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Marcha por la Ciencia, ¿una buena idea? Sí, pero cuidado con el mensaje

Yo lo he explicado. Otros lo han explicado. Y cualquier ciudadano con la menor curiosidad por la ciencia podrá explicárselo por si mismo: el devenir de la investigación en la primera potencia científica mundial no es un asunto local, porque la ciencia hace muchas décadas que dejó de ser un asunto local.

Para ser justos, debo introducir una aclaración. Actualmente, la suma de los países de la Unión Europea sitúa al bloque comunitario en el primer puesto de la producción científica mundial; y no lo perderemos después del Brexit, aunque nos arrancará un bocado muy sustancioso.

Esto es más importante de lo que parece: si prescindimos de los nacionalismos, la diferencia de lenguas entre los diferentes países no tiene la menor relevancia, porque en la ciencia solo existe una, el inglés. Y dado que en la UE la financiación de la ciencia depende de muchos gobiernos separados, el impacto de las decisiones particulares de cada uno de ellos, por ejemplo si se recortan los presupuestos, queda más diluido en el conjunto.

EEUU es un gigante similar a la UE, pero con la diferencia de que allí sí existe un único gobierno con competencias sobre el presupuesto de todos. Aunque hay organizaciones de investigación que dependen de administraciones más locales, y también la financiación privada tiene un peso en general mayor que en Europa, las entidades federales son en buena parte responsables de ese primer puesto mundial en producción científica por países individuales.

Con la llegada de Donald Trump al poder, la salud de la ciencia estadounidense se encuentra amenazada. No toda, ni toda por igual: es probable que la exploración espacial tripulada saque jugo del Make America Great Again; de hecho, incluso sin cambios aún en el Congreso tras la elección de Trump, el recién aprobado presupuesto de la NASA incluye ahora el mandato específico de regresar a la Luna en 2021 y poner el pie en Marte en 2033. La agencia deberá entregar antes del 1 de diciembre de este año un documento que convierta la aspiración en una hoja de ruta creíble.

Por el contrario, entre quienes tiemblan están los climatólogos, geofísicos y en general los especialistas de cualquier otra disciplina que no ayude a Trump a sacar pecho frente al mundo. Por ello y de inmediato tras el resultado de las pasadas elecciones, entre los investigadores comenzó a circular la idea de celebrar una gran Marcha por la Ciencia, que se ha concretado en una convocatoria integrada en el Día de la Tierra, el próximo 22 de abril, y que se ha extendido desde la cita central en Washington a cientos de manifestaciones en distintos lugares del planeta, también en España.

Parecería que la iniciativa es impecable y valiosa. Sin embargo, hay investigadores que han expresado sus dudas. Y no, no necesariamente son los seguidores de Trump. En el diario The New York Times, el geólogo de costas Robert S. Young expresaba su temor de que un gran pronunciamiento político perjudique más que beneficie al intento de transmitir el mensaje de que el cambio climático no es una propuesta política, sino una realidad. Él lo sabe bien, puesto que su estudio pronosticando un considerable ascenso del nivel del mar en la costa este de EEUU para el final de este siglo sufrió un intenso bombardeo por parte de los estamentos políticos y de ciertos sectores económicos con intereses afectados. Para Young, la Marcha por la Ciencia remachará la opinión de que la ciencia es opinión y no datos.

El artículo de Young es una muestra del debate suscitado sobre si la marcha es o no, o debe ser o no, política. Pero leyendo las opiniones de distintos científicos, la discusión deja una cierta sensación de que que algunos están lanzándose pelotas en pistas distintas, dado que el término “político” puede interpretarse de distintas maneras.

Por supuesto que una actividad dependiente del sector público está involucrada en, y afectada por, el rumbo de la política. Pero otra cuestión es que sea conveniente para la ciencia la existencia de un liderazgo representativo a favor o en contra de opciones políticas concretas. Aunque sea simplemente a través de un colectivo autoerigido en portavoz de “la ciencia”, si la ciencia gusta de ciertos bandos políticos y no gusta de otros, lo único que puede esperar es una respuesta equivalente hacia ella por parte de esos bandos políticos. Es decir, que la mitad del tiempo sea considerada por el gobierno de turno como un sector siempre sospechoso que debe ser vigilado; sí, algo así como los autónomos para Montoro.

Pero en realidad no he venido hoy aquí a hablar de política, sino de otro asunto relacionado con la Marcha. La discusión política puede oscurecer otro aspecto que personalmente me parece más importante. En días como el 22 de abril, la ciencia se retrata. Pero ¿cómo será ese retrato?

Si tanteamos las opiniones fuera del ámbito científico, mi experiencia personal es que la principal crítica hacia el mundo de la ciencia va más o menos en esta línea: aunque los científicos llevan a cabo un trabajo muy valioso y su competencia no se pone en duda, a veces pecan de elitismo, arrogancia y de tratar con condescendencia o prepotencia a quienes no comprenden o no quieren comprender la verdad científica.

Está claro que negar esto no haría más que dar la razón a quienes así piensan. Y de hecho, quienes tenemos un pie en la ciencia y otro en la calle, como es el caso de quienes nos dedicamos a informar, comentar y explicar la ciencia, nos encontramos a veces sumidos en un fuego cruzado: desde la calle, algunos nos hacen objeto de ese reproche; pero desde la ciencia, quienes sin duda deberían ser ese objeto nos recriminan que nuestro esfuerzo por explicar conlleve una pérdida de pureza. Naturalmente, ellos no lo llaman así, sino que nos acusan de ser imprecisos, inexactos, o directamente de no tener ni idea de lo que estamos hablando.

Con respecto a nosotros mismos, qué le vamos a hacer, son gajes del oficio. Y este oficio, al menos tal como yo lo entiendo, va dirigido a ayudar a comprender la ciencia y a interesarse por ella a quienes ni la comprenden ni se han interesado por ella, no a recibir el aplauso de los científicos ni a aquello que tan certeramente expresaba el señor Lobo en Pulp Fiction.

Pero dos cosas son indudables, créanlo o no, y hablo en defensa de esta profesión en general: primero, sabemos de lo que hablamos. Segundo, estamos dispuestos a sacrificar toda la pureza que sea necesario sacrificar con el fin de que cualquier persona sin formación científica entienda bien lo que queremos contar. No siempre lo conseguiremos. Pero quien por ejemplo haya aprendido a tocar un instrumento, sabrá que no hay nada más estomagante que un profesor de guitarra o de piano cuya intención primordial es hacerte ver desde el primer momento lo bien que él toca y lo torpe e ignorante que tú eres.

Por esto es importante tratar de que no sea este pobre retrato de elitismo y arrogancia el que trascienda en una jornada como la Marcha por la Ciencia, y me alegra saber que a alguien más le preocupa; en un artículo publicado estos días, Will J. Grant y Rod Lamberts, del Centro Australiano para la Comunicación Pública de la Ciencia, advertían de este mismo riesgo, ofreciendo siete sugerencias sobre cómo celebrar el evento del 22 de abril. Las dejo aquí traducidas para quien quiera escuchar.

  1. No presumas de tu conocimiento científico. No es el momento de demostrar lo terriblemente listo que eres, o cuánta jerga científica puedes manejar. No pongas esas cosas en una camiseta o en un cartel. Puede ser alienante, y en este foro público específico es condescendiente de narices.

  2. Escribe tus mensajes en términos cotidianos. Evita la jerga y usa lenguaje común.

  3. No te vistas de científico, sino de ciudadano. Si tu meta es mostrar que la ciencia importa a todos, trata de parecer como todos.

  4. Habla de cómo puedes ayudar y de lo que la ciencia puede hacer por otros, no de lo que otros deberían hacer por la ciencia. Incluso con la mejor de las intenciones, los manifestantes que piden cosas de otros pueden terminar pareciendo miopes e interesados. Esta es una gran manera de repeler a la gente [nota mía: aplíquese también a tantas otras manifestaciones].

  5. No te enredes en peleas, ya sean verbales, físicas o metafóricas, con quienes juzgas como tontos, equivocados, peligrosos o desagradables. No es el momento de tratar de corregir los conceptos erróneos ni de despreciar a quienes no están tan científicamente informados como tú. Asumiendo que quieres tener una influencia positiva en otros, ladrarles solo va a enfatizar el propio conflicto, no a concentrarlos en tus mensajes.

  6. Pero apégate a tus objetivos. Apelar a intereses más amplios no implica consentir intereses tontos, equivocados, peligrosos o desagradables. Estamos aquí para defender aquello en lo que creemos, así que tampoco suavicemos tanto el mensaje que pierda todo su significado.

  7. Acoge públicamente a otros, y consigue que otros te acojan. Si alguien debería destacar en esta marcha, son aquellos que no son científicos. ¿Conoces a un grupo de bomberos/as, tercera edad o trabajadores/as del sexo que estén dispuestos a marchar con carteles que digan “(grupo de no-científicos) por la ciencia”? Llámalos y súbelos a bordo. ¡Incluso pídeles que lleven su uniforme!

Cinco razones para regresar a la fotografía analógica

A comienzos de siglo (cómo suena esto…) trabajé durante unos años en periodismo de viajes, una especialidad tan bonita como mal pagada; un autor de guías de EEUU decía que su salario era un poco menos que el de quien ponía las patatas a freír en el McDonald’s. Pero como todo, esto se debe a una simple cuestión de especialización, oferta y demanda: ¿qué periodista, incluso muchos que no lo son, no ha escrito alguna vez un artículo de viajes? No es que el resultado final sea comparable en todos los casos, pero por desgracia la calidad ha sido víctima de la crisis de los medios.

