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Pinzimonio: una sabrosa y saludable opción de picoteo o aperitivo

08 mayo 2013

Pinzimonio_Benedetto Dell'AricciaAlguna vez he comentado que una buena parte de las causas de nuestro malos hábitos es el ambiente obesogénico en el que vivimos. Hay muchos, muchísimos, elementos implicados en esta cuestión del ambiente obesogénico. La vida que llevamos muy facilitada desde el punto de vista  de la actividad física, una superabundancia alimentaria, un aumento de las “soluciones” para comer a base de alimentos procesados, un decreciente saber hacer culinario, una oferta casi ilimitada de picoteos (dulces o salados) más o menos poco adecuados en especial cuando estos se repiten con demasiada frecuencia, etcétera. Como tantas veces he dicho no hay soluciones milagrosas sino posibles cambios de hábitos hacia aquellos más saludables; retomar buenas costumbres y desterrar las malas.

Una de esas posibles herramientas podría ser la inclusión de mejores alternativas a los típicos aperitivos caseros a base de snacks salados, fritos y demás. Y hoy os acerco una que nos viene desde Italia. Se llama Pinzimonio y consiste servir verduras y hortalizas cortadas normalmente en bastoncitos con los que poder untar en una salsa vinagreta preparada a tal efecto.

Como siempre no se trata ni de que te aburras con opciones hipersaludables ni de que aburras a los posibles invitados que en un momento dado recibas en tu casa. Considéralo una alternativa, una opción más que, o bien sola o bien junto a otros aperitivos, pueda estar presente en tu mesa en un momento dado.

¿Cómo se hace el pinzimonio?

Es sumamente sencillo, has de escoger las hortalizas frescas que tú prefieras y cortarlas en tiras o bastoncitos. Entre las más típicas que suele incluir este aperitivo de origen italiano están el apio, la zanahoria, el hinojo, el pepino, el pimiento rojo, los rábanos (estos no suele hacer falta cortarlos), endivias, cebolleta… y todas las demás que tu quieras considerar. Lo más frecuente consiste en disponer los bastones de las hortalizas en vasos o recipientes altos y estrechos formando una especie de ramillete.

Para la vinagreta puedes utilizar los ingredientes que más te plazcan, para mí los básicos serían un buen aceite de oliva virgen extra con sabor acentuado (por ejemplo de aceitunas arbequinas) un buen vinagre de jerez añejado de los que tenemos fantásticos en España y una pizca de sal. A partir de ahí, tú mismo, puedes incorporar distintos tipos de pimienta, mostazas, un picadito de cebolla, alcaparras, zumo de limón u otros ingredientes. Es importante batir de forma vigorosa la vinagreta sabiendo que con el paso del tiempo lo más probable es que se separen sus fases y haya que volver a batir. Lo cierto es que creo que la receta tradicional de este palto no incorpora vinagre y se untan las hortalizas en el propio aceite especiado o no. Normalmente yo soy más de vinagretas, aunque depende de los días. Tú mismo.

Al final se trata de hacer una especie de aperitivo del tipo “dip” (untar) pero con unos ingredientes más alejados de la cultura americana (nachos, nuggets, snacks con salsas picantes, mayonesas, etc.) y más próxima a nuestras tradiciones o en este caso a las tradiciones vecinas.

Poco se puede innovar en un plato tan sencillo y básico, pero por probar que no quede y depende de tus gustos que la vinagreta la puedas cambiar o combinar con otras salsas como por ejemplo salsas de yogur de tipo griego como el tzatziki, salsas orientales a base de soja o de influencia árabe como un sabroso hummus.

A untar y a disfrutar. #slurpslurp

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Foto: Benedetto Dell’Ariccia

La campaña de NY contra la comida basura: Centros sanitarios en el punto de mira

17 octubre 2012

El consistorio de Nueva York con su alcalde Bloomberg a la cabeza sigue con su batalla particular contra la excesiva oferta alimentaria de productos poco recomendables. Poco recomendables al menos para que estén presentes en determinados sitios y en la medida que lo están. Se trata en líneas generales aquellos más azucarados y con más grasas. En esta ocasión, sin embargo, parece no tanto el desterrarlos o prohibirlos en su totalidad (más le vale que no sea así ya que encontraría una todavía más fuerte oposición) pero si por lo menos minimizar su presencia en determinados entornos “sensibles”.

En esta ocasión se pone en la picota la oferta alimentaria de los centros sanitarios y los hospitales ya sean públicos o privados. Algunas opiniones acordes con este tipo de medidas afirman que resulta un contrasentido el que algunos pacientes estén por ejemplo esperando un tratamiento para su obesidad y mientras se están atiborrando de chocolatinas y refrescos procedentes tanto de la cafetería del centro sanitario como de las máquinas expendedoras.

Esta iniciativa, a diferencia de las meramente prohibicionistas, tiene algunos detalles que me parecen bastante interesantes. Por un lado implica a los servicios de cafetería en los que además de relegar los alimentos fritos y aquellos más procesados a un segundo plano, de manera obligada se va a promover el aumento de la oferta con el fin de poder encontrar entre esta opciones más saludables. De este modo, aunque no lo crean, saltan a la palestra alimentos típicamente españoles tal y como se puede leer en algunos medios estadounidenses (pollo mediterráneo con tomates y olivas, y la española paella) además de ensaladas, pollo tandoori, etc. Lo que más me gusta es que las opciones más beneficiosas (frutas, verduras, etc.) cuenten con un descuento especial. Es decir, “premiar” con el precio las opciones más saludables en vez de “castigar” con un impuesto especial o un sobreprecio los productos o raciones “menos adecuadas”. Así sí que me gusta más: ¿ustedes no están acaso hartos de que toda medida reguladora pase por subir precios, de lo que sea, de lo que toque? Ya se podrían aplicar el cuento por estos lares. Las medidas en las cantinas incluyen la posibilidad de poder optar por medias raciones incluidos los bocadillos y que además, al menos la mitad de ellos se presenten hechos con pan integral.

 

Y por otro lado, además de la oferta cafeteril, está el de las máquinas expendedoras. No se trata de proscribir artículos en este tipo de dispositivos ultra-abundantes, la idea es ampliar la oferta de forma que entre sus lineales (las opciones de cada una de las máquinas) no haya más de dos posibilidades de encontrar bebidas azucaradas en formato XL y que incluyan más “lineales” de agua. Al mismo tiempo, aquellas máquinas que contengan chocolatinas y aperitivos típicamente fritos habrán de ir haciendo sitio a otros posibles picoteos más saludables tipo barritas de cereales, frutos secos, etc. (aunque la verdad sea dicha no sé yo si con este cambio van a solucionar el tema de las calorías, ya que el aporte energético de las “nuevas” alternativas puede asemejarse mucho al de las “viejas”). Además, las opciones menos saludables deberán colocarse en los lineales inferiores de la máquina expendedora, dejando a la altura de los ojos, a primera vista las mejores posibles elecciones.

