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En Bulgaria sacuden la cabeza para asentir, y otros 98 datos sobre países

Créanme, si sienten alguna curiosidad por el mundo que nos rodea y comparten la adicción por el viaje, les merece la pena emplear 15 minutos y pico de su precioso tiempo dejando que este vídeo les presente 98 datos curiosos de otros tantos países (el resto llegará en una segunda entrega). Es un trabajo de Wendover Productions, al parecer una pequeña productora personal que hace un magnífico trabajo mostrándonos cómo funciona el mundo. Y aún mejor, con subtítulos en castellano.

De entre todos los datos presentados, hay uno que me ha llamado especialmente la atención, y es el que menciono en el título: según el vídeo, en Bulgaria mueven la cabeza de lado a lado para decir “sí” y de arriba abajo para decir “no”, justo al contrario de lo habitual por aquí. Confieso que jamás lo había oído, y eso que viajé a Bulgaria en una ocasión hace ya más de 20 años. Nadie me lo explicó, no noté nada raro y lógicamente tampoco se me ocurrió preguntar si allí los movimientos de cabeza se interpretaban igual que en mi país.

Imagen de Giphy.

Imagen de Giphy.

Pero una búsqueda en internet parece confirmarme que es cierto, a falta de preguntar a una amiga búlgara a la que veré esta semana. Según parece, es algo más sutil: mover la cabeza de lado a lado en efecto se utiliza para asentir, pero la negación es más bien un levantamiento de la cabeza que suele ir acompañado por otro de cejas y un rodar de ojos.

La pregunta podría ser por qué en Bulgaria lo hacen al revés que los demás, pero la verdadera pregunta es por qué distintas culturas coincidimos en esos gestos de asentir y negar sin habernos puesto de acuerdo.

En cuanto a lo primero, siempre hay una leyenda a mano para explicar este tipo de cosas: en tiempos del Imperio Otomano, los búlgaros revirtieron el significado de los movimientos de cabeza para confundir al invasor; lo cual, si fuera cierto, sería probablemente la más ineficaz rebelión pacífica de la historia.

Otra versión sugiere que, cuando los turcos apoyaban sus cimitarras en el cuello de los búlgaros para obligarles a confesar su cristianismo, estos movían la cabeza de arriba abajo para que la hoja les rebanara el cuello, y que aquello perduró como un gesto para decir no. Ya, ya, nada de esto tiene mucho sentido excepto para demonizar a los turcos, pero ¿qué país no inventa leyendas para afear a sus vecinos?

La pregunta verdaderamente profunda es la segunda. ¿Tiene algo de natural asociar ciertos movimientos de cabeza a un significado concreto?

Estas grandes pequeñas preguntas no pasaron inadvertidas a Darwin, que dedicó todo un libro a La expresión de las emociones en el hombre y los animales (1872). En este volumen, el padre de la evolución biológica contaba que en 1867 había hecho circular un formulario con una serie de preguntas entre diversos corresponsales, sobre todo misioneros en lugares remotos del planeta. Las preguntas indagaban sobre la forma de expresar las emociones en distintas culturas; por ejemplo, “¿se mueve la cabeza verticalmente en afirmación, y lateralmente en negación?”.

Darwin repasaba detalladamente las respuestas, que se volcaban en su mayoría hacia el uso de los mismos signos de cabeza en culturas muy diferentes. De ello concluía que estos gestos “probablemente tuvieron un comienzo natural”. Y lanzaba esta hipótesis:

Hasta cierto punto, estos signos son expresiones de nuestros sentimientos, ya que damos un movimiento vertical de aprobación con una sonrisa a nuestros niños cuando aprobamos su conducta, y sacudimos la cabeza lateralmente frunciendo el ceño cuando desaprobamos. Con los bebés, el primer acto de negación consiste en rehusar la comida; y repetidamente noté con mis propios bebés que lo hacían retirando la cabeza lateralmente del pecho, o de cualquier cosa ofrecida a ellos en una cuchara. Al aceptar la comida y llevársela a la boca, inclinan la cabeza hacia delante.

Pero no se lo pierdan: también hay al menos un estudio que analiza el caso particular de Bulgaria. En 2012 la psicóloga Elena Andonova, de la Nueva Universidad Búlgara de Sofía, y su colega Holly Taylor, de la Universidad Tufts en EEUU, decidieron investigar si hay alguna diferencia entre estadounidenses y búlgaros a la hora de traducir en sentimientos positivos o negativos el movimiento lateral o vertical de estímulos visuales (puntos luminosos) que les obligaba a mover la cabeza.

Según describían las dos investigadoras en la revista Cognitive Processing, sí encontraron una diferencia, pero no exactamente la que esperaban: los voluntarios búlgaros asociaban sentimientos positivos al movimiento lento de los puntos de colores, ya fuera vertical o lateral, mientras que en los estadounidenses el movimiento rápido resultaba más agradable. En resumen, no era la dirección de la cabeza, sino la velocidad, lo que establecía una distinción entre búlgaros y norteamericanos.

Curiosamente, a los estadounidenses el movimiento vertical de los puntos y la cabeza sí les hacía sentirse mejor, lo que concuerda con el sentido afirmativo del gesto en la cultura occidental; en cambio, esto no ocurría con el movimiento lateral en los búlgaros. Las psicólogas aportaban una hipótesis muy cabal:

Una posible explicación puede ser que los búlgaros tienen más exposición a la convención alternativa (mover la cabeza arriba y abajo para decir sí) a través de la cultura extranjera en los medios, mientras que los participantes de EEUU probablemente tienen menos familiaridad con culturas que expresan respuestas positivas mediante un movimiento lateral de cabeza.

Pero como escribían Andonova y Taylor, el suyo era un estudio pionero que debería tener continuidad en futuras investigaciones. Como mínimo, aunque sea para no seguir echando la culpa a los turcos.

