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Toneladas de pan acaban en la basura

28 enero 2010

Los españoles no podemos comer sin pan. Es nuestro alimento estrella, el más natural y básico. También el más diverso, pues sólo en España tenemos más de 300 variedades diferentes de todos los tamaños, formas y texturas.

No por casualidad, su consumo ha estado siempre rodeado de un aura de sacralidad. ¿Recuerdas? Nuestras abuelas lo besaban si se caía al suelo, nunca se podía poner boca abajo (“Llora la Virgen”), se le hacía una cruz al amasarlo y se guardaba en bolsa blanca. “Está bendito”, nos decían. Si se tiraba al fuego se alimentaba al diablo, y si se le pinchaba con el tenedor se atraían desgracias a la casa.

En los pueblos se cocía a lo sumo un par de veces a la semana y, a decir de nuestros mayores, cuanto más duro se quedaba más rico estaba. Nunca se desperdició un solo mendrugo, por lógica y por que hacerlo daba mala suerte. El sobrante, si es que alguna vez sobraba, se usaba para empanar carnes, hacer torrijas o dar consistencia a las sopas, tanto las de leche de los desayunos como las de ajo de las comidas. Pero todo eso era antes.

Ahora seguimos comiéndolo, aunque ajenos a supersticiones ya no lo reverenciamos. En realidad lo desperdiciamos. Al día siguiente de comprado lo consideramos duro y lo tiramos. Da igual que caiga hacia arriba o hacia abajo. Como resultado, miles de toneladas de pan fresco acaban todos los días en el vertedero. Según las estadísticas más conservadoras, un 30 por ciento de todo lo que se elabora al año en España, 660 millones de kilos de los 2.200 producidos, terminan en el cubo de la basura.

Pienso en el hambre en el mundo, en la tragedia de Haití, y se me cae la cara de vergüenza. Con todo este despilfarro podríamos ayudar a mucha gente, reciclándolo, repartiéndolo, pero no lo hacemos. Preferimos comprar todos los días el pan calentito.

Pero seamos positivos. Aportemos entre todos soluciones.

Una fantástica es la de la ONG francesa Pan contra el Hambre. Sus voluntarios recogen por las panaderías todo ese pan duro, lo preparan como comida para animales, y el dinero de la venta lo destinan a proyectos de ayuda al Tercer Mundo.

Seguro que se pueden hacer otras muchas cosas para acabar con este despilfarro. ¿Qué ideas se te ocurren a ti para no desperdiciar el pan duro? Por ejemplo, nosotros en casa hacemos unas crepes y un puding buenísimos.

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La basura mata miles de albatros

08 noviembre 2009

Las imágenes que veis han sido hechas el mes pasado en el atolón de Midway, un par de pequeños islotes coralinos localizados en medio del Océano Pacífico, en mitad de la nada, a cinco mil kilómetros al oeste de San Francisco y a cuatro mil al este de Tokio. Alejado del mundo pero no tanto, pues está rodeado de basura. Y de cadáveres.

Ese atolón es el paraíso de los albatros de Laysan (Diomedea immutabilis), donde crían no menos de medio millón de parejas todos los años. Unos pájaros increíbles que, una vez nacen y aprenden a volar, pasan cinco años recorriendo los océanos sin volver a tocar tierra firme, que será de nuevo ese lejano rincón donde nacieron y al que sólo acuden para nidificar. Pero como ya os he contado en otra ocasión, el Pacífico está lleno de basura, una inmensa bolsa de tres toneladas de desechos plásticos que flota indolente en sus aguas.

Contra toda lógica, los pollos de albatros son equivocadamente alimentados por sus padres con plásticos de ese vertedero flotante, quienes confunden toda esta basura multicolor con restos de peces, hasta acabar matándolos involuntariamente. Esta dieta errónea provoca cada año la muerte de decenas de miles de polluelos de albatros sólo en Midway, tanto por hambre como por asfixia e incluso por efecto de la toxicidad de estos elementos y las sustancias químicas que los impregnan. Mecheros, botones, juguetes, cartuchos de impresora, cepillos,… Se calcula que un tercio de los pollos de la colonia muere al año por la ingestión de objetos o fragmentos de plástico.

Para documentar este fenómeno lo más fielmente posible, el fotógrafo Chris Jordan fotografió cientos de cadáveres el pasado mes de octubre según se los iba encontrando. Ni una sola de las piezas de plástico que aparecen en las fotos fueron trasladadas, manipuladas, arregladas o modificadas de alguna manera. No es un montaje. Las imágenes muestran el contenido real de los estómagos de las crías de albatros encontradas muertas en uno de los santuarios marinos más remotos del mundo.

