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Reflexiones de una librera con delirios antropológicosaficionada a diseccionar los hábitos lectores de los españoles

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¿Y si marco los libros que recomiendo?

El ser humano es, como la Rosa del epitafio de Rilke, contradicción pura y, claro, una no iba a ser menos por mucho pelucón ni corazón bibliófilo que tenga ni Providencia Librera que me ampare.

Porque, veréis, mientras me sigo planteando la opción de erradicar de mis confines las etiquetas adhesivas con los precios en mis libros resulta que me ha dado por ponerme a sopesar el colocar pegatinas en aquellas lecturas que recomiendo.

La idea me la disparó a bocajarro hace unas horas un reginaexlibrislandiano asiduo y, dado que no he encontrado casquillo alguno ni dejo de darle vueltas a la sugerencia, para mi que la bala se me ha acomodado en la masa gris.

En fin, que la cosa fue así, poco antes de mi tercer café mañanero y a punto de finalizar mi bacanal de papeleo diaria una voz amiga me sacudió a traición:

– Cliente: Oye, Regina, una cosa…

– Regina: ¡Sí, claro, dime!

– C.: ¿Has pensado en poner pegatinas o algo así en los libros que recomiendas?

– R.: ¿Perdona?

– C.: Sí, que además de tu rincón de “Si te gusta X, prueba con Y” quizá podrías marcar con algún tipo de distintivo las lecturas que merecen la pena de todo eso que tienes desparramado por las mesas, ¿no crees?

– R: ¿Mmmmm, algo como “Regina recomienda”?

– C.: Pues sí, algo así. Lo vi en una librería en París el pasado fin de semana y me encantó…

– R.: Hombre, no parece mala idea, aunque lo que me chirría es lo de las pegatinas. ¿O ya te olvidaste que sigo con eso de plantar lectores de códigos de barras por la librería y acabar con las malditas etiquetas?

– C.: Sí, ya, pero… no sé, Regina, yo cuando lo vi, ya te digo, me gustó mucho

– R.: Pero quizás algún otro distintivo, no sé…

En ese momento le vibró el bolsillo y se esfumó para atender una urgencia, dejándome a mi con la duda enquistada en el pelucón.

Y vosotros, queridos, ¿cómo veis eso de que marque con alguna pegatina o similar esos títulos que recomiendo? ¿Os molestaría como clientes? ¿Lo veis práctico? ¿Se os ocurre alguna otra manera de ‘marcar’ esos libros sin recurrir a los adhesivos?

“¿Y el libro por el que ponen candados en un puente?”

Bajo la piel de un buen librero deben cohabitar un detective, un psicólogo, un antropólogo y, por supuesto, un bibliófilo nato. Sí, somos lo más parecido a una matrioska de biblioteca que os podáis imaginar, queridos.

Solo así se entiende que, cuando la Providencia Librera pone en reginaexlibrislandia un reto en forma de cliente con peticiones surrealistas, salgamos airosos del apuro.

Ni mis libreros ni yo sabemos el secreto, pero la experiencia entre baldas nos enseña a diario que ante esas situaciones de presión librera se nos agudizan el oficio, el ingenio y el instinto, y no paramos hasta dar con el codiciado título, por muy disparatadas o difusas que sean las pistas.

Por ejemplo, esta mañana otro librero me sacó de mi bacanal de papeleo semanal para pedir auxilio:

– Librero 2: Estooo, Regina, perdona…

– Regina: ¿Siiiii?

– L2: Verás, me piden un libro y no sé muy bien como dar con él.

– R.: ¿Qué tienes?

– L2: Es para estas dos señoras. Me dicen que es “el libro por el que ponen candados en un puente de Roma”.

– R.: ¿Cóooomooooo?

– L2: Lo que oyes. ¡Ah! También que creen que el autor es italiano y que es para una chica joven.

– R.: Uff, lo de los candados me ha dejado loca.

– L2: Si, la verdad es que tiene telita la cosa.

– R.: Mmmm, como no sea alguno de Moccia. A ver, dame un segundo…

Y partiendo de las pistas “Moccia” y de “candados en un puente de Roma” me zambullí en la Red y al instante di con:

La realidad imita a la literatura en el puente Milvio de Roma, donde miles de parejas han colocado un candado para sellar su relación siguiendo el ejemplo de los personajes de Federico Moccia, quien ha presentado en este escenario la versión española de su última novela, “Perdona si te llamo amor”.

