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Reflexiones de una librera con delirios antropológicosaficionada a diseccionar los hábitos lectores de los españoles

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Capote en Un cadáver a los postres

Cuando tres de las cosas que más me gustan convergen en un mismo punto mi pelucón irradia más destellos luminosos que el Faro de Alejandría en sus mejores tiempos. Así que cuando mi haz de luz sensorial se topó hace años con Truman Capote, una trama de intriga detectivesca y una parodia inteligente casi me inmolo de emoción contenida frente a la pantalla que me proyectaba la mítica Un cadáver a los postres (Murder by death).

Nadie me había advertido de que aquella curiosa película de 1976 con un reparto de escándalo era lo que en efecto es: una gloriosa comedia policíaca que esconde una brillante disección del género detectivesco a través de los clásicos de tinta hechos celuloide. Risas, risas y más risas, palabra de Regina.

Pus bien, llevaba años sin pensar en ella hasta que hace unas horas un reginaexlibrislandiano asiduo me la despertó de su letargo mental. Hablábamos, como no, de la literatura de Capote, de cómo reinventó el periodismo literario con A Sangre fría o le dió una nueva dimensión al arte de perfilar personajes a palabras en sus Retratos:

– Cliente: Sí, me impactó sobre todo el perfil de Marlon Brando en su hotel de Japón mientras rodaba Sayonara. O Marilyn Monroe…

– Regina: La verdad es que para eso Capote tenía un don.

– C.: Con la lengua bífida que tenía fijo que si vive ahora hasta tendría su propio talk show, ¡ja, ja, ja!

– R.: Mmm, pues tal y como está el patio catódico no sé si me gusta la idea…

– C.: Lo que me extraña es que no escribiera algo para el cine, ¿no?

– R.: Pues yo creo que no, aunque algún cameo sí que hizo.

– C.: ¿Un cameo? ¿Capote?

– R.: Si, en una comedia buenísima llamada Un cadáver a los postres, o Murder by death, de 1976. Y, bueno, fue más que un cameo: le nominaron a los Globos de Oro como mejor actor secundario…

– R.: Alucino…

– C.: UY, pues hazte con ella, es una de mis favoritas. Es suna parodia de las tramas clásicas de intriga detectivesca, pero muy bien hecha y con un repartazo.

– C.: No me digas que Capote es el mayordomo…

– R.: ¡Ja, ja, ja! No, verás, Capote es Lionel Twain, un excéntrico millonario que organiza una cena en su mansión e invita a la élite de los investigadores: Sidney Wang de China, Dick Charleston de Nueva York, Jessica Marbles de Inglaterra, Milo Perrier de Bélgica y Sam Diamond de San Francisco. ¿Te suenan?

– C.: Sí, pero ¿no les cambiaron los nombres?

– R.: ¡Claro! Son parodias de Miss Marple, Hércules Poirot, Sam Spade, Nick y Nora Charles, y Charlie Chan con sus inseparables ayudantes…

– C.: ¡Tiene un pintón! ¿Y quienes actúan?

– R.: Pues junto a Capote ni más ni menos que Peter Sellers, David Niven, Peter Falk, James Coco, Elsa Lanchester, Maggie Smith, Alec Guinness, Eileen Brennan, Nancy Walker, James Cromwell y Estelle Winwood, orquestados Neil Simon.

– C.: Pues sí que es todo un cartel, sí. Iré a buscarla, que con estos calores una buena carcajada nocturna no viene mal, y si de paso veo a Capote ‘en vivo’ mejor que mejor…

– R.: !Pues ya me contarás qué tal!

Y se fue con la promesa de volver en un par de días a conterme qué tal su visionado de Un cadáver a los postres. En cuanto a mi me ha entrado el apretón de verla de nuevo y, de paso, de releerme algo del mítico Sam Spade de Dashiell Hammett… Así que, además de un rato divertidísimo igual la película logra despertar a alguien más el apetito lector por los mejores sabuesos de tinta.

