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El cielo sobre Tatooine

Un travelling por el cine más actual con flashbacks al clásico.

Archivo de la categoría ‘Sunset Boulevard’

Han pasado 41 años, Travis, y todo sigue igual (‘Taxi Driver’, 1976)

Sunset Boulevard

Taxi Driver 1976

( ©Sony PIctures )

Travis desenfunda el arma frente a su propia imagen reflejada en un espejo mientras ensaya la frase “¿Me estás hablando a mí?” (You talkin’ to me). Más adelante se cortará el pelo al estilo de los indios tomahawk; o ensangrentado, se apuntará a la sien con el dedo a modo de arma (como seguramente su creador, Schrader, se habría imaginado a sí mismo mil veces antes), deseando desaparecer. La soledad, la depresión y una sociedad que uno siente le ha fallado parieron a Travis Bickle, todavía una de las figuras cinematográficas más icónicas y controvertidas. Excombatiente de Vietnam reconvertido en un insomne que aprovecha su trastorno de sueño para trabajar como taxista. Un pobre diablo adicto a los cines porno, un desgraciado al que temer u odiar, alguien que espera que algún día “la lluvia” limpie las calles de todas la escoria que la habita: prostitutas, macarras, ladrones, asesinos, yonkis y corruptos; alguien ansioso por apretar el gatillo contra algún objetivo humano.

Está el Travis reaccionario, racista, neurótico y paranoico. Un perturbado mental en una sociedad igualmente enferma en una década, los setenta, donde en cine triunfaban otros justicieros urbanos del calibre del Harry el sucio interpretado por Clint Eastwood o el justiciero Paul Kersey encarnado por Charles Bronson, todos ellos trazando su recorrido por el infierno situado aquí en la Tierra. Pero a la vez está el Travis lleno de pureza y buenas intenciones. también el patán ignorante, el hombre obsesivo y algo corto de entendederas o el soñador que fabula (escribiendo cartas a sus padres) con lo que querría que fuera su propia realidad. Estremece por la facilidad con la que nos repele o atrae, con la que podemos llegar a detestarle o amarle porque también está la otra cara de la moneda. Ingenuo, inocente, alguien que pide cariño en su silenciosa angustia.

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No hay lugar para los segundones (‘Top Gun’, 1986)

Top Gun 1986

( ®Paramount )

“Caballeros, en esta escuela se aprende a combatir. No hay premio para el número dos”. Lo decían, muy chulos ellos, en Top Gun. Y puede que la frase hoy en día no tenga nada de leiv motiv. En estos tiempos de crisis, también de valores, la lucha es otra. Lo importante es sobrevivir, ir haciéndose un lugar en el mundo, aunque uno no sea el mejor.

Pero entonces, las consignas de Top Gun, lideradas por su gurú y fuera de serie “Maverick” (Tom Cruise), fueron recibidas de otra manera. No solo fue un taquillazo en medio mundo sino que también lanzó el estilismo que más ha perdurado de las chupas de cuero militares, potenció la venta de gafas Ray-Ban y multiplicó por cinco los voluntarios que se apuntaron a formar parte de las Fuerzas Aéreas de la Armada de Estados Unidos.

Tony Scott plasmó unas prodigiosas imágenes aéreas y una filosofía de vida tan sencilla como efectiva. Top Gun invitaba a ser el número 1, al buen rollismo entre compañeros, a defender la patria de los enemigos externos. Y todo ello recompensado con el ligarse a la rubia más impresionante del lugar (aquí materializada en Kelly McGillis), que además no tenía nada de tonta. El sueño de todo machote ¿hetereosexual?

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40 años de ‘¿Quién puede matar a un niño?’ (1976)

¿Quién puede matar a un niño? 1976

El pasado fin de semana volví a ver ¿Quién puede matar a un niño? No era para menos, este martes, 26 de abril, se cumplen 40 años de su estreno. Debo reconocer que cuando la visioné por primera vez, hace ya tiempo, no me gustó especialmente. Entonces seguramente no supe valorarla, o no estaba con la suficiente predisposición para apreciarla, porque cuatro décadas no solo me ha subyugado sino que me ha parecido que sigue manteniendo intactas sus cualidades.

Está ese aire setentero, y sus posibles defectos, para este relato en el que predominan las escenas con la pareja protagonista paseándose entre calles y estancias desiertas de una pequeña localidad costera, en las que no hay nadie; o sí, solo niños, y en la que los adultos parecen haber desaparecido repentinamente. Largas escenas plagadas de silencios, truncadas por ruidos puntuales, una llamada de teléfono, persianas que se cierran, extrañas risitas infantiles. Lejos del ritmo narrativo que uno esperaría hoy en día y, sin embargo, tanto la historia como la planificación de Narciso “Chicho” Rodríguez Serrador continúa siendo estupenda.

Hace 40 años la idea de unos niños asesinos resultaba tan aterradora como desconcertante; la infancia está más relacionada con la inocencia que con los actos atroces pese a que los niños, en su ingenuidad, no dejan de ser crueles. La temática tenía sus antecedentes, aunque escasos: El otro (1972), A las nueve cada noche (1967), Suspense (1961), El pueblo de los malditos (1960) o La mala semilla (1956); pero “Chicho”, basándose en la novela El juego de los niños, escrita por el gijonés Juan José Plans, le dio otra vuelta de tuerca plasmando una de las obras más emblemáticas del “fantaterror” español.

Un matrimonio británico, Evelyn (Prunella Ransome) y Tom (el actor australiano Lewis Fiander), ella embrazada de casi 7 meses y esperando su tercer hijo, viajan a un isla llamada Almanzora, cercana a Benavís, una población igualmente ficticia de la provincia de Tarragona (cerca de L’Ametlla de Mar), esperando pasar unas vacaciones al sol y, sobre todo, lejos del mundanal ruido. Calma y remanso. Sin embargo, en ese islote acaba de ocurrir un trágico suceso que pondrá patas arriba su escala de valores, el orden de las cosas y sus propias vidas.

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‘Marathon Man’ (1976), un modelo ejemplar de thriller

Marathon Man 1976

Un hombre inocente, envuelto en una trama de crímenes y conspiraciones en la que se ha involucrado accidentalmente, corriendo por salvar su vida.

El título de Marathon Man, la película de John Schlensinger adaptando la novela de William Goldman, junto a la imagen de Babe Levy (Dustin Hoffman) corriendo me ha parecido siempre una ilustración perfecta de la imagen icónica de lo que es el thriller. Al igual que la de Roger Thornhill (Cary Grant) siendo perseguido por una avioneta en Con la muerte en los talones (North by Northwest) de Hitchcock. Ambas son emblemáticas.

Un Dustin Hoffman de por entonces 38 años interpretó a Babe, un joven estudiante de Historia de ¡20 años! que desconocedor de las actividades secretas de su hermano Doc (Roy Scheider), como agente del gobierno, se verá metido en una peligrosa trama de avaricias y en la que el malvado de la función está inspirado en uno de los grandes villanos de la Historia del siglo XX, el doctor y criminal de guerra nazi Josef Mengele, conocido con el apodo de “El ángel de la muerte”.

Marathon ManEn la novela de Goldman, Mengele se transfiguró en el no menos sádico dentista Christian Szell (Laurence Olivier), también con otro sobrenombre, el de “El ángel blanco” por su larga cabellera. El duelo interpretativo entre Hoffman y Olivier estaba servido.

Precisamente al malvado Szell se le debe la que es la escena más recordada. La de la tortura dental, directa a tocar el nervio más sensible en la boca de Babe, acompañada de la pregunta “¿Están a salvo?” (“Is it safe?”) que repite de manera fría y autoritaria en su brutal interrogatorio. Babe – en esos instantes, al igual que el espectador -, desconoce a qué se refiere.

El sólido thriller de John Schlesinger traza un panorama desolador y conspiranoico de Nueva York con barrios marginales plagados de delincuentes, personajes que esconden otras identidades, traidores y gentes nada de fiar (entre ellos, el que interpretó la actriz Marthe Keller).

También debe parte de su fama a un elemento técnico, por ser uno de los primeros largometrajes comerciales en utilizar el estabilizador de cámara steadycam inventado por Garret Brown. Se uso por primera vez en un largometraje comercial hollywoodiense en Esta tierra es mi tierra (Bound of Glory, 1976), aunque fueron películas como Marathon Man, Rocky de John G. Avildsen o El resplandor de Kubrick las que lo popularizaron.

 

Puntuación:

Icono 8

 

 

‘Ámame esta noche’ (1932), y dos secuencias musicales clásicas que no deberías perderte

Amame esta noche 1932

Como ya saben, en 1927 a Al Jolson se le oyó hablar y cantar en El cantor de jazz (The Jazz Singer), el largometraje que revolucionó el cine por ser el primero destinado al gran público, en plan masivo, con sonido. A partir de ese momento las estrellas del cine mudo tuvieron que adaptarse o desaparecer si su voz o ademanes interpretativos (ya no era necesario que gesticularan tanto) no resultaban del todo gratos a los espectadores.

El público en su gran mayoría, y sobre todo en Estados Unidos, empezó a asociar cine con musical. En los años siguientes prácticamente toda película que deseara ser comercial debía de contener tanto una subtrama romántica como escenas musicales.

Pero si El cantor de jazz, dirigida por Alan Crosland, era una película plana,  más bien mediocre, otros como Rouben Mamoulian innovaron en el lenguaje cinematográfico. Ámame esta noche (Love Me Tonight, 1932) vista hoy también puede parecer obsoleta, aburrida o previsible;  y lo es… pero en su momento experimentó con la variedad de planos y travellings, con bellísimos montajes visuales, con el ralentí o acelerando las imágenes.

En Ámame esta noche el pueblo llano se retrataba de manera viva y trabajadora, mientras que la nobleza recibía un tratamiento de decadencia, representando por viejos y muertos. Y dispuestos a romper barreras, sus protagonistas eran un pícaro sastre (Maurice Chevalier) y una princesa joven y bonita, la viuda de un hombre de ¡75 años! la muy… astuta (Jeannette MacDonald).

Un hombre de la clase baja y una mujer de la alta alcurnia destinados a conocerse y enamorarse entre canción y canción en esta especie de cuento de hadas. Para aumentar las dosis de picardía en ese Hollywood precode (antes de la aplicación de la censura del Código Hays, a partir de 1934), ella tiene varias escenas en camisón, y él le canta más de una canción con doble sentido sexual.

La secuencia inicial es magistral. El despertar de un barrio de París progresivamente y al compás de los sonidos característicos del lugar creando una singular melodía. Un prodigio de imaginación, y de como relacionar imágenes con música. Todo un descubrimiento para los que no la conozcan. Una oportunidad más de rememorarla para los que hayan visto la película.

Son poco más de 3 minutos extraordinarios.

 

 

El segundo video corresponde a otra de las secuencias inolvidables. Ilustra como una canción pegadiza, en este caso Isn’t romantic?, o séase ¿No es romántico? (con música original de Richard Rodgers y letra de Lorenz Hart), podría convertirse también en esa época en un éxito viral. A partir de su “espontánea” gestación en un local de un rincón anodino  trascendía fronteras y se convertía en todo un hit reversionado de varias formas (además conectaba por primera vez, y sin ellos saberlo, románticamente a los personajes de la MacDonald y Chevalier).

La secuencia, única en su momento por la novedad que suponía también el montaje de canción e imágenes, dura un poco más, casi 6 minutos, pero es impagable ¡y además lleva subtitulos en español!

 

 

 

‘Sin conciencia’ (1951), un Bogart poco conocido pero memorable

Sin conciencia 1951

Lo advertí en el primer post, el de presentación. Aquí en El cielo sobre Tatooine voy a dar amplia cabida al cine denominado “clásico” (luego ya pondré algún desnudo de Scarlett Johansson para compensar el descenso de visitas). Esas pelis viejunas de hace 20 años o más, muchas de ellas realizadas en blanco y negro, incluso mudas, en colores desgastados o versiones restauradas (y es que yo, cuando veo que aparece un blu ray de un clásico que me gusta con las palabritas “edición restaurada” o “remasterizada” no vean como me pongo).

Tengo la (fallida) teoría de que quien ama de verdad, con el corazón, el cine ama a los clásicos. También otra, que no es mía, pero me la apropio, de que el cine clásico debería  empezar a verse desde nuestra más tierna infancia para que perdure en la generaciones venideras, pegado a nuestros recuerdos de pequeñitos, a nuestra particular educación sentimental y vivencias como una antigua serie o canción de antaño. Así que este post esta también dedicado a todos los niños y niñas a partir de 3 o 4 años, aunque no la película que recomiendo en sí, que es de cine negro norteamericano y se les escaparían matices.

Cuando se habla de grandes obras maestras del noir o de las mejores películas de Bogart, nadie (al menos que conozca) acostumbra a citar Sin conciencia (The Enforcer, 1951). El director acreditado es Bretaigne Windust, pero los cronistas aseguran que a los pocos días dejó el rodaje y se hizo cargo el maestro Raoul Walsh.

Hay varios aspectos impactantes en Sin conciencia. Uno de ellos es la idea de que la trama criminal gire alrededor de una banda de crimen organizado que se dedica a cometer asesinatos por encargo, con términos tan profesionales como referirse a “contrato” por el pedido y “objetivo” a la víctima (“contract” y “hit” en el original en inglés). El asesinato perfecto, sin móviles ni conexión entre unas víctimas y otras. Sólo la de sus variopintos clientes que pagan suculentas sumas de dinero por los servicios. Una empresa entregada al negocio de matar e inspirada en hechos reales.

Sin concienciaNaturalmente esto no nos parece nada nuevo, sobre todo hoy en día. Es más, sería ridículo calificarlo de original o sorprendente. Pero en ese Hollywood en blanco y negro de a inicios de la década de los cincuenta del pasado siglo, la propuesta se presentaba como totalmente novedosa, o al menos para el cerebro de esa banda de asesinos, Mendoza (Everett Sloane).

Todo ha cambiado mucho y el espectador ha perdido su ingenuidad por el camino (o la ha cambiado por otro tipo de ingenuidad). Pero el otro aspecto continúa siendo igual de excepcional, antes y ahora: el tratamiento oblicuo, sin mostrar, de esas muertes. Apenas veremos un par de cadáveres en pantalla, nunca un asesinato en primer plano o plano general y, pese a ello, un par de escenas forman parte de lo mejor que ha dado el cine negro en su brillante época dorada.

Una de ellas es la “ejecución” de un inocente taxista en una barbería (y quedaban aún años para que El Padrino irrumpiera con toda su fuerza en las pantallas), cortando la escena en el momento justo. La otra, impresionante, nos muestra un montón de zapatos, viejos, enfangados y esparcidos en una mesa; el único vestigio que queda de la cantidad de víctimas que la organización homicida ha cometido a lo largo de sus años de fechorías. Su “enterrador” hacía desaparecer los cuerpos en un pantano. Toda la vida de esas personas y el dolor de su aparición que debió de significar para los que les conocían resumido, ejemplarmente, en el horror de ese encuadre.

Es además una de las mejores interpretaciones de Humphrey Bogart, un representante de la ley local llamado Martin Ferguson en su lucha desesperada, con las horas contadas de una sola noche, ante la repentina muerte de su principal y único testigo, para hallar la prueba o el testigo que permita llevar a la silla eléctrica al despiadado Mendoza. Y una oportunidad más de ver a ese gran secundario que fue Zero Mostel, aquí como ‘Big Babe” Lazick, aparentemente un respetable ciudadano, y en su otra faceta un empleado dispuesto a ganar dinero fácil aunque sea matando.

Lo sublime también es que en menos de hora y media logre condensar un relato tan trepidante y cargado de información, sin que resulte denso ni difícil de seguir, recurriendo a un breve flashback seguido de un largo flashback (con Ferguson repasando todo los informes que tiene sobre el caso para intentar dar con esa prueba), y un final que sin duda haría las delicias del mismísimo Hitchcock. De hecho el director de fotografía fue el no menos genial Robert Burks, el preferido de Hitch desde Extraños en un tren, también de 1951.

Puntuación:

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