Cómo salir de un coche en caso de emergencia, y por qué

Imaginen la situación. El coche vuelca. Resultamos casi ilesos (si llevamos el cinturón de acuerdo a la legalidad vigente), con las tripas del revés, pero todo dentro de su caja; conscientes, pero desorientados. Debido al choque, el mecanismo de apertura de la puerta se ha quedado trabado. ¿Cómo salir del coche?

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

Fácil, si uno ha visto cualquiera de las miles de películas de Hollywood en las que se recrea un trance similar. Damos una patada al parabrisas, este se desprende de su marco, y salimos tranquilamente por el amplio hueco que deja. ¿No?

No crean todo lo que ven. El cine de acción está plagado de convenciones que se transmiten de una película a otra, probablemente porque sus directores y guionistas las han visto antes en otra película, pero que guardan escasa relación con cómo las cosas suceden realmente. Si alguna vez han tratado de abrir una puerta de una patada a lo Chuck Norris ya lo habrán podido comprobar. De esta curiosa falta de concordancia entre realidad y ficción en efectos cinematográficos naturalmente asumidos por todos se han ocupado algunos científicos y periodistas de ciencia, incluido un servidor.

Por ejemplo, todos damos por hecho que una colilla encendida arrojada sobre un charco de gasolina provocará un incendio, de consecuencias catastróficas si la escena acontece en una gasolinera. No les voy a animar aquí a que lo prueben por sí mismos, pero tampoco es necesario: el ingeniero y profesor Tom Rogers ya se ocupó de repetir el experimento con un total de 223 cigarrillos de 11 tipos diferentes, “sin que nunca se prendiera la gasolina”, escribía en su web Insultingly Stupid Movie Physics (Física de cine insultantemente estúpida). Un cigarrillo puede llegar a prender los vapores, pero nunca la gasolina líquida.

Algo similar puede ocurrir con la patada en el parabrisas. Si logramos romperlo, abriremos un hueco del tamaño del pie. El parabrisas está formado por dos láminas de vidrio unidas por una película intermedia de plástico destinada a conservar su integridad estructural cuando se fractura, de manera que no nos rebane por la mitad en caso de accidente. Con la fuerza suficiente sería posible desprenderlo del marco, pero en el minuto posterior a un accidente es probable que nuestras fuerzas estén más bien mermadas.

Obviamente, la respuesta correcta es salir por la ventanilla. Pero cuidado: romperla también tiene su truco.

El porqué lo explica Destin Sandlin en el siguiente vídeo de su canal de YouTube, Smarter Every Day. Destin es uno de esos casos que demuestran que la red de vídeos preferida por todos no es solo un coto para coreanos con gafas de sol pretendiendo hacer como que cantan, y que ser un yutuber es perfectamente compatible con emplear el cerebro, además de algo de equipo profesional para producir vídeos de alta calidad que no se limitan a un tipo contando algo a la cámara, sino que incluyen experimentación recreativa. Destin utiliza cámaras de alta velocidad para revelar procesos que escapan a nuestra percepción; en este caso, cómo se rompe el vidrio.

En el vídeo, Destin explica la diferencia entre el vidrio del parabrisas y el de las ventanillas. Este último es vidrio templado, que típicamente estalla en mil pedazos cuando se rompe. Quién no ha heredado de sus padres o abuelos alguno de esos vasos Duralex que duran, duran y duran. Pero eso sí, cuando se rompen, varias generaciones continuarán sacando trocitos de debajo de los muebles.

La luna trasera de un coche, vista (abajo) con un filtro polarizador. Imagen de Etan J. Tal /Wikipedia.

La luna trasera de un coche, vista (abajo) con un filtro polarizador. Imagen de Etan J. Tal /Wikipedia.

El patrón de rotura del vidrio templado tiene como propósito evitar los fragmentos grandes que puedan cortarnos. Esto se consigue gracias al proceso de templado, consistente en enfriar rápidamente el vidrio después de moldearlo. El resultado de este enfriado rápido es que la parte exterior ejerce compresión sobre el interior, que a su vez empuja con fuerza de tensión. Si alguna vez han mirado la luna trasera de un coche con gafas de sol polarizadas, habrán observado que aparece un patrón de manchas regulares; son las variaciones en la tensión interna del vidrio, visibles a la luz polarizada.

Es este equilibrio el que otorga al vidrio templado su alta resistencia, como demuestra Destin al atizarle un martillazo sin lograr romperlo. Este tipo de material no se emplea para los parabrisas porque su rotura dejaría al conductor sin visibilidad, pero sí se utiliza para las ventanillas y la luna trasera.

Pero el vidrio templado tiene un secreto, y es que es mucho más resistente en el centro que en los bordes. Los márgenes se enfrían rápidamente, por lo que carecen de la resistencia del templado. No se pierdan lo que ocurre cuando Destin deja caer el vidrio acoplando una pequeña llave metálica al borde. Y naturalmente, cuando el vidrio se rompe, estalla en pedazos debido a que se liberan las tensiones internas. Así que ya lo saben: rompan la ventanilla para salir del coche, pero golpéenla en el borde.

Pasen y vean la belleza de la lava del Kilauea

Uno de los espectáculos visuales que todo ojo humano debería contemplar al menos una vez en la vida es un volcán en erupción. Y tal vez el mejor lugar del mundo para hacerlo es la Isla Grande de Hawái. Primero, porque el entorno para disfrutar de su contemplación está libre de peligro, no solo por la propia dinámica del volcán, sino también porque está situado en un país que dispone de los estándares y los medios adecuados para garantizar la seguridad de los visitantes (tal vez demasiado; uno desearía poder acercarse un poquito más).

Erupción del volcán Kilauea (Hawái) en 2009. Imagen de Javier Yanes.

Erupción del volcán Kilauea (Hawái) en 2009. Imagen de Javier Yanes.