De momento y como homenaje regino aquí os dejo el tráiler original de Un cadáver a los postres, para abrir boca:

Y vosotros, reginaexlibrislandianos de pro, ¿Visteis Un cadáver a los postres? ¿Qué os pareció? ¿Os gusta la literatura de Capote? ¿Leísteis intrigas protagonizadas por Miss Marple, Hércules Poirot, Sam Spade, Philip Marlowe o Charlie Chan?

“Quiero dos libros que salían en Todo sobre mi madre”

Si hubiera algún aparato que midiera los niveles de bibliofilia en sangre os puedo asegurar que hoy reventaría cualquier baremo, porque sé que los tengo total y absolutamente desbocados.

¿La causa? Hace un rato la Providencia Librera tuvo a bien demostrarme que al fatídico triángulo de las Bermudas Cine-Literatura-Adaptaciones de libros en el que se pierden teóricos y críticos le falta un vértice.

Sí, queridos, porque a veces basta un fotograma para sugerir una lectura, o incluso dos, con lo que el flujo entre Cine y Literatura es de doble sentido. O, como reza el dicho: “¿Queréis sopa? Tomad dos cazos…

Total, que el susodicho ni es triángulo, ni todo tiene por qué ser negativo en las relaciones bilaterales entre tinta impresa y celuloide.

¿La prueba? A mi se me materializó al pie de mi escritorio en la boca de una joven de entre 20 y 25 años:

– Clienta: Estooo, disculpe

– Regina: ¿Sí? ¡Dime!

– C.: Verá, es que en una peli de Almodovar vi dos libros que quiero leer.

– R.: ¿Ah, si? ¿Cuáles?

– C.: Pues es que, a ver, era Todo sobre mi madre, ¿la vio?

– R.: Sí

– C.: Pues aparecían dos libros, uno de Truman Capote del que Cecilia Roth leía una cita a su hijo…

– R.: “Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagerlarse” Creo que era más o menos así.

– C.: ¡Qué fuerte, si se la sabe!

– R.: Sí, es del prefacio de Música para Camaleones.

– C.: Es que me dejó clavada en el sofá. ¿Tiene el libro?

– R.: ¡Por supuesto! ¿Y el otro?

– C.: Del otro era el texto de la obra de teatro que sale, Un tranvía llamado deseo, pero no recuerdo bien el autor

– R.: Tennesse Williams, que es el autor de La gata sobre el tejado de zinc caliente, La rosa tatuada y El zoo de cristal… Igual te suenan las películas.

– C.: Sí, las películas sí, pero no leí nada de él. ¿Tiene el del tranvía?

– R.: Sí, lo tengo suelto, o en un volumen junto con El zoo de cristal

– C.: Pues mejor ese con las dos piezas.

– R.: Es curioso… ¿Adivinas a quién le dedicó Capote su Música para camaleones?

– C.: Mmmm, no.

– R.: Míralo tu misma en el ejemplar que te acabo de dar

– C.: ¿”PARA TENNESSEE WILLIAMS“????

– R.: Sí, tanto Capote como T. Williams eran de la misma cosecha de autores norteamericanos blancos nacidos y criados en el ‘viejo sur’. De la misma quinta eran Harper Lee, autora de Matar a un Ruiseñor y que ayudó a Capote a investigar para su A sangre fría, y Carson McCullers, autora de El Corazón es un cazador solitario

– C.: Vaya, no tenía ni idea

– R.: Pues, cuando puedas, léete cualquiera de ellos, o mejor todos. Son maravillosos.

– C.: Me los apunto, aunque ahora empezaré por Música para camaleones y Un tranvía… ¡Que Almodovar me picó!

Y se fue, y sentí como si una nube púrpura descargara con furiosa alegría sobre mi pelucón una tormenta de confeti librero.

Si, reginaexlibrislandianos de pro, porque para la que os teclea es fabuloso pensar que la jovencita llegó a Truman Capote y a Tennesse Williams de la mano de Almodovar y su fabulosa Todo sobre mi madre

Y vosotros, reginaexlibrislandianos de pro, ¿leísteis Música para Camaleones o Un tranvía llamado deseo? ¿Algo de Capote o de Tennesse Williams? ¿Visteís Todo sobre mi madre? ¿Recordabais las menciones a los dos libros? ¿Alguna vez una película os impulsó a leer a algún autor o título que apareciera de refilón en pantalla?

