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“Quienes desmontamos el Blue Monday lo estamos manteniendo vivo”

Termina la semana que empezábamos con una de esas historias desprovistas de todo rastro de las mínimas cualidades de la noticia, como verdad, importancia o interés, pero que no obstante hacen relamerse de gusto a más de un redactor jefe: el Blue Monday.

El Blue Monday (lunes triste) es esa patraña de que existe un día, el tercer lunes del año, que es estadísticamente el más deprimente para la población en general. Aparte de lo descaradamente absurdo de la premisa, la historia vendida cada año en algunos medios es falsa: el Blue Monday no es fruto del trabajo científico de un científico, sino de una campaña publicitaria encargada por una agencia de viajes que contrató a un profesional del coaching para que lo firmara con su nombre.

Debo confesar que, a un servidor, la expresión Blue Monday solo le traía a la mente la canción de 1983 con la que New Order decidió enterrar definitivamente a Ian Curtis; hasta que rebusqué un poco sobre ese otro significado y me quedé patidifuso por el hecho de que algunos medios lo tomaran en serio. Y más aún por el hecho de que un organismo público, el gobierno canario, lo utilice como gancho publicitario, como si Canarias no tuviera suficientes atractivos turísticos para tener que recurrir a la seudociencia dando voz a quienes se lucran con ella.

Dean Burnett. Imagen de Cardiff University.

Dean Burnett. Imagen de Cardiff University.

Entre quienes más han batallado por dar a conocer la realidad sobre lo estulto del Blue Monday se encuentra Dean Burnett, neuropsicólogo de la Universidad de Cardiff (Reino Unido). Su relación con el Blue Monday comenzó cuando un periódico local le contactó para preguntarle por ello y luego tergiversó sus declaraciones para dar a entender que Burnett respaldaba la idea del día más triste del año, tal como el científico lo contó en su blog del diario The Guardian.

Después de aquello, Burnett ha continuado casi año tras año acudiendo a su cita con la fecha en el mismo blog. Y como en sus ratos libres también hace comedia, pues lo cuenta con gracia, la misma que gasta cuando escribe divulgación, como en su libro El cerebro idiota (edición española: Temas de Hoy, 2016).

Dado que Burnett conoce el cerebro humano mejor que la media, he aprovechado la ocasión para preguntarle brevemente sobre cómo funciona nuestro órgano pensante con cosas tan impensables como el Blue Monday.

¿Por qué triunfa la idea del Blue Monday?

Primero, pienso que su fuerza estriba en su relato. Por esta época del año todo el mundo se siente bajo, y esto les hace sentir que no es culpa suya, que es un fenómeno científico fuera de su control. Es relevante y quita la responsibilidad de sus manos, lo que para muchos es tranquilizador: “no necesito cambiar nada, no es culpa mía”. Algo que siempre es agradable pensar. También puede actuar como justificación para la autoindulgencia, la gente se da caprichos porque es un día deprimente y eso.

Además, es tan simple que es muy memorable. Da a la gente la impresión de que  entienden cómo funcionan la mente y los estados de ánimo, y de que el mundo es más fácil de entender de lo que realmente es. No es el caso, pero es agradable pensarlo.

Y a fuerza de creer que es el día más triste del año, ¿puede convertirse para quienes así lo creen en una profecía autocumplida?

Definitivamente hay algo de eso. Probablemente es un poco como el viernes 13 [o martes 13]. Es imposible que un día sea desafortunado por norma, pero el sesgo de confirmación triunfa cuando la gente cree en ello. La mala suerte que cualquier otro día no tendría importancia tiene un especial significado porque es viernes 13, lo que demuestra que es un día desafortunado, así que la creencia persiste año tras año.

Igualmente, es normal sentirse triste o miserable en lo peor del invierno después de toda la diversión de la Navidad, así que no cabe duda de por qué se eligió ese día para el Blue Monday, pero una vez que la gente piensa que es un día especialmente deprimente, lo atribuirán al hecho de que es ese día, más que a razones más mundanas que son la causa real. Y así seguimos.

Lo cierto es que cada año muchos medios lo cuentan. Y aunque algunos lo hagamos para desmontarlo, no dejamos de darle visibilidad. ¿Deberíamos dejar de hablar de ello?

Es una pregunta espinosa. Mi postura ha sido dejar claro sin lugar a dudas que es una tontería, y lo he hecho de la manera más llamativa y altisonante que he podido en cualquier ocasión que he tenido. Pero también algunos años prefiero ignorarlo, ya que tengo la impresión de que quienes intentamos desmontarlo en realidad lo estamos manteniendo vivo, y que de otro modo habría decaído. Creo que ahora está demasiado instalado como para librarnos de ello, pero es posible que la gente vaya perdiendo el interés a lo largo del tiempo, y es algo en lo que debemos confiar.

Star Wars, psicopatología en una galaxia muy, muy lejana

Imagino que hay que tener el sesgo mental de quien dedica la mayor parte de su tiempo a las cosas de la ciencia para apreciar esta paradoja: ¿cómo una saga de películas empeñada en desgranar una tan meticulosa coherencia argumental puede caer al mismo tiempo en una tan monstruosa incoherencia con la realidad?

Kylo Ren en Star Wars Episodio VII. Imagen de 20th Century Fox.

Kylo Ren en Star Wars Episodio VII. Imagen de 20th Century Fox.

Ya, ya. Que sí, que todos conocemos el propósito declarado de George Lucas desde el comienzo de la serie en ignorar deliberadamente y por completo las leyes científicas. Pero veámoslo de este modo: no son “las leyes científicas”. Es simplemente la realidad; pero como la del espacio es una realidad que no experimentamos a diario, lo etiquetamos como “las leyes científicas” y lo dejamos aparte, como una preocupación de empollones puntillosos.

Dicho de otro modo: imaginemos que, en una película, una persona cae al vacío desde el piso 65 y queda ilesa, sacudiéndose el polvo de la camisa al levantarse del suelo. No lo admitiríamos ni en una de James Bond. Nadie piensa en leyes científicas, sino en un simple absurdo argumental. Pero lo que está en juego es la gravedad, la misma que en Star Wars sí nos parece lícito saltarse a la torera constantemente sin que nadie se mese los cabellos.

Y sabiendo todo esto, no dejamos de mirar y remirar la ciencia o la anticiencia de la saga, con mucho más de lo segundo que de lo primero. En una entrevista publicada hace unos años por la Agencia Sinc y firmada por Marta Palomo, el escritor, editor y profesor de la Universitat Politècnica de Catalunya Miquel Barceló ponía como ejemplo la secuencia del Halcón Milenario en el campo de asteroides en El imperio contraataca, que contiene 14 errores científicos en menos de dos minutos.

Como otros periodistas de ciencia, yo también he escrito al menos un par de reportajes sobre la ciencia y anticiencia de Star Wars, aquí y aquí, además de comentar aquí el año pasado, con el estreno de El despertar de la Fuerza, cómo un intento de enredar el guión en una jerigonza científica a propósito de los cascos de los Stormtroopers había salido como tiro por la culata.

Y es que a pesar de todo, Star Wars nos encanta. En contra de lo que podría parecer, no solo la ciencia ficción sesuda y rigurosa inspira a los científicos, sino que también se dejan seducir por el universo de Lucas: en este artículo, la ingeniera de la NASA Holly Griffith contaba cómo fue la figura de la princesa Leia la que inspiró su elección profesional. Los profesores de ciencias, desde la enseñanza secundaria a la universidad, encuentran en sus episodios una manera amena y divulgativa de ilustrar principios científicos.

