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Puede que en el vino no esté la verdad, si es que sólo existe una,pero lo que es seguro es que está el placer y juntos vamos a encontrarlo

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Marcel Lapierre ha muerto

Es la peor forma de volver a escribir en el blog, algo que llevo algunos días intentando hacer pero que no acabo de concretar. Pero hoy no puedo dejarlo ni un minuto más. Me acaba de llamar César Ruiz para decirme que Marcel Lapierre ha muerto. La noticia me deja totalmente impactado. Los vinos de Marcel se encuentran entre mis preferidos y suelen ser compañeros de mesa en muchas ocasiones. Me apasionan por su frescura, su fruta limpia, su personalidad y por lo mucho que me cuentan y me aportan. Los he recomendado en varias ocasiones y pensaba volver a hacerlo con su gran 2009.

La noticia me pilla fuera de la oficina y por eso las fotos están sacadas de varias páginas web.

Marcel Lapierre era la tercera generación de vignerons. Su abuelo, Michel, se instala en Villié-Morgon a primero del siglo XX y se convierte en bodeguero del Domaines des Chenes. Después de la Segunda Guerra Mundial le sucede su hijo Camille, que empieza a vender su propio vino en fudres a los bistrot de Lyon y Macon. A finales de los años 50 empieza a vender su vino en botellas y compra nuevas parcelas de viñedo.

Marcel Lapierre nace en 1950 y estudia enología en el Instituto Agrícola. Los profesores nos enseñaron a hacer vinos modernos, comenzaron explicándonos que no hacían falta vendimias maduras para estar seguros de tener suficiente acidez en la uva. Cuando alguien les planteaba como resolver la falta de azúcar su respuesta siempre era: si os falta azúcar ya la añadiréis. También nos aconsejaban añadir ácido tartárico y calentar el mosto para que arrancase la fermentación. Todo lo contrario de la vinificación tradicional del Beaujolais.

Estas enseñanzas las aplica, como el resto de bodegueros, desde 1973, en que la muerte de su padre le obliga a vendimiar por primera vez, hasta 1980. Ese año se encuentra con Jules Chauvet, autor de numerosos libros en los que reivindicaba la elaboración natural de los vinos, y tras hablar con él decide que debe cambiar su forma de hacer las cosas.

En 1981 decide empezar a trabajar sus viñas de forma biológica y desde hace unos años aplica también la biodinámica. Nada de tratamientos químicos, ni herbicidas. Para la protección del viñedo se usan tratamientos biológicos.

Por otro lado, reivindica la forma tradicional de elaborar, sin intervencionismo y olvidando todo lo aprendido en sus estudios de enología. Las vendimias son manuales, se busca la maduración ideal. Se hace una selección rigurosa en cada cepa y después se eliminan todas las uvas que no estén en estado perfecto. Esta selección es imprescindible pues después no se usan encimas o levaduras exógenas, tampoco SO2 y no se chaptaliza nunca.

Los racimos enteros se encuban entre 10 y 15ºC, los del fondo se rompen y el jugo se libera naturalmente. Poco a poco la cuba se llena de gas carbónico. Una parte fermenta con el gas carbónico y otra de forma tradicional, es lo que se conoce en la zona como fermentación semicarbónica. El encubado dura de 10 a 20 días, según las características de cada cuba, con el fin de extraer el máximo de materia y fijar los aromas más finos.

Después los vinos pasan a fudres o pièces de 228 litros, con edades entre los 3 y los 13 años, donde permanecen durante 9 meses.

Tiene 11 hectáreas de viñedo, de las que 1 está en la Côte du Py, con una edad media de 45 años y localizadas todas en el pueblo de Villié-Morgon. Con la hectárea situada en la Côte de Py, tan especial que durante años no fue clasificada como Morgon sino que el vino salía como Vin de Table, elabora su Cuvée ML. Era también copropietario, junto con su amigo Jean-Claude Chanudet, de Château Cambon, que dirigía Marie, su mujer.

Es muy interesante entrar y disfrutar de su página web.

Junto a Marcel llevaba ya años trabajando su hijo Mathieu, que será quien continúe con los ideales de su padre. Desde aquí le mando un gran abrazo.

Al igual que él consideraba a su maestro Jules Chauvet, Marcel Lapierre puede ser considerado como la tradición razonada, el gran maestro de todos los vignerons del Beaujolais que han apostado por la calidad.

