Archivo de febrero, 2011

Los túneles de la guerra: Somalia

23 febrero 2011

Dentro de las secciones fijas de este blog contamos con una dedicada a los Túneles de la guerra, que comenzamos a escribir cuando en agosto de 2006, tras casi dos meses de negociaciones y búsqueda de contactos en Gaza, conseguimos adentrarnos en los pasajes subterráneos que conectan a la franja sitiada por Israel con Egipto.

Aquella asfixiante experiencia fue sin dudas la que despertó nuestro interés por el empleo de los túneles en los conflictos armados. Desde el asedio romano de Veyes del 396 A. C., que Tito Livio describe en Ab urbe condita; pasando por el cerco de Petersburg, Virginia, en 1864; hasta llegar a la Segunda Guerra Mundial, Corea, Vietnam, Afganistán, Bosnia y Líbano; estos han sido usados tanto para burlar sitios como para emprender ofensivas.

De hecho, la ofensiva israelí que aquel entonces cubríamos en Gaza – la operación “Lluvia de verano” – había tenido como detonante justamente la excavación a lo largo de seis meses de un túnel que arrancaba en un invernadero de Rafah y que salía a la superficie en un puesto militar de Israel.

El conducto bajo tierra que un comando de los Comités Populares de la Resistencia utilizó para capturar al soldado Gilad Shalit (aunque la prensa afirme que se trató de Hamás, que luego sí se hizo cargo del joven recluta para intentar cambiarlo por prisioneros palestinos en cárceles israelíes).

Mogruyer

En nuestro desembarco en Somalia del pasado mes de noviembre nada nos hizo vislumbrar la presencia de túneles en la capital somalí, donde las fuerzas de la Unión Africana y los integristas de Al Shabab luchan barrio por barrio, casa por casa, pues saben que quien se haga con el control de Mogadiscio ganará la guerra.

Según informa The New York Times, las tropas de la AMISOM tampoco estaban al tanto de la existencia de la red de pasajes subterráneos y trincheras empleadas por los islamistas para mover combatientes y armas por debajo de las zonas de la ciudad controladas por la fuerza multinacional. Una red que tenía más de una milla de extensión.

La descubrieron el fin de semana, durante una vasta ofensiva contra Al Shabab que dejó más de veinte muertos. Según oficiales de la Unión Africana, entre los fallecidos había insurgentes llegados desde Yemen, Paquistán y Siria.

Al Qaeda y la yihad

Los expertos suelen debatir sobre el verdadero ascendiente de esa cosa tan vaga y dada a las franquicias que es Al Qaeda, sin que nadie sepa a ciencia cierta cuál es el número de extranjeros que están peleando junto a Al Shabab. Una de las claves más concretas sobre la llegada de foráneos la dio la operación del FBI en Minnesota, cuna de los exiliados somalíes en EEUU.

Lo que sí deja en claro el hallazgo de los túneles en Mogadiscio, así como los numerosos atentados terroristas – como el que el lunes mató a siete personas en un centro de reclutas para la policía del distrito de Hamarjajab -, es la asesoría de los yihadistas internacionales con respecto a las tácticas, que en Somalia se asemejan cada día más a las seguidas en Afganistán y Pakistán.

Foto: “Policía de Mogadiscio”, Hernán Zin

Los muertos por la libertad en el mundo árabe

21 febrero 2011

Lamentablemente, la lucha por la libertad suele conllevar un alto precio. Son tantos los ejemplos en la historia que resultaría injusto mencionar unos pocos. Quizás resaltar, por todo lo que se ha hablado de este país en los últimos años, la rebelión de los esclavos haitianos de 1791, pionera en la región, sin olvidar que cada nación tiene su propio panteón de mártires que se dejaron la vida por hacer tangibles los derechos inalienables de su pueblo.

La actual revolución en el Magreb y en los países árabes está teniendo también un importante coste en vidas. Ayer, conversando con un buen amigo, nos preguntábamos qué pulsión mueve a quienes se están enfrentando ahora mismo a la muerte en estos países, y cómo los recordaran sus familias y sus sociedades.