Pero cuando se habla de la ciencia de Star Wars, siempre se piensa en física e ingeniería. Y sin embargo, no solo físicos e ingenieros han recurrido a la saga en sus publicaciones profesionales. Con el triste adiós a Carrie Fisher y el estreno de la (magnífica, para mi gusto) Rogue One, he reunido esta pequeña lista de cinco estudios o artículos que tiran del material de Star Wars en un contexto más insospechado, el de la psicología y la psiquiatría.

1. Star Wars como mito: ¿una cuarta esperanza? (Psychoanalytic Review, 1987)

En 1987, con la primera trilogía de Star Wars ya completada y sin la segunda aún en el horizonte, los psicólogos Lucia Villela-Minnerly y Richard Markin publicaban un artículo en el que interpretaban la historia de Star Wars como una versión del mito de Edipo.

2. ¿Sufre Anakin Skywalker un trastorno límite de la personalidad? (Psychiatry Research, 2011)

Psiquiatras del Hospital de la Universidad de Toulouse (Francia) defienden que Anakin Skywalker/Darth Vader cumple seis de los nueve criterios de diagnóstico de trastorno límite de la personalidad. “Presenta impulsividad y dificultades para controlar su ira, alternando entre idealización y devaluación (de sus mentores Jedis). Con un miedo permanente a perder a su mujer, hace esfuerzos frenéticos para evitar su abandono y va tan lejos como para traicionar a sus antiguos compañeros Jedis”. Los autores sugieren que este ejemplo puede servir para explicar los síntomas de este trastorno, y que este rasgo de Anakin “puede en parte explicar el éxito comercial de estas películas entre los adolescentes”.

3. La ilusión de la introducción de Star Wars (i-Perception, 2015)

El psicólogo Arthur Shapiro, de la Universidad Americana de Washington (EEUU), ha creado una versión alternativa de la famosa Ilusión de la Torre Inclinada. Esta última, descubierta por investigadores de la Universidad McGill de Canadá y distinguida en 2007 con el premio a la mejor ilusión del año, consiste en que el ojo ve distinta inclinación en dos imágenes idénticas de la Torre de Pisa situadas lado a lado. Shapiro demuestra una ilusión óptica similar con los famosos textos volantes que aparecen al comienzo de todas las películas de Star Wars.

Ilusión de la Torre Inclinada. Imagen de Kingdom, Yoonessi & Gheorghiu.

Ilusión de la Torre Inclinada. Imagen de Kingdom, Yoonessi & Gheorghiu.

La ilusión de la introducción de Star Wars. Imagen de Shapiro / i-Perception.

La ilusión de la introducción de Star Wars. Imagen de Shapiro / i-Perception.

4. Psicopatología en una galaxia muy, muy lejana (Academic Psychiatry, 2015, artículos uno y dos)

En diciembre de 2015, los psiquiatras Susan Hatters-Friedman (Universidad de Auckland, Nueva Zelanda) y Ryan Hall (Universidad de Florida Central, EEUU) analizaban en dos artículos consecutivos lo que definían como “un vasto conjunto” de psicopatologías en los personajes de Star Wars, tanto en los buenos como en los malos. En el Lado Oscuro destacaban la presencia de “rasgos de personalidad límite y narcisista, psicopatía, trastorno por estrés postraumático, riesgo de violencia hacia la pareja, fases de desarrollo y, por supuesto, conflictos edípicos”. Pero los héroes también tienen lo suyo: “histrionismo, trastorno obsesivo-compulsivo y rasgos de personalidad dependiente, trastornos psiquiátricos perinatales, esquizofrenia prodrómica, seudodemencia, lesiones del lóbulo frontal, juego patológico e incluso fingimiento de enfermedad”.

5. ¿Puede Kylo Ren redimirse? Nuevas posibles lecciones de Star Wars Episodio VII (Academic Psychiatry, 2016)

Anthony Guerrero (Universidad de Hawái, EEUU) y Maria Jasmin Jamora (Fundación de la Piel y el Cáncer, Manila, Filipinas) se preguntan si en episodios sucesivos habrá posibilidad de redención para el villano Kylo Ren después de matar a su padre Han Solo, tal como Darth Vader logró redimirse en El retorno del Jedi. Los dos expertos reflexionan sobre el caso como ejemplo para psiquiatras y educadores a la hora de afrontar el tratamiento de personas que hayan caído en el Lado Oscuro, sobre todo aquellas que cometen actos de violencia contra su propia familia. Sin embargo, hay un problema: en el artículo, publicado el pasado agosto, los autores sugerían que un factor crucial para la redención de Kylo Ren podía ser su madre. Pero por desgracia, Leia ya no podrá estar presente en el Episodio IX.

En Bulgaria sacuden la cabeza para asentir, y otros 98 datos sobre países

Créanme, si sienten alguna curiosidad por el mundo que nos rodea y comparten la adicción por el viaje, les merece la pena emplear 15 minutos y pico de su precioso tiempo dejando que este vídeo les presente 98 datos curiosos de otros tantos países (el resto llegará en una segunda entrega). Es un trabajo de Wendover Productions, al parecer una pequeña productora personal que hace un magnífico trabajo mostrándonos cómo funciona el mundo. Y aún mejor, con subtítulos en castellano.

De entre todos los datos presentados, hay uno que me ha llamado especialmente la atención, y es el que menciono en el título: según el vídeo, en Bulgaria mueven la cabeza de lado a lado para decir “sí” y de arriba abajo para decir “no”, justo al contrario de lo habitual por aquí. Confieso que jamás lo había oído, y eso que viajé a Bulgaria en una ocasión hace ya más de 20 años. Nadie me lo explicó, no noté nada raro y lógicamente tampoco se me ocurrió preguntar si allí los movimientos de cabeza se interpretaban igual que en mi país.

Imagen de Giphy.

Imagen de Giphy.

Pero una búsqueda en internet parece confirmarme que es cierto, a falta de preguntar a una amiga búlgara a la que veré esta semana. Según parece, es algo más sutil: mover la cabeza de lado a lado en efecto se utiliza para asentir, pero la negación es más bien un levantamiento de la cabeza que suele ir acompañado por otro de cejas y un rodar de ojos.

La pregunta podría ser por qué en Bulgaria lo hacen al revés que los demás, pero la verdadera pregunta es por qué distintas culturas coincidimos en esos gestos de asentir y negar sin habernos puesto de acuerdo.

En cuanto a lo primero, siempre hay una leyenda a mano para explicar este tipo de cosas: en tiempos del Imperio Otomano, los búlgaros revirtieron el significado de los movimientos de cabeza para confundir al invasor; lo cual, si fuera cierto, sería probablemente la más ineficaz rebelión pacífica de la historia.

Otra versión sugiere que, cuando los turcos apoyaban sus cimitarras en el cuello de los búlgaros para obligarles a confesar su cristianismo, estos movían la cabeza de arriba abajo para que la hoja les rebanara el cuello, y que aquello perduró como un gesto para decir no. Ya, ya, nada de esto tiene mucho sentido excepto para demonizar a los turcos, pero ¿qué país no inventa leyendas para afear a sus vecinos?

La pregunta verdaderamente profunda es la segunda. ¿Tiene algo de natural asociar ciertos movimientos de cabeza a un significado concreto?

