Cuando era niño, con esta campestre frase mi padre nos señalaba a mis hermanos y a mí la hora de irse a la cama. En esa época (no hace tanto, lo juro), los pequeños búhos de cara infantil eran tan frecuentes en el paisaje rural español como los viejos olivos llenos de agujeros donde éstos se refugiaban. Pero sí. Eran otros tiempos. Seguimos teniendo muchos olivos en España, es verdad. Aunque desgraciadamente ya no son esos ejemplares centenarios que asombraran a poetas como Antonio Machado o Miguel Hernández. Son jóvenes plantones. Muy jóvenes y productivos. Demasiado jóvenes para los mochuelos.
Los olivos viejos fueron arrancados por inútiles. Los que no murieron entonces languidecen ahora en anodinas rotondas y urbanizaciones, obligados monumentos moribundos a la burbuja inmobiliaria. Los mochuelos han seguido un camino paralelo. Les quitamos los refugios de aceitunas mientras regábamos los campos con veneno, condenándoles a desaparecer.
No son exageraciones. Según estudios de los ornitólogos de SEO/BirdLife, la agricultura intensiva, la desaparición de la ganadería extensiva y el abandono rural son los principales responsables de que el mochuelo, al igual que otras muchas aves agrarias, esté en preocupante declive. Ahora mismo hay un 40% menos que hace 10 años. Y muchísimos menos que cuando en la antigua Grecia se le consideraba animal sagrado de la diosa Atenea, símbolo de una sabiduría que, al menos en el sentido agrícola, hemos olvidado.
Aunque no todo está perdido. En el Maestrazgo, en la Sierra de Gata, aún quedan viejos olivares preñados de olivas y mochuelos. Eligiendo como consumidores concienciados esos aceites únicos, de sabores milenarios, seremos capaces de mantener un paisaje muy especial, el de nuestra historia. No nos vaya a tocar cargar con el mochuelo de su extinción.
—
Aquí os dejo un precioso vídeo del mochuelo. Para que lo disfrutéis y no se os despiste ni su cara ni su canto.
—
Puedes seguirme (si quieres) en Twitter (@lacronicaverde) y en Facebook (www.facebook.com/lacronicaverde)
Las ciudades ya no pueden garantizar el bienestar de todos sus ciudadanos. Especialmente, desgraciadamente, de los más jóvenes. Muchos han optado por buscar trabajo en el extranjero. Pero otros, más apegados a la tierra, optan por volver al campo. Allí, mal que bien, nunca les faltará comida y techo.
El efecto empieza a notarse en ese paisaje rural abandonado en las últimas décadas a la espera de subirse al tren de la especulación; de cambiar patatas por chalés adosados. Poco a poco las viejas huertas reverdecen, las fincas abandonadas vuelven a la vida. Pero con nuevas ideas. Apostando por la calidad, que en alimentación se llama producto ecológico, autoctonía, artesanía. Apostando por la venta directa, la autogestión, los grupos de consumo, internet, las nuevas tecnologías y el márquetin.
El caso de la Comunidad Valenciana es sintomático. Allí la superficie cultivada aumentó el año pasado en 4.000 hectáreas después de haber perdido 83.000 en apenas una década. Lo mismo ocurre en el amenazado Parque Agrario del Bajo Llobregat, la tradicional despensa de Barcelona. Incluso en la turística Gran Canaria acabo de ver esta semana infinidad de campos cultivados por quienes han desistido de buscar trabajos mal pagados en los complejos hoteleros. También hay mucho autoconsumo. Ayuda a reducir gastos y aporta la felicidad de vivir mano a mano con la naturaleza. Hasta en solares o jardines de fábricas abandonadas surgen las huertas. Allí el trabajo se confunde con el ocio y el descanso.