TÚNEZ:

. 219 muertos. 519 heridos. 28 días de protestas desde la inmolación de Mohamed Bouazizi.

EGIPTO:

. 365 muertos. 5.500 heridos. 18 días de protestas.

LIBIA:

. Más de 300 muertos. Centenares de heridos. Siete días de protesta que continúan.

BAHRÉIN:

. Siete muertos. Siete días de protestas que continúan.

YEMEN:

. 12 muertos. Cinco días de protestas que continúan.

MARRUECOS:

. Cinco muertos. Dos días de protestas que continúan.

A modo de homenaje también, recordar a los 138 monjes fallecidos en las revueltas contra el régimen dictatorial de Ragún en 2007, y a tantos otros pueblos que no se enfrentan a sistemas totalitarios sino que sufren el yugo de la ocupación y el destierro como el palestino, el saharui y el tibetano.

Y preguntarse cuándo la revolución del Norte de África transpirará más allá del Sáhara y sacará del poder a tantos otros sátrapas que viven de espaldas a los deseos más imperiosos de sus gentes: Robert Mugabe en Zimbabue, Teodoro Obiang en Guinea Ecuatorial, Meles Zenawi en Etiopía, Issaías Afewerki en Eritrea…

Foto: Yahya Arhab / EFE.

Sobre la muerte de Nepal Sarnakar

17 febrero 2011

Hoy podría escribir folio tras folio tras folio sobre la noticia que acabo de recibir desde Calcuta.

Podría escribir que este mundo es una mierda de medalla de oro de campeonato intergaláctico y que hay días en los que a uno le dan ganas de decir basta, ya tuve suficiente de esta charada, esto no vale la pena, me bajo en la próxima esquina, que os den a todos y que lo hagan sin miramientos ni caricias ni vacelinas.

Podría decir que al menos ya se murió, que ha dejado de sufrir como un perro, de vivir como un perro y de arrastrarse como un perro, y que su familia no tendrá que seguir cuidándolo y llorándolo en medio de las cloacas y la inmundicia del barrio de chabolas de Tollygunge.

Sí, en ese país, la India, mi antiguo hogar, desgarrado por el clasismo y el racismo, que tiene de espiritual lo que yo tengo de modelo de Playboy.

Podría invitaros a conocer de cerca la historia de Nepal Sarnakar, con quien nos encontramos hace tres años en estas páginas. Y también podría recordar otra vida despreciada, ignorada, mermada, a la que se llevó por delante la pobreza, no muy lejos de allí, en el barrio de Kalighat: la de Dipti Porchás. Entre tantas otras, decenas, centenares, que llevo 18 años contando sin saber bien aún para qué ni por qué.

Podría reflexionar sobre las razones que hacen que diez millones de niños mueran cada año por enfermedades fácilmente evitables. Podría rescatar y compilar más datos sobre la guerra que cada día luchan contra la exclusión esas mil millones de personas que están atrapadas en los barrios de chabolas del mundo. Y asimismo podría hablaros sobre la violencia y la brutalidad que algunas de estas personas ejercen sobre otras.

Podría afirmar y defender al mismo tiempo que así de absurda y puñetera es la vida, y que lo mejor que se puede hacer es no darle demasiadas vueltas y tirar para adelante y disfrutar, follar, viajar, amar, mientras se tenga salud, lucidez y libertad.

Podría cagarme en todos los corruptos, hijos de puta, mediocres y papanatas que detentan poder. Podría hacer una larga lista: presidentes, ministros, banqueros, empresarios, directivos de clubes de fútbol, de medios de comunicación, obispos, pastores, estrellas de cine, músicos famosos. Y en todos los salidos, mendicantes, besamanos, cobardes y soplapollas que los amparan, que los aplauden y celebran en sus casas, en las calles, en los bares y en las plazas.

