BLOGS
El telescopio El telescopio

“Modestamente, la televisión no es culpable de nada. Es un espejo en el que nos miramos todos, y al mirarnos nos reflejamos” (Jaime de Armiñán)

Archivo de Diciembre, 2016

El éxito de ‘La Voz’: los ‘coaches’

Ya acabó la cuarta temporada de La Voz y la concursante gallega Irene Caruncho fue la ganadora. Con una voz y una presencia que hacen de ella una Adele a la española, pero sin el carisma y la transmisión de la diva británica, todo hay que decirlo, llevó al triunfo al equipo de Malú.

Acaba así una Voz 4 que no pasará a la historia de la televisión por aspectos estrictamente televisivos, aunque hay que remarcar que este año había calidad musical entre los finalistas, sino por la química desplegada por sus coaches, con Alejandro Sanz a la cabeza.

Si no eres ‘alejandrista’, va a ser muy difícil que sigas este concurso de talentos. Y lo contrario. Porque todo, lo que es todo, gravita en torno a él.

Alejandro Sanz es el favorito de los aspirantes, que eligen a su equipo a la que él se pone a tiro, es decir, a la que se gira de la butaca tras la primera audición a ciegas. Saben el peso específico que tiene en la industria musical en lengua castellana y eso no tiene competencia.

Ni Malú, ni Manuel Carrasco, ni mucho menos Melendi, le pueden hacer sombra al gaditano-madrileño. Pero, mira por donde, la ganadora ha sido una pupila de Malú.

Otro aspecto que hace que ames u odies esta recién acabada edición de La Voz pasa por el flamenco. Si tienes quejío y cantas por soleares, el trío andaluz se va a morir por tus huesos. Lo llevan en la sangre y en las cuerdas vocales. Y para los que aman el flamenco les hará, como a los ‘coaches’, que se les erize el vello. Pero al resto de la audiencia, así como a Melendi, le va a dar bastante igual. O incluso le va a cansar.

El triunvirato Sanz-Malú-Carrasco es auténtico, se nota que son amigos y que se aprecian, y eso lo invade todo. Pero también puede empalagar tanto egocentrismo desplegado.

Tanto Tania Llasera como Jesús Vázquez pasan sin pena ni gloria como conductores de este ‘talent show’. Y se echa de menos en todas las ediciones transcurridas en España una lección musical que haría mucho bien a los concursantes, y especialmente a los ganadores: que les enseñen no solo a entonar sino a transmitir sentimientos con sus voces. Ese es el ‘duende’ raro de conseguir, como bien saben los ‘coaches’. Y hay muy pocas academias que lo enseñen, porque se tiene o no se tiene.

‘Lo que escondían sus ojos’, un amor de escaparate

Las miniseries de época de producción propia son una de las apuestas más ganadoras de los canales de televisión, que cosechan éxitos con producciones recientes como Gran Hotel, El tiempo entre costuras, Isabel o La Señora. No es de extrañar, pues, que Telecinco haya querido seguir esta estela de aceptación asegurada aunque añadiendo un elemento de riesgo extra que ha sido interpretado de formas diferentes.

Ese giro de tuerca es presentarnos el principio del régimen franquista desde el bando de los ganadores y no del de los vencidos, mucho más trillado a nivel audiovisual y literario. Para ello se han inspirado en la novela ‘Lo que escondían sus ojos, de Nieves Herrero, que ficciona esa parte oscura de la historia de España desde el amor prohibido que se profesaron en la vida real el ministro de Exteriores Ramón Serrano Suñer y la marquesa de Llanzol, Sonsoles de Icaza.

Este gesto ha suscitado una campaña en Change.org con más de 38.938 firmas exigiendo la retirada de la serie, cosecha en paralelo audiencias aceptables. Y demuestra que las dos Españas siguen más vivas que nunca, o que siempre.

Pero sin entrar en cuestiones políticas y respetándolas al máximo, pues son los sentimientos y heridas de un país, ni tampoco en si la ficción presentada es más o menos respetuosa con la verdad histórica, esta serie tiene faltas estrictamente televisivas.

La primera, la elección de sus protagonistas, dos guaperas de manual pero que no aportan lo que deberían a estos dos papeles, complejos y que vivieron un verdadero laberinto de pasiones en un entorno hostil y restrictivo al máximo. Ni Blanca Suárez ni Rubén Cortada están a la altura esperada de una producción que aspira a dejar huella en la televisión y que hace unos meritorios esfuerzos de ambientación y vestuario. Eso sí, luciendo palmito son los mejores y bien se merecen la audiencia.

Por suerte, la falta de oficio de ambos la suplen secundarios. Emilio Gutiérrez Caba, sin estar brillante, convence en su papel de marido de la marquesa. Lo mismo sucede con el intérprete Javier Gutiérrez, que se pone al frente de uno de los personajes más difíciles de encarnar en este país, por motivos obvios. Su interpretación de Francisco Franco no cae ni en la parodia fácil ni en la excesiva verosimilitud, lo que aporta credibilidad a su papel.

Esta historia de amor llenó de chismes los mentideros de la época dentro de una élite que vivía al margen de la miseria y la destrucción de la posguerra. Ver ese mundo aparte desde la ficción también da sentido a la existencia de esta serie por lo que supone de dar visibilidad a algo que también ocurrió en la vida real. Que cada televidente saque la conclusión que crea conveniente de esta puesta en escena poco común en la televisión española y, por ello, también necesaria.