Midway se hizo tristemente famosa por la terrible batalla naval acontecida en sus aguas en junio de 1942, la primera derrota del colosal ejército japonés en la Segunda Guerra Mundial. Entonces sus playas se llenaron de cadáveres. Hoy sus playas están llenas de basura. Y de cadáveres de albatros. ¡Qué triste legado!

Este otro vídeo que os dejo a continuación es todavía más impresionante. En él vemos un lugar paradisíaco, donde los albatros crían en los jardines de las casas sin inmutarse (de ahí su nombre científico, immutabilis), rodeado de basuras llegadas de Asia y América. Terrible. Toda esa basura es nuestra.

Imágenes extraídas de la película Message in the Waves.

Ya no nos gustan las gaviotas

22 mayo 2009

Antes las gaviotas eran sagradas, predecían las tragedias en el mar llorando por los marineros muertos, anunciaban la cercanía de la tierra salvadora, matarlas traía mala suerte. Pero ahora es diferente. Ahora nos molestan, las odiamos, las llamamos ratas con alas y decretamos su extinción.

Es verdad, hay muchas, cada vez más descaradas, más urbanas, más agresivas. Aunque la culpa no es de ellas, es nuestra.

La pasada semana estuve haciendo un estudio medioambiental en una colonia de gaviotas patiamarillas (Larus michahellis) en la zona más desolada de Fuerteventura, en Canarias. Hace 10 años había apenas cien parejas y ahora son más de 300. Al ir a anillar uno de los pollos, éste vomitó asustado lo último que había comido y ¿saben lo que escupió? Una loncha de jamón york. Me quedé asombrado, pues no hay ningún pueblo ni basurero cercano. ¿Se lo habrían quitado sus padres a algún turista en la playa? Seguramente.

Lo mismo, pero más preocupante, está ocurriendo en ciudades como Barcelona, donde los alumnos de un céntrico colegio deben ahora almorzar en clase antes de salir al recreo, para evitar que las aves les roben sus bocadillos. Una ciudad donde las denuncias por supuestos ataques de las gaviotas no paran de aumentar, como también pasa en Gijón, La Coruña, Vigo o Cádiz.

El remedio fácil es destruir sus nidos instalados en los tejados y hasta matarlas, pero no sirve de nada. Las patiamarillas hacen puestas de reposición, cambian de sitio e incluso, eliminando adultos, facilitamos la llegada de subadultos.

Sólo existe una solución, dejarlas sin comida. Y no sólo sin basura, reciclando y aprovechando al máximo las 1,3 millones de toneladas de residuos que Europa produce al año. Hace falta acabar con el derroche de los descartes pesqueros, 3.000 toneladas diarias tiradas al mar sólo en la Unión Europea. Con tanto despilfarro ¿cómo no va a haber gaviotas?

Basura en el corazón de la Antártida

16 marzo 2009

No sé si hago bien o me buscaré un lío, pero no me puedo aguantar y he decidido contároslo. Hace unos días, un blog titulado “Basura en la Península Antártica” denunciaba la irresponsable acumulación de basuras de todo tipo en isla Brabante (Archipiélago Palmer, Península Antártica) por una expedición de las Fuerzas Armadas británicas desarrollada entre 1983 y 1985, liderada por Chris Fuse y patrocinada por el Príncipe de Gales. Contraviniendo el Protocolo de Madrid que prohíbe dejar basura de cualquier tipo en este último reducto virgen de nuestro planeta, al irse los militares dejaron abandonado un auténtico basurero.

Os lo cuento en pasado, pues tras el revuelo provocado por su difusión en la red, dicho blog ha desaparecido. Por suerte me han pasado una copia hecha a tiempo que nos permite comprobar el horror de esas imágenes que tanto han molestado a los responsables en el Reino Unido y tanto han escandalizado a cualquiera con un poco de sensibilidad.

Primero podemos ver el lugar, un sitio privilegiado del continente blanco con numerosas colonias de pingüinos y mamíferos marinos.

