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Los jóvenes no quieren ser ganaderos

17 mayo 2008

Hacen el mejor queso de Canarias, pero no tienen ningún secreto especial para justificar su éxito. Y aunque lo tuvieran, moriría con ellos, pues ninguno de los tres hijos de estos ganaderos de Fuerteventura quiere seguir la tradición quesera de sus padres, aprendida de sus abuelos y éstos, a su vez, de los suyos.

El queso semicurado elaborado con leche cruda de cabra de la quesería La Montañeta, de Casillas del Ángel, fue elegido recientemente como «Mejor Queso de Canarias 2008», al obtener la máxima puntuación en el VIII Concurso Nacional de quesos de leche de cabra Premios Tabefe Fuerteventura.

Desde la atalaya de su granja, un excepcional mirador sobre el histórico pueblo, Felipa Valdivia y su marido, Juan Manuel Rodríguez, contemplan el paso del tiempo aferrados a la tradición de sus mayores, a la ganadería.

Una actividad que, aunque les permite vivir sin estrecheces económicas, les obliga a estar esclavos de las cabras. Es por eso que ninguno de sus tres hijos, dos chicas y un chico, está dispuesto a seguir con la actividad familiar. A pesar de contar con las últimas técnicas de ordeño y fabricación de quesos, el trabajo es mucho.

«Ninguno quiere saber nada del ganado, la nieta de 9 años es la única que está siempre empeñada en venir a ver ordeñar, pero porque es chica todavía», se lamenta Felipa, aunque en el fondo les comprende. «Los jóvenes no quieren este trabajo porque es muy sacrificado, no tiene vacaciones ni fines de semana».

Trabajo y más trabajo. «Aquí no descansamos nunca. Por las mañanas con el queso y por las tardes en el hogar, por lo menos lo que es la ropa, la comida y limpiar la casa un poco», explica esta mujer, nacida en la Rosa de Tinojay hace 48 años.

¿No le ayuda el marido?

«Yo tengo otros quehaceres», justifica el aludido. «Ella se encarga del queso y de la casa. Yo de los animales y de la carne». Lo hacen así desde que se casaron hace 30 años, de manera que, al menos a ellos, el reparto de deberes les funciona.

Felipa acaba de ver recompensados todos sus esfuerzos con la entrega de tan importante distinción. Hace el mejor queso de Canarias. Pero el premio no se le ha subido a la cabeza. Sigue igual de humilde, sin arrogarse de secretos especiales para justificar la excepcional calidad de su producto:

«Aprendí de mi madre, de verlo hacer toda la vida. No es difícil, sólo trabajoso».

Juan Manuel Rodríguez observa parte del rebaño de más de 200 cabras que tiene en su granja majorera. En la imagen superior, su mujer Felipa Valdivia nos muestra uno de los quesos artesanales que hace diariamente en su casa y luego vende por la isla y en Gran Canaria.

Las golondrinas luchan por llegar a casa

28 abril 2008

Este fin de semana ha sido especialmente duro aquí en Fuerteventura (Islas Canarias). Hemos sufrido una terrible ola de calor sahariano, acompañada de fuertes vientos del Este y de polvo del desierto en suspensión (calima). Como único remedio nos fuimos a la playa.

Allí, con más de 40 grados en un terreno terríblemente árido, mis hijos me señalaron alegres la presencia de un grupo de golondrinas que sobrevolaban los abruptos acantilados de la costa oeste majorera. Para ellos era toda una novedad, pues estas bellas aves no crían en Canarias y sólo las vemos de paso, cuando suben o bajan en su incansable peregrinar migratorio. Pero yo sentí una pena terrible.

Por ellas, que volaban hacia atrás, empujadas sin piedad por el huracanado céfiro, en un intento imposible por mantener su obstinada dirección hacia el norte, pero también por todas esas otras miles de golondrinas, seguramente decenas de miles, que no tuvieron tanta suerte de encontrar una isla en medio del Atlántico donde poder descansar antes de seguir su camino hacia el continente vecino. Y murieron ahogadas en medio del mar.

Ya lo sé. Es ley de vida, la dura ley de la Naturaleza donde no sólo hace falta ser el más fuerte para sobrevivir, sino también el más afortunado. Así ha ocurrido siempre y así seguirá ocurriendo siempre.

