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Por qué no se puede ganar la guerra contra las pseudociencias

Quisiera pensar de otro modo, pero uno es congénitamente dado a rendirse a la evidencia. Y si algo parece sugerirnos la evidencia, no es precisamente que estemos ganando la guerra contra las pseudociencias. A lo más que podemos aspirar, y debemos aspirar a ello, es a que no reciban financiación pública, y a que los fraudes delictivos sean castigados por la justicia. Pero ni siquiera estamos cerca de lograr estos objetivos.

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

Personalmente, ya lo he dicho aquí, no siento vocación de azote de herejes. No por desimplicación, sino porque mi opción contra las pseudociencias es hablar de ciencia. De hecho, más que ocuparme de las pseudociencias, últimamente me he adentrado en lo que neurocientíficos y psicólogos experimentales tienen que decir sobre por qué los humanos somos tan propensos a creer en patrañas; la ciencia de la pseudociencia.

Y es precisamente el contacto con estos expertos lo que en parte me lleva a la pesimista conclusión de que la lucha contra el movimiento anti-ilustración, como algunos lo están llamando ahora, es una guerra perdida (lo cual no quita que deba librarse de todos modos). Seis razones:

1. No es cuestión de nivel educativo o de formación científica

Entre esas observaciones de los neurocientíficos y psicólogos experimentales dedicados a estudiar el fenómeno del movimiento anti-ilustración, destaca una conclusión contraintuitiva.

Lo natural sería pensar que quienes creen que el movimiento de los astros puede influir sobre su personalidad o su futuro, o quienes creen que un vial de agua o una pastilla de azúcar pueden curar enfermedades, son auténticos zotes con un paupérrimo nivel educativo y menos luces que un ovni de madera. Y que un poco de educación y de información bastaría para barrer sus telarañas mentales y abrirles los ojos a la luz de la razón.

Pero no es así. Como recientemente he comentado aquí, un reciente estudio revelaba que los adeptos al movimiento anti-ilustración no tienen en general menor inteligencia o nivel educativo que el resto, y ni siquiera menos interés por la ciencia. Simplemente, prefieren elegir selectivamente, sabiamente pero tramposamente, los datos que corroboran sus ideas preconcebidas; los autores del estudio lo llamaban “pensar como un abogado”.

Como también he contado aquí, neurocientíficos como Dean Burnett argumentan que, nos guste o no, la creencia en patrañas forma parte del funcionamiento normal de un cerebro humano sano. Y aunque otro estudio reciente sugiere que es posible proteger a las personas contra la influencia de la pseudociencia mediante lo que los autores definían como una especie de vacuna psicológica, parece que lograrlo requiere algo más sutil y complejo que simplemente más información científica o una mejor educación en el empirismo.

2. La pseudociencia mola más que la ciencia

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

¿Que no? ¿Acaso molan las farmacéuticas? ¿Molan los transgénicos? ¿Mola contar a los amigos que vas a hacerte una diálisis o un PET? No, lo que mola es decirles que vas a tu sesión de reiki o de shiatsu. Lo que mola es todo aquello basado en energías fantasmales que fluyen sin que podamos percibirlas, detectarlas o medirlas, pero que se designa con nombres que suenan a oriental y se describe con frases a lo Paulo Coelho o Deepak Chopra, mejor cuanto más carentes de sentido, mientras sean lo suficientemente cursis.

Ya ni siquiera hace falta pensarlas uno mismo: hay en internet al menos un par de generadores automáticos de lo que un estudio de 2015 llamaba “gilipolleces pseudoprofundas”. Recuerdo la conclusión de aquel estudio, que comenté aquí:

Los más receptivos a las gilipolleces son menos reflexivos, tienen menor capacidad cognitiva (es decir, inteligencia verbal fluida y alfabetización numérica), son más propensos a confusiones ontológicas e ideas conspirativas, sostienen con más frecuencia creencias religiosas y paranormales, y respaldan medicinas alternativas y complementarias.

No hay que confundir esta conclusión con la que mencionaba en el punto anterior: nótese que el estudio se fijaba en un sector específico de población definido por un parámetro diferente: en un caso era el negacionismo del cambio climático, en otro la afición por esas “gilipolleces pseudoprofundas”.

