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Repito: adiós a la señal alienígena, mientras nadie demuestre lo contrario

Esta semana, el microbiólogo ilicitano Francisco Martínez Mojica, de la Universidad de Alicante, ha recibido el prestigioso y sustancioso premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento por haber descubierto un sistema de defensa de los microbios de las salinas de Santa Pola que, con el correr del tiempo y de las investigaciones, ha permitido crear CRISPR: la mejor herramienta de cortapega genético de la historia de la biología molecular, uno de los mayores hallazgos de este incipiente siglo y una promesa para la corrección de ciertas enfermedades.

¿Qué tendrá esto que ver con el título del artículo? Este Yanes ha perdido el oremus, tal vez estén pensando. Pero aguántenme un momento, que sigo para llegar a donde voy.

Mojica recibió el premio compartido en paridad con Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna, las científicas que en la práctica convirtieron esta excentricidad de las bacterias (en realidad arqueas, que no son bacterias) en un valioso instrumental quirúrgico molecular. Mojica fue el descubridor; Charpentier y Doudna, las inventoras.

Hasta ahí, todo correcto. Lo interesante viene al analizar el caso más a fondo, una historia que ya expliqué aquí con detalle. Hasta hace año y medio, nadie sabía quién era Francisco Martínez Mojica. CRISPR ya era una revolución entre la comunidad científica y en los (cada vez más escasos) medios populares que se ocupan de los asuntos de ciencia, pero nadie sabía que su descubridor, y quien le puso el nombre de CRISPR, era un español que trabaja en Alicante. De hecho, nadie sabía quién era su descubridor, y a nadie parecía importarle.

Hasta que, en enero de 2016, a uno de los biólogos más influyentes del mundo, Eric Lander, le dio por investigar la historia de CRISPR para publicar un extenso artículo titulado “Los héroes de CRISPR” en la revista científica de biología número uno del mundo, Cell. Uno de aquellos héroes, especialmente reivindicado en el artículo, era Mojica.

De repente, todo cambió: poco después Mojica aparecía hasta en la Wikipedia, y su nombre comenzó a rumorearse para el Nobel. Pero para entonces, el investigador ya se había perdido los tres millones de dólares del Breakthrough Prize, que recibieron solo Charpentier y Doudna, y lo que es aún más grave, el Princesa de Asturias de Investigación 2015, que recibieron solo Charpentier y Doudna. Aún más grave, dado que el presuntamente muy docto jurado de un premio de tal prestigio no se molestó en hacer lo que después hizo Lander, investigar quién lo merecía, y así un premio español dejó fuera a un español tan acreedor de la distinción como las dos premiadas; una mancha para estos premios que difícilmente podrá repararse.

Y así llego a donde quiero llegar: amigos, por desgracia en muchos casos la ciencia está muy alejada de sus ideales de neutralidad y objetividad. Los científicos están contaminados por los mismos sesgos humanos que de repente convierten en mercancía mediática valiosa a algo como el cocinero ese. Mojica vio cómo su trabajo original era rechazado sucesivamente por la revista Nature y por otras publicaciones de primer nivel sin que siquiera fuera enviado a revisión. Solo consiguió por primera vez colar su firma en una de las revistas filiales de Nature en 2011, diluido entre un bosque de Charpentiers, Koonins, Horvaths y van der Oosts. Cuando su nombre fue descubierto por Lander y comenzó a pronunciarse en las mismas frases que la palabra “Nobel” (que, yo confío, llegará), algunos investigadores extranjeros contactados por varios medios arrugaban la nariz: ¿Nobel? ¿Alicante? ¿Dónde está eso? ¿Cerca de Magaluf?

Ahora tenemos otro posible caso. Se llama Antonio Paris y, como ya expliqué ayer, y como Mojica, no da el perfil ideal: es profesor en una universidad estatal de segunda fila, firma sus investigaciones desde su propio “centro virtual” creado por él mismo, The Center for Planetary Science, suele publicar solo y, sobre todo y para colmo, dedica parte de su tiempo a la investigación científica del fenómeno ovni.

El protagonista de la polémica, el astrónomo Antonio Paris. Imagen de The Center for Planetary Science.

El protagonista de la polémica, el astrónomo Antonio Paris. Imagen de The Center for Planetary Science.

Insisto, posible caso. Entiéndanme, ni mucho menos pretendo comparar a Paris con Mojica, pues el primero no reúne, al menos hasta hoy, los méritos del segundo. Pero como excientífico y veterano periodista de ciencia, me ha parecido que las críticas vertidas a Paris y a su trabajo (repito, no solo a su trabajo, sino a él mismo) recuerdan en cierto modo al caso de Mojica por el insoportable tufillo a contaminación por sesgo y falta de neutralidad.

El trabajo publicado recientemente por Paris, que explica la señal Wow! por el paso de dos cometas (a quien esto le suene a griego clásico, puede encontrar más información aquí), ha recibido ciertas críticas por parte de otros científicos. Esto es normal y habitual, e incluso él mismo señalaba las limitaciones de su estudio y los datos que no encajan con su explicación ni con ninguna otra (por ejemplo, a la crítica de que el radiotelescopio captó la señal con uno de sus receptores, pero no con el otro, Paris ha sugerido la posibilidad, obvia, pero de la que nadie más ha hablado ni por supuesto nadie ha rebatido, de que simplemente el telescopio fallara).

Estas críticas han sido resaltadas por varios medios, que han presentado el asunto desde distintos enfoques, desde el más prudente de la duda, hasta el más arriesgado de afirmar que los resultados de Paris han sido rebatidos por otros científicos. Cuando publiqué ayer mi artículo, algún usuario perezoso en Twitter, de los que leen titulares pero no artículos, señalaba esto último.

Pero no, los resultados de Paris no han sido (aún) rebatidos por otros científicos. Tal vez lo sean mañana, dentro de un mes o de un año. Pero para serlo, deberán serlo por la misma vía que los ha admitido: la publicación científica mediante revisión por pares. Hasta entonces, los resultados de Paris deben considerarse provisionalmente válidos, como todo en ciencia.

Aunque también criticables, como todo en ciencia. El problema en este caso, y de ahí el tufillo que las convierte en sospechosas, es el contenido de estas críticas. No soy astrofísico, y por tanto no estoy cualificado para valorar directamente la calidad de los resultados de Paris. Pero cuando se crea en Reddit un hilo en el que se atacan los resultados de alguien comenzando por cuestionar su heterodoxo perfil y sus credenciales profesionales; cuando se critica el estudio porque la revista en la que se ha publicado no es de las favoritas de los astrónomos; cuando las críticas proceden en parte del descubridor original de la señal, quien de forma más o menos soslayada siempre ha creído en su origen alienígena; cuando, y esto sí que es de chiste, se critica a Paris por hacer “ciencia de nota de prensa”, cuando los resultados de Paris no son una nota de prensa sino un estudio científico publicado, y cuando quien profiere tal crítica no ha publicado una refutación científicamente validada y por tanto sí está haciendo ciencia de nota de prensa…

Miren, yo no conozco a Paris más allá de los breves contactos motivados por los reportajes que he escrito sobre su trabajo. No tengo simpatía por él ni lo contrario. Y personalmente, me encantaría que la señal Wow! fuera realmente el primer saludo alienígena de la historia, así que los resultados de Paris no juegan a favor de lo que me gustaría.

Pero seamos neutrales, honestos y objetivos. Los resultados y sus conclusiones merecen el respeto de cualquier otra publicación científica mientras no se demuestren erróneos por la vía oficial, no en prensa, blogs y reddits. Su autor merece el respeto de cualquier otro científico mientras no se demuestre que ha falseado sus datos de mala fe. Estas son las reglas del juego de la ciencia: hoy debemos aceptar que la balanza se inclina oficialmente hacia una explicación natural de la señal. A quien no le guste, que no lo diga, que lo demuestre y lo publique, y aquí lo contaremos con mucho gusto.

Adiós a la única señal de posible origen alienígena

A los que secundamos el I want to believe, pero no nos vale con el “haberlos, haylos”, y no encontramos argumentos biológicos sólidos para defender su existencia, al menos nos quedaba el consuelo de la señal Wow! Por desgracia, ahora, parece que ya no.