Mañana aflojará el viento y las golondrinas supervivientes podrán seguir su periplo. En Andalucía algunas llegaron hace más de un mes y ya tienen incluso pollos, así que muy probablemente éstas pertenezcan a poblaciones instaladas muy al norte, quizá escandinavas o escocesas. Luchan por llegar a sus casas, algún establo o buhardilla en un perdido rincón al que acuden todos los años con tanta puntualidad como exactitud, sin necesidad de GPS ni de mapas. Les quedan por lo tanto más de 2.000 o 3.000 kilómetros de viaje, pero tras recalar aquí en Canarias y recuperar fuerzas llegarán puntuales a su destino.

¡Les deseo toda la suerte del mundo!

Saramago lucha contra el cierre de una pequeña librería

17 abril 2008

El Premio Nobel de Literatura José Saramago es tan grande que sabe apreciar lo pequeño.

Referente cultural para toda una generación desorientada, nos sorprende ahora apoyando con todas las fuerzas de su brillante escritura a Caligrama, una minúscula librería de Fuerteventura con tan sólo dos años de existencia. Con su carta trata de evitar el cierre inminente de un comercio de libros concebido como revulsivo cultural de una pequeña ciudad, Puerto del Rosario (30.000 habitantes), a cuya sombra se han celebrado más de un centenar de actos de todo tipo. Porque como señala el escritor luso, si “vender libros es una noble tarea, convertirse en un foco de divulgación cultural es toda una épica“.

Desde su refugio en Lanzarote, Saramago vuelve a apoyar una vez más a la vecina Fuerteventura, criticando de nuevo la dejadez de nuestro tiempo,

“que pudiendo ser de mucho y de muchos va siendo embrutecido y narcotizado hasta que quienes lo habiten no consigan expresar ideas, porque sólo tendremos eslóganes publicitarios para irnos gobernando”.

Al mismo tiempo reivindica la cultura como “una forma de estar en el mundo, de mirar y de ver”, aunque, reconoce, ésta “ahora se desprecia o simplemente, se ignora”.

Reconozco mi debilidad por este gigante de la Letras. Gracias a él nuestro mundo es, si no un poco mejor, sí al menos más vivible. Por eso a continuación os incluyo íntegro este maravilloso texto del genial José Saramago. Para disfrutarlo. Para meditarlo. Para agradecerlo.

Hace años, un ministro nazi, cuyo nombre no vamos a escribir, dijo que oía la palabra cultura y se echaba mano al cinto. En el cinto llevaba un revolver de matar, seguramente usado más de una vez. Usado para matar, claro.

La cultura no tiene buena prensa. Es verdad que ya no se mata a quien lleva un proyecto cultural bajo el brazo, ahora se le desprecia o, simplemente, se le ignora, que es más eficaz y más “limpio”.

La cultura le interesa a nuestra sociedad menos de un uno por ciento, que es lo que las administraciones públicas suelen destinar a esta partida cuando elaboran sus presupuestos. No valen las reivindicaciones grandilocuentes, las ampulosas declaraciones para quedar bien un día en un titular de un periódico: lo importante es medir el día a día, la aplicación de criterios a la hora de gobernar o de elegir a nuestros gobernantes, porque ¿alguien mira qué proyectos culturales presentan los distintos partidos para aumentar la calidad de vida de los ciudadanos?

Cultura no es un enunciado vacío de contenido. No es solo libros o pintura, no es música ni buena arquitectura, cultura es una forma de estar en el mundo, de mirar y de ver. Una persona culta sabe quien es, se respeta y respeta a los otros. Sin embargo la cultura no es un objetivo, quizá porque el objetivo sea que la sociedad esté poblada por personas ciegas. Por eso hay valores que no forman parte de la vida pública ¿cuánto pesa en el voto de cada uno el respeto por lo que somos? ¿Y nuestra memoria? ¿Y nuestro idioma y su valor para comunicar ideas y sentimientos? ¿Cuánto mide el conocimiento del otro, la indagación de sus particularidades para asumirlo como semejante? ¿Cuánto, a la hora de votar, o de pedir el voto, pesan las bibliotecas, que son hospitales del espíritu, los teatros, para decir, oír, interpretar y así sentirnos miembros de una comunidad? No parece que estas interrogantes sean tenidas en cuanta y sin embargo, son importantes.