Segundo, porque el entorno del entorno también merece la pena. En España existe en general una idea muy equivocada sobre lo que es Hawái. Dado que la mayor parte de las referencias que vemos por aquí retratan la capital del Estado, Honolulu, suele cuajar la idea de que, desde el punto de vista turístico, Hawái es Benidorm (no pretendo ofender a nadie, pero es una opción que no es la mía). No es así: Honolulu puede ser algo parecido a Benidorm, pero el resto del archipiélago es la Polinesia estadounidense; parajes remotos y relativamente intactos con un desarrollo turístico comparativamente discreto y amable, pero con los estándares de vida de la primera potencia mundial.

De hecho, es sorprendente que algunas islas aún ni siquiera cuenten con un anillo completo de comunicación por carretera. Hasta hace pocos años, la ruta Saddle Road, que une las dos principales ciudades de la Isla Grande (Hilo y Kailua Kona) recorriendo el canalillo entre los pechos volcánicos del Mauna Kea y el Mauna Loa, era considerada la más peligrosa del Estado por su trazado y conservación.

Así se ve la Tierra centrada en Hawái. Imagen de Google Earth.

Así se ve la Tierra centrada en Hawái. Imagen de Google Earth.

Una vez hecha la promoción turística, la ciencia: Hawái es una rareza volcánica, ya que se encuentra en mitad de ninguna parte, no solo desde el punto de vista geográfico (en calidad de prueba, adjunto imagen de cómo se ve el planeta ¿Tierra? si más o menos lo centramos en el archipiélago), sino también geológico. La mayoría de las regiones volcánicas activas del planeta se encuentran en fronteras entre placas tectónicas, como el Anillo de Fuego del Pacífico. Sin embargo, Hawái se sitúa en mitad de la placa del Pacífico, en un emplazamiento que debería ser geológicamente tranquilo.

Y sin embargo, Hawái existe precisamente por los volcanes; en el afán por explicarlo, el llamado punto caliente de Hawái se ha convertido en uno de los fenómenos volcánicos más estudiados del planeta. Y el hecho de que aún se continúe investigando demuestra que aún no se comprende del todo por qué Hawái existe. La hipótesis tradicionalmente más aceptada –en este caso, “tradicionalmente” se remonta solo a los años 70 del siglo pasado– es una pluma mantélica, una fuga de material desde el contacto entre el manto y el núcleo terrestre, que trepa en vertical a través de las profundidades hasta abrirse camino a través de la corteza por un mecanismo de convección (el mismo proceso por el que el agua bulle al calentarla). Sin embargo, investigaciones recientes sugieren que el mecanismo real puede ser aún más complejo y que el origen podría estar ubicado lejos del archipiélago y en una zona menos profunda.

Sea como sea, Hawái tiene volcanes. Muchos; extintos, dormidos y activos. Entre estos últimos, el Kilauea, en el sureste de la Isla Grande, lleva en erupción continua desde el 3 de enero de 1983, y no parece que tenga intención de cansarse. El Kilauea es un volcán en escudo, llamados así por expulsar lava muy fluida que se dispersa sin construir el típico cono elevado. El comienzo de la actual erupción sí formó un cono de 700 metros llamado Puʻu ʻŌʻō, pero poco después la lava comenzó a fluir mansamente a través de tubos subterráneos de varios kilómetros que la conducían mayoritariamente hasta el océano, desatando una electrizante tormenta de fuego, luz, sonido y vapor. En 2014 la lava encontró una vía de escape hacia el noreste y comenzó a fluir con más intensidad tierra adentro, hacia la localidad de Pahoa. El río ardiente llegó a traspasar los límites del pueblo, amenazando las viviendas.

En alguna otra ocasión he traído aquí vídeos amateurs de la lava del Kilauea, pero nada comparable a disfrutar del impecable trabajo de un profesional. El realizador hawaiano Lance Page ha producido The Fire Within (El fuego interior), esta pieza sobrecogedora de poco más de seis minutos en la que ha capturado toda la belleza y la fiereza del Kilauea. En su página de Vimeo, el autor explica:

Esta película de seis minutos y medio es mi mejor intento de capturar lo que sentía al contemplar la roca fundida quemando lentamente una densa selva húmeda, o al atisbar dentro de un lago de lava de 200 metros de ancho en el cráter de la cumbre del Kilauea. Nunca he estado en otro lugar del planeta que requiriese tanto respeto y conciencia del entorno natural a mi alrededor. Su inesperada belleza y el inquietante sentido del peligro eran una lección de humildad que pone las cosas en perspectiva. El Kilauea realmente me cambió la vida.

Kilauea – The Fire Within from Page Films on Vimeo.

Pasen y vean el Sistema Solar de un modo que quita el aliento

A todos aquellos que sientan algún grado de asombro o fascinación por las fronteras del espacio, les recomiendo muy vivamente que no se pierdan la maravilla que traigo hoy aquí.

Se trata de un cortometraje elaborado por los realizadores de documentales de ciencia y naturaleza Alex Gorosh y Wylie Overstreet. Como explica Overstreet al comienzo de la película, las representaciones habituales de la Tierra, la Luna y el Sistema Solar suelen exagerar las escalas de los planetas, o bien reducir las de sus órbitas, para que todo encaje en un espacio manejable. Esto nos crea una visión deformada de las verdaderas magnitudes de nuestro vecindario cósmico y nos impide apreciar la perspectiva real de nuestra roca mojada en el contexto del Sistema Solar.

Según explica Overstreet en su web, en otoño de 2014 convenció a cuatro amigos para que le acompañaran al desierto de Nevada con el fin de ayudarle a construir un modelo a escala real del Sistema Solar. Necesitaban una inmensa extensión llana, por lo que eligieron el lecho seco del desierto de Black Rock, donde se celebra el festival de música Burning Man.