Un ejemplo: en aquella editora de revistas en la que trabajé se contaba con alguien como Javier Reverte, pero solo en calidad de firma invitada; un artículo corto de libre disposición y escrito desde casa podía despacharse con un pago en forma de billetes de avión (no comprados, sino conseguidos mediante intercambio comercial a cambio de publicidad). En cambio, satisfacerle unos honorarios justos por un verdadero reportaje como periodista de viajes habría arruinado la revista. Lo que finalmente ocurrió, pero esa es otra historia.

Voy llegando a donde pretendo: siempre sentí que en aquel caso el periodista, o sea, yo, no era más que un tipo afortunado que cobraba (muy poco, como he dicho) por viajar, al revés que el resto de los mortales. Y que la verdadera estrella era el fotógrafo, al que uno le servía de simple palmero. La premisa, probablemente atinada, era que los lectores eran más bien miradores, y que sobre todo querían ver imágenes deslumbrantes de los destinos a donde les apetecería viajar.

Tuve la suerte entonces de conocer a fotógrafos excepcionales. De ellos pude aprender mucho como simple aficionado, pero solo ellos y ellas eran capaces de mirar donde todos mirábamos y retratarlo como nadie más. Aquella fotografía preciosista que marcaba el estilo de la publicación era un magnífico ejemplo de Ciencias Mixtas: ellos llevaban el arte en su mirada particular sobre el mundo; pero una vez elegidos el motivo y el encuadre, sabían cómo exprimir todo lo que un disparo podía dar de sí gracias a su conocimiento de la óptica.

Por entonces estábamos en plena transición de la foto analógica a la digital, y a menudo los fotógrafos viajaban con los dos formatos al mismo tiempo. Ya se utilizaba el Photoshop, pero allí únicamente se empleaba para cosas como añadir máscaras de enfoque o ajustar la luminosidad de las diapositivas escaneadas. Cuando veías uno de aquellos espectaculares fotones impreso a doble página en la revista, si recuperabas la diapositiva original, encontrabas exactamente lo mismo. No había trampa ni cartón, sino un dominio magistral del comportamiento de aquella criatura con la que trabajaban, la luz.

Imagen de Pexels.com.

Imagen de Pexels.com.

No pretendo decir que todo buen fotógrafo deba saber de ciencia óptica. No soy fotógrafo, así que no puedo saberlo. Y además, supongo que cada uno tiene su interpretación particular. Pero imagino que ocurre con todo: un pintor podrá investigar y explotar más profundamente su arte si conoce la teoría del color, o un músico la teoría musical, o un bailarín la biomecánica. La ciencia aporta al arte, y esta investigación en el arte aporta a la ciencia.

La generalización de la foto digital lo cambió todo, porque ya no existe un original, y ahora puede dispararse pensando desde el principio en lo que luego va a retocarse digitalmente. Es otro tipo de conocimiento al que los fotógrafos han debido adaptarse, pero muchos de ellos no están del todo contentos con el hecho de que una parte fundamental de su trabajo se haga exclusivamente sobre una pantalla.

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

Hace unos días he trabajado en un reportaje sobre la fotografía analógica (aún no publicado), y he descubierto a muchos fotógrafos profesionales y aficionados que están volviendo a la película, o que nunca la abandonaron. Este culto parece estar extendiéndose mucho más allá de los reductos clásicos como el selecto círculo de la lomografía.

El gusto por lo retro es algo que conocemos también en otros ámbitos, como el regreso del vinilo e incluso de la cassette. Y no es cosa de viejos rockeros, sino que muchos jóvenes se han saltado el CD: escuchan música digital en sus teléfonos y iPods, pero en su habitación solo pinchan vinilos (y, dicho sea de paso, así recuperan el gusto por ese viejo arte del disco de diez canciones, con su principio, su fin y su coherencia, frente al demonio de la lista de reproducción).

Quien me dio un panorama más completo de esta resurrección (o no-muerte) de la foto analógica fue Gil Pasternak, del Centro de Investigación en Historia de la Fotografía de la Universidad De Montfort (Reino Unido). Pasternak ha elaborado recientemente un estudio sobre el tema, aún sin publicar, en el que ha indagado en las razones de muchos fotógrafos aficionados, profesionales (sobre todo de bodas) y artistas para ceñirse a la foto analógica.

El resumen del resultado de la investigación de Pasternak, según me cuenta, son estas cinco razones que cito literalmente de sus palabras:

1. Algunos nativos digitales tienden a entrar en la fotografía analógica por el proceso, que consideran como algo mágico e inusual; utilizo el término nativos digitales como referencia a los jóvenes que crecieron con la fotografía digital como estándar, y que por tanto encuentran en la fotografía analógica un proceso experimental excitante.

2. Algunos adolescentes y adultos prefieren la fotografía analógica debido a sus cualidades materiales. Sienten que su implicación física directa en la fotografía confiere un valor añadido a las fotos que toman. En otras palabras, dan un gran significado al proceso de cargar la película en la cámara, sacarla y procesarla, imprimir las copias y sostenerlas. Este proceso de producción a postproducción hace sus fotografías mucho más personales a sus ojos que las imágenes digitales en la pantalla. Así, también consideran las fotografías producidas por medios analógicos como formas de referencia más auténticas a sus experiencias y a las narraciones de su vida que quieren recordar a través de las fotografías que toman.

3. Otro grupo asocia la fotografía analógica con la creatividad. Tienden a pensar que la foto analógica les permite ejercer un mayor control sobre las fotografías y las imágenes porque pueden interferir en el proceso y manipular las imágenes con mayor facilidad. Por ejemplo, mediante el uso de una amplia gama de productos, papel de color con negativos de blanco y negro, y la exposición del papel fotográfico a la luz antes de aplicarle el fijador (que finaliza el proceso neutralizando la sensibilidad del papel a la luz), etcétera.

4. Otros, especialmente los no nativos digitales, tienden a asociar la fotografía analógica con la nostalgia de la memoria, con el recuerdo de un viejo mundo más simple. Regresan a la fotografía analógica para reconectar con sentimientos y emociones que han experimentado en el pasado, cuando miran fotos familiares históricas y de su infancia.

5. Por último, algunos simplemente piensan que las imágenes digitales son demasiado claras, nítidas y transparentes. Perciben que las fotos analógicas, con sus imperfecciones, son representaciones más creíbles de la realidad, sobre todo porque la claridad de las imágenes digitales no les permite definir una distinción clara entre realidad y representación; es decir, entre presente y pasado.

Por qué no se puede ganar la guerra contra las pseudociencias

Quisiera pensar de otro modo, pero uno es congénitamente dado a rendirse a la evidencia. Y si algo parece sugerirnos la evidencia, no es precisamente que estemos ganando la guerra contra las pseudociencias. A lo más que podemos aspirar, y debemos aspirar a ello, es a que no reciban financiación pública, y a que los fraudes delictivos sean castigados por la justicia. Pero ni siquiera estamos cerca de lograr estos objetivos.

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

Personalmente, ya lo he dicho aquí, no siento vocación de azote de herejes. No por desimplicación, sino porque mi opción contra las pseudociencias es hablar de ciencia. De hecho, más que ocuparme de las pseudociencias, últimamente me he adentrado en lo que neurocientíficos y psicólogos experimentales tienen que decir sobre por qué los humanos somos tan propensos a creer en patrañas; la ciencia de la pseudociencia.

Y es precisamente el contacto con estos expertos lo que en parte me lleva a la pesimista conclusión de que la lucha contra el movimiento anti-ilustración, como algunos lo están llamando ahora, es una guerra perdida (lo cual no quita que deba librarse de todos modos). Seis razones:

1. No es cuestión de nivel educativo o de formación científica

Entre esas observaciones de los neurocientíficos y psicólogos experimentales dedicados a estudiar el fenómeno del movimiento anti-ilustración, destaca una conclusión contraintuitiva.

Lo natural sería pensar que quienes creen que el movimiento de los astros puede influir sobre su personalidad o su futuro, o quienes creen que un vial de agua o una pastilla de azúcar pueden curar enfermedades, son auténticos zotes con un paupérrimo nivel educativo y menos luces que un ovni de madera. Y que un poco de educación y de información bastaría para barrer sus telarañas mentales y abrirles los ojos a la luz de la razón.

Pero no es así. Como recientemente he comentado aquí, un reciente estudio revelaba que los adeptos al movimiento anti-ilustración no tienen en general menor inteligencia o nivel educativo que el resto, y ni siquiera menos interés por la ciencia. Simplemente, prefieren elegir selectivamente, sabiamente pero tramposamente, los datos que corroboran sus ideas preconcebidas; los autores del estudio lo llamaban “pensar como un abogado”.

Como también he contado aquí, neurocientíficos como Dean Burnett argumentan que, nos guste o no, la creencia en patrañas forma parte del funcionamiento normal de un cerebro humano sano. Y aunque otro estudio reciente sugiere que es posible proteger a las personas contra la influencia de la pseudociencia mediante lo que los autores definían como una especie de vacuna psicológica, parece que lograrlo requiere algo más sutil y complejo que simplemente más información científica o una mejor educación en el empirismo.