Para más detalle, el autor del blog desaparecido nos presentaba un mapa publicado por Chris Fuse donde se indican los numerosos campamentos levantados por su expedición británica. Y cito textual:

Nosotros sólo inspeccionamos los dos que se destacan con círculos rojos (Metchnikoff y Dayglo o Terrada). Es muy probable que toda la isla Brabante esté contaminada con basura. El hecho es especialmente grave en el caso de la zona norte de isla Barbante, ya que se trata de un área antártica especialmente protegida (ASPA).

Llega la expedición y, ayudados por un helicóptero, comienza la descarga de material, origen de la basura.

Resultado: Basura abandonada en Punta Metchnikoff, costa norte de la isla Brabante. Como primer impacto visible, un pingüino barbijo (Pygoscelis antarctica) empolla pequeñas latas de paté como si fueran los huevos de su futura prole, que quizá están detrás de las latas oxidadas.

No es la única basura. También se encuentra abandonado en gran cantidad material científico para la toma de muestras, incluidas decenas de jeringuillas usadas que pueden provocar graves daños a la cercana colonia de aves y de leones marinos.

También hay todo tipo de desechos con restos de combustibles, aerosoloes e incluso elementos explosivos.

Y surge la duda ¿Será toda esa basura de las expediciones británicas o procederá de visitas antiguas de otros equipos? El autor del blog desaparecido buscó y encontró las pruebas revolviendo entre la vieja basura. Por ejemplo, ron especialmente embotellado para la Armada de su Majestad.

Y la prueba definitiva. “Patron: H.R.H. Prince of Wales. Joint Services Expedition to Brabant Island, Antarctica. December 1983 – April 1985″.

Queda demostrado. Esa basura tiene dueño, la Armada del Reino Unido.

¡Pues que se la lleven!

Después de la Edad de Piedra y la Edad de Hierro, la nuestra es la Edad de la Basura. Allí a donde vamos dejamos nuestro rastro inconfundible de inmundicia. Somos la vergüenza de Gaia, nuestra sufrida madre planetaria.

Nota: Las fotografías que ilustraban este blog han sido retiradas por deseo expreso de su autor.

Lluvia de cigüeñas en Madrid… comiendo basura

05 diciembre 2008

Lo de que “Por San Blas la cigüeña verás” hace mucho que ya no se cumple. Un cada vez más elevado número patilargas blanquinegras llevan varias décadas prefiriendo pasar el crudo invierno en España antes de afrontar los crecientes peligros de su natural migración más allá del desierto del Sáhara, 8.000 kilómetros de incierto viaje de ida y vuelta para una estancia en Malí o en el río Níger de apenas tres meses.

¿No tendrán frío, con la que está cayendo estos días? En absoluto, pues su confortable abrigo de plumas les garantiza un perfecto aislante térmico. En realidad se iban empujadas por el hambre y ahora les sobra comida, pero no piensen en idílicas praderas repletas de batracios. Sobreviven gracias a nuestra abundante y nutritiva basura.

La semana pasada, durante un censo de aves en el Parque Regional del Sureste (Madrid), los ornitólogos se llevaron una sorpresa. Atardecía y un bando inmenso de 3.000 cigüeñas blancas (Ciconia ciconia) llegaba a sus dormideros habituales de invierno. Una auténtica lluvia de cigüeñas en una época en la que no debería verse ninguna.

Junto con ellas, decenas de miles de gaviotas, un número mayor al que se puede observar en muchas localidades marineras, se encaminaban hacia los lagos artificiales de las antiguas graveras del Jarama.

Toda esta impropia volatería provenía del vertedero de Vademingómez, en el sureste de la capital madrileña, el mayor basurero de España, donde las aves se afanan por encontrar algo comestible entre bolsas de plástico y desechos de todo tipo, pordioseros de una sociedad opulenta.

Es la nueva naturaleza salvaje. Especies oportunistas que logran prosperar en el mismo ambiente hostil que a otras muchas provoca su extinción. Para ellas no tiene nada de artificial esta manera de sobrevivir. Lo antinatural somos nosotros.

Sobre estas líneas, cigüeñas en el vertedero de Valdemingómez, con el paisaje urbano de la ciudad de Madrid al fondo.

El vertedero más grande del mundo es el mar

11 abril 2008

El mayor vertedero del mundo flota en medio del Océano Pacífico. Entre las costas de California y Hawai, en una zona de calmas, se acumulan los desechos de nuestra sociedad de consumo y despilfarro. Una gigantesca mancha de 3 toneladas de plásticos se extiende por una superficie dos veces más grande que los Estados Unidos. Este volumen es seis veces mayor que la cantidad de plancton que vive en sus aguas. Parcialmente disuelta en pequeños trozos, semisumergida y en movimiento, su localización es muy complicada incluso utilizando satélites. Pero está ahí, cada vez más grande y cada vez más espesa.