Las encuestas suelen coincidir en que la ciencia académica goza de cierto respeto general entre la población. Pero cuando esta ciencia se convierte en una directriz, surge la paradoja de los dos extremos: muchos están dispuestos a aceptar sin rechistar, solo “porque lo dice la ciencia”, la idea de que el chocolate adelgaza o que mirar tetas alarga la vida, aunque no haya nada de cierto en ello. Y en el extremo contrario, ya puede la ciencia de verdad certificar que los transgénicos son completamente inocuos, que en este caso siempre se sospechará de algún gato encerrado. Lo primero mola; lo segundo, no.

En definitiva, hoy hay pocas maneras mejores de caer simpático en Twitter o en cualquier otro sitio que lanzar acusaciones contra las farmacéuticas o los transgénicos, como si los vendedores de motos terapéuticas varias o de alimentos milagrosos no trataran de lucrarse con sus productos.

3. …Y quienes molan también la fomentan

¿A qué estrella del cine o del rock hemos visto defender el rigor de la ciencia cuando se trata de juzgar las infinitas proclamas pseudocientíficas que por ahí circulan? Más bien al contrario. Estos personajes mediáticos son los líderes sociales actuales, y parecen especialmente propensos a popularizar y promover todo tipo de eso que llaman terapias alternativas y otros disparates pseudocientíficos, ya sea que el desodorante provoca cáncer o que el agua tiene sentimientos.

Ignoro si tales celebrities molan porque se apuntan a las causas que molan, o si sus causas molan porque ellos molan; pero el caso es que muy raramente suelen declararse públicamente a favor de causas que no molan, como los transgénicos. Y su influencia social no es en absoluto desdeñable: ¿cuántas dietas han triunfado entre millones de consumidores gracias al respaldo de tal o cual famoso/a, a pesar de que muchos de estos métodos de adelgazamiento queden desacreditados por los nutricionistas?

Los propios diseñadores de dietas milagrosas y fabricantes de píldoras lo saben; algunos de ellos han llegado a emplear de forma fraudulenta el nombre de alguna estrella para promocionar sus productos. Y poco importa que algunos de ellos acaben en prisión o pierdan su licencia para practicar la medicina (los que la tienen).

4. La frontera entre ciencia y pseudociencia es difusa en los medios populares

En la sección de Ciencias de un diario en el que trabajé, recibimos el encargo de que una de las subsecciones, la dedicada a Salud, se centrara en lo que la dirección del periódico llamaba “vida saludable”.

Pero ¿qué es “vida saludable”? Basta abrir casi cualquier revista, escuchar casi cualquier programa generalista de radio o ver casi cualquier magazine de televisión para encontrar una sección destinada a aconsejar a la audiencia sobre cómo llevar una vida más sana, comiendo o dejando de comer tal alimento, tomando o abandonando cual hábito. Pero ¿cuántas de estas proclamas están fundamentadas en ciencia sólida?

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

Muchas menos de las que ustedes imaginan. He tratado aquí algunos de estos casos; por ejemplo, las investigaciones que están desmontando el viejo dogma clásico sobre el papel de las grasas como grandes satanes de la dieta. También he comentado cómo algunos tótems sagrados de la nutracéutica actual, como el archifamoso omega 3, no aguantan un asalto cuando se pone sobre ellos la lupa científica.

Lo cierto es que muchas de esas ideas populares sobre lo saludable versus lo dañino en realidad no proceden de la ciencia, sino de simples reclamos publicitarios (más sobre esto abajo), o de viejas hipótesis plausibles que llegaron a instalarse como dogmas antes de su imprescindible corroboración científica.

Y a menudo, cuando se busca esta corroboración, no se encuentra. Otro ejemplo: cualquiera sabe que quien pretende adelgazar debería comenzar por apuntarse a un gimnasio. ¿No? Pues no tan deprisa. Lo cierto es que últimamente varios estudios, como este publicado en enero, están cuestionando que el ejercicio físico sea un factor realmente decisivo en la pérdida de peso para la mayoría de las personas. También hay razones científicamente lógicas para esto, que si acaso trataremos otro día.

Y si en la práctica resulta que muchas de esas proclamas sobre lo que es saludable, incluso las aparentemente más obvias, no están respaldadas por ciencia real, ¿cómo pueden los medios distinguir lo que es simplemente dudoso de lo rotundamente falso? Llegados a ese punto, anything goes: de creer que el omega 3 previene el cáncer (que no) a aceptar que el zumo de limón hace lo mismo (¡que, por supuesto, ni de broma!) hay una línea muy fina que muchos medios cruzan, por ignorancia o por cifras de audiencia. De hecho, algunos incluso viven de cruzarla.

