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La primera experiencia de Carolina (4 años) en un Burguer

01 mayo 2013

Happy meal_ happymealy

De verdad que no sé en qué está pensando la gente cuando decide que las celebraciones de cumpleaños de sus hijos pequeños se hagan en una de estas grandes cadenas de hamburgueserías. El problema no es tanto en relación a lo que hagan con sus vidas, que cada uno celebre estas cosas donde quiera. El problema viene en el momento que sus decisiones afectan a terceras personas. En este caso a los amiguitos y amiguitas que se invitan para que acompañen al cumpleañero en cuestión al Burger de marras. Seamos claros este tipo de establecimientos no tienen una imagen estupenda que se diga.

El caso es que el otro día Carol, nuestra hija pequeña vino emocionada del cole diciendo que el cumpleaños de Manolito se iba a celebrar en uno de estos establecimientos. Maldita la gracia que me hizo, pero qué vas a hacer, creo que no se puede ir de fundamentalista por la vida y no dejarle ir… máxime con la enorme ilusión que traspiraba al comunicar la noticia. Estaba tan fascinada con la idea que todos los días previos nos recordaba su cita futura con el Burger. Como digo, el hecho en sí era todo un acontecimiento para ella.

Carol ZanahoriaAntes de continuar déjame que te diga como es Carolina de carácter: cuadriculada. Cuando se le mete una idea entre ceja y ceja ya puedes olvidarte. Afortunadamente en el día a día solo se empecina en hacer cosas positivas: ponerse una determinada prenda de ropa ella sola, dibujar lo que sea o incluso escribir (sin saber hacerlo) a base de copiar palabras cuyo significado se le ha dicho… entonces va ella y copia esos símbolos que son las letras y te escribe pequeñas notas. En cuanto al comer, la definición de Carolina es, sin lugar a dudas “gourmet” y “exploradora” (te sugiero que veas esta entrada para saber a qué me refiero) le gustan los alimentos selectos, de no cualquier calidad o preparación y además le gusta probar cosas nuevas. Para que te hagas una idea, las famosas pizzas precocinadas que normalmente tanto gustan a los niños, si por ella fuera se las comería el gato (menos mal que su padre le entiende perfectamente).

Así pues llegó el día y Carolina fue. Y después se le fue a buscar. He de decir que acudimos a recogerla con cierta expectación por ver cual era su dictamen, sabiendo en concreto cual era la ilusión que tenía por ir al Burger. Ya en camino de casa se estableció el siguiente diálogo:

¿Qué tal Carolina, qué tal has merendado?

Su respuesta crítica fue inapelable:

He pedido Nuggets y no me han gustado; las patatas, no estaban buenas estaban blandurris… y el helado, lo único que estaba bueno… pero no me lo he comido todo.

¿Te gustaría volver otro día?

Sí, para probar la hamburguesa con queso, porque no hay ni bocadillo de chori ni puntillitas…

No cielo, no; de esas cosas no hay en los Buerger XD

¿Qué es lo que más te ha gustado?

El regalo que me han dado (el que se da en la hamburguesería a todos los niños)

Así que ya ves, el gozo gastronómico en un pozo. Lo que más me apena es que si algún día ella insiste con el que quiere volver a uno de estos sitios, lo más probable es que lo haga por recibir el maldito regalo de los menús infantiles.

Nota: Carolina, si alguna vez lees esto de mayor, que sepas que te admiro y que me divierte un montón el escucharte razonar sobre estas cosas.

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Foto 1: happymealy

¡Todos a comer! Libro y música para papás con niños

01 abril 2013

Todos a comer.jpgCreo que a nadie descubro a estas alturas si digo que el comer con hijos es para nosotros una gratificante experiencia. Bueno, con nuestros hijos y casi, casi con cualquier niño que tenga una mentalidad relativamente abierta hacia el acto alimentario y salvando sus naturales limitaciones fruto de su corta edad e inexperiencia. Precisamente es esa inexperiencia la que lo suele hacer tan gratificante: conversaciones sobre el origen de los alimentos, sus cualidades, texturas, sabores, etc y las extemporáneas (o no tanto) conclusiones de los niños son esos elementos que tanto nos satisfacen.

El caso es que el otro día a Adriana, la mayor de nuestras hijas (8), le dio por pedirnos un libro que le gustaría tener. Se trata de ¡Todos a comer! que además viene con un CD de canciones. Su autora es la genial ilustradora zaragozana Eva Armisen y se trata de un libro al que Marc Parrot le pone letra y música a partir de 6 canciones.

La obra, eminentemente visual, recrea 6 estereotipos típicos de los niños y su actitud hacia la comida con unas ilustraciones cargadas de una cierta cualidad onírica y evocadora. Su texto, breve, consiste en la letra de las distintas canciones que se encuentran en el CD.

Todos sabemos que los estereotipos son eso, conceptos demasiado típicos que rara vez se pueden atribuir por completo a un determinado sujeto o realidad. El caso es que a partir de ellos: El explorador (por aquellos niños a los que les gusta probar), la lima (por los que comen sin mayores prejuicios independientemente de lo que haya), el tiquismiquis* (por lo “raritos” que son algunos), los rápidos (aquellos que parece que comen más que respiran), el gourmet (para los que son más “selectos” por naturaleza) y “Dulce” (por la irresistible pulsión de algunos por lo dulce)… se recortan algunos de los comportamientos más fácilmente identificables cuando se come rodeado de niños (ejem, o no tan niños). Al final, como digo, pocas veces un niño se comporta siempre dando cumplida cuenta de un estereotipo concreto, sino que con su genuina personalidad unas veces se inclina más hacia uno de los patrones y otras hacia otro. Depende de días, de comidas concretas, de alimentos determinados, etc. Algo así como el signo del zodiaco que define cierta personalidad y su “ascendente”  que la matiza (lo sé, lo sé, no hace falta que me eches la bronca por poner este ejemplo, ya me flagelo yo mismo XD)

En definitiva, una obra que en casa está dando mucho juego a la hora de comer, en el desayuno de fin de semana y demás. Nos lo pasamos pipa atribuyendo a los demás cualesquiera de estos estereotipos y también imitándonos, haciendo apuestas sobre quién comerá qué… para regocijo del resto.

