BLOGS
El cielo sobre Tatooine

Un travelling por el cine más actual con flashbacks al clásico.

Crítica: ‘Magia a la luz de la Luna’, Woody Allen y el carácter maravilloso del amor

Este mismo año, George Clooney estrenaba Monuments Men, dirigida y protagonizada por él mismo, una aventura bélica ambientada en la II Guerra Mundial digamos que simpática y sin mayores pretensiones. Tampoco fue especialmente del gusto de la mayoría (para mí, se quedó a medias en su fallida propuesta). Magia a la luz de la Luna (Magic in the Moonlight) se engloba en esta línea de cine que Clooney también deseaba recuperar con nostalgia, el de antaño, el de ese Hollywood dorado de la primera mitad del siglo XX.

Woody Allen retrocede a una época idealizada que le encanta, la de los años veinte (la de los “felices” de entreguerras) con música jazz y swing, y fotografía (estupenda de Darius Khondji) bañada en luces ensoñadoras. Todo a juego para recrear lo que sería una comedia hollywoodiense de las que tenían tanto éxito popular durante los 30 o 40, sólo que a todo color. Magia a la luz de la Luna gana enteros si, pese a ser un cine obsoleto, pensamos que fácilmente su pareja protagonista pudiera haber sido Carole Lombard, Katharine Hepburn o Claudette Colbert, por el lado femenino, o un Clark Gable, John Barrymore o Gary Cooper, en el masculino. Comedias tan previsibles como encantadoras, destinadas al gran público, muchas de ellas logrando trascender a su mera condición de entretenimiento para masas. En Magia a la luz de la Luna no hay los gags físicos de la screwball, sino una narración que se sustenta en lo discursivo (varias veces diálogos excesivos o redundantes) de sus protagonistas. Personajes que hablan mientras se pasean por mansiones, jardines, carreteras o playas rocosas de los parajes de la Costa Azul francesa.

Magia a la luz de la Luna Stanley, interpretado por Colin Firth, es un prestigioso mago (su nombre y apariencia artística es el del chino Wei Ling Soo) capaz de hacer desaparecer de escena a un enorme elefante gracias a sus trucos, también entregado a su otro pasatiempo favorito, el de desenmascarar a falsos médiums que dicen tener el don de contactar con el Más Allá. Definido como “un pesimista aburrido”, además de gruñón y descreído, acepta el encargo de un viejo amigo suyo para poner en evidencia a una bella joven, Sophie (una Emma Stone, actuando con los ojos bien abiertos y una ligereza maravillosa), que parece tener un don increíble y real como mística. Además, él es británico y ella norteamericana, nuevamente el choque y prejuicios entre culturas rivales está servido, aunque apenas se trate tangencialmente.

La posibilidad que el don de Sophie sea real hará replantearse en Stanley toda su rígida visión racional, experimentará un mundo intangible que escapa a nuestra lógica, en otras palabras, que la magia existe y no se puede descifrar, controlar o prever. Y naturalmente, Woody Allen con ello no nos está hablando de los espíritus y ectoplasmas sino del amor. A sus 79 años, en plena forma para entregarse a este ligero entretenimiento, vital y optimista, siguiendo temáticas a las que ya recurrió en Alice, La maldición del escorpión de Jade o Conocerás al hombre de tus sueños, el recurso de la magia y de un posible Más Allá, sólo para hablar de los misterios del corazón o de la necesidad de la ilusión y del engaño para ser felices. Como lo que nos ofrece el mismo cine, como en La rosa púrpura del Cairo.

Magia a la luz de la Luna se centra sobre todo en su pareja protagonista (aunque haya secundarios entrañables como la tía Vanessa, Eileen Atkins), y se olvida prácticamente de los demás (el amor es así, sólo mima a la pareja de enamorados). Por suerte, también posee sus propios momentos de magia. La escena del observatorio bajo el manto de las estrellas, en un lugar que se convertirá en idílico y simbólico para su pareja protagonista. Así como no pocos momentos inspirados en los diálogos. Stanley puede llegar a creer en que el don de Sophie sea real, pero no por ello deja de sentir un poco de desdén por considerarlo que “no es tuyo. Naciste con él”. Stanley prefiere valorar lo que se hace a base de trabajo, esfuerzo y talento, aprendiendo y mejorando con el tiempo. Lo que se adquiere a lo que viene concedido. Su otra frase de “Tengo sentimientos positivos irracionales” (hacia Sophie) es igualmente memorable.

Sin olvidar el diseño de vestuario creado por la asturiana Sonia Grande, con trajes y chaquetas tweed formales y más oscuros para Stanley, y en contraste modelitos mucho más juveniles, coloristas y alegres para Sophie, acentuando sus caracteres tan opuestos y aún así irrazonablemente destinados a sentirse unidos. Magia a la luz de la Luna podría parecer una “obra menor”, un divertimento tan “aburrido y previsible” como la misma concepción de la vida que tiene su protagonista Stanley, y más teniendo en cuenta que el pasado año Allen nos brindó una de sus mejores películas de los últimos años, Blue Jasmine. Sólo que resulta agradablemente entretenida y redonda en lo que pretende ser y es.

 

Puntuación:

Icono 6

 

 

 

 

( Imágenes: Warner Bros. )

1 comentario

  1. Dice ser PATXIPE

    Se supone que con el tiempo los críticos profesionales considerarán este trabajo de Woody Allen como una obra menor,pero a mí personalmente me encantó, y quizás, como se suele decir cuando miras la vista atrás recordando un gran amor, fue bonito mientras duró.
    http://patxipe.blogspot.com.es/2014/12/ni-parpadee-estas-alturas-de-la-pelicula.html

    09 diciembre 2014 | 18:12

Los comentarios están cerrados.