El remedio a esta profusión de pseudociencia en los medios es, naturalmente, la ciencia; pero muchas de esas revistas, programas de radio o de televisión no cuentan con especialistas capaces de acudir a las fuentes originales para verificar su credibilidad.

5. El márketing publicitario explota, e incluso se basa en, las pseudociencias

Una cosa es que la publicidad sea especialmente propensa a tirar de argumentos pseudocientíficos para enganchar un producto a una idea facilona. Cuando esto simplemente se utiliza como estrategia de márketing para vender productos no relacionados con la idea, como hablar del destino para vender loterías, o reavivar esa falacia del cerebro racional y el emocional para vender un coche, el daño no es grande. El problema surge cuando un producto se promociona publicitando presuntas virtudes nacidas de ideas pseudocientíficas.

En un mundo obsesionado por la salud, parece que es necesario revestir casi cualquier alimento de propiedades beneficiosas; ya no basta solo con decir que sabe bien. Los patés que comíamos cuando éramos pequeños porque estaban ricos hoy tienen que publicitarse como fuente de hierro, a pesar de que una persona sana con una dieta normal cubre perfectamente sus necesidades de este metal.

Pero el problema surge cuando esta necesidad de apelar a la salud para vender un alimento pretende crear alimentos funcionales donde no los hay. Y así es como surgen los yogures que hacen cosas nunca demostradas, o marcas de agua mineral que presumen de liberar a bellas modelos de las toxinas que su cuerpo ha acumulado por alguna extraña razón no especificada (tal vez las ha mordido una serpiente). Alimentos que se pretende funcionalizar hasta convertirlos en disfuncionales.

Aún peor es el caso de productos o marcas originalmente destinados a personas con deficiencias metabólicas, como celiaquía o intolerancia a la lactosa, y cuyos dueños de repente descubren el lucrativo negocio que han estado perdiéndose: tratar de convencer a la población sana de que la lactosa o el gluten les hacen daño, lo cual es mentira. Este sí es un negocio turbio, y no vender un anticatarral a la persona que tiene un catarro.

Pero naturalmente, la publicidad se autocontrola; es decir, que nadie la controla. Porque alguien así lo permite. Y esto nos lleva al último punto:

6. Los responsables públicos no saben de ciencia ni preguntan a quienes saben

Ejem… ¿Hace falta explicarlo?

 

Hay una vacuna contra la ignorancia, pero no es (solo) la ciencia

Allá por los 90, tuve un profesor de sociología de la ciencia que distinguía entre ignorancia y nesciencia, dos términos que la RAE no delimita tan claramente, pero que son instrumentos semánticos más útiles si se interpretan como él lo hacía: nesciente es quien no sabe algo que no tiene por qué saber, mientras que ignorante es el que prefiere no saber, o prefiere actuar como si no supiera.

La distinción es útil porque en el mundo de hoy se da la extraña paradoja de que la nesciencia y la ignorancia parecen seguir tendencias opuestas: mientras la primera cae, la segunda sube. Cada vez se sabe más, esto es innegable; y en cambio, la impresión (solo impresión, porque realmente es difícil medirlo) es que cada vez se prefiere más ignorar lo que se sabe. O al menos, la diferencia entre lo que se sabe y lo que a menudo se cree resulta más vertiginosa.

Imagen televisada de Neil Armstrong pisando la Luna por primera vez el 20 de julio de 1969. Imagen de NASA.

Imagen televisada de Neil Armstrong pisando la Luna por primera vez el 20 de julio de 1969. Imagen de NASA.

Un ejemplo: podía resultar hasta cierto punto admisible, sobre todo por aquellos a quienes les llegaba de sorpresa, que el 20 de julio de 1969 muchos de los que veían por televisión el descenso de Neil Armstrong a la Luna pensaran aquello de “¡venga ya, eso es todo mentira!”.

Pero cuando en los años posteriores otras cinco misiones aterrizaron allí; cuando se trajeron cerca de 400 kilos de rocas y arena que se distribuyeron por el mundo y se han venido analizando desde entonces para publicar innumerables estudios; cuando se han fotografiado los vestigios de aquellas expediciones desde la órbita lunar; cuando de todo aquello se ha podido construir todo un cuerpo de conocimiento científico para comprender la historia antigua de la Tierra y su satélite; cuando una gran parte de la ciencia y la tecnología espacial actuales está funcionando gracias a las lecciones aprendidas de aquel programa; y cuando algunos tipos llegaron a dar sus vidas para que todo aquello fuera posible (hace pocos días recordaba en un reportaje la tragedia del Apolo 1 con ocasión del 50 aniversario)… ¡Buf, seguir defendiendo en 2017 que todo esto ha sido un inmenso montaje…!