Una entretenida obra para abrir mentes, reírnos de nosotros mismos, de los demás con respeto y para relativizar nuestro comportamiento alimentario. No te olvides:

¡Todos a comer! de Eva Armisen y Marc Parrot. Ed Lumen. Random House Mondadori. 2012

* Carolina, nuestra peque de 4 años no le sale decir “tiquismiquis” y dice “pitismiquis”… para su desesperación (XD)

¿Cuándo seas padre comerás huevos? Hoy ya no (creo)

26 marzo 2013

Último trozo_SchultzLabsEsta expresión, “cuando seas padre comerás huevos” deriva tal y como explica a la perfección mi vecino Alfred López en su blog “ya está el listo que todo lo sabe” de otras épocas en las que no había ni mucho menos la disponibilidad alimentaria con la que ahora contamos. Afortunadamente, los tiempos han cambiado y ya no hace falta reservar unos recursos alimenticios escasos para mantener mejor nutrido al “cabeza de familia” con el fin de que este pueda asegurar el jornal.

No sé qué dirán mis padres cuando lean estas líneas al decir que un servidor tiene un vago recuerdo de haber escuchado esta expresión en casa cuando era pequeño, aunque también con sinceridad, he de reconocer que no recuerdo las circunstancias concretas que propiciaron su uso (si al final mi memoria no me falla, cosa que tampoco tengo muy claro). También es posible que me fuera dirigida con otros fines distintos de los nutricionales, para aludir más probablemente a la prohibición de dejarme hacer algo por falta de edad o por inexperiencia.

Hoy en realidad lo que quiero es haceros partícipes de una duda, que no es otra que el saber quién en vuestras respectivas casas se lleva “la mejor tajada” de un plato o alimento, quién también se come el último trozo, porción o ración de un alimento concreto. Lo digo porque el otro día mientras comíamos surgió este tema de conversación entre mi mujer y yo.

En principio hay dos posibles escenarios. Por un lado, el de a quién se le sirve en el plato el mejor trozo, el más jugoso, el más “limpio”, en definitiva el más apetecible y; por el otro, quién se come el último trozo de algo que a todos o a varios les apetece.

En nuestro caso, en nuestra casa, en ambas circunstancias son las niñas las que tienen prioridad, y conste que jamás lo habíamos verbalizado, siempre habíamos decidido al unísono sin la necesidad de haberlo hablado. Ellas se llevan las mejores porciones, las que no tienen espinas o huesos, las que son más fáciles de comer. Nos parece lo más evidente. Además, basta que manifiesten su interés por seguir comiendo que aunque sea el último trozo o ración, será para ellas. A partir de ahí, si hay algún descarte de las peques, y sólo quedamos mi santa y un servidor en la ecuación, decidimos sobre la marcha con una especie de “hoy por ti y mañana por mí” de buen rollo. Nunca hemos discutido por estas cuestiones… por estas.

Así que por lo que yo conozco, la expresión de “cuando seas padre comerás huevos” ha pasado a la historia y, más al contrario, hoy se podría hacer buena la contraria, alguna que plasmara que los bocados más predilectos, apetecibles y llegado el caso nutritivos se reservan para los hijos.

Y vosotros, ¿cómo lleváis en casa lo del reparto de la comida más apetecible y el de las últimas raciones?

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Foto: SchultzLabs

¿Que tu hijo come de todo? No te preocupes, ya cambiará

17 enero 2013

Niños comidaEn 2008 tuve la ocasión de conocer personalmente al pediatra Carlos González y ya puestos le pedí que me firmara uno de sus libros (“Mi niño no me come“). Si tienes hijos, te lo recomiendo. Bueno, ése en concreto o cualquiera del Dr. Carlos González, el último que ha caído en mis manos es “Entre tu pediatra y tú“: Demoledor.

En la conversación, le comenté que tenía dos hijas, una de 4 años, Adriana, y la otra de apenas un mes, Carolina, y que su madre y yo estábamos muy tranquilos ya que la mayor “nos comía de todo”. Su respuesta, contundente, me dejó perplejo: “No te preocupes, ya cambiará” o lo hará con bastante probabilidad… Ciertamente, así fue, tenía razón. Con el paso de los años la mayor (ahora tiene 8) empezó a rechazar alimentos que antes, no es que “aceptara”, sino que estaba claro que le gustaban.

Habitualmente los gustos y preferencias de los niños en la mesa son todo un quebradero de cabeza para los padres. Los motivos típicos son varios: “no les gusta” lo que sus progenitores consideran que es bueno para ellos, o simplemente se niegan a probar (¿quién no ha dicho alguna vez eso de “pero cómo sabes que no te gusta si ni tan siquiera lo has probado”?), o sencillamente cambian, lo que ayer “les gustaba” y comían, hoy se niegan y ya no les gusta (tal y como ocurrió en mi caso). O a la inversa, pero este caso, que accedan a comer algo que antes no les gustaba y ahora sí, no suele ser motivo de preocupación sino de alegría y tranquilidad (“¡por fin come!”)

La clave, al menos en nuestro caso, ha sido no darle la mayor importancia. ¿Qué ahora no te gusta (y antes sí) cualquier cosa? Pues no te preocupes hija, no lo comas. Y a otra cosa mariposa. Así, sin presiones, ni premios, ni castigos por que se coma o no se coma algo vamos… yendo. Y así, resulta, que ahora ella misma vuelve motu proprio a aceptar aquellos alimentos. Sin bullicios ni especiales alharacas.