Para comenzar, colocaron un globo que representa el Sol, y a continuación fueron midiendo las distancias a las que debían situar los planetas, que quedan reducidos al tamaño de canicas o balones. Completaron el montaje con el rodaje de un vídeo time-lapse en el que hicieron circular los planetas por sus órbitas para que se pudiera apreciar la magnitud del conjunto. El resultado es, como verán, sobrecogedor.

La de Overstreet y Gorosh no es la primera maqueta del Sistema Solar a escala que se construye. Una de ellas está emplazada en el sendero que se recorre caminando durante el ascenso hacia el radiotelescopio de Arecibo, en Puerto Rico. Sin embargo, y aunque en este y otros casos similares es fácil hacerse una idea relativa de tamaños y distancias, es imposible apreciar todo el conjunto de un solo golpe de vista; algo que se ha logrado en este documental filmando las trayectorias de los planetas iluminados desde una atalaya que domina toda la llanura.

La Canica Azul (Blue Marble), imagen de la Tierra tomada por la tripulación del Apolo 17 el 7 de diciembre de 1972. Imagen de NASA.

La Canica Azul (Blue Marble), imagen de la Tierra tomada por la tripulación del Apolo 17 el 7 de diciembre de 1972. Imagen de NASA.

Al final del documental, los realizadores rinden un homenaje a la imagen más famosa de la Tierra fotografiada desde el espacio, la denominada Canica Azul (Blue Marble), tomada por la (última) misión lunar Apolo 17 el 7 de diciembre de 1972. La foto fue en su día un símbolo para los movimientos ambientalistas y de conciencia global, al ilustrar la hermosa fragilidad de nuestro planeta. Overstreet y Gorosh cierran su magnífica obra con imágenes históricas de misiones espaciales y de los astronautas que han tenido el privilegio de contemplar nuestro común hogar desde una perspectiva que los demás nunca tendremos la oportunidad de disfrutar.

Por suerte, y para quienes no dominen el inglés, existe la opción de subtítulos en español que he activado por defecto. El vídeo también está publicado en Vimeo y en las webs de Gorosh y Overstreet. Disfrútenlo.

To Scale: The Solar System from Wylie Overstreet on Vimeo.

Pasen y vean la picadura de un mosquito como nunca la han visto

Aunque cualquier picadura no deja de ser siempre una molestia, ya he subrayado aquí antes la diferencia entre los chacineros sanguinarios como la mosca negra y los cirujanos de precisión como el mosquito. La primera asierra la carne sin ninguna sutileza y se atiza un festín en la piscina de sangre que emana de la masacre, mientras que el segundo insiere un finísimo estilete para sorber su merienda sin apenas dejar rastro.

Un mosquito 'Anopheles gambiae'. Imagen de PD-USGOV-HHS-CDC / Wikipedia.

Un mosquito ‘Anopheles gambiae’. Imagen de PD-USGOV-HHS-CDC / Wikipedia.

Ni siquiera la comezón que provoca es tanto culpa del mosquito como nuestra: la picadura pica porque nuestro sistema inmunitario abre la manguera de la histamina como respuesta a la inyección de saliva. Puede que esta reacción sea como echar gasolina al fuego, pero es el precio que debemos pagar por poseer un prodigioso mecanismo de defensa que nos protege contra las invasiones, y sin el cual apenas duraríamos unos días en este planeta.

Pero probablemente nunca hemos sido tan conscientes del fino proceder del mosquito como gracias al trabajo de un equipo de investigadores del Instituto Pasteur y del Museo Nacional de Historia Natural de París. En 2012, Valerie Choumet y sus colaboradores publicaron un estudio en la revista PLOS One en el que mostraban, por técnicas de videomicroscopía in vivo, cómo la probóscide del mosquito Anopheles gambiae (transmisor de la malaria) se introducía bajo la piel de un ratón para alimentarse.

El vídeo, que incluyo a continuación, es una joya científica y un espectáculo de los de abrir bocas. La probóscide del mosquito repta por el tejido cutáneo como si tuviera vida propia, sondeando hasta que encuentra un capilar sanguíneo, poco más grueso que el propio apéndice. Con su extremo biselado como la aguja de una jeringuilla, lo perfora y se introduce en su interior, aspirando la sangre hasta que el capilar queda seco.

Aunque otros vídeos grabados por los científicos indican que no siempre la maniobra es tan certera, sino que a veces el mosquito intercepta vías más anchas, o rompe los vasos y aprovecha el caudal de la fuga, es la primera vez que se muestra la capacidad de estos insectos de alimentarse de capilares individuales. Tal vez esto no logrará que las picaduras nos resulten menos incómodas, pero la maestría de este vampiro de guante blanco casi merece un aplauso.

Pasen y vean al sorprendente conejito de mar

Algo que nadie suele detenerse a pensar, salvo los cuatro chiflados que sí nos detenemos, es por qué a los humanos en general nos seduce lo que entra en ese amplio (y un poco cursi) concepto que podríamos llamar “lo mono”.

Aunque siempre hay gente para todo, el hecho es que a los humanos en general nos inspiran sentimientos cercanos a la ternura ciertos rasgos, formas y aspectos. Tendemos a fiarnos más de aquellos a quienes atribuimos la irrelevante cualidad de tener “cara de buena persona”. En 1960, el Partido Demócrata de Estados Unidos lanzó una exitosa campaña contra Richard Nixon que mostraba la imagen del candidato junto a la pregunta: “¿Le compraría USTED un coche usado a este hombre?”, sugiriendo que el después presidente tenía un aspecto poco confiable. El mismo dicho, pero en sentido opuesto, se popularizó en referencia al actor James Stewart. Pero entre esos a quienes se les atribuye una cara de buena persona se encuentra el también actor Bill Cosby, acusado de agresión sexual por más de 40 mujeres.