Hasta la fecha, no hemos encontrado una sola prueba creíble de la existencia de alienígenas. La fiebre ovni del siglo pasado remitió sin culminar en ninguna revelación extraordinaria, y todos los rastreos de señales de alguien ahí fuera (lo que se conoce como Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre, o SETI) han terminado hasta ahora con las manos vacías.

La estupefacción de los astrónomos ante la llamada paradoja de Fermi (según aquella idea atribuida al físico italiano: si hay tantos por ahí, ¿dónde están?) ha dado lugar a hipótesis de lo más variopinto, rayando casi en lo estrafalario; la última que leí hace unos días, de unos investigadores de Oxford y Belgrado, sugiere que los alienígenas han alcanzado tal nivel tecnológico que se han convertido en máquinas, prescindiendo de sus cuerpos biológicos. Y que como los ordenadores funcionan mejor en frío, están dormidos esperando a que el universo se expanda más y baje la temperatura para activarse de nuevo. O dicho de otro modo, que están echando la siesta hasta que pase la ola de calor. Lo cual convierte en algo muy dudoso que los veamos por la Península estos días.

Pero quedaba un indicio sin explicación, un expediente X real. En 1977, un primitivo radiotelescopio en Ohio captó una fuerte señal de radio del cielo que hasta ahora nadie había podido asignar satisfactoriamente a ningún fenómeno natural. Dado que aquel telescopio no podía moverse a izquierda y derecha (técnicamente, ascensión recta), podía captar un punto determinado del firmamento durante 72 segundos, el tiempo que la propia rotación terrestre hacía pasar ese punto por delante de la ventana de observación del telescopio. Y 72 segundos fue lo que duró la señal; al volver a escuchar posteriormente el mismo punto del cielo, sólo se encontró silencio, y jamás ha vuelto a repetirse.

La señal Wow! Imagen de Wikipedia.

La señal Wow! Imagen de Wikipedia.

El astrónomo que se encontraba aquel día dedicando parte de su tiempo libre a aquella especie de actividad extraescolar de buscar alienígenas era Jerry Ehman. Cuando Ehman descubrió la señal marcada en el papel continuo de la impresora, la rodeó con bolígrafo rojo y escribió “Wow!”. Desde entonces, se ha conocido como la señal Wow!.

La señal Wow! ha permanecido inexplicada durante casi 40 años. Hasta que a finales de 2015, un astrónomo del St. Petersburg College de EEUU llamado Antonio Paris publicó un estudio proponiendo que la presunta transmisión alienígena era en realidad el ruido producido por el paso de dos cometas llamados 266P/Christensen y P/2008 Y2 (Gibbs).

Estos cometas no se descubrieron hasta 2006, y por tanto no eran conocidos en 1977, cuando se captó la señal. Pero el cálculo de sus órbitas reveló que sus posiciones en el cielo el día de la señal Wow! eran compatibles con el lugar del que procedía la emisión. Además, la frecuencia de radio de la señal, 1.420 megahercios, coincide también con la del hidrógeno, y precisamente los cometas están rodeados por una gran nube de hidrógeno.

Paris es un tipo heterodoxo. Además de su trabajo como astrónomo y profesor, dedica parte de su tiempo a la investigación científica del fenómeno ovni. En enero de 2016 cubrí su estudio para otro medio. Cuando contacté con otros expertos para que valoraran su hipótesis, me expusieron algunas pegas; sobre todo, que la señal Wow! parecía demasiado potente para proceder de un cometa, y que estos objetos se mueven despacio en el cielo, y que por tanto la emisión debería haberse detectado otra vez cuando el telescopio de Ohio volvió a observar la misma región. Pero cuando le pregunté a Paris qué le parecían estas objeciones, se limitó a responderme con una frase de Spock en Star Trek: “soy un científico, no tengo emociones”.

La historia ha tenido ahora su continuación. Uno de los dos cometas, el 266P/Christensen, debía pasar a comienzos de este año por la misma región del cielo donde se detectó la señal Wow!. Por tanto, era una ocasión magnífica para estudiar la emisión del cometa y comprobar hasta qué punto se parecía a la señal de 1977. Para complementar sus observaciones, Paris ha estudiado también otros cometas.

Las conclusiones, publicadas hace un par de semanas, parecen confirmar la hipótesis: “Los resultados de esta investigación, por tanto, concluyen que los espectros de los cometas son detectables a 1.420 MHz y, más importante, que la señal Wow! de 1977 fue un fenómeno natural de un cuerpo del Sistema Solar”, escribe Paris.

¿Asunto zanjado? ¿Adiós a los aliens? Las objeciones originales sobre la fuerza de la señal y su rapidez aún persisten; aunque respecto a lo primero, Paris ya me advirtió el año pasado de que sería difícil cuadrar la potencia actual de la señal, dado que los cometas habrán perdido gran parte de su masa desde 1977. Pero por lo demás, algunos expertos han planteado otras nuevas pegas que resultan más bien ridículas, como que Paris ha financiado su investigación por crowdfunding, o que la revista donde ha publicado el estudio, Journal of the Washington Academy of Sciences, no es un foro donde los astrónomos suelen enviar sus trabajos.

Mientras, Ehman, que aún vive pero ya retirado, mantiene la actitud gallega que ha mantenido siempre: puede ser, o puede no ser, no se ha probado una cosa, ni la contraria. En el fondo, Ehman parece seguir albergando la esperanza de que aquel día su boli rojo subrayara el primer y hasta hoy único mensaje recibido de otro mundo. Pero por desgracia, y mientras nadie refute los resultados de Paris, hoy tenemos aún menos razones para confiar en que las pruebas que no han llegado hasta ahora acaben llegando. Bueno, tal vez aún nos queden los radiodestellos rápidos (FRB).

Una sonda de la NASA volará a través de la atmósfera del Sol

Sunshine, de Danny Boyle, es una de las películas de ciencia ficción más interesantes que he podido ver en lo que llevamos de siglo. Según parece, sus resultados en taquilla fueron más bien discretos, algo que no me corresponde analizar a mí sino a mis compañeros Carles y Juan Carlos.

Por lo que compete a este blog, puedo decir que Boyle y Alex Garland, autor de la historia, hicieron un trabajo concienzudo basándose en una asesoría científica amplia y experta, con participación de la NASA y del físico británico y estrella mediática Brian Cox, e incluso montando a los actores en vuelos de simulación de microgravedad. Y si no todo en la película es científicamente realista, no se trata de errores, sino de licencias creativas que se tomaron siendo plenamente conscientes de que se estaban apartando de la ciencia rigurosa.

Ilustración de la Parker Solar Probe. Imagen de NASA.

Ilustración de la Parker Solar Probe. Imagen de NASA.

Sí, hubo científicos que escribieron criticando negativamente la película. A quienes nos dedicamos a esto nos gusta desentrañar cuánto hay de ciencia real y cuánto de vengayá en las películas del género. Pero una cosa es aprovechar estas licencias argumentales como herramienta de divulgación, y otra basarse en ellas para descalificar una película como si se hubiera cometido una especie de afrenta. Toda época ha tenido sus inquisidores.

Toda peli de ciencia ficción encuentra su eficacia sabiendo hasta dónde estirar la ciencia; y si hay que romperla para ir un poco más allá porque la historia lo pide, pues se rompe y no pasa nada: la ciencia no es una religión, y la ficción es ficción porque es ficción. Incluso una joya tan elogiada como 2001: Una odisea del espacio se basa en una idea hoy indefendible por criterios científicos, la existencia de inteligencias extraterrestres casi supremas, ese rollo que en Prometheus llamaban “los ingenieros”. Y qué decir de toda película basada en los viajes en el tiempo.

Para quienes no la hayan visto, les resumo el argumento de Sunshine en una frase y sin spoilers: el Sol se está apagando debido a un accidente natural que en la película no se menciona, pero que sí se explica científicamente en el guión original (para los curiosos, una colisión con una Q-ball), y una nave tripulada debe viajar hasta allí para reactivarlo mediante una megaexplosión nuclear, después del fracaso de una misión anterior que desapareció sin dejar rastro.