La cultura nos da satisfacciones porque nos hace reconocernos los unos a los otros con nuestras diferencias y nuestros respectivos bagajes, nos eleva sobre del encefalograma plano que parece definir nuestro tiempo, tiempo que pudiendo ser de mucho y de muchos va siendo embrutecido y narcotizado hasta que quienes lo habiten no consigan expresar ideas, porque sólo tendremos eslóganes publicitarios para irnos gobernando.

Por estas y otras muchas reflexiones, que se escapan a la rapidez de un escrito urgente, la cultura es necesaria. Y la labor de las entidades que se aplican a ensanchar el mundo cultural, también.

La Librería Caligrama es un ejemplo de qué hacer cívico. Si vender libros es una noble tarea, convertirse en un foco de divulgación cultural es toda una épica. Quizá las librerías como Caligrama sean las universidades de nuestra época. No otorgan titulación alguna pero habilitan, con su actividad y sus propuestas, para vivir la vida. Que es lo importante.

José Saramago

Un millón de años sin nosotros

17 marzo 2008

¿A qué huele un millón de años? A calor, a humedad, pero sobre todo a geología, a tiempos pretéritos.

Una excavadora desmontaba la pasada semana una ladera en la turística localidad de Caleta de Fuste (Fuerteventura), primera fase de la construcción de una urbanización de chalés adosados. De repente, la máquina dejó al descubierto la entrada a un tubo volcánico cuya existencia era desconocida. Una extraña fumarola surgida de las profundidades marcó el descubrimiento. En realidad era vapor de agua. Humedad de milenios condensada en el interior de una cueva formada por una antigua erupción volcánica hace un millón de años, sellada desde entonces al mundo exterior, indiferente al discurrir de la historia, a la aparición y extinción de nuevas especies, a la llegada y dominio de un homínido dotado de tanta inteligencia como violencia, de nosotros mismos.

Como se decía en las viejas crónicas, el periodista estaba allí. Al día siguiente del descubrimiento tuve la inmensa suerte de acompañar a un geólogo y a un técnico de medioambiente en la primera exploración de la caverna. Ajenos al peligro de hundimiento de su inestable techo y a las posibles emanaciones de gases tóxicos, ante nuestros ojos se abrió un extraordinario mundo subterráneo, sellado al exterior cuando esta vieja isla canaria todavía se estaba formando. Fue como profanar un espacio sagrado, iniciar un viaje julioverniano al centro de la tierra. Nuestros pies hollaban por primera vez un terreno ignoto, virginal, nunca antes pisado por el hombre. Un suelo cubierto por sales minerales de extrañas coloraciones, por rojizos nódulos de hierro y manganeso, por finísimos limos amarillos, por negros basaltos, por durmientes lavas.

No fue la única sorpresa. En el suelo descubrimos infinidad de huesos pertenecientes a extraños animales. Correspondían a especies extinguidas del mundo hace varios milenios, coincidiendo con la llegada de los primeros hombres a Canarias: el ratón del malpaís (Malpaisomys insularis) y la pardela de la lava (Puffinus olsoni). También encontramos restos de una musaraña canaria (Crocidura canariensis), ésta todavía presente en la isla.

Pero lo más importante está todavía por descubrir. Su fauna netamente cavernícola, pequeños insectos ciegos, quizá algunos de ellos únicos en el mundo como la arañita (opilión) Maiorerus randoi, exclusiva de una cueva localizada en el norte de Fuerteventura. Un trabajo para futuros especialistas… si antes no se destruye todo este paraíso.

Porque lo previsible es la construcción sobre la cueva de las proyectadas viviendas. De momento el Cabildo ha paralizado los trabajos, aunque no me hago demasiadas ilusiones. Y en realidad, el cierre de la caverna bajo toneladas de hormigón puede ser la mejor protección para este delicado mundo de las profundidades. Han vivido un millón de años sin nosotros y, sinceramente, no nos necesitan.

El geólogo Juan Miguel Torres comprueba la temperatura en el interior del tubo volcánico recién descubierto, varios grados más alta que en el exterior, mientras el técnico medioambiental José Antonio Vera toma fotografías de la cueva.


¿De quién es la costa?

28 enero 2008

El sábado acudí a una manifestación. Y volví a casa indignado. No fui a apoyar a los manifestantes, sino a ver con mis propios ojos a esas gentes que se han rebelado contra la aplicación de la Ley de Costas, o más en concreto, que esta ley, aprobada hace ahora 20 años, se cumpla y finalmente derribe sus apartamentos de veraneo construidos ilegalmente. En este caso en el poblado de Los Molinos, en pleno Parque Rural de Betancuria (Fuerteventura), pero la historia es la misma en asentamientos igualmente ilegales repartidos por toda la isla, por toda Canarias, por toda España. Casas en primera línea de playa, sin licencia de construcción e incluso sin la propiedad de los terrenos ocupados, sin agua ni luz eléctrica ni saneamientos.

El lema de la convocatoria no ofrecía dudas: “Contra la aplicación abusiva y discriminatoria de la Ley de Costas. También es tu costa. Apóyanos”.

Por supuesto que es mi costa, y la de todos nosotros. La misma que ellos nos han usurpado, que nos han robado para uso particular, para pasar el veraneo junto al mar sin haber tenido nunca que pedir una hipoteca para comprar el terreno, sin necesidad de licencia municipal, de plan parcial o de proyecto urbanístico. Por todo el morro.

La semana pasada Costas derribó la primera casa ilegal, y sus propietarios, demostrando un total desprecio a la Justicia, la volvieron a levantar al día siguiente. Siguen siendo unos aprovechados, pero nos piden ahora que les apoyemos. No seré yo quien lo haga, aunque quienes sí lo hacen sin rubor son los políticos. Sólo por rascar unos pocos votos allí estaban en la manifestación “con el pueblo”, deshaciéndose en promesas. Quizá por considerar a estos asentamientos como el típico modelo español de pasarnos la ley por el arco del triunfo, y por lo tanto de protección especial.

Los vecinos se justifican apoyándose en la supuesta importancia etnográfica del lugar urbanizado, pues antiguamente los pescadores habían levantado allí refugios para pasar el tiempo que dedicaban a mariscar en las zonas más abruptas y alejadas. Un pasado que según ellos permite ahora mantener en pie un pueblo entero (incluido restaurante) levantado hace apenas 20 años donde antes no había más de cuatro chozas de piedra.

Critican que la ley vaya contra ellos mientras salvaguarda los intereses de los grandes complejos hoteleros. El viejo tema del “y tú más”. Pero aunque en esto último no les falte razón, al menos los hoteles son dueños del terreno que ocupan, mientras ellos son okupas burgueses de fin de semana (no conozco pobres con segundas residencias), quienes levantaron allí sus chalés como podían haberlo hecho en la Plaza Mayor o en medio del campo de fútbol.

Yo no sé si son peores las empresas o los particulares, si la ley no es igual para los poderosos que para los pobres. Sólo sé que es mi Costa, la de todos nosotros, que la quiero y la quiero natural, libre de urbanizaciones.

¿Te parece que soy un egoísta? ¿Que las leyes deben empezar primero por los ricos y después por la clase media? Puede ser, pero es ya mucho lo que nos han robado y no pienso regalar ni un centímetro más a nadie.

Negrito nació ayer. Y lo tiene muy difícil

07 diciembre 2007

Negrito nació ayer. “Demasiado pronto”, se lamenta Salva, su dueño, mientras trata inútilmente de que chupe del improvisado biberón hecho con una tetina en un viejo botellín de cerveza Tropical.

Negrito es un cabrito (baifo lo llaman aquí) negro como el azabache, con las patitas delanteras graciosamente pintadas de blanco, pero débil como el rocío de la mañana. Llegó muy pronto, prematuro que dicen los veterinarios. Tenía muchas ganas de ver este mundo nuestro. Demasiadas para su hermano gemelo, nacido muerto. El pastor lo ha metido con todo el cuidado en una caja vacía de plátanos, dejándolo junto al cercado. Así puede oler a su madre y ésta a él, tranquilizarse ambos, tomar fuerzas juntos.

A su alrededor, el Valle de Santa Inés, en la Betancuria majorera, se muestra más descarnado que nunca. “Esqueleto de isla” llamó Unamuno a Fuerteventura y tenía razón. No ha llovido nada desde hace un año. Bueno, el otro día cayeron las primeras gotas otoñales, tres litros, apenas un chaparrón, insuficiente para calmar la sed centenaria de estas montañas desoladas y desolladas.

