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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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También hay poesía de la naturaleza que sabe a hierba

Hoy me salgo de lo habitual en el blog para entrevistar a un admirado amigo y paisano que acaba de publicar un maravilloso libro de poesía de la naturaleza.

Hierba (Ediciones Mad is Mad, 2016) está pensado “para cuando nos vemos capaces de volar, pero también para cuando el proyecto de caminar juntos no salió bien”.

La cuidadísima edición de Diego Lara (diseño, dibujos y fotografía) es un regalo para los sentidos, para los cinco sentidos. Coherente con su tiempo, el libro está editado en papel certificado FSC, el papel que cuida y conserva los bosques del planeta.

Rafa Ruíz se autodefine como “periodista convencido de que las luces al final del túnel sólo se ven desde una perspectiva progresista de la realidad, con un compromiso sólido con la cultura, el arte y el medio ambiente”. A ello dedicó 10 años en ‘El País‘ y 15 años más en ‘El País Semanal‘, donde le cayó el marrón de coordinar la sección que durante dos años escribí en esa revista dedicada a los árboles singulares. Ahora es por fin un hombre libre de ataduras editoriales gracias a sus dos admirables proyectos profesionales, la revista cultural El Asombrario y la galería madrileña de arte emergente Mad is Mad. Pero hablemos de Hierba.

¿Por qué llamarlo Hierba?

Es un triple homenaje: a mi pueblo, en el norte de Burgos, porque es todo hierba, praderas y heno; a Walt Whitman, por sus Hojas de hierba, uno de los autores que cuando yo era un adolescente más me influyó y animó a escribir; y a la isla de Yerba, en Túnez, donde empecé este poemario.

¿Cómo lo definirías?

Es un libro de encuentros y desencuentros, de piel y paisaje. Porque proyecta los sentimientos personales hacia la naturaleza. Y también la naturaleza los proyecta hacia uno mismo. El amor es como la marea, que va y viene, y la hierba unas veces mira al Norte, pero cambia el viento y mira al Sur, y así son un poco nuestros encuentros y desencuentros con la gente y nuestras parejas. Lee el resto de la entrada »

Regala una bicicleta, también por Navidad

Bici

Las bicicletas no son para el verano, son para todo el año ¿También en Navidad? Especialmente en Navidad, el regalo perfecto y probablemente el que más ilusión nos puede hacer. Porque en contra de lo que algunos piensan, las dos ruedas no son un elemento meramente lúdico destinado a paseos dominicales. La cultura de la bicicleta está desplazando cada vez con más fuerza a la del automóvil.

En los años 60 del pasado siglo el sueño de la clase media era tener un Seiscientos. Pero ahora tener coche propio es una lata y no un privilegio. Demasiado caro, demasiadas preocupaciones mecánicas, demasiadas multas, demasiados atascos y problemas de aparcamiento, demasiados inconvenientes.

Frente a ello la bici nos muestra otra manera de enfrentarnos a la vida valorando la lentitud, icono de la “Slow Life”. Postulándose como un medio de transporte sano, ecológico, sostenible y económico. Perfecto en las grandes ciudades si se combina con el transporte público.

La vuelta al viejo invento de finales del siglo XIX es más que una moda pasajera. Las estadísticas resultan incontestables. En España ya se venden más bicicletas (780.000 al año) que coches (700.000). La proporción es casi el doble en Europa.

Y es que en tiempos de crisis, pero también de nueva cultura urbana, mover el peso de una persona con una máquina que pesa más de una tonelada, consume cara gasolina y nos traslada al día una media de apenas 10 kilómetros resulta a todas luces insostenible.

Queda mucho, es verdad. En Holanda supone el 24% de la movilidad frente al 3% español, pero la tendencia es al alza. Deportivas, de paseo, de montaña, vintage, plegables, de piñón fijo. Incluso eléctricas. Aunque la mayor carencia es la educativa. Enseñar a los conductores a aceptar a los ciclistas como vehículos con igual o más derechos que el coche. Y a los ciclistas a comportarse con civismo y no sólo cuando les interesa.

Foto: EP/20Minutos

Tarda tres años en recorrer 21 kilómetros por Marte

Marte es un planeta más pequeño que la Tierra. Y al tener menor densidad, allí las cosas pesan un tercio menos que aquí. Máxima ligereza. Sin embargo el tiempo pasa a un ritmo semejante al nuestro, pues un año dura 687 días terrestres o 668 días marcianos (denominados técnicamente sols). Claro que una cosa es el tiempo y otra muy diferente los tiempos.

La imagen en blanco y negro que ilustra este post procede de la cámara de navegación del vehículo de exploración marciana Opportunity. En ella vemos la vista captada el día antes de que el vehículo, que había salido del cráter Victoria, llegara al borde del cráter Endeavour.

Fue el final de un largo viaje en el tiempo, aunque no en el espacio. La distancia entre ambos puntos es de tan sólo 21 kilómetros, pero el aparato ha necesitado tres años enteros para recorrerlos. Propulsado por placas solares, descontando atascos en arena y averías, su velocidad máxima fue de 30-50 metros diarios. A eso se llama darse un paseo tranquilo. La envidia del Movimiento Slow.

Los amigos de la ciencia verán en esta cabalgada marciana un filón de conocimientos. Yo prefiero verlo desde una perspectiva más sentimental. Miro esas desoladas planicies de arena e instintivamente las relaciono con mis paisajes de Fuerteventura, con los arenosos tableros rematados por onduladas montañas tan semejantes a los del cercano desierto del Sáhara. La memoria te juega a veces estas travesuras. Reconocer lo irreconocible. Como cuando llegas a una ciudad por vez primera y el rincón de una calle se te antoja gemelo al de alguna de la tuya ¿Nos os pasa a vosotros lo mismo?