El acierto de Sunshine, en mi opinión, está en desarrollar la quiebra psicológica de los personajes amenazados por un monstruo tan poderoso como inusual: el Sol, normalmente un elemento benéfico e imprescindible para la vida. Darle al Sol el papel del malo es un hallazgo comparable al de poner al asesino en el cuerpo de un niño; ignoro a quién se le ocurrió esto por primera vez, pero Chicho Ibáñez Serrador lo hizo magistralmente en Quién puede matar a un niño. Una película que, por cierto, también exploraba sabiamente el terror a pleno sol. En Sunshine los personajes se defienden contra un enemigo que puede liquidarlos o enloquecerlos hasta que se liquiden unos a otros, y al que jamás podrán matar ni vencer.

Comparación a escala del tamaño aparente del Sol desde la Tierra (derecha) y desde la órbita de la Parker Solar Probe (izquierda). Imagen de Wikipedia.

Comparación a escala del tamaño aparente del Sol desde la Tierra (derecha) y desde la órbita de la Parker Solar Probe (izquierda). Imagen de Wikipedia.

Me ha venido el recuerdo de Sunshine con ocasión de una rueda de prensa celebrada esta semana en la que la NASA ha presentado una misión que lanzará en 2018, y que se acercará al Sol como jamás lo ha hecho antes ningún artefacto de fabricación humana. Faltando el elemento humano, la Parker Solar Probe (bautizada en homenaje al astrofísico Eugene Parker, descubridor del viento solar y que, en contra de la costumbre en estos casos, aún vive) enfrentará sus circuitos a los mismos peligros que amenazaban a la tripulación del Icarus II en la película.

Parker se acercará a unos seis millones de kilómetros del Sol. Puede que esto no parezca demasiado si consideramos que nuestra estrella tiene un diámetro de 1,4 millones de kilómetros, pero la cosa cambia si tenemos en cuenta que Mercurio se encuentra a 58 millones de kilómetros del Sol, casi diez veces más lejos de lo que la sonda se aproximará. De hecho, Parker volará atravesando la corona, la parte exterior de la atmósfera solar. El gráfico de la derecha muestra el tamaño aparente del Sol desde la Tierra, comparado con el que verá la sonda.

Trayectoria orbital prevista para la Parker Solar Probe. Imagen de NASA.

Trayectoria orbital prevista para la Parker Solar Probe. Imagen de NASA.

Para soportar una temperatura de 1.377 ºC, con una intensidad solar 520 veces superior a la que existe en la Tierra, Parker esconderá sus instrumentos detrás de una sombrilla de 11,5 centímetros de grosor fabricada con carbono reforzado con fibra de carbono, el mismo material que protegía a los shuttles de la NASA durante la reentrada en la atmósfera. Eso sí, energía solar no le faltará.

La misión se lanzará el 31 de julio de 2018, pero durante seis años se dedicará a sobrevolar Venus. Deberemos esperar hasta el 19 de diciembre de 2024 para su primera aproximación al Sol. Parker conseguirá además otro récord, el del objeto de fabricación humana más rápido de la historia: durante su recorrido alrededor del Sol, su velocidad alcanzará los 700.000 km/h.

Ya van tres arrugas en el espacio-tiempo: detectada una nueva onda gravitacional

The first cut is the deepest (el primer corte es el más profundo), decía una canción de Cat Stevens. La primera vez siempre deja una huella más honda: el primer amor, la primera experiencia sexual o… la primera detección de ondas gravitacionales.

Cuando el 11 de febrero de 2016 los responsables del experimento LIGO (Laser Interferometer Gravitational-wave Observatory) anunciaban por primera vez la confirmación de las ondas gravitacionales pronosticadas por Einstein hace 100 años, todos los medios del mundo seguían la estela de la que se presentó como la noticia científica más importante del siglo.

Hoy se ha anunciado la tercera detección de este tipo de ondas, y está claro que la noticia no llegará tan lejos. Lo cual podría aprovecharse como un motivo de queja, pero me apetece interpretarlo justo del modo contrario: lo que es una increíble noticia es que la detección de ondas gravitacionales se haya convertido casi en algo rutinario.

Primero, refresquemos la memoria. Hace un siglo, Albert Einstein explicó la gravedad, hasta entonces una influencia misteriosa ejercida a distancia por los cuerpos, por la existencia de un tejido formado por el espacio y el tiempo, que pone en contacto los objetos y se deforma por acción de la masa. Una manera clásica de ilustrarlo es la cama elástica, donde una bola de bolos forma una depresión que atraerá hacia ella cualquier otro objeto que lancemos.

Einstein predijo que una fuerte perturbación de esta especie de alfombra del universo causaría arrugas que se propagarían por el cosmos, como una piedra en un lago. Pero dado que estas ondas son muy débiles, hasta hace muy poco tiempo los científicos no disponían de instrumentos lo suficientemente sensibles como para detectarlas.

Esto ha cambiado gracias a LIGO, un experimento compuesto por dos detectores gemelos en dos lugares distintos de EEUU. Cada uno de ellos está compuesto por dos tubos de cuatro kilómetros dispuestos en direcciones perpendiculares, de modo que es posible medir cómo se acortan cuando estas ondas invisibles llegan a la Tierra procedentes de un gran cataclismo cósmico; por ejemplo, la fusión de dos agujeros negros. Incluso una catástrofe espacial de este calibre hace que los tubos se encojan en una longitud ridícula, mil veces menor que el diámetro de un protón.

Ilustración de un agujero negro binario antes de la fusión. Imagen de LIGO.

Ilustración de un agujero negro binario antes de la fusión. Imagen de LIGO.

LIGO consiguió por primera vez medir una onda de este tipo el 14 de septiembre de 2015, aunque los resultados no se hicieron públicos hasta febrero de 2016. La onda procedía de la fusión de dos agujeros negros para dar lugar a uno solo, tan pesado como 62 soles, a una distancia de 1.300 millones de años luz. El hallazgo sirvió además a los científicos para confirmar la existencia de agujeros negros tan grandes producidos por el colapso de una estrella, algo que hasta entonces no se conocía.

El 26 de diciembre de 2015 se detectó una segunda onda, también provocada por la fusión de dos agujeros negros en uno solo, en este caso de 21 veces la masa del Sol, y a 1.400 millones de años luz. El nuevo hallazgo confirmaba que se abre una nueva era para la astronomía: del mismo modo que puede observarse una estrella por su luz, LIGO es también un telescopio que detecta otro tipo de emisión diferente, antes inaccesible a la observación científica. Este mismo año se sumará un tercer detector en suelo europeo, Virgo, situado en Italia.

La tercera onda gravitacional anunciada hoy, detectada el pasado 4 de enero y designada por su fecha GW170104, es curiosamente la más antigua en el tiempo. Procede también de la fusión de dos agujeros negros, pero en este caso a 3.000 millones de años luz de distancia, lo que implica que tuvo lugar hace 3.000 millones de años. El tamaño rellena un hueco entre las dos detecciones anteriores: los dos agujeros negros de partida tenían 32 y 19 masas solares, dando como resultado uno de 49 masas solares con un diámetro de unos 280 kilómetros; casi 50 veces la masa del Sol concentrada en una bola que cabría entre Madrid y Zaragoza. Las 2 masas solares que se pierden en la suma se transforman en la energía gravitacional que se propaga por el universo.

Comparación de tamaños de agujeros negros fusionados en la primera detección (GW150914), la segunda (GW151226) y la tercera (GW170104), junto con una cuarta no confirmada. A la izquierda, los tamaños de agujeros negros estelares más pequeños observados antes por técnicas de rayos X. Imagen de LIGO.

Comparación de tamaños de agujeros negros fusionados en la primera detección (GW150914), la segunda (GW151226) y la tercera (GW170104), junto con una cuarta no confirmada. A la izquierda, los tamaños de agujeros negros estelares más pequeños observados antes por técnicas de rayos X. Imagen de LIGO.