En resumen, este tipo de medidas me gustan. Son aquellas que tratan más de “bonificar” y facilitar las buenas elecciones entre los consumidores que de aquellas otras promovidas a base de subir impuestos o poner una tasa especial en lo “que no te conviene”. Igualito que por aquí.

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Foto 1: Delishus Demon

Foto 2: S.C. Axman

Foto 3: luxuryluke

Ortorexia: la excelencia alimentaria pasada de rosca

17 agosto 2012

Teniendo en cuenta las alarmantes cifras de sobrepeso y obesidad en nuestro entorno y siendo conscientes de los graves trastornos que para la salud propicia el exceso de peso, parece que una sana preocupación por el qué, cuánto y cómo comer no debiera ser mala cosa.

Pero esta preocupación puede tornarse enfermiza y entonces se puede pasar del fuego a las brasas, o “de Guatemala a Guatapeor” que decía aquel. El meollo de la cuestión está en la intensidad de dicha preocupación: hacerla discurrir racionalmente sería adecuado, y pasarse, hasta llegar a la obsesión, enfermizo. Cuando alguien rechaza sistemáticamente los alimentos porque no son “suficientemente sanos”, o bien comienza a saltarse las comidas con familiares o amigos, o prescinde de comer cualquier cosa que no haya preparado él o ella misma, o pasa de los alimentos que tiempo atrás consumía, o simplemente no se atreve a comer nada que no haya preparado con sus propias manos, se puede estar sufriendo de un desorden alimentario emergente (aunque ya no tanto) llamado ortorexia.

El origen del término

Para quien sea la primera vez que oye hablar de ortorexia y le suene a chino -o a griego hablando con más propiedad- hay que aclarar que más que un término nuevo, lo que sí se puede decir de él es que es moderno. Parece que todo el mundo coincide en que esta terminología se empezó a poner en circulación allá por 1997 gracias a Steven Bratman, un médico norteamericano que sufrió en primera persona los efectos de este trastorno y que bautizó con el nombre de ortorexia (del griego orthos -correcto- y orexis -apetito-). No obstante la obsesión por “comer lo correcto” puede expresarse de formas diversas: Están los que buscan la excelencia en la ausencia total de las grasas, los que no comen carne, los que sólo prueban alimentos de origen ecológico, los que sólo comen alimentos light, los que rechazan cualquier alimento envasado, etc. llegando a sinsentidos tales como el obsesionarse con los recipientes que han de contener los alimentos que van a ingerir y que normalmente, en estos casos, sólo pueden ser de madera o cerámica.

 

La clave: el grado de preocupación

Coloquialmente se entiende por ortorexia aquel trastorno de la conducta alimentaria que sufren aquellas personas que experimentan una preocupación desmedida por alimentarse de una forma sana y equilibrada. Lo cierto es que no hay nada de malo en el hecho de preocuparse sobre el qué y cómo comer; pero lo característico de este caso radica en la intensidad de esa preocupación, que hablando de ortorexia se torna en una obsesión en su más estricta acepción psiquiátrica. Una persona con un comportamiento ortoréxico condiciona su realidad al hecho alimentario, anteponiéndolo a su vida social, familiar, laboral, etc. Así que para estas personas el hablar de banquetes de boda, tapeo dominical, comida en un restaurante… puede llegar a suponer un motivo que provoque un deterioro de las relaciones sociales que puede desembocar en círculo vicioso difícil de romper ya que tratan de llenar ese vacío con normas autoimpuestas cada vez más estrictas relativas a la comida.

 

Pero este ostracismo social es sólo uno de los posibles perjuicios; además, quienes padecen de ortorexia suelen empezar por eliminar determinados grupos de alimentos en su dieta (son frecuentes los lácteos o los cereales) para, más tarde, eliminar otro grupo y luego otro. Todo ello en la búsqueda de una dieta “perfecta” limpia y saludable. Por tanto, en algunos casos severos, la ortorexia podría conducir a una cierta malnutrición por déficit de algunos nutrientes esenciales en la dieta.

Las -posibles- causas

Me imagino que la mayoría de ustedes convendrá en que en la actualidad existe una especial susceptibilidad para todos aquellos aspectos relacionados con la salud y, en este sentido, prácticamente todo el mundo conoce que existe una relación, más o menos estrecha entre alimentación y salud. Para ello y engre otros elementos no hace falta más que fijarse en la cantidad y contenido de los anuncios de alimentos o bebidas, y ver en cuántos de ellos se hace algún tipo de alegación sobre lo bueno que es comer esto y no lo otro. Una publicidad que en estos temas ha experimentado tal desarrollo que ha propiciado la creación de una normativa específica. Quizás aquí radique uno de los elementos propiciadores de la ortorexia. Con mucha frecuencia se adoptan conductas mediatizadas por un torrente de información descomunal y que al mismo tiempo es contradictorio, sesgado y/o contrario a las recomendaciones en materia de salud y alimentación. Este elemento resulta paradójico ya que con la ortorexia se persigue una mejora de la salud y sin embargo, con cierta frecuencia, se siguen conductas que a la larga resultan dañinas.

Otro elemento importante al abordar las posibles causas del trastorno es la información con la que cuentan estas personas en materia de nutrición, alimentación y salud para terminar por generar su obsesión. A pesar de contar con una importante cantidad de conocimientos estos no suelen ser los más adecuados y con frecuencia están distorsionados. Y es que, además de que la publicidad no debe ser tomada como una fuente confiable de información, las personas con este trastorno recurren no poco frecuentemente a revistas de divulgación general, blogs o páginas de internet con contenidos de escasa calidad.

Cómo saber si nuestro comportamiento alimentario es razonable

El llamado test de Bratman propone unas sencillas preguntas con la que poder orientarse a la hora de identificar este tipo de trastornos y su intensidad. Las preguntas serían las siguientes:

  1. ¿Pasa más de tres horas al día pensando y confeccionando una dieta sana?
  2. ¿Se preocupa más de la calidad de los alimentos que del placer y el disfrute de comerlos?
  3. ¿Disminuye su calidad de vida a medida que aumenta la calidad de su dieta?
  4. ¿Se siente culpable cuando se salta el régimen?
  5. ¿Planifica con todo detalle las comidas con varios días de antelación?
  6. ¿Su manera de comer le distancia de amigos y familiares?
  7. ¿Se ha vuelto más estricto consigo mismo?
  8. ¿Aumenta su autoestima cuando come alimentos sanos?
  9. ¿Gasta mucho dinero en productos ecológicos?
  10. ¿Renuncia totalmente a comer determinados alimentos por ser “malos”?

 

Según su diseñador, si se contestan afirmativamente a 5 de estas cuestiones conviene hacer una reflexión y relajarse en aquellos aspectos involucrados en la alimentación. Contestar afirmativamente 9 ó 10 indica que se sufre una obsesión importante por la alimentación y requiere de tratamiento especializado.