Ostras_Peri Apex

La que me tiene más despistado es la que en septiembre de 2008 tenía un mes y ahora cuatro tacos, la pequeña, Carolina. Su catálogo de alimentos preferidos no sólo es infinito, sino que además contradice lo habitual. Es decir, le gustan, se pirra, por cosas poco habituales para que le gusten (creo) a una niña de su edad: Conservas de anchoas, pescado de cualquier clase, etc. pero el colmo de los colmos es el tema de las ostras. Sí, estas navidades hubo en dos ocasiones ostras en la mesa. Y me dije, “te vas a enterar, Carolina”:

- A ver Carolina, ¿te apetece probar esto? (y a la mayor igual, pero su cara era ya todo un poema nada más verlas… así que lo que me imaginaba, que no)

- Siiii -después de no haberse perdido detalle de los esfuerzos de su padre por abrirlas-

Y va escojo la más pequeñita, la suelto de su valva, le pongo unas gotitas de limón y se la llevo a la boca con la concha, como mandan todos los cánones ostreros.

Tras un escalofrío y poner un ojo para Tudela y el otro para Triana fruto de la acidez del limón, me mira y… sonríe.

- ¿Te gusta, Carolina?

- Siiii –contesta contundente mientras se relamía su sonriente boca-

Tal fue, que el primer día de ostras se endiñó tres, y el segundo, cuatro.

Y yo me pregunto, qué puñetas pasa por esas cabecitas para decidir que algo es bueno para probar y qué no lo es. Y más allá, una vez en la boca qué elementos intervienen para decidir que si les gusta, o que no. Sinceramente no lo sé. Lo que sí tengo claro, porque así lo aconsejan todas las recomendaciones en este terreno (y porque me parece lo más racional y porque así nos va fenomenal), es que no hay que darle mayor importancia.

El aspecto general de un alimento es, supongo, uno de sus elementos. Pero en el caso de mi hija Carolina está claro que no, o que al menos le puede condicionar, pero no le va a determinar la decisión final. Os cuento que la cosa tiene su retranca.

El aspecto de las ostras no es muy “normal” y puede resultar hasta repulsivo, lo reconozco. Y eso debió de apreciar también Carolina que justo antes de comerse la segunda ostra y sin que su hermana hubiera dicho esta boca es mía va y dice:

- Adriana -a la mayor- no mires que te va a dar asco.

Nos quedamos a cuadros. O sea, le reconoce un aspecto poco “atractivo”, pero decide probar y luego, repetir. Y además… “proteger” a su hermana respetando totalmente su decisión.

Lo dicho, si tienes hijos pequeños, no desesperes a la hora de lo que comen o no. Trata de comer con ellos todas las ocasiones que puedas. Haz de tu comida un ejemplo de lo que ellos podrían comer. Que comen bien (según lo que tu consideras bien) estupendo, que no, pues también estupendo. No presiones, no premies y no castigues. La mejor guía sobre cuánto tiene comer un niño sano es… ese mismo niño. Su apetito ha de ser la guía. Tú preocúpate porque la oferta de alimentos sea más o menos saludable, de las cantidades deja que sea él quién mande.

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Foto ostras: Peri Apex

La obesidad infantil se dispara en Fukushima

03 enero 2013

Las cifras de obesidad infantil en la zona de Fukushima son las más altas de todo Japón. A pesar de ser esta una circunstancia que se ha venido observado desde bastantes años atrás, los datos actuales son especialmente preocupantes porque estos valores se han incrementado de forma alarmante tras la catástrofe ocasionada por el terremoto y el tsunami en marzo de 2011.

La publicación el pasado 25 de diciembre de un estudio preliminar realizado por el gobierno japonés apunta como causa posible para el aumento de la obesidad el descenso en la actividad física de los más pequeños ocasionada por el temor de la población a una posible sobre exposición a la radiación. Aunque tradicionalmente la zona noreste de Japón, donde está Fukushima, ha liderado la obesidad infantil, hasta ahora esta circunstancia se solía poner en relación con los duros inviernos de esta región que en principio favorecerían el no salir demasiado de casa o la no realización de actividad física en el exterior. Pero en el último año y medio estas cifras casi se han duplicado. Así, el aumento de peso se ha hecho más patente entre los niños más pequeños. Por ejemplo, en el caso de los niños de seis años, la obesidad ha alcanzado el 11,4%, cuando en 2010 (último año del que se tenían datos) estaba en el 6,3%. Se puede encontrar otro ejemplo en el caso de las niñas de 8 años en las que la incidencia de la obesidad ha duplicado llegando en la actualidad al 14,6%. En cualquier caso, los niños de la prefectura de Fukushima entre 5 y 9 años, así como los de 14 y 17, lideran  los rankings de obesidad en Japón.

Con la radiación como bestia negra, tanto las escuelas infantiles como los padres de los más pequeños han limitado la cantidad de tiempo que estos pasan al aire libre y eso termina por influir en su peso. Inmediatamente después de la catástrofe 449 escuelas públicas de la zona de Fukushima establecieron límites en el tiempo que se permitía a los alumnos estar en el exterior. A pesar de que en septiembre pasado las restricciones seguían en vigor para 71 escuelas los hábitos de la población han cambiado de forma notable. De esta forma son bastantes los niños y adolescentes que aun viviendo ahora en áreas donde los niveles de radiación están por debajo de los límites de seguridad establecidos por el gobierno japonés, pasan en la actualidad más tiempo en casa después de la escuela, durante los fines de semana y en los días festivos que antes de la catástrofe.

A pesar de que las restricciones en cuanto al tiempo que se puede de permanecer en el exterior no es todavía más que una hipótesis para explicar el crecimiento de la obesidad infantil en esta región, la mayor parte de los expertos terminan por apuntar este motivo como el más probable. Sin embargo, no son pocos los que piensan que ha sido la radiación en sí misma la que ha hecho engordar a la población infantil, más en concreto por su efecto sobre la glándula tiroides. Me parece que la polémica está servida.

Creo que sería buen momento para pedirle a Hotei, deidad zen de la alegría y la felicidad, el tutor de los niños, y patrono de camareros (en la foto de esta entrada) que intercediera por estos niños… y ya de paso, que diera un poco de ejemplo.

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Foto 1: jacobian

Un libro de texto de la India afirma que comer carne hace al ser humano inmoral

21 noviembre 2012

Que levante la mano el que no ha oído nunca decir que el comer carne fomenta la violencia y que otro gallo nos cantaría como especie si todos fuésemos veganos, o sea, vegetarianos estrictos. De verdad que no pretendo entrar en mayores polémicas pero la relación causa y efecto entre un determinado consumo alimentario (vegetarianismo vs omnivorismo) y la catadura moral de los individuos no está demostrada.