Entre aquello que nos inspira ternura se encuentran los bebés, los peluches o los animales de compañía. No es que esté comparando a Bill Cosby con un peluche, pero desde el punto de vista conductual hay una raíz común, o al menos eso es lo que afirmaba Konrad Lorenz, el padre de la etología. Según Lorenz, hay una serie de rasgos comunes que disparan en los individuos un comportamiento de cuidado y protección, y esto tendría la motivación evolutiva de asegurar la continuidad de la especie. Así que, para Lorenz, nuestra atracción por “lo mono”, ya sea un bebé, un peluche, un gato o un osezno, es la manifestación de un mecanismo psicobiológico destinado a la conservación de la especie.

Hay toda una interesante teoría científica al respecto, pero a donde quiero llegar, con escala en Japón, es a un cierto animal súbitamente popular en internet. La cultura pop japonesa tiene su propia corriente de lo mono, que al parecer allí se llama Kawaii y en la que triunfan personajes como Hello Kitty, Doraemon o Pikachu. De ningún otro país podría surgir la noticia de la apertura de un café exclusivo para peluches que, si la información es cierta, tiene completas sus reservas hasta mediados de septiembre.

Por todo ello no es raro que este vídeo haya atraído recientemente las preferencias de los internautas japoneses, que lo han dado a conocer al resto del mundo. La insólita criatura que aparece en él ha sido bautizada como “conejito de mar”, aunque a quienes tengan hijos de cierta edad tal vez les dejará perplejos comprobar que, en contra de lo que creían, parece que los Pokémon realmente existen.

Ahora, la biología. La criatura en cuestión es un molusco gasterópodo, una pequeña babosa de mar cuyo nombre oficial es Jorunna parva y que se encuentra distribuida por los fondos marinos del Índico y el Pacífico. Su aspecto de peluche se debe a unas protuberancias dorsales llamadas cariofilidios que probablemente tienen función sensorial. La especie de flor que simula la cola son sus branquias. Y sus orejitas son en realidad rinóforos, que como su nombre indica son más bien narices, o si acaso lenguas, detectores de olores y sabores químicos de su entorno que ayudan al conejito de mar a encontrar su comida o a sus posibles parejas.

Estas dos últimas funciones fisiológicas, alimentación y reproducción, contienen algunas de las sorpresas que esconde su inocente aspecto, tan Kawaii. En primer lugar, y al contrario que las babosas terrestres, son feroces predadores, alimentándose de otros invertebrados o de sus huevos. Sus costumbres sexuales son algo friquis: son hermafroditas y practican la cópula traumática, consistente en inseminarse mutuamente clavando su órgano sexual en cualquier parte del cuerpo de la pareja que les caiga al alcance. Por último, el achuchable cuerpo del conejito de mar es tóxico; los nudibranquios tienen la habilidad de incorporar las toxinas de sus presas para utilizarlas como defensa propia contra sus depredadores.

Pasen y vean los tiburones que viven en un volcán submarino

Todo el que ha tenido la oportunidad de contemplar una erupción volcánica en directo, incluso una de las tranquilas, sabe que no hay espectáculo más sobrecogedor en la Tierra. Uno adquiere conciencia de repente sobre ciertas cosas en las que normalmente no se piensa, como el hecho de vivir en la fina costra habitable de una enorme masa de magma y la frágil estabilidad de la que dependemos y que casi siempre se mantiene en equilibrio de una forma casi milagrosa. Y también, como (ex)científico, de lo poco que conocemos sobre aquellos lugares adonde los instrumentos de los que disponemos aún llegan con extrema dificultad, o no llegan.

Erupción del volcán submarino Kavachi el 14 de mayo de 2000. Imagen de NOAA.

Erupción del volcán submarino Kavachi el 14 de mayo de 2000. Imagen de NOAA.

Entre esos lugares casi desconocidos por inhóspitos se encuentran los volcanes submarinos, como el Kavachi, situado en el Pacífico sur al este de Papúa Nueva Guinea, en las islas Salomón. En este breve instante en que nos ha tocado vivir (no a nosotros en particular, sino a la especie humana en general), allí estamos asistiendo al nacimiento de una isla. Según los datos del Programa Global de Vulcanismo del Museo Nacional de Historia Natural de la Institución Smithsonian (EE. UU.), la cumbre del Kavachi se encuentra ya a solo 20 metros por debajo del nivel del mar. Es un volcán activo con erupciones frecuentes, por lo que cualquier día sus depósitos de material romperán la superficie marina y tendremos una nueva isla en el mapa, aunque de momento no es previsible que sea un lugar muy hospitalario. Tal vez en un futuro lejano el Kavachi pueda emular al Mauna Kea, en Hawái, que con sus 10.203 metros es la montaña más alta del mundo, aunque no se le reconozca el título porque solo 4.207 emergen sobre el nivel del mar.

Hasta que eso ocurra, los submarinistas han tratado de explorar el interior de su caldera, pero no ha sido posible. Según el oceanógrafo Brennan Phillips, de la Universidad de Rhode Island (EE. UU.), “los buceadores que se han acercado al borde exterior del volcán han tenido que retroceder por lo caliente que estaba o porque el agua ácida les estaba quemando la piel”. Phillips participa en una expedición financiada por National Geographic para estudiar los volcanes submarinos. Con el fin de acceder al interior del Kavachi, Phillips y sus colaboradores sumergieron cámaras robóticas aprovechando que no había signos externos de una erupción violenta; aunque tanto las burbujas de metano y dióxido de carbono como los colores del agua, revelando la presencia de hierro y azufre, avisan de que es solo una tregua.

Lo que Phillips y su equipo descubrieron en las imágenes grabadas nunca antes se había observado: grandes animales marinos viviendo en un entorno que se creía inhabitable para estas especies. Medusas, pargos, una primitiva raya llamada Hexatrygon bickelli, y dos especies de tiburones, sedoso (Carcharhinus falciformis) y martillo común (Sphyrna lewini).