Moccia (Roma, 1963) ha conectado con una generación de adolescentes que se reconocen en Niki, la estudiante de diecisiete años que protagoniza en las casi setecientas páginas de esta novela un intenso romance en las calles de la Ciudad Eterna con Alessandro, un publicista veinte años mayor que ella.

Entonces correteé a darle el soplo a Librero2 que, a su vez, se deslizó como yendo sobre raíles a la balda donde tenemos los dos títulos de Federico Moccia: Tres metros sobre el suelo, en rústica y en bolsillo, y Perdona si te llamo amor, que se editó en España en febrero de este año, y que era el que buscaban sin saberlo las dos mujeres que aguardaban expectantes su misterioso ejemplar.

Ellas se fueron tan contentas y a nosotros aún nos dura el subidón librero.

De nuevo… ¡así da gusto echar el cierre en reginaexlibrislandia, queridos, Y HOY CON CANDADO Y TODO!

Y vosotros, mis reginaexlibrislandianos de pro, ¿conocíais los libros de Federico Moccia, Tres metros sobre el suelo y Perdona si te llamo amor? ¿Qué os parecen? ¿Sabíais la afición de sus lectores de poner candados en el Puente Milvio? ¿Lo habéis hecho, visto o sabéis de alguien que lo haya hecho?

‘A 84 Charing Cross Road, por favor’

Hay libros y LIBROS, y la norteamericana Helene Hanff firmó uno de éstos últimos cuando editó la correspondencia que mantuvo durante dos décadas con los empleados de una librería de viejo londinense.

Así nació 84 Charing Cross Road, uno de los libros de cabecera de todo bibliófilo de corazón que, además de ir de mano en mano, de tener adaptaciones cinematográficas, televisivas, como musical en Broadway y hasta videojuego, hoy un reginaexlibrislandiano asiduo me pidió en mi librería para hacer un regalo especial.

Y sin quererlo eso dio pie a que la novelita llegara a una tercera persona que se paseaba por entre mis baldas sin saber que lo que realmente había venido a buscar era un ejemplar, el que sin duda la Providencia Librera le tenía reservado, de 84 Charing Cross Road:

– Cliente: ¡Hola, Regina! ¿Qué tal?

– Regina: Aquí, con la Navidad al acecho…

– C.: Sí, este año tampoco nos libramos

– R.: Tendremos que llevarlo con dignidad, me temo. ¿Buscas algo?

– C.: Pues mira, sí. Quiero 84 Charing Cross Road, pero imagino que no tendrás ejemplares aquí.

– R.: Me subestimas. De según qué libros siempre tengo ejemplares en mi recámara

– C.: ¡No me digas! Yo ya contaba con encargártelo…

– R.: Aquí lo tienes, y aún me quedan dos más.

– C.: La quiero para alguien especial, ¿sabes? Alguien que adora los libros y las librerías.

– R.: Es una maravilla… la historia, los personajes, los diálogos, ¡todo!

– C.: ¡Y encima real! ¿Viste la película con la misma de Mr. Robinson?

– R.: Sí, con Anne Bancroft y Anthony Hopkins. Otra joya, la película.

– C.: Pues nada, me lo llevo. ¡Gracias, Regina!

Y se fue, y yo me quedé con la mirada clavada en la portada de uno de los dos ejemplares del libro que aún tenía en mi poder, recordando el subidón bibliófilo que supuso para mi su lectura en su día, cuando una voz de mujer me sacó de mis cavilaciones helenehanffianas:

– Cliente2: Estooo, disculpe

– Regina: ¿Si? Ah, hola, ¿dígame?

– C2: No pude evitar oír su conversación con el señor que se acaba de ir… y, bueno, me preguntaba sobre el libro del que hablaban, el que se llevó

– R.: ¿84 Charing Cross Road, de Helene Hanff?

– C2: Sí, sí, ese mismo. ¿Es realmente tan bueno?

– R.: Para mi es de lo mejorcito que hay, uno de esos libros que te reconcilian con el universo

– C2: ¿Y de qué va?

– R.: La novela epistolar de Helene Hanff, que lleva circulando de mano en mano desde hace casi cuatro décadas, recoge la correspondencia que durante veinte años mantuvieron una extravagante, irónica y brillante guionista norteamericana y los libreros de una librería de viejo londinense al término de la II Guerra Mundial. La insaciable sed de ella por hacerse con los libros más imposibles y el empeño de ellos, especialmente de Frank Doel, por conseguírselos, da pie, con los años, a una intimidad cargada de ternura e ironías proyectadas sobre el fondo de una misma pasión: los libros y las librerías.