2. La pseudociencia mola más que la ciencia

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

¿Que no? ¿Acaso molan las farmacéuticas? ¿Molan los transgénicos? ¿Mola contar a los amigos que vas a hacerte una diálisis o un PET? No, lo que mola es decirles que vas a tu sesión de reiki o de shiatsu. Lo que mola es todo aquello basado en energías fantasmales que fluyen sin que podamos percibirlas, detectarlas o medirlas, pero que se designa con nombres que suenan a oriental y se describe con frases a lo Paulo Coelho o Deepak Chopra, mejor cuanto más carentes de sentido, mientras sean lo suficientemente cursis.

Ya ni siquiera hace falta pensarlas uno mismo: hay en internet al menos un par de generadores automáticos de lo que un estudio de 2015 llamaba “gilipolleces pseudoprofundas”. Recuerdo la conclusión de aquel estudio, que comenté aquí:

Los más receptivos a las gilipolleces son menos reflexivos, tienen menor capacidad cognitiva (es decir, inteligencia verbal fluida y alfabetización numérica), son más propensos a confusiones ontológicas e ideas conspirativas, sostienen con más frecuencia creencias religiosas y paranormales, y respaldan medicinas alternativas y complementarias.

No hay que confundir esta conclusión con la que mencionaba en el punto anterior: nótese que el estudio se fijaba en un sector específico de población definido por un parámetro diferente: en un caso era el negacionismo del cambio climático, en otro la afición por esas “gilipolleces pseudoprofundas”.

Las encuestas suelen coincidir en que la ciencia académica goza de cierto respeto general entre la población. Pero cuando esta ciencia se convierte en una directriz, surge la paradoja de los dos extremos: muchos están dispuestos a aceptar sin rechistar, solo “porque lo dice la ciencia”, la idea de que el chocolate adelgaza o que mirar tetas alarga la vida, aunque no haya nada de cierto en ello. Y en el extremo contrario, ya puede la ciencia de verdad certificar que los transgénicos son completamente inocuos, que en este caso siempre se sospechará de algún gato encerrado. Lo primero mola; lo segundo, no.

En definitiva, hoy hay pocas maneras mejores de caer simpático en Twitter o en cualquier otro sitio que lanzar acusaciones contra las farmacéuticas o los transgénicos, como si los vendedores de motos terapéuticas varias o de alimentos milagrosos no trataran de lucrarse con sus productos.

3. …Y quienes molan también la fomentan

¿A qué estrella del cine o del rock hemos visto defender el rigor de la ciencia cuando se trata de juzgar las infinitas proclamas pseudocientíficas que por ahí circulan? Más bien al contrario. Estos personajes mediáticos son los líderes sociales actuales, y parecen especialmente propensos a popularizar y promover todo tipo de eso que llaman terapias alternativas y otros disparates pseudocientíficos, ya sea que el desodorante provoca cáncer o que el agua tiene sentimientos.

Ignoro si tales celebrities molan porque se apuntan a las causas que molan, o si sus causas molan porque ellos molan; pero el caso es que muy raramente suelen declararse públicamente a favor de causas que no molan, como los transgénicos. Y su influencia social no es en absoluto desdeñable: ¿cuántas dietas han triunfado entre millones de consumidores gracias al respaldo de tal o cual famoso/a, a pesar de que muchos de estos métodos de adelgazamiento queden desacreditados por los nutricionistas?

Los propios diseñadores de dietas milagrosas y fabricantes de píldoras lo saben; algunos de ellos han llegado a emplear de forma fraudulenta el nombre de alguna estrella para promocionar sus productos. Y poco importa que algunos de ellos acaben en prisión o pierdan su licencia para practicar la medicina (los que la tienen).

4. La frontera entre ciencia y pseudociencia es difusa en los medios populares

En la sección de Ciencias de un diario en el que trabajé, recibimos el encargo de que una de las subsecciones, la dedicada a Salud, se centrara en lo que la dirección del periódico llamaba “vida saludable”.

Pero ¿qué es “vida saludable”? Basta abrir casi cualquier revista, escuchar casi cualquier programa generalista de radio o ver casi cualquier magazine de televisión para encontrar una sección destinada a aconsejar a la audiencia sobre cómo llevar una vida más sana, comiendo o dejando de comer tal alimento, tomando o abandonando cual hábito. Pero ¿cuántas de estas proclamas están fundamentadas en ciencia sólida?

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

Muchas menos de las que ustedes imaginan. He tratado aquí algunos de estos casos; por ejemplo, las investigaciones que están desmontando el viejo dogma clásico sobre el papel de las grasas como grandes satanes de la dieta. También he comentado cómo algunos tótems sagrados de la nutracéutica actual, como el archifamoso omega 3, no aguantan un asalto cuando se pone sobre ellos la lupa científica.

Lo cierto es que muchas de esas ideas populares sobre lo saludable versus lo dañino en realidad no proceden de la ciencia, sino de simples reclamos publicitarios (más sobre esto abajo), o de viejas hipótesis plausibles que llegaron a instalarse como dogmas antes de su imprescindible corroboración científica.

Y a menudo, cuando se busca esta corroboración, no se encuentra. Otro ejemplo: cualquiera sabe que quien pretende adelgazar debería comenzar por apuntarse a un gimnasio. ¿No? Pues no tan deprisa. Lo cierto es que últimamente varios estudios, como este publicado en enero, están cuestionando que el ejercicio físico sea un factor realmente decisivo en la pérdida de peso para la mayoría de las personas. También hay razones científicamente lógicas para esto, que si acaso trataremos otro día.

Y si en la práctica resulta que muchas de esas proclamas sobre lo que es saludable, incluso las aparentemente más obvias, no están respaldadas por ciencia real, ¿cómo pueden los medios distinguir lo que es simplemente dudoso de lo rotundamente falso? Llegados a ese punto, anything goes: de creer que el omega 3 previene el cáncer (que no) a aceptar que el zumo de limón hace lo mismo (¡que, por supuesto, ni de broma!) hay una línea muy fina que muchos medios cruzan, por ignorancia o por cifras de audiencia. De hecho, algunos incluso viven de cruzarla.

El remedio a esta profusión de pseudociencia en los medios es, naturalmente, la ciencia; pero muchas de esas revistas, programas de radio o de televisión no cuentan con especialistas capaces de acudir a las fuentes originales para verificar su credibilidad.

5. El márketing publicitario explota, e incluso se basa en, las pseudociencias

Una cosa es que la publicidad sea especialmente propensa a tirar de argumentos pseudocientíficos para enganchar un producto a una idea facilona. Cuando esto simplemente se utiliza como estrategia de márketing para vender productos no relacionados con la idea, como hablar del destino para vender loterías, o reavivar esa falacia del cerebro racional y el emocional para vender un coche, el daño no es grande. El problema surge cuando un producto se promociona publicitando presuntas virtudes nacidas de ideas pseudocientíficas.

En un mundo obsesionado por la salud, parece que es necesario revestir casi cualquier alimento de propiedades beneficiosas; ya no basta solo con decir que sabe bien. Los patés que comíamos cuando éramos pequeños porque estaban ricos hoy tienen que publicitarse como fuente de hierro, a pesar de que una persona sana con una dieta normal cubre perfectamente sus necesidades de este metal.

Pero el problema surge cuando esta necesidad de apelar a la salud para vender un alimento pretende crear alimentos funcionales donde no los hay. Y así es como surgen los yogures que hacen cosas nunca demostradas, o marcas de agua mineral que presumen de liberar a bellas modelos de las toxinas que su cuerpo ha acumulado por alguna extraña razón no especificada (tal vez las ha mordido una serpiente). Alimentos que se pretende funcionalizar hasta convertirlos en disfuncionales.

Aún peor es el caso de productos o marcas originalmente destinados a personas con deficiencias metabólicas, como celiaquía o intolerancia a la lactosa, y cuyos dueños de repente descubren el lucrativo negocio que han estado perdiéndose: tratar de convencer a la población sana de que la lactosa o el gluten les hacen daño, lo cual es mentira. Este sí es un negocio turbio, y no vender un anticatarral a la persona que tiene un catarro.

Pero naturalmente, la publicidad se autocontrola; es decir, que nadie la controla. Porque alguien así lo permite. Y esto nos lleva al último punto:

6. Los responsables públicos no saben de ciencia ni preguntan a quienes saben

Ejem… ¿Hace falta explicarlo?

 

Estos son los dos obstáculos que apartan a las mujeres de la ciencia

Dicen que hoy es el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. Me parece que quien instituye estas cosas ha acertado en la diana al incluir la referencia a las niñas, como explicaré más abajo. No recuerdo ahora si anteriormente he contado aquí cuál es mi visión sobre el panorama de la cuestión de género en la ciencia. Así que, por si a alguien le interesa, ahí va mi opinión.

Creo sinceramente que hoy el mundo de la ciencia es, estructuralmente hablando, casi ejemplar en lo que se refiere a igualdad de género. Incluyo el “casi” porque bastan afirmaciones como esta para que surjan –por supuesto, siempre los hay– casos particulares contrarios que tratan de rebatir el argumento basándose en tomar la parte por el todo.

Sin embargo, siempre hay algún pero. En este caso hay dos. Uno de ellos tiene solución desde el sistema; el otro, no. Pero vayamos por partes.