Sin embargo, a los editores de un libro de texto para niños de 10 a 12 años de La India la no existencia de esta relación les ha debido de importar muy poco a la hora de promover el vegetarianismo ya que afirman textualmente (nunca mejor dicho) que las personas que no son vegetarianas suelen engañar fácilmente, olvidar sus promesas, ser más deshonestas, decir tacos, robar, recurrir a la violencia y cometer crímenes sexuales. Increíble pero cierto.

Uno de los argumentos más descabellados que se utiliza en el libro en cuestión para justificar esta propuesta es que la carne no es un alimento esencial ya que el “Creador del Universo” no incluyó la carne en la dieta original de Adán y Eva. Él les dio frutas, frutos secos y legumbres para que se alimentaran….

Aunque algunos profesores y académicos del país han instado al gobierno a que ejerza un mayor control, las autoridades sostienen que son las escuelas las que deben supervisar el contenido de los libros de texto que adquieren ya que son ello los responsables de su elección. Mientras, algunos expertos en pedagogía del país, afirman que los contenidos de este libro son “venenosos” para los niños. Y sinceramente, no me extraña.

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Nota: quiero agradecer a @manolo_elmas el haberme hecho llegar esta información a través de twitter. Saludos :)

 

¡Y una fruta mierda!

13 noviembre 2012

Está bastante bien asumido por parte de la población general que un adecuado consumo de fruta está relacionado con beneficios sobre la salud. Por esta razón, ya que el actual patrón de consumo de fruta está por debajo de los habituales consejos (sea por la causa que sea) es posible que la industria alimentaria aproveche en este terreno tantas oportunidades para hacer de las suyas, muchas veces con el auspicio de las leyes vigentes. Es decir, la gente sabe que comer fruta es bueno y al no hacerlo en la cantidad adecuada está especialmente sensibilizada para acoger aquellas opciones que nos sugieran una cierta facilidad a la hora de consumirla… mucho más sensibilizada además si la “opción” propuesta es fetén para nuestros niños que, ya saben, son utilizados muchas veces como nuestro talón de Aquiles alimentario.

 

Ya he contado en alguna ocasión mi afición a observar comportamientos y actitudes del mundo que me rodea en relación con sus hábitos alimentarios. En este sentido no descubro nada cuando digo que, además de otros entornos, el patio del colegio de mis hijas representa un inapreciable ecosistema para el estudio, del que muchas veces saco jugosa información. De un tiempo a esta parte vengo observando que a las horas de las meriendas y en los almuerzos (aquellos días en los que hay que llevar de almuerzo fruta al colegio sí o sí, por obligación) empiezo a constatar una  preocupante proliferación en las manos de los niños de unos llamativos sobres-bolsa tuti-fruti y multicolori comercializados por una conocida marca de distribución. “100% fruta” pone (además, “sin lactosa” y “sin gluten”) y, lo más preocupante en mi opinión, un visible logo que reza:

1 ración de fruta

 

¿Nos están sugiriendo que la ingesta de este tipo de productos equivale a la ingesta de una ración de fruta? Pues si es así, lo dudo. No, desde mi punto de vista, lo niego.

Veamos, los sucedáneos son eso, sucedáneos. Según el diccionario son “sustancias” que por tener propiedades parecidas a las de otra, pueden reemplazarla. Pues será lo que diga el DRAE, pero el reemplazo al que ahora me refiero, las bolsitas estas en vez de fruta, me niego a aceptarlo, ¡porque no son equivalentes!

A título particular, y aunque la legislación diga otra cosa, me parece inaceptable que se asocie como reemplazable el consumo de la fruta de verdad con el de un sobre-bolsa de 90 gramos a través del cual los niños (ellos especialmente) liban cual si de lepidóptero vulgar se tratase el puré de frutas procedente de concentrado con su vitamina C añadida.

 

Analicemos la sucedaneidad, la equivalencia o como se prefiera decir, de estos dos elementos. Para ello voy a tomar en consideración las características inherentes a la fruta y las voy a comparar con las de los sobres-bolsa.

Algunas de las características generales de la fruta como grupo son: Importante fuente dietética de vitaminas, minerales, fibra y fitonutrientes, y todo ello con un escaso aporte energético. Es decir, la fruta aporta todos estos elementos en una cantidad relativamente amplia y lo hace con pocas calorías.

A continuación he confeccionado una tabla con aquellos nutrientes que vienen reflejados en la información nutricional de los sobres-bolsa a los que me refiero y la he comparado con algunas raciones medias de las frutas más habituales. Quiero destacar dos aspectos: El poner sólo la vitamina C responde a que entre las vitaminas es la única de la cual se detalla su presencia en los sobres-bolsa (¡!). Y de los minerales sólo se menciona el sodio, algo bastante curioso porque, normalmente este mineral se suele hacer destacar para recalcar, por motivos de salud, su ausencia o baja proporción.

Datos de los sobres-bolsas por unidad (90 gramos) e información del propio envase. Datos de las frutas: National Nutrient Database (USDA); más en concreto: Naranja: 180 gramos; Kiwi verde: 148 gramos (una ración); Manzana: 161 gramos (una pieza mediana); Plátano: 118 gramos (una pieza mediana); Fresas: 144 gramos (una taza) por mitades; Piña: 156 gramos en trozos.

 

EN RESUMEN

  • Cualquier ración media de las frutas aquí expuestas aporta más fibra que la de los sobres-bolsa en cuestión. Es muy probable, además, que esta realidad sea trasladable a cualquier otra fruta fresca que se considere (salvo puntuales excepciones)
  • La presencia de vitamina C (y con mucha probabilidad de muchas otras vitaminas) en un patrón de consumo variado de fruta fresca es mucho más alto que el que se obtiene del consumo “por sustitución” de estos sobres-bolsa. Y lo más importante a este respecto,
  • A título particular, las diferencias organolépticas (ya saben esas cosas relativas al sabor, textura, aroma, color…) entre el consumo de este tipo de “sucedáneos” y el de la fruta son, francamente, imposibles de tomar en consideración. El puré de las bolsas-sobre es una especie de jalea hiperdulzona, pálida y más emplagosa que una canción de Albano y Romina Power.