– C2: Suena bien, sí señor, pero que muy bien

– R.: Además tiene una carga de ironía y humor que no te borra la sonrisa de la cara prácticamente de principio a fin, aunque tiene su parte dura también. ¡El justo equilibrio!

– C2: Definitivamente me la quiero leer. ¿Tiene otro ejemplar?

– R.: Sí, aquí mismo. ¡Que la disfrute!

Y ella también abandonó mis confines con su 84 Charing Cross Road bajo el brazo, y me dejó a mi sola con el último ejemplar de mi reserva y una sonrisa escandalosa plantada en la cara pensando en el bombazo literario que tienen entre manos ahora mismo esos dos inocentes destinatarios de mis ejemplares… ¡Así da gusto echar el cierre, queridos!

Y vosotros, reginaexlibrislandianos de pro, ¿leísteis 84 Charing Cross Road? ¿Conocíais a su autora, Helene Hanff? ¿Habíais oído hablar de la novela? ¿Y de sus adaptaciones varias?

Como colofón el trailer a la película homónima rodada en 1987 y protagonizada, como dije, por Anne Bancroft y Anthony Hopkins:

Si no vas a querer un libro… ¡No lo encargues!

Me ha vuelto a pasar. Aunque ocurre en uno de cada treinta encargos de clientes siempre hay alguien que, llegado el momento de pasarse a recoger un título cuya adquisición te encomendó, resulta que no lo quiere. ¡NO LO QUIERE! Y entonces el librero, ¿se lo come? ¿SE LO COME?

Es indignante, descortés y desconsiderado, queridos. Dejadme que os explique por qué.

Porque no hablamos ya del tiempo que uno tarda en tramitar el pedido, que puede oscilar entre quince minutos y un par de horas, según la rareza del ejemplar en cuestión, y en los gastos de envíos, y en todos los eslabones de la cadena humana que intervienen en un proceso que no llega a buen puerto por intervención divina ni telequinesis…

No, me refiero a que una vez que el libro entra en mis confines una de dos: o se lo lleva el cliente que me lo encargó y todos contentos, o me lo quedo yo en mi librería y, por tanto, lo pago yo-librera, yo, y entonces alegrías las justas. Las justas o ninguna, queridos.

Digo las justas o ninguna porque puede ser que se trate de un ejemplar ‘vendible’ o ‘de fondo’ en cuyo caso el daño a mis cuentas es relativo, pero muchas veces hablamos de un título que no voy a vender ni en un millón de años, motivo por el cual probablemente no estaba en mis baldas cuando el cliente se adentró en mis confines buscándolo.

Y como en este caso la dinámica del mercado editorial se impone, los proveedores se aseguran de dificultar mi rauda devolución a sus almacenes. Cada día que ese libro está en mi tienda pierdo dinero, así de simple. Total, que me como ése librito. Y el otro, y el otro, y el otro… Y al cabo de un tiempo cuelgo el cartel de cierre definitivo por simple indigestión.

Para colmo, de los supuestos posibles que explican el rechazo del libro solicitado días atrás (que haya perdido el interés o que se haya hecho con él bien comprándolo en otra librería, bien porque se lo hayan regalado en el lapso que va desde el encargo a mi llamada ejemplar en mano) hoy me he topado con el que me inmola el pelucón de pura rabia.

Transcribo conversación telefónica de hace unas horas:

Cliente: ¿Diga?

Regina: Buenas tardes, le llamo de reginaexlibrislandia, la librería de XXXX.

C.: Ah, sí, qué pasa.

R.: Era para decirle que me acaba de llegar el ejemplar de Nunca fuimos reinas que me encargó hace una semana.

C.: ¿De qué librería dice que llama? es que lo encargué en tres distintas…. para asegurar.

R.: De Reginaexlibrislandia

C. ¡Ah, de ésa! Bueno, en cualquier caso ya lo compré…

Y ¡Clic! Me colgó.