En este mundo de hoy se da una sorprendente circunstancia de la que ya he hablado aquí alguna vez. Y es que la publicidad y la propaganda parecen resultar más creíbles que la ciencia para una gran capa de la población.

Otro ejemplo: cuando un anuncio asegura que un yogur mejora las defensas, nadie parece ponerlo en duda, a pesar de que quien lo dice es precisamente quien pretende lucrarse con la venta de esos yogures. Sin embargo, cuando la ciencia concluye que esa proclama es puro bullshit, la gente desconfía, pese a que los científicos carezcan de todo interés económico en la venta o la no venta de los yogures, y su única intención sea informar de la verdad para iluminar a los consumidores en sus decisiones, sin que tales decisiones les vayan a hacer ganar más o menos dinero.

Dentro de la propaganda se incluye también el periodismo sensacionalista televisivo. Es curioso que algunos afirmen con orgullo que en España no existen tabloides (prensa amarilla) como los que tanto éxito cosechan en otros países, véase Reino Unido. ¡Pero si en España no se leen periódicos! Hace poco recordaba unos datos de circulación de diarios de pago en Europa. Tal vez no estén actualizados (creo recordar que eran de hace unos cinco o seis años, quizá algo más); pero el dibujo general era este: de los diez periódicos más vendidos en Europa, cinco eran británicos, y no todos tabloides. Ningún diario español entre los 20 primeros; El País era el número 21.

Pero es que, en cambio, en España somos los reyes del tabloide televisivo. Los hay en todas las cadenas, en todos los formatos y en todas las franjas horarias. Y no piensen en el Sálvame; algunos de esos programas se disfrazan de espacios de investigación periodística, cuando lo único que hacen es presentar historias irrelevantes (que hay un edificio ocupado; ¿en serio?) o vergonzosamente sesgadas y falaces para prender una alarma social. Todo ello con el tono narrativo de un abogado de película americana disertando ante el jurado. No lo olviden: el periodismo también vive de vender, y hoy la competencia por los índices de audiencia es feroz y despiadada. Hasta ahí puedo leer, pero créanme.

Un ejemplo de esto último lo hemos tenido en el caso del panga que comenté esta semana. Creo que una gran parte de la patraña forjada en torno a este alimento procede de ciertos espacios televisivos amarillistas desesperados por arañar puntos de audiencia. Y contra eso, ya pueden los científicos presentar todos los datos veraces del mundo, que sirve de poco. Ya se han encendido las antorchas y se han empuñado los tridentes; unos cuantos datos científicos no van a conseguir que se apaguen y se desempuñen.

Extraño, el ser humano, pero es lo que somos. Y estas paradojas son precisamente el objeto de estudio de muchos psicólogos. Hace poco traje aquí a uno de ellos; se llama Dean Burnett, neuropsicólogo que dobla como humorista de monólogos. En su reciente libro El cerebro idiota explicaba por qué somos así; por qué esa refinada habilidad que tenemos los seres humanos de preferir ignorar la realidad y acogernos a supersticiones, intuiciones infundadas o proselitismos interesados forma parte del funcionamiento normal de un cerebro completamente sano.

Donald Trump se ha destacado por su negacionismo del cambio climático. Imagen de Gage Skidmore / Wikipedia.

Donald Trump se ha destacado por su negacionismo del cambio climático. Imagen de Gage Skidmore / Wikipedia.

Todo esto viene a propósito de dos interesantes estudios recién divulgados. Uno de ellos se ha presentado (aún no se ha publicado formalmente) hace dos semanas en la reunión anual de la Sociedad para la Personalidad y la Psicología Social celebrada en San Antonio (Texas, EEUU), dentro de un simposio denominado “Rechazo a la ciencia: nuevas perspectivas sobre el movimiento anti-ilustración”, tal como se está dando últimamente en llamar a las corrientes sociales que niegan el cambio climático, la seguridad de las vacunas o la evolución biológica. A ello se unen casos aún más extremos, como el reciente crecimiento de la creencia en la Tierra plana.