Igual te interesa comparar algunos de los aportes nutricionales de estos sucedáneos con los del típico bollo con agujero que en ocasiones se lleva como merienda y que suelen tener tan mala prensa por pertenecer al mundo de la bollería industrial. Aunque existen otros aspectos nutricionales a la hora de comparar el típico  bollo con agujero con estos sobres-bolsa, ten en cuenta que un bollo de estos aporta 198 kcal con una presencia de fibra bastante similar (1 bollo con agujero = 1,4g de fibra).

 

EN CONCLUSIÓN

No conviene que la población general asocie como equivalentes el consumo de estos productos con  el consumo de fruta, y mucho menos que esta asociación se la inculquemos a nuestros hijos.

Si queremos que nuestros hijos coman fruta de forma natural, sin artificios que en mi opinión son contraproducentes, conviene ser un poco más HACENDOSOS ante estas situaciones. ¿Se me entiende?

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Fotos: GTRES

El origen del famoso, útil y muchas veces malinterpretado Índice de Masa Corporal (IMC)

26 octubre 2012

Como decía el otro día en esta práctica entrada se me quedó en el tintero el hablarles del IMC o índice de Quetelet.

Casi todas las personas tienen una idea de la existencia de un sencillo modelo matemático que informa a cada uno si su peso es más o menos adecuado a sus circunstancias. Casi todo el mundo como digo ha oído hablar del Índice de Masa Corporal o IMC. De ello se han encargado fundamentalmente los medios de comunicación al mencionarlo, en muchas ocasiones bastante a la ligera, con bastante profusión. Pero ¿cuál es su origen, cómo se interpreta, cuáles son sus ventajas… y sus inconvenientes? Para eso esta entrada.

 

¿Cuál es el origen del Índice de Masa Corporal?

En realidad el nombre en cuestión de IMC se usa desde hace relativamente poco tiempo, tanto como desde 1972 cuando el archiconocido Ancel Keys… (¿qué, que no conocen al padre de la “dieta mediterránea”? bueno, otro día les cuento las venturas y desventuras de su historia) como decía, cuando el bueno de Ancel Keys asignó el nombre literal de Body Mass Index (Índice de Masa Corporal) a un patrón matemático que ya se conocía desde hacía mucho tiempo como fórmula (o índice) de Quetelet.

 

¿Quién era Quetelet y por qué este índice?

Adolphe Quetelet nació en 1796 en Gante y fue un matemático de pro. A pesar de que su nombre no nos diga demasiado trabajó codo con codo con otras personalidades de la ciencia matemática como Laplace, Fourier y Poisson (a poco que sepan de estadística seguro que estos nombres ya les dicen algo más). Para que se hagan una idea de su relevancia histórica no es infrecuente encontrar su nombre asociado al “título” de patriarca de la estadística.

A ver si no me desvío demasiado y les cuento de una vez el origen de este famoso índice. El caso es que en 1835 Quetelet publicó una obra en dos volúmenes titulada “Sur l’homme et le développement de ses facultés. Essai d’une physique sociale” (volumen 1 y volumen 2), en la que se hace un resumen de sus investigaciones en estadística aplicada a las variables antropométricas y al comportamiento social. Una obra controvertida en su tiempo porque daba a entender un cierto determinismo “social” en base a las características antropométricas de cada sujeto. Algo muy en boga e aquellos años, el relacionar la antropometría con el comportamiento, en los que la ciencia criminalística despertaba al mundo de manos de figuras como Raffaele Garofalo, Alphonse Bertillon y Francis Galton entre otros (¿les suenan? es posible que no, pero las ultimas pelis de Sherlock Holmes seguro que sí –las de Robert Downey Jr, me refiero- Ahí pueden encontrar algunas referencias al fiasco del “bertillonage” o la frenología o, ahora sí, a la incipiente ciencia de la dactiloscopia). Pues bien en esa obra Quetelet describe qué:

“Durante el primer año de vida el aumento del peso es mucho mayor que el de la estatura. Después del primer año de vida y hasta el fin del desarrollo, el peso aumenta con el cuadrado de la estatura”.

Pero sin embargo, lejos estaba Quetelet de saber hasta dónde iba a llegar su formulita. Pese a la creencia actual general, Quetelet no estableció entonces el índice de Peso/Talla al cuadrado como un índice de obesidad, sus fines eran otros. Es decir, las investigaciones sobre las implicaciones del contenido de grasa corporal y su determinación experimental a partir de la “fórmula” de Quetelet, son muy posteriores a su época. Tanto como de principios de la segunda mitad del siglo XX.

Quetelet falleció en 1874 en Bélgica tras una prolífica carrera como estadístico en las más altas esferas de su época.

 

A pesar  de estar descrito hace casi tres siglos y empezar a “juguetear” con él desde hace más de medio, no fue hasta 1985 cuando en un trabajo infinitamente citado en la literatura científica se asentaba la buena correlación entre el IMC y la adiposidad, dando muestra de en qué situación ponderal está cada sujeto. En el trabajo titulado “Quetelet’s index (W/H2) as a measure of fatness” publicado en el  International Journal of Obesity, sus autores Garrow JS. y Webster J. concluye literalmente que “Quetelet’s formula is both a convenient and reliable indicator of obesity” (El índice de Quetelet es un indicador tanto apropiado como fiable de la obesidad”) tras haber comparado la composición de 128 sujetos (104 mujeres y 24 varones) a través de distintos medios con el mencionado índice. Posteriormente, los resultados de este trabajo mencionado se han ido corroborando y con ello se han ajustado los puntos de corte que hoy conocemos.

¿Cuáles son sus ventajas?