Como homenaje regino a don Pedro Almodovar por contribuir tan gloriosamente a la cruzada bibliófila os dejo unas imágenes de Todo sobre mi madre:

Katharina Blum, mártir literaria del amarillismo rapaz

De ingratitud e inconsciencia está el mundo lleno. Basta que el pobre Heinrich Böll se preocupara por augurar en 1974 en forma de novela hasta qué punto era peligroso el sensacionalismo rapaz para que nosotros no sólo desoigamos sus advertencias, sino que aplaudamos a cuanta Katharina Blum de pacotilla ofrezca sus órganos blandos al mejor postor.

Porque, eso sí, mientras que la heroína silueteada a palabras por el escritor alemán era una víctima indefensa y arrastrada a la fuerza al epicentro del circo mediático, muchas de sus replicantes de carne y hueso hacen lo que sea por conquistar sus ‘quince minutos’ de fama warholiana.

En fin, queridos, de mediocres con delirios de starlettes de serie B están los platós llenos, no me diréis que no.

La lucidez de Heinrich Böll y su brillante crónica de una lapidación mediática siempre tienen su hueco en las baldas de reginaexlibrislandia.

Y aunque me lo piden menos de lo que yo quisiera hoy la Providencia Librera decidió darme una alegría bibliófilo-periodística materializando ante mi a un joven que, sin saberlo, buscaba su ejemplar de El honor perdido de Katharina Blum.

El muchacho, reginaexlibrislandiano con un pie en la asiduidad, titubeó un par de minutos antes de acercarse a mi escritorio y dirigirse a mi:

– Cliente: Estooo, perdona…

– Regina: ¿Sí? ¡Ah, hola!

– C.: A ver si me puedes ayudar…

– R.: Lo intentaré, ¿qué necesitas?

– C.: Mira, tengo que hacer un trabajo que relacione periodismo y literatura, y no doy con lo que busco.

– R.: pero, ¿sabes lo que buscas? ¿Nuevo periodismo? ¿Capote? ¿Periodismo Gonzo? ¿Escritores-articulistas? ¿Novelas publicadas por entregas en periódicos? ¿Reportajes novelados de García Márquez?

– C.: No, no, alguna de esas sería mi última opción. Verás, mi padrino vivió unos años en Alemania, ¿sabes? Como siempre dije que quería ser periodista él me hablaba de un libro que se publicó cuando él vivía en Berlín y que iba sobre la prensa rosa. Como no sabía alemán no lo llegó a leer, pero su novia sí y le contó de qué iba. Era algo sobre una mujer. Él siempre lo quiso leer en español, pero no sé si llegó a encontrarlo. Murió hace tres años, y ahora con lo del trabajo este me acordé del libro famoso…

– R.: Mmmm, mmm… Prensa, Alemania, mujer. Mmmm, ¿sabes más o menos cuándo vivió tu padrino en Alemania?

– C.: Cuando yo aún no había nacido, por los setenta.

– R.: Bueno, pues apostaría mi biblioteca personal a que lo que buscas es El honor perdido de Katharina Blum, de Heinrich Böll. Se publicó en 1974 y es una crítica feroz al sensacionalismo rapaz que, además, tiene una estructura a caballo entre la crónica y la novela. Es uno de mis favoritos.

– C.: ¡No me digas! ¿Y lo tienes?

– R.: Sí, está ahí, por la B de Böll.

Y se lo llevó. Él estaba entusiasmado con su libro, y yo no cabía en mi regio pelucón de euforia librera. No sólo iba a leerse un novelón e imagino que a reflexionar sobre su desalentador mensaje, sino que con su trabajo sobre la obra de Böll quizás diera qué pensar a algún que otro aprendiz de plumilla de su misma promoción.

Y vosotros, reginaexlibrislandianos de pro, ¿leísteis El honor perdido de Katharina Blum? ¿Conocíais la novela? ¿Y algo de Heinrich Böll? ¿Recordáis alguna que otra obra literaria que arremeta contra el sensacionalismo periodístico?

