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‘Mujeres trinchera’ en Colombia: cuando tu cuerpo es un arma de guerra

Luz Marina Becerra, María Eugenia Urrutia y Blanca Nubia Díaz (de izda. a dcha). Tres mujeres víctimas de la violencia en Colombia. Ahora, activistas.

Luz Marina Becerra, María Eugenia Urrutia y Blanca Nubia Díaz (de izda. a dcha). Tres mujeres víctimas de la violencia en Colombia. Ahora, activistas.

Hoy me enfrento por primera vez a las notas que tomé en Bogotá hace seis meses, durante un viaje organizado por Oxfam Intermon, un recorrido monográfico por la violencia sexual contra las mujeres en Colombia en el marco de un conflicto armado que dura casi 50 años.

Una guerra. Sin más. Sin menos. Con sus muertos, desplazados, familias rotas. Con sus miserias; las que se ven y las que se entierran bajo una lápida. Con sus armas; las evidentes y las que no portan munición en forma de metralla. Con su utilización de las mujeres como estrategia bélica, tan terriblemente eficaz como vehículo de terror colectivo e individual que se repite en casi cualquier conflicto conocido, desde el génesis de la antigua Roma (recuerden la leyenda del rapto de las sabinas), a los ya más recientes de Bosnia, Ruanda, Congo, Sierra Leona o la propia Colombia.

Las mujeres como trinchera de guerra, parapetos defensivos para construir un ataque al enemigo a base de su humillación, su sometimiento, controlando sus cuerpos como señal de dominación; violándolos, mutilándolos, torturándolos… porque son ‘propiedad’ de otros, y desde esa perspectiva constituyen un simple y perverso botín con el que desestabilizar al colectivo oponente. Pura mercancía; puro instrumento.

Solo hay una diferencia entre las mujeres víctimas de entonces y las de ahora: aquellas vivían, sufrían y morían en silencio; pero hoy muchas de las que han sobrevivido al horror han tomado las riendas de sus vidas, luchando por que sus historias se conozcan, por que los delitos cometidos contra ellas no queden impunes, por que su dignidad y la de otras quede intacta y no vuelva a ser objetivo bélico en ningún rincón del mundo. Muchas de ellas lo han perdido todo, y aun así arriesgan su vida de nuevo en esta lucha.

Estas son las mujeres que conocí en Bogotá. Fuertes, valientes, ejemplares, sólidas, “berracas”, como ellas mismas dicen. Con hijos, sin ellos, de origen humilde, de clase media, desplazadas, bogotanas. Negras, indígenas, blancas. Mujeres que abrazan y se dejan abrazar, que lloran y comprenden el llanto ajeno, por eso saben que no hay que ponerle freno. Mujeres de mirada limpia que dan las gracias por nada, por unos minutos de escucha, de acompañamiento en su sufrimiento, en su proceso de cura. Mujeres con historias tan terribles a sus espaldas que produce sonrojo sentir dolor al releer las notas con sus testimonios.

Una decena de mujeres compartieron estas vivencias con nosotros en Bogotá. Son ‘solo’ el 0,002% de las 489.687 víctimas que fueron objeto de la violencia sexual entre 2001 y 2009 en ese marco del conflicto armado colombiano. Un 0,002% que tiene nombre: Rosalba, Blanca, María Eugenia, Luz Marina, Johana, Nora, Jennifer, Yovana, Jineth… Un 0,002% que da sentido a la palabra ‘empoderamiento‘.

Porque sacan fuerzas de algún sitio del que solo ellas deben de tener la llave y se ponen al frente de otras mujeres para ayudarlas a salir de un agujero al que otros las arrojaron; para hacerlas entender que no están solas, que ellas no tienen la culpa, que sus cuerpos son bellos porque son suyos y de nadie más, incluso mutilados, incluso torturados; que los asesinos de sus hijos pueden y deben ser capturados, al igual que sus violadores y torturadores; que juntas solo pueden sumar; que solo juntas podrán evitar que sus hijas, sus vecinas y sus compatriotas tengan que pasar por su mismo doble calvario: el de la agresión y el de esa impunidad que alcanza cotas sobrecogedoras en Colombia, inasumibles, inaceptables, insoportables.

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A quienes vamos y regresamos, a quienes en seis meses olvidamos sus nombres y los detalles de las narraciones de sus vidas, a quienes borramos sin quererlo sus timbres de voz, el calor de sus abrazos, la amargura de sus lágrimas, a quienes seguimos con nuestras vidas a más de 8.000 kilómetros de distancia… A nosotros solo nos queda obligarnos a releer nuestras notas cada poco tiempo para volver a sentir aunque sea una millonésima parte de ese dolor, e intentar esculpir con palabras, una y otra vez, el relato de sus vidas para que entendamos y hagamos entender que la lucha por su dignidad es la batalla por la dignidad de todos. Es lo único que ellas nos piden: “¡Cuéntelo!”.

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Tras dudar mucho sobre el género periodístico que debía utilizar para contar la historia de estas ‘mujeres trinchera’, me decidí por hacerlo de una manera más personal en este blog. La razón es sencilla: no soy buena reportera. Me cuesta alejarme de las historias, poner tierra de por medio, aparcar sentimientos y emociones cuando soy yo quien tiene que narrarlas. Los derroteros profesionales me han llevado por caminos muy diferentes al del periodismo que hace años deseaba para mí misma, el del narrador solo ante su historia, capaz de construirse a sí mismo a partir de las vidas ajenas, hábil para tejer un relato con retazos bien escogidos, para desarrollar esa especie de ‘periodismo patchwork’ que protege o desprotege a quien lo lee, que puede transmitir la calidez más confortante o el frío más glacial solo con palabras que tan pronto te cubren y arrullan, como te descubren y desnudan. Por eso encuentro refugio en los textos de otros; por eso leo, no sin cierta envidia y con enorme admiración, a periodistas como Ramón Lobo, Jon Lee Anderson, Bru Rovira, Jordi Pérez Colomé, Leila Guerriero, Olga Rodríguez y alguno más. Por eso les recomiendo que no se queden solo con este post, y que lean y se dejen empapar por estos dos extraordinarios reportajes de Ander Izagirre, con quien compartí algunas de las experiencias que acabo de relatar. En ellos refleja excepcionalmente bien lo que yo solo he sido capaz de esbozar aquí:

2 comentarios

  1. Dice ser Nidia Paz Martinez

    Desde Panamá frontera con Colombia, hemos visto a través del Programa para Refugiados donde he laborado, la incapacidad del Estado panameño para brindar a estas mujeres refugiadas, desplazadas y sus núcleos familiares un futuro digno y una real integración; ni que decir de Colombia que ha contribuido a perpetuar el estado de situacion

    01 Abril 2014 | 22:13

  2. vperez

    Hola, Nidia. Desgraciadamente hay demasiados frentes abiertos con este asunto. El del desamparo de las desplazadas a países fronterizos es sin duda uno de ellos. Gracias por su comentario.

    02 Abril 2014 | 10:25

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