Podría quejarme de ver cómo tantas veces nos extraviamos en discusiones nimias, sinsentido, infantiles, egoístas hasta el paroxismo de la estupidez congénita. Esa maravillosa inclinación que tenemos por regodearnos en nuestras propias miserias y las ajenas. Esa pasión por los grises y por el fango.

Pero lo mejor es que controle esta riada de emociones, reflexiones baratas y demás subproductos y que dé las gracias a mi buen amigo David Earp, que tras conocer la historia de Nepal decidió llevarlo al hospital y cuidarlo. Vislumbro que habrá hecho que estos tres últimos años de vida del joven fueran un poco mejor, como aquel diwali que compartió con otros niños en la terraza de su hogar.

Y que me despida de Nepal con el respeto que merece.

Las nuevas piernas de Joao Silva

16 febrero 2011

En este trabajo en el que nos dedicamos a observar, escuchar y contar resulta siempre extraño salirse de la perspectiva del narrador para situarse en el centro de la historia. Uno se siente privado de amarras, de asidero, arrancado de la comodidad de la costumbre y de lo que sabe hacer para ser lanzado a un territorio incierto.

Imagino que mucho más complejo y paradójico – dejando a un lado el terrible drama humano – debe ser este cambio de posición en el tablero narrativo cuando se pasa involuntariamente de ser alguien que describe lo que sucede a las víctimas de la violencia para terminar convirtiéndose en una. Un salto hacia ese otro lado con el que uno siempre ha dialogado, se ha encontrado y tocado, pero que nunca había llegado a conocer del todo.

Hace años hablamos en estas páginas del Bang Bang Club y del fabuloso trabajo realizado en solitario por Joao Silva desde Irak para The New York Times. El pasado mes de diciembre nos hicimos eco del terrible accidente sufrido por Silva en Afganistán, cuando una mina le arrancó las piernas.

El vídeo grabado en aquel entonces junto a su mujer Leonie y a la reportera Carlota Gall en el Reed Army Medical Center de Washington, de ningún modo nos permitía vislumbrar las imágenes que acaba de publicar ahora el periódico neyorquino, en las que se ve al legendario fotógrafo en pleno proceso de recuperación.

Imágenes que nos recuerdan a las que se colgó en You Tube del fotoperiodista andaluz Emilio Morenatti, que en dos ocasiones se pasó al lado de las víctimas: primero cuando fue secuestrado en Gaza y luego cuando un artefacto explosivo lo mutiló. Él también supo recuperarse y volver a andar con ayuda de una prótesis.

Creo que no es necesario elogiar el tesón y el afán de superación de estos magníficos reporteros. Quizás no olvidar aquello que tanto insiste en que tengamos presente el incombustible Gervasio Sánchez: el efecto devastador de las minas.

Y quizás también tomar nota del cambio de estrategia del Ejército de EEUU en Afganistán. Siguiendo el modelo de la famosa surge articulada por el general David Petraeus en 2007 en Irak, se trata de poner a más soldados en el terreno para proteger a la población local y evitar las bajas entre civiles que provocaban los bombardeos y que no hacían más que aumentar el apoyo a los talibanes. El modelo clásico de contrainsurgencia.

Esto implica más botas en Kandahar y en Helmand, más militares muertos, mutilados, como ya sucedió durante la surge, y segura y lamentablemente más periodistas que conocerán de primera mano el universo de las víctimas que tan a menudo reflejan.

Próximo estreno de “Los ojos de la guerra”

12 febrero 2011

El periodismo – o cómo sea que se llame esta pasión por patear mundo y contar historias – me ha regalado muchas cosas.

Desde la distancia para valorar mi propia existencia en perspectiva – tratando siempre de que sea con humor e ironía, relativizando los problemas y gozando hasta el paroxismo cuando las cartas vienen bien dadas – hasta el privilegio de conocer a gente extraordinaria.

Entre esta gente extraordinaria no sólo están los entrevistados, anónimos o célebres, sino algunos compañeros que a través de los años me han enriquecido con su compromiso, lealtad y generosidad.