Estas grandes pequeñas preguntas no pasaron inadvertidas a Darwin, que dedicó todo un libro a La expresión de las emociones en el hombre y los animales (1872). En este volumen, el padre de la evolución biológica contaba que en 1867 había hecho circular un formulario con una serie de preguntas entre diversos corresponsales, sobre todo misioneros en lugares remotos del planeta. Las preguntas indagaban sobre la forma de expresar las emociones en distintas culturas; por ejemplo, “¿se mueve la cabeza verticalmente en afirmación, y lateralmente en negación?”.

Darwin repasaba detalladamente las respuestas, que se volcaban en su mayoría hacia el uso de los mismos signos de cabeza en culturas muy diferentes. De ello concluía que estos gestos “probablemente tuvieron un comienzo natural”. Y lanzaba esta hipótesis:

Hasta cierto punto, estos signos son expresiones de nuestros sentimientos, ya que damos un movimiento vertical de aprobación con una sonrisa a nuestros niños cuando aprobamos su conducta, y sacudimos la cabeza lateralmente frunciendo el ceño cuando desaprobamos. Con los bebés, el primer acto de negación consiste en rehusar la comida; y repetidamente noté con mis propios bebés que lo hacían retirando la cabeza lateralmente del pecho, o de cualquier cosa ofrecida a ellos en una cuchara. Al aceptar la comida y llevársela a la boca, inclinan la cabeza hacia delante.

Pero no se lo pierdan: también hay al menos un estudio que analiza el caso particular de Bulgaria. En 2012 la psicóloga Elena Andonova, de la Nueva Universidad Búlgara de Sofía, y su colega Holly Taylor, de la Universidad Tufts en EEUU, decidieron investigar si hay alguna diferencia entre estadounidenses y búlgaros a la hora de traducir en sentimientos positivos o negativos el movimiento lateral o vertical de estímulos visuales (puntos luminosos) que les obligaba a mover la cabeza.

Según describían las dos investigadoras en la revista Cognitive Processing, sí encontraron una diferencia, pero no exactamente la que esperaban: los voluntarios búlgaros asociaban sentimientos positivos al movimiento lento de los puntos de colores, ya fuera vertical o lateral, mientras que en los estadounidenses el movimiento rápido resultaba más agradable. En resumen, no era la dirección de la cabeza, sino la velocidad, lo que establecía una distinción entre búlgaros y norteamericanos.

Curiosamente, a los estadounidenses el movimiento vertical de los puntos y la cabeza sí les hacía sentirse mejor, lo que concuerda con el sentido afirmativo del gesto en la cultura occidental; en cambio, esto no ocurría con el movimiento lateral en los búlgaros. Las psicólogas aportaban una hipótesis muy cabal:

Una posible explicación puede ser que los búlgaros tienen más exposición a la convención alternativa (mover la cabeza arriba y abajo para decir sí) a través de la cultura extranjera en los medios, mientras que los participantes de EEUU probablemente tienen menos familiaridad con culturas que expresan respuestas positivas mediante un movimiento lateral de cabeza.

Pero como escribían Andonova y Taylor, el suyo era un estudio pionero que debería tener continuidad en futuras investigaciones. Como mínimo, aunque sea para no seguir echando la culpa a los turcos.

¿Son un placebo los botones de los semáforos?

Recuerdo un cuento de Richard Matheson titulado Button, Button, en el que un extraño ofrecía a una pareja con graves problemas económicos la posibilidad de ganar una gran cantidad de dinero simplemente pulsando el botón de una caja. Pero si decidían hacerlo, alguien a quien ellos no conocían iba a morir. Mientras discutían el dilema moral al que se enfrentaban, la mujer decidía abrir la caja y descubría que estaba vacía; bajo el botón no había ningún mecanismo.

La historia me ha venido a la mente a propósito de un artículo publicado hace unas semanas en el New York Times sobre los botones placebo. A algunos les llegará de sorpresa, a otros no, y muchos siempre lo habrán sospechado: algunos de los botones que encontramos en los ascensores y que sirven para cerrar las puertas, o que en los semáforos nos invitan a pulsar para esperar el verde, o los mandos que regulan el termostato de la temperatura en las oficinas, tal vez sean más falsos que un Mondrian pintado por mi hijo de cuatro años.

Un botón de semáforo. Imagen de Wikipedia.

Un botón de semáforo. Imagen de Wikipedia.

Según escribe Christopher Mele en el diario neoyorquino, en EEUU los botones de cerrar puertas en los ascensores funcionaban hasta 1990. Entonces se aprobó en aquel país una ley de discapacidad que obligaba a dejar un margen suficiente para que las personas en silla de ruedas o con otras dificultades de movilidad tuvieran tiempo suficiente de entrar en los acensores, lo que obligó a deshabilitar los botones de cerrar puertas. Desde entonces, al menos allí, estos pulsadores solo hacen algo si se introduce la llave que usan los empleados de mantenimiento.

Algo similar ocurre con los termostatos de muchas oficinas, que son de pega. Según explica el artículo, el simple hecho de hacer creer a los trabajadores que pueden regular la temperatura para sentirse más a gusto les hace sentirse más a gusto, aunque la manipulación del termostato no tenga ningún efecto real sobre la temperatura. Según una fuente del sector citada por Mele, un falso termostato reduce en un 75% las llamadas a la asistencia técnica.

Este último dato ilustra por qué esta existencia de botones falsos no se contempla como un resto del pasado a eliminar, sino que incluso se continúa fomentando. ¿Y por qué? En 1975, una psicóloga llamada Ellen Langer publicó un célebre estudio en la revista Journal of Personality and Social Psychology en el que acuñaba una expresión, la “ilusión del control”. Langer demostraba que muchos jugadores actúan u optan de determinadas maneras porque piensan que eso aumenta sus posibilidades de ganar, cuando en realidad esas acciones u opciones no tienen ningún efecto.

Pensemos en la Lotería de Navidad, ya tan próxima: muchos eligen números que representan fechas concretas, que les resultan significativos o que les parecen “bonitos”. Pero en realidad, todos los números del bombo tienen teóricamente la misma probabilidad de resultar premiados.

Esta ilusión de tener el control sobre un resultado que realmente escapa a nuestro poder es también la que justifica la existencia de los botones placebo: como en el caso de los termostatos, resulta satisfatorio pensar que tenemos el dominio de la situación, ya sea regular la temperatura de la oficina, cerrar las puertas del ascensor o detener el tráfico para cruzar la calle. Todo ello apela a lo que los psicólogos llaman el sentido de agencia, el sentimiento de que tenemos control sobre nuestras acciones y sus consecuencias.

El último ejemplo de los que he citado es mi favorito. Uno, como padre responsable, trata de enseñar a sus criaturas a no morir atropelladas, instruyéndoles sobre cómo cruzar la calle en tiempo y forma. Siempre que hay uno de esos botoncitos verdes que dicen “peatón pulse – espere verde”, les digo que pulsen. Lo cual hacen encantados, ya que a los niños les chifla apretar botones. Y si piensan que los coches se han parado gracias a ellos, entonces ya no caben en sí de orgullo. Pero uno siempre se pregunta: ¿realmente ese botón hace algo?

Según parece, no hay una respuesta única. El artículo de Mele cuenta que en su día los botones de los semáforos se colocaron con una finalidad genuina, para ayudar a regular el tráfico. Pero con el tiempo, cuando se introdujo el control por ordenador, dejaron de ser funcionales. Según Mele, en Nueva York hoy solo quedan unos pocos que responden a quien los pulsa.