Miro al baifito, a su madre y al resto de su rumiante familia, y me los imagino hambrientos. El campo está estéril en este año ruin como pocos, sin una brizna de pasto en kilómetros a la redonda.

Pregunto al pastor: ¿Qué comen sus cabras? Y él me mira con sonrisa socarrona; me conoce godo por el habla y por la pregunta. Otro peninsular. “Pues qué van a comer, pienso, maíz y alfalfa deshidratada”.

Todo le llega en contenedores venidos de la Península por barco y luego llevados en camión hasta el corral. Hace 40 años era muy diferente, estas tierras exportaban alfalfa. Pero la agricultura ha muerto en la isla. El turismo y la construcción son mucho más rentables y menos esclavo. “Ya nadie cultiva nada”, se lamenta Salva. “Todo lo compramos fuera y los precios son cada vez más altos”. Un 40 por ciento más en los últimos meses. Un saco de maíz le cuesta 10 euros, una ruina. Frente a ello, el precio de los exquisitos quesos de cabra que la madre de Salva sigue haciendo artesanalmente todas las mañanas se mantiene igual desde hace años. “Todo sube menos el queso”.

El milagro de la cabra majorera, la que lograba las mayores producciones de leche del mundo comiendo tan sólo raquíticos pastos salados en un desierto de piedras, es ya historia. Los ganaderos dependen ahora casi exclusivamente del contenedor y del precio mundial de los cereales. En sus alejadas majadas se ven afectados tanto por la especulación en China como por las malas cosechas en Canadá. Y la crisis de este mercado puede ser su ruina.

La lucha del baifito Negrito por la vida es también la de estas gentes del campo majorero aferradas a un sistema tradicional en peligro de extinción. Cada vez más modernizado, más artificial, y cada vez más débil. Les deseo mucha suerte. La van a necesitar.


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Fuerteventura, la isla canaria más cercana del continente africano, apenas a 100 kilómetros del Sáhara Occidental.


Los egoístas apagaremos las luces

15 noviembre 2007

Soy un egoísta, lo reconozco. Por eso apoyo la iniciativa del apagón de esta noche, cinco minutos entre las 20:00 y las 20:05 horas de la tarde. Se lo explico.

Vivo en un gran laboratorio real sobre el cambio climático y el desarrollo sostenible. En realidad lo he dicho mal. Vivo en un gran laboratorio real sobre el desastre climático y el desarrollo insostenible. En Fuerteventura, desde donde les escribo, no hay más agua potable que la que se obtiene por desalación del mar. Una intrincada red de cañerías se extiende a lo largo de 1.660 kilómetros cuadrados de desierto para dar de beber a sus 120.000 habitantes, 90.000 cabras, 7.000 palmeras, cuatro campos de golf y 1,5 millones de turistas anuales. Para ello se consumen cantidades ingentes de electricidad producidas en los gigantescos motores diesel de una única central térmica ubicada en la capital, más contaminante que todo el parque móvil de vehículos majorero.

El día en que por un conflicto político, una guerra o un desastre natural, los petroleros no lleguen periódicamente a la isla, todos nos tendremos que ir de aquí. Nuestra economía isleña es por tanto un gigante con pies de barro, pendiente de una carísima electricidad que nos llena de agua las piscinas y nos refresca el bochorno gracias al omnipresente aire acondicionado. Y si quisiéramos seríamos una potencia energética, pues somos el territorio con mayor número de horas de sol y de viento de toda Europa. Pero no queremos.

Dar la vuelta a esta gravísima dependencia sería tan sencillo como aparentemente imposible. Nuestro crecimiento económico es vertiginoso y la máquina de hacer dinero no se puede detener para planificar un desarrollo sostenible a medio y largo plazo. A no ser que cambie nuestra mentalidad, políticos y empresarios incluidos.

El apagón de esta noche no lo logrará, está claro, pero quizá empiece a modificar algunas actitudes. Si el aleteo de una mariposa en Hong Kong puede desatar una tormenta en Nueva York, quizá este apagón de cinco minutos puede llevarnos a un mundo mejor. Al menos yo así lo espero. Me gusta esta isla y quiero seguir viviendo en ella.