Nota de Regina. Testigo del affaire que una joven anónima mantiene con un hombre que resulta ser un prófugo, un periodista sin escrúpulos difama a la mujer hasta volatilizar su reputación. Después de hacer de su vida un infierno, el paparazzi será asesinado por su víctima mediática, incapaz de reconstruir una intimidad ultrajada y sobreexpuesta. Así de actual es El honor perdido de Katherine Blum, una novela tan breve como certera y visionaria.

Por cierto, que un año después de su publicación el cineasta germano Schlöndorff filmó su versión de El Honor perdido de Katharina Blum, con cuyo trailer me despido por hoy:

“Gracias por Matar un ruiseñor

Si para Forrest Gump ‘La vida es como una caja de bombones…’, os aseguro que el día a día en reginaexlibrislandia es como la Fábrica de Chocolate de la fabulosa novela de Roald Dahl, donde lo mismo le hincas el diente a una tableta dulce que a otra amarga, según el talante del cliente/Willy Wonka que te la de.

Pues bien, hoy me tocó catar uno de un sabor tan inesperado y exquisito que me puso el pelucón mirando al séptimo cielo librero.

Hallábame yo en plena orgía de café, facturas y albaranes cuando se materializó en mis confines un reginaexlibrislandiano asiduo. Como es un caballero que, exceptuando los saludos de cortesía, rara vez se dirige a mi me limité a darle los buenos días con una sonrisa. Pero él, en lugar de consagrarse a mis baldas como acostumbra, enfiló hacia mi escritorio.

Al llegar se detuvo, se aclaró la garganta y me dijo a media voz:

– Cliente: Gracias por Matar un ruiseñor, señorita.

– Regina: Perdón, ¿cómo dice?

– C.: Que por usted llegué a ese libro, y me ha conmovido como pocos.

– R.: ¿Yo? Pero… pe-pero

Aquí os aclaro que en el reparto de dones a mi la Providencia librera tuvo a bien otorgarme uno tan curioso como útil en mi profesión: el de ser capaz de relacionar caras con libros y escritores a velocidad de crucero. Siempre recuerdo quién ha leído qué, especialmente si fui yo quien se lo sugerí.

Y de ahí mi desconcierto: me apostaría el pelucón sin titubeos a que yo jamás hablé con este caballero de Harper Lee ni de su obra, Matar un ruiseñor.

– Cliente: Si, mujer, si. Hace un par de meses estaba por aquí y sin querer escuché cómo le contaba a una señora lo maravillosa que era la novela de la mejor amiga de Truman Capote, Harper Lee, que según dijo usted aquel día y que yo he comprobado luego resulta que acompañó a Capote en su investigación para escribir A Sangre Fría.

– Regina: Ahh, si, ya me acuerdo. Es que ella había visto Capote, la película, y quería leer algo de ‘la escritora que lo acompañó’, pero se había equivocado. Me pedía algo de Dorothy Parker, cuando lo que realmente quería era algo de Harper Lee, que solo publicó Matar un ruiseñor, por la que le dieron el Pulitzer en 1961.

– C.: ¡Justo! Y perdone mi descortesía, pero no pude evitar escucharla hablando de la novela. No me la llevé, porque ese día vine a por Vida y Destino, pero me picó la curiosidad y un par de días me vine a por ella, pero usted no estaba.

– R.: ¡Vaya, vaya! Y entonces, ¿le ha gustado?

– C.: Es una maravilla. El caso es que me sonaba la película, que no he visto, pero no sabía que existía la novela. Y me ha gustado tanto y me topé con ella de una forma tan curiosa que tenía que decírselo. Así que ya sabe, gracias por Matar un Ruiseñor. ¡Y no deje de recomendarla!

– R.: Mejor se las damos a Harper Lee, por escribirla. ¿No cree?

Qué queréis, me encantó el detalle. Y más viniendo de un caballero tan introvertido.