Un estudio publicado en 2013 por investigadores de Microsoft y la Universidad de Michigan enfocaba el estudio de estos artefactos desde el punto de vista de la interacción humano-máquina para acuñar otra expresión: “engaño benevolente”, una especie de mentira piadosa que beneficia al usuario. Supuestamente, el hecho de apretar el botón de los semáforos no solo satisface el sentido de agencia, sino que al hacerlo el peatón tenderá a esperar con más paciencia el cambio de semáforo y no se lanzará a tratar de sortear el tráfico en rojo.

Un artículo de la BBC publicado en 2013 explicaba que el sistema informatizado de regulación de tráfico empleado en Reino Unido, llamado SCOOT (siglas de Split Cycle Offset Optimisation Technique), pone los botones en modo placebo durante el día, cuando el tráfico es intenso, y los activa por la noche.

Por otra parte, este trabajo de la ingeniera industrial Emma Holgado nos cuenta que el SCOOT se emplea también en Madrid, lo que nos lleva a una clara conclusión: si viven en Madrid (y supongo que en Barcelona y otras ciudades del país), apretar el botón durante el día no les servirá de nada. Pero háganlo, que los placebos también son eficaces incluso cuando sabemos que lo son. Y si van con niños, no les quiten la ilusión de pensar que son ellos quienes detienen el tráfico. Se sienten casi como superhéroes.

Pasen y vean una ilusión óptica que les dejará boquiabiertos

Uno ha visto ya tantas ilusiones ópticas que se le llega a formar callo en el órgano de la sorpresa. Por supuesto que los engaños siguen cumpliendo su función, dado que el sistema ojo-cerebro está hecho para apreciar según qué cosas de forma diferente a como son en realidad (si es que existe la realidad tal como la conocemos, pero esta es otra historia).

Una captura de la nueva ilusión de Sugihara. Imagen de YouTube.

Una captura de la nueva ilusión de Sugihara. Imagen de YouTube.

Pero lo que consigue el japonés Kokichi Sugihara está a otro nivel. Les pongo en antecedentes. Sugihara es un ingeniero del Instituto Meiji para el Estudio Avanzado de las Ciencias Matemáticas de Japón. En 2010, su nombre ya sonó en los medios de ciencia cuando construyó un elaborado montaje que ilustraba y explicaba el fenómeno de las llamadas cuestas magnéticas o gravitatorias.

Hasta en un centenar de lugares del mundo se ha descrito un insólito fenómeno: los coches, o incluso una pelota, parecen rodar solos por la carretera, pero cuesta arriba. Hará un par de décadas, recuerdo que uno de esos programas de televisión dedicados a explotar la afición humana a inventar misterios sobrenaturales donde no los hay hizo buen caldo con una de esas presuntas cuestas magnéticas en una carretera cercana a Ronda, en Málaga.

En otros lugares han ido más lejos: la llamada Magnetic Hill de Canadá sirve para dar nombre a un distrito, e incluso construyeron una variante de la carretera para desarrollar el tramo original como atracción turística: quien quiera verlo, que pague. En varios de estos lugares dispersos por el mundo se han colocado carteles en los que se ofrecen supuestas explicaciones seudocientíficas del fenómeno, como anomalías gravitatorias o magnéticas.

Pero naturalmente, no hay nada de esto, sino solo un sistema visual humano fácil de engañar. Newton sigue funcionando en todo el universo y, que se sepa, Ronda y Canadá siguen formando parte del universo. Y en el universo las cosas ruedan cuesta abajo, no cuesta arriba. Para demostrarlo, Sugihara construyó no una cuesta magnética, sino cuatro, demostrando que se trata de una ilusión óptica, un insólito efecto de la perspectiva que resulta en una impresión contraria a la realidad: parece que la carretera sube, cuando en realidad baja.

Con este proyecto, Sugihara ganó en 2010 el concurso Best Illusion of the Year. Pero si esto les ha sorprendido, a ver qué les parece la nueva creación de Sugihara, que ha merecido (extrañamente) el segundo premio en la edición del concurso de 2016. No hay trucos de vídeo, y el espejo es solo un espejo normal. Obsérvenlo, y tengan cuidado de mantener la boca cerrada, que es época de moscas.

¿Qué diablos está pasando? Según se deduce de su web (que les recomiendo visitar; es como un parque de atracciones para los ojos), Sugihara lleva décadas trabajando en el diseño de ilusiones visuales mediante objetos “imposibles” y ambiguos, en los que la pérdida de la perspectiva tridimensional en el vídeo obliga a nuestro cerebro a interpretar una geometría diferente de la real.

En el caso del espejo, tenemos dos perspectivas planas diferentes del mismo objeto: la directa, desde nuestro ángulo de visión, y la opuesta, que el reflejo nos devuelve. En realidad los objetos del vídeo no son cilindros ni prismas cuadrados, sino más bien algo intermedio entre ambos, y desde ángulos contrarios el resultado es distinto. El secreto está en el diseño de los bordes, que nuestro cerebro quiere ver planos, cuando en realidad son ondulados. Y es esta diferente distancia de nuestro punto de vista a las zonas elevadas y deprimidas de los bordes la que construye la ilusión del cilindro o el prisma. Este vídeo lo explica:

Si tienen a mano una impresora 3D y quieren probarlo ustedes mismos, aquí podrán encontrar los archivos para fabricarse su propio cilindro ambiguo. Y de propina, les dejo la última ilusión publicada por Sugihara en su web, el techo del garaje ambiguo.

Un robot viola la primera ley de Asimov

Así dicho, podría sonar a pompa y artificio. De un vistazo superficial, podría parecer que el hecho de que una máquina haya causado daños, por suerte leves, a un niño, no pasaría más allá de cualquier otro accidente de un humano con un aparato; como, digamos, el que se pilla la corbata con la trituradora de documentos.

Pero cuando la máquina es un sofisticado robot de seguridad dotado de casi 30 sensores ad hoc y programado para vigilar a los malos y proteger a los buenos, entonces ahí lo tenemos, y no puede ser más literalmente cierto: “un robot no hará daño o, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño”, Isaac Asimov dixit en la primera de sus famosísimas Tres Leyes de la Robótica.

Los hechos: el Centro Comercial de Stanford, en Palo Alto (California), cuenta en su plantilla con los K5 de Knightscope, una especie de Robocops con ruedas –aunque su aspecto recuerda más a R2D2– de metro y medio de alto y unos 130 kilos de peso que patrullan por el centro para servir de apoyo a los guardias de seguridad humanos. Cuando el K5 detecta alguna anomalía, como un ruido inusual o un cambio brusco de temperatura, o cuando detecta a algún criminal fichado… no, no dispara; se limita a alertar a sus jefes basados en el carbono.

El K5 de Knightscope. Imagen de Knightscope.

El K5 de Knightscope. Imagen de Knightscope.

Dado que el centro comercial está situado en el Silicon Valley, nada más apropiado que un vigilante robótico. Pero dado que una de las virtudes del K5 es que sale más barato que un guardia de carne y hueso, a unos 6,25 dólares la hora, nada más apropiado para rescatar la vieja polémica que se remonta a los tiempos de la Revolución Industrial.

El caso es que el pasado 7 de julio, una familia se encontraba visitando el centro comercial cuando el pequeño de 16 meses Harwin Cheng resultó arrollado por un K5. El robot pasó por encima de su pie, causándole un golpe de morros contra el suelo, arañazos en la pierna y una inflamación, además de un susto de muerte.