Sin lugar a  dudas la principal ventaja del índice de Quetelet o IMC es su sencillez para obtener las variables peso y talla (quien más o quien menos tiene una báscula en casa y una cinta métrica, aunque sobre el cómo se toman estas mediciones también se podría hablar largo y tendido) para aproximar la situación ponderal del individuo sin demasiadas “complicaciones” matemáticas como logaritmos, funciones derivadas y demás. Una sencilla multiplicación y otra sencilla división. En base a esta fórmula: Peso(kg)/Talla2(m) se han ido estableciendo una serie de puntos de corte que catalogan a cada sujeto en función a su peso. Digo “se han ido estableciendo” porque con el paso del tiempo los puntos de corte se han ido modificando ligeramente arriba y abajo. A día de hoy los criterios de la OMS y de la mayoría de sociedades y autoridades sanitarias consideran que se tiene…

  • Bajo peso cuando el IMC es menor de 18,5
  • Peso normal cuando el IMC está comprendido entre 18,5 y 24,9
  • Sobrepeso cuando el IMC está comprendido entre 25 y 29,9
  • Obesidad cuando el IMC es superior a 30.

¿Cuáles son sus desventajas?

El IMC no tiene desventajas si se utiliza y se interpreta bien (las dos cosas, utilización e interpretación) ¿Y cómo se utiliza bien? Pues tomando en consideración que los anteriores puntos de corte son sólo válidos y por lo tanto sólo se pueden aplicar a las poblaciones entre 20 y 65 años. Por debajo y por encima de estas edades podría “acertar” (con más probabilidad con las que están por encima) pero no es tan fiable como en el marco antedicho.

Entonces ¿no se utiliza el IMC para niños y adolescentes?

Claro que se utiliza, pero lo que no se hace es emplear los puntos de corte mencionados para realizar la valoración. Para niños y adolescentes se utilizan tablas percentiladas como estas que aquí les ilustro. Los que sean padres o madres y han ido alguna vez al pediatra con sus hijos conocerán las tablas percentiladas de peso para la edad, de talla para la edad y de perímetro cefálico para la edad. Pues estas son lo mismo pero con el IMC en el eje de las ordenadas (en vez del peso, la talla o el perímetro cefálico) y manteniendo la edad en el eje de las abscisas. Además hay una nueva particularidad, en el caso de las edades infantojuveniles hay dos tipos de tablas diferentes por sexos: azulitas para los nenes y rositas para las nenas (para no confundirse tontamente, vamos). Sobre los puntos de corte y cómo interpretarlas creo que habrá que hacer otro día otra entrada (de momento confíen en el personal sanitario que le atienda).

 

Como decía al principio, es frecuente que el IMC, ya sea para adultos o como veremos en este caso para niños se interprete no mal, si no rematadamente mal. Este ejemplo que aquí les traigo es el que propone una mediática psicóloga televisiva al hablar en una colección de libros que se hicieron a la estela del programa “Supernanny” y que ilustra lo desafortunado de sus “puntos de corte”, por no hablar de que prescinde de las variables sexo y edad, indispensable cuando se habla de niños y adolescentes. Para que se hagan idea, mi hija mayor cuando tenía cuatro años tenía un IMC de 14,6 es decir, entre los percentiles 25 y 50 según su edad y sexo, y sin embargo para el libro de  “supernanny” resulta ser “criterio de ingreso hospitalario” (¡!) Menos mal que su padre, al menos en este caso, sabe distinguir la morralla.

 

¿Cómo se interpreta correctamente?

Como decía también hay que saberlo interpretar correctamente y no sacar conclusiones descontextualizadas. Una de las mayores pegas que tiene el IMC es que no mide la grasa del individuo. En su lugar, estima que el peso, ya sea el “exceso” o la “escasez” de este, depende exclusiva y respectivamente del aumento de tejido graso o de su defecto… y no siempre es así.

Un error sería por ejemplo decirle a  Lennox Lewis o Myke Tyson o a cualquiera de estos “angelitos” que tienen, sobrepeso casi obesidad el uno; y el otro obesidad, a tenor de una lectura “frívola” de sus IMC respectivos cuando aquel glorioso combate en 2002. Sería un error el emitir tal “diagnóstico”… y también una terrible imprudencia, salvo que se lo digamos por teléfono y además no nos conocieran. Y es el caso de muchos deportistas, en especial en aquellos cuya disciplina incluya un componente de “fuerza” importante; al igual que sucede con mis queridos Homo croassanis, es decir con los culturistas. En todos estos caso, pese a salir un IMC dentro de los valores de sobrepeso u obesidad, el mucho peso se debe al importante desarrollo de la musculatura y no a la presencia excesiva de tejido adiposo, elemento último que define en verdad la obesidad tal y como se puso de manifiesto en esta entrada.

 

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No tomarás el nombre de la fruta en vano: la falacia de las gominolas “con fruta”

11 octubre 2012

 

Con cara de bobo me quedé el otro día cuando al más puro estilo “la vieja’l visillo” llegó una conversación a mis oídos entre un par de madres del colegio de mis hijas. La situación, una de las más corrientes: en el patio, por la tarde y tras las clases, madres y padres nos afanábamos por hacer llegar la merienda a nuestras respectivas proles. Ya saben, lo de siempre: bocatas para unos, bollería para otros, galletitas, chocolatinas con regalo incorporado para otros más y entre tanta opción, además, sanísimos zumos multifrutas, batidos de mil colores y sabores siempre, eso sí, enriquecidos con las mil y una vitaminas, y muy poca agua en circulación.

Los padres y madres que saben de rebote a qué me dedico me miran de reojo, muchas veces con recelo y otras tantas como si representara a la Santa Inquisición. Eso los que me conocen poco y mal. Porque los que bien me conocen saben que me trae al pairo lo que cada uno haga con sus domésticas cuestiones alimentarias. De vez en cuando se dejan caer comentarios en voz alta al respecto de qué es más idóneo para merendar, comentarios que se hacen con toda la intención de que yo los aclare. Pocos son los que se acercan de forma franca y sincera para preguntarme la opinión sobre algún producto determinado.

