laden: un personaje en decadencia

02 mayo 2011

Hubo tiempos, inmediatamente posteriores a los atentados del 11S, en los que no resultaba extraño encontrar fotografías y camisetas de Bin Laden en los mercados de Oriente Próximo.

Inclusive en lugares más distantes aún, en países musulmanes ajenos al extremismo religioso como Bangladesh, recuerdo haber dado con una carnicería cuyas paredes estaban cubiertas de imágenes del magnate saudí convertido primero en yihadista de la escuela de Peshawar y luego en terrorista global para desgracia del mulá Omar y sus demás anfitriones talibanes.

La lánguida y barbuda silueta de Bin Laden rivalizaba así con la del Che Guevara como símbolo de desafío al poder, de rebeldía, aunque con el Corán bajo el brazo en lugar de las obras de Karl Marx, y el turbante en lugar de la boina.

Para millones de personas era el hombre que había plantado cara a la metrópoli imperial a la que consideraban culpable de profanar los lugares santos de Arabia Saudí, de apoyar a gobernantes despóticos a cambio de petróleo y de sostener la ocupación israelí de los territorios palestinos, incluida Jerusalén.

Un hombre cuya leyenda magnificaba el hecho de que hubiese podido salir con vida del cerco a Tora Bora, y de que nadie pareciese capaz de dar con su paradero. Figura escurridiza a la que se atisbaba en Xijiang, en las regiones tribales de Paquistán o tal vez de regreso en Sudán.

Obama y los hijos de Irak

Pero a diferencia del médico argentino fusilado en Bolivia, la popularidad de Bin Laden resultó efímera. En primer lugar, porque tras los atentados en Madrid y Londres, Al Qaeda pareció centrar sus esfuerzos en matar a otros musulmanes.

Labor a la que se entregaba con minuciosidad día tras día en Irak, llevándose por delante la vida de decenas de inocentes en los mercados, en las calles, en las escuelas de policía, a través de los atentados suicidas.

Una delirante maratón fratricida que terminó cuando los propios suníes del país del Tigris y el Éufrates se dejaron comprar por el general David Petraeus y se enfrentaron a Al Qaeda. Eran los llamados Hijos de Irak.

El segundo golpe a Al Qaeda y a su vaga red de franquicias regionales se lo dio sin dudas Barak Obama con el discurso pronunciado en El Cairo el 4 de junio de 2009. En aquella alocución marcó un punto de inflexión: asumió implícitamente los errores del pasado, desde la invasión de Irak hasta Abu Ghraib y Guantánamo, y tendió la mano al mundo árabe.

El flamante presidente de EEUU estaba convencido de que había llegado la hora de usar el llamado “poder blando” en lugar de confiar sólo en las armas. El hecho de que su padre fuera un keniano lúo musulmán, y de tener como segundo nombre “Hussein”, jugaba a su favor.

La ausencia de Al Qaeda

El tercer revés de Bin Laden se comenzó a gestar el 17 de diciembre de 2010, cuando el joven universitario y vendedor ambulante Mohamed_Bouazizi se quemó para protestar porque le policía le había quitado el carro de vegetales con el que se ganaba la vida.

Un acto de desesperación que canalizó la rabia de las gentes del Magreb, que sacó a la superficie sus ansias de libertad y justicia. Algo que quizás hubiese ocurrido antes de no ser por la invasión estadounidense de Irak, pues no fue un movimiento espontáneo sino que llevaba años en silenciosa ebullición.

Tumbó a Ben Alí. Luego a Mubarak. Se expandió a los chiíes oprimidos en Bahrein. Al presidente Saleh de Yemen. Movilizó a las masas en Siria, donde están siendo reprimidas con virulencia por Al Asad. Y generó una guerra civil en Libia, donde, paradójicamente, Gadafi acusa a Al Qaeda de estar detrás de los rebeldes de Bengazi, por lo que debería darle las gracias a EEUU por haber matado a Bin Laden, aunque parece que en esta ocasión no se cumple la famosa máxima: el enemigo de tu enemigo es tu amigo.

Los jóvenes ansiosos de libertad en estos países en ningún momento han aludido al salafismo, al islamismo radical o a Al Qaeda. Y quizás ese fue el verdadero golpe de gracia de Bin Laden, que estaba muerto políticamente antes de que esta mañana los Navy Seals terminaran con su vida en la localidad paquistaní de Abbottabad.

Muchos comprenden que Al Qaeda es una forma de opresión y desprestigio para los árabes tan nefasta como sus propios dictadores. Y, en este sentido, la muerte de Bin Laden se suma en la buena dirección del histórico cambio que vive la región.

Foto: Reuters