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El cielo sobre Tatooine

Un travelling por el cine más actual con flashbacks al clásico.

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10 carteles de clásicos de Disney como si los hubiera dibujado Tim Burton

Blancanieves - Andrew Saturov (portada)

( ©Andrew Tarusov )

Oscuros. Góticos. Siniestramente bellos y sugerentes. Disparando nuestra imaginación a mil. El ilustrador Andrew Tarusov ha publicado en su cuenta de Facebook 10 carteles de largometrajes Disney reimaginados siguiendo el estilo de Tim Burton. El resultado es sorprendente.

Tarusov, originario de la ciudad rusa de Rýbinsk, residente en Los Angeles, ya había indagado en el universo Disney en su colección de posters de princesas reconvertidas en sexy y  juguetonas pin-ups, su especialidad conjuntamente con los comics. En su serie dedicada también al director de Eduardo Manostijeras podemos contemplar  a un Bambi que nos mira con enormes ojos, La bella durmiente en un escenario que parece más propio del de una obra sobre el Dr. Frankenstein o la famosa imagen de Rafiki con el recién nacido Simba, en la cima de una colina en El rey León, como si fueran los parajes de Pesadilla antes de Navidad.

Tim Burton, el chico que cuando aún era un desconocido fue despedido por Disney porque sus dibujos eran demasiado lúgubres y que con el tiempo ha llegado incluso a dirigir superproducciones para la factoría de Tío Walt. Gracias al arte y talento de Tarusov, ahora más unidos que nunca.

(Nota: carteles publicados sin el código de enlace directo de Facebook para facilitar la carga en el navegador)

También puedes ver estos posters y votar por tu favorito en la lista creada por Rafacda2.

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Vídeo: Tim Burton y sus influencias del cine expresionista alemán

Eduardo-Manostijeras

Si por algo ha logrado destacar y marcar huella es por su estilo y universo personal. Pero, Tim Burton también le debe parte de su inspiración a aquellas películas con las que creció y le marcaron. Entre ellas, y más sabiendo el mundo de fantasía y originalidad, de sueños y pesadillas, gótico y lleno de claroscuros al que le encanta adentrarse Burton, inevitable es la mención a los clásicos del expresionismo alemán durante la etapa del cine silente.

El gusto por los decorados, artificiales e imaginativos, desafiando formas y físicas; o  sus personajes extravagantes, monstruos y hombres encontraron su espacio abonados por la más fértil creatividad en obras maestras del calibre de Metrópolis (Fritz Lang, 1927), El gabinete del Doctor Caligari (Robert Wiene, 1920), Nosferatu y Fausto (ambas de F.W. Murnau, y fechadas en 1922 y 1926 respectivamente).

Y atención, ensayos que antes daban para extensos y sesudos escritos ahora, a través de Internet, y gracias a las nuevas tecnologías, cada vez más pueden encontrarse en formato audiovisual. Con las copias restauradas o de imagen impecable de blu-rays y un buen programa de edición por ordenador se pueden plasmar trabajos increíbles. En este aspecto, de momento, Vimeo se está llevando la palma, una plataforma que está agrupando a numerosos cinéfilos y artistas deseosos de dar a conocer sus vídeo ensayos a todo el mundo, como esta pieza de 3 minutos elaborada por el editor y usuario Sem Lei y titulado Tim Burton: A German Expressionism Influence.

 

 

Christopher Lee, príncipe de las tinieblas

Dracula Prince of Darkness - Christopher Lee

Tuvo varios nombres: Saruman, conde Dooku, Scaramanga o Lord Summerisle. El suyo, el real, era Christopher Frank Carandini Lee, pero para la mayoría del público el inglés Christopher Lee era sobre todo “Drácula”.

En 1958 la mítica productora británica Hammer estrenaba Drácula (Horror of Dracula), y su éxito hizo que dos años después llegara un secuela, Las novias de Drácula (The Brides of Dracula) que a pesar de contar con el mismo director, el no menos mítico Terence Fisher, y también con Peter Cushing repitiendo como el incansable cazador de vampiros Van Helsing, no cuajó entre los espectadores. Lee se había caracterizado un año antes del estreno de Dracula como el monstruo de La maldición de Frankenstein (The Curse of Frankenstein, 1957), pero mostrando su rostro y colmillos ataviado con su funesta capa se había erigido en el único sucesor de Béla Lugosi y ganado definitivamente el favor del público.