Un Vin de Pays des Gaules y un Rioja: gran trabajo de dos viticultores de verdad

Los Lapierre son la tercera generación de vignerons, ahora con Mathieu la cuarta. Ya hablamos de ellos cuando recomendamos su magnífico Morgon y hoy volvemos a recomendar un vino suyo. No lo puedo negar, son una de mis pasiones. El vino de esta semana es su vino más básico, el Vins de Pays des Gaules 2007.

Procede de sus viñedos más jóvenes de Gamay situados en Villié-Morgon. Desde 1981 la bodega trabaja todas sus viñas de forma biológica y lleva ya varios años usando la biodinámica. Una excepción en una zona donde se abusa de los rendimientos y se usan todo tipo de tratamientos químicos para combatir las plagas que la abundante humedad genera.

Es el resultado del esfuerzo conjunto de Marcel Lapierre y su hijo Mathieu, tan apasionados con su trabajo que trasmiten su pasión a los vinos. Como siempre hay mucho trabajo de campo y muy poco intervencionismo en bodega. No se usan encimas o levaduras exógenas, tampoco SO2 y no se chaptaliza nunca. Una parte fermenta con el gas carbónico y otra de forma tradicional.

Después de la fermentación el vino pasa a pièces, la barrica borgoñona, de 228 litros, de entre 3 y 13 años, abundando más de éstas últimas, donde permanece durante 3 meses. Su precio en tienda está sobre los 9 euros.

La etiqueta resume muy bien lo que es el vino, pero me voy a remitir a la cata que hace Joan Gómez Pallares

Con un color entre el coral rojo subido y el rubí, capa baja; con unos aromas francos, sinceros, amables y abiertos, de zarzaparrilla, de mora madura, de golosina con frutas rojas, que encantan. Es un vino fino, largo, con un vegetal armónico y un especiado de pimienta tanto en nariz como en posgusto, que acompaña con gracia. Es un vino vivo, ligero, ágil, sencillo y agradable que, como decía Benoît, casi como se bebe, se mea (con perdón). Es un vino redondo, de taninos pequeños, que pasan como un hilo de azúcar rojo y dejan un reguero de pequeños susurros que siguen invitando al trago

El segundo vino nos viene de Rioja, es el Syc de Mitarte 2003. Otro vino de viticultor de los de verdad, de los que trabajan las viñas con sus manos.

Mitarte es una bodega familiar que se funda en 1992, aunque llevan generaciones cultivando la uva. Ahora tienen 40 hectáreas de viñedo, de las que 15 tienen más de 80 años.

Propiedad se Santiago Gil y de sus hijos Ignacio y Antonio. La bodega, situada en Labastida, tiene un calado excavado en la roca hace más de 500 años.

Syc viene de unir los nombres de Santiago y Carmen, su mujer. Procede de los viñedos más viejos, algunos de más de 100 años, y está elaborado sólo con Tempranillo.

Tras una maceración en frío previa a la fermentación de 6 días, se realizó la fermentación que duró 18 días. Maceración posterior de 10 días y maloláctica en barrica con sus lías. La crianza duró 6 meses.

Un vino de verdad, con buena fruta, nada cargante, a pesar de ser 2003. La madera está muy bien integrada y apenas destaca, lo que se agradece mucho. Su precio en tienda ronda los 30 euros.

Los tintos también son para el verano

Los tintos, como las bicicletas, también son para el verano. Es indiscutible que con los calores apetece más beber bebidas frescas, más ligeras y ahí se imponen el Champagne, los grandes blancos de Borgoña, los Riesling de Alemania o la Grüner de Austria, los Xarel.lo del Penedès o los buenos blancos gallegos. Sin olvidarnos de las Manzanillas y los Finos de Jerez.

Pero eso no significa que tengamos que renunciar a los tintos. El ejemplo más claro puede ser el Morgon de Marcel Lapierre que recomendaba este viernes. Un vino perfecto para los días de calor.

Como lo son los Pinot Noir de Borgoña, tanto en su gama más ligera, con sus vinos llenos de fruta, como en su nivel más alto. La elegancia y la sutileza los convierten en compañía muy adecuada para estos días.

Otros tintos muy adecuados son los Cabernet Franc del Loira. Su compensada acidez les da un aporte suplementario para aguantar los calores.

Siguiendo con los tintos atlánticos, son muy válidos los gallegos y los bercianos. Ya hemos hablado de ellos en otra ocasión, pero no viene nada mal recordarlo.

Eso sí, yo prefiero tomarlos un poco más frescos de lo habitual. Frescos que no fríos.

Seguro que todos tenéis experiencia con tintos que os han sorprendido por lo bien que se beben en verano.

Espero vuestras experiencias y me despido hasta septiembre. Me tomo unas vacaciones, un poco más largas de lo habitual, pero a mis años hay que cuidarse. Nos vemos otra vez el 1 de septiembre.

