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El cielo sobre Tatooine

Un travelling por el cine más actual con flashbacks al clásico.

Un paseo furioso por el horror de la guerra (‘Corazones de acero’)


En 1944 se publicó El filo de la navaja (The Razor’s Edge). Escrita por el británico William Somerset Maugham, el protagonista, Larry Darrell, era un piloto que regresaba a su hogar, en Chicago, después de haber combatido en la Primera Guerra Mundial. Allí le esperaba su guapa prometida y una vida acomodada en la que no se intuía que pasara penurias económicas o sentimentales. Sin embargo, para Larry, todo había cambiado.

Los horrores que había visto y experimentado en la contienda, y especialmente la muerte de un compañero suyo hicieron que las cosas hubieran perdido su sentido, el de lo maravilloso, el de la esperanza, el de seguir viviendo, el de lo que nos pueda hacer felices. No parecía haber sitio para él en este “retorno” a su orden plácido y civilizado a casa, a los brazos de su novia. De la novela, que ha conocido varias adaptaciones, la mejor es la que realizó Edmund Goulding (uno de los cineastas a recordar de los 30 y 40 del Hollywood clásico en el terreno del melodrama) para los estudios de 20th Century Fox. Se estrenó 2 años después de la publicación de la novela de W. Somerset Maugham. A Larry lo interpretó Tyrone Power, un galán que nunca gozó del consenso a favor de la crítica. Su prometida, Isabel Bradley, era nada menos que Gene Tierney. Y sepan que nadie en su sano juicio dejaría de enamorarse de alguien como Tierney. Así que algo muy gordo le había ocurrido a Larry en el frente de batalla.

Gran película, y mejor novela. Sentir que el mundo había perdido su cordura, quizá también el mismo Larry la suya, que la paz no le aliviaba. Se hacía necesario emprender una búsqueda personal, espiritual, para poder hallar de nuevo su sitio y el valor de lo que le rodeaba.

Corazones de hierro (Fury)

‘Corazones de acero (Fury)’ – ( Sony Pictures )

Corazones de acero (Fury) tiene como protagonistas a un grupo de combatientes norteamericanos a bordo de un tanque Sherman que en sus años de lucha en la Segunda Guerra Mundial también han perdido su identidad y… humanidad. Uno de los personajes claves es un objeto, el mismo tanque Sherman, bautizado ilustrativamente como Fury, que es el título original de la película. En el bando humano allí está el sargento de artillería apodado “Wardaddy” (Brad Pitt, además implicado como productor), nacido para ser líder; un hispano y otro compañero que se entrevé como un inadaptado social y conflictivo (interpretados por Michael Peña y John Bernthal respectivamente); y un hombre de fe, que todavía intenta hallar consuelo en la Bíblia (Shia LaBeouf). Al grupo se le incorporará, por necesidades de última hora a causa de las numerosas bajas, un joven mecanógrafo, Norman (Logan Lerman), totalmente inexperto en las técnicas y maneras, despiadadas, de la guerra. Representa también la inocencia y la inexperiencia del propio espectador evolucionando hasta la necesidad de matar en esas circunstancias. Matar o morir.

La acción se concentra a lo largo de unas 24 horas. Nos situamos después del Desembarco de Normandía y a pocas semanas vista del final de la guerra, durante el imparable avance de los aliados en territorio alemán hacia Berlín. Queda poco para que todo termine, pero en este periodo, como sentenciará Wardaddy, aún deberán morir muchos. También son los últimos coletazos, igualmente furiosos, del férreo gobierno de Hitler llegando al extremos de ordenar que “todos los que puedan sostener una arma”, sean mujeres o niños”, defiendan cada centímetro del suelo alemán. En esta ocasión, la cita no corresponde a Corazones de acero sino a la película germana de 1959 El puente (Die Brücken).

El puente (Die Brücke, 1959)

El puente (Die Brücke, 1959)

Dejando de lado los clichés de su guión o la heroicidad de todo el episodio final, el más discutible, si Corazones de acero funciona es gracias a dos aspectos. Uno a nivel técnico y estilístico, el de la representación gráfica y cruda de la violencia; el otro argumental, más irregular, mostrándonos esa condición primitiva y salvaje a la que ha llegado ese grupo de hombres, no tan lejanos a la que adquirió el coronel Kurtz (Marlon Brando) en la legendaria Apocalypse Now, sólo que cambiando el hábitat inhóspito y selvático, perdido, en el que se han refugiado Kurtz y sus hombres por otro, el interior reducido y  claustrofóbico de un carro de combate, también convertido para Wardaddy y sus muchacho en hogar y lugar “para el mejor trabajo del mundo”.

Técnicamente, la representación de la guerra en la gran pantalla alcanzó sus mayores cotas en Salvar al soldado Ryan, de Spielberg. La gran mayoría de posteriores películas bélicas copiaron su estilo de fotografía, montaje y sonido. Y es aquí donde el director David Ayer muestra personalidad. Corazones de acero no sigue, al fin, las pautas de esa obra maestra de Spielberg sino que logra materializar las suyas propias. Los efectos de sonido son igualmente impresionantes, abundan los planos insertando horrores (cadáveres olvidados entre medio del fango de un camino siendo apisonados por un tanque; enfermeras vaciando cubos repletos de sangre o incluso un pedazo de careta humana esparcida en el interior del tanque). El impacto de los obuses y proyectiles es escalofriante: alcanzan un objetivo y ¡pum! al momento vuela la pierna o la cabeza de alguien. No es que produzca una herida, es que directamente revienta o desmiembra lo que encuentra en su letal camino. Estilísticamente, David Ayer también se permite la licencia de representar la trayectoria de los disparos con halos de luz de colores (un poco a lo Star Wars, para entendernos).