La conclusión de los investigadores, de EEUU, Australia y Reino Unido, sigue la línea apuntada por Burnett: a grandes rasgos, el rechazo a la ciencia de estas personas no depende de su inteligencia ni de su nivel de educación, y ni siquiera su interés por la ciencia es particularmente menor que el de la población general.

Simplemente, dicen los psicólogos, se trata de que las personas no piensan como científicos; no reúnen los datos disponibles para analizarlos en su conjunto y adoptar una conclusión razonada, les guste esa conclusión o no. En su lugar, decía a Phys.org el coautor del estudio Matthew Hornsey, de la Universidad de Queensland, “piensan como abogados”; es decir, eligen selectivamente los pedazos de información que les interesan para “llegar a conclusiones que quieren que sean ciertas”. Los psicólogos llaman a esto sesgo cognitivo.

“Vemos que la gente se apartará de los hechos para proteger todo tipo de creencias, incluyendo sus creencias religiosas, políticas o simplemente personales, incluso cosas tan simples como si están eligiendo bien su navegador de internet”, decía otro de los coautores, Troy Campbell, de la Universidad de Oregón. “Tratan los hechos como más relevantes cuando tienden a apoyar sus opiniones”, proseguía Campbell. “Cuando van en contra de su opinión, no necesariamente niegan los hechos, pero dicen que son menos relevantes”. Los psicólogos obtienen estas conclusiones de un estudio de entrevistas con un grupo de voluntarios y de un metaestudio de investigaciones anteriores publicadas sobre la materia.

Gran parte de estos prejuicios, añadían los investigadores, nace de la asociación entre opiniones y afiliaciones políticas o sociales. Por ejemplo: si alguien es de izquierdas, obligatoriamente tiene que adherirse a la postura de rechazo a la energía nuclear, ya que se considera que defenderla es de derechas. Los autores añaden que este fenómeno se ha exacerbado en el presente (confirmando esa impresión que he mencionado más arriba de que la brecha se acentúa) porque en el pasado existía una mayor influencia de la ilustración, un mayor seguimiento consensuado de las conclusiones científicas por parte de los liderazgos políticos y sociales.

Este auge del movimiento anti-ilustración, añadían los investigadores, es enormemente preocupante y debe mover a la acción. “El movimiento anti-vacunas cuesta vidas”, decía Hornsey. “El escepticismo sobre el cambio climático ralentiza la respuesta global a la mayor amenaza social, económica y ecológica de nuestra época”.

¿Cómo arreglar todo esto? Los investigadores vienen a sugerir que el mensaje de la ciencia debe alinearse con las motivaciones de la gente. Pero este parece un principio muy general al que no será fácil encontrar aplicación práctica concreta.

El segundo estudio que traigo hoy, este ya publicado, aporta un enfoque más práctico. Un equipo de investigadores de las universidades de Cambridge (Reino Unido), Yale y George Mason (EEUU) sugiere que es posible “vacunar” a la población contra el negacionismo del cambio climático. En sentido psicológico, claro.

El propósito de los investigadores era ensayar si era posible traspasar al ámbito de la psicología el principio general de la vacunación: ¿puede una pequeña inoculación con un fragmento de información proteger al individuo contra el virus de la desinformación?

Para ello, reunieron a un grupo de más de 2.000 voluntarios estadounidenses representando una muestra variada de población según varios criterios demográficos, y alternativamente les presentaron una diferente información sobre el consenso relativo al cambio climático: a unos, una serie de datos científicos, incluyendo el hecho de que el 97% de los científicos del clima coinciden en la conclusión de que el cambio climático causado por el ser humano es un fenómeno real; a los otros, información extraída de una web fraudulenta llamada Oregon Global Warming Petition Project, según la cual “31.000 científicos estadounidenses dicen que no hay pruebas de que el CO2 liberado por causa humana provoque cambio climático”.

Captura de pantalla de la web Oregon Global Warming Petition Project.

Captura de pantalla de la web Oregon Global Warming Petition Project.

Los científicos comprobaron cómo estas informaciones condicionaban las opiniones de los voluntarios en un sentido y en otro: la percepción de que sí existe un consenso científico sobre el cambio climático crecía un 20% en el primer grupo, y disminuía un 9% en el segundo.