En conclusión: Un trastorno de la conducta

En mi opinión la ortorexia, no es una enfermedad nueva, si no más bien un nuevo nombre con el que se ha adjetivado un trastorno mental. Digo esto porque, hablando de trastornos de la conducta, la enfermedad es siempre similar, los síntomas son los que cambian. Los síntomas, las conductas concretas, van en función de las modas, es decir, de las circunstancias que en un momento dado se nos presenten como elementos clave. Algunas personas tendentes hacia las conductas obsesivas las encontramos majaras perdidos buscando naves extraterrestres en el triángulo de las Bermudas o, algo más mundano, obsesionados con la simetría de sus pobladas patillas cortadas en forma de hacha, por decir algo. Esto es lo que propicia que ni tan siquiera la OMS haya reconocido el término ortorexia. Ante estos casos, más que un dietista-nutricionista se hace indispensable la intervención de un especialista en trastornos de la conducta. O mejor aún, un equipo de especialistas que aborden el problema en todas sus dimensiones.

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Foto 1: Preston Digital Archive

Foto 2: jazzijava

Foto 3: Shawn Econo

Pisar la manguera, palos en las ruedas y otras puñetas nutricionales

06 agosto 2012

Asombrado y cabreado me han dejado hoy viernes 3 de agosto (cuando escribo estas líneas) tres recientes noticias que implican cuestiones nutricionales de fondo. Cuestiones nutricionales como digo y también económicas, porque me parece que no tenemos el horno para bollos, ni en un sentido ni en el otro.

Por un lado está la noticia de que en Cataluña se cobrará la mitad del servicio de comedor a los niños escolares que lleven el almuerzo en fiambrera en su normal, natural y previsible avituallamiento diario. Como no podía ser de otra forma, la noticia además se nos ha vendido en positivo, como un avance, como toda una ventaja y en la rueda prensa que se presentaba esta iniciativa se ha hecho alusión a las siempre preocupantes, pero también conmovedoras cifras de sobrepeso infantil y la necesidad de que sean las familias quienes abran los ojos y asuman sus responsabilidades (saben muy bien que botones pulsar para tocarnos la fibra). Vaya por delante que este aspecto me parece fundamental ya que la preocupación por unos buenos estilos de vida ha de comenzar en el hogar, incluyendo claro está la alimentación. Pero de ahí a cobrar nada más y nada menos que hasta 3€ de vellón –DIARIAMENTE- por el uso y desgaste de las instalaciones colectivas, me parece un despropósito y un atraco a mano armada (con sus cucharas y tenedores). Afortunadamente no me veo en el caso de decidir estas cuestiones en la alimentación de mis hijas, pero llegado el caso de que así fuera ¿podrían los niños ir con su comidita en sus fiambreras, con su vajilla y comérselas en el patio o en otro recinto sin que precisaran el uso de microondas? ¿Se les cobraría también ese dineral? La verdad es que es para estar muy cabreado y desde aquí expreso mi solidaridad con todos aquellos padres que estén obligados a rendirse por las circunstancias a pagar de todas todas.

Otro de los temas es el precio de determinados alimentos, más en concreto el del IVA de algunos productos. Como saben la “sentencia” en forma de aumento del IVA ya está firmada, en septiembre se hará efectiva. Resulta cuando menos curioso, por no volver a mencionar el tema de los cabreos que bien podría, que el pan blanco mantenga este impuesto en el 4% y que al pan integral que ya estaba por el 8% se le incremente el IVA hasta el 10% ¿no había que incentivar una mejor nutrición? ¿es esta la respuesta de nuestras autoridades a la línea general adoptada por otros países de gravar los alimentos menos saludables y beneficiar el consumo de los más recomendables? Al respecto del sobreprecio que tendrá la vida en general por la subida del IVA, la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) hace este gráfico resumen (470€ anuales de más).

Pero la guinda del pastel se la pone la cuestión de los celiacos. Los productos destinados a este colectivo tienen la consideración de “dietéticos” y no de primera necesidad y por lo tanto, ven cómo su pan (entre otras cosas), el de sin gluten, el único que pueden consumir tiene la misma consideración que el integral (tenía un IVA del 8% y pasa al 10%). Señores gobernentes, ser celiaco no se elige y consumir productos sin gluten no es una cuestión de capicho, sino de salud. De hecho, la única medicina que tiene este particular colectivo de enfermos  consiste en escoger alimentos sin gluten. Con estas medidas no se consigue otra cosa más que hacer más costosa e insufrible una situación para todos aquellos que, siendo celiacos, tenían una cesta de la compra tres veces superior a la de una persona normal. Y ahora, aún más. Una vergüenza.

Luego vendrán (ya lo siento, ya digo que hoy estoy molesto) gloriosas campañas antiobesidad infantil con todo su oropel y su boato, con el auspicio y patrocinio de las más pujantes empresas alimentarias y el aval de gloriosas sociedades científicas y el prestigio de engominados doctores a decirnos cómo tenemos que comer bien, que no es tan difícil y que la lucha contra el sobrepeso y la obesidad infantil es chupiguay y superentretenida cuando te la explican los teleñecos. Si esto, lo de más arriba, no son palos en las ruedas y pisarnos la manguera (por no decir el cuello) que venga Dios y lo vea.

 

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Foto 1: Si Wilson

Foto 2: islandlife

China considera saludable y segura la comida rápida

01 agosto 2012

 

Opino que la población occidental tiene bastante bien interiorizado que la comida rápida, así en general, no es especialmente saludable  (ahora es cuando ustedes evocan sus hamburgueserías, pizzerías y demás franquicias favoritas). En este sentido, cuando a uno le piden que escoja imágenes relacionadas con la alimentación saludable lo más habitual suele ser que se dejen a un lado las de las grades cadenas por todos conocidas, las que se acaban de imaginar más o menos. Y es que no será por casualidad que en muchas ocasiones este tipo de comida, la denominada rápida, se confunda o se asocie con otro adjetivo de tintes mucho más peyorativos, la comida basura.

Pues bien en China no es así, si no todo lo contrario. Los consumidores chinos confían en las genuinas marcas americanas más que las suyas propias, según sostiene Shaun Rein, fundador de China Market Research, que estudia el comportamiento de los consumidores chinos. Por ejemplo, Rein afirma que según sus estudios, en China, la multinacional McDonald es contemplada como un proveedor de alimentos tanto seguros como saludables.

Para lograr lo que para muchos de nosotros es un hecho insólito, las últimas campañas comerciales de la multinacional están cuajadas de imágenes en las que se hace un especial hincapié en la presencia de verduras de brillantes colores, tomates frescos rociados por una fina lluvia (similar a algunos que ya pudimos ver hace años). A pesar de que muchos de los potenciales consumidores conocen que este tipo de comida tiene un alto contenido en grasa y azúcares, es preciso considerar que al hablar de China implica hablar de un país en el que los escándalos alimentarios (en especial los referidos a la seguridad) son el padrenuestro de cada día (el caso más palmario fue el de la melamina en la leche, pero hay muchos más). Con este panorama no es de extrañar que la población asocien las marcas occidentales de comida como aquellas con un estándar más alto, al menos en lo que se refiere a su seguridad.