Corazones de acero' - El puente

Imágenes de: ‘Corazones de acero (Sony Pictures)’ y ‘El puente’

Luego está el impacto entre la población civil. Entre las víctimas más débiles, con la guerra cobrándose su cuantioso botín en piezas de carne. En El puente, dirigida por el también actor Bernhard Wicki, 7 muchachos de 16 años, ansiosos por combatir, con esas ideas inculcadas de patriotismo, aunque la guerra en su concepción aún infantil, idealizada, tenga más de juego de niños que de otra cosa, son reclutados en el último momento y su misión (para evitar llevarlos al frente de combate) será la defensa de un pequeño puente que precisamente conduce a su pueblo. Accidentalmente, al quedarse solos sin ningún mando experimentado,  acabarán ejemplificando el sinsentido de la guerra, de las heroicidades y sacrificios en nombre de ella, en esa misión absurda de defender un puente que, irónicamente, sus superiores tienen previsto volar en pocas horas.

El puente (que cuando se estrenó en España, la censura franquista eliminó sus varias y explícitas referencias sexuales) era una producción modesta, hecha con mucho corazón y alma, y pocos recursos. David Ayer, en contraste, se entrega al espectáculo hollywoodiense y el de gran presupuesto, pero posee al menos una capacidad de talento muy superior a la media de realizadores actuales en el género de acción (ya destacó con su anterior Sin tregua). Su grito de guerra, al menos en las formas, es distinto. Y esto ya es algo. Sin ir más lejos, su primera escena empieza con un oficial de la SS montando a caballo, paseándose tranquilamente, sin estar alerta, entre los restos de una batalla, simbolizando quizá una manera de hacer la guerra más noble o anticuada. Brusca y repentinamente, alguien (Wardaddy) salta encima de él para matarlo a golpe de salvajes cuchillazos. Son las nuevas formas de la guerra, matar o morir. La sensación, reforzada por la música, con coros, compuesta por Steven Price (Gravity) o los títulos de crédito finales, con siluetas negras recortadas sobre el fondo rojizo, es de apocalipsis, de que aquello es el infierno.

Muchos verán truncadas sus vidas prematuramente en ese averno, algunos quizá también hayan encontrado la paz sin saberlo. Pero, para los que regresen de ese infierno o cuando Corazones de acero, El puente, Uno rojo, división de choque de Samuel Fuller y en otras tantas ficciones o historias reales lleguen a su fin, para sus supervivientes, al igual que Larry Darrell de El filo de la navaja, ya nada podrá ser lo mismo.

 

 

5 comentarios

  1. Dice ser Lolailos lalalas

    A mí me gustó, sobre todo cómo está hecha, cómo te lo muestran todo con total crudeza… lo mejor: la lucha contra el tanque (acorazado) alemán.
    Lo peor: tal vez se pasen demasiado rato en la casa con las chicas esas.

    Bradd Pitt una vez más, sobervio, tal vez aumentado por el grandísimo doblador que tiene al castellano.

    No será una obra maestra como ‘Salvar al soldado Ryan’, pero de las películas que hay del estilo es la mejor en bastante tiempo (y eso que a mí no me suelen gustar mucho).

    12 enero 2015 | 08:55

  2. Dice ser Gabriel

    Una pequeña apreciación al comentario de la película. Lo de poner trazos de colores a los disparos no es ninguna licencia artística.
    Se llaman balas trazadoras (cubiertas generalmente de magnesio que se incendia con el calor del disparo) y que permiten saber hacia a dónde estás disparando realmente, que con las vibraciones de las ametralladoras, generalmente no es el lugar al que habías apuntado.

    12 enero 2015 | 11:52

  3. Carles Rull

    @ Gabriel:

    Y le quedo agradecido por el apunte! 🙂

    12 enero 2015 | 12:05

  4. Dice ser FURY

    Un peliculón, Brad Pitt está que se sale en las dos superproducciones FURY y GUERRA MUNDIAL Z.

    12 enero 2015 | 14:54

  5. Dice ser Shamen

    Buena película.

    Excelente Brad Pitt, dando “el pego” en cualquier papel, papel de Oscar si se me permite la licencia y secundarios de lujo, sobre todo Michael Peña, que merece asumir en Hollywood un rol de mayor protagonismo en las cintas en las que participa y la aparición estelar de Jason Isaacs, siempre un lujo. En el lado negativo interpretativo, la mediocre – de nuevo- interpretación de Shia LaBeouf, otra oportunidad perdida.

    El guión es cierto que tiene alguna cosita rara y sobra del final lo que sucede debajo del tanque (americanada), el que haya visto la película sabrá a que me refiero y no doy más datos para no crear un spolier.

    Dos horas de peli y vuelan, reitero, realmente merece la pena.

    12 enero 2015 | 21:22

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