A continuación, los investigadores presentaron a los voluntarios ambos paquetes de información a la vez, el verdadero y el falso. Y sorprendentemente, en este caso ambos efectos se cancelaban: la variación entre el antes y el después era solo del 0,5%. De alguna manera, los participantes regresaban a la casilla de salida, cayendo en una indecisión sin saber qué creer.

Por último, repitieron los experimentos aplicando dos tipos de “vacunas”. Una más general consistía en presentar la información, pero añadiendo esta frase: “algunos grupos políticamente motivados utilizan tácticas engañosas para tratar de convencer al público de que existe un fuerte desacuerdo entre los científicos”. La segunda, que los autores definen como una “inoculación detallada”, destapaba específicamente las mentiras de la web de Oregón, revelando por ejemplo que menos del 1% de los presuntos firmantes de la petición (algunos de los cuales eran nombres ficticios) eran realmente científicos climáticos.

Los investigadores descubrieron que la vacuna general desplazaba las opiniones a favor del consenso de los científicos en un 6,5%, mientras que la detallada lo lograba en un 13%, incluso cuando ambos grupos también habían tenido acceso a la información falsa. Es decir, que la vacuna protegía a una parte de la población frente a los efectos nocivos de la desinformación.

Tal vez los porcentajes no parezcan demasiado impresionantes si se observan aisladamente, pero lo cierto es que el 13% de protección conseguido con la vacuna detallada equivale a dos terceras partes del efecto logrado cuando se presenta la información correcta sin la falsa; es decir, que la inoculación protege en un 67% contra la desinformación. Lo cual ya se parece bastante a lo que puede hacer una vacuna.

La idea, en palabras del director del estudio, el psicólogo social Sander van der Linden (Universidad de Cambridge), es “proporcionar un repertorio cognitivo que ayude a crear resistencia a la desinformación, para volver a la gente menos susceptible a ella”. La motivación del estudio nació del hecho de que en el pasado las compañías tabaqueras y de combustibles fósiles han empleado esta táctica para sembrar dudas entre la población y apartarla del consenso científico. En este caso, los investigadores querían comprobar si el mismo procedimiento podía usarse para promover la creencia en el consenso científico en lugar de minarla, y dirigido al bien público en lugar de a intereses particulares.

También es interesante el dato de que la protección se logró en la misma medida entre los voluntarios de filiación política republicana, más propensos a desconfiar del cambio climático, los demócratas, más próximos a aceptarlo, y los independientes. Y que los investigadores no observaron un efecto rebote entre los grupos más predispuestos a la negación: “no parecían regresar a teorías conspirativas”, dice van der Linden. El psicólogo admite que “siempre habrá gente completamente resistente al cambio”, pero confía en que “siempre hay espacio para un cambio de opinión, aunque sea solo un poco”.

La xenofobia de Trump dañará la ciencia en EEUU y el mundo entero

No es probable que a Donald Trump le causen algún quebranto las historias de familias separadas y niños enfermos. A los tipos como él a menudo suelen salirles las cuentas eliminando de las ecuaciones ese pequeño factor corrector llamado ser humano. Sin embargo, sí debería preocuparle el impacto que su política migratoria ejercerá sobre el primum mobile del despegue de su país en los dos pasados siglos, gracias a lo cual se convirtió en la potencia más influyente del globo, gracias a lo cual vemos su cine, comemos su comida y vestimos su ropa: la ciencia y la tecnología.

Donald Trump. Imagen de Gage Skidmore / Flickr / CC.

Donald Trump. Imagen de Gage Skidmore / Flickr / CC.

La ciencia es hoy la actividad humana más críticamente global. Es cierto que actualmente la movilidad geográfica es común en innumerables sectores profesionales. Pero algunas de estas actividades no requieren una alta cualificación, y por tanto no dependen de la emigración más que en el aspecto demográfico. Otras, como las culturales, artísticas o deportivas, tienen en general un impacto relativamente limitado en la economía de un país. Puede que el fútbol atraiga turistas a España, pero incluso en estos casos la marca pesa más que el individuo: cuando alguno de esos millonarios jovencitos del Real Madrid o el Barcelona se marcha al Atlético de Chipre, es dudoso que esto influya en el turismo chipriota.

En la ciencia, en cambio, el individuo es insustituible. Incluso cuando se ha perdido aquel carácter romántico del Doctor Jekyll encerrado a solas en su laboratorio, y gran parte del trabajo científico es hoy el producto de grandes equipos internacionales de investigadores, el motor primario de la ciencia es la idea, y la idea nace en la intimidad del cerebro de una persona. Esta persona puede haber nacido en Albacete, en Iowa o en Siria. Pero todo científico busca el mejor lugar del mundo para desarrollar su idea.