Como era de esperar, hay una diferencia sustancial entre la versión de la familia y la de Knightscope. La madre del niño, Tiffany, dijo a ABC7 News: “El robot golpeó a mi hijo en la cabeza y él cayó de cara hacia el suelo, y el robot no se detuvo y siguió avanzando”. Por su parte, según The Verge, Knightscope declaró en un comunicado que “el niño abandonó la vecindad de sus guardianes y comenzó a correr hacia la máquina. La máquina giró a la izquierda para evitar al niño, pero el niño corrió hacia atrás directamente hacia el frente de la máquina, momento en que la máquina se detuvo y el niño cayó al suelo”.

Naturalmente, ante tal discrepancia caben pocas dudas sobre qué versión creer, aunque solo sea porque la de Knightscope no explica claramente las lesiones del niño; la empresa asegura que los sensores del robot no detectaron vibración, como debía haber ocurrido al pasar sobre un pie. Incluso el Roomba de iRobot, esa aspiradora casera que se convirtió en la primera máquina de uso doméstico admitida en el Salón de la Fama de los Robots de la Universidad Carnegie Mellon, sabe detenerse cuando encuentra un obstáculo.

Por otra parte, quienes tenemos hijos también sabemos que, cuando se empeñan, no existe robot en la galaxia capaz de esquivarlos. Sea como fuere, la compañía ha presentado sus disculpas a la familia y la ha invitado a conocer sus instalaciones, aunque no está claro si a los Cheng les quedarán ganas. Por el momento, los K5 del centro comercial han tenido que entregar sus placas y han quedado suspendidos de empleo y sueldo.

Aunque afortunadamente el suceso no ha pasado de anécdota, ilustra una situación que sin duda se repetirá con mayor frecuencia a medida que nuestra interacción con los robots se vaya multiplicando. Y lo peor de todo es que no siempre los casos que puedan presentarse estarán tan fácilmente cubiertos por las tres sencillas reglas de Asimov. Algo que escapa a este código básico y que últimamente ha sido objeto de comentarios es el dilema moral, especialmente en el caso de los coches robotizados autónomos que Tesla y otras compañías quieren popularizar en los próximos años.

El pasado mayo, un coche autónomo Tesla causó la muerte de su único ocupante cuando no pudo esquivar un camión que se interpuso de repente. Al parecer, el vehículo viajaba en modo de piloto automático mientras su conductor veía una película de Harry Potter, y los sensores del coche no distinguieron el camión blanco contra el cielo luminoso. La semana pasada se produjo otro accidente de un Tesla, esta vez sin daños. Aquí no hay debate posible: fue un error de la tecnología que revela sus imperfecciones.

Pero imaginemos esta otra situación: un coche autónomo circula con ocupantes en su interior, cuando de repente se encuentra inesperadamente con un obstáculo en el camino sin tiempo para frenar. Tiene dos opciones: estrellarse, poniendo en riesgo las vidas de sus pasajeros, o eludir el obstáculo y arrollar a un grupo de peatones. ¿Cuál es la decisión correcta? ¿Depende de si hay más personas dentro del coche o en la acera? ¿De si hay niños? ¿Podrán los afectados o sus familiares demandar al fabricante del coche? ¿Querría algún fabricante arriesgarse a perder una demanda con indemnizaciones millonarias?

El pasado junio, un estudio publicado en Science reunía una serie de encuestas que planteaban este dilema. La mayoría de los encuestados pensaban que el coche debería optar por sacrificar a sus ocupantes, aunque opinaban que esto no debería regularse por ley. Y como consecuencia de todo ello, se mostraban reacios a montar en coches que podrían tomar la decisión de liquidarlos para no dañar a otros.

La realidad puede ser más complicada que la ficción. Y si algo queda claro, es que tres leyes no bastan.

Ser L, G, B o T es tan biológicamente natural como ser H

¿Sirve para algo un día contra la LGTBfobia, contra el Ku Klux Klan o contra el nazismo? Tal vez sí, pero tal vez habría que valorar la contrapartida que supone conceder un reconocimiento de vigencia a lo que no debería tener tal cabida. Es obvio que aún persiste mucha LGTBfobia en el mundo y que la normalización es hoy inalcanzable en según qué territorios y culturas (suele hablarse de ciertos países musulmanes ignorando que, por ejemplo, varias naciones africanas de culturas/religiones variadas son legalmente LGTBfobos).

¿ADN arco iris? Imagen de Pixabay / dominio público.

¿ADN arco iris? Imagen de Pixabay / dominio público.

Otra cosa es que quienes sostienen individual o colectivamente estas posturas estén dispuestos a dejar de sostenerlas, con campañas o sin ellas. En estos casos parece que la solución, al menos en los países que avanzan socialmente, es más bien el recambio generacional: tal vez sus hijos, si los tienen, pensarán de otra manera.

Tampoco confío en que la ciencia ayude a nadie a ser más tolerante. En cambio hay algo que la ciencia sí puede lograr, y es ofrecer respuestas a aquellos que no se comprenden a sí mismos, que no se sienten cómodos con lo que contemplan como una diferencia socialmente conspicua que personalmente preferirían evitar, que no responden a las expectativas propias o de quienes les rodean. O quizá a las propias, convertidas en tales por la influencia de quienes les rodean.

Y por suerte, en esto la ciencia sí puede echar una mano. Recientemente escribí un reportaje sobre las bases biológicas de la homosexualidad, la bisexualidad y la transexualidad. Una conclusión que extraje después de consultar con los expertos en este terreno de la psicobiología (muchos de ellos homosexuales, bisexuales o transexuales) es que, en su experiencia, el conocimiento científico que ellos han desentrañado ha ayudado a otros a comprenderse y, por tanto, a sentirse a gusto consigo mismos. Conviene destacar que el propósito de la ciencia no es la complacencia; lo bueno o lo malo de la ciencia es que dice lo que hay, no lo que nos gustaría oír. Pero si además gusta oírlo, mejor.

Claro que no a todos gusta oírlo. Mientras trabajaba en aquel reportaje hubo una pregunta invariable: es indudable que algunas personas LGBT rechazan la investigación de las posibles bases biológicas de la identidad de género o la orientación sexual, por los motivos que sean, ya sea el temor a una estigmatización biológica que algunos puedan esgrimir como algo que puede “curarse”, o simplemente porque cada cual puede preferir libremente vivir en la ignorancia (aunque en estos casos suele existir una perversa tendencia a obligar a otros a que también vivan en la ignorancia).

Los investigadores/as, L, G, B, T o H, eran unánimes: ya, es cierto, y hay que ser muy cuidadosos, pero hay que investigar. “El estudio científico de la identidad de género y la orientación sexual es desde luego una materia delicada, y entiendo la preocupación de aquellos a quienes afecta”, me decía Elke Stefanie Smith, psicóloga de la Facultad de Medicina de la Universidad de Aquisgrán (Alemania) y coautora de una reciente revisión sobre las bases neurales del transexualismo. “Personalmente, considero todas las facetas de la identidad de género y la orientación sexual como variantes normales de la naturaleza, y respaldo su investigación”. La psicóloga añadía que estos estudios ayudan a la investigación clínica precisamente por la angustia que sienten algunas personas que aún no han aprendido a comprenderse.

Pero Smith decía algo más, y en esto encontré gran coincidencia entre los investigadores: “Me temo que tanto los factores biológicos como los psicosociales podrían ser mal utilizados para justificar la marginación y las medidas de reeducación, respectivamente”. Es decir, que quienes nunca dejarán de sostener esas posturas retorcerán a su favor cualquier cosa que la ciencia tenga que decir sobre la orientación sexual o la identidad de género.

