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Australia quiere matar 10.000 caballos salvajes

18 marzo 2008

En Australia los caballos salvajes son una plaga, una terrible plaga sobre cuatro patas a la que se acusa de dañar los ecosistemas. Por eso las autoridades han decidido acabar con ellos por lo sano. A tiro limpio.

Sólo en el Parque Nacional de Carnarvon, en el Estado de Queensland, ya han matado más de un millar en el último año. La mayoría desde helicópteros, dejando a los animales heridos abandonados a su agonía. 10.000 más serán sacrificados en los próximos tres años si no se logra parar entre todos esta barbarie. Si no se buscan otras alternativas menos salvajes como la captura, la traslocación o la esterilización.

Australia es el hogar de unos 300.000 caballos salvajes, la mayor población de este tipo en el mundo, a pesar de ser allí una especie introducida. Los trajeron los ingleses desde Europa en el siglo XVIII. Fueron una gran ayuda para los colonos, tanto como animales de tiro como para carne. Pero ahora molestan. Sobre todo en los parques nacionales, donde su abundancia pone en peligro a las especies vegetales autóctonas. Porque como cruelmente ha señalado Keith Muir, director de la Fundación Colong para la Vida Silvestre , un grupo ambiental de Sydney que apoya el sacrificio de los populares brumbies, “los caballos son animales exóticos que no pertenecen a Australia”. Y añade este sujeto mal llamado ecologista:

“Si soltaran canguros en América sería como los caballos aquí. Estarían disparándolos como locos para tratar de controlarlos”.

Pues no despreciable señor. No lo haríamos. Como tampoco dispararíamos a las vacas y a las ovejas que por millones pueblan su país, con toda probabilidad ambientalmente mucho más dañinas que los pobres equinos.

No conozco ningún ser vivo más maravilloso que el caballo. Como ya os conté en una ocasión, sólo la noble energía del contacto con su piel cura graves enfermedades.

¿Matarlos en masa como a ratas? Jamás. Debemos impedirlo. ¿Qué podemos hacer? De momento, firmar aquí en contra de esta salvajada. Hasta él momento apenas se han recogido 5.000, pero podemos llegar al millón. La mía ya la tienen. ¿Y la tuya?


El asesino de las palmeras llega a Baleares

12 marzo 2008

Un precioso escarabajo de gran tamaño, el picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus), el asesino de las palmeras, avanza imparable por España.

El primer lugar de Europa donde se detectó la plaga fue en Almuñécar en 1994, a partir de árboles infectados traídos de Egipto. En ese momento se podría haber acabado con ella sin esfuerzo, pero ni los sistemas de control de fronteras ni los de alerta fitosanitaria funcionaron. Desde entonces se ha extendido como la peste por Murcia, Andalucía, Cataluña, Canarias y la Comunidad Valenciana. Y como ya os conté en una ocasión, es tan mortal como imparable. Miles de palmeras han muerto por su culpa.

Baleares es su última conquista. Allí los insectos han llegado confortablemente instalados en el interior de troncos infectados, desde donde los adultos se han extendido luego saltando de urbanización en urbanización. Vinieron unos pocos y son ya miles. En apenas un año han ocupado las islas de Mallorca e Ibiza. 120 palmeras han debido ya ser taladas, una medida insuficiente para controlar al poderoso escarabajo, cuyas formidables larvas devoran los árboles en pocos meses, los necesarios para convertirse en adultos y salir volando en busca de nuevas víctimas arbóreas donde fundar nuevas colonias.

De momento no existe un remedio eficaz contra ellos. Se está estudiando infectarlos con parásitos mortales, así como encontrar algún veneno que pueda acabar con estos blindados animales, pues los plaguicidas tradicionales no son efectivos. Mientras tanto los esfuerzos se centran en evitar su expansión talando todos los árboles afectados, así como limitando el trasiego de restos de podas. También siendo más estrictos en el control del tráfico de palmeras para jardinería, una política que, como tantas otras, llega demasiado tarde.

El picudo rojo llegó de polizón, oculto en palmeras datileras arrancadas del desierto egipcio y argelino para adornar nuestros campos de golf y nuestras urbanizaciones de sol y playa. Pero se ha engolosinado con la palmera canaria (Phoenix canariensis), mucho más dulce y apetecible para estos voraces insectos. Una preferencia que puede acabar con palmerales únicos como los de Maspalomas (Gran Canaria), Haría (Lanzarote) o Madre del Agua (Fuerteventura).

Hace dos años tuve la oportunidad de espiar la vida secreta de los picudos. Acompañé al técnico Benedikt Von Laar durante una demostración de su invento para localizar árboles infectados en la turística localidad majorera de Caleta de Fuste. Benedikt es un gigantón alemán tan grande como una palmera y, quizá por eso, experto en la protección de tan emblemáticos árboles. Trabaja en el Instituto de Investigación de Bioacústica de Schwedt, cerca de Hamburgo, donde ha desarrollado una sonda de bajas frecuencias. Con ella se puede captar con increíble claridad el sonido que este escarabajo emite en el interior de la planta. E incluso más. Es capaz de identificar hasta cinco estadios distintos de su desarrollo. El ruido que hacen las larvas al masticar o el de los adultos al caminar. Con la ayuda de un ordenador, el análisis de los sonogramas permite además saber si el escuchado es macho o hembra.

Fue una de las experiencias más intensas de mi vida. Percibir en toda su fuerza la ciudad oculta de los picudos rojos. Pero en cuanto sentí el murmullo de esos cientos de voraces mandíbulas devorando cual cáncer un indefenso árbol supe que no había nada que hacer. No los podremos parar, para desgracia nuestra y de nuestros palmerales.