Los investigadores no tienen la menor idea de qué es lo que buscan, o lo que encuentran, estas especies en un entorno hostil de agua caliente, ácida y saturada de gases venenosos, pero los tiburones parecen moverse allí con total comodidad. Ambas especies son bastante comunes; el martillo es un animal preferentemente costero y de aguas cálidas y templadas, mientras que el sedoso es un tiburón pelágico que habita toda la franja tropical y se interna hasta el Mediterráneo. Por el momento, se ignora qué clase de adaptaciones les llevan a las aguas del Kavachi. Aunque no sería la primera vez, ni la última, que los animales frecuentan aquellos entornos donde el ser humano no suele llegar, por la sencilla razón de que el ser humano no suele llegar.

El equipo de Phillips ha hecho otro descubrimiento singular en las mismas aguas. A unos 20 kilómetros de distancia del Kavachi y a 937 metros de profundidad, las cámaras de National Geographic filmaron un tiburón inusual de extraño aspecto. Phillips envió las imágenes a algunos ictiólogos expertos, y estos identificaron la especie: tiburón dormilón del Pacífico (Somniosus pacificus). Lo peculiar del hallazgo es que esta especie, que hasta ahora solo ha sido filmada tres veces, habita en las frías aguas boreales del Pacífico, y jamás se había encontrado tan al sur. En estas latitudes sería más probable descubrir a un primo suyo, el dormilón antártico o meridional (Somniosus antarcticus), pero según los expertos ambas especies se diferencian en rasgos como el color o la longitud de sus agallas.

Es tan poco lo que se conoce sobre los tiburones dormilones que tal vez este descubrimiento obligue a redefinir la clasificación del género. Mientras, Phillips ha declarado que pretende dedicar años a estudiar lo que esconde el Kavachi, su geología y su biología; seguro que sus hallazgos volverán a sorprendernos.

Pasen y vean a las plantas más temibles de la naturaleza (si eres un insecto)

Solemos pensar en las plantas como adornos vivos, aunque estáticos, que sirven para decorar el paisaje, los hogares o los rincones de las oficinas. Pero ya he contado anteriormente (aquí y aquí) que en los últimos años ha desfilado por las revistas científicas una serie de hallazgos sobre capacidades insospechadas en los vegetales, como los sistemas de comunicación para advertir a sus semejantes de la presencia de un peligro, o la reacción ante las agresiones, lo que deja cada vez menos espacio a quienes piensan que es posible alimentarse sin hacer daño a ningún ser vivo. Las plantas no son agregados de células vivas que pueden cortarse por cualquier lugar sin que afecte a su integridad, sino organismos complejos y completos (aunque descentralizados) que tienen su propia versión química de lo que nosotros sentimos como dolor.

No recuerdo en qué novela o película de ciencia ficción (se agradecería alguna pista) se imaginaba la visita a la Tierra de una raza de alienígenas que se caracterizaban porque su ritmo vital era increíblemente veloz para los estándares terrícolas. Al observar que, de acuerdo a sus parámetros, los humanos no nos movíamos, nos tomaban por objetos inertes y nos cosechaban como alimento. Algo parecido es lo que sucede entre nosotros y las plantas; se trata de una diferencia de escala temporal. Las secuoyas gigantes de California, el famoso drago de Tenerife y tantos otros árboles extremadamente longevos han vivido durante milenios, viendo cómo ante ellos pasaban cientos de generaciones de esas criaturas presurosas y efímeras que somos los humanos.

Tal vez por eso suelen gustarnos las plantas que reaccionan de forma visible ante los estímulos externos, como los nenúfares, que cierran sus flores por la noche, o las mimosas que encogen sus hojas al tocarlas. Casos como estos nos recuerdan que las plantas son seres vivos y que merecen también un cierto respeto. No podemos matar una lechuga antes de comérnosla, pero sí deberíamos tener en cuenta que toda frontera a la hora de establecer qué especies de la naturaleza es lícito emplear para nuestros fines es simplemente arbitraria: necesitamos comer cosas vivas, o exvivas; quien decida situar su propia frontera en una división taxonómica concreta, que lo haga libremente. Pero que deje en paz a quienes opinen de otra manera.

Una de las clases de plantas que suele llamarnos la atención, por esas muestras patentes de que no son objetos inanimados, son las carnívoras. Cuando pensamos en ellas suele venirnos a la mente la Dionaea o venus atrapamoscas, una favorita de los niños que suele venderse en los viveros en pequeños tiestos. Lo más curioso de esta especie es su enorme popularidad en contraste con su escasísima distribución en la naturaleza: es originaria de los humedales de las Carolinas, en EE. UU. donde se estima que no quedan más allá de unas 35.800 en la naturaleza, mientras que los ejemplares cultivados en vivero se estiman en unos dos o tres millones.

El modo de acción de la venus atrapamoscas es bien conocido: en la parte modificada de las hojas que forman sus fauces, son unos pequeños pelos los que actúan como resortes para disparar la trampa, pero es necesario estimular dos pelos distintos en un intervalo de 20 segundos para que las hojas se cierren; de este modo, se evitan las falsas alarmas si lo que cae entre las hojas no es una verdadera presa.

Pero a pesar de la popularidad de esta planta, aún no se conoce en gran detalle el mecanismo molecular que controla la trampa, aunque sí lo suficiente como para entender que su origen es la generación de un potencial de acción por un movimiento de iones a través de las membranas celulares; es decir, algo bastante parecido al principio que activa nuestras neuronas. Una vez que las fauces la han atrapado, la presa ya no puede escapar: su lucha solo conseguirá que la trampa se cierre con más fuerza. Entonces comienza el proceso de digestión gracias a la secreción de enzimas que licúan a la presa, dejando solo sus partes duras. Diez días después, la trampa estará lista de nuevo para otro uso.

Para que disfruten del espectáculo de esta planta, a la que Darwin calificó como “una de las más maravillosas del mundo”, les dejo aquí este vídeo de la BBC que capta todo el proceso de caza en primerísimo plano y muestra la cáscara seca que queda después de la digestión. Y por si alguien se anima a cuidar su propia atrapamoscas, en cualquier vivero podrá encontrarlas; hay incluso una tienda británica que las vende online y las envía a cualquier lugar de Europa.