La carga de desconsideración que entraña esa respuesta para conmigo y para con los otros libreros afectados es absolutamente escandalosa. Pensadlo un segundo:

¿De qué librería dice que llama? es que lo encargué en tres distintas…. para asegurar

Así aquí es donde yo me abalanzo como tantas otras veces a la balda de narrativa anglosajona en la que descansa el ejemplar de El corazón es un cazador solitario, de Carson McCullers, para desfogarme a párrafo limpio. Y recito a pleno pulmón:

“El médico aguardaba la aparición de la negra, de la terrible cólera como la de una bestia que surge en medio de la noche (…) Descendió a las profundidades hasta que finalmente no quedó más abismo. Tocó el sólido fondo de la desesperación, y se sintió algo aliviado”

A vosotros, queridos, ¿se os ocurre actuar así?

Sincerémonos todos… ¿encargasteis alguna vez un libro que, llegado el momento, rechazasteis? Si lo hicisteis, ¿por qué? ¿pensasteis cómo puede afectar eso al librero en cuestión?

NOTA DE REGINA EXLIBRIS: Aprovecho este mi ciber-púlpito librero para rogaros encarecidamente que, por favor, aviséis al librero de turno si cambiáis de idea con respecto a un libro que habéis encargado o si os hacéis con él por otro lado. Para entonces igual ya es tarde para el librero y el título está en camino, pero os aseguro que esa llamadita de cortesía hará que el afectado digiera un poco mejor el ejemplar que se tiene que tragar. ¡Gracias por adelantado en nombre del gremio en pleno!

“No me engañe, sé que el de Cornelia Funke ya se vende”

Qué injusta es la vida, queridos. Apenas llevaba unos minutos flotando tras uno de mis subidones libreros cuando llegó a mis confines un desaprensivo con vocación de acupuntor emocional y me reventó la burbuja, atravesándola con dos frases cargadas de alfileres.

Empecemos por lo bueno: la visita mañanera y fugaz de un reginaexlibrislandiano que había estado en la librería el jueves pasado.

Como aquel día buscaba ‘un novelón de esos que te arden en las manos y que encierran un curso acelerado de supervivencia social’, yo no titubeé y le di Las amistades Peligrosas, de Pierre Choderlos de Laclos.

Parece que acerté, y él tuvo el detallazo de pasarse para contármelo:

“Perdona… pero tenía que venir a decírtelo: me pasé todo el fin de semana pegado a Las Amistades Peligrosas. ¡Vaya libro! Yo no sé cómo no di con él antes, de verdad. Ufff. Ahora tengo prisa, pero quería que lo supieras. Me paso otro rato esta semana y lo comentamos si quieres…”

Y se fue, y me dejó plácidamente acomodada en mi pompa gigante, meciéndome en mi ego librero a metro y medio sobre el suelo con una sonrisa de satisfación que me daba la vuelta a la cara, y pensando en el librito y en cómo lo disfruté yo en su día, queridos.

Si, porque más allá de que la adaptación al celuloide de 1988 fuera sublime y con un reparto de escándalo, la novelita epistolar es una auténtica maravilla que radiografía el alma de dos seres tan maquiavélicos como seductores de la nobleza de una ya decadente Francia dieciochesca.

Las cartas, impregnadas de sus pasiones -altas, pero especialmente las más bajas- revelan al lector el pulso entre la Marquesa de Merteuil y el Vizconde de Valmont, dispuestos a todo por masacrar al rival y salir airosos en un entorno en el que cada beso sabe a un veneno, en cada gesto late una traición y donde la inocencia se paga con la vida.

Así que ahí me tenéis a mi, empolvándome el pelucón dentro de mi burbuja de autosatisfacción para metamorfosearme durante un rato en la Marquesa de Merteuil, cuando llegó el cliente-acupuntor:

– Cliente: Oiga, ¡OIGA!

– Regina: Si, buenos días, ¿qué desea?

– C.: Quiero Muerte de Tinta, de Cornelia Funke.

– R.: Ah, si, el que cierra la trilogía de Sangre de Tinta y Corazón de Tinta. Pues lo siento, caballero, pero sale a la venta el día 23… aún no está en las librerías. Quizá en algunas ofrezcan pre-venta, pero nada más.

– C.: Se equivoca.

– R.: A ver, un segundo que lo compruebe… Justo, Muerte de Tinta sale a la venta el 23 de Mayo y un par de semanas después Cornelia Funke vendrá a Madrid a presentarlo. Al menos es lo que me escriben desde Siruela, que es quien lo edita en castellano.