Todos ellos, emprendedores en el campo, necesitan lo mismo: consumidores concienciados. El auténtico Comercio Justo está en logar que los ciudadanos abandonemos la trampa de los grandes centros de alimentación y apostemos con nuestra compra por los productos de cercanía. Ganaremos todos.
—
En la imagen, tomada la pasada semana, un hombre trabaja en la huerta que tiene en el barrio de Rosiana, Santa Lucía de Tirajana, Gran Canaria.
—
Puedes seguirme (si quieres) en Twitter (@lacronicaverde) y en Facebook (www.facebook.com/lacronicaverde)
Seguro que tienes más de uno. Olvidado en un cajón, arrinconado, inútil. Con un poco de (mala) suerte algún día harás limpieza y acabará en el cubo de la basura. Pero ese viejo teléfono móvil, obsoleto, es muy valioso si lo sabes utilizar bien. Parece una exageración, pero con él puedes ayudar a reducir la destrucción de la selva africana, la extinción de especies, a luchar contra la explotación infantil, a evitar sangrientas guerras inútiles.
Haz cuentas. En España hay más de 50 millones de móviles y menos de un 5% se recicla. Eso significa que 47 millones de teléfonos terminan en el vertedero o contaminando peligrosamente el medio ambiente. Un derroche que alimenta la extracción salvaje en África del coltán y la casiterita, valiosos minerales que hacen posible la tecnología de nuestros terminales, ordenadores y consolas; culpables de conflictos bélicos generadores de millones de víctimas y refugiadosen países como la República Democrática del Congo.
“Movilízate por la selva” es una campaña de reciclaje de móviles lanzada por el Instituto Jane Goodall España, con el apoyo de la primatóloga y conservacionista Jane Goodall, Premio Príncipe de Asturias 2003 y Mensajera de la Paz por Naciones Unidas.
Recicla tu móvil: Puedes reciclar gratuitamente tu/s móvil/es descargando la etiqueta pre-franqueada, pegándola en un sobre y mandándolo por correo sin costo alguno. También puedes dejarlo en un punto de recogida o solicitar recogida a domicilio. Descubre cómo hacerlo aquí. Podrás ganar apadrinamientos Chimpamig@s por un año. También puedes hacerte Agente Movilizador y ayudar a impulsar esta campaña.
Educación, desarrollo y conservación: Donando tus móviles (funcionen o no) colaboras con los programas de conservación llevados a cabo en Congo por el Instituto Jane Goodall: campañas de educación, plantaciones, proyectos de desarrollo sostenible y el mantenimiento del centro de rescate de chimpancés de Tchimpounga. Allí los chimpancés rescatados son atendidos por experimentados cuidadores, dirigidos por la veterinaria gallega Rebeca Atencia, y viven en grupos en un entorno natural, con salidas diarias al bosque, planeándose su futura reintroducción en la selva. Parte de su manutención se obtiene a través del programa de apadrinamiento Chimpamig@s.
—
Jane Goodall está estos días en España. Ha visitado Barcelona, Atapuerca y mañana da una conferencia en Madrid que podrá seguirse por streamingen este enlace.
—
Puedes seguirme (si quieres) en Twitter (@lacronicaverde) y en Facebook (www.facebook.com/lacronicaverde)
Toda la vida he escuchado en casa una divertida anécdota familiar. Un día vino a comer el jefe de mi padre, que se las daba de gourmet (además de chulo insufrible) y mi madre, como gran venganza, le preparó un guiso de caballo asegurándole que se trataba de novillo. El hombre salió encantado y mi madre aún se ríe de él, pues ofrecerle ese plato secreto le resultó mucho más repelente, y más vengativo, que darle gato por liebre.
Tradicionalmente, comer carne de caballo en España estaba relacionado con la pobreza y la necesidad. Por eso me ha sorprendido la noticia de que cada vez se consume más equino en nuestro país. Casi 15.000 toneladas el año pasado. Y no lo elegimos por ser más saludable y tener menos grasa, sino básicamente por ser más barato.
