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El nutricionista de la general El nutricionista de la general

"El hombre es el único animal que come sin tener hambre, que bebe sin tener sed, y que habla sin tener nada que decir". Mark Twain

Cuento de miedo grasiento (2º capítulo)

FATTY AND SCARY TALE

(2º capítulo)

 

En el anterior capítulo: Manolito, un niño obeso de 7 años, recibe a petición de su propia madre la visita inesperada del Hombre del Saco para que se lo lleve. Este no lo puede hacer debido al peso del niño y la madre le pide al Hombre del Saco que le solucione su problema de alguna forma, llamando, por ejemplo, al Lobo… El primer capítulo puede ser consultado aquí

 

 

Por el tono en el que estaba derivando la conversación telefónica, la madre vio que aquel inútil seguiría sin ayudarle.

  • Ejem -se aclaró la garganta tras colgar el móvil- He hablado con la señora de Lobo, me ha dicho que hace tres días que su marido está de baja laboral. Al parecer hace dos días se fue a cumplir con un pedido, lo de siempre, lo de comerse a una tal Caperucita, pero que las cosas no salieron como estaban previstas y la cría, últimamente gorda como pintada por Botero, no pudo huir antes de avisar al cazador del cuento y el Lobo la alcanzó y dado su carácter… se la comió… entera. En este mismo momento, por lo visto, el Señor Lobo está en cuidados intensivos, y le están practicando el tercer lavado gástrico y… y la verdad es que se teme lo peor -el Hombre del Saco bajó los ojos- hay que tener en cuenta que el pobre es ya muy, muy mayor y este tipo de excesos… no son nada buenos.

 

La colorada cara de Manolito, que parecía un tomate de Agosto, se iluminó con una sonrisa de satisfacción. Pero su madre volvió a la carga.

  • ¡¡¡Mecagü!!! -calló de golpe y miró a su Nene aferrado a las faldas- Me está usted tocando las narices. ¡Haga el favor de llamar al Coco! A ver si, por lo menos, un buen susto hace reaccionar a éste sinfundamento.

 

Los ojos de aquel hombre terrible se inundaron de lágrimas.

  • Veo que aún no se ha enterado ¿no? –preguntó el Sacamantecas-
  • ¿Saber qué?, ¡tarado de las narices!… y deje de llorar delante del niño, que luego no va a haber quien lo dome. ¡Saber qué… especie de bobo-tonto!…
  • Mire -dijo aquel deshecho humano- hace dos meses el maestro de maestros, El Profesor, como era conocido por los que tanto y tanto hemos aprendido de él, estaba trabajando en el turno tercero, que es el de por las noches, su preferido, y oyó como un padre le cantaba a su querubín la canción de toda la vida: “Duérmete niño, duérmete ya, que viene el Coco y te llevará” (con la música de Wiegenlied de Brahms y todo). Visto que el crío no se dormía, El Profesor, es decir, el Coco, no tuvo otra idea que acudir por allí y trató de dar un susto de muerte al insomne, pero el supuesto querubín era un chaval de 10 años y 95 Kg de peso qué, mitad por el susto que le dió El Coco y mitad por la famosa combinación de tortas y patadas japonesas Shoryuken (especialidad de Ryu, su héroe preferido de la Play Station) le arreó semejante coz al Profesor, que este salió despedido hacia atrás perdiendo el equilibrio. Sólo la mala fortuna quiso que cayera encima de un bol de gachas con leche rompiéndose la base del cráneo. El “querubín” era mucho de hacer estas coasas siempre guardaba comida a los pies de su cama por si sentía gusa  a mitad de noche (es así como los chavales se refieren al famoso “gusanillo”)

 

En ese momento el Sacamantecas rompió a llorar con estrépito mientras agarraba y estrujaba contra su pecho a la desconcertada mamá. A duras penas la madre consiguió separarse de aquel pegajoso tipo y le rogó, le suplicó, le imploró que; primero hiciera el favor de contenerse y, segundo, que llamara, si era posible, al Hombre-lobo, a Drácula o a los 4 jinetes del Apocalipsis… o incluso al mismísimo Satanás.