Esta animación muestra una simulación de las arrugas en el espacio-tiempo detectadas por LIGO:

Ciencia semanal: los ‘Homo erectus’ podrían haber tocado el piano

Una ronda rápida de las noticias científicas más destacadas de esta semana que termina.

Pensando como humanos desde hace 1,8 millones de años

¿Desde cuándo los humanos somos humanos? Si pudiéramos de repente introducirnos en la mente de un individuo perteneciente a una especie ancestral de la familia humana, como un australopiteco o un Homo erectus, ¿a partir de cuál de ellos nos reconoceríamos a nosotros mismos como humanos, con nuestra autoconsciencia y nuestra capacidad de raciocinio?

Esta es una de las preguntas más interesantes de la paleoantropología, y también de las más difíciles de responder. Ni siquiera podemos precisar del todo cómo siente y piensa hoy uno de nuestros parientes vivos más próximos, como el bonobo o el chimpancé; ¿cómo hacerlo para una especie que desapareció hace miles de años?

Las nuevas tecnologías y la creatividad de los científicos hoy están logrando adentrarse en terrenos que antes parecían impenetrables. En muchos casos la clave de estos avances está en la interdisciplinariedad, la comunicación entre especialistas de ramas científicas muy diversas, tanto que hasta hace unos años no podría imaginarse para qué los conocimientos de uno podrían servir al otro. Por ejemplo, y como he contado aquí en alguna ocasión, hoy los arqueólogos ya no solo emplean libros y herramientas de campo, sino que aprovechan la capacidad de herramientas físicas avanzadas como los aceleradores de partículas para desentrañar secretos de sus hallazgos que serían inaccesibles por otros medios.

La investigadora de la Universidad de Indiana (EEUU) Shelby Putt es neuroarqueóloga, una especialidad que habría parecido absurda hace unos años, ya que ni el pensamiento ni su sustrato biológico, las neuronas, dejan huellas en el registro fósil. Pero Putt ha ideado un precioso experimento para tratar de entender cómo nuestros parientes ancestrales se parecían a nosotros en sus capacidades mentales.

La neuroarqueóloga de la Universidad de Indiana Shelby Putt. Imagen de U of Iowa.

La neuroarqueóloga de la Universidad de Indiana Shelby Putt. Imagen de U of Iowa.

Putt y sus colaboradores pusieron a un grupo de voluntarios a fabricar herramientas de piedra como lo hacían los antiguos homininos en dos etapas distintas de la evolución: según la industria olduvayense, que comenzó a utilizarse hace 2,6 millones de años, o la achelense, más avanzada, cuyos primeros restos se remontan a hace 1,8 millones de años con el Homo erectus, y que se han fabricado hasta hace unos 100.000 años. Mientras los voluntarios se dedicaban a esta artesanía prehistórica, se registraba su actividad cerebral mediante una técnica avanzada no invasiva llamada espectroscopía funcional de infrarrojo cercano.

Los resultados, publicados en Nature Human Behaviour, muestran que la fabricación de las herramientas olduvayenses, más primitivas, solo requiere la actividad de regiones cerebrales implicadas en la atención visual y el control motor. Por el contrario, las achelenses activan una parte del cerebro mucho mayor, incluyendo áreas de alto nivel intelectual implicadas en la planificación. “Sorprendentemente, estas partes del cerebro son las mismas implicadas en actividades modernas como tocar el piano”, dice Putt. El estudio concluye: “La fabricación de herramientas achelenses puede tener más vínculos evolutivos con interpretar a Mozart que con citar a Shakespeare”.

Los superbichos son anteriores a los dinosaurios

Las bacterias multirresistentes, inmunes a todos los antibióticos conocidos, son hoy una de las mayores preocupaciones de epidemiólogos y especialistas en salud pública. Conocidos coloquialmente como superbichos (superbugs en inglés), estos microbios suelen anidar en los hospitales y en numerosas ocasiones provocan la muerte de pacientes ingresados por otras causas. Algunos expertos llegan incluso a dibujar un futuro atemorizador, en el que nuestros antibióticos actuales serán del todo inservibles y regresaremos a la época en que no teníamos herramientas para combatir las infecciones bacterianas.

Un nuevo estudio dirigido por Michael Gilmore, de la Facultad de Medicina de Harvard (EEUU), y publicado en la revista Cell, ha rastreado los orígenes evolutivos de un tipo de superbichos, los enterococos. Los resultados son sorprendentes: el origen de estos seres se remonta a hace 450 millones de años, en una época anterior a los dinosaurios, cuando los primeros animales estaban saliendo del agua para colonizar el medio terrestre.

Imagen de Mark Witton.

Imagen de Mark Witton.

Según los investigadores, cuando aquellos animales comenzaron a abandonar el medio acuático, llevaron con ellos los ancestros de los enterococos, y aquel cambio de hábitat fue seleccionando los genes necesarios para hacerlos resistentes a la desecación, a la falta de nutrientes y a las sustancias antimicrobianas, en lo cual está el origen de su extraordinaria resistencia a todo tipo de agresiones del medio externo. Cuatrocientos cincuenta millones de años después, es evidente que su estrategia evolutiva ha sido todo un éxito para ellos, y una seria amenaza para nosotros.

Un médico pronosticó el ciberataque

El premio al profeta de la semana se lo lleva Krishna Chinthapalli, neurólogo del Hospital Nacional de Neurología y Neurocirugía de Londres. El pasado miércoles, Chinthapalli recordaba en la revista British Medical Journal un reciente ciberataque a un hospital de Los Ángeles en el que se utilizó un virus de ransomware, que obliga a los atacados a pagar un rescate para recuperar el control de sus sistemas informáticos. El neurólogo escribía: “Deberíamos estar preparados: casi con seguridad este año más hospitales sufrirán ataques de ransomware“. Solo dos días después, un ataque con el ransomware WannaCry secuestraba el sistema británico de salud pública, entre otras muchas instituciones de varios países.

La Nebulosa del Cangrejo, vista como nunca

Les dejo con esta nueva y espectacular imagen de la Nebulosa del Cangrejo, publicada esta semana. La nebulosa es el resto de la violenta explosión de una supernova que pudo verse en el cielo en el año 1054 de nuestra era. Esta nueva imagen se ha construido superponiendo capturas en todo el espectro de luz tomadas por cinco instrumentos astronómicos: ondas de radio en rojo por el VLA, infrarrojo en amarillo por el telescopio espacial Spitzer, luz visible en verde por el Hubble, ultravioleta en azul por el XMM-Newton y rayos X en morado por el Chandra.

Nueva imagen de la Nebulosa del Cangrejo. Imagen de NASA, ESA, G. Dubner (IAFE, CONICET-University of Buenos Aires) et al.; A. Loll et al.; T. Temim et al.; F. Seward et al.; VLA/NRAO/AUI/NSF; Chandra/CXC; Spitzer/JPL-Caltech; XMM-Newton/ESA; y Hubble/STScI.

Nueva imagen de la Nebulosa del Cangrejo. Imagen de NASA, ESA, G. Dubner (IAFE, CONICET-University of Buenos Aires) et al.; A. Loll et al.; T. Temim et al.; F. Seward et al.; VLA/NRAO/AUI/NSF; Chandra/CXC; Spitzer/JPL-Caltech; XMM-Newton/ESA; y Hubble/STScI.

Un hallazgo en un cometa complica la búsqueda de vida alienígena

¿Cómo puede un descubrimiento en un cometa complicar la búsqueda de vida alienígena? Si les interesa, sigan leyendo.

Tal vez recuerden que hace dos años y medio hasta algunos telediarios abrieron con el primer aterrizaje de un artefacto espacial en un cometa: se trataba de Philae, un módulo separable de la sonda Rosetta de nuestra Agencia Europea del Espacio (ESA). Philae solo pudo operar durante un par de días debido a que su aterrizaje defectuoso lo dejó en un lugar bastante escondido de la luz del sol, pero su breve vida fue suficiente para hacer ciencia muy valiosa. Por su parte, su nodriza Rosetta concluyó su misión en septiembre de 2016 estrellándose contra el objeto de su estudio, el cometa 67P/Churyumov–Gerasimenko.