Hoy la mayoría de los expertos consideran que “la orientación sexual y la identidad de género están biológicamente determinadas, y la variación en ambas tiene funciones evolutivas”, como me decía la bióloga Joan Roughgarden, profesora emérita de la Universidad de Stanford y hoy retirada pero aún activa en la Universidad de Hawái (los científicos, como los periodistas, nunca se retiran). En respuesta a mi reportaje en el que los investigadores consultados corroboraban esta hipótesis, que las diferencias en identidad de género y orientación sexual son evolutivas y, por tanto, “naturales”, hubo reacciones LGTBfobas. Y como no podía ser de otra manera, alguna de ellas comparaba el hecho natural LGTB con el hecho natural de, por ejemplo, el filicidio.

El problema, una vez más, es la ignorancia. La opinión de alguien que ha dedicado décadas de su vida a razón de ocho o más horas al día a investigar una cuestión no vale lo mismo que la de quien no lo ha hecho. Y no todo lo que podemos observar a nuestro alrededor es “natural”. No es natural lo que a uno le apetece que lo sea, sino lo que tiene un fundamento biológico evolutivamente consistente. Matar a las crías, o incluso devorarlas, es natural en muchas especies, raro en los primates, y excepcional en los humanos (lo cual, subrayo, no quita que haya desempeñado un papel cultural en ciertas épocas y lugares). Esto se explica en parte según una teoría ecoevolutiva llamada Selección r/K, ya anticuada, pero que conserva muchos de sus postulados en el paradigma actual. Quien pretenda valorar la naturalidad de un fenómeno biológico, que antes se informe sobre qué significa el concepto que maneja.

En el caso al que me refiero, y además del abundante caudal de investigación que apoya la existencia de bases biológicas de la orientación sexual y la identidad de género, se han propuesto diversas hipótesis plausibles sobre su significado evolutivo, algunas de ellas apoyadas en datos biológicos y antropológicos. Quien esté interesado en saber más podrá encontrar aquí una revisión publicada en 2000 por el antropólogo Rob Craig Kirkpatrick.

Y para quien quiera saber aún más, el próximo octubre se publicará el libro On Human Nature, editado por Francisco Ayala y Michel Tibayrenc, en el que Joan Roughgarden escribe un interesante capítulo sobre homosexualidad y evolución que la autora me envió y he tenido la oportunidad de leer. Quizá mejor que días anti-algo, sería más provechoso declarar días pro-conocimiento. Eso sí, teniendo en cuenta que quienes hablan de “curar” a otros son, ellos mismos, incurables.

Los científicos, ¿tan malvados como para hacerle eso a un pollo?

Aquí va una que llenará de alborozo a los anti-ciencia: un estudio revela que los científicos son percibidos como más propensos que la población general a fornicar con el pollo muerto que después se comerán para cenar. Tal cual. Pero si realmente les interesa saber de qué diablos estoy hablando y no quedarse solo en la anécdota, sigan leyendo.

Una de las posibles salidas profesionales del doctorado. Imagen de Marvel Comics.

Una de las posibles salidas profesionales del doctorado. Imagen de Marvel Comics.

Los psicólogos Bastiaan Rutjens y Steven Heine, respectivamente de las Universidades de Ámsterdam (Países Bajos) y Columbia Británica (Canadá), estaban interesados en indagar en la percepción social de los científicos, sobre todo en lo referente a sus principios morales. Pese a la creciente implicación de la ciencia y la tecnología en todos los aspectos de la vida diaria, es evidente que la visión percibida sobre los científicos es ambivalente, y en muchos casos tiende a dos extremos tan estereotipados como falsos: o santos laicos (boquiabierto me dejaron algunos tuits en el último cumpleaños de Isaac Newton) o lunáticos y amorales (el daño que hace el tópico del científico loco).

Para calibrar qué visión tiene la sociedad sobre la moralidad de los científicos, Rutjens y Heine lanzaron una amplia investigación sociológica compuesta por una serie de encuestas basadas en un paradigma llamado falacia de conjunción. Y explico. Imaginemos que tenemos un rebaño de cabras y ovejas, y que de ambas las hay blancas y negras. Supongamos la probabilidad de elegir una oveja; es evidente entonces que la probabilidad de elegir una oveja negra es menor, ya que hay menos ovejas negras que ovejas.

Apliquemos esto ahora a los rasgos que definen a una persona a la que asociamos un determinado comportamiento. Si por ejemplo preguntáramos qué tipo de perfil veríamos con más probabilidad en una manifestación por la igualdad de las mujeres, una cajera de banco o una cajera de banco con una activa participación en movimientos feministas, lo lógico parecería elegir a la segunda, ¿no?

Pues bien, los psicólogos razonan que esto es un error lógico, ya que la segunda población (cajera + feminista) es más pequeña y restringida que la primera (cajera). De ahí el nombre de falacia de conjunción: asociamos una mayor probabilidad a la conjunción de dos condiciones, a pesar de que la probabilidad es mayor para cada una de ellas por separado. Dicho en términos más llanos, tendemos a formar estereotipos de las personas a partir de algún dato suelto: si lleva coleta, votante de Podemos; pelo corto y gomina, del PP. Y sin embargo, sabemos que los estereotipos se equivocan; de ahí la falacia.

Este error es una fuente de revelación para los psicólogos: cuando caemos en la falacia, es debido a que estamos guiándonos por una fuerte convicción estereotipada que tal vez no manifestaríamos si se nos preguntara directamente. En el caso del estudio que vengo a contar, Rutjens y Heine propusieron una primera condición, por ejemplo aficionado a los deportes, y una segunda escogida de entre varias: científico, ateo, musulmán, cristiano, hispano, nativo americano, gay, psicólogo, profesor o abogado.

A los voluntarios se les presentaron diversos escenarios: un asesino en serie que ha matado a cinco personas sin techo, un hombre que se ha acostado con su hermana con consentimiento mutuo, el ya citado fornicador de pollos, un tipo que recibe un favor de un compañero de trabajo pero luego se escabulle de devolverlo y además hace trampas jugando a las cartas, otro que se burla de una mujer obesa y patea a un perro, y finalmente un sujeto que decide cenarse a su perro atropellado por un coche. No, no es que Rutjens y Heine diseñaran el experimento en uno de los famosos Coffee Shops de Ámsterdam (o quizá sí, no lo sé), sino que estos escenarios han sido previamente utilizados en otros estudios sobre moralidad.

Pues con todo esto, a encuestar, y a ver qué pasa. Y los resultados del estudio, publicado en la revista PLOS One, son para bebérselos: los participantes asocian de forma aplastante las conductas de todos los escenarios a los ateos, siempre muy por encima de los grupos de control. Los científicos ganan a los controles en incesto y asesinato en serie, pero se mantienen muy por debajo de los ateos. En cambio, y por razones que vaya usted a saber, los científicos ganan por paliza a los ateos (64,2% frente a 42,9%) en su probabilidad, a juicio de los encuestados, de mantener un encuentro amatorio con el pollo antes de meterlo en el horno; eso sí, usando un condón y lavándolo bien después, según describe el escenario del estudio.

Imagen de bigdogLHR / Flickr / Creative Commons.

Imagen de bigdogLHR / Flickr / Creative Commons.

Curiosamente, en cambio, los participantes en el estudio no ven a los científicos haciendo trampas a las cartas o maltratando a señoras o perros; en esto quedan al nivel de los grupos de control; y una vez más, muy por debajo de los ateos, que quedan retratados por los encuestados como la personificación absoluta del mal en la Tierra. El motivo de los autores para elegir esta población como comparación es que otros estudios previos ya habían revelado diferencias en la población general en cuanto a la percepción de los criterios morales sostenidos por personas religiosas y ateas. De hecho, uno de los terrenos en los que pica el estudio es el debate sobre la ciencia como nuevo sustrato de la moralidad.