– C.: OIGA USTED SEÑORA O SEÑORITA, NO ME MIENTA SOLO PORQUE USTED NO LO TIENE AÚN O PORQUE NO ME LO QUIERE VENDER, PERO SÉ QUE EN OTRAS TIENDAS YA ESTÁ AGOTADO. ¡ADIÓS!

¡CHOFFF! A mi se me reventó la burbuja y caí de morros sobre mi regio suelo con una mueca de interrogación en el rostro y el pelucón del revés.

Para cuando reaccioné él ya se había esfumado, dejando tras de sí una estela de energía negativa reconcentrada que pulvericé aferrándome a otro ejemplar de Las Amistades Peligrosas.

Además la escenita me dio pie para recordar uno de los grandes momentos de mi adorada Marquesa de Merteuil que es toda una clase magistral sobre cómo actuar de cara al público cuando éste no te muestra su lado más, ejem, agradable y una tiene que capear el chaparrón de grosería e irracionalidad con elegancia:

“Aprendí a sonreír mientras por debajo de la mesa me clavaba un tenedor en la palma de la mano”

Decidme, queridos, ¿hace falta ser tan desagradable en esta vida? ¿Cuelgo un cartel invitando a que la gente deje fuera de reginaexlibrislandia sus neurosis? ¿Habéis leído Las Amistades Peligrosas? ¿Y algo de Cornelia Funke?

“¿Te gustó este libro? Pues prueba con éstos…” versión reginaexlibrislandia

Como un buitre leonado con pelucón, así llevo varios días, queridos. No hago otra cosa que sobrevolar en círculos la misma idea y a estas alturas hasta me resuena en la cabeza la música de cabecera de El hombre y la tierra, el mítico programa catódico de Féliz Rodríguez de la Fuente. Pero como no me decido a materializarla en reginaexlibrislandia y ya me estoy mareando he optado por acudir a mi consejo de sabios: vosotros.

Resulta que el divino Electronauta tuvo a bien enviarme una imagen que encontró colgada por algún rinconcito del ciberespacio. La foto es el fruto del ingenio del librero-fausto de algún país anglosajón, que materializó magistralmente en su tienda aquello a lo que yo no sabía cómo demonios dar forma: la recomendación de títulos silenciosa para aquella carnaza de reginaexlibrislandia que por timidez o principios no se arranca a preguntarme sugerencias de lecturas, pero que llegan a mis confines sedientos de letras.

La cosa va así: el tal librero-Fausto que, entre vosotros y yo, a buen seguro vendió su alma/biblioteca personal al mismísimo Diablo a cambio de la inspiración, divide cada balda de un mueble en dos bloques, y las forra en dos colores distintos, rojo y blanco.

A la izquierda, forrada de blanco, coloca un solo ejemplar por balda, y a la derecha dos o tres sobre forro rojo. Y en medio un doble lema: en la parte superior el que reza: “¿Te gustó éste?” en letras rojas sobre fondo blanco y con una flecha apuntando al ejemplar de la izquierda; y en la parte inferior y con la cromática inversa: “Prueba con éstos”.

Es simple, efectivo y, para mi regio paladar, genial. No se si vosotros os topasteis con alguna cosa parecida en vuestros safaris libreros fuera de las tiendas electrónicas, claro. Yo, desde luego, no, y mentiría si no os dijera que cuando vi la imagen todo el peso de mi pelucón cayó sobre mi orgullo librero con un golpe seco y rotundo, zas, como el del mazo de un juez implacable.

Regina, cielo, ¿por qué no se te ocurrió algo así? ¿Qué demonios tienes bajo ese indomable pelucón, purpurina reblandecida? Contenta me tienes, bo-ni-ta. Tanto leer y tanto pensar y lo único que haces como los ángeles es darle al plumero, y eso sólo cuando te has atizado dos cafeteras y varias aspirinas…

Y ahora dudo si tomar la idea prestada para reginaexlibrislandia o no. Vosotros, carnaza de mi carne de tinta y papel, ¿qué pensais? ¿Qué os parecería toparos con algo así en una librería?

Tal como yo lo veo tan sólo utilizaría una librería de cinco baldas, dedicando cada balda a, por ejemplo, un género (narrativa, novela histórica, ciencia ficción, fantasía, cine, ensayo, etc) e iría ‘mudando’ el mueble una vez al més, más o menos.

¿Qué os parece, queridos? Iluminadme, por favor, que como siga aleteando alrededor de la idea voy a enloquecerrrrrr…