Muy a menudo me lo repito: si algo debo y valoro de esta profesión son los amigos que me ha dado.

Y es lo primero que pensé ayer, cuando me mandaron el trailer del documental “Los ojos de la guerra” y leí el nombre de los participantes. Mucha gente querida hay allí, detrás de cámara y delante, mostrando su trabajo o reflexionando.

Varias generaciones de reporteros que se cruzan, que dialogan y debaten. Desde los maestros de la llamada “tribu” hasta los que estamos ahora en el terreno. Pero, sobre todo y ante todo, buenos y admirados amigos.

LOS OJOS DE LA GUERRA – THE EYES OF WAR from CESNA PRODUCCIONES on Vimeo.

Para más datos sobre la progresión y vida de “Los ojos de la guerra”, su página en Facebook.

Un torpe y limitado robot por cada 50 soldados de EEUU en Afganistán

08 febrero 2011

Uno de los culpables del alboroto que se ha generado en los últimos años sobre el uso de robots en la guerra se llama Peter Singer. No el Peter Singer de Australia, filósofo cuyos libros en defensa de los derechos de los animales siempre he leído con interés y admiración, sino Peter Singer, el estadounidense, analista político de la Brookings Institution.

Peter Singer, nuestro Peter Singer, al que mencionamos en varias ocasiones en estas páginas, escribió un magnífico primer libro titulado Corporate Warriors: The Rise of the Privatized Military Industry, sobre la privatización de la guerra, tema al que volvíamos el domingo. Dos años más tarde, en 2005, se adentró en el universo de los niños soldados con un libro bastante pobre en desarrollo y análisis en comparación con el anterior: Children at War.

En el año 2009 dejó a un lado a los CEO de la guerra y al abuso de los niños obligados a coger un arma para adentrarse en el universo de la robótica aplicada al escenario bélico. La obra Wired For War: The Robotics Revolution and Conflict in the 21st Century, publicada por Penguin, que tuvo un enorme éxito de ventas y generó una auténtica riada de artículos, debates televisivos y publicaciones sobre el tema. Hasta lo llevó al Daily Show de Jon Stewart.

Robots armados hasta en la sopa

Blogs militares como Danger Room o War is Boring se cansaron de citarlo cada vez que un nuevo ingenio salía de la fábrica o llegaba al terreno. El autor de este último blog, David Axe, ya había sacado en 2008 el libro War Bots, siempre en su respetable línea de poco texto y muchas ilustraciones. Auténtica y nunca disimulada fascinación que tiene este joven periodista free lance por los comics.

El acierto de Peter Singer fue plantear el debate ético sobre la hipotética utilización de robots de combate en la guerra. Debate que asimismo abrimos, muy originales, ya ven, en estas páginas. El error de Peter Singer fue dejarse llevar por el entusiasmo y vaticinar que esta revolución en el campo de batalla se encontraba a la vuelta de la esquina.

Explicaciones para esta predicción que aseguraba que Terminator ya se había despedido de su novia, a la que le había regalado el enésimo osito de peluche al tiempo que le prometía casamiento al volver de los 14 meses en Afganistán, y estaba a punto de subirse a un avión en Fort Campbell – se suponía que el año 2015 sería el punto de inflexión en esta historia – no faltan.

Ni hoy ni mañana, quizás pasado

En primer lugar, vivimos en una era en la que los adelantos científicos no dejan de deslumbrarnos día tras día (mi último cacharro, el Ipad, me deslumbra tanto, literalmente, que muchas veces me cuesta conciliar el sueño. Según el Washington Post, la pantalla retroiluminada – gracias por la explicación a Rosa Jiménez Cano -, impide la generación de melatonina y causa insomnio. Así que últimamente he decidido que, a la cama, sólo libro, de papel, como toda la vida). Una era en la que todo parece posible.

En segundo lugar, el empleo masivo de aviones no tripulados de combate por parte de Israel en las guerras de Líbano y Gaza de 2006 – que describimos desde el terreno, con ese ruido infernal y lóbrego – marcó el comienzo de un notable cambio en la forma en que se articula la estratégica bélica desde el aire.

