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Muere un gigante asturiano

22 enero 2009

A las 11.20 horas del pasado 19 de enero la fabulosa Fayona de Eirós (Tineo), cuyos 200 años la convertían en el haya más vieja de España, cayó al suelo como si un gigante invisible la hubiera arrancado de cuajo dejando al aire el muñón de sus raíces, pequeñas y muchas de ellas podridas. Tenía una altura de veintiocho metros, una copa de treinta metros y un diámetro de tronco de 4,45 metros.

Declarada Monumento Natural en abril de 2005 por el Principado de Asturias, era el orgullo de la comarca, además de un importante atractivo turístico.

Diréis que qué se le va a hacer, que si esta gigantesca haya (Fagus sylvatica) era tan vieja, lo lógico es que algún día muriera. Tenéis razón, pero pasemos a analizar las reacciones oficiales.

Según publica el periódico El Comercio, tras conocer su derrumbe, la Consejería de Medio Ambiente anunció la realización de un “exhaustivo estudio” para determinar si hay alguna posibilidad de replantar el árbol, si bien indicó que “la opinión de los técnicos es poco optimista” a este respecto.

¿Replantar un árbol de 200 años? Está claro que los políticos nos toman a los ciudadanos por idiotas. ¿O es que son ellos los idiotas?

Sigo con el mismo artículo. Asegura la información que los técnicos del Principado hicieron “una inspección rutinaria” al árbol a finales del año pasado y “no se registraron síntomas de enfermedad”. ¿De qué murió entonces? Oficialmente, por la “desproporción de sus dimensiones“, las mismas mantenidas sin aparentes problemas durante décadas. Y por culpa del viento.

El 1 de octubre de 2005 el experto valenciano en árboles singulares José Plumed visitó el árbol, descubriendo que sus raíces y parte del tronco estaban gravísimamente invadidas por un hongo, el Meripilus giganteus. Muy probablemente su expansión se había visto favorecida por la apertura de un camino junto a la fayona que le arrancó lo mejor de su sistema radicular.

En aquel momento se informó del problema al entonces director general, Cristino Ruano, quien no hizo nada para salvar de una muerte segura a un árbol que la propia Administración se había comprometido a proteger. Como concluye con amarga tristeza mi amigo y gran naturalista Ignacio Abella, “sin duda la culpa la tiene el viento, y el árbol, que estaba desproporcionado”.

Fotos: José Plumed y El Comercio.