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

En España y otros países, la gran mayoría de los investigadores dentro de lo que llamamos “ciencia” (la primera variable de la semiecuación I+D+i) trabajan en el sistema público o en entidades cuasipúblicas, como fundaciones. Y si, por desgracia, en muchos casos ese retrato de la Justicia con los ojos vendados es un chiste, en cambio el sistema de la carrera científica pública sí es plenamente ciego a condiciones discriminatorias ajenas a lo estrictamente profesional en todos los escalones del recorrido profesional, desde el becario predoctoral hasta el profesor de investigación (en el caso del CSIC); con sus perversiones, que siempre las hay, pero en general estas perversiones afectan a otros factores diferentes del género. En concreto, la perversión endémica del sistema es la endogamia, favorecer a los o las de dentro.

Pero ¿esta bonita teoría se aplica en la práctica? Si cuento mi experiencia personal, pretendo que sea algo más que un punto de vista particular. La demoscopia no se basa en preguntar a todas las personas una por una, sino en extraer generalizaciones a partir de una muestra de la población. Mi muestra es esta: he trabajado en una universidad pública (UAM), tres centros de investigación públicos (CBM, CIB, CNB) y un hospital (H. de la Princesa). Y si lo comparo con mi experiencia laboral en otras entidades y sectores (dos consultoras, una empresa de biotecnología, una empresa de ingeniería, dos editoras de revistas y dos periódicos), puedo decir que la ciencia gana por paliza en lo que se refiere a igualdad; tanto en el funcionamiento del sistema como incluso en el propio ambiente laboral.

Así que, bien, ¿no? Como decía arriba, hay dos peros. Sobre el primero, el sistema no puede hacer nada, pero sí cada uno y una a escala particular.

La carrera científica no conoce horarios, y son muy frecuentes las jornadas laborales interminables que se extienden a fines de semana, festivos y fechas vacacionales. En el sistema público los investigadores no cobran por horas, pero a veces la mecánica de los experimentos impone estos sacrificios. En otros casos, se trata simplemente de adicción al trabajo. La ciencia es una carrera vocacional y puede ser adictiva.

A menudo, las investigadoras jóvenes que eligen la maternidad tienen que ceder una cuota de ese horario al cuidado de sus hijos, y es en esta etapa cuando puede establecerse una discriminación a favor de los hombres y de las mujeres sin niños (también he conocido casos de dedicación casi monacal a la ciencia en investigadoras sin hijos). Y en muchas ocasiones son las propias madres quienes se resignan a aceptar que esa opción supondrá rebajar las expectativas de desarrollo de su carrera científica.

Pero como he dicho, el sistema no puede hacer nada al respecto. No pueden cerrarse los centros de investigación por las noches y en los festivos. No puede impedirse a nadie que trabaje 15 horas al día incluyendo sábados y domingos, si su elección personal es no tener otra vida fuera de la ciencia; y a más investigación, más resultados, más publicaciones y mejores oportunidades. La única solución a esta discriminación de las madres pasa por la organización particular de cada pareja: compartir el cuidado de los hijos.

El segundo pero sí está al alcance del sistema, pero no del científico, sino del educativo. Aunque quienes estudiamos biología lo hemos hecho en un ambiente mayoritariamente femenino, esto no se aplica del mismo modo a otras especialidades científicas o tecnológicas. Pero curiosamente, y aquí sí me dejo llevar por la intuición, cuando se piensa en un científico excepcionalmente inteligente el estereotipo suele llevar a imaginar a un matemático o un físico, y no un biólogo, un químico, un geólogo, un paleontólogo, un climatólogo…

Me ha venido este detalle a la cabeza a propósito de un estudio bastante preocupante publicado hace pocas semanas en Science. A través de una serie de juegos con un grupo de cientos de niños y niñas, tres investigadores de tres universidades de EEUU descubren que a partir de los seis años las niñas tienden a asociar la mayor inteligencia con el género masculino, algo que no sucede en niñas más pequeñas. Este es el resumen que Science hace del estudio:

La distribución de mujeres y hombres en las diferentes disciplinas académicas parece verse afectada por la percepción de la brillantez intelectual. Bian y colaboradores estudiaron a niños pequeños para determinar cuándo emergen esas percepciones distintas. A la edad de cinco años los niños y niñas no parecen diferenciar el género en las expectativas de quién puede ser “muy, muy listo” [en inglés no hay diferencia de género en este adjetivo], una versión infantil de la brillantez intelectual. Pero a la edad de seis, las niñas estaban preparadas para atribuir más a los niños la categoría de “muy, muy listo”  y para apartarse ellas mismas de los juegos destinados a los “muy, muy listos”.

Es curioso y alarmante que esta diferencia en la percepción de las niñas se establezca justo con el comienzo de lo que generalmente se considera la edad escolar, el fin del juego educativo y el inicio de lo que realmente son los estudios, con sus asignaturas, deberes y exámenes.

Pero hay que hacer la salvedad de que el estudio se hizo con niños y niñas de una pequeña ciudad de lo que llamamos la América profunda, así que sus resultados no son necesariamente extrapolables a otras regiones más cosmopolitas y menos conservadoras de EEUU, ni mucho menos a otros países como el nuestro. Aun así, la conclusión debería ser un toque de atención para preguntarnos hasta qué punto la educación, en el colegio pero también en casa, puede condicionar a las niñas a apartarse ellas mismas de las opciones profesionales reservadas a los mejor dotados intelectualmente.

Imagen de Idaho National Laboratory / Flickr / CC.

Imagen de Idaho National Laboratory / Flickr / CC.

Pongo un ejemplo que no afecta al género, pero que me parece igualmente revelador sobre cómo las directrices educativas condicionan la percepción de los niños sobre las opciones que orientarán su futuro. En el colegio de mis hijos prohíben a los niños que lean en el recreo, aunque sea esta actividad la que ellos prefieren. ¿Acaso no transmite esto el mensaje de que el trabajo intelectual es una pesada obligación impuesta, mientras que el tiempo de diversión debe dedicarse a la actividad física (que, en el caso del recreo de los niños, suele dejar pocas opciones más allá del fútbol)?

Otro ejemplo, este sí de género: uno de mis hijos eligió una actividad extraescolar de robótica, mientras que otro se apuntó al grupo de teatro. En la primera hay mayoría de niños. En cambio, para la obra de Peter Pan que preparan los segundos han tenido que crear el grupo de “las niñas perdidas”, no con ningún ánimo reivindicativo, sino sencillamente porque no hay suficientes niños para cubrir los papeles originalmente masculinos. ¿Qué es lo que se está haciendo mal para que los estereotipos sigan perpetuándose? Si los niños continúan eligiendo los robots y las niñas el teatro, es algo que todos deberíamos hacérnoslo mirar, padres y profesores.

Hay una vacuna contra la ignorancia, pero no es (solo) la ciencia

Allá por los 90, tuve un profesor de sociología de la ciencia que distinguía entre ignorancia y nesciencia, dos términos que la RAE no delimita tan claramente, pero que son instrumentos semánticos más útiles si se interpretan como él lo hacía: nesciente es quien no sabe algo que no tiene por qué saber, mientras que ignorante es el que prefiere no saber, o prefiere actuar como si no supiera.

La distinción es útil porque en el mundo de hoy se da la extraña paradoja de que la nesciencia y la ignorancia parecen seguir tendencias opuestas: mientras la primera cae, la segunda sube. Cada vez se sabe más, esto es innegable; y en cambio, la impresión (solo impresión, porque realmente es difícil medirlo) es que cada vez se prefiere más ignorar lo que se sabe. O al menos, la diferencia entre lo que se sabe y lo que a menudo se cree resulta más vertiginosa.

Imagen televisada de Neil Armstrong pisando la Luna por primera vez el 20 de julio de 1969. Imagen de NASA.

Imagen televisada de Neil Armstrong pisando la Luna por primera vez el 20 de julio de 1969. Imagen de NASA.

Un ejemplo: podía resultar hasta cierto punto admisible, sobre todo por aquellos a quienes les llegaba de sorpresa, que el 20 de julio de 1969 muchos de los que veían por televisión el descenso de Neil Armstrong a la Luna pensaran aquello de “¡venga ya, eso es todo mentira!”.

Pero cuando en los años posteriores otras cinco misiones aterrizaron allí; cuando se trajeron cerca de 400 kilos de rocas y arena que se distribuyeron por el mundo y se han venido analizando desde entonces para publicar innumerables estudios; cuando se han fotografiado los vestigios de aquellas expediciones desde la órbita lunar; cuando de todo aquello se ha podido construir todo un cuerpo de conocimiento científico para comprender la historia antigua de la Tierra y su satélite; cuando una gran parte de la ciencia y la tecnología espacial actuales está funcionando gracias a las lecciones aprendidas de aquel programa; y cuando algunos tipos llegaron a dar sus vidas para que todo aquello fuera posible (hace pocos días recordaba en un reportaje la tragedia del Apolo 1 con ocasión del 50 aniversario)… ¡Buf, seguir defendiendo en 2017 que todo esto ha sido un inmenso montaje…!

En este mundo de hoy se da una sorprendente circunstancia de la que ya he hablado aquí alguna vez. Y es que la publicidad y la propaganda parecen resultar más creíbles que la ciencia para una gran capa de la población.

Otro ejemplo: cuando un anuncio asegura que un yogur mejora las defensas, nadie parece ponerlo en duda, a pesar de que quien lo dice es precisamente quien pretende lucrarse con la venta de esos yogures. Sin embargo, cuando la ciencia concluye que esa proclama es puro bullshit, la gente desconfía, pese a que los científicos carezcan de todo interés económico en la venta o la no venta de los yogures, y su única intención sea informar de la verdad para iluminar a los consumidores en sus decisiones, sin que tales decisiones les vayan a hacer ganar más o menos dinero.