Su asequible precio está relacionado con algo aún más terrible. Ante la crisis económica y el aumento del precio de los piensos, lafalta de mercado de venta, alquiler o doma de los animales vivos ha provocado el repunte de su producción cárnica. En lugar de disfrutar con montar tan maravillosos seres los estamos enviando masivamente al matadero; los estamos convirtiendo en comida para perros o albóndigas de bajo coste.
Tristemente relacionado con ello es el reciente escándalo de las hamburguesas británicas e irlandesas, supuestamente de ternera, pero que en un alto porcentaje están hechas con caballo, casi seguro español. Aunque si allí ha llegado esa carne que nunca han comido, imagínense lo que puede haber en las nuestras. Prefiero no saberlo.
Se trata de una estafa al consumidor sin repercusión para la salud, pero para un inglés el engaño es mucho peor que el perpetrado por mi madre. En ese país perros, gatos y caballos son considerados queridas mascotas. Y nadie es tan salvaje como para comérselas.
Yo en el fondo tampoco. Veo en el supermercado carne de potro y se me saltan las lágrimas. ¿Comida de crisis? Por eso me estoy haciendo vegetariano.
—
Puedes seguirme (si quieres) en Twitter (@lacronicaverde) y en Facebook (www.facebook.com/lacronicaverde)
Me acaba de llamar mi madre. Ya ha encargado la merluza para la comida de Navidad. “De las gallegas”, me advierte. “No de esas que te venden en el supermercado a 5 euros el kilo”. Aprecio el gasto, aunque me queda la duda. ¿Serán de verdad gallegas o en realidad son de esas baratas de Argentina, Perú o Namibia camufladas como de Celeiro?
Mi madre no tiene duda de su origen noratlántico, como tampoco lo tiene su pescadera de toda la vida. Los científicos son más escépticos, especialmente después de comprobar con modernas técnicas genéticas que una tercera parte de esos pescados de altísima calidad son burdas falsificaciones vendidas a alto precio. Lo mismo ocurre con otras especies como el mero, el bacalao o el lenguado, en realidad perca del Nilo, abadejo, fletán, tilapia o panga. El fraude no se comete ni en las lonjas ni en las pescaderías. Lo realizan intermediarios sin escrúpulos. Pero lo sufrimos todos.
El problema es doble. Por un lado la crisis nos hace abrazar con entusiasmo productos con sospechosos bajos precios, ajenos a que nadie regala duros a cuatro pesetas. Pero por otro lado está la sobrepesca. De acuerdo con la alianza de organizaciones ambientalistas Ocean2012, si en enero Europa dependiera únicamente del pescado salvaje capturado en sus aguas, el suministro se acabaría a principios del mes de julio. En definitiva, queremos más y más barato, un binomio económicamente difícil y ambientalmente imposible.
Hay alternativa, claro está. Consumir pescado etiquetado con algún distintivo de calidad nos garantizará siempre la trazabilidad de su origen. Pero sobre todo es necesario leer la letra pequeña de la información que por ley debe acompañar a todo pescado, donde se indica especie, zona de captura, método de producción y si es fresco o descongelado. No seas merluzo. Conviértete en un consumidor precavido. O te darán gato por liebre y panga por merluza.
—
Puedes seguirme (si quieres) en Twitter (@lacronicaverde) y en Facebook (www.facebook.com/lacronicaverde)
Siempre lo hemos oído: El consumidor tiene la última palabra. E incluso más: Al consumidor no se le puede engañar. Pero es falso, al menos en alimentación. Y al menos en cuanto a algunos productos de calidad basados en razas autóctonas se refiere. Especialmente el jamón ibérico y los quesos.
En ibérico está claro que con la actual normativa nada es lo que parece. Muchos de esos cerdos no son pata negra, aunque tengan las patas negras, pues están cruzados con la norteamericana raza Duroc. Ni tampoco son bellota o de dehesa, pues una gran mayoría de esos que en las etiquetas ponen en pequeño como “de cebo” se crían en granjas industriales a base de piensos traídos de lejanos países, sin ver ni la luz natural ni saber lo que es un árbol y menos una encina o un alcornoque. Mucho cuidado con esos jamones baratos “pata negra” que ni son de cerdo ibérico ni han probado en su vida una bellota.
Lo mismo pasa con algunos quesos de oveja como el famoso del Roncal. Puro de oveja sí, pero ¿qué oveja? La carinegra Latxa, pensamos enseguida, esa autóctona criada desde hace siglos en los pastos pirenaicos. Pero no. Una reciente modificación introducida en la Denominación de Origen permite utilizar también leche de la raza Assaf, originaria de Israel y que en apenas 20 años se ha hecho mayoritaria en el campo español debido a su alta producción lechera. Vive en corrales y conoce los prados de oídas.
Lo último en trampas al consumidor me lo encontré esta semana en el supermercado. Venden quesos de ovejas “de cebo”, como símbolo de calidad, cuando sólo quiere decir eso, que los animales se ceban en corrales con vaya usted a saber qué piensos. Pero cuela y parece toda una delicatessen ¡Vaya morro!
Así llegamos al problema de siempre. Por mucho que queramos ser consumidores informados, al final nos engañan con la letra pequeña y la mercadotecnia manipuladora, empeñados en vendernos cerdos con acento americano y ovejas que hablan hebreo.
A no ser que optemos por el respaldo de nuevas etiquetas que certifiquen la autoctonía de unos alimentos de calidad que también hacen paisaje y mantienen biodiversidad, además de atesorar los sabores de nuestro pasado.
—
Puedes seguirme (si quieres) en Twitter (@lacronicaverde) y en Facebook (www.facebook.com/lacronicaverde)
El animal más peligroso de los océanos no es el tiburón, es el hombre. De hecho, la mayoría de las especies de escualos están en las últimas por culpa de dos curiosas modas nuestras. La primera es la supuesta sofisticación culinaria de comer sus aletas en sopa, arrojando el resto del animal moribundo al mar. La creciente demanda de este producto en Asia conduce muchas veces al aleteo (shark finning), una práctica derrochadora y cruel que apenas aprovecha entre el 2% y el 5% del cuerpo del tiburón, despreciando el resto. Según datos de Oceana, sólo Hong Kong importa al año más 10.000 toneladas de estos pobres animales, en su mayoría aportadas por pesqueros españoles.
La segunda moda consiste en aprovechar el aceite de sus hígados, ricos en Omega 3. Esto último está dando la puntilla a tiburones de profundidad de aguas frías, los más desconocidos y, ahora, más amenazados que nunca por barcos piratas que sólo aprecian sus entrañas.
Resulta paradójico que este comercio ilegal esté sustentado por sociedades como la nuestra, aparentemente concienciadas con la protección del medio ambiente pero extremadamente propensas a consumir productos milagro sin cuestionarse su origen o efectividad. Porque tampoco está muy claro que el aceite de hígado de tiburón sea bueno para la salud. Algunos estudios científicos advierten de su posible toxicidad, alergias y aumento de los niveles de colesterol en quienes lo consumen.
Sabemos que los ácidos grasos Omega 3, abundantes en el aceite de pescado, son inmensamente populares porque la investigación los ha relacionado con una reducción de las enfermedades cardiovasculares. Sin embargo, un reciente estudio no detectó tales beneficios entre personas con diabetes tipo 2. Así que, al menos para algunos, tampoco es tan milagroso.
Hay una solución más sencilla que matar tiburones para rellenar cápsulas de caros complementos alimenticios: comer sano. Incorporando a nuestra vida una dieta variada que incluya pescado azul y frutos secos como las nueces es más que suficiente para cubrir nuestras necesidades de ácidos grasos. Nos lo agradecerá nuestra salud y millones de tiburones.
—
Puedes seguirme (si quieres) en Twitter (@lacronicaverde) y en Facebook (www.facebook.com/lacronicaverde)
A muchos de nuestros emprendedores rurales les falla lo más importante. Hacen lo difícil, cuidar con mimo su producto, luchar contra viento y marea por sacar adelante un negocio familiar en época de crisis global pero también local, cuando un nuevo éxodo espanta a los pocos que aún seguían apostando por vivir en los pueblos; empeñados en cerrar los oídos a los cantos de sirena de las grandes ciudades y abrirlos tan sólo al canto de las alondras. Pero olvidan hacer lo fácil, saber vender bien sus productos, diferenciarlos de tanta oferta industrial, despersonalizada, ajena al paisaje y a la cultura del campo.
Un ejemplo ilustra esta carencia. Acabo de comprar carne ecológica. Es la única garantía que tengo de comer una carne sin tantos antibióticos como nos meten a diario de tapadillo en los filetes.
Mi primera sorpresa fue su origen. En Fuerteventura, donde vivo, no existen ganaderos ecológicos, pero ésta que compré viene de la isla de El Hierro, al otro extremo del archipiélago. Nada que ver con productos de kilómetro cero, pero como la que se vende aquí normalmente viene de Argentina o Brasil, algo hemos ganado.
La segunda sorpresa llegó de la mano del etiquetado y resultó mucho peor. Al considerable precio de 16 euros el kilo, tan sólo indicaba “lomo ecológico”. Como comprador me quedé en blanco. ¿Era vaca o cerdo? ¿Lomo alto o bajo? Pero como consumidor sensibilizado las preguntas fueron muchas más: ¿De qué raza es el animal? ¿Qué come habitualmente? ¿Dónde come? ¿Cómo vive y quienes le cuidan? Toda esa información inexistente me habría ayudado a pagar sin dolor esos 16 euros por lo que en Canarias llamaríamos una humilde “carne de componer”. Pero me quedé sin saber por qué era más cara y mejor que la que suelo comprar en el supermercado a 8 euros el kilo.
En pleno siglo XXI, en la sociedad de la información, todos estos datos son tan importantes como fáciles de comunicar al consumidor. Un folleto explicativo habría bastado. O mejor aún. Una sencilla página web, un blog gratuito y un código QR impreso en la etiqueta sería suficiente. Y necesario.
Porque en tiempos tan difíciles como los actuales toca reinventarse o morir. No hay más alternativas.
—
La Fundación Félix Rodríguez de la Fuente ha puesto en marcha el proyecto ConSuma Naturalidad. Échale un vistazo. Seguro que ayuda a productores y consumidores a poner en valor nuestra excepcional biodiversidad productiva.
—
Puedes seguirme (si quieres) en Twitter (@lacronicaverde) y en Facebook (www.facebook.com/lacronicaverde)
¿Son los alimentos ecológicos más saludables que los convencionales? La pregunta nos la hacemos cada día más gente. Y la respuesta nos ha llegado de la mano de una profunda revisión científica dirigida por investigadores de la Universidad de Stanford (USA). Por desgracia, su difusión en la prensa se tergiversó, concluyendo que
“tanto gastar un poco más en alimentación, tanto esmerarse en acudir a tiendas con conciencia, en buscar productos “más naturales”, y resulta que los alimentos orgánicos apenas son un poco más sanos”.
Extrañado, he acudido a la fuente original, el artículo publicado en Annals of Internal Medicine. Y lo que allí se dice es muy diferente.