En fin, el caso es que tal y como les decía me enteré de una conversación que me puso los pelos de punta, les cuento:

  • Madre 1: Toma Jaimito (a su hijo), cuando te termines la merienda te puedes comer estas gominolas. ¡Cuando la termines, no antes!
  • Madre 2 (con cara de asombro): ¡Pero cómo se te ocurre darle al niño gominolas para merendar!
  • Madre 1: ¡Ah! ¿por lo de los dulces te refieres? No te preocupes, estas son unas gominolas “especiales”. Además de que le encantan yo estoy contenta por que tienen fruta y son sanísimas… ¿lo ves? lo pone aquí.

Me quedé helado. Lo primero que pensé es que eran gominolas caseras, si acaso frutas escarchadas o algo así; pero cuando miré haciéndome el distraído comprobé que de eso nada, eran gominolas de una conocida marca comercial y pensé: ¿se creerá de verdad “madre 1″ lo que está diciendo?

Evidentemente pasé olímpicamente de sacarla de lo que yo consideraba un error a todas luces y un despropósito el pensar que ese tipo de gominolas pudieran representar un aporte significativo de fruta en la dieta del… de cualquiera. Así que me guardé la opinión para mis adentros y tras comentárselo a mi mujer (a la que casi le da un ataque de risa) me fui directo al supermercado más cercano con la sana intención de hacerme con un paquete de las consabidas gominolas y comprobar por mí mismo la realidad. Ya en el súper no solo me hice con un paquete de estas si no además con unos caramelos blanditos bien conocidos que también hacían alegaciones similares al contenido de fruta en su producto.

¿Qué cantidad de fruta tienen las chucherías que anuncian que tienen fruta?

Sinceramente no he hecho un análisis detallado del mercado pero les traigo estas dos etiquetas para que vean: Primero, qué tipo de alegación hacen estos dos fabricantes en relación a la fruta y; segundo que comprueben según su lista de ingredientes la veracidad de dicha publicidad.

Esta foto es la de las gominolas en cuestión y la transcribo a continuación (atentos al lugar en el que aparece el zumo procedente de concentrado y su cantidad):

“Jarabe de glucosa, azúcar (34,4%), dextrosa, agua, humectante, jarabe de sorbitol, almidón de maíz, gelatina, sólidos lácteos; 7% zumo de frutas procedente de concentrado (cereza, limón, piña, fresa, naranja, manzana), ácidulante: ácido cítrico [según norma CE  a este aditivo se le llama  antioxidante E-330], gelificante: pectina [según la misma norma a este aditivo se le llama E-440], correctores de la acidez: citrato de sodio [según norma CE este es el antioxidante E-331], aromas [¿?], concentrados de frutas y plantas (grosella negra, baya de sauco, aronia, uva, naranja, limón, mango, fruta de la pasión), colarantes (curcumina [aditivo con el código CE de E-100], cochinilla [E-120], complejos cúpricos de las clorofilinas [E-141]), jarabe de azúcar invertido”. Ahí es nada.

Creo que para el entendimiento del consumidor medio debería quedar bastante claro qué:

No hay zumo de frutas en los ingredientes de las gominolas, lo que hay es zumo obtenido de “extracto de frutas” y poco…

La cantidad de este zumo obtenido de extractos está en una proporción según el fabricante del 7% (¡caramba!) lo que hace irrisoria la cantidad de fruta de verdad en las gominolas (no está presente en dosis homeopáticas… pero poco le falta),

En la bolsa se alega además que carecen de conservantes y de colorantes artificiales. Y es cierto, pero por si acaso “los malos entendidos” se ha obviado toda mención la nomenclatura CE de los aditivos autorizados en base al código “E” y presentes en las gominolas. Yo los he incluido entre corchetes en la relación de ingredientes transcrita. A este respecto el Real Decreto 1334/1999 sobre el etiquetado dice qué:

“Los ingredientes que pertenezcan a una de las categorías enumeradas en el anexo II [es decir, la mayor parte de aditivos, incluidos los de estas gominolas] se designarán obligatoriamente con el nombre de dicha categoría, seguido de su nombre específico o de su número CE

Es decir, dada la legal disyuntiva han preferido evitar mencionar los famosos “E” que tan mala prensa tienen en un “por si acaso”. A pesar que esta mala fama es en la mayor parte de los casos injustificada y en una pequeña parte, al menos controvertida.

En mi opinión estas alegaciones contravienen ya no sólo la lógica en el momento que dicen poseer fruta a título práctico (¿de verdad alguien cree que hay algún beneficio constatable similar al del consumo de fruta al escoger estos productos?) si no también la legislación actual. En el Reglamento Europeo relativo a las declaraciones nutricionales y de propiedades saludables en los alimentos se dice en el artículo 5 qué:

“El nutriente u otra sustancia acerca del cual se efectúa la declaración [ha de estar] contenido en el producto final en una cantidad significativa tal como se define en la legislación comunitaria o, en los casos en que no existan normas al respecto, en una cantidad que produzca el efecto nutricional o fisiológico declarado, establecido mediante pruebas científicas generalmente aceptadas […]

[…] la cantidad del producto que cabe razonablemente esperar que se consuma proporciona una cantidad significativa del nutriente u otra sustancia a que hace referencia la declaración […]“

Señores fabricantes ¿serían tan amables de aclarar qué cantidad de caramelos o de gominolas habrá que comer para llegar a obtener un beneficio significativo similar al de comer fruta? Lo pregunto porque si la cantidad es razonable entonces me trago mis palabras… pero me temo que no.

 

En el caso de la marca de los caramelos “blanditos”, al menos tienen la decencia de anunciar en el envase que los caramelos tienen zumo procedente de concentrado. Pero no se lo pierdan, la cantidad es del 0,4% (¡!)

 

Entonces, después de este para mí flagrante incumplimiento de la legislación en el etiquetado la pregunta que muchas veces me hacen es ¿por qué se permiten este tipo de cosas, por qué no se denuncian, por qué llevan haciéndolo así durante tantos años?

Mi respuesta es clara. No lo sé. Quizá el consumidor medio sea “poco importante” para la administración, o haya cosas más importantes en las que esta se mantiene ocupada. Desde luego yo no me voy a meter a denunciar a nadie más allá de las consecuencias de este blog. Otra cosa es cuando hay algún afectado directo. Me explico.