Dentro de la propaganda se incluye también el periodismo sensacionalista televisivo. Es curioso que algunos afirmen con orgullo que en España no existen tabloides (prensa amarilla) como los que tanto éxito cosechan en otros países, véase Reino Unido. ¡Pero si en España no se leen periódicos! Hace poco recordaba unos datos de circulación de diarios de pago en Europa. Tal vez no estén actualizados (creo recordar que eran de hace unos cinco o seis años, quizá algo más); pero el dibujo general era este: de los diez periódicos más vendidos en Europa, cinco eran británicos, y no todos tabloides. Ningún diario español entre los 20 primeros; El País era el número 21.

Pero es que, en cambio, en España somos los reyes del tabloide televisivo. Los hay en todas las cadenas, en todos los formatos y en todas las franjas horarias. Y no piensen en el Sálvame; algunos de esos programas se disfrazan de espacios de investigación periodística, cuando lo único que hacen es presentar historias irrelevantes (que hay un edificio ocupado; ¿en serio?) o vergonzosamente sesgadas y falaces para prender una alarma social. Todo ello con el tono narrativo de un abogado de película americana disertando ante el jurado. No lo olviden: el periodismo también vive de vender, y hoy la competencia por los índices de audiencia es feroz y despiadada. Hasta ahí puedo leer, pero créanme.

Un ejemplo de esto último lo hemos tenido en el caso del panga que comenté esta semana. Creo que una gran parte de la patraña forjada en torno a este alimento procede de ciertos espacios televisivos amarillistas desesperados por arañar puntos de audiencia. Y contra eso, ya pueden los científicos presentar todos los datos veraces del mundo, que sirve de poco. Ya se han encendido las antorchas y se han empuñado los tridentes; unos cuantos datos científicos no van a conseguir que se apaguen y se desempuñen.

Extraño, el ser humano, pero es lo que somos. Y estas paradojas son precisamente el objeto de estudio de muchos psicólogos. Hace poco traje aquí a uno de ellos; se llama Dean Burnett, neuropsicólogo que dobla como humorista de monólogos. En su reciente libro El cerebro idiota explicaba por qué somos así; por qué esa refinada habilidad que tenemos los seres humanos de preferir ignorar la realidad y acogernos a supersticiones, intuiciones infundadas o proselitismos interesados forma parte del funcionamiento normal de un cerebro completamente sano.

Donald Trump se ha destacado por su negacionismo del cambio climático. Imagen de Gage Skidmore / Wikipedia.

Donald Trump se ha destacado por su negacionismo del cambio climático. Imagen de Gage Skidmore / Wikipedia.

Todo esto viene a propósito de dos interesantes estudios recién divulgados. Uno de ellos se ha presentado (aún no se ha publicado formalmente) hace dos semanas en la reunión anual de la Sociedad para la Personalidad y la Psicología Social celebrada en San Antonio (Texas, EEUU), dentro de un simposio denominado “Rechazo a la ciencia: nuevas perspectivas sobre el movimiento anti-ilustración”, tal como se está dando últimamente en llamar a las corrientes sociales que niegan el cambio climático, la seguridad de las vacunas o la evolución biológica. A ello se unen casos aún más extremos, como el reciente crecimiento de la creencia en la Tierra plana.

La conclusión de los investigadores, de EEUU, Australia y Reino Unido, sigue la línea apuntada por Burnett: a grandes rasgos, el rechazo a la ciencia de estas personas no depende de su inteligencia ni de su nivel de educación, y ni siquiera su interés por la ciencia es particularmente menor que el de la población general.

Simplemente, dicen los psicólogos, se trata de que las personas no piensan como científicos; no reúnen los datos disponibles para analizarlos en su conjunto y adoptar una conclusión razonada, les guste esa conclusión o no. En su lugar, decía a Phys.org el coautor del estudio Matthew Hornsey, de la Universidad de Queensland, “piensan como abogados”; es decir, eligen selectivamente los pedazos de información que les interesan para “llegar a conclusiones que quieren que sean ciertas”. Los psicólogos llaman a esto sesgo cognitivo.

“Vemos que la gente se apartará de los hechos para proteger todo tipo de creencias, incluyendo sus creencias religiosas, políticas o simplemente personales, incluso cosas tan simples como si están eligiendo bien su navegador de internet”, decía otro de los coautores, Troy Campbell, de la Universidad de Oregón. “Tratan los hechos como más relevantes cuando tienden a apoyar sus opiniones”, proseguía Campbell. “Cuando van en contra de su opinión, no necesariamente niegan los hechos, pero dicen que son menos relevantes”. Los psicólogos obtienen estas conclusiones de un estudio de entrevistas con un grupo de voluntarios y de un metaestudio de investigaciones anteriores publicadas sobre la materia.

Gran parte de estos prejuicios, añadían los investigadores, nace de la asociación entre opiniones y afiliaciones políticas o sociales. Por ejemplo: si alguien es de izquierdas, obligatoriamente tiene que adherirse a la postura de rechazo a la energía nuclear, ya que se considera que defenderla es de derechas. Los autores añaden que este fenómeno se ha exacerbado en el presente (confirmando esa impresión que he mencionado más arriba de que la brecha se acentúa) porque en el pasado existía una mayor influencia de la ilustración, un mayor seguimiento consensuado de las conclusiones científicas por parte de los liderazgos políticos y sociales.

Este auge del movimiento anti-ilustración, añadían los investigadores, es enormemente preocupante y debe mover a la acción. “El movimiento anti-vacunas cuesta vidas”, decía Hornsey. “El escepticismo sobre el cambio climático ralentiza la respuesta global a la mayor amenaza social, económica y ecológica de nuestra época”.

¿Cómo arreglar todo esto? Los investigadores vienen a sugerir que el mensaje de la ciencia debe alinearse con las motivaciones de la gente. Pero este parece un principio muy general al que no será fácil encontrar aplicación práctica concreta.

El segundo estudio que traigo hoy, este ya publicado, aporta un enfoque más práctico. Un equipo de investigadores de las universidades de Cambridge (Reino Unido), Yale y George Mason (EEUU) sugiere que es posible “vacunar” a la población contra el negacionismo del cambio climático. En sentido psicológico, claro.

El propósito de los investigadores era ensayar si era posible traspasar al ámbito de la psicología el principio general de la vacunación: ¿puede una pequeña inoculación con un fragmento de información proteger al individuo contra el virus de la desinformación?

Para ello, reunieron a un grupo de más de 2.000 voluntarios estadounidenses representando una muestra variada de población según varios criterios demográficos, y alternativamente les presentaron una diferente información sobre el consenso relativo al cambio climático: a unos, una serie de datos científicos, incluyendo el hecho de que el 97% de los científicos del clima coinciden en la conclusión de que el cambio climático causado por el ser humano es un fenómeno real; a los otros, información extraída de una web fraudulenta llamada Oregon Global Warming Petition Project, según la cual “31.000 científicos estadounidenses dicen que no hay pruebas de que el CO2 liberado por causa humana provoque cambio climático”.

Captura de pantalla de la web Oregon Global Warming Petition Project.

Captura de pantalla de la web Oregon Global Warming Petition Project.

Los científicos comprobaron cómo estas informaciones condicionaban las opiniones de los voluntarios en un sentido y en otro: la percepción de que sí existe un consenso científico sobre el cambio climático crecía un 20% en el primer grupo, y disminuía un 9% en el segundo.

A continuación, los investigadores presentaron a los voluntarios ambos paquetes de información a la vez, el verdadero y el falso. Y sorprendentemente, en este caso ambos efectos se cancelaban: la variación entre el antes y el después era solo del 0,5%. De alguna manera, los participantes regresaban a la casilla de salida, cayendo en una indecisión sin saber qué creer.

Por último, repitieron los experimentos aplicando dos tipos de “vacunas”. Una más general consistía en presentar la información, pero añadiendo esta frase: “algunos grupos políticamente motivados utilizan tácticas engañosas para tratar de convencer al público de que existe un fuerte desacuerdo entre los científicos”. La segunda, que los autores definen como una “inoculación detallada”, destapaba específicamente las mentiras de la web de Oregón, revelando por ejemplo que menos del 1% de los presuntos firmantes de la petición (algunos de los cuales eran nombres ficticios) eran realmente científicos climáticos.

Los investigadores descubrieron que la vacuna general desplazaba las opiniones a favor del consenso de los científicos en un 6,5%, mientras que la detallada lo lograba en un 13%, incluso cuando ambos grupos también habían tenido acceso a la información falsa. Es decir, que la vacuna protegía a una parte de la población frente a los efectos nocivos de la desinformación.

Tal vez los porcentajes no parezcan demasiado impresionantes si se observan aisladamente, pero lo cierto es que el 13% de protección conseguido con la vacuna detallada equivale a dos terceras partes del efecto logrado cuando se presenta la información correcta sin la falsa; es decir, que la inoculación protege en un 67% contra la desinformación. Lo cual ya se parece bastante a lo que puede hacer una vacuna.

La idea, en palabras del director del estudio, el psicólogo social Sander van der Linden (Universidad de Cambridge), es “proporcionar un repertorio cognitivo que ayude a crear resistencia a la desinformación, para volver a la gente menos susceptible a ella”. La motivación del estudio nació del hecho de que en el pasado las compañías tabaqueras y de combustibles fósiles han empleado esta táctica para sembrar dudas entre la población y apartarla del consenso científico. En este caso, los investigadores querían comprobar si el mismo procedimiento podía usarse para promover la creencia en el consenso científico en lugar de minarla, y dirigido al bien público en lugar de a intereses particulares.