Imagen del cometa 67P/Churyumov–Gerasimenko tomada por la sonda Rosetta. Imagen de ESA/Rosetta/NAVCAM.

Imagen del cometa 67P/Churyumov–Gerasimenko tomada por la sonda Rosetta. Imagen de ESA/Rosetta/NAVCAM.

Entre los descubrimientos que Rosetta ha aportado al conocimiento, en 2015 los científicos de la misión anunciaron el hallazgo de oxígeno molecular en la atmósfera del cometa. El oxígeno molecular es lo que respiramos, una molécula formada por dos átomos de oxígeno, O2. Y a pesar de que el oxígeno como elemento es uno de los más abundantes en el universo (el tercero, después de hidrógeno y helio), su forma molecular, la respirable, es extremadamente rara, que sepamos hasta ahora. Hasta 2011 no se confirmó por primera vez su existencia fuera del Sistema Solar, y no fue precisamente aquí al lado: en una región formadora de estrellas de la nebulosa de Orión, a unos 1.500 años luz. Posteriormente se ha detectado también en otra zona de formación de estrellas de la nebulosa Rho Ophiuchi.

La rareza del oxígeno molecular estriba en que es muy reactivo, muy oxidante, por lo que tiende a reaccionar rápidamente con otros compuestos y desaparecer en esta forma; por ejemplo, con el hidrógeno para producir agua. Así que, cuando los científicos encontraron oxígeno molecular en el cometa 67P, la reacción lógica se resumía en tres letras: WTF?

La explicación que sugirieron los investigadores de Rosetta era que el oxígeno estaba congelado en el cometa desde su formación, en los tiempos del origen del Sistema Solar, y que se iba liberando por el calor del sol. Sin embargo, la hipótesis fue cuestionada porque incluso en este caso parecía improbable que el oxígeno pudiera haber permanecido intacto, sin reaccionar, durante miles de millones de años.

Ahora, por fin existe una explicación para el oxígeno de 67P, y ha llegado de una fuente inesperada: un ingeniero químico que se dedica a la investigación de nuevos componentes electrónicos. Konstantinos Giapis, de Caltech (EEUU), se dedica desde hace 20 años a cosas como bombardear semiconductores con chorros de átomos cargados a alta velocidad para estudiar las reacciones químicas que se producen.

Cuando Giapis supo del descubrimiento de Rosetta, de repente se dio cuenta de que el cometa podía ser un ejemplo real de los experimentos que él realiza en el laboratorio: el hielo presente en 67P se calienta con el sol, liberando vapor de agua que se ioniza con la radiación ultravioleta solar y se estrella de nuevo a alta velocidad con el cuerpo del cometa por el efecto del viento solar. Cuando estas moléculas de agua chocan contra la superficie de 67P, arrancan átomos de oxígeno que se combinan con el oxígeno del agua para formar O2.

Ilustración del experimento de Konstantinos Giapis. Al bombardear con moléculas de agua (izquierda) una superficie de materiales similares a los del cometa 67P, se desprende oxígeno molecular (en rojo; el hidrógeno, en azul). Imagen de Caltech.

Ilustración del experimento de Konstantinos Giapis. Al bombardear con moléculas de agua (izquierda) una superficie de materiales similares a los del cometa 67P, se desprende oxígeno molecular (en rojo; el hidrógeno, en azul). Imagen de Caltech.

No es solo una teoría: Giapis lo ha puesto a prueba en su laboratorio, simulando el proceso que tiene lugar en el cometa, y ha demostrado que se produce oxígeno molecular. Así que la presencia de este compuesto en 67P no es una reliquia de la época del nacimiento del cometa, sino una reacción que está ocurriendo ahora para generar oxígeno respirable fresco.

Lo cual nos lleva de vuelta al título de este artículo. Y es que, aunque el estudio de Giapis aporta un interesante hallazgo en el campo de la astrofísica/química, sus repercusiones pueden complicar aún más la búsqueda de firmas de vida en planetas extrasolares: incluso si se detecta oxígeno en la atmósfera de alguno de estos lejanos planetas, ya hay otro mecanismo más que podría explicar su origen sin necesidad de que exista algo vivo allí.

El drama de la búsqueda de vida en el universo es que difícilmente llegaremos jamás a tener una prueba directa, una confirmación absoluta. Todos los intentos de encontrar biología en planetas extrasolares, que cada vez son más (los intentos y los planetas), deben conformarse con buscar indicios indirectos, como señales que no sean fácilmente atribuibles a un fenómeno natural. Los nuevos instrumentos de observación van a facilitar en los próximos años el análisis de las atmósferas de muchos exoplanetas, y con ello será posible sospechar que tal o cual composición atmosférica podría indicar la existencia de vida.

Naturalmente, la más evidente de estas posibles firmas biológicas atmosféricas es el oxígeno. Nunca se ha pretendido que esta fuese una firma definitiva: existen procesos geológicos y químicos que pueden dar lugar a la generación de este gas sin intervención de nada vivo. Por ejemplo, Europa y Ganímedes, dos de las grandes lunas de Júpiter, tienen atmósferas de oxígeno muy tenues, pero allí este gas se forma por la ruptura del agua (H2O) causada por la radiación, o radiolisis.

Sin embargo, con los procesos abióticos (sin vida) de fabricación de oxígeno ocurren dos cosas: primero, no parece fácil que puedan originar enormes cantidades de este gas y sostenidas a lo largo del tiempo. En el caso de la Tierra, el gran inflado de nuestra atmósfera se produjo por la proliferación de microbios fotosintéticos, y si aún hoy podemos respirar es gracias a que seguimos teniendo organismos fotosintéticos.

Segundo, en algunos casos esos procesos requieren condiciones que tampoco son hospitalarias para la vida. Por ejemplo, en planetas muy calientes y próximos a su estrella, la radiación UV de esta puede descomponer el agua. Pero si se encuentra oxígeno en un planeta así, sus propias condiciones hacen muy improbable que exista algo vivo.

En resumen, y aunque detectar oxígeno en abundancia en la atmósfera de un exoplaneta no sería una demostración de vida, sí sería un buen comienzo. O al menos, lo era, hasta el hallazgo de Giapis. Ahora sabemos que hay una manera más de producir oxígeno, que a 67P le funciona muy bien, y en la que no interviene nada parecido a la vida. Desde Caltech ya nos advierten: “otros cuerpos astrofísicos, como planetas más allá de nuestro Sistema Solar, o exoplanetas, también podrían producir oxígeno molecular por el mismo mecanismo abiótico, sin necesidad de vida. Esto puede influir en la futura búsqueda de signos de vida en exoplanetas”.

Sin rastro de vida inteligente en más de 6.000 estrellas

Será curioso saber qué artículo despierta mayor interés, si el que publiqué ayer, sugiriendo que la búsqueda de signos de vida extraterrestre pronto podría dar frutos, o este de hoy. Las buenas noticias y las malas tienden a atraerse como los polos opuestos, en sentido puramente electromagnético (nunca he creído en esa aplicación metafórica a los seres humanos; o al menos en mi caso, no funciona así).

El sistema triple Alfa Centauri: A, B y Proxima (señalada en rojo). Imagen de Wikipedia.

El sistema triple Alfa Centauri: A, B y Proxima (señalada en rojo). Imagen de Wikipedia.

La mala noticia de hoy es que dos proyectos de búsqueda de señales de vida inteligente, uno en 5.600 estrellas y otro en 692, han concluido con las manos vacías. Nada por aquí, nada por allá. Y les aseguro que no me alegro de ello, pero es otro apoyo más a la hipótesis de que la vida no es un fenómeno común en el universo.

El primero de los proyectos es obra de dos investigadores de la Universidad de California en Berkeley. Nathaniel Tellis y Geoffrey Marcy han emprendido lo que se conoce como SETI óptico; es decir, búsqueda de inteligencia extraterrestre (cuyas iniciales en inglés forman el acrónimo SETI), pero no en forma de señales de radio, sino de pulsos de luz visible.