Pero una cosa es la seguridad alimentaria y otra muy distinta la saludabilidad. Desde la perspectiva occidental y tradicional los chinos siempre han sido identificados como una población delgada cuando no famélica (¿se acuerdan de las huchas del Domund con la imagen de un oriental?). Cierto es que los tópicos suelen ser peligrosos al invitarnos a generalizar y con ello a cometer errores, pero es igualmente cierto que suelen tener algo de verdad y, en este caso, los datos estadísticos apoyan y prueban que la población china está engordando a un ritmo pocas veces observado. De hecho la edición china del prestigioso British Medical Journal se hizo eco ya en 2006 de un estudio que sostiene que en el periodo de tiempo comprendido entre los años 1985 y 2000, el número de niños con sobrepeso y obesidad se ha multiplicado nada más y nada menos que por 28. El investigador de este artículo considera que entre las causas de este espectacular crecimiento se encuentran fundamentalmente los cambios en una alimentación cada vez más occidentalizada, la falta de ejercicio de una población acostumbrada a trabajar físicamente para poder comer y un incremento en el uso de vehículos para realizar unos desplazamientos que anteriormente se realizaban a pie. ¿Son las altas cifras de obesidad un peaje obligatorio para ser un país desarrollado? Aunque las opiniones son diversas, los hechos apuntan sólo en una dirección. Parece que sí.

 

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Foto 1: BYTE RIDER

Foto 2: Bitácora de Cora

¿Son tan malos los “alimentos procesados”?

25 julio 2012

La sola mención de la expresión “alimentos procesados” cuenta con un estigma negativo ya que en muchas ocasiones se relaciona su consumo con la creciente, y aparentemente imparable, epidemia de obesidad, con la hipertensión y también con la diabetes de tipo II. Sin embargo, el procesado de los alimentos no debe ser contemplado como una condición sine qua non para machacar la reputación de un determinado alimento.

 

Algunas personas quizá se sorprendan al conocer que en su supermercado muchas de las opciones alimentarias pueden tener la categoría de ser procesados y formar parte al mismo tiempo de una buena opción dietética. La fruta troceada, la verdura precortada y embolsada o un bote de conserva de garbanzos “al natural” son productos procesados pero perfecta y recomendablemente adecuados dentro un patrón de alimentación saludable.

En esencia, se trata de atribuir categorías al “procesamiento” de todos estos productos, de analizar su nivel de manipulación, adición o eliminación de sus ingredientes y, en definitiva, de tener en cuenta más el resultado final que el grado de manipulación.

De esta forma en los lineales del super podemos ordenar de menos a más los distintos productos a la venta en base a su manipulación:

  • Alimentos mínimamente procesados, como las espinacas en bolsa u otras verduras y hortalizas preparadas para su consumo o cocinado; o también los frutos secos sin cáscara si mayor adición de ingredientes. En estos casos, muchos de ellos se encuentran así preparados para facilitar su consumo con una mayor comodidad.
  • Alimentos que han sido sometidos a algún proceso tecnológico (habitualmente cocción o congelación) en su mejor momento con el fin de aportar un grado de frescura y de calidad nutricional equilibrados. Este sería el caso, por ejemplo de conservas de legumbres “al natural”, las verduras congeladas, y algunas conservas de pescado y marisco.
  • Productos con ingredientes añadidos con el fin de mejorar sus cualidades organolépticas, normalmente de sabor, aspecto y textura, tales como edulcorantes, especias, aceites, colorantes y conservantes. En este grupo se incluirían las salsas típicas para pasta, aderezos para ensaladas, lácteos fermentados, etc.
  • Productos que se presentan listos para comer, tal cual, y que suelen estar mucho más “procesados” tal es el caso, por ejemplo de las galletas, los cereales y los embutidos.
  • Y por último los alimentos altamente procesados que son con mayor frecuencia las recetas de platos congelados o precocinados, las pizzas congeladas o los platos para meter en el microondas y comer, entre otros.

 

Aspectos positivos de algunos alimentos procesados

En mi opinión, la principal ventaja de según qué manipulaciones estriba en hacer disponibles, en facilitar, el consumo de algunos alimentos que están en la base de la mayor parte de las recomendaciones. Tanto las verduras como las hortalizas limpias y embolsadas, precortadas o enteras (mezclum de lechugas, acelga, cardo, borraja, etc.) son la opción de conveniencia para un público que no disponga de mucho tiempo o que esté ocupado y que quiera contar con una alta calidad nutricional. Lo cierto es que suelen ser opciones más caras, pero si la alternativa es pagar menos y prepararlo cuando se sabe de antemano que no se va a hacer, esta es, sin duda, una mejor opción. Son fórmulas que facilitan el comer más vegetales. Este sería el caso también de las legumbres cocidas al natural, de la fruta preparada para comer (pelada y cortada) o incluso de los alimentos frescos congelados.

Al mismo tiempo algunos alimentos en base a su manipulación y procesado han podido mejorar sustancialmente su perfil nutricional. Uno de los ejemplos más representativo de este caso serían los productos lácteos cuando se les elimina todo o parte de su contenido graso. En este caso mucho de ellos se convertirían en los conocidos como alimentos funcionales, con todos los pros y contras que el concepto en sí mismo lleva aparejado.

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Foto 1: israelavila

Foto 2: coofdy

Industria alimentaria: ¿nos engaña o está desinformada?

28 junio 2012

Con la pregunta del título me estoy refiriendo a este titular: La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) ha autorizado 222 declaraciones de propiedades saludables sobre los alimentos.

¿Qué son las declaraciones de propiedades saludables?

Básicamente estas declaraciones aluden al reclamo que el fabricante de alimentos puede o no hacer en relación a la ventaja o beneficio que el consumo de dicho alimento tiene sobre un determinado aspecto de la salud. La expresión “reclamo sobre la salud” (health claim) hace referencia a las posibles menciones de ése beneficio en la publicidad del alimento (y que para poder hacerlo ha de estar científicamente comprobado) .

Entonces ¿se puede decir que un determinado alimento es bueno para un aspecto concreto de la salud?

Sí y no al mismo tiempo. Es algo más complicado (pero no demasiado). En realidad para poder establecer una relación beneficiosa de un alimento sobre la salud se han de concretar y relacionar cuál es el componente del alimento (más habitualmente un nutriente) y su efecto específico sobre la salud. Las declaraciones aluden normalmente a los nutrientes y no a los alimentos propiamente dichos aunque, por extensión, aquellos alimentos que tengan ése particular componente en una adecuada proporción podrían ser destinatarios finales de la declaración.

 

¿Puedes poner un ejemplo?

Hay casi 222 ejemplos. La mayor parte de las 222 declaraciones permitidas aluden a nutrientes concretos. Por ejemplo, los alimentos que aporten una cantidad adecuada de ácido alfa-linolénico (un ácido graso esencial de la familia omega-3) podrán declarar que “El ácido alfa-linolénico contribuye a mantener niveles normales de colesterol sanguíneo” en base, eso sí, a las condiciones que marca el reglamento para el uso de esta alegación que, en este caso es: “Esta declaración solo puede utilizarse respecto a alimentos que son, como mínimo, fuente de ácido alfa-linolénico de acuerdo con la declaración FUENTE DE ÁCIDOS GRASOS OMEGA-3 que figura en el anexo del Reglamento (CE) no 1924/2006. Se informará al consumidor de que el efecto beneficioso se obtiene con una ingesta diaria de 2 g de este ácido graso“.