Y una carrera por parte de buena parte de los países del mundo, incluida España, por hacerse con estos ingenios robóticos voladores que lideran los Predator con los que EEUU conduce ataques urbi et orbe – desde Somalia, pasando por Yemen, Afganistán, Irak y Pakistán-, además de controlar la frontera con México. En este caso sí el debate tiene fundamento y no se trata de un especulación, pues los drones vulneran de raíz el concepto de soberanía y son considerados por algunos analistas como formas de asesinato selectivo.

Pero en tierra firme, donde ponen sus botas los soldados, la revolución anunciada por Singer aún no ha llegado – eso de “endurecer el carácter de las guerras, porque se desplegarán máquinas sin corazón encargadas de hacer el trabajo sucio” – y es probable que tarde mucho más en llegar de lo anunciado. Quizás decir en su favor que muchas veces sus palabras han sido magnificadas por los periodistas que lo entrevistaban (¿titulares sobredimensionados, engañosos? No, no puede ser, no es un práctica habitual en el periodismo, lo sé).

Sentido común robótico

En este sentido, el título del post sería deliberadamente engañoso si dejásemos fuera lo de “torpe y limitado”, siempre dicho con cariño queridas máquinas, pues los robots desplegados a millares son los ya conocidos ingenios para desactivar minas antipersona y IED, para acercarse a vehículos sospechosos en los puestos de control o para adentrarse en zonas hostiles. Los Pak Bot, de la empresa IRobot (la misma que fabrica la aspiradora Roomba 532, un aparato similar sólo que en lugar de bombas absorbe pelusas) y los Talon.

Así lo contaba ayer David Axe en Danger Room:

Y sobre la cifra de los 2.000 robots. No dudamos de que se hayan enviado 2.000 robots a la guerra, pero ¿cuántos de estos se encuentran guardados en los almacenes de los batallones porque son demasiado torpes para el combate, demasiado tontos para sumar a la lucha o simplemente no necesarios?

“Torpe y limitado” es una cosa, “tontos” es otra muy distinta, que conste en actas de los futuro Terminator.

En otras palabras, el futuro lógico de los robots en tierra será en misiones donde los operadores humanos pueden supervisarlos de cerca – no como los robots voladores, que ya realizan misiones con poca guía humana -. No veremos pelotones en el terreno sólo de robots ni francotiradores robotizados en el futuro próximo.

El 3 de marzo de 2009, escribí en este blog: “Aunque las palabras del analista militar Peter Singer suenen apocalípticas, seamos cautos y esperemos a descubrir qué nos depara el futuro”.

Parecía lógico, de sentido común, cierta cautela, pues a día de hoy no existe la tecnología para que una máquina armada con una ametralladora ligera M249 asuma las responsabilidades de un hombre y pueda decidir cuándo entra en combate, quiénes son civiles y quiénes insurgentes, quiénes amigos y enemigos, entre tantas otras funciones.

Sí, sentido común. Esperar que lo tengan los robots, cuando escasea tanto entre los humanos, resulta francamente atrevido.

Vida y obra de Efraim Diveroli, comerciante de armas a los 18 años

06 febrero 2011

La estrategia seguida por el Pentágono a lo largo de la pasada de década de privatizar parte de la gestión de sus operaciones militares – para recortar costes fijos en las Fuerzas Armadas, reducir las bajas entre los soldados y, de paso, otorgar contratos multimillonarios a amigos republicanos y neoconservadores – ha probado ser una continua fuente de escándalos. Un vertedero de corruptelas, sinsentidos e improvisaciones que ha mermado notablemente el llamado “poder blando” de los EEUU.