La idea inspiradora, puramente especulativa, es que una civilización lo suficientemente avanzada podría emplear el láser como un medio de comunicación a grandes distancias, y uno de estos pulsos que cayera en nuestra dirección podría detectarse como un chispazo de luz distinguible del brillo de la estrella.

Los dos investigadores han aplicado un algoritmo a un exhaustivo conjunto de datos recogidos por el telescopio Keck de Hawái entre 2004 y 2016, correspondientes a 5.600 estrellas de la Vía Láctea distribuidas por todo el cielo, en su mayoría hasta una distancia de unos 326 años luz, y de un amplio rango de edades, desde menos de 200 millones de años hasta casi 10.000 millones de años. Para cada estrella, han buscado posibles chispazos en casi todo el espectro de luz visible (todos los colores) y en un radio de hasta decenas de unidades astronómicas (una unidad astronómica, UA, es la distancia media de la Tierra al Sol).

Después de todo ello, esta es la conclusión de los investigadores en su estudio, que se publicará próximamente en la revista The Astronomical Journal: “No hemos encontrado emisiones láser procedentes de las regiones planetarias en torno a ninguna de las 5.600 estrellas”. Según los datos actuales disponibles, Tellis y Marcy calculan que este conjunto de estrellas debería albergar unos 2.000 planetas templados de tamaño similar a la Tierra, así que los resultados no son nada alentadores.

El segundo proyecto es el Breakthrough Listen, una de las Iniciativas Breakthrough del programa SETI fundado en 2015 por el físico y magnate ruso Yuri Milner, y que cuenta con la participación del Centro SETI de la Universidad de California en Berkeley. Breakthrough ha celebrado esta semana en la Universidad de Stanford su segunda conferencia anual, donde se han discutido cuestiones como el potencial para la existencia de vida en algunos mundos recientemente descubiertos, por ejemplo Proxima b, el sistema TRAPPIST-1 o el recién llegado LHS 1140b, del que hablé ayer. También se debatió sobre el Breakthrough Starshot, el proyecto de Milner de enviar una flota de minúsculas sondas al sistema Alfa Centauri.

En la conferencia Breakthrough se han presentado las conclusiones del primer año de Listen. El director del SETI en Berkeley, Andrew Siemion, expuso los resultados de la escucha de posibles señales de radio de origen inteligente en 692 estrellas con el radiotelescopio de Green Bank, una instalación histórica para el SETI, ubicada en Virginia Occidental. De todas las señales captadas, los investigadores seleccionaron 11 como las más significativas. Pero el veredicto es claro, o más bien oscuro: “se considera improbable que alguna de estas señales tenga un origen artificial, pero la búsqueda continúa”, han declarado los responsables del proyecto.

En resumen, seguimos en blanco, solos y sin compañía. Por supuesto, hay recurso al viejo aforismo: la ausencia de prueba no es prueba de ausencia. Como no podía ser de otra manera, Tellis reconoció a la revista The Atlantic que el hecho de no haber detectado comunicaciones láser no significa que esas 5.600 estrellas estén desprovistas de vida. “Cada una de esas estrellas podría tener un Nueva York, un París o un Londres, y no tendríamos ni idea”, dijo. De hecho, nosotros no enviamos comunicaciones por láser al espacio; si alguien nos estudiara desde allí empleando la misma técnica, no encontraría ningún rastro de nuestra presencia.

Pero no olvidemos que el aforismo es de por sí discutible cuando sirve para encubrir una llamada a la ignorancia. Por poner un ejemplo tan ridículo como claro, es indefendible alegar que la ausencia de pruebas de que hay un dragón invisible en la habitación no prueba que el dragón invisible no esté presente, por mucho que uno desee creer en los dragones invisibles. La vida es muy común en el estanque de mi jardín. Si tomo una simple gota al azar, encuentro al primer vistazo esta diminuta maravilla:

Alga verde microscópica Scenedesmus. Imagen de J. Y., tomada acercando la cámara del móvil al ocular de un microscopio.

Alga verde microscópica Scenedesmus. Imagen de J. Y., tomada acercando la cámara del móvil al ocular de un microscopio.

Que, por cierto, es una alga verde Scenedesmus, una clorofícea colonial que suele formar grupos de cuatro u ocho células, llamados cenobios. Pero en el estanque del universo, ninguna gota de las muchas analizadas hasta ahora de una manera u otra ha revelado absolutamente nada. ¿Es la vida realmente tan común en el universo?

La vida extraterrestre, cada vez más cerca

Durante buena parte del siglo pasado cundía la sensación de que la confirmación de la vida extraterrestre era una fruta madura a punto de caer. Eran los años 60, 70 y 80, cuando el fenómeno ovni estaba en su apogeo y parecía que la prueba definitiva llegaría mañana o pasado. Pero después comenzaron a aparecer las cámaras digitales y los móviles con cámara (que, para los recién llegados, en realidad son anteriores a los smartphones).

Ilustración del exoplaneta LHS 1140b. Imagen de M. Weiss/CfA.

Ilustración del exoplaneta LHS 1140b. Imagen de M. Weiss/CfA.

Hoy hasta los maasáis de la sabana keniana llevan en el bolsillo una cámara de fotos de alta definición (no es broma); y en contra de lo que muchos habrían previsto, en lo referente a los ovnis seguimos estancados en la misma coyuntura de los tiempos en que una cámara era un bien escaso y rudimentario. Cada día se suben milles de millones de fotos y vídeos a internet, pero ninguno de los 7.500 millones de humanos dispersos por todos los rincones del planeta nos ha mostrado una entrevista con alienígenas recién bajados de un platillo volante, grabada en Full HD con un iPhone no-sé-cuántos-van-ya.

Ya expliqué aquí hace tiempo mis razones para no creer en los ovnis, mal que me pese; y en algún otro medio he contado cómo la ciencia ha ido desmontando uno por uno los presuntos casos de avistamientos más sonados de los últimos años. Pero si lo que piense alguien que tiende al escepticismo puede mover a otros a un escepticismo hacia el escepticismo, la cuestión es que, como conté en un reportaje hace ya ocho años, incluso algunos ufólogos hace tiempo que tiraron la toalla; claro está, aquellos que han sostenido frente al fenómeno ovni una actitud honesta y racional, no quienes tratan de seguir viviendo del cuento a toda costa.

Rescato algunos ejemplos de lo anterior que cité en aquel reportaje. Jenny Randles, ufóloga, escritora y antigua directora de investigación de la British UFO Research Association (BUFORA), reconocía: “ET no aterrizó y el mundo sigue su camino como siempre”. Wendy Connors, ufóloga estadounidense, escribió un artículo sobre la “muerte de la ufología”. El español Ricardo Campo, investigador crítico del fenómeno ovni, calificaba la ufología como “ciencia abortada”, y me contaba a su vez que muchos ufólogos se habían rendido a la evidencia. El ufólogo Vicente-Juan Ballester Olmos también cerraba el ataúd de la ufología: “Lo que no ha ocurrido ya en estos 60 años no creo que vaya a ocurrir en lo sucesivo; el misterio de los ovnis ya está momificado y es labor para historiadores, antropólogos y sociólogos”, decía.

Y a pesar de todo, en ciertos programas de televisión continúan desfilando personajes que no hacen sino confirmar aquella idea del genial Carl Sagan: “los casos fiables no son interesantes, y los casos interesantes no son fiables. Desafortunadamente, no hay casos que sean a la vez fiables e interesantes”.

Todo lo cual no significa que la creencia en los ovnis haya desaparecido de la calle. De hecho, algún análisis reciente apunta que esta fe, ya que a tales alturas no cabe otra calificación, puede estar remontando desde sus mínimos históricos, tal vez debido a las corrientes culturales cíclicas, y tal vez enmarcada dentro de un fenómeno más general de auge de las pseudociencias y del movimiento anti-Ilustración, algo de lo que ya he hablado aquí.

Pero una cosa es el fenómeno ovni, y otra muy diferente la confirmación de vida extraterrestre. Y respecto a esto último, sí podría decirse, desde un enfoque científico, que la situación actual tiene un cierto sabor a años 60-70: como entonces, hoy se diría que la noticia de que nuestro planeta no es el único lugar habitado del universo parece a punto de caer, aunque los otros puedan ser simplemente organismos simples como hongos o bacterias.