Como digo la mayor parte de las declaraciones se atribuyen a una molécula, a un componente específico o a un nutriente como tal: vitaminas, minerales, ácidos grasos concretos, fibra, cultivos vivos bacterianos, quitosano, etc. Sin embargo, hay también otras declaraciones que no aluden a un elemento específico como los ante dichos y sí a un alimento, pero estos casos son pocos entre las declaraciones autorizadas; por ejemplo, han obtenido el visto bueno de la EFSA el propio agua, la carne y el pescado, el chicle, sustitutivos de comidas para el control del peso y algunos sustitutos del azúcar (xilitol, sorbitol, manitol, maltitol, lactitol, isomaltosa, eritritol, sucralosa y polidextrosa; D- tagatosa e isomaltulosa).

Pueden consultar al completo todas las declaraciones autorizadas y su marco de utilización respectivo en el “REGLAMENTO (UE) 432/2012 de la Comisión de 16 de mayo de 2012 por el que se establece una lista de declaraciones autorizadas de propiedades saludables de los alimentos distintas de las relativas a la reducción del riesgo de enfermedad y al desarrollo y la salud de los niños” accediendo en este enlace.

 

 ¿Son muchas 222 alegaciones?

Pues yo diría que son muy pocas si las comparamos con las cerca de 44.000 solicitudes que se han presentado a la EFSA desde 2006 para ser autorizadas. Dicho de otra forma se han autorizado cerca del 0,5%  de las declaraciones solicitadas por la industria alimentaria.

 

¿Qué quiere decir esto?

Pues más o menos que durante este tiempo, desde antes del 2006 y desde ése año y hasta la fecha nos han estado metiendo una serie de goles de campeonato. Usando el símil de la actual Eurocopa, la industria alimentaria tiraba todos los penaltis que a ella le daba la gana, y además el equipo del ciudadano de a pie estaba sin portero. Es decir, gol seguro: los distintos fabricantes de alimentos han podido estar atribuyendo una serie de propiedades sobre la salud al consumir sus alimentos que, en la mayoría de los casos (recuerden, se han autorizado el 0,5% de las solicitudes) o eran mentira o no se ha podido establecer científicamente la veracidad de dicha declaración.

 

Entonces, la industria alimentaria ¿nos engaña o está desinformada?

Aquí quería yo llegar. En algunos casos estará “desinformada” y en todos ellos es interesada (algo bastante previsible por otra parte). Pero antes de proseguir es preciso tomar en consideración que “la industria alimentaria” no es una. Bajo este nombre se enmarcan miles de pequeñas empresas, cientos de asociaciones empresariales y unas pocas decenas de “holdings” macroeconómicos. Así pues no sería justo utilizar el mismo rasero para todas.

Algunas, las más pequeñas, es probable que no tengan un equipo de investigación especializado y es posible que influenciados por lo que por ahí se cuenta, las ganas de vender y lo que te dice un amiguete se propongan las más disparatadas declaraciones sobre los beneficios que tiene el consumo de su producto. Este tipo de empresas serían a las que me refiero como desinformadas (por no ser demasiado sangrante). Pero en cualquier caso a ellas también se les aplica aquello de que el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento.

Sin embargo, en el polo opuesto (y dejándonos por medio un amplio abanico de modelos empresariales) tenemos a los grandes grupos empresariales que acogen bajo sus alas a numerosas marcas. En estas “instituciones” sí que hay un departamento de investigación, otro de marketing, otro de cuentas, etc. Muchas veces estos departamentos andan a la gresca entre ellos, pero siempre de puertas para adentro, porque hacia el exterior y de facto el consumidor no se entera de las posibles tiranteces entre estos departamentos. Son la misma empresa y la política es una. En estos casos sí que tiene toda la pinta de que nos engañan o tratan de hacerlo aprovechando las rendijas que les deja la legislación para seguir metiéndonos goles con toda la intención y empleando no importa que artimañas para conseguirlo.

 

Quiero un ejemplo

Uno de los mejores ejemplos que se pueden poner a este respecto lo personifica Danone y su Actimel, y también la recua de productos de otras marcas o de “marca blanca” que han surgido a la estela del primero, casi siempre con el eslogan de “ayudar a tus defensas o al sistema inmune”. Podría contarles toda la película, los múltiples premios recibidos por la multinacional francesa en distintos países “a la publicidad más engañosa”… pero ¿saben qué? Hay alguien que ya lo ha contado y, sinceramente, lo ha contado y explicado como los ángeles. Soy incapaz de superarlo. Así pues les invito a que lean de la mano de José Manuel López Nicolás en el blog Scientia “La verdadera historia de Actimel” en dos capítulos. Aquí está el capítulo 1, y en este otro enlace el capítulo 2 (¿me siento engañado por Danone?). Vaya desde aquí mi más sincera enhorabuena. Se hace difícil destacar una entrada sobre las demás en este blog, pero estas dos en concreto son de las que te dejan sin palabras. No se las pierdan.

Entonces, ¿ahora sí podemos estar seguros de que todo lo que nos dice la industria al respecto de la salud en sus alimentos es cierto?

Pues no, si han leído lo de Actimel, habrán comprobado que algunas empresas han optado por, acatando la legislación, hacer una publicidad que, a primera vista, parece que dice una cosa y que solo si te fijas con detalle, tienes suficientes conocimientos y te pilla con ganas por desenmascarar la verdad, te enteras de que dice otra. Es decir, determinadas empresas siguen tirando penaltis contra nosotros. Ahora, en el equipo del ciudadano de a pie, con este Reglamento, se ha puesto un portero digamos “de oficio” y, aunque éste se esmera por hacer bien su trabajo, lo tiene francamente complicado para parar los penaltis de la industria. Y esto es así porque muchas de las empresas que se siguen empeñando en ganar a base de tirar penaltis tienen unos delanteros desproporcionadamente hábiles y fuertes para las capacidades de nuestro portero. El trabajo de los departamentos de marketing es, objetivamente, soberbio… y nos siguen metiendo muchos goles.

¿Qué puede hacer “el equipo” del ciudadano de a pie?