En resumen, el estudio viene a sugerir que la gente percibe a los científicos como seres capaces de barbaridades, y no tanto de pequeñas infamias. “Mientras que los científicos gustan e inspiran amplia confianza, también son percibidos como un poco inhumanos y suficientemente obsesionados con la búsqueda del conocimiento como para ser capaces de conductas inmorales y potencialmente peligrosas”, escriben Rutjens y Heine.

Los autores afirman que no se ve a los científicos como intrínsecamente malvados, sino como personas tan entregadas a un fin que llegan a justificar cualquier medio para alcanzarlo (¿el clásico villano de los cómics de superhéroes?). Como resultado, la percepción que existe de ellos es “una compleja mezcla de estereotipos y asociaciones positivas y negativas”, y esto, concluyen los dos psicólogos, “ofrece nuevas pistas sobre el rechazo ideológico y la desconfianza en la ciencia y en sus descubrimientos por parte de muchos”. Ahora, a ver cómo se arregla esto.

Letras y ciencias, uña y carne

Si hay alguna idea que subyace a la línea general de este blog, es la de que letras y ciencias son dos caras de la misma moneda; de ahí la cabecera de Ciencias Mixtas. Ni la vida ni la mente humana están para nadie exclusivamente constituidas por materias analíticas de las que suelen vincularse con la ciencia, o creativas de las que se atribuyen al campo de las humanidades.

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

De hecho, un peligroso y falso mito, popularmente extendido como tantos otros, es aquello de que existen personas más racionales o más emocionales según su mente esté dominada por un hemisferio cerebral u otro: son pamplinas (hoy no es el tema que vengo a tratar, pero si a alguien le intriga, podrá encontrar abundante información sobre ello en internet; por ejemplo, un comentario sobre un estudio reciente aquí y un repaso más general aquí; y pese a ello, continúan publicándose tonterías como esta).

Peligroso, porque ofrece una pancarta seudocientífica, convenientemente emperifollada de jerga (y de esto sí vengo a hablar hoy), para que muchos justifiquen la renuncia a toda una región del conocimiento humano amparándose en que no es su culpa, sino que es inútil batallar contra la naturaleza.

Desde el ámbito científico a menudo surgen reproches sobre la excesiva y temprana especialización en la educación de los niños que les aboca a abandonar una de las caras de la moneda para el resto de sus vidas, lo que resulta en una eterna guerra fría entre ciencias y letras. Los del primer bando se quejan de que la ciencia no se considere cultura, sobre todo en un país como este; mientras que los segundos a menudo abrazan posturas anticientíficas como amparo frente al miedo ante lo que no comprenden, porque se les ha negado el acceso a ello antes de que tuvieran la posibilidad de elegir.

Pero la solución no es sencilla, ya que el problema viene impuesto por la propia estructura del conocimiento. Imaginen que la ciencia es una escalera de ascenso; cada peldaño se asienta sobre el anterior. Los científicos y tecnólogos construyen nuevos peldaños sobre la estructura ya existente. Pero a medida que la escalera se prolonga más y más, a los futuros fabricantes de peldaños les llevará más tiempo completar el recorrido hasta el lugar en el que pueden empezar a construir. Y tanto la carga lectiva como la mente humana son limitadas, lo que obliga a que los alumnos comiencen antes ese viaje para que estén en disposición de aportar nuevos peldaños desde el momento en que comiencen su carrera investigadora.

Esta puede ser una visión simplista: imagino que los pedagogos, maestros y profesores dedicarán parte de su esfuerzo a encontrar maneras de ir saltando los peldaños de tres en tres. Pero si existen, esas maneras no parecen aplicarse, ya que la tendencia general ha sido la de anticipar la especialización.

En el Día del Libro, quiero hoy insistir en que una parte de esa obligación moral de formar nuestro conocimiento en los ámbitos que la educación no puede cubrirnos recae en nosotros mismos, en nuestro esfuerzo personal. Y esto depende de la lectura. Tanto las ciencias como las humanidades son nutrientes subterráneos que surgen a la superficie en forma de hierba, y como seres pensantes somos herbívoros que necesitamos pastar para alimentar nuestro cerebro con ideas.

De todo lo cual se concluye que si hay un elemento esencial que debemos cultivar, es el lenguaje, tan imprescindible para el arte como para las matemáticas. El lenguaje es nuestra arma primordial contra la ignorancia. Y para ilustrarlo, hoy traigo aquí dos estudios que hablan de ello.

El primero, publicado en noviembre de 2015, es curioso desde la primera línea: hasta donde recuerdo, es el primer estudio que he visto cuyo título incluye la palabra bullshit, que suele traducirse formalmente como “sandeces” o “chorradas”, pero cuya contundencia en inglés aconsejaría más bien asemejarlo a “gilipolleces”. Este es el título: Sobre la recepción y la detección de gilipolleces pseudo-profundas. Toma ya.

Los autores sometieron a un grupo de voluntarios, alumnos universitarios, a un test en el que debían valorar la profundidad de significado de varios grupos de frases. Algunas de ellas procedían de tuits del conocido gurú espiritual Deepak Chopra; por ejemplo, “nuestras mentes se extienden a través del espacio y el tiempo como olas en el océano de la mente única”, o “la naturaleza es un ecosistema autorregulado de consciencia”.

Otras simulaban este mismo estilo de sentencias, pero habían sido obtenidas de dos webs (Wisdom of Chopra y New Age Bullshit Generator) que las generan aleatoriamente a partir de palabras extraídas de la cuenta de Twitter de Chopra; por ejemplo, “el infinito nos está llamando a través de una superposición de posibilidades”, o “la ciencia nos enseña que la esencia de la naturaleza es la felicidad”. Por último, un tercer grupo incluía frases de carácter más mundano, como “a la mayoría de la gente le gusta al menos algún tipo de música”.

Los participantes debían calificar estas frases en una escala del 1 (nada profunda) al 5 (muy profunda). Los resultados muestran que los pensamientos de Chopra fueron valorados con una profundidad media de 2,8 y los generados al azar con un 2,5, mientras que las frases mundanas se quedaron en el 1. Pero además, en su muy concienzudo estudio, los investigadores evaluaron ampliamente otros rasgos de los voluntarios con el fin de elaborar un perfil de receptividad a las “gilipolleces pseudo-profundas”, y esta es su (polémica) conclusión:

Los más receptivos a las gilipolleces son menos reflexivos, tienen menor capacidad cognitiva (es decir, inteligencia verbal fluida y alfabetización numérica), son más propensos a confusiones ontológicas e ideas conspirativas, sostienen con más frecuencia creencias religiosas y paranormales, y respaldan medicinas alternativas y complementarias.

Con todo, los autores insisten en aclarar que no pretenden calificar como gilipolleces todos los pensamientos de Chopra. Pero la conclusión que me interesa destacar aquí es que el conocimiento, sea de la clase que sea, ciencias o humanidades, finalmente se cifra en las palabras. Su correcto manejo y comprensión es lo que nos sirve de guía en todos los ámbitos de la experiencia humana, lo que nos convierte en seres pensantes, y lo que evita que los magos de las palabras puedan tomarnos el pelo y manipularnos a su antojo.