Pasen y vean lo que hace una estrella de mar con un chip de seguimiento

No solemos pensar en la estrella de mar como un animal de especiales talentos, y la figura de Patricio, el amigo del alma de Bob Esponja, tampoco contribuye precisamente a ello, por haberle tocado el papel del más simplón entre los habitantes de Fondo de Biquini. Pero sepan ustedes que el padre de estos dibujos animados, Stephen Hillenburg, fue biólogo marino antes de dedicarse a la televisión, y que de hecho algunos de sus personajes nacieron en un cómic creado para explicar a los alumnos que visitaban el Ocean Institute de California cómo era la vida en la zona intermareal. Así que, en cierto modo, podríamos decir que Bob Esponja es una serie que cuenta con un sólido asesoramiento científico. Claro que por entonces Bob aún era una esponja marina, no una de cocina.

Patricio Estrella. Imagen de Nickelodeon.

Patricio Estrella. Imagen de Nickelodeon.

Pero volviendo a Patricio, la serie muestra en alguna ocasión una de las habilidades más conocidas de las estrellas de mar, la regeneración cuando pierden alguno de sus brazos. Los científicos estudian las células madre de estos organismos para comprender cómo lo hacen y tratar de aplicar esta capacidad con fines médicos. En cambio, algo que ni el propio Patricio parece saber es que las estrellas de mar se cuentan entre los más feroces depredadores de los ecosistemas marinos. Y si se tercia, tampoco le hacen ascos a un buen pedazo de carroña. Este vídeo de la BBC, rodado en time-lapse en el océano Antártico, muestra cómo los gusanos nemertinos (de los que ya hablé aquí) y las estrellas de mar se ceban en el cadáver de una foca. Aunque un festín de carroñeros nunca es una escena agradable, bajo el mar todo parece adquirir una extraña belleza.

La estrella de mar, expulsando el chip por el extremo de su brazo. Imagen de Universidad del Sur de Dinamarca.

La estrella de mar, expulsando el chip por el extremo de su brazo. Imagen de Universidad del Sur de Dinamarca.

Esta semana, la Universidad del Sur de Dinamarca ha informado del descubrimiento de un insólito talento de las estrellas de mar. Los estudiantes de biología Frederik Ekholm Gaardsted Christensen y Trine Bottos Olsen recibieron el encargo de marcar unas estrellas de mar de la especie Asterias rubens con un chip similar a los que se implantan en los perros, con el fin de que los investigadores pudieran identificar los ejemplares y seguir sus movimientos en el fiordo de Kerteminde. Para esta tarea, los alumnos de la Universidad utilizaron una jeringa que inyecta el chip en forma de cápsula dentro del cuerpo de las estrellas.

“Pero cada vez que introducíamos el marcador dentro de una estrella, se libraba de ella a los pocos días. Salía directamente a través de la piel; la estrella simplemente lo empujaba a través de la piel en el extremo de un brazo y seguía como si nada hubiera pasado”, explican los estudiantes en este vídeo. Aunque las explicaciones están en danés, en las imágenes se puede apreciar con qué facilidad las estrellas del mar se libran del cuerpo extraño introducido por los estudiantes.

Este comportamiento, nunca antes descrito en la literatura científica, ilustra la capacidad de cicatrización de las estrellas de mar, ya que todo el proceso no les deja la más leve herida. Pero además muestra cómo las cavidades internas de estos animales, rellenas de agua, actúan como “vías navegables”, en palabras de los investigadores. En lugar de tratar de librarse del chip a través del orificio de la inyección, como hacemos nosotros cuando se nos clava una astilla o, peor, recibimos un balazo, la estrella de mar se limita a dejar que el cuerpo extraño navegue a través de sus cavidades internas hasta que se le presenta la ocasión de expulsarlo por el extremo de un brazo. A Patricio le alegrará saber que puede hacer esto.

Pasen y vean a los Mortadelos de la naturaleza

Siempre me ha llamado enormemente la atención la capacidad de camuflaje de algunos animales. Por definir los términos de una manera pedestre, un primer nivel es el camuflaje pasivo, aquel que permite a las especies disimularse en el entorno en el que habitualmente se encuentran sin que opere ningún mecanismo para modificar su aspecto, con el fin de pasar inadvertidos ante sus posibles depredadores o de ocultarse para cazar al acecho.

El camuflaje pasivo es algo de lo más extendido en la naturaleza. En general, los animales tienden a desarrollar características o coloraciones que les ayudan a esconderse de la vista de otros, excepto cuando eligen la estrategia contraria, un aspecto tan llamativo (el término es aposemático) que sirva de señal de advertencia, como diciendo: “cuidado conmigo; soy peligroso”. Es el caso de muchos animales venenosos de vivos colores, como las avispas, las abejas, algunas ranitas tropicales o la serpiente coral. Y de otros que no lo son pero que aparentan serlo para dar miedo, como la falsa coral.

Tan frecuente es el camuflaje pasivo que los científicos tienden a buscar este rasgo como explicación de cualquier aspecto inusual. Durante mucho tiempo se ha pensado que las rayas de las cebras –que, por cierto, son animales negros con franjas blancas y no al revés, según demuestran sus embriones– tenían la función de romper su silueta y confundirlas entre sí para ofuscar a sus depredadores. Pero en enero de este año, un equipo de investigadores de la Universidad de California en Los Ángeles descubrió que el patrón a rayas probablemente ayuda a las cebras a mantenerse frescas, y que los animales tienen más franjas cuanto más cálido es el clima. Así que la razón del pijama de las cebras no parece ser el camuflaje, sino la regulación térmica.