Yo lo tengo claro, y aunque no lo cita muy a menudo, el legislador también lo tiene (ver ¿Funcionan los alimentos funcionales?). En mí opinión la mejor opción es pasar olímpicamente de aquellos productos que nos dicen que son buenos para… lo que sea. ¿Han visto alguna vez una sandía con declaraciones de salud; y en las lechugas, el arroz, las lentejas, las lechugas, los tomates, el pan-pan de toda la vida, etc, las han visto? Si las han visto, porque haberlas las hay, son siempre anecdóticas en comparación con las que se hacen de los otros productos. Aprovechando el ejemplo de Scientia ¿han visto esas declaraciones en los plátanos? Pues sepan que las mismas razones por las que Actimel sigue anunciando que su producto “ayuda al sistema inmunitario” en base las conclusiones de la EFSA (que es por su contenido en vitamina B6 y no por otra cosa) están presentes también en el plátano. Pero… no solo están presentes, sino que además, la cantidad de vitamina B6 en un plátano mediano triplica la de una “dosis” de Actimel. Insisto: ¿Han visto declaración alguna al respecto de que el plátano ayude a tu sistema inmunitario tres veces más que un Actimel?

Pues eso.

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Foto 1: FoodCultura

Foto 2: eozikune

Foto 3: EraPhernalia Vintage . . . (playin’ hook-y ;o)

Foto 4: Express Monorail

Foto 5 : Imagen facilitada por el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente

 

Transgénicos e intransigentes (Capítulo 2)

22 junio 2012

Antes de comenzar (o de continuar, ver el capítulo 1 sobre este tema) he de decir que no me voy a meter en cuestiones de política, intereses y demás. Sólo alimentación y salud. Luego ya, que cada uno piense, diga y haga lo que quiera.

¿Con qué fin se diseñan y producen alimentos transgénicos?

Desde muy antiguo el Ser Humano ha pretendido modificar su entorno alimentario con el fin de sacar un mayor provecho (más rendimiento, mejores cosechas, frutos o semillas de más peso, de mejor sabor, más resistentes a determinadas circunstancias, etc.) Durante mucho tiempo estas modificaciones se han realizado mediante el método de prueba y error; aquellos cruces o variedades que el azar ponía en nuestras manos como ventajosas las seleccionábamos y las otras, las desechábamos.

Con los transgénicos se trata, en esencia, (y ya dije que no me iba a meter en cuestiones políticas ni económicas) de lo mismo pero con una búsqueda mucho mejor dirigida hacia aquella característica que queremos obtener y que no tenemos.

¿El uso de alimentos transgénicos nos hace más resistentes a los antibióticos?

No. En realidad la capacidad de generar resistencia a los antibióticos atañe a los organismos que son objetivo de esta herramienta terapéutica, las bacterias, los animales superiores como el Ser Humano no pueden hacerse resistentes a los antibióticos. Para que me entiendan, los antibióticos son al cañón lo que las bacterias a la diana sobre la que se dispara con dicho cañón. Una determinada cepa bacteriana puede generar resistencia a un antibiótico, pero no un perro, un señor o una niña. A partir del planteamiento de qué es un organismo transgénico (la inclusión de un gen distinto a su especie) no se desprende ninguna relación posible, ninguna, con que otro organismo (en este caso un microrganismo) se haga resistente a un determinado antibiótico. Salvo, eso sí, que el gen que se le transfiere a esa bacteria, y que la hace transgénica, le dote de esa facultad. En general, la pérdida de la eficacia de algunos antibióticos responde más a un mal uso o al uso indiscriminado de los mismos que a la presencia de alimentos transgénicos en nuestra dieta. De verdad, es que no veo la forma lógica de meter a los transgénicos en la ecuación de los antibióticos, salvo por la ya mencionada.

¿El uso de transgénicos nos hace ser más alérgicos?

Sería posible que alguien mostrase una alergia a un alimento transgénico sí, al mismo tiempo, fuese alérgico a algún componente del organismo del cuál procede el gen que hace que el alimento sea transgénico. Si alguien es alérgico a los cacahuetes y no lo es al arroz y se elabora un arroz transgénico con genes del cacahuete, entra dentro de lo posible que ése arroz le despierte una reacción alérgica, la misma o similar que si comiera los cacahuetes a los que ya era alérgico. Pero no en otras personas que no son alérgicas ni a uno ni a  otro alimento. Los mecanismos de una respuesta alérgica no tienen, en principio, nada que ver con el proceso de producción de un alimento transgénico (salvo que  afectara a personas ya alérgicas a ese tipo de proteínas codificadas por el gen transgénico).

Tal y como exclama JM. Mulet (@jmmulet) en su muy recomendable “Los productos naturales ¡vaya timo!¿Por qué Greenpeace no se preocupa de prohibir los melocotones, los cacahuetes, el pescado y el marisco cuyas reacciones alérgicas son causa de miles de muertes cada año? Y sí, sin embargo, la misma Greenpeace pide la prohibición de los transgénicos alegando que producen alergias.

Y digo yo, para hacer este tipo de reclamaciones, ¿no sería prudente conocer al menos un caso documentado de muerte producida por la alergia a un alimento transgénico?

Por cierto y ya que estamos, recomiendo a todo el mundo la lectura de este fantástico libro que no es sino un alegato contra la estulticia sobre la que se sostienen muchas de las teorías ecologistas indocumentadas. Rigor científico y buenas dosis de ácido humor se dan cita de la mano de innumerables ejemplos con los que desmontar muchas de las tonterías que se nos venden bajo el paraguas de “natural”. Pues no, “lo natural” (suponiendo que eso exista) no debe ser sinónimo de guay, ya que también hay argumentos para pensar todo lo contrario.

Apoyando una de las tesis de Les Luthiers, insisto en que es un libro interesante para todo el mundo: si les gusta lo pueden recomendar a sus amistades y quedar bien; si por el contrario no les gusta siempre se lo pueden regalar a alguien que les caiga mal.

¿Hay alimentos transgénicos en el mercado?

La actual legislación permite la comercialización de alimentos transgénicos destinados a la alimentación humana, sin embargo, su presencia en el mercado es inexistente o, en todo caso, anecdótica. La explicación es sencilla: Las personas que podrían comercializar estos productos (y ganar dinero haciéndolo) no son tontas. Los transgénicos generan rechazo y, por lo tanto no se venderían. Así, la práctica totalidad de la producción transgénica en España se destina a la alimentación animal.

Es una situación relativamente similar a la del aceite de colza. En España este aceite no se vende como tal en los supermercados, cuando resulta que es un producto perfectamente válido (muy soso, pero válido). El recuerdo aun fresco en la memoria colectiva de los hechos derivados del síndrome tóxico (también llamado síndrome del aceite de colza desnaturalizado) en relación con este aceite en los años 80 aun pesa demasiado como para poner este producto como tal a la venta en España (otra cosa es que no forme parte de los ingredientes de algunos alimentos bajo el intrigante nombre de “aceites vegetales” -en algunos casos por no poner aceite de colza-). Y todo ello a pesar de que en otros países de Europa se puede adquirir fácilmente y nadie se lleva las manos a la cabeza

¿Los alimentos funcionales provienen de organismos transgénicos?

Ni hablar del peluquín. Los alimentos funcionales que actualmente conocemos son alimentos “normales” a los que se les ha quitado, añadido o sustituiudo un componente nutricional con el fin de obtener un beneficio sobre la salud o mejorar su perfil nutricional. En los alimentos funcionales que todos comocemos no hay ingeniería genética de por medio. Eso no quita para que un día se produzca un alimento transgénico que sea catalogado como funcional. Lo cual no es improbable ya que, por ejemplo, un trigo transgénico sin gluten podría perfectamente tildarse al mismo tiempo como funcional (por poner un solo ejemplo entre los muchos posibles).