También es interesante el dato de que la protección se logró en la misma medida entre los voluntarios de filiación política republicana, más propensos a desconfiar del cambio climático, los demócratas, más próximos a aceptarlo, y los independientes. Y que los investigadores no observaron un efecto rebote entre los grupos más predispuestos a la negación: “no parecían regresar a teorías conspirativas”, dice van der Linden. El psicólogo admite que “siempre habrá gente completamente resistente al cambio”, pero confía en que “siempre hay espacio para un cambio de opinión, aunque sea solo un poco”.

La xenofobia de Trump dañará la ciencia en EEUU y el mundo entero

No es probable que a Donald Trump le causen algún quebranto las historias de familias separadas y niños enfermos. A los tipos como él a menudo suelen salirles las cuentas eliminando de las ecuaciones ese pequeño factor corrector llamado ser humano. Sin embargo, sí debería preocuparle el impacto que su política migratoria ejercerá sobre el primum mobile del despegue de su país en los dos pasados siglos, gracias a lo cual se convirtió en la potencia más influyente del globo, gracias a lo cual vemos su cine, comemos su comida y vestimos su ropa: la ciencia y la tecnología.

Donald Trump. Imagen de Gage Skidmore / Flickr / CC.

Donald Trump. Imagen de Gage Skidmore / Flickr / CC.

La ciencia es hoy la actividad humana más críticamente global. Es cierto que actualmente la movilidad geográfica es común en innumerables sectores profesionales. Pero algunas de estas actividades no requieren una alta cualificación, y por tanto no dependen de la emigración más que en el aspecto demográfico. Otras, como las culturales, artísticas o deportivas, tienen en general un impacto relativamente limitado en la economía de un país. Puede que el fútbol atraiga turistas a España, pero incluso en estos casos la marca pesa más que el individuo: cuando alguno de esos millonarios jovencitos del Real Madrid o el Barcelona se marcha al Atlético de Chipre, es dudoso que esto influya en el turismo chipriota.

En la ciencia, en cambio, el individuo es insustituible. Incluso cuando se ha perdido aquel carácter romántico del Doctor Jekyll encerrado a solas en su laboratorio, y gran parte del trabajo científico es hoy el producto de grandes equipos internacionales de investigadores, el motor primario de la ciencia es la idea, y la idea nace en la intimidad del cerebro de una persona. Esta persona puede haber nacido en Albacete, en Iowa o en Siria. Pero todo científico busca el mejor lugar del mundo para desarrollar su idea.

Y ese lugar, para muchos, es EEUU. Aquel país ha sido y es todavía la primera potencia científica del planeta porque ha sabido atraer y reunir el mejor talento de todo el mundo. Y esto, en contra de lo que generalmente se cree, no es solo un producto de los recursos económicos, sino también de una mentalidad: el carácter anglosajón siempre ha estado más apegado a la ciencia y a la ilustración que, por ejemplo, el nuestro.

En el germen de EEUU estuvo su Academia de las Artes y las Ciencias, fundada durante su revolución por los padres de la patria. Entre estos, Benjamin Franklin, científico; George Washington, prospector; Thomas Jefferson, de quien pocos saben que fue autor del primer estudio sobre paleontología de vertebrados en Norteamérica, y que consideraba a Newton, Bacon y Locke los tres hombres más grandes de la historia.

Como resultado de todo esto, los laboratorios de investigación en EEUU son pequeñas ONUs. Es relativamente frecuente encontrar equipos en los que prácticamente no hay un solo miembro estadounidense. Y todos aquellos científicos de lugares variopintos no trabajan para la ciencia de sus respectivos países, sino para la ciencia estadounidense. Ellos lo pagan, y ellos lo cobran.

El pasado noviembre, tras el triunfo electoral de Trump, ya conté aquí cómo la ciencia de EEUU se revolvía con inquietud. Por entonces preocupaba la incertidumbre sobre las políticas del nuevo presidente electo en relación a la ciencia en campos como el cambio climático, la salud pública, la energía o la ciencia espacial. Pero lo peor estaba por llegar: con las nuevas políticas migratorias, EEUU puede perder una parte fundamental de su materia gris.

Las revistas científicas como Nature y Science ya han alertado sobre lo que se avecina, pero también los medios generalistas como el diario The New York Times. Para mayor vergüenza, incluso un canal férreamente conservador como la Fox titulaba ayer: “La decisión de Trump sobre inmigración dañará la investigación y el liderazgo de EEUU, advierten los científicos”.

Los investigadores ya han comenzado a movilizarse. La web Académicos Contra la Orden Ejecutiva de Inmigración cuenta ya en este momento con más de 18.000 firmas de investigadores y profesores. Por su parte, la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia (AAAS), la sociedad científica generalista más grande del mundo y editora de la revista Science, ha reaccionado a través de su primer ejecutivo, Rush Holt. “La implantación de esta política compromete la capacidad de EEUU de atraer el talento científico internacional y de mantener el liderazgo científico y económico”, dice Holt.

Holt destaca que ni siquiera tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 se dio una situación similar. En aquella ocasión, dice, la administración Bush consultó con la AAAS y otras instituciones científicas para encontrar una solución equilibrada que permitiera reforzar la seguridad sin perjudicar el trabajo investigador.

Claro que alguien podría pensar: es lo que los estadounidenses han elegido, y es lo que se merecen. El problema es que no solo les afectará a ellos, como otros organismos científicos se están encargando de subrayar.

Según el Consejo Internacional de la Ciencia, la mayor organización científica global, la orden de Trump tendrá “efectos negativos en la libertad de intercambio científico entre científicos y estudiantes de ciencia de todo el mundo, lo que resultará en impactos negativos en el progreso de la ciencia, impidiendo a las sociedades de todo el planeta beneficiarse de este progreso”.

Por su parte, la Unión Astronómica Internacional “espera que estas acciones por parte de un país no disparen una reacción en cadena en otros países del mundo, lo que dañaría gravemente la ciencia de la astronomía”, especialmente dependiente de la colaboración internacional por la naturaleza de sus instalaciones.

Cuando el ocupante de la Casa Blanca estornuda, todos nos resfriamos. Y la enfermedad que su actual titular puede transmitir a la ciencia mundial es infinitamente más grave que un simple catarro.

Star Wars, psicopatología en una galaxia muy, muy lejana

Imagino que hay que tener el sesgo mental de quien dedica la mayor parte de su tiempo a las cosas de la ciencia para apreciar esta paradoja: ¿cómo una saga de películas empeñada en desgranar una tan meticulosa coherencia argumental puede caer al mismo tiempo en una tan monstruosa incoherencia con la realidad?

Kylo Ren en Star Wars Episodio VII. Imagen de 20th Century Fox.

Kylo Ren en Star Wars Episodio VII. Imagen de 20th Century Fox.

Ya, ya. Que sí, que todos conocemos el propósito declarado de George Lucas desde el comienzo de la serie en ignorar deliberadamente y por completo las leyes científicas. Pero veámoslo de este modo: no son “las leyes científicas”. Es simplemente la realidad; pero como la del espacio es una realidad que no experimentamos a diario, lo etiquetamos como “las leyes científicas” y lo dejamos aparte, como una preocupación de empollones puntillosos.

Dicho de otro modo: imaginemos que, en una película, una persona cae al vacío desde el piso 65 y queda ilesa, sacudiéndose el polvo de la camisa al levantarse del suelo. No lo admitiríamos ni en una de James Bond. Nadie piensa en leyes científicas, sino en un simple absurdo argumental. Pero lo que está en juego es la gravedad, la misma que en Star Wars sí nos parece lícito saltarse a la torera constantemente sin que nadie se mese los cabellos.

Y sabiendo todo esto, no dejamos de mirar y remirar la ciencia o la anticiencia de la saga, con mucho más de lo segundo que de lo primero. En una entrevista publicada hace unos años por la Agencia Sinc y firmada por Marta Palomo, el escritor, editor y profesor de la Universitat Politècnica de Catalunya Miquel Barceló ponía como ejemplo la secuencia del Halcón Milenario en el campo de asteroides en El imperio contraataca, que contiene 14 errores científicos en menos de dos minutos.

Como otros periodistas de ciencia, yo también he escrito al menos un par de reportajes sobre la ciencia y anticiencia de Star Wars, aquí y aquí, además de comentar aquí el año pasado, con el estreno de El despertar de la Fuerza, cómo un intento de enredar el guión en una jerigonza científica a propósito de los cascos de los Stormtroopers había salido como tiro por la culata.

Y es que a pesar de todo, Star Wars nos encanta. En contra de lo que podría parecer, no solo la ciencia ficción sesuda y rigurosa inspira a los científicos, sino que también se dejan seducir por el universo de Lucas: en este artículo, la ingeniera de la NASA Holly Griffith contaba cómo fue la figura de la princesa Leia la que inspiró su elección profesional. Los profesores de ciencias, desde la enseñanza secundaria a la universidad, encuentran en sus episodios una manera amena y divulgativa de ilustrar principios científicos.

Pero cuando se habla de la ciencia de Star Wars, siempre se piensa en física e ingeniería. Y sin embargo, no solo físicos e ingenieros han recurrido a la saga en sus publicaciones profesionales. Con el triste adiós a Carrie Fisher y el estreno de la (magnífica, para mi gusto) Rogue One, he reunido esta pequeña lista de cinco estudios o artículos que tiran del material de Star Wars en un contexto más insospechado, el de la psicología y la psiquiatría.

1. Star Wars como mito: ¿una cuarta esperanza? (Psychoanalytic Review, 1987)

En 1987, con la primera trilogía de Star Wars ya completada y sin la segunda aún en el horizonte, los psicólogos Lucia Villela-Minnerly y Richard Markin publicaban un artículo en el que interpretaban la historia de Star Wars como una versión del mito de Edipo.

2. ¿Sufre Anakin Skywalker un trastorno límite de la personalidad? (Psychiatry Research, 2011)

Psiquiatras del Hospital de la Universidad de Toulouse (Francia) defienden que Anakin Skywalker/Darth Vader cumple seis de los nueve criterios de diagnóstico de trastorno límite de la personalidad. “Presenta impulsividad y dificultades para controlar su ira, alternando entre idealización y devaluación (de sus mentores Jedis). Con un miedo permanente a perder a su mujer, hace esfuerzos frenéticos para evitar su abandono y va tan lejos como para traicionar a sus antiguos compañeros Jedis”. Los autores sugieren que este ejemplo puede servir para explicar los síntomas de este trastorno, y que este rasgo de Anakin “puede en parte explicar el éxito comercial de estas películas entre los adolescentes”.

3. La ilusión de la introducción de Star Wars (i-Perception, 2015)

El psicólogo Arthur Shapiro, de la Universidad Americana de Washington (EEUU), ha creado una versión alternativa de la famosa Ilusión de la Torre Inclinada. Esta última, descubierta por investigadores de la Universidad McGill de Canadá y distinguida en 2007 con el premio a la mejor ilusión del año, consiste en que el ojo ve distinta inclinación en dos imágenes idénticas de la Torre de Pisa situadas lado a lado. Shapiro demuestra una ilusión óptica similar con los famosos textos volantes que aparecen al comienzo de todas las películas de Star Wars.

Ilusión de la Torre Inclinada. Imagen de Kingdom, Yoonessi & Gheorghiu.

Ilusión de la Torre Inclinada. Imagen de Kingdom, Yoonessi & Gheorghiu.

La ilusión de la introducción de Star Wars. Imagen de Shapiro / i-Perception.

La ilusión de la introducción de Star Wars. Imagen de Shapiro / i-Perception.

4. Psicopatología en una galaxia muy, muy lejana (Academic Psychiatry, 2015, artículos uno y dos)

En diciembre de 2015, los psiquiatras Susan Hatters-Friedman (Universidad de Auckland, Nueva Zelanda) y Ryan Hall (Universidad de Florida Central, EEUU) analizaban en dos artículos consecutivos lo que definían como “un vasto conjunto” de psicopatologías en los personajes de Star Wars, tanto en los buenos como en los malos. En el Lado Oscuro destacaban la presencia de “rasgos de personalidad límite y narcisista, psicopatía, trastorno por estrés postraumático, riesgo de violencia hacia la pareja, fases de desarrollo y, por supuesto, conflictos edípicos”. Pero los héroes también tienen lo suyo: “histrionismo, trastorno obsesivo-compulsivo y rasgos de personalidad dependiente, trastornos psiquiátricos perinatales, esquizofrenia prodrómica, seudodemencia, lesiones del lóbulo frontal, juego patológico e incluso fingimiento de enfermedad”.

5. ¿Puede Kylo Ren redimirse? Nuevas posibles lecciones de Star Wars Episodio VII (Academic Psychiatry, 2016)

Anthony Guerrero (Universidad de Hawái, EEUU) y Maria Jasmin Jamora (Fundación de la Piel y el Cáncer, Manila, Filipinas) se preguntan si en episodios sucesivos habrá posibilidad de redención para el villano Kylo Ren después de matar a su padre Han Solo, tal como Darth Vader logró redimirse en El retorno del Jedi. Los dos expertos reflexionan sobre el caso como ejemplo para psiquiatras y educadores a la hora de afrontar el tratamiento de personas que hayan caído en el Lado Oscuro, sobre todo aquellas que cometen actos de violencia contra su propia familia. Sin embargo, hay un problema: en el artículo, publicado el pasado agosto, los autores sugerían que un factor crucial para la redención de Kylo Ren podía ser su madre. Pero por desgracia, Leia ya no podrá estar presente en el Episodio IX.

La ciencia de EEUU tiembla ante Trump

En la vida real, a menudo ocurre que ganan los supervillanos. Sobre todo cuando los superhéroes no existen.

El pasado 18 de octubre, la revista Nature publicaba un curioso reportaje titulado “Los científicos que apoyan a Donald Trump”. La excientífica y periodista Sara Reardon contactaba con cinco académicos estadounidenses que por razones diversas pensaban entregar su voto al candidato republicano.

Donald Trump, durante la campaña presidencial de 2016. Imagen de Wikipedia.

Donald Trump, durante la campaña presidencial de 2016. Imagen de Michael Vadon vía Wikipedia.

Algunos de ellos y sus posturas ya eran conocidos, como el geofísico David Deming, distinguido (es un decir) por sus declaraciones sexistas y homófobas, además de por su defensa a ultranza de la libre posesión de armas y su negacionismo del cambio climático antropogénico. Con esta última tesis ya se habían alineado también públicamente el bioestadístico Stanley Young y el estadístico William Briggs. Young pertenece al panel de expertos del Instituto Heartland, un think tank ultraconservador próximo al Tea Party.

Por último, un químico y una bióloga, ambos partidarios de Trump, declaraban en el reportaje bajo condición de anonimato por miedo a la descalificación. Curiosamente, la bióloga reconocía que Trump podía perjudicar sus perspectivas profesionales, pero aun así mantenía su apoyo por motivos fundamentalmente religiosos.

Por entonces, una victoria de Trump era aún algo impensable. Pero sucedió.

Las reacciones de repulsa por parte del mundo científico se han sucedido desde el día de los resultados. Aunque la ideología política de los científicos en EEUU (y probablemente en otros países, incluyendo el nuestro) está mayoritariamente desplazada hacia la izquierda, no necesariamente la ciencia de aquel país ha vivido sus mejores momentos bajo mandatos demócratas. El conocido astrofísico y divulgador Neil deGrasse Tyson opina justo lo contrario, que la financiación de la ciencia ha sido históricamente mayor bajo las administraciones republicanas; claro que fue George W. Bush quien prestó el gran empujón a su carrera pública.

Pero es evidente que Trump no era un candidato republicano cualquiera, y que no será un presidente republicano cualquiera. Algunos lo han definido como el que será el primer presidente anti-ciencia. Son conocidas sus posturas contrarias a las pruebas científicas en asuntos como el cambio climático o las vacunas, aunque en esto último parece haberse moderado. Como mínimo, es probable que Trump trate de definir una agenda científica política dirigida a favorecer sus intereses, y que las únicas áreas legítimas provechosamente beneficiadas sean aquellas que materialicen su lema de “make America great again“; por ejemplo, la exploración espacial tripulada, pero posiblemente en detrimento de la ciencia espacial.

Claro que los demócratas tampoco pueden presumir de haberse ganado el favor de la comunidad científica. Entre no pocos investigadores de EEUU ha cundido una sensación de frustración con la administración Obama, que con el Congreso en contra no aumentó la financiación de la ciencia como había anunciado. Hillary Clinton apenas mencionó la ciencia a lo largo de su campaña, más allá del eslogan sobre el cambio climático, algo que ha decepcionado a muchos. Su jefe de campaña, John Podesta, que ya ejerció como jefe de personal de la Casa Blanca para Bill Clinton, tampoco es precisamente un campeón para los científicos, sino más bien para los ufólogos: su obsesión personal es la desclasificación de documentos relacionados con los ovnis.

Aún faltaba una reacción que estábamos esperando, y por fin ha llegado esta semana: la de Rush Holt, el primer directivo de la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia, editora de la revista Science. En un artículo editorial titulado “¿Qué le espera ahora a la ciencia?” y publicado en el número de esta semana, el máximo responsable de la revista científica más influyente del planeta (siempre en rivalidad con Nature) trata de apaciguar la inquietud de los investigadores; no porque Trump vaya a sufrir de repente ninguna mutación favorable, sino porque “los miembros del Congreso y otras autoridades nacionales, estatales, locales e internacionales también hacen políticas, y colectivamente constituyen una fuerza considerable que es en muchos aspectos más influyente que el presidente solo”, escribe el físico y excongresista demócrata.

Pero en lo que respecta al Congreso, Holt reconoce que los vaticinios no pueden ser prometedores, ya que la renovación de la mayoría republicana mantendrá la tendencia de los últimos años hacia los recortes en la financiación de la ciencia. Dado que en este campo no puede esperarse una mejora, al editor de Science le preocupa más que se garantice la presencia de una asesoría científica presidencial acreditada, una conquista política de la ciencia estadounidense que podría verse ahora en peligro. “¿Se basará la próxima administración en las pruebas?”, se pregunta Holt, destacando que durante su campaña “el candidato Trump hizo declaraciones sin fundamento o refutadas por los hechos científicos aceptados”. “¿Habrá miembros de la nueva administración que estén familiarizados con las prácticas y los descubrimientos de la investigación científica?”, escribe.

