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El camino más corto entre dos puntos no siempre es la línea recta

28 agosto 2013

Cigueña

Lo siento por Aristóteles, pero el camino más corto entre dos puntos no es siempre la línea recta. En la montaña, como me enseñaron en los Pirineos, el camino más corto siempre es la pista forestal. Y para las cigüeñas el camino más corto entre España y sus cuarteles de invierno en el África subsahariana tampoco es la línea recta.

El seguimiento por GPS de 40 cigüeñas blancas está evidenciando la importante y creciente dependencia que estas populares aves tienen de los vertederos como fuente de alimentación predecible, hasta el punto de condicionar claramente sus rutas migratorias, según ha informado SEO/BirdLife.

Una de ellas, marcada en Barrundia (Álava) está ahora mismo en Marruecos, al sur de Marrakech. Lo curioso es que, en lugar de volar en línea recta hacia el sur, en su viaje se desvió antes hacia Rivas-Vaciamadrid. El motivo es que allí se encuentra el gran basurero de Madrid. Un lugar lleno de peligros y venenos, pero también repleto de comida fácil; perfecto para reponer fuerzas al comienzo de la larga migración.

Igual lo hizo otra cigüeña marcada en Álava, llamada Felicia, que voló directamente desde el País Vasco hasta el macrobasurero madrileño. Allí, en algunas épocas pueden pasar hasta 10.000 ejemplares de cigüeña blanca.

Como explica Juan Carlos del Moral, responsable del área de Seguimiento de Especies de SEO/BirdLife, el principal motor que mueve a las cigüeñas a cambiar de territorio no es la llegada del frío. Es la disponibilidad de alimento, más abundante al sur en la época invernal. “Pero con la aparición de los vertederos las aves han encontrado un recurso seguro y han modificado sus hábitos”.

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Más información:

Sigue en directo la migración de las cigüeñas que ya vuelan al sur

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Turismo radiactivo en Garoña

06 julio 2009

Ya lo saben. La caduca y caducada central nuclear de Santa María de Garoña seguirá funcionando cuatro años más, hasta el 5 de julio de 2013. La noticia no ha sorprendido a nadie, pero a los que menos a sus propietarios, Endesa e Iberdrola, quienes durante todo el año han seguido ofertando visitas turísticas a sus instalaciones más allá de la supuesta fecha de clausura.

Y es que Garoña tiene un inmenso atractivo turístico. Conocido y explotado. De hecho, con estrictos numerus clausus incluidos, es visitada por más de 259.000 personas desde que iniciara sus peculiares tours radiactivos en 1992, a un ritmo medio de un millar de turistas mensuales. Porque a pesar de que su vida útil de 40 años caducó ayer domingo, inasequible al desaliento, llevaba meses ofertando visitas para todo el verano.

No es de extrañar. Todos en Burgos y Bilbao saben que en Garoña se puede degustar gratis uno de los mejores bacalao al pil-pil del norte de España, regado con inmejorables vinos de La Rioja, a la salud del rentable átomo [Siendo la central más pequeña de España genera unos ingresos de 250 millones de euros al año].

Al margen de su cierre o no, el futuro de la nuclear castellana será sin duda turístico. Seguirá así el ejemplo de Holanda, donde se ha transformado en museo el basurero donde se acumulan todos los desechos radiactivos del país, las instalaciones de la Organización Central para la Basura Radiactiva COVRA.

De acuerdo con un interesante reportaje publicado por BBC Mundo, los responsables de estas instalaciones no sólo facilitan el paseo entre tanques radioactivos blindados con plomo y cilindros de alta tecnología, sino que también han añadido a la visita componentes educativos, artísticos y culturales que incluyen la creación de una galería de arte contemporáneo.

Como explica uno de sus directivos,

“Al abrirlo al público demostramos que es posible manejar de manera segura y responsable los desechos nucleares, después de todo es algo que no podemos negar y que estará entre nosotros hasta encontrar otras alternativas”

Todo está cuidadosamente pensado, hasta el color del edificio donde, a modo de gigantesco búnker, se almacena la peligrosa basura. Es naranja, en referencia al equilibrio entre su interior, el rojo, peligro, y el exterior, el verde, vida.

Y añade el artículo:

Cada 20 años la fachada cambiará a un color más claro hasta llegar al blanco en el 2103, cuando se cumplan los 100 años necesarios para que la basura radiactiva que oculta en su interior deje de suponer un peligro para la salud.

¿Novedad? Ninguna, como no sea la gran mentira de que en un siglo estos desechos son inofensivos. Quizá guantes y batas sí, pero no isótopos presentes en el combustible gastado de los reactores como el plutonio 239 (vida media de 24.400 años) o el plutonio 240 (vida media de 6.600 años), demasiado tiempo para un museo.

En realidad, todas las centrales nucleares españolas tratan obstinadamente de convertirse en inofensivos centros educativos de la Ciencia. A golpe de talonario gastan importantes cantidades en lavar su mala imagen pública organizando toda clase de visitas, desde escolares a ancianos.

Resulta pues lógico que algunos protesten ante el inevitable cierre de Garoña, no quieren perder tan importante atractivo. Y cuando finalmente se clausure pedirán su conversión en un cementerio radiactivo, lo que en realidad ya es. Pero sólo por su interés social, todo sea por revitalizar el turismo de la comarca.

Clarividente viñeta de El Roto, publicada en El País el pasado 11 de junio.

En las dos imágenes superiores, dos detalles de la planta holandesa de COVRA.