En este blog hemos seguido de cerca a las principales empresas que se han beneficiado de este fenómeno tan reciente, y a la vez tan antiguo, que es la privatización de la guerra: Blackwater/Xe, Erinys, Aegis, Triple Canopy, Dyncorp, Unity, KBR/Halliburton, Armour Group, Global Risk Strategies, Control Risk, Fluor

También a sus acaudalados dueños: Eric Prince, Tim Spicer, Simon Mann, Sean Cleary, Robert McKeon. Y la génesis de esta historia y de algunos de estos personajes, sin remontarnos a los tiempos de Mike Hoare y Bob Denard, con Executive Outcomes en África en los años noventa.

Como es lógico, nos hemos detenido en los escándalos más sonados de estas compañías: los asesinatos de civiles en Irak por parte de contratistas de Blackwater y de la australiana Unity, los crímenes cometidos por personal de Erynis, la muerte de soldados por defectuosas instalaciones eléctricas de KBR, el vídeo de disparos de miembros de Aegis a transeúntes en la “carretera Irlandesa” con música de Elvis Presley de fondo.

Paroxismo del absurdo

Pero hay una que supera a todas las demás en surrealismo. Tanto es así, que si fuese una película de Hollywood, sería una de esas de las que sales irritado por la desmesura narrativa a la que te han sometido los guionistas.

Las peripecias de Efraim Diveroli, un joven de una familia judía ortodoxa de Miami que abandonó los estudios y empezó a vender y comprar armamento con 18 años. Le fue tan bien que a los 21 años recibió un contrato de 300 millones de dólares por parte del Pentágono para que proveyera de armas a las fuerzas de seguridad de Afganistán.

Pero su meteórica carrera se torció el 16 de mayo de 2007, cuando adquirió 110 mil granadas del traficante equivocado, y las falencias y engaños de su empresa, AEY Inc, resultaron imposibles de ocultar, proyectando una sombra de vergüenza sobre la administración de Washington.

Hace poco más de mes fue condenado a cuatro años de prisión, sin que la prensa se hiciera demasiado eco de esta noticia. La vida y obra de Efraim Diveroli, película de argumento inverosímil – y hasta apasionante si no fuera porque estamos hablando de las estupideces y mezquindades de un poder que en ciertos lugares del mundo termina con la existencia de personas inocentes- , en próximas entradas de este blog.

Mi abuela y el documental “La guerra contra las mujeres”

02 febrero 2011

Regreso a la escena del crimen. Cuatro años más tarde me vuelvo a encerrar en el mismo salón en el que escribí Llueve sobre Gaza. Otra vez el espejo cubierto de notas, la mesa atiborrada de papeles que en aquel entonces describí en este blog. A través de las ventanas el lánguido perfil de las torres que se levantan hacia el cielo de Buenos Aires.

Continúa allí cada mañana el mendigo que toca el violín en la esquina, aún empeñado en desquiciarme con una sucesión de notas tan desafinadas y chirriantes como el gemido de un gato follando. Cuando paso a comprar un café lo saludo. Le gusta que lo haga en árabe, pues es descendiente de sirios. Tampoco cesa cada noche el trajín de los cartoneros con su carros. Todavía no he visto un beso como aquel que fotografié en enero de 2007.

Las mismas distracciones, de pie en la terraza, que hace cuatro años ocupaban mis momentos de falta de inspiración. Esos instantes en los que no sé de qué forma seguir encajando las piezas de este gigantesco puzzle. Esos instantes que cuando se extienden demasiado en el tiempo se convierten en naufragio y desazón hasta el punto de cuestionar la propia razón de ser del proyecto o mi capacidad para llevarlo a buen puerto.

Entrevistas, países, idiomas

Para Llueve sobre Gaza fueron casi un centenar de entrevistas, docenas de informes de Bethelem y del Palestinian Centre for Human Rights y las entradas que publiqué aquí desde la franja durante los meses de bombardeos, visitas al hospital Al Shifa, guardias en las fronteras de Rafah y Eretz o recorrido por los túneles en dirección a Egipto. Elementos narrativos a los que iba sumando los numerosos artículos, libros y reportajes que vosotros, los lectores, me hacíais llegar en esta fascinante comunicación horizontal, participativa, que hoy nos ofrece Internet.