Ya conté aquí hace unos días que por primera vez se ha logrado detectar una atmósfera en un planeta de tamaño y masa similares a la Tierra. En plenas vacaciones de Semana Santa, la revista Science nos sorprendía con un bombazo: Encélado, una luna de Saturno que se postula como uno de los candidatos del Sistema Solar para albergar vida, puede tener fuentes hidrotermales en el fondo de su océano subglacial. Recordemos que hoy muchos científicos se inclinan por la hipótesis de que fue precisamente en este tipo de fumarolas submarinas donde pudo nacer la vida en la Tierra.

Ahora, esta misma semana, la revista Nature publica el hallazgo de un nuevo exoplaneta que uno de sus descubridores, Jason Dittmann, del Centro de Astrofísica Harvard-Smithsonian (CfA), califica como “el mejor objetivo para la búsqueda de vida más allá de la Tierra”. LHS 1140b, que así se llama, es una superTierra de 6,6 veces la masa terrestre y 1,4 veces su diámetro, probablemente rocosa, situada en la zona templada de su estrella, una enana roja a 40 años luz de nosotros.

Ilustración del exoplaneta LHS 1140b. Imagen de ESO/spaceengine.org.

Ilustración del exoplaneta LHS 1140b. Imagen de ESO/spaceengine.org.

Las palabras de Dittmann no solo se justifican por las condiciones propicias del planeta, sino también por las condiciones propicias para estudiarlo: el nuevo planeta transita ante la cara de su estrella desde nuestro punto de vista, algo que no sucede en todos los casos, como por ejemplo en el muy prometedor Proxima b, descubierto el año pasado. Este paso de LHS 1140b delante de su estrella permitirá estudiar la luz que lo roza para determinar si tiene atmósfera, si su composición es apta para la vida, y si podría mostrar alguna firma biológica.

Por último, LHS 1140b cuenta con dos ventajas interesantes frente a otros exoplanetas recientemente descubiertos. A diferencia de la muy cacareada TRAPPIST-1, la estrella LHS 1140 parece tranquila, sin grandes fulguraciones achicharrantes. Y también a diferencia de TRAPPIST-1, la estrella del nuevo exoplaneta parece tener una edad suficiente (según los autores del estudio, por lo menos 5.000 millones de años) como para haber dado margen a un proceso de desarrollo de vida…

…si es que este proceso ha podido llegar a ocurrir alguna vez fuera de la Tierra. Algo de lo que personalmente también me declaro escéptico, por razones que ya he contado aquí y que se resumen en una: si en 4.540 millones de años de edad de la Tierra, y que sepamos, la vida solo ha surgido aquí una única vez, ¿qué parte de este argumento nos incita a dar por supuesto que la aparición de la vida sea un fenómeno frecuente? Pero de verdad, me encantaría tener que reconocer mi equivocación aquí mañana mismo…

Ciencia semanal: el primer Brexit ocurrió hace 160.000 años

Como vengo haciendo recientemente, aquí les dejo mi selección personal de lo más importante o interesante ocurrido en el mundo de la ciencia en los últimos siete días.

El Brexit original que nadie votó

A veces la ciencia también se suma con astucia a la ola de la actualidad, y parece demasiada coincidencia para ser casual que este estudio se haya publicado precisamente cuando Reino Unido acaba de poner en marcha su proceso de abandono de la Unión Europea. De hecho, la noticia se ha divulgado justamente así, como el Brexit original.

Lo que cuenta el estudio, publicado en la revista Nature Communications, es que hace 450.000 años Gran Bretaña era algo parecido a Dinamarca, unida al continente a través del actual estrecho de Dover por una muralla de roca de 100 metros de alto y 32 kilómetros de largo que encerraba un enorme lago helado, el actual Mar del Norte. Aquella pared rocosa estaba formada por el mismo material que hoy vemos en los acantilados blancos de Dover: creta, una roca de calcio de la que originalmente se obtenía la tiza.

Aquel paisaje espectacular, a juzgar por la ilustración, comenzó a cambiar hace 450.000 años, cuando el lago se desbordó formando siete cascadas que horadaron el suelo en su caída durante cientos de miles de años. En una segunda etapa, hace 160.000 años, la presa sufrió finalmente un desmoronamiento catastrófico a consecuencia del cual, como les gusta decir al otro lado, el continente se quedó aislado.

Recreación del aspecto del antiguo puente de tierra entre Gran Bretaña y Europa. Imagen de Imperial College London / Chase Stone.

Recreación del aspecto del antiguo puente de tierra entre Gran Bretaña y Europa. Imagen de Imperial College London / Chase Stone.

Comienza el retrato del agujero negro

Como ya anticipé aquí, esta semana ha comenzado el trabajo de la red global de radiotelescopios reunidos bajo el nombre de Event Horizon Telescope (EHT), y cuyo objetivo es fotografiar por primera vez en la historia un agujero negro con el suficiente detalle para distinguir su estructura. Esta red planetaria equivale a un solo telescopio del tamaño de la Tierra, lo que proporciona a los científicos una resolución equivalente a la necesaria para contar las costuras de una pelota de béisbol desde casi 13.000 kilómetros de distancia, según comentaron los investigadores esta semana. El objeto de la investigación es Sagitario A*, el presunto agujero negro supermasivo que ocupa el centro de nuestra galaxia.

Aún no hay previsiones sobre cuándo sabremos si el proyecto ha tenido éxito, ni en caso afirmativo, de cúando la imagen estará construida; pero los investigadores estiman que los resultados se harán esperar hasta 2018. Para dar una idea de lo que supone este empeño inédito en la historia de la ciencia basta apuntar una curiosidad: las observaciones de los diferentes radiotelescopios que forman el EHT van a generar un volumen tan inmenso de datos que llevaría demasiado tiempo transmitirlos electrónicamente a la sede principal del proyecto, el Observatorio Haystack del Instituto Tecnológico de Massachusetts. En su lugar, todos estos petabytes de datos llegarán a Haystack por una vía más rápida, el avión.

Amaina la tormenta en Júpiter

No andamos escasos de imágenes de Júpiter, pero el telescopio espacial Hubble ha aprovechado la oposición este mes de abril (la máxima cercanía a la Tierra) para enviarnos nuevos retratos de nuestro vecino más voluminoso. Y aunque el aspecto de Júpiter es de sobra conocido, las nuevas fotos del Hubble confirman algo que los científicos llevan años notando: la Gran Mancha Roja, esa inmensa tormenta de tamaño mayor que la Tierra y que lleva activa al menos más de 150 años, se está reduciendo. La diferencia es muy evidente en la comparación de estas dos vistas, la de la izquierda tomada por la sonda Pioneer 10 en 1973, frente a la nueva del Hubble. Por otra parte, a la derecha y un poco más abajo de la gran peca se va definiendo otra más pequeña que los científicos han bautizado como la Mancha Roja Junior.

Dos imágenes de Júpiter: izquierda, diciembre de 1973 (Pioneer 10); derecha, abril de 2017 (Hubble). Imágenes de NASA.

Dos imágenes de Júpiter: izquierda, diciembre de 1973 (Pioneer 10); derecha, abril de 2017 (Hubble). Imágenes de NASA.

Un paso más hacia la marginación de los gordos

Termino con una noticia preocupante. Recientemente han proliferado en los medios los casos de mujeres que dan un paso al frente para defender su guerra personal contra las tallas minúsculas y reivindicar su propia comodidad dentro de sus cuerpos, más amplios de lo que dictan los cánones de belleza aún vigentes. Prueba indirecta de que estas tomas de postura reciben el aplauso general (al que sumo el mío) es el hecho de que las campañas publicitarias de algunas marcas comerciales se han sumado a la defensa de las “mujeres normales”. La publicidad siempre es oportunista; no crea la ola, sino que se sube a ella.