Increíble. Planeta Marte. A 100 millones de kilómetros de distancia de la Tierra. Atmósfera irrespirable. Temperaturas medias de -55 grados centígrados. Gigantescas tormentas de arena con vientos huracanados.  Y nos parece un lugar conocido, incluso agradable para pasear.

Y sin embargo, cuánto daríamos por poder caminar por esas soledades donde hasta nuestros robots se toman la vida útil de sus baterías con tranquilidad marciana. Donde no hay prisas ni empujones pues no hay ningún lugar de donde venir ni a donde llegar. Con esta imagen en la cabeza ¿quién se mete ahora en el metro?


Este vídeo de la NASA selecciona 309 de los miles de fotografías de la superficie de Marte realizadas por el robot Opportunity desde septiembre de 2008 hasta agosto de 2011. ¿Os recuerda algún sitio conocido?

. Visto en Amazings. Crédito foto: NASA / JPL-Caltech

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Volvamos a la huella ecológica de las abuelas

Se llama Carmela, tiene 84 años y vive en Granada como siempre vivió, como siempre se vivió. Pausadamente. Viendo pasar la vida tratando de mejorarla con esos pequeños actos que al final se convierten en grandiosos para los que día a día nos enfrentamos a un engullidor mundo moderno.

Su nieta Evelin Navarro, aficionada al cine, le acaba de dedicar un precioso cortometraje (presentado al II Festival Ecológico “La Luciérnaga Fundida”) donde nos muestra la diferencia abismal de huella ecológica entre generaciones, cuestionando así el cada vez mayor impacto ambiental de nuestra sociedad para llegar a una felicidad imposible.

Como explica la realizadora, “avancemos hacia el futuro pero aprendiendo del pasado”: más luz natural y menos bombillas, insecticida de limón y clavo, ambientadores con hojas de lavanda y laurel, jabón casero, abanicos en vez de aire acondicionado, ropa de abrigo contra calefacciones, la charla reposada frente a tanto teléfono; mirar más a la calle y menos al televisor. No se trata de volver a las penurias de la postguerra, tan sólo de regresar a un planeta más habitable. Ése del que nuestros mayores tanto nos pueden enseñar.

Es verdad. A ellos siempre les costó tirar cualquier cosa, todo podía valer. Ante la actual vorágine de consumismo global y obsolescencia programada, el escritor Eduardo Galeano (70 años) reconoce que “en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra”, incapaz de cambiar el equipo de música una vez al año, el móvil cada tres meses o el ordenador cada Navidad. A nosotros nos pasa lo contrario, somos incapaces de guardar. Por eso es tan importante el ejemplo de Carmela y de todas las abuelas. Ellas sí que saben lo que es la Slow Life, el disfrutar de las pequeñas cosas, el reciclaje y el desarrollo sostenible. Cuánto tenemos que aprender de todas vosotras.

Visto el corto en el Facebook de la Revista Quercus.

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La siesta está en peligro

Una empresa textil valenciana ha diseñado una sábana bajera anti-estrés que libera la electricidad estática y favorece el descanso. Dicen que mejora la calidad del sueño. Me recordó a la famosa pulsera magnética. ¿Se acuerdan de ella? Al final de los años ochenta se vendieron más de seis millones de unidades pues sus imanes supuestamente nos liberarían de enfermedades y tensiones. Hoy todas están en el fondo del cajón.

Pelotas flexibles, aparatos masajeadores, mascarillas, cremas, música, luces, sillones, drogas,… Todo vale con tal de reducir nuestra tensión diaria. Y sin embargo, aquí en España tenemos el mejor sistema antiestrés conocido: la siesta.

Pero mientras nuestro invento más internacional sigue triunfando en el mundo nosotros lo vamos arrinconando, empujados por un vertiginoso sistema de vida que, ahora que lo abrazamos, está empezando a ser abandonado por sus primeros promotores. Si pinchamos en Google aparecen 11 millones de entradas con la palabra “siesta”, y si vamos a las oficinas de Google nos encontraremos con cabinas especiales para poder echarla sus trabajadores. Sin embargo en España cada vez son menos los que pueden practicarla, incluso ahora que los calores tanto animan a ella. ¿La razón? No está bien visto dormirse en el trabajo.

Yo me declaro defensor a ultranza de la cultura de la tranquilidad, de este tipo de vida tan nuestro que los anglosajones, precisamente quienes con sus malas influencias nos lo han ido arrebatando poco a poco, lo defienden ahora bajo el pomposo nombre de “Movimiento slow“. Desacelerar nuestra vida, comer con tranquilidad, vivir en ciudades tranquilas, sin agovios, sin estrés… y con siesta.

Siesta viene de hora sexta, la división del tiempo diurno mantenida por los romanos y que indicaba el medio día. Su práctica aumenta nuestro rendimiento laboral, reduce el riesgo de infartos y el de estresados. Tan saludable reposo tras el almuerzo lo habíamos convertido en ley, pero últimamente lo hemos derogado. Ya no comemos en casa, seguimos trabajando hasta muy tarde y no hay forma de encontrar un lugar donde echar una cabezadita reparadora.

La siesta está en peligro de extinción en nuestro país. ¿Lo vamos a permitir?

En la imagen, cabinas de siesta o “nap pod” instaladas en las oficinas de Google en California. Qué quieren que les diga, yo prefiero la fresca sombra de un árbol.