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Licencias, temporeros y GPS para coger setas en el campo

05 noviembre 2009

La temporada se veía venir mala, poca agua y heladas tempranas, pero al final se arregló. Las últimas lluvias registradas, unidas a unas temperaturas cálidas, han logrado el milagro más nutritivo del otoño. Más de media España es ahora mismo un concurrido setal donde ponernos las botas; para caminar buscándolas por el monte, pero también para comérnoslas después.

Boletos, níscalos, carrerillas, rebozuelos, de mango azul, de cardo,… Sólo en la provincia de Burgos se calcula que el año pasado se recogieron alrededor de 7.500 toneladas de setas, valoradas en 20,6 millones de euros, que ya es sustancia.

Tanto interés, tanta gente y tanto dinero han acabado por modificar radicalmente algo tan tradicional como era la recogida setas. Para empezar, el permiso. En muchos sitios, cada día más, si no tienes licencia no te comes un champiñón.

¿Permiso por llevarme algo que crece salvaje en el bosque, que es de todos? El bosque puede ser de todos, pero su regulación, como ocurre con la caza o la pesca, es competencia de las Administraciones. Y son decenas de municipios españoles los que han acotado sus recursos micológicos y ya cobran una licencia a los buscadores de hongos; entre 5 y 15 euros al día por un máximo de 5 kilos por persona. Una buena idea, pues impide los abusos, evita las malas prácticas y apoya el desarrollo rural de los municipios, impulsando el microturismo y reforzando la oferta hostelera local.

Pero no sólo de aficionados viven las setas. A la sombra de sus altos precios en los mercados de las grandes ciudades, son cada vez más los temporeros micológicos dedicados a su busca y captura. Muchos de ellos extranjeros, especialmente rumanos y búlgaros, pues en un día de suerte pueden ganar un dinero superior al salario mensual medio de su país (120 euros), descontado el pago de la preceptiva licencia.

Otros juegan con ventaja tecnológica. Últimamente han comenzado a comercializarse sofisticados GPS, para de esta manera georreferenciar mediante satélites la localización definitiva de esos setales tan exuberantes como escondidos y secretos. El aparato incluye una guía de identificación de setas y una cartografía que nos permitirá regresar al coche (seguramente un buen todo terreno) y a casa sin problemas.

¡Ay si mi tío Dionisio levantara la cabeza! Él que nunca necesitó más chismes que una cesta de mimbre y su pequeña navaja.

Ponen coto a la recogida de setas

26 septiembre 2008

Las primeras lluvias del otoño acaban de dar el pistoletazo de salida: es tiempo de setas.

Cada vez hay más aficionados a la recogida de estos sabrosos hongos, pero también cada vez hay más domingueros y más esquilmadores interesados tan sólo en llevarse la mayor cantidad posible para lucrarse con su venta o darse un atracón.

Los aficionados son cuidadosos con el entorno hasta la exquisitez, siempre ataviados con una cesta de mimbre que facilite la dispersión de las esporas, tan sólo armados de un bastón y una afilada navaja para dejar indemne la parte subterránea.

Los “arrancasetas” llevan calderos y bolsas, se meten con sus coches hasta en lo más intrincado del bosque, dan patadas a las especies que no les gustan y sólo piensan en el dinero que van a ganar con ellas.

No es una exageración. Los perretxikales o callanderos, lugares donde se crían los casi invisibles perretxikos (Calocybe gambosa), son cada año más escasos, como le está pasando al mítico boleto (Boletus edulis), el rey de los hongos.

Porque lo cierto es que, entre buenos y malos aficionados hemos acabado por saturar bosques y praderas. Tanto que varias comunidades autónomas como Castilla y León, Navarra o Aragón están favoreciendo la creación de cotos de setas en los mejores sitios, gracias a un sistema de gestión muy parecido al de la caza o la pesca.

La idea no me parece mala. Regular la actual avalancha de seteros en el campo para evitar la sobreexplotación. Como en el Condado de Treviño (Burgos). Cercano a Vitoria y a Bilbao, los aficionados a la micología prácticamente rastrillaban sus montes. Ahora ya no lo hacen. ¿La razón? El precio: cinco euros al día para un máximo de cinco kilos de setas por persona.

De todas formas, el campo es muy grande y de momento hay setas para todos. Pero recuerda. Coge sólo las que conozcas, deja siempre algunas, sé respetuoso con el entorno y disfruta.

¿Hay algo más maravilloso que llegar a casa después de pasar la mañana en el campo y comerse esos frutos de la tierra al calor de una buena compañía?

Magia en el bosque

16 noviembre 2007

Este año no se cumplió el refrán “Después de Los Santos, níscalos todos los años”. El preciado hongo, también conocido como robellón, apenas se está dejando ver en un otoño especialmente seco y templado. Como tampoco abundan los boletos o las barbudas. Pero los buscadores de setas no pierden la ilusión y siguen escudriñando el monte cada fin de semana, con su cesta en una mano y la guía de identificación en la otra. También los aficionados a las denominadas setas mágicas, con la Amanita muscaria a la cabeza, de potentes y peligrosos efectos alucinógenos. A todos ellos, pero especialmente a estos últimos, no está de más recordarles aquello de que

“Hay buscadores de setas viejos, y hay buscadores de setas osados, pero no hay buscadores de setas viejos y osados”.

Porque el bosque, tan bellísimo en estas fechas, nos sigue ofreciendo una compleja farmacopea llena de magia. El avellano es el árbol de los hechiceros, pues con sus ramas se hacen las varas de adivinos y zahoríes. El narcótico beleño negro, junto con la belladona y la adormidera, es fundamental en el ungüento utilizado por las brujas para poder volar hacia sus aquelarres nocturnos, aunque como escribió Paracelso, “esta receta infernal más vale que permanezca ignorada”. Julieta, la enamorada de Romeo, empleó un elixir preparado con mandrágora para fingir su muerte, cuya raíz sólo se podía arrancar atando la planta a un perro negro, pues ésta grita como un niño y mata a quien la escucha.

Todo es mágico en el bosque animado. La nébeda alarga la vida, la ortiga aumenta la potencia sexual mientras que la borraja combate la esterilidad y el lúpulo la lujuria. El laurel espanta los rayos de manera tan eficaz como la malva la impotencia. Los helechos nos pueden hacer invisibles y el saúco nos permite ver a las hadas. Pero la mejor magia es la que no se ve. La del espíritu henchido de otoño de estos días, caminando sobre un tapiz de olorosas hojas marchitas. Y esa atmósfera decadente donde, como ensalzó Salvador Espriu,

“El viento, los bosques

mueren besando la lenta

luz de la tarde”.