Y ese lugar, para muchos, es EEUU. Aquel país ha sido y es todavía la primera potencia científica del planeta porque ha sabido atraer y reunir el mejor talento de todo el mundo. Y esto, en contra de lo que generalmente se cree, no es solo un producto de los recursos económicos, sino también de una mentalidad: el carácter anglosajón siempre ha estado más apegado a la ciencia y a la ilustración que, por ejemplo, el nuestro.

En el germen de EEUU estuvo su Academia de las Artes y las Ciencias, fundada durante su revolución por los padres de la patria. Entre estos, Benjamin Franklin, científico; George Washington, prospector; Thomas Jefferson, de quien pocos saben que fue autor del primer estudio sobre paleontología de vertebrados en Norteamérica, y que consideraba a Newton, Bacon y Locke los tres hombres más grandes de la historia.

Como resultado de todo esto, los laboratorios de investigación en EEUU son pequeñas ONUs. Es relativamente frecuente encontrar equipos en los que prácticamente no hay un solo miembro estadounidense. Y todos aquellos científicos de lugares variopintos no trabajan para la ciencia de sus respectivos países, sino para la ciencia estadounidense. Ellos lo pagan, y ellos lo cobran.

El pasado noviembre, tras el triunfo electoral de Trump, ya conté aquí cómo la ciencia de EEUU se revolvía con inquietud. Por entonces preocupaba la incertidumbre sobre las políticas del nuevo presidente electo en relación a la ciencia en campos como el cambio climático, la salud pública, la energía o la ciencia espacial. Pero lo peor estaba por llegar: con las nuevas políticas migratorias, EEUU puede perder una parte fundamental de su materia gris.

Las revistas científicas como Nature y Science ya han alertado sobre lo que se avecina, pero también los medios generalistas como el diario The New York Times. Para mayor vergüenza, incluso un canal férreamente conservador como la Fox titulaba ayer: “La decisión de Trump sobre inmigración dañará la investigación y el liderazgo de EEUU, advierten los científicos”.

Los investigadores ya han comenzado a movilizarse. La web Académicos Contra la Orden Ejecutiva de Inmigración cuenta ya en este momento con más de 18.000 firmas de investigadores y profesores. Por su parte, la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia (AAAS), la sociedad científica generalista más grande del mundo y editora de la revista Science, ha reaccionado a través de su primer ejecutivo, Rush Holt. “La implantación de esta política compromete la capacidad de EEUU de atraer el talento científico internacional y de mantener el liderazgo científico y económico”, dice Holt.

Holt destaca que ni siquiera tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 se dio una situación similar. En aquella ocasión, dice, la administración Bush consultó con la AAAS y otras instituciones científicas para encontrar una solución equilibrada que permitiera reforzar la seguridad sin perjudicar el trabajo investigador.

Claro que alguien podría pensar: es lo que los estadounidenses han elegido, y es lo que se merecen. El problema es que no solo les afectará a ellos, como otros organismos científicos se están encargando de subrayar.

Según el Consejo Internacional de la Ciencia, la mayor organización científica global, la orden de Trump tendrá “efectos negativos en la libertad de intercambio científico entre científicos y estudiantes de ciencia de todo el mundo, lo que resultará en impactos negativos en el progreso de la ciencia, impidiendo a las sociedades de todo el planeta beneficiarse de este progreso”.

Por su parte, la Unión Astronómica Internacional “espera que estas acciones por parte de un país no disparen una reacción en cadena en otros países del mundo, lo que dañaría gravemente la ciencia de la astronomía”, especialmente dependiente de la colaboración internacional por la naturaleza de sus instalaciones.

Cuando el ocupante de la Casa Blanca estornuda, todos nos resfriamos. Y la enfermedad que su actual titular puede transmitir a la ciencia mundial es infinitamente más grave que un simple catarro.

Mundo insólito: Martin Shkreli denuncia la subida de precio de un medicamento

Quienes de vez en cuando vengan a darse un paseo por este blog recordarán el nombre de Martin Shkreli, personaje del que me he ocupado aquí en varias ocasiones anteriores (episodios de la saga: uno, dos, tres y cuatro).

Les pongo en antecedