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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

Saramago lucha contra el cierre de una pequeña librería

El Premio Nobel de Literatura José Saramago es tan grande que sabe apreciar lo pequeño.

Referente cultural para toda una generación desorientada, nos sorprende ahora apoyando con todas las fuerzas de su brillante escritura a Caligrama, una minúscula librería de Fuerteventura con tan sólo dos años de existencia. Con su carta trata de evitar el cierre inminente de un comercio de libros concebido como revulsivo cultural de una pequeña ciudad, Puerto del Rosario (30.000 habitantes), a cuya sombra se han celebrado más de un centenar de actos de todo tipo. Porque como señala el escritor luso, si “vender libros es una noble tarea, convertirse en un foco de divulgación cultural es toda una épica“.

Desde su refugio en Lanzarote, Saramago vuelve a apoyar una vez más a la vecina Fuerteventura, criticando de nuevo la dejadez de nuestro tiempo,

“que pudiendo ser de mucho y de muchos va siendo embrutecido y narcotizado hasta que quienes lo habiten no consigan expresar ideas, porque sólo tendremos eslóganes publicitarios para irnos gobernando”.

Al mismo tiempo reivindica la cultura como “una forma de estar en el mundo, de mirar y de ver”, aunque, reconoce, ésta “ahora se desprecia o simplemente, se ignora”.

Reconozco mi debilidad por este gigante de la Letras. Gracias a él nuestro mundo es, si no un poco mejor, sí al menos más vivible. Por eso a continuación os incluyo íntegro este maravilloso texto del genial José Saramago. Para disfrutarlo. Para meditarlo. Para agradecerlo.

Hace años, un ministro nazi, cuyo nombre no vamos a escribir, dijo que oía la palabra cultura y se echaba mano al cinto. En el cinto llevaba un revolver de matar, seguramente usado más de una vez. Usado para matar, claro.

La cultura no tiene buena prensa. Es verdad que ya no se mata a quien lleva un proyecto cultural bajo el brazo, ahora se le desprecia o, simplemente, se le ignora, que es más eficaz y más “limpio”.

La cultura le interesa a nuestra sociedad menos de un uno por ciento, que es lo que las administraciones públicas suelen destinar a esta partida cuando elaboran sus presupuestos. No valen las reivindicaciones grandilocuentes, las ampulosas declaraciones para quedar bien un día en un titular de un periódico: lo importante es medir el día a día, la aplicación de criterios a la hora de gobernar o de elegir a nuestros gobernantes, porque ¿alguien mira qué proyectos culturales presentan los distintos partidos para aumentar la calidad de vida de los ciudadanos?

Cultura no es un enunciado vacío de contenido. No es solo libros o pintura, no es música ni buena arquitectura, cultura es una forma de estar en el mundo, de mirar y de ver. Una persona culta sabe quien es, se respeta y respeta a los otros. Sin embargo la cultura no es un objetivo, quizá porque el objetivo sea que la sociedad esté poblada por personas ciegas. Por eso hay valores que no forman parte de la vida pública ¿cuánto pesa en el voto de cada uno el respeto por lo que somos? ¿Y nuestra memoria? ¿Y nuestro idioma y su valor para comunicar ideas y sentimientos? ¿Cuánto mide el conocimiento del otro, la indagación de sus particularidades para asumirlo como semejante? ¿Cuánto, a la hora de votar, o de pedir el voto, pesan las bibliotecas, que son hospitales del espíritu, los teatros, para decir, oír, interpretar y así sentirnos miembros de una comunidad? No parece que estas interrogantes sean tenidas en cuanta y sin embargo, son importantes.

La cultura nos da satisfacciones porque nos hace reconocernos los unos a los otros con nuestras diferencias y nuestros respectivos bagajes, nos eleva sobre del encefalograma plano que parece definir nuestro tiempo, tiempo que pudiendo ser de mucho y de muchos va siendo embrutecido y narcotizado hasta que quienes lo habiten no consigan expresar ideas, porque sólo tendremos eslóganes publicitarios para irnos gobernando.

Por estas y otras muchas reflexiones, que se escapan a la rapidez de un escrito urgente, la cultura es necesaria. Y la labor de las entidades que se aplican a ensanchar el mundo cultural, también.

La Librería Caligrama es un ejemplo de qué hacer cívico. Si vender libros es una noble tarea, convertirse en un foco de divulgación cultural es toda una épica. Quizá las librerías como Caligrama sean las universidades de nuestra época. No otorgan titulación alguna pero habilitan, con su actividad y sus propuestas, para vivir la vida. Que es lo importante.

José Saramago

3 comentarios

  1. Dice ser Patricia

    Es un alivio saber que hay personas que como Don José, mantienen una coherencia así: son las que nos ayudan a pensar. Y un placer que su diario preste atención a este tipo de noticias pequeñas y recónditas.Un saludo.

    17 Abril 2008 | 09:28

  2. Dice ser Luis

    Es la genialidad tratando de educar a los bárbaros. Resulta enriquecedor, sin duda, pero por otro lado penoso. Es triste que un autor como Saramago deba clamar en este erial sin que otros levanten la voz. Más todavía después de ver el espectáculo de la presentación del libro de Ruiz Zafón ayer.

    17 Abril 2008 | 09:56

  3. Dice ser Fino

    “La cultura le interesa a nuestra sociedad menos de un uno por ciento”Con esto se dice, lo dice todo… apaga y vamos nos

    17 Abril 2008 | 22:58

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