Los científicos han analizado 17 estudios en humanos y 223 estudios en alimentos. Es cierto que no se han encontrando relaciones significativas entre alergias y tipo de comida. Que se han detectado niveles de pesticidas más bajos en la orina de los niños que consumen dietas orgánicas frente a las convencionales, pero no en los adultos. Se demuestra, sin embargo, que comer frutas y vegetales ecológicos reduce hasta un 30% la exposición a los plaguicidas. Respecto a las carnes, la contaminación bacteriana de pollo y cerdo es baja en ambos. Pero en la carne industrial la resistencia a los antibióticos es un peligroso 33% superior.
Concluye el estudio que los alimentos convencionales son tan nutritivos como los ecológicos aunque reconociendo que, sin sobrepasar los límites legales, nos aportan muchos más plaguicidas y bacterias resistentes. No estoy de acuerdo. En los orgánicos se aprovecha hasta la piel y se disfruta de unos sabores inigualables, por no hablar de su beneficio medioambiental en el agua, la fauna y la flora, además del apoyo a la producción local. ¿Son más saludables los alimentos ecológicos? Este estudio lo confirma ¿no te parece?
—
Puedes seguirme (si quieres) en Twitter (@lacronicaverde) y en Facebook (www.facebook.com/lacronicaverde)
Algunos medicamentos usados para tratar enfermedades en los humanos son ampliamente utilizados en animales sanos como mera prevención. En la actualidad se emplean más antibióticos en veterinaria que en medicina. Como media, para producir un kilogramo de carne se utilizan en Europa 100 miligramos de antimicrobianos.
Este abusivo gasto de medicamentos se realiza sin necesidad y sin tener una constatación probada de su efectividad. Lo único demostrado es que debido a tal abuso se ha disparado la resistencia inmunológica de los animales a enfermedades que también sufrimos los humanos. Según los expertos de la OMS, es posible que cepas de bacterias con genes de resistencia puedan transferirse de animales a personas por medio de los alimentos. El riesgo es evidente. Si enfermamos con esas cepas resistentes, los antibióticos tradicionales no nos servirán para nada.
Como explica el Dr. Klaus Stöhr, científico de la OMS,
el generalizado uso de los antimicrobianos en la agricultura y la ganadería plantea graves preocupaciones, pues algunas de las bacterias resistentes de reciente emergencia en los animales se transmiten a las personas, principalmente por los alimentos de origen animal o por el contacto directo con animales de granja. Tratar las enfermedades provocadas por esas bacterias resistentes en las personas resulta más difícil y costoso y, en algunos casos, los antimicrobianos disponibles no son ya eficaces.
Reforzando esta preocupación, The Washington Post informaba hace unas semanas de la larga batalla legal emprendida por grupos de salud y de defensa del consumidor que demandaron al gobierno norteamericano por permitir el uso de grandes cantidades de antibióticos y otras medicinas en la producción ganadera. Allí un tribunal federal ha ordenado revisar la decisión de autorizar el uso de ciertos antibióticos en la alimentación animal. En el fallo el juez reconoce que a pesar de que desde hace más de tres décadas se sabe que su empleo plantea riesgos para la salud de los seres humanos, se ha hecho “asombrosamente poco” para evitarlo.
Frente al medicamentazo español, empeñado en reducir el gasto farmacéutico, en la ganadería se mantiene un abusivo gasto de medicamentos sin necesidad y sin tener una constatación médica probada de su efectividad e inocuidad. Un problema que pagamos todos en cada filete consumido. Y sufrimos todos.
—
Puedes seguirme (si quieres) en Twitter (@lacronicaverde) y en Facebook (www.facebook.com/lacronicaverde)
Soy geógrafo, naturalista, escritor, periodista y miembro de la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente. He trabajado una década en la Estación Biológica de Doñana y sigo haciéndolo con SEO/BirdLife, pero por encima de la investigación me entusiasma la interpretación de la naturaleza y la educación ambiental. También la divulgación científica. Desde 2004 trato de contagiaros esta pasión por la conservación de la biodiversidad a través de mis columnas en 20 Minutos, un observatorio pendiente (y crítico) del discurrir de la vida.
Comentarios recientes