El que no estuviera en Las novias de Drácula parece ser que se debió a los conflictos con sus honorarios. Por la película de 1958 sólo habría cobrado 750 libras (unos 1.037 euros) y a cambio había dado ingentes beneficios en taquilla, con más de 25 millones de dólares (unos 22,3 millones en euros de por entonces). Sin embargo, la Hammer tuvo que volver a recurrir a él para que estuviera en Drácula, príncipe de las tinieblas (Dracula: Prince of Darkness, 1966). O eso o no había más dráculas.

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¡Esos machitos de los 80! Lo que fueron y lo que son

Hace alrededor de 30 años hacían suspirar a millones de corazones de todo el mundo. Algunos tan sólo empezaban a despuntar, otros en cambio ya eran los reyes del Mambo, los que se iban a comer el mundo a través de su imagen proyectada en las plateas de los santuarios cinematográficos. Ídolos de barro, o no. ¿Qué ha sido de ellos en estas 3 décadas? ¿Cuál ha sido su evolución física?

En otra ocasión dedicaré otro post a las damiselas que incendiaron las pasiones, bajas y altas, también de tantos y tantos espectadores. De momento, es su momento: el de ellos y que conocieron la fama y la gloria en la flor de su vida, con apenas 20 años.

 

Kevin Bacon

Kevin Bacon

Tenía 25 años cuando se estrenó Footlose en abril de 1984 en Estados Unidos. Atractivo sí, pero también con cara de pillo. Ha sido un actor de lo más versátil y no le ha faltado el trabajo. Tanto sirve para hacer de galán como de malote. Secundario o coprotagonista de lujo en numerosas muy buenas películas, también protagonista en producciones de bajo presupuesto resultonas tipo Temblores. Una trayectoria envidiable, aunque personalmente quizá me quedaría con su excelente interpretación en Homicidio en primer grado. Recientemente le hemos podido ver en X-Men: Días del futuro pasado o la serie The Following.

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‘Marathon Man’ (1976), un modelo ejemplar de thriller

Marathon Man 1976

Un hombre inocente, envuelto en una trama de crímenes y conspiraciones en la que se ha involucrado accidentalmente, corriendo por salvar su vida.

El título de Marathon Man, la película de John Schlensinger adaptando la novela de William Goldman, junto a la imagen de Babe Levy (Dustin Hoffman) corriendo me ha parecido siempre una ilustración perfecta de la imagen icónica de lo que es el thriller. Al igual que la de Roger Thornhill (Cary Grant) siendo perseguido por una avioneta en Con la muerte en los talones (North by Northwest) de Hitchcock. Ambas son emblemáticas.

Un Dustin Hoffman de por entonces 38 años interpretó a Babe, un joven estudiante de Historia de ¡20 años! que desconocedor de las actividades secretas de su hermano Doc (Roy Scheider), como agente del gobierno, se verá metido en una peligrosa trama de avaricias y en la que el malvado de la función está inspirado en uno de los grandes villanos de la Historia del siglo XX, el doctor y criminal de guerra nazi Josef Mengele, conocido con el apodo de “El ángel de la muerte”.

Marathon ManEn la novela de Goldman, Mengele se transfiguró en el no menos sádico dentista Christian Szell (Laurence Olivier), también con otro sobrenombre, el de “El ángel blanco” por su larga cabellera. El duelo interpretativo entre Hoffman y Olivier estaba servido.

Precisamente al malvado Szell se le debe la que es la escena más recordada. La de la tortura dental, directa a tocar el nervio más sensible en la boca de Babe, acompañada de la pregunta “¿Están a salvo?” (“Is it safe?”) que repite de manera fría y autoritaria en su brutal interrogatorio. Babe – en esos instantes, al igual que el espectador -, desconoce a qué se refiere.

El sólido thriller de John Schlesinger traza un panorama desolador y conspiranoico de Nueva York con barrios marginales plagados de delincuentes, personajes que esconden otras identidades, traidores y gentes nada de fiar (entre ellos, el que interpretó la actriz Marthe Keller).