La historia en la que estoy implicado ahora tiene menos entrevistas, 89 para ser exacto, pero sí más complejidad narrativa ya que no se trata de dos países, Palestina e Israel, sino diez y más de quince idiomas distintos. El documental “La guerra contra las mujeres”, que tras tres años de rodaje finalmente estoy editando con la intención de tenerlo listo para marzo.

Intenta ser el primer documental que describe la violación como arma de guerra desde la referencias bíblicas hasta hoy. Testimonios de víctimas, de especialistas pero también de todos aquellos hombres y mujeres que están trabajando para terminar con esta práctica horrenda y brutal. Busca, como último objetivo, alentar a que se avance en la protección de la mujeres en los conflictos, según establece la resolución 1820 del Consejo de Seguridad de la ONU, y su mayor participación en los procesos del paz en concordancia con la resolución 1325.

Trabajo de equipo

Un material duro de abordar, de desmenuzar y ordenar debido al brutal ultraje y el dolor que sufren sus protagonistas. Quizás por eso, tras pasar por Somalia en noviembre, tardé casi un mes en armar el equipo y en ponerme a leer las historias para confeccionar el guión.

Pero si hay una diferencia positiva con la escritura de Llueve sobre Gaza es que aquella fue una suerte de navegación en solitario, mientras que ahora, por la propia lógica de la producción audiovisual, cuento con fantásticos compañeros que cada día se sientan a afrontar esta tarea codo a codo conmigo: editores, grafistas, guionista. Y tener alguien con quien compartir la responsabilidad, en quien apoyarse en los momentos de flaqueza, resulta impagable en lo emocional a la vez que intelectualmente enriquecedor.

En este sentido, son más de cincuenta las personas que han aportado su tiempo y voluntad a “La guerra contra las mujeres” entre productores ejecutivos, productores locales, cámaras, traductores, conductores, fixers… El resultado final será la sumatoria del empeño y la dedicación de cada uno de los integrantes de este esfuerzo colectivo, incluídas las personas y organizaciones en España que desinteresadamente decidieron apostar porque se hiciera realidad.

Las historias de algunas de las protagonistas del documental, como Bakira Hacesic y Vumilia Balangaliza, han aparecido en estas páginas. A partir de hoy, que cumplimos 31 días de edición, iré colgando algunas otras que creo que merecen la lectura sosegada y exhaustiva que no permite la producción audiovisual. Espero volver a la ruta a finales de marzo. Si todo sale bien, Somalia será el primer destino pues quedaron muchas cosas en el tintero del último viaje a Mogadiscio.

Sí, mi abuela

Para terminar esta entrada un poco atípica, de esas pocas que de vez en cuando escribo para localizar estas páginas en algún lugar y tiempo geográfico concreto, mencionar al alma máter de este equipo: una mujer que nació en Lugo en 1920 y que cada mañana se levanta, va al supermercado y compra los insumos con los que luego cocina y nos alimenta.

Mi abuela Francisca, que a cada rato se asoma a la puerta del salón con una bandeja con algo para beber o comer. ¿Cómo van, cuánto les falta?, pregunta.

Decir que me inspira ser testigo de la fuerza y el cariño con las que esta mujer de 91 años nos cuida y malcría, no es más que decir la verdad. Como también es verdad – sobre todo cuando descubro que cada día los pantalones luchan con más tesón por cerrarse en torno a mi cintura – que no en pocas ocasiones me pregunto qué extraño mecanismo hace que tantas abuelas manifiesten su amor a través de la comida. Supongo que podría ser el tema para un documental futuro: ¿Por qué a las abuelas les encanta cebar a sus nietos?

PD: Como verán en la imagen trabajamos con una decena de discos duros en los que almacenamos y gestionamos las imágenes grabadas en alta definición. El año pasado he pagado un dineral a la SGAE como tasa del canon por la siniestra e ilegal presunción de que los vamos a usar para guardar copias del trabajo de otros autores. De autor a gestor: vergüenza.