Las estrategias más sofisticadas de camuflaje pasivo llegan al nivel de auténtica orfebrería natural. Todos conocemos los casos de los insectos palo y los insectos hoja, pero dejo aquí un par de ejemplos más que son verdaderamente asombrosos. La mariposa barón (Euthalia aconthea) vive en India y el sureste asiático. Sus orugas son capaces de camuflarse en las hojas de la manera que se ve en la imagen. Por su parte, el caballito de mar pigmeo de Bargibant (Hippocampus bargibanti) se confunde tan maravillosamente con los corales del género Muricella en los que habita que, según se cuenta, solo fue descubierto cuando se examinó uno de estos corales en un laboratorio.

Izquierda: una oruga de mariposa barón camuflada sobre una hoja. Imagen de Wohin Auswandern / Flickr / CC. Derecha: un caballito de mar pigmeo en una gorgonia 'Muricella'. Imagen de Steve Childs / Flickr / CC.

Izquierda: una oruga de mariposa barón camuflada sobre una hoja. Imagen de Wohin Auswandern / Flickr / CC. Derecha: un caballito de mar pigmeo en una gorgonia ‘Muricella’. Imagen de Steve Childs / Flickr / CC.

Pero siendo sorprendentes, estos casos son intuitivamente muy comprensibles desde que Charles Darwin describió la evolución de las especies por medio de la selección natural. La oruga barón y el hipocampo pigmeo son ejemplos extremos de cómo, a lo largo del tiempo, los ejemplares casualmente mejor disimulados en su entorno lograban burlar a los depredadores y reproducirse, transmitiendo su aspecto a sus crías y originando así un proceso de refinamiento progresivo en su camuflaje.

Pero claro, toda apuesta fuerte tiene sus riesgos; la oruga barón y el hipocampo pigmeo tienen todos sus huevos en la misma cesta. Aunque el caballito de mar pasa toda su vida en un solo ejemplar de coral, sin abandonarlo jamás, si por algún motivo perdiera su plaza se convertiría en un bocado de lo más llamativo en otro entorno diferente.

La solución a este inconveniente es el segundo nivel de camuflaje, el activo: los animales que pueden variar su aspecto a voluntad para mimetizarse con el fondo que en cada caso buscan o les cae en gracia. En esta categoría tenemos, por ejemplo, a los camaleones o a los cefalópodos. Anteriormente publiqué aquí un vídeo en el que un pulpo parecía materializarse de la nada ante nuestros ojos. Otro caso similar es el del señorito del siguiente vídeo, un lenguado tropical de la especie Bothus mancus. Cuando se sabe descubierto, cambia de aspecto y huye para confundirse de nuevo con el fondo, sea arena o roca.

Tal vez de la misma especie es este otro artista del disfraz:

Lo que me apabulla es cómo son capaces de hacerlo. Es decir, no cabe duda de que la explicación evolutiva es la misma que en el caso del camuflaje pasivo; los cromatóforos, células pigmentadas, desarrollan sistemas de control de las vesículas que contienen los colorantes, y los animales que manejan el arte del disfraz con maestría tienen más papeletas en la ruleta de la fortuna.

Pero lo que me deja perplejo no es el mecanismo evolutivo, sino, digamos, el fisiológico-cognitivo. Es decir, cómo el reconocimiento visual de un fondo concreto se traduce en la decisión del animal de estrujar, expandir o reorientar sus cromatóforos de manera que repliquen el aspecto de ese fondo. La piel de estos animales es como una especie de pantalla de vídeo capaz de adoptar diferentes colores –e incluso texturas, en el caso de los cefalópodos– en cada píxel (cromatóforo). ¿Cómo es posible que la información visual integrada en el cerebro se interprete para distribuir a distintos rincones de su piel las órdenes de mostrar estas imágenes tan complejas? Una explicación inmediata sería decir: bien, en el caso del lenguado, podría haber dos programas predeterminados, el de arena y el de roca. Cuando el animal observa el fondo, ejecuta una de las dos opciones. Simple, ¿no?

Pero ¿qué me dicen entonces del siguiente vídeo? En él, el presentador de la BBC Richard Hammond coloca a una sepia en un acuario que simula una minúscula sala de estar con patrones de decoración muy, ejem, ingleses. Vean y pásmense; es evidente que la sepia no logra confundirse magistralmente en un fondo con el que jamás en su vida se habían encontrado ella ni todos sus ancestros evolutivos. Pero lo intenta de un modo que resulta portentoso; ¿cómo diablos es capaz de dibujarse cuadros blancos y negros en la espalda? Denle tiempo, y en menos de lo que nosotros tardaríamos en disfrazarnos ella habrá aprendido a hacerlo con la misma rapidez que Mortadelo.

Un puñado de estudios recientes han comenzado a desentrañar el enigma de una manera que aporta una explicación comprensible. En 2010, científicos del Laboratorio de Biología Marina de Woods Hole, en Massachusetts (EE. UU.), descubrieron que la piel de la sepia contiene opsinas, moléculas sensoras de luz de la misma familia a la que pertenecen las que tenemos en la retina y que nos permiten ver. Los mismos científicos han extendido su hallazgo este mes, revelando que la sepia y el calamar poseen opsinas en los cromatóforos de su piel.

Al mismo tiempo, otros dos investigadores de la Universidad de California en Santa Bárbara (EE. UU.) han confirmado el mismo fenómeno en los pulpos, demostrando que la piel responde a la luz sin la intervención del sistema nervioso central ni de los ojos. Aunque estos seguramente continúan aportando un papel fundamental en la capacidad de camuflaje adaptativo de estos animales, el hecho de que la piel reaccione a la luz puede ayudar a explicar esa increíble capacidad de desplegar imágenes complejas en su cuerpo. Según escriben los investigadores, sus resultados sugieren que “la piel del pulpo es intrínsecamente sensible a la luz y que esta detección dispersa de la luz puede contribuir a su habilidad única y novedosa de dibujar patrones”.