¿De dónde viene tanta mierda? De todas partes; de los barcos, pero también de las ciudades.

En el mundo se producen al año más de 100 millones de toneladas de plásticos, que en un 10 por ciento acaban en el mar. Los ambientes marinos son incapaces de digerir tanta basura, cuyo reciclaje natural necesita decenas de años para lograrlo. Un tiempo durante el cual botellas, envoltorios y toda clase de desperdicios flotan libres a lomos de las corrientes, convirtiendo la superficie marina en una asquerosa sopa de residuos. Y el problema no es tan sólo estético. Más de un millón de aves y cien mil mamíferos marinos y tortugas mueren cada año al ingerirlo accidentalmente o enredarse en él.

Charles Moore, oceanógrafo estadounidense y creador de la Fundación de Investigación Marina Algalita, ha llegado a la conclusión de que “nadie puede limpiarla y la mancha sigue aumentado”. De hecho, los científicos han descubierto que en las costas de Japón el número de partículas de plástico en el agua se multiplica por diez cada dos o tres años.

Alan Weisman, en su fantástico libro El mundo sin nosotros, asegura que si mañana los humanos dejáramos de existir, esta capa de basura en el mar seguiría flotando allí durante muchos años después de nuestra desaparición.

Ni arte ni literatura. Nuestra herencia es la basura.

Ave marina varada en una playa y con todo su cuerpo lleno de plásticos ingeridos accidentalmente. La basura mata.

Piden el cierre del Everest

14 diciembre 2007

Hay amores que matan. Y el turismo es uno de los peores amores, de los más desestabilizadores de las culturas tradicionales, de la naturaleza en estado puro. Un ejemplo terrible lo tenemos nada menos que en el techo de nuestro destartalado mundo. Desde que hace 50 años sir Edmund Hillary y su sherpa Tenzing Norgay lograran conquistar el Everest (8.848 metros), la creciente presión turística por emular al deportista británico está poniendo en serio peligro ese frágil ecosistema alpino. Más de 2.000 personas han llegado desde entonces a la mítica cima y muchos miles más lo han intentado, pero al bajar, además de banderitas gloriosas, dejaron el peor recuerdo posible de su presencia, unas 500 toneladas de basura.

La situación, lejos de mejorar, está empeorando, por mucho que todos los años se organicen expediciones de limpieza. Tanto que grupos ecologistas y famosos escaladores, incluido el propio Hillary, han solicitado al gobierno de Nepal el cierre temporal de la montaña. El turismo se ha convertido prácticamente en el único medio de vida rentable para los naturales de esos valles, pero al tiempo supone un terrible problema medioambiental. Y no sólo por las basuras. Las exigencias de los miles de turistas a disponer de duchas con agua caliente está provocando la deforestación de la comarca. Por no hablar del impacto de hoteles, albergues, restaurantes y cibercafés a lo largo de todo el camino. A 5.000 metros de altura, pero también allí hemos construido un gran parque temático a mayor gloria de nuestro estrés urbano.

¿Hay que cerrar el Everest? ¿Limitar el número de visitas?

La lógica dice que sí, pero no se hará nunca. Entre otras razones, porque Nepal no se puede permitir ese lujo. El control y la sostenibilidad en ese remoto lugar deberíamos imponérnoslo nosotros mismos desde aquí, pero tampoco lo haremos. Nos gusta demasiado ir de cómodos aventureros.

Hace un año, el periodista británico Dan McDougall publicó en The Observer un interesantísimo reportaje sobre este tema. Lo traduzco a continuación en versión libre, por si alguien quiere ampliar la información.

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¿Debería cerrarse el Everest?

El turismo está convirtiendo al monte Everest en un gigantesco basurero, aseguran los conservacionistas, que están ejerciendo presión para que se cierre temporalmente la montaña más alta del mundo. En este año, un grupo de geólogos patrocinado por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) descubrió indicios de un considerable cambio en el paisaje del Everest desde que sir Edmund Hillary y Tenzing Norgay conquistaron por primera vez la cumbre de esta montaña en 1953. Una de las causas principales es el calentamiento del planeta, aunque el grupo de investigadores concluyó que el turismo ejerce un efecto que grava cada vez más y con más peso sobre la región que circunda la cima más alta del mundo. De acuerdo con este estudio, el glaciar que antes se encontraba cerca del primer campamento de Hillary y Horgay se ha reducido tres millas en los últimos 20 años. Hillary mismo ha declarado que esta situación está convirtiéndose en un escándalo ecológico. “He recomendado al Gobierno del Nepal que dejen de autorizar el ascenso a la montaña y la dejen descansar durante algunos años”.