Holt aclara que “la ciencia no necesita ser políticamente partidista”, pero que sus actores y sus enseñanzas deben guiar la confección de las políticas para beneficio de toda la población a través del espectro ideológico. “Debemos dejar claro que una autoridad no puede hacer desaparecer lo que se sabe sobre el cambio climático, la violencia armada, la adicción a los opiáceos, el agotamiento de las pesquerías o cualquier otro asunto público iluminado por la investigación”, afirma.

Por último, el editor de Science confía en que el rechazo al establishment político manifestado por los votantes no se confunda con un rechazo a los hechos establecidos, y en que “el presidente Trump se base más en los hechos específicos que el candidato Trump”. Una esperanza que sin duda no es exclusiva del estamento científico, sino que está presente en millones de mentes en todo el mundo.

En fin, el editorial de Science se expresa con clara intención, aunque tal vez pecando de la tibieza del discurso institucional que probablemente no refleja el sentimiento mayoritario entre los miembros de la asociación a la que Holt representa. Es evidente que la primera comunidad científica del mundo, que acoge también a miles de investigadores extranjeros (muchos de ellos españoles), no debe arriesgarse a morder la mano que la alimenta, aunque esa mano sea la del supervillano. Gotham permanece a la espera, en un estado de calma tensa.

Seguimos sin Ministerio de Ciencia, y con Sanidad en manos inexpertas

Los lectores de este blog sabrán que habitualmente evito mancharme las suelas con el fango de la política, salvo para ejercer como profeta del apocalipsis; el que le espera a este país si continúa sin tomarse en serio la ciencia y sus implicaciones en asuntos de la máxima importancia como la salud pública.

Dolors Montserrat, nueva ministra de Sanidad. Imagen de su Twitter.

Dolors Montserrat, nueva ministra de Sanidad. Imagen de su Twitter.

Que el nuevo gobierno no contemple un Ministerio de ciencia ni como tercer apellido no es sorprendente; lo pasmoso habría sido lo contrario. Pero es necesario seguir llamando la atención sobre la lacerante contradicción que supone la intención de un país de conducir su economía hacia la innovación tecnológica y la ausencia de un órgano de primer nivel que se ocupe de sentar los cimientos de ese edificio, la investigación científica.

Se supone que los asuntos más acuciantes en cada país deben recibir máxima prioridad en la formación de los órganos de gobierno. Por ejemplo, Kenya tiene un Ministerio del Agua porque la mayoría de la población no tiene acceso a agua corriente en adecuadas condiciones sanitarias, y las enfermedades transmitidas por el agua son uno de los mayores problemas de salud pública allí. Es evidente que España no necesita un Ministerio del Agua porque no padece la misma lacra.

En Reino Unido no existe un Ministerio de ciencia o investigación científica, cosa que sí sucede por ejemplo en Francia o Alemania. Pero la que tradicionalmente ha sido la segunda potencia científica del mundo (hoy superada por el subidón de China) no lo necesita; dispone de una compleja red de agencias y organismos públicos dedicados, incluyendo una Oficina Gubernamental para la Ciencia que tiene interlocución directa con la Primera Ministra. En cambio, por seguir con la analogía y salvando las distancias, la ciencia española es el agua de Kenya. Sin un Ministerio de Ciencia en España, tal vez sigamos destacando en diseño de videojuegos, pero seguiremos comprando móviles chinos para ponerles encima una pegatina con una bellota.

Por otra parte, en este blog ya he advertido de la importancia de tener un ministro/a de Sanidad con la base de conocimiento necesario para liderar la respuesta del gobierno frente a crisis de salud pública, sobre todo cuando requieren una coordinación internacional en la que no pueden participar 17 consejeros de Comunidades Autónomas. Es bien conocida la inmensa negligencia con que la exministra Ana Mato, hoy además imputada por corrupción, gestionó la crisis del ébola. Aquello le venía muy grande a una persona sin la menor experiencia científico-sanitaria que presumiblemente había recibido el cargo por eliminación.

Pues una vez más, seguimos echando sal en la misma herida. En el nuevo Consejo de Ministros hay un ingeniero de caminos que se ocupa de Fomento; un diplomático en Exteriores; una ingeniera agrónoma en Agricultura; un profesor en Educación; economistas en las competencias de Energía, Industria y Economía; abogados en Justicia.

Pero en Sanidad, donde llevamos ya acumuladas a una ministra que confundía la médula ósea con la espinal y otra que llevaba una pulsera con un holograma para controlar el campo energético del cuerpo, además de una encargada de resolver la crisis del ébola que se retiró a la trinchera en pleno fragor de la batalla, ahora hemos cambiado al filólogo románico Alfonso Alonso por Dolors Montserrat, una abogada especializada en derecho urbanístico e inmobiliario.

No me ha hecho falta una búsqueda intensa; El País ya lo ha investigado por mí: “La nueva ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad no tiene experiencia o formación relacionada con esta área”. Tal vez, y dado que la cabecera del Twitter de Dolors Montserrat aparece adornada por una foto del macizo de Montserrat, alguien haya pensado que llamándose Dolors es ideal para el Ministerio de Sanidad.

Esta vez, en lugar de emplearse como reloj de oro por los servicios prestados, la cartera de Sanidad se convierte en el comodín para completar la jugada: mujer, joven y catalana. El resultado es que ahora tenemos en una abogada inmobiliaria a la persona que deberá liderar la respuesta a la próxima emergencia sanitaria. Y que, si llega el caso, probablemente deberá optar por la salida Mato: desaparecer de la escena pública para no tener que enfrentarse a preguntas que no sepa responder.

Repito lo que ya he defendido aquí anteriormente: no basta con que bajo la fachada del político exista un cuerpo de técnicos y expertos, si el jefe de todos ellos no es capaz de dirigirlos hablando su mismo idioma. El ciudadano que paga tiene derecho a que su ministro/a de Sanidad sea el ventrílocuo, y no el muñeco.

“Un descubrimiento científico produce un subidón como tocar música punk”

Al hilo de mi artículo anterior sobre Milo Aukerman, he recordado que hace algo más de dos años le hice una breve entrevista de la que saqué un par de extractos para un reportaje sobre la relación entre ciencia y punk. Por entonces Aukerman aún trabajaba en DuPont. Creo que merece la pena traer aquí aquella pequeña entrevista, porque el líder de Descendents destacaba la visión recíproca de la que he tratado en esta miniserie: si el rock parece atraer especialmente a los científicos, la ciencia también puede atraer a los aficionados al rock; o en este caso, el punk. Así lo cuenta el líder de Descendents:

Milo Aukerman. Imagen de Twitter.

Milo Aukerman. Imagen de Twitter.

Uno de los lemas del punk era “No Future”. ¿Su caso demuestra que sí lo había?

La idea de los punks como escoria tiene que cambiar, porque no refleja la realidad. Siempre he considerado el punk más como una música que como un estilo de vida, así que en este sentido es fácil moverse más allá de la caricatura estándar del “idiota inmaduro y drogadicto” ejemplificado por Sid Vicious, por poner un caso.

Entonces, ¿qué opina de la corriente más callejera y antisocial del punk?

No pretendo menospreciar el estilo de vida del punk callejero, pero eso es todo lo que es, un estilo de vida. Uno puede disfrutar de la música punk y aun así llevar una vida normal, estudiar, conseguir un trabajo, y todo ello sin modificaciones corporales ni maltratarse a uno mismo. Simplemente, los punks proceden de diferentes ambientes económicos, culturales y educativos, y todos deberían considerarse legítimos, y todos han contribuido a la democratización del punk como hoy lo conocemos.

¿En qué quedó entonces la rebeldía que ha sido el sello del punk?

Por supuesto, en el corazón del punk está la rebelión, pero uno puede rebelarse de muchas maneras. Rechazar las normas de la sociedad es una de ellas, pero el punk también consiste en la aceptación de la individualidad, y si un punk puede encontrar la felicidad en un trabajo y una familia, mejor para él. También me gustaría destacar que el punk es una salida creativa y una manera para los punks de sentirnos jóvenes, y si no hubiera sitio en ello para los casados con hijos y un empleo, bueno, probablemente yo ya me habría suicidado.

¿Qué tienen en común ciencia y punk?

Realmente es extraño cómo el punk tiende a atraer a los científicos…  Están Greg Graffin y Dexter Holland, por ejemplo, y yo mismo. Probablemente tengamos distintas visiones de los paralelismos entre ambos; sé que Greg los ha comparado refiriéndose al cuestionamiento de lo establecido inherente a la ciencia y el punk.

¿Y usted?

Yo veo los paralelismos en la creatividad y el aspecto del “hazlo tú mismo”.

Pero toda la música es creativa. ¿Qué tiene de especial el punk?

Obviamente, toda música requiere creatividad, pero el punk en particular pone a la persona de la calle en el asiento del conductor, debido a esa naturaleza del “hazlo tú mismo”. Esta capacidad del punk de crear algo de la nada, y de hacerlo sin una tonelada de infraestructura, me atrae del mismo modo que la ciencia, al menos el tipo de ciencia aguerrida que me interesa (en oposición a la Gran Ciencia). El otro aspecto que puedo apuntar es la naturaleza visceral del punk, la euforia total que provoca la música. Cuando descubro algo en el laboratorio, siento algo muy similar. El subidón que uno puede sentir con el punk se parece al del descubrimiento científico. Y aunque no sea exactamente lo mismo en ambos casos, la intensidad de esa sensación puede ser adictiva. En resumen, en cuanto a la naturaleza cuestionadora de ambos, y en su capacidad para emocionar e inspirar, pienso que la ciencia es un buen encaje para los punks.