También debe parte de su fama a un elemento técnico, por ser uno de los primeros largometrajes comerciales en utilizar el estabilizador de cámara steadycam inventado por Garret Brown. Se uso por primera vez en un largometraje comercial hollywoodiense en Esta tierra es mi tierra (Bound of Glory, 1976), aunque fueron películas como Marathon Man, Rocky de John G. Avildsen o El resplandor de Kubrick las que lo popularizaron.

 

Puntuación:

Icono 8

 

 

‘Ámame esta noche’ (1932), y dos secuencias musicales clásicas que no deberías perderte

Amame esta noche 1932

Como ya saben, en 1927 a Al Jolson se le oyó hablar y cantar en El cantor de jazz (The Jazz Singer), el largometraje que revolucionó el cine por ser el primero destinado al gran público, en plan masivo, con sonido. A partir de ese momento las estrellas del cine mudo tuvieron que adaptarse o desaparecer si su voz o ademanes interpretativos (ya no era necesario que gesticularan tanto) no resultaban del todo gratos a los espectadores.

El público en su gran mayoría, y sobre todo en Estados Unidos, empezó a asociar cine con musical. En los años siguientes prácticamente toda película que deseara ser comercial debía de contener tanto una subtrama romántica como escenas musicales.

Pero si El cantor de jazz, dirigida por Alan Crosland, era una película plana,  más bien mediocre, otros como Rouben Mamoulian innovaron en el lenguaje cinematográfico. Ámame esta noche (Love Me Tonight, 1932) vista hoy también puede parecer obsoleta, aburrida o previsible;  y lo es… pero en su momento experimentó con la variedad de planos y travellings, con bellísimos montajes visuales, con el ralentí o acelerando las imágenes.

En Ámame esta noche el pueblo llano se retrataba de manera viva y trabajadora, mientras que la nobleza recibía un tratamiento de decadencia, representando por viejos y muertos. Y dispuestos a romper barreras, sus protagonistas eran un pícaro sastre (Maurice Chevalier) y una princesa joven y bonita, la viuda de un hombre de ¡75 años! la muy… astuta (Jeannette MacDonald).

Un hombre de la clase baja y una mujer de la alta alcurnia destinados a conocerse y enamorarse entre canción y canción en esta especie de cuento de hadas. Para aumentar las dosis de picardía en ese Hollywood precode (antes de la aplicación de la censura del Código Hays, a partir de 1934), ella tiene varias escenas en camisón, y él le canta más de una canción con doble sentido sexual.

La secuencia inicial es magistral. El despertar de un barrio de París progresivamente y al compás de los sonidos característicos del lugar creando una singular melodía. Un prodigio de imaginación, y de como relacionar imágenes con música. Todo un descubrimiento para los que no la conozcan. Una oportunidad más de rememorarla para los que hayan visto la película.

Son poco más de 3 minutos extraordinarios.

 

 

El segundo video corresponde a otra de las secuencias inolvidables. Ilustra como una canción pegadiza, en este caso Isn’t romantic?, o séase ¿No es romántico? (con música original de Richard Rodgers y letra de Lorenz Hart), podría convertirse también en esa época en un éxito viral. A partir de su “espontánea” gestación en un local de un rincón anodino  trascendía fronteras y se convertía en todo un hit reversionado de varias formas (además conectaba por primera vez, y sin ellos saberlo, románticamente a los personajes de la MacDonald y Chevalier).

La secuencia, única en su momento por la novedad que suponía también el montaje de canción e imágenes, dura un poco más, casi 6 minutos, pero es impagable ¡y además lleva subtitulos en español!

 

 

 

‘Sin conciencia’ (1951), un Bogart poco conocido pero memorable

Sin conciencia 1951

Lo advertí en el primer post, el de presentación. Aquí en El cielo sobre Tatooine voy a dar amplia cabida al cine denominado “clásico” (luego ya pondré algún desnudo de Scarlett Johansson para compensar el descenso de visitas). Esas pelis viejunas de hace 20 años o más, muchas de ellas realizadas en blanco y negro, incluso mudas, en colores desgastados o versiones restauradas (y es que yo, cuando veo que aparece un blu ray de un clásico que me gusta con las palabritas “edición restaurada” o “remasterizada” no vean como me pongo).