La complejidad de un Oloroso y la frescura de un Beaujolais

El primer vino que recomendamos hoy es Emilio Hidalgo Oloroso Gobernador.

Tengo mis dudas de que haya otro vino en el mundo con mejor relación calidad/precio. Yo no lo conozco. Su único castigo es el ser de Jerez, un castigo comercial que no de calidad.

La familia Hidalgo comienza su actividad vinícola a mediados del siglo XIX y en la actualidad sigue en manos de la familia. La bodega está, desde su fundación, en el casco antiguo de Jerez. Una bodega de grandes muros de piedra, con altos ventanales y techos, llena de pequeños patios. Todo pensado para darle frescor, todo lleno de encanto.

El Oloroso Gobernador es un oloroso totalmente seco, no enmascarado con nada, con una vejez de entre 8 y 12 años.

En nariz destacan sus recuerdos a frutos secos. Notas de nueces, avellanas, almendras que se mezclan con especies, azúcar tostado, naranja, maderas nobles y viejas, formando un espectáculo aromático al que hay que dedicar tiempo. Cuando lo metemos en la boca nos resulta profundo, pero para nada cansino, tiene acidez marcada, es aterciopelado y su final es lo suficientemente amargoso para resultar encantador.

Un vino para casi todos los momentos del día. Buen aperitivo, mejor si se acompaña con un buen jamón, de Carrasco por ejemplo. Puede acompañar una comida y se luce con platos de caza. Si hay queso y un dulce no excesivo también nos sirve. Y merece la pena abrir otra botella para la sobremesa.

Y todo esto por un precio que en una tienda no llega a los 10 euros.

El segundo vino es uno de mis tintos preferidos, uno de los que al final del año me doy cuenta de que es de los que más he bebido: Marcel Lapierre Morgon 2007.

Aunque debe gran parte de su fama, demasiadas veces triste, al Beaujolais Nouveau en la zona hay muchas más cosas y muchas de ellas infinitamente más interesantes. La zona tiene unas 23.000 hectáreas y hay 10 crus que apenas llegan a las 6.660 hectáreas. Aquí nos encontramos lo mejor. De uno de ellos, de Morgon, sale el vino escogido.

Marcel Lapierre nace en 1950 y estudia enología.

Los profesores nos enseñaron a hacer vinos modernos, comenzaron explicándonos que no hacían falta vendimias maduras para estar seguros de tener suficiente acidez en la uva. Cuando alguien les planteaba como resolver la falta de azúcar su respuesta siempre era: si os falta azúcar ya la añadiréis. También nos aconsejaban añadir ácido tartárico y calentar el mosto para que arrancase la fermentación. Todo lo contrario de la vinificación tradicional del Beaujolais.

Cuando conoce a Jules Chauvet su visión cambia de plano. En 1981 decide empezar a trabajar sus viñas de forma biológica y desde hace unos años aplica también la biodinámica.

Su trabajo en la elaboración vuelve hacía la forma tradicional, pero que nadie usaba, sin intervencionismo y olvidando todo lo aprendido en sus estudios de enología. Las vendimias son manuales y se busca la maduración ideal. Se hace una selección rigurosa en cada cepa y después se eliminan todas las uvas que no estén en estado perfecto. Esta selección es imprescindible pues después no se usan encimas o levaduras exógenas, tampoco SO2 y no se chaptaliza nunca.

Los racimos enteros se encuban entre 10 y 15ºC, los del fondo se rompen y el jugo se libera naturalmente. Poco a poco la cuba se llena de gas carbónico. Una parte fermenta con el gas carbónico y otra de forma tradicional, es lo que se conoce en la zona como fermentación semicarbónica. Después los vinos pasan a fudres de 228 litros, con edades entre los 3 y los 13 años, donde permanecen durante 9 meses.

Tiene 11 hectáreas de viñedo, con una edad media de 45 años y localizadas todas en el pueblo de Villié-Morgon.

Un vino fresco, lleno de fruta, de impagable personalidad, idóneo para estas fechas. Se puede beber un poco más fresco de lo habitual y es tan bueno que incita a seguir bebiendo. No hay excesos de color, sobre extracciones, ni maderas tostadas.

Hay que conservarlo a menos de 14ºC y un buen sistema es ponerlo en la parte menos fría de la nevera.

Su precio está sobre los 15 euros, mucho más caro que los vinos de su zona, pero también mucho mejor. En Borgoña es conocido como La Romanée-Conti de los pobres y no dejan de tener razón.