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Una plaga amenaza Garoña

10 junio 2009

La central nuclear de Santa María de Garoña (Burgos) está seriamente amenazada, pero no sólo por el cierre tras cumplir sus 40 años de vida útil. Tampoco por los ecologistas radicales. La auténtica amenaza es un diminuto molusco bivalvo, procedente de los mares Negro y Caspio, que está literalmente invadiendo nuestros ríos peninsulares y amenaza con taponar su sofisticado sistema de refrigeración: el mejillón cebra (Dreissena polymorpha).

Detectado por primera vez en el Ebro en 2001, ha alcanzado desde entonces la cuenca del Júcar (2005), la del Segura (2006) y este año la del Guadalquivir. Al embalse de Sobrón, el utilizado por la nuclear burgalesa para enfriar sus circuitos, llegó en 2006, todo un peligro pues forma espesas colonias que ciegan tuberías provocando graves averías en cualquier tipo de instalación. Para colmo de males, encima no es comestible.

Según ha señalado recientemente el Grupo Especialista en Invasiones Biológicas (GEIB), estudios de la Confederación Hidrográfica del Ebro han encontrado en el embalse de Sobrón las mayores densidades de este invasor bivalvo para toda la cuenca del Ebro.

Aquejada Garoña de preocupantes grietas y corrosión en la vasija del reactor, el mejillón cebra, del que nadie parece estar interesado en hablar, viene a añadir aún más incertidumbre a esta vieja instalación cuyos propietarios tratan de mantener con vida para aumentar su ya de por sí altísima rentabilidad económica.

Imposible de erradicar cuando llega a un río, la lógica preocupación debería de estar siendo dirigida a impedir que la plaga siga extendiéndose y salte a la cuenca del Duero. Pero como siempre, lo haremos mal y tarde.

Al menos en Garoña les quitaremos a estos mejillones un lugar donde provocar graves daños económicos. En cuanto cerremos la central nuclear. Muy pronto.

Sobre estas líneas, impresionante imagen de una playa fluvial norteamericana invadida por el mejillón cebra, un grave problema real.

Pena de muerte para los castores españoles

05 mayo 2008

En Europa el castor está estrictamente protegido y son muchos los proyectos de conservación dedicados a la mejora y aumento de sus poblaciones.

En España (que por lo visto no es Europa), los matamos. Eso sí, legalmente.

No se trata de volver a cazarlos como se hizo en estas tierras hasta que los tramperos peleteros los extinguieron en el siglo XVII. Se trata, sencillamente, de exterminarlos.

¿La razón? Las introducciones las hicieron en 2003 grupos ecologistas extranjeros con animales alemanes y sin permiso de la Administración competente.

Si hubieran llegado de forma natural por sus propias patas, cruzando los Pirineos, estaríamos ahora todos tan felices. Pero vinieron sin papeles y, lo que es peor, se han adaptado maravillosamente bien a los ríos españoles (Ebro, Cidacos y Aragón, en La Rioja y Navarra) sin necesidad de gastarnos ingentes cantidades de dinero en su recuperación. Sin embargo, y como alguna pega les tenemos que poner a estos vegetarianos animales, se les acusa de dañar gravemente los árboles de los ríos e incluso frutales, aunque no existen estudios científicos que avalen tal suposición.

Condenados a muerte

Los tres primeros castores ya han sido capturados estos días en el río Ebro a su paso por Calahorra (La Rioja). Dos robustos machos y una hembra cuyos pesos superaron los 25 kilos cada uno.

La captura es tan sólo un proyecto piloto, tendente a perfeccionar los futuros sistemas de trampeo y exterminio de toda la población española, más de un centenar de ejemplares. Por eso a éstos no los han matado… todavía.

Según una nota difundida por el Gobierno riojano, los animales han sido trasladados temporalmente a un centro público de conservación de fauna salvaje en Lérida

“para su utilización con fines de educación ambiental, a la espera de un destino definitivo todavía sin determinar”.

Darles el matarile, me supongo, o mejor dicho eutanasiarlos, palabra que queda políticamente mucho más correcta. Porque eso de devolverlos a su supuesto lugar de origen, la teoría aducida frente a la UE, no se lo cree nadie. Y menos al total de la población española.

Soy el primero en lamentar estas sueltas de animales sin el más mínimo control biológico ni, mucho más peligroso, sanitario. Con toda su buena intención, estos ecoterroristas podrían haber provocado un gravísimo problema medioambiental, como hacen todas esas salvajes liberaciones de visones americanos de las granjas peleteras.

Pero la reintroducción ha funcionado, como están funcionando planes semejantes en el Reino Unido, Alemania o los Países Bajos. Por eso decidir el exterminio de una especie que ya exterminamos nosotros hace cuatro siglos y que ha regresado a sus territorios perdidos después de tanto tiempo, que tanto ayuda en la mejora ambiental de los ríos, y que cumple sin duda una importante función ecológica en el ecosistema fluvial, es un despropósito.

Un río con nutrias y ahora con castores me parece un lujo para los sentidos. ¿Apoyarías tú la erradicación de una especie sólo por haberse saltado el protocolo administrativo?

Porque no me cabe duda. Ahora los matamos y dentro de unos años sacaremos adelante un millonario proyecto para su recuperación. Eso sí, éste con todo el procedimiento burocrático impecablemente resuelto. Incluida la póliza de 25 céntimos.