¿Las grasas “trans” tiene alguna relación con los alimentos transgénicos?

Para nada. El denominar a un determinado tipo de grasas con el adjetivo “trans” sirve para distinguir a unos ácidos grasos insaturados de otros “hermanos” suyos sobre los que se usa el adjetivo “cis”. Muy en resumen, “cis y “trans” hacen referencia a moléculas similares (pero no iguales) que teniendo la misma composición la organizan de distinta forma (isómeros). No tiene absolutamente nada que ver con los organismos transgénicos (ni con los alimentos derivados de estos).

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Foto: DailyPic

Transgénicos e intransigentes (Capítulo 1)

15 junio 2012

Pasando por encima de algunos conceptos básicos sobre biología que harían falta para comprender de forma adecuada esta entrada (y las que vendrán) responderé a algunas cuestiones básicas sobre este universo, el de los transgénicos, que no deja de herir susceptibilidades.

¿Qué es un organismo transgénico?

Todos los organismos vivos, pertenezcan al Dominio y al Reino taxonómico que pertenezcan (bacterias, protozoos, hongos, vegetales o animales) son portadores de un determinado material genético que les es propio y que les distingue del material genético de cualquier otra especie. Repito: esto es inherente a todos los seres vivos. Un organismo transgénico, pertenezca al Reino que pertenezca es un organismo al qué, además de su material genético propio, se le ha incorporado en su genoma el gen de otro ser vivo, de otra especie, con un fin específico.

¿Qué es un alimento transgénico?

Todos los alimentos (salvo el agua, que también entra en la definición de alimento) proceden directamente de algún ser vivo tras haber sufrido una mayor o menor transformación antes de ingerirlos. Con este origen, y tal y como se ha visto en la respuesta anterior, es fácil comprender que todos los alimentos son susceptibles de aportarnos su material genético, es decir, el material genético del organismo de procedencia. Pues bien, un alimento transgénico es un alimento qué incluye un gen diferente al de su especie.

¿Comer alimentos transgénicos podría mutar nuestro genoma?

No. Y la explicación es muy sencilla. Ya que la misma duda también podría plantearse con los alimentos no transgénicos. A fin de cuentas, al comer alimentos no transgénicos también introducimos en nuestra dieta los genes de esos organismos que nosotros decidimos poner en nuestro plato; y que yo sepa nadie ha recombinado sus genes con los de un pepino, una naranja, un pollo o una merluza y se ha convertido en una especie de mutante mitad humano, mitad naranja (aunque ahora que lo pienso quizá conozca a algún mutante humano-besugo. Es broma).

¿Y por qué no podría?

Que esta fantacientífica recombinación-hibridación entre nuestro genoma y los genes presentes en los alimentos no sea posible responde a la siguiente explicación -y siento que la cosa se ponga un poco complicada, pero es necesario-. Pongamos un ejemplo: Es bien posible que en nuestra dieta ingiramos genomas completos de aquello que hemos decidido establecer como alimento. Para ponerlo bien claro supongamos que alguien se come una ostra como Dios manda que se coman las ostras, vivitas y conchendo, es decir, con todo el genoma de todas sus células intacto, ¿podrá esta persona recombinarse con la ostra y mutar en un híbrido ostracohumanoide? Pues no, es imposible.

Imaginemos que los genes que contiene la ostra son “palabras” con un significado biológico. Sus “palabras” son útiles para ella y nuestras “palabras” (recuerden, los genes) son útiles para nosotros. Con esas palabras se construyen frases que son de utilidad para el organismo concreto que las posee. Pero no quiero ir hacia arriba, pretendo ir hacia abajo, ya que esas “palabras” (genes) están compuestas a su vez por letras (bases de nucleótidos en nuestro ejemplo). Una palabra tendrá significado en la medida que tenga un número concreto de letras ordenadas de una forma y no de otra. Pues bien a todo lo largo del proceso de digestión todas estas palabras son “descompuestas” y reducidas a las letras (carentes de significado biológico por sí mismas). Y aun más, estas letras son “troceadas” a su vez en sus componentes elementales que en este caso serían azúcares, bases nitrogenadas y el ion fosfato. Solamente de esta forma puede ser absorbido el material genético presente en nuestra ostra. Una vez absorbidos, los trozos de letras son transportados por el torrente circulatorio a distintos destinos metabólicos donde las células los podrán utilizar como materia prima en su biológico frenesí. Por tanto, si quedara algún resto de genoma sin descomponer en el tracto digestivo este no será absorbido y se irá al retrete formando parte de las deposiciones. La razón es fácil de compreder, sería imposible el absorber “palabras” enteras, ya que las “palabras” (genes) e incluso las “letras”, con el tamaño que tienen, es imposible que superen nuestra “malla intestinal” porque ésta es demasiado “tupida” como para dejar pasar moléculas y fragmentos moleculares de semejante tamaño.

Y esto sucede así para los genes de los alimentos no transgénicos y para los de los transgénicos.

Ya, pero supongamos que alguien tiene una herida en el aparato digestivo y a través de ella penetran genes enteros en el torrente sanguíneo ¿no podrían recombinarse con el material genético de nuestras células?

No. Imaginemos esta vez, y por ponerlo más claro aún, que a alguien se le inocula por vía intravenosa una cantidad moderada de una solución estéril (por aquello de las infecciones) e isotónica que contenga fragmentos del genoma con los genes de cualquier otro ser vivo. Tampoco mutará (en las pelis como X-Men y Spiderman sí, en la vida real no). Suponiendo que nuestro sistema de defensa (incluyendo linfocitos, fagocitos, etc.) no hiciera lo que tiene que hacer, que es dar buena cuenta de estos fragmentos intrusos, todas y cada una de nuestras células tienen una membrana plasmática que va impedir el paso a su interior del mencionado y ajeno material genético. A su vez todas nuestras células (salvo los eritrocitos) tienen un núcleo con su membrana, barrera que también supone un obstáculo y, además, nuestro genoma está normalmente lo suficientemente empaquetado (=el libro que contiene las frases está cerrado) como para que al llegar una palabra suelta, ésta pudiera entrar. Y en el mágico supuesto de que esto sucediera la palabra debería introducirse en un fragmento de nuestro texto y dotarlo de significado, además de inteligible, con sentido. Es imposible.

No lo entiendo ¿puedes poner un ejemplo?

Sí. La posibilidad de que a base de inocular directamente en sangre genes de otra especie nosotros mutásemos, es la misma que si desde la luna lanzásemos piezas sueltas de un coche con la intención de que al llegar a la tierra (suponiendo que atravesaran la barrera atmosférica) estas cayeran de tal forma que se terminara por obtener un coche perfectamente ensamblado.

http://youtu.be/NO5cXNdY6c4

 Y a pesar de repetirme: Esto sucede así para los genes de los alimentos no transgénicos y para los de los transgénicos.

