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¡Se acabaron las meriendas!

31 agosto 2009

Fieles a su cita, ajenas a los calores de agosto y a sus terribles sequías, las quitameriendas (Merendera montana) han comenzado a tapizar de morado las praderas y eras de Castilla. Heraldos del otoño, nos señalan implacables el comienzo del final del buen tiempo, de las vacaciones, del verano.

Me las encontré ayer mientras paseaba con mis hijos por el robledal de Arlanzón (Burgos) y, como me pasa siempre, no pude evitar una exclamación de sorpresa, pero también de desagrado. ¿Ya están aquí? ¿Tan pronto? Lo queramos o no, los ciclos en la Naturaleza son implacables. Y estamos a las puertas de septiembre.

Como me volvió a explicar la abuela Emilia, la aparición de estas bellas flores parecidas al azafrán silvestre señalaba que los días empezaban a ser ya demasiado cortos como para estar trabajando en el campo hasta las diez de la noche. Así que esas humildes meriendas vespertinas de pan, queso, chorizo y bota de vino, respiro necesario tras monótonas horas trillando y abeldando el cereal, llegaban a su fin. Conocedores de los signos del campo, la violeta flor les señalaba la necesidad de apresurarse en la recolección, pues el frío y las tormentas se les echaba encima.

Por suerte, todos estos trabajos son ya sólo lejano recuerdo. Pero la señal sigue ahí en el campo, fiel a su cita, indicándonos lo incuestionable: El verano se acaba. También las vacaciones. ¿Estamos preparados para entrar en el otoño?

Nacen las primeras flores del otoño

05 septiembre 2008

Ayer descubrí las dos primeras y no pude evitar una exclamación de sorpresa. No había duda. Allí estaban, apenas ocultas bajo unos olorosos tomillos, en el claro de un espeso encinar en Peñahorada, en las montañas de Burgos: las quitameriendas.

Al igual que las violetas anuncian la llegada de la primavera, las quitameriendas (Merendera montana) son los heraldos botánicos del otoño.

Endémicas de la península Ibérica, sus bulbos sólo florecen en septiembre, antes incluso que las hojas; unas humildes flores violetas pegadas al suelo de seis largos pétalos semejantes a las de su primo el azafrán, y que llegan a tapizar hermosamente las praderas montañosas.

Demasiado urbano, siempre pensé que su nombre hacía referencia al final de los almuerzos vacacionales sobre la hierba, pero una vez más la abuela Emilia me sacó del error.

“Como para meriendas en el campo estábamos entonces nosotros”, me espetó cuando se lo pregunté un día.

“Siempre trabajábamos en las tierras de sol a sol, y como en verano el día es muy largo, llevábamos dos comidas para no parar hasta la noche.

Pero a partir de septiembre, cuando salen esas flores, los días son más cortos y ya no se merendaba. Trabajabas sin parar hasta la hora de la cena, que en ese mes se hacía más temprano”.

Conocida en el Pirineo como espachaveraneantes, y en La Rioja como espachapastores, hacía igualmente referencia al agostamiento de los pastos veraniegos y al comienzo de la trashumancia otoñal. Ya se van los pastores a la Extremadura, ya se va el verano, ya se queda la sierra triste y hermosa.

Se acabaron las vacaciones, se acabaron los calores. Ahí está. La última flor del otoño. O la primera. Parafraseando a la poetisa Edith Södergran, “la simiente más joven de la primavera difunta”.

¿Estamos preparados para la nueva estación?