Elizabeth Hawley, responsable en Katmandú de The Himalaya Trust, un grupo conservacionista fundado y promovido por el propio Hillary, se confesó “consternada” por los efectos del turismo alrededor del Everest. Las aldeas cercanas están creciendo desmesuradamente, instalándose a lo largo del sendero hacia la cumbre restaurantes, bares y cibercafés. “Estamos especialmente preocupados por la deforestación de la zona, gran parte de ella provocada para mantener el turismo, así como por la falta de medios para recoger y reciclar las basuras”.

La japonesa Junko Tabei, 66 años, la primera mujer en alcanzar la cumbre, dijo: “El Everest está demasiado concurrido. Necesita un descanso. Sólo dos o tres equipos deberían ser admitidos cada temporada, y los viajes turísticos al campamento base deberían prohibirse totalmente. A lo largo del sendero al campamento base del Monte Everest, en Nepal, la deforestación está empeorando al talar árboles la población local para calentar las comidas y proporcionar duchas de agua caliente a los extranjeros. El entorno local está en peligro y la dignidad de la montaña está siendo socavada”.

Incluso el ecoturismo está haciendo más daño que bien. El Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) estima que “sólo 20 peniques de cada 2 libras gastadas como media al día por los montañeros llegan a las economías locales”.

Prakash Sharma, director de Amigos de la Tierra Nepal, considera que los grupos de montañeros no están teniendo en cuenta las consecuencias ambientales. “El aumento exponencial de la contaminación y otras situaciones perjudiciales para el medio ambiente en el Monte Everest es un resultado directo del incremento masivo de visitantes a la región”, dijo. “La región de Khumbu y de la ciudad de Katmandú puede cómodamente acoger a unas 40.000 personas. Pero en los próximos meses, durante el pico de la temporada turística, en la parte baja del valle habrá no menos de 700.000 personas. Entre 20.000 y 40.000 de estas personas intentan, de una manera u otra, ascender las montañas del Himalaya. No hay ninguna infraestructura en la región para hacer frente a la contaminación que generan esta cantidad de personas, y como resultado el Himalaya nepalés se ha convertido en el mayor basurero del mundo

Sharma afirma que las toneladas de basura en el Everest incluye equipo de escalada, alimentos, plásticos, latas, latas de aluminio, vidrio, ropa, documentos, tiendas de campaña e incluso aparatos electrónicos tales como antenas parabólicas. Algunos escaladores han encontrado jeringuillas usadas y frascos de medicamentos no etiquetados. Otros activistas señalan cómo el rescate de los cadáveres de montañeros allí abandonados, 188 según diversas estimaciones, es suficiente razón para cerrar temporalmente la montaña.

Pero ¿el cierre del Everest o la regulación del turismo en la montaña no repercutirán en los medios de subsistencia de la población local? Los sherpas, que se ganan la vida con la peligrosa ocupación de guiar a los alpinistas hacia la cima, se oponen enérgicamente al cierre de la montaña y a la reducción del número de permisos para escalarla. Ang Dawa, un guía sherpa de Katmandú declaró: “Para nosotros es muy sencillo. Hay decenas de miles de personas en la región que viven exclusivamente de los alpinistas. Si éstos no llegan, esas personas y sus familias morirán de hambre. Un sherpa que llega a la cima del Everest gana un mínimo de 1.600 libras esterlinas por 60 días de trabajo. Eso en Nepal es mucho dinero, puede mantener a toda una aldea”.

A pesar del informe de la ONU y de las advertencias de los ecologistas, funcionarios nepaleses han asegurado que no tienen planes inmediatos para cerrar la montaña. “Todos los escaladores son bienvenidos siempre en la medida en que están dispuestos a pagar”, dijo un portavoz del Gobierno. Los críticos dicen que no es de extrañar que las autoridades nepalíes no tengan planes para reducir el alpinismo turístico en la región. Sólo para poder poner un pie en las laderas del Everest, cada equipo de siete escaladores debe pagar un canon de 50.000 libras al gobierno nepalés.