En próximos capítulos seguiré respondiento cuestiones acerca de la “peligrosidad” de los transgénicos, su pretendida capacidad para estimular resistencias a antibióticos, favorecer cánceres, desatres ecológicos, etc. y todo ello, eso sí, sin entrar en “políticas”. Eso se lo dejo a otros.

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Foto 1: Allen Gathman

Foto 2: Kachilla

Foto 3: Rubber Slippers In Italy

¿Funcionan los alimentos funcionales?

12 junio 2012

Parecería un contrasentido que dedicáramos un adjetivo para definir y distinguir un sustantivo (“funcionales” para “alimentos”) y que resultara que al final los “alimentos funcionales” funcionaran menos o peor que a los que no dedicamos tal distinción. Pues algo de esto hay, pero vamos por partes.

¿Qué son los alimentos funcionales (AF)?

Pese a ser un término popularmente aceptado no es posible encontrar a día de hoy una referencia como tal, una definición en cualquiera de las normas o sistemas jurídicos que regulan estas materias. No obstante, la característica principal que suele ser utilizada para considerar un alimento como funcional  es que proporcione un beneficio para la salud más allá de los que son previsibles obtener a partir de su composición nutricional (según el International Life Sciences Institute en Europa -ILSI Europe-)

En este sentido, y ante la carencia de una definición legal propiamente dicha, el enfoque de las distintas agencias reguladoras en relación con los alimentos en general y también con este tipo en particular, está centrada en verificar las distintas declaraciones nutricionales y de propiedades saludables que se hacen y, para ello, tener muy en cuenta la base científica que hay detrás para decidir si se puede o no hacer una determinada declaración.

¿Qué aspecto tienen los alimentos funcionales?

Una característica de los AF muchas veces olvidada por el consumidor medio es que estos han de seguir siendo ante todo un alimento y deben demostrar sus resultados en cantidades que puedan ser normalmente consumidas en la dieta. Es decir, los AF no vendrán nunca en forma de píldoras, cápsulas, polvos, jarabes, etc. Dicho claramente: han de tener el aspecto de un alimento y presentarse en forma de comida.

Un AF puede ser un alimento al que se le ha agregado un componente (p.ej. lácteos con vitamina E) o eliminado (p.ej. leche desnatada); un alimento donde la naturaleza de uno o más componentes ha sido modificada (p.ej. preparado lácteo en el que se sustituye su grasa por grasa “saludable” como los omega tres), un alimento en el cual la biodisponibilidad de uno o más de sus componentes ha sido modificada (leche enriquecida con calcio); o cualquier combinación de las anteriores posibilidades. Como se puede comprobar por los ejemplos el mundo de los lácteos ha sido y es ampliamente empleado para la producción de AF, pero la lista es interminable. En resumen, la idea sería obtener algo así como un alimento tuneado (que no customizado)

¿Para qué sirve un alimento funcional?

Teóricamente un AF podría ayudar y emplearse en la prevención y reducción del riesgo de enfermedades, con la finalidad además de reducir costes sanitarios y con la idea de propiciar un mejor envejecimiento, pero en realidad una de las principales utilidades de los AF parte del interés de la industria alimentaria en hacer una mayor caja (y esta respuesta merece la explicación contenida en la siguiente pregunta)

¿Quién regula las declaraciones nutricionales y de propiedades saludables de los AF?

En Estados Unidos es la Food and Drug Administration (FDA) quién se encarga de estas cosas, un país en el que este tipo de iniciativas comerciales saludables tuvieron un especial auge en los años 80 después de que el filón lo “pusieran de moda” las autoridades sanitarias japonesas con toda su buena intención (quiero pensar).

En Europa la ausencia de legislación durante muchos años propició que esto pareciera la casa de la Charito, sin embargo desde 2006 contamos con un Reglamento que regula esta situación y que nadie pueda alegar cualquier cosa, lo primero que se le ocurra, a la hora de venderte un alimento y poner a la salud como reclamo (o al menos tratar de hacerlo). En concreto se trata del REGLAMENTO (CE) No 1924/2006 DEL PARLAMENTO EUROPEO Y DEL CONSEJO de 20 de diciembre de 2006 relativo a las declaraciones nutricionales y de propiedades saludables en los alimentos. Este Reglamento establece que sea la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) la encargada de validar, autorizar o rechazar las alegaciones que los distintos productores de AF pudieran hacer en un determinado momento. En 2006 se abrió el plazo para que estos productores sugirieran la posibilidad de poder hacer determinadas declaraciones y alegaciones para sus alimentos. Según cuenta Jose M. López Nicolás (@Scientiajmln) en una magnífica entrada en el blog de Amazings (“Las grandes mentiras en el etiquetado de los alimentos funcionales”), a finales de 2011 la EFSA terminó el trabajo de evaluar los miles de solicitudes que cientos de empresas hicieron con el fin de vender sus maravillosos productos. El trabajo fue ímprobo: fueron presentadas, ná más y ná menos que 44.000 solicitudes. Se hizo una criba seleccionando sólo aquellas que cumplían con los requisitos de la solicitud, quedaron 10.000. Más tarde la EFSA elaboró una lista de 4.000 declaraciones agrupándolas por temas. En última instancia se pidió a los solicitantes que ampliasen más información o hicieran aclaraciones y, al final se terminaron por evaluar un total de 2.758 solicitudes. ¿Y el resultado de la evaluación de estas solicitudes? Aplastante: Sólo una de cada cinco declaraciones presentadas estaba basada en pruebas científicas sólidas. El resto de solicitantes tendrán (tienen) dos posibles caminos a partir de ahora (que además no son excluyentes):

  • Retirar la publicidad de sus productos.
  •  Seguir investigando para aportar pruebas si quieren decir lo que la EFSA les ha prohibido decir.

¿Funcionan los alimentos funcionales?

Como ya he comentado, no me toca a decidir si los AF funcionan o dejan de hacerlo, eso lo ha de decir la EFSA. No obstante, para responder a esta pregunta me quedo con parte del texto contenido en el mencionado Reglamento, muy edificante, que en su artículo 3, apartado d, afirma que: “La utilización de declaraciones nutricionales y de propiedades saludables no deberá: [...] afirmar, sugerir o dar a entender que una dieta equilibrada y variada no puede proporcionar cantidades adecuadas de nutrientes en general”.

Es decir, a la población general no le ha de quedar ninguna duda de que es más efectivo tener un “patrón de alimentación funcional” basado en las más recientes recomendaciones que llenar el carro del súper con alimentos cuajados de alegaciones por todas partes. Esta estrategia, además de más recomendable cara a la salud será, probablemente, mucho más económica y sabrosa.

Si quieren prescindir de los AF y tener un patrón alimentario adecuado les recomiendo que visiten alguna de las primeras entradas de este blog, hay varias, pero entre ellas yo destacaría dos por su sencillez:

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Foto 1: jovike

Foto 2: Stephanie Booth