 

  • Mire señora -contestó- yo lo haría encantado, pero resulta que esos son monstruos importantes, para mayores vamos… juegan en otra división. Yo no les puedo llamar para estos temas. Además, quedaría en ridículo ante sus ojos, y suficientes desprecios nos hacen ya a nosotros, los “baby-monster” tal y como ellos se jactan en nombrarnos, como para darles otro motivo más. Ahora bien -continuó mientras aspiraba desagradablemente por la nariz y se aclaraba los ojos-, le puedo asegurar que de seguir así la infancia muy pronto todos mis compañeros de curro desaparecerán y ya sólo quedarán los malos malos de verdad. Entonces, e hizo una pausa mientras se restregaba los mocos por la manga de la camisa,  hasta yo mismo tendré miedo.

 

 

Volviendo al presente, hoy Manolo también conserva fresco en su memoria el recuerdo de cómo el Hombre del Saco se fue de casa. Sin decir nada más se marchó con la cabeza hundida en el pecho, en una mano agarrado su saco y en la otra arrastraba la gabardina. Nunca más supo de él. Su madre le dijo que ya había pasado todo, que no se preocupara, le abrazó un instante y a continuación empezó a preparar la porrusalda para la cena de ella y su marido, y precalentó el horno para la pizza de prosciutto e funghi con salsa barbacoa que le esperaba al Nene perfectamente termosellada en el inerior de la nevera.

 

 

Hoy, a sus 42 años y con 122 Kg, Manolo tenía la cabeza vuelta hacia la ventana y la mirada perdida en el horizonte de azoteas de la gran ciudad mientras recordaba aquel episodio. Ni tan siquiera se inmutó cuando entró la enfermera en la habitación, le quitó el gotero y le dijo que le iban a dar el alta… Ellos, la Seguridad Social, ya había hecho su trabajo; y si bien ingresó hace tres días semiinconsciente debido a un coma diabético, ya se encontraba mejor y podía irse a casa y seguir descansando en ella.

Fue al salir la enfermera de la habitación cuando una extraña sensación sacó a Manolo de su ensimismamiento… a través del reflejo, en el cristal de la ventana por la que miraba, le pareció que la enfermera, en vez de arrastrar la “percha” del gotero, arrastraba… ¡¿una guadaña?!

Juan Revenga Frauca

 

 

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Foto 1: Mr Huaso

Foto 2: Vectorportal

6 comentarios

  1. Dice ser ANTONIO LARROSA

    Lo que le debió espantar a D. manolo seguramente fue que yo trepaba por la pared del hospital con una camiseta que ponía… Clica sobre mi nombre

    18 mayo 2012 | 10:55

  2. Dice ser Susana Cordoba

    Bueniiiismo Juan, espectacular: Si la nutrición no va bien, puedes dedicarte a escribir!!!
    Te cuento que he tratado de buscar tu libro, pero como estoy un poco lejos no me ha sido posible.
    Un abrazo

    18 mayo 2012 | 13:30

  3. Dice ser Dama de Negro

    Esta historia es un poquito de mal gusto…

    18 mayo 2012 | 13:41

  4. Dice ser nimiostres

    Hombre, supongo que por tu manera de escribir debes ser un tirillas de 50 kilos, y con pocos complejos, pero debes tener en cuenta que no todos los que estamos en 122 kilos estamos cerca de morirnos, ni tener diabetes. Yo peso 122 kilos tengo 30 años, no tengo colesterol, ni hipertension, ni azucar, ni ningun tipo de problema asociado al sobrepeso, casi no tengo ni barriga.
    Ten claro que un niño de 95kilos a los 10, no pesará 122 a los 42, eso te lo garantizo. Yo pesaba 60, y no era un niño gordo.
    A media que la sociedad cambia, la fisonomia cambia, yo soy mucho más alto y mucho más fuerte que lo era mi padre a su edad, y a prácticamente todos los de mi generación les pasa lo mismo.

    Saludos, y sensibilidad.

    18 mayo 2012 | 14:24

  5. Vaya por Dios!

    18 mayo 2012 | 14:56

  6. Dice ser Carla

    “nimiostres”, con eso de que eres “más fuerte que tu padre” quieres decir más gordo, ¿no? porque con 122 kilos, como no midas 2 metros 20… Ojo que si es así, perfecto, pero cuidado cuando te montes en un ascensor porque casi tienes que ir tu solo…

    Ay señor… lo peor de todo es que creen que esto es lo NORMAL…

    18 mayo 2012 | 22:04

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