Por ello resulta aún más curioso que al mismo tiempo, y en sentido contrario, prosiga la campaña de marginación de los gordos. En el nuevo paso que traigo aquí, se trata de un estudio llevado a cabo por un hospital malagueño y financiado por una compañía de seguros. Las aseguradoras llevan años tratando de establecer discriminaciones entre sus clientes por factores relacionados con la obesidad, o tratando de justificar las discriminaciones que ya aplican hacia sus clientes por este motivo. No afirmo que sea el caso del nuevo estudio y la aseguradora que lo apoya; simplemente sitúo la información en el contexto de un debate actual.

Lo que cuenta el estudio es que los trabajadores obesos españoles son más propensos a acogerse a bajas laborales por enfermedades no relacionadas con el trabajo que sus compañeros delgados. La conclusión de los investigadores es “la necesidad de desarrollar intervenciones efectivas dirigidas a reducir el impacto negativo de la epidemia de obesidad entre la población trabajadora”.

Quiero dejar clara mi postura al respecto. Con los datos disponibles hoy, y a pesar de los muchos matices que he comentado aquí en ocasiones anteriores, debemos continuar dando validez a la hipótesis de que la obesidad es un factor de riesgo en un amplio espectro de dolencias (aunque debe distinguirse, como bien hace el estudio, entre las personas obesas metabólicamente sanas o enfermas); esto no es un secreto para nadie. Y que, por tanto, las recomendaciones sobre estilos de vida destinados a reducir la prevalencia de esta condición son consejos útiles de salud pública.

En cambio, otra cosa muy diferente es llevar a cabo un estudio que revela un dato de por sí nada sorprendente, pero cuya puesta de manifiesto ofrece un motivo de estigmatización de las personas obesas en sus puestos de trabajo. Piensen ustedes en un ejemplo similar; hay muchos posibles. A mí se me ocurre este: es muy probable que las madres sin pareja con hijos pequeños falten más a sus puestos de trabajo que las madres con pareja o las mujeres sin hijos. No creo necesario explicar el porqué. Y sin embargo, a nadie en su sano juicio se le ocurriría mostrar en un estudio cuánto más se ausentan estas mujeres de su trabajo, o qué coste económico tiene su menor productividad.

E incluso en este caso, las madres eligen serlo; las personas obesas, no. Muchas de ellas desearían no estar gordas, y llevan a cuestas su obesidad con suficiente vergüenza, incomodidad y baja autoestima, como para además colocarles una etiqueta de malos trabajadores. El estudio no aporta ningún bien, salvo tal vez para la aseguradora que lo financia; no revela ningún nuevo dato científicamente relevante, ni porporciona ninguna conclusión valiosa de utilidad en salud pública. Simplemente, sienta en España un precedente peligroso en ese camino hacia la estigmatización de las personas obesas que algunos se están empeñando en recorrer.

Arranca la caza del agujero negro

Uno de los momentos científicos estelares previstos para este 2017 está a punto de comenzar: en una semana desde hoy, el equipo de investigadores del Event Horizon Telescope tratará de fotografiar un agujero negro por primera vez en la historia.

En realidad, ya tenemos imágenes de agujeros negros. Si miramos hacia el centro de nuestra galaxia, allí está Sagitario A*, un agujero negro con unas cuatro millones de veces la masa del Sol, pero cuyo radio (6.700 millones de kilómetros) es solo algo menos de 10.000 veces el de nuestra estrella.

Imagen de rayos X de Sagitario A* tomada por el observatorio Chandra. Imagen de NASA.

Imagen de rayos X de Sagitario A* tomada por el observatorio Chandra. Imagen de NASA.

Es precisamente esta inmensa densidad la que confiere a los agujeros negros sus propiedades peculiares, pero en realidad estos objetos son simplemente estrellas (o lo que queda de ellas) con una masa tan monstruosa que atraen hacia sí todo lo que cae en sus cercanías, incluyendo la luz; en concreto, todo lo que se acerca más allá de una frontera llamada horizonte de sucesos. Pueden imaginar un imán; hay que acercarlo a una determinada distancia de otro para que notemos la atracción entre ambos. Aplicado a la gravitación de los agujeros negros, ese límite sería el horizonte de sucesos.

Pero no, no miren al cielo. Desde la Tierra no podemos ver Sagitario A* porque su brillo se pierde en la neblina cósmica de los brazos en espiral de la Vía Láctea; es lo que los astrónomos llaman extinción interestelar. O dicho de forma más simple, no resplandece lo suficiente como para que podamos observarlo desde aquí. Pero los científicos sí han logrado fotografiar su potente emisión de ondas de radio. La radio también es luz, aunque no visible para nuestros ojos; sí para los radiotelescopios. Fruto de estas observaciones son imágenes como la que inserto a la derecha, tomada por el telescopio espacial de rayos X Chandra de la NASA.

En realidad habría que aclarar, para los puristas, que el nombre de Sagitario A* no designa exactamente un agujero negro. Este nombre se aplica a un objeto en el centro de la galaxia que emite una potente señal de ondas de radio. La hipótesis generalmente aceptada es que este objeto esconde en su interior un agujero negro supermasivo que no tiene un nombre particular, sobre todo porque su existencia no está demostrada. Pero incluso los propios astrónomos se refieren a él con el nombre de Sagitario A*, o Sgr A*.

Queda claro así que imágenes como la de arriba muestran el agujero negro, pero no: una foto de un huevo es una foto de un huevo, pero en realidad muestra solo la cáscara del huevo. Lo que los astrónomos se disponen a hacer ahora es ofrecernos una imagen de la clara y la yema. En este caso la yema es negra y no puede verse, pero los científicos confían en fotografiar el horizonte de sucesos gracias al Event Horizon Telescope (EHT).

El EHT no es un telescopio tal como lo entendemos, sino una red formada por varios radiotelescopios dispersos por todo el mundo, entre ellos el plato de 30 metros situado en el pico Veleta de Sierra Nevada y perteneciente al Institut de Radioastronomie Millimétrique (IRAM), una colaboración franco-germano-española participada por el Instituto Geográfico Nacional.

En la práctica, esta combinación de telescopios equivale a uno solo del tamaño de la Tierra, lo que puede ofrecer la resolución suficiente para distinguir el horizonte de sucesos del agujero negro. O al menos eso es lo que esperan los responsables del experimento; según una comparación que suelen citar, la resolución del EHT al observar Sgr A* equivaldrá a poder distinguir una uva sobre la superficie de la Luna.

A partir del próximo 5 de abril y hasta el 14, el consorcio del EHT va a tratar de obtener esa imagen. Los investigadores confían en distinguir el disco de polvo y gas que orbita en torno al agujero negro, y cuya luz dispersada estará distorsionada por la enorme masa del objeto. La imagen esperada será más bien la de algo parecido a una media luna, en lugar de un disco.

Tres versiones de la imagen del agujero negro para la película 'Interstellar' según Kip Thorne y sus colaboradores. La inferior es la más realista; la superior es más simplificada y próxima a lo que se mostró en la pantalla. Imagen de James et al, Classical and Quantum Gravity.

Tres versiones de la imagen del agujero negro para la película ‘Interstellar’ según Kip Thorne y sus colaboradores. La inferior es la más realista; la superior es más simplificada y próxima a lo que se mostró en la pantalla. Imagen de James et al, Classical and Quantum Gravity.

Una representación relativamente realista del aspecto que tendría un agujero negro para un observador cercano aparecía en la película de 2014 Interstellar. El director Christopher Nolan y el equipo de efectos visuales contaron con la colaboración del físico teórico Kip Thorne. En un estudio posterior, Thorne y sus colaboradores explicaron cómo habían diseñado la imagen del agujero negro. Aunque Nolan decidió modificar más que ligeramente el gráfico diseñado por Thorne para darle un aspecto más llamativo de cara al espectador, los científicos consideran que el de Interstellar es el retrato más fiel de un agujero negro mostrado hasta ahora en el cine.

El experimento del EHT no solo podrá confirmarlo, sino que haría algo de mucho más peso: proporcionar la primera prueba palpable de la existencia de los agujeros negros y de su estructura, pronosticada durante décadas por la teoría. De lograrse, será sin duda, imprevistos mediante, la imagen científica de este 2017, y una foto para la historia del conocimiento del cosmos.