Tengo la (fallida) teoría de que quien ama de verdad, con el corazón, el cine ama a los clásicos. También otra, que no es mía, pero me la apropio, de que el cine clásico debería  empezar a verse desde nuestra más tierna infancia para que perdure en la generaciones venideras, pegado a nuestros recuerdos de pequeñitos, a nuestra particular educación sentimental y vivencias como una antigua serie o canción de antaño. Así que este post esta también dedicado a todos los niños y niñas a partir de 3 o 4 años, aunque no la película que recomiendo en sí, que es de cine negro norteamericano y se les escaparían matices.

Cuando se habla de grandes obras maestras del noir o de las mejores películas de Bogart, nadie (al menos que conozca) acostumbra a citar Sin conciencia (The Enforcer, 1951). El director acreditado es Bretaigne Windust, pero los cronistas aseguran que a los pocos días dejó el rodaje y se hizo cargo el maestro Raoul Walsh.

Hay varios aspectos impactantes en Sin conciencia. Uno de ellos es la idea de que la trama criminal gire alrededor de una banda de crimen organizado que se dedica a cometer asesinatos por encargo, con términos tan profesionales como referirse a “contrato” por el pedido y “objetivo” a la víctima (“contract” y “hit” en el original en inglés). El asesinato perfecto, sin móviles ni conexión entre unas víctimas y otras. Sólo la de sus variopintos clientes que pagan suculentas sumas de dinero por los servicios. Una empresa entregada al negocio de matar e inspirada en hechos reales.

Sin concienciaNaturalmente esto no nos parece nada nuevo, sobre todo hoy en día. Es más, sería ridículo calificarlo de original o sorprendente. Pero en ese Hollywood en blanco y negro de a inicios de la década de los cincuenta del pasado siglo, la propuesta se presentaba como totalmente novedosa, o al menos para el cerebro de esa banda de asesinos, Mendoza (Everett Sloane).

Todo ha cambiado mucho y el espectador ha perdido su ingenuidad por el camino (o la ha cambiado por otro tipo de ingenuidad). Pero el otro aspecto continúa siendo igual de excepcional, antes y ahora: el tratamiento oblicuo, sin mostrar, de esas muertes. Apenas veremos un par de cadáveres en pantalla, nunca un asesinato en primer plano o plano general y, pese a ello, un par de escenas forman parte de lo mejor que ha dado el cine negro en su brillante época dorada.

Una de ellas es la “ejecución” de un inocente taxista en una barbería (y quedaban aún años para que El Padrino irrumpiera con toda su fuerza en las pantallas), cortando la escena en el momento justo. La otra, impresionante, nos muestra un montón de zapatos, viejos, enfangados y esparcidos en una mesa; el único vestigio que queda de la cantidad de víctimas que la organización homicida ha cometido a lo largo de sus años de fechorías. Su “enterrador” hacía desaparecer los cuerpos en un pantano. Toda la vida de esas personas y el dolor de su aparición que debió de significar para los que les conocían resumido, ejemplarmente, en el horror de ese encuadre.

Es además una de las mejores interpretaciones de Humphrey Bogart, un representante de la ley local llamado Martin Ferguson en su lucha desesperada, con las horas contadas de una sola noche, ante la repentina muerte de su principal y único testigo, para hallar la prueba o el testigo que permita llevar a la silla eléctrica al despiadado Mendoza. Y una oportunidad más de ver a ese gran secundario que fue Zero Mostel, aquí como ‘Big Babe” Lazick, aparentemente un respetable ciudadano, y en su otra faceta un empleado dispuesto a ganar dinero fácil aunque sea matando.

Lo sublime también es que en menos de hora y media logre condensar un relato tan trepidante y cargado de información, sin que resulte denso ni difícil de seguir, recurriendo a un breve flashback seguido de un largo flashback (con Ferguson repasando todo los informes que tiene sobre el caso para intentar dar con esa prueba), y un final que sin duda haría las delicias del mismísimo Hitchcock. De hecho el director de fotografía fue el no menos genial Robert Burks, el preferido de Hitch desde Extraños en un tren, también de 1951.

Puntuación:

Icono 8