Y yo que cuando me suelto a hablar de un libro en mis confines entro en estado regina exlibris-modo-géiser, ¿a cuántos inocentes más habré calado sin querer con mi chorro indiscriminado de verborrea de letras?

Y vosotros, queridos, ¿leísteis Matar un ruiseñor, de Harper Lee? ¿Sabíais de su amistad con Capote y de su crucial colaboración en la preparación de A Sangre Fría?

Nota de Regina: Harper Lee llevaba una bomba de relojería dentro, y estalló en Matar un ruiseñor, una maravillosa novela cuya onda expansiva se deja sentir más allá del final. Ambientada en una aldea sureña en los años 30 y narrada en la voz de la pequeña Jean Louise, cuenta cómo su padre -el abogado Atticus Finch- defiende a un hombre negro acusado en falso de violación. Cargada de realismo e ironía, es un brillante tapiz de la América profunda, de los conflictos raciales, del miedo a los distintos y de irrupción de una niña en la madurez a golpes de realismo. Soberbia, Regina Exlibris dixit.

Va el trailer de la maravillosa y oscarizada adaptación homónima de 1962 protagonizada por Gregory Peck, no sin antes recordaros que, como siempre, mejor primero la novela y luego la película:

Si vas en bus llévate a Capote

No puedo mentir, esta vida de librera me estimula tanto como me frustra. Es obvio que una no puede saber de todo, habérselo leído todo ni tener el título perfecto para cada persona en el momento exacto y a la velocidad de la luz. Por mucha Regina Ex Libris que sea mi bagaje, cuando no mi memoria, hacen aguas, y hay momentos en que todo lo que leí y creí asimilar se disuelve en mi cerebro.

Si, queridos, bajo el pelucón y la corona mi cabeza humeante se convierte en un bol a rebosar de sopa de letras.

La frustración de no saber tiene remedio: leer más, estudiar un poco cada día, y de ahí lo estimulante de mi nueva vida. Pero el no ser lo suficientemente rápida, el no saber interpretar las señales me debilita, me martiriza, me jode.

Y me visualizo como una Regina ExLibris chapoteando entre mares de volúmenes embravecidos. Entonces y como leí alguna vez:

En mi trágica desesperación me arranco, brutalmente, los pelos de la peluca.

Menos mal que hoy el capote me lo lanzó mi amigo Truman. En plena sesión de autorreproches apareció una clienta:

Buenas, mira… es que buscaba algo para leer en el metro y en el bus. Me refiero a algo ligero y de capítulos cortos, que si no pierdo el hilo. Pero con algo de contenido. Y no te voy a mentir, es que tampoco soy muy de cuentos.

Yo, abatida, miré al frente y justo antes de sincerarme con ella y decirle que no podía ayudarla la luz se hizo en forma de un rostro de pelo pajizo, mirada insaciable, voz aflautada y labios tras los que se atrincheraba una lengua feroz: Truman Capote.

Y su cara dio paso a la imagen mental de la portada de uno de mis grandes tesoros, sus Retratos. Más allá de que siempre esté dispuesta a recomendar cualquier título de Truman Capote, siento especial devoción por esa colección impagable de semblanzas de personajes que pueblan el olimpo de las deidades del siglo XX.

Claro, por si fuera poco el carisma per se de criaturas como Marilyn Monroe, Chaplin, Coco Chanel, W. Somerset Maugham, Marlon Brando, Liz Taylor, Picasso o Tenessee Williams, el colmo del éxtasis intelectual se alcanza si es el genio afilado y tierno de Capote quien te disecciona al ser humano que hay bajo la máscara del icono.

En cuestión de segundos tenía un ejemplar en la mano y parloteaba sobre su contenido con mi entusiasmo revitalizado. Y esa pasión es contagiosa, porque algo que hace sentir tanto a alguien no puede ser una mediocridad.

Total, que la mujer se llevó sus Retratos de Capote y yo hice las paces con mis fantasmas. Y con el resto del mundo también, porque ya en la calle unos diez minutos después la vi literalmente metida en el libro mientras esperaba el autobús.

A sus pies, don Capote. Regina Ex Libris dixit.