El segundo estudio, publicado también en noviembre de 2015, es igualmente jugoso. En él se analiza el lenguaje empleado en 253 estudios científicos de biomedicina publicados entre 1973 y 2013 que fueron retractados, es decir, que eran falsos o defectuosos hasta el punto de invalidar sus resultados, y todo ello en comparación con otro grupo de trabajos similares genuinos. Los investigadores descubrieron que los estudios retractados incluían una cantidad considerablemente mayor de jerga que los auténticos; como media, unos 60 términos más. La tesis de los autores, en palabras de uno de ellos, David Markowitz, es la siguiente:

Creemos que la idea subyacente a la ofuscación es enturbiar la verdad. Los científicos que falsifican datos saben que están cometiendo una mala praxis y no quieren ser descubiertos. Así que una estrategia para evitarlo puede ser oscurecer partes del estudio. Sugerimos que el lenguaje puede ser una de las muchas variables que diferencian entre ciencia genuina y fraudulenta.

Como conclusión, las letras son esenciales para la ciencia, y por tanto una sólida formación en humanidades dota a cualquier persona de la herramienta fundamental para adentrarse en el conocimiento científico. El físico Richard Feynman, una de las mentes más lúcidas del siglo pasado, decía que lo que diferencia a una definición de una idea, es decir, a algo que simplemente se aprende de algo que realmente se comprende, es la posibilidad de reformular la primera eliminando la jerga: “Sin emplear la nueva palabra que has aprendido, trata de refrasear lo que acabas de aprender en tu propio lenguaje”. Este es el puente entre ciencias y letras: la palabra.

¿Las series de televisión provocan suicidios?

Para los investigadores Luca Perri y Om Sharan Salafia, del Instituto Nacional de Astrofísica de Italia, algo no cuadraba. Si, como se nos dice, el Trastorno Afectivo Estacional (TAE) causa unos mayores niveles de depresión en invierno, ¿por qué en cambio las cifras de intentos de suicidio en 28 países alcanzan su máximo anual en primavera en ambos hemisferios? Como astrofísicos, Perri y Salafia conocen bien la dinámica de los ciclos solares estacionales.

Se supone que abandonar los cuarteles de invierno, salir a la calle entre parterres floridos, solazarnos en las terrazas ante empañadas jarras de cerveza, vestir ropa más reveladora (y verla vestir a otros/as), todo ello debería auparnos el ánimo. Ya se sabe: la primavera, la sangre altera. ¿Por qué entonces hay más gente que en esta estación decide colocarse en el extremo equivocado de una soga o de cualquier otro artefacto mortal?

Ni cortos ni perezosos, Perri y Salafia construyeron una hipótesis: no es el sol… ¿Qué tal las series de televisión? Citando palabras del estudio:

La Depresión Post-Serie, también conocida como DPS, es la tristeza que se siente después de ver una serie larga. El sentimiento amargo cuando sabes que el viaje ha llegado a su fin, pero no quieres que termine. Esto se puede aplicar a cualquier serie, por ejemplo series de televisión, series de dibujos animados, o incluso series de cine.

Los efectos incluyen, pero no solo: un estado de depresión o tristeza, la incapacidad para comenzar otra historia, la necesidad de volver a ver la serie completa, el abuso de internet ligado a la serie, la creación de fanfiction.

Para poner a prueba su hipótesis, los dos investigadores eligieron una de las series actuales más longevas, populares y emitidas en todo el mundo, Anatomía de Grey, como ejemplo de “fenómeno universal y homogéneo”. A continuación analizaron el patrón de emisión medio de las 12 temporadas ya producidas: una temporada suele comenzar en torno a la semana 38 del año, más o menos coincidiendo con el equinoccio de otoño en el hemisferio norte, hasta el descanso de invierno de la semana 49, con una reanudación hacia la segunda semana del nuevo año que se prolonga hasta el final de temporada en la semana 21.

Imagen de ABC.

Imagen de ABC.

Así, los científicos esperaban encontrar un aumento de la tasa de suicidios entre las semanas 21 y 38, junto con un repunte hacia final de año. Pero al solapar el ciclo anual de Anatomía de Grey con el gráfico de las tasas de suicidios, surgió la gran sorpresa: los mayores aumentos en las cifras de suicidios se producen durante la emisión de la temporada, descendiendo una vez que la serie ha finalizado. El mínimo anual coincide con el momento en que comienza una nueva temporada, y a partir de entonces los intentos de suicidio empiezan a remontar, deteniéndose brevemente en la pausa de fin de año para luego trepar en una frenética escalada hasta el gran final. Escriben Perri y Salafia:

Tendencia del número de intentos de suicidio a lo largo del año. Las franjas rojas representan los períodos medios de emisión de las temporadas de 'Anatomía de Grey'. Imagen de Perri y Salafia.

Tendencia del número de intentos de suicidio a lo largo del año. Las franjas rojas representan los períodos medios de emisión de las temporadas de ‘Anatomía de Grey’. Imagen de Perri y Salafia.

Por tanto, sugerimos que es la propia serie, con sus tormentosas aventuras amorosas y tensas relaciones, la que aumenta la depresión del espectador. Por el contrario, el final de la temporada es un momento de liberación para los espectadores, cuyos intentos de suicidio descienden drásticamente.

Pero por supuesto, todo ello no es sino una gran broma; ya les advertí ayer de que iba a comentar un nuevo y precioso caso de correlaciones espurias. Tras detallar sus conclusiones, Perri y Salafia desvelan el propósito real de su estudio, disponible en la web de prepublicaciones arXiv.org: poner de manifiesto las correlaciones epidemiológicas que con tanta frecuencia se publican en la literatura médica sin justificar ningún vínculo real entre presunta causa y supuesto efecto. Una preocupación que también lo es de este blog, como ya sabrán si se han pasado alguna otra vez por aquí. Los investigadores aclaran:

Este estudio, junto con otros (por ejemplo, el que encontró una correlación entre el número de personas ahogadas tras caer a una piscina y las apariciones cinematográficas de Nicolas Cage), podría ser una advertencia a los científicos de que sean cautos con las correlaciones espurias. Una correlación espuria surge, por ejemplo, cuando se comparan mediciones que dependen de la misma variable. En este caso, la correlación es simplemente la consecuencia de la dependencia común de las mediciones en esa variable, y no de una correlación real entre las mediciones.

Un ejemplo de esto último ya fue comentado en este blog, a propósito de un estudio que pretendía correlacionar el consumo de Viagra con el riesgo de melanoma. Los propios autores de aquel trabajo reconocían que los principales consumidores de Viagra eran hombres con un mayor nivel económico, “que probablemente pueden costearse más vacaciones al sol” y que “tienden a tomar más el sol”, y que además “buscan atención médica más a menudo para los lunares de la piel, lo que lleva a un mayor riesgo de diagnóstico de melanoma”. Es decir, que lo que aumenta el riesgo de melanoma, como está ya bien establecido, no es la Viagra, sino tomar el sol.

En el caso del estudio de Perri y Salafia, la trampa que los investigadores tienden con fines de pedagogía científica es que sí existe una ligera estacionalidad de las tasas de suicidios, y coincide casualmente con los ciclos de las series. Ligera porque, si se fijan, el gráfico no refleja cifras absolutas, sino cambio en la tendencia, que a lo largo del año oscila solo entre 0,9 y 1,2; si se representaran las cifras absolutas en la muestra de 28 países, el aspecto de los picos y valles sería mucho menos espectacular. Esta manipulación de los datos, maliciosamente consciente en el caso de Perri y Salafia, es algo también frecuente en los estudios de correlaciones motivadas por intereses, como también expliqué aquí.