¿Se acuerdan del caso de las patatas fritas que no tenían aceite de oliva en su composición? El caso, no sé si recuerdan, es que en el año 2002 una conocida marca de patatas fritas sufrió una mediática condena por anunciar que en su receta el ingrediente “esencial” era el aceite de oliva cuando se demostró (tras la correspondiente denuncia) que tan solo el 2% del aceite presente en aquellas patatas era de oliva. ¿Quién denunció en aquel caso? Una marca de la competencia que sí incluía al parecer una cantidad significativa de aceite de oliva en su receta.

Pero no se lo pierdan, esta sentencia no hizo alusión al engaño per se al que se le induce al consumidor, si no a la competencia desleal del denunciado frente al denunciante. En la propia sentencia se puede leer que el denunciado incurre en competencia desleal al haber  “vulnerado la libertad de decisión del consumidor, que presupone no ser inducido a error sobre cuestiones relevantes que pueden contribuir a ella”.

Desde hace un tiempo sin embargo, la marca denunciada en su día ha vuelto a hacer alegación al contenido en aceite de oliva de sus patatas, pero esta vez manifestando que es el único aceite que ha intervenido en su composición

Así pues, mientras nadie de la competencia se sienta desplazado por esta, a todas luces, poco afortunada publicidad sobre el contenido de fruta en las gominolas y caramelos, me parece que nos queda “fruta” para rato. Y mientras, una buena parte de los consumidores seguirán obnubilados con esta alegación o simplemente aplacando su mala conciencia al aportar con cierta frecuencia a sus hijos determinadas chucherías… Y es que tienen fruta, ¿lo ves? Lo pone aquí.

 

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Tres premisas y una pregunta: ¿Por qué aceptar regalos por comer?

20 septiembre 2012

Parto de tres premisas que aunque se podrían rebatir habría que ponerse un poco tiquismiquis para ello. Veamos:

Primera: Comer es obligatorio. Es decir, sin comer (entre otras cosas) no podemos vivir. Todos los seres vivos necesitamos de la incorporación de sustancias indispensables para la vida y de energía con el fin de no enfermar y/o morir. En nuestro caso, estas necesidades las cubrimos con los alimentos. ¿Hasta aquí de acuerdo? Vamos con la segunda.

 

Segunda: Comer nos satisface en el plano más inmediato, en el hedónico me refiero. Nos da placer. Si podemos comer cosas que nos gustan, lo preferimos frente al comer cosas que no nos gustan. Obvio. ¿Se puede estar perfectamente nutrido con elementos que no sean de nuestro agrado? Sí, es cierto, pero si podemos, tendemos a comer lo que nos gusta y nos olvidamos de lo que no.

 

Tercera: En nuestro medio, España, siglo XXI y todo eso hay una disponibilidad alimentaria muy amplia, y además comer resulta muy barato (no se alteren, déjenme explicarlo) en comparación con otras zonas del mundo o de otras épocas. Para que se hagan una idea, según datos del Instituto Nacional de Estadística, en los años 50 del siglo XX las familias españolas destinaban cerca del 52% de sus ingresos familiares a la cesta de la compra; hoy en la cesta de  la compra nos dejamos en torno al 16-17% según la misma fuente. Comer es barato y además tenemos una amplia oferta, mayor que entonces, a nuestra disposición.

Supongo que querrán saber la conclusión que saco de todo esto. Pues bien, es claro, ¿por qué tendríamos que aceptar regalos por comer algo que además se nos vende como especialmente barato? Me explico, y supongamos un caso bastante habitual: cadena de comida rápida (lo típico, hamburguesas o pizza) que hace una oferta en unos términos similares a:

“Con el menú individual por 3,95€ puedes llevarte además una colección de figuritas con tus héroes favoritos”

A ver si lo entiendo, según mi opinión esta estrategia de venta podría responder a tres realidades si tomamos en cuenta las premisas anteriores:

1ª Posible realidad: El menú cuesta poco dinero, es rico (sabroso, apetecible), nutricionalmente adecuado y, además, te hacen un regalo “gratis” al pedirlo o;

2ª Posible realidad: El menú es deficiente en algún sentido (pongan el atributo que quieran para cumplir con esta característica de deficiencia: valor vs precio, sabor, contenido nutricional, etc.) y se hace preciso incentivar su consumo con un regalo, ya que de otra forma no lo consumiría nadie o;

3ª Posible realidad: El menú es lo de menos, lo que usted quiere en verdad es el regalo (ya sea porque usted es coleccionista, fetichista o lo que sea) así que lo pide y todos contentos: la franquicia por hacer la venta y fidelizar a un cliente con regalos, no con la comida; y usted contento porque tiene lo que quería, el regalo. Aunque ya que viene con hamburguesa, patatas y refresco, se las come.

Valoren las alternativas, lo dejo en el aire. Aunque yo lo tengo bastante claro, prefiero que sean ustedes quienes saquen sus conclusiones.

Creo recordar que fue Michael Polland (este dato no lo tengan mucho en cuenta) quien dijo en su día que es recomendable huir de aquel distribuidor, productor u oferta de hostelería que te ofrece regalos para que te comas algo. La comida de verdad no suele precisar de ofrecer regalos para que la elijas. Consideren si no con qué tipos de alimentos se hacen regalos, y qué otros alimentos no suelen hacer regalos. Al final, como el propio anunciante del vídeo de arriba promociona, de lo que se trata es de obtener el regalo, no de comer… y es una pena, más en especial cuando se trata de niños.

Y por cierto, esta dicotomía en el “¿es válido todo para que alguien se coma algo?” también tiene su aplicación en casa a la hora de la comida de los más pequeños. Imagínense:

“Pepito, si te comes el pescado te compraré tres sobres de cromos para el álbum de la Liga de fútbol.”

Y a pepito, que es de todo menos tonto como la mayor parte de los niños, el mensaje que se le está mandando es algo así como:

“Pepito, fíjate si es malo el pescado que te hago comer, que como premio por el mal trago te haré un regalo”.

Si yo fuera Pepito, la primera vez aceptaría; y la siguiente, además, negociaría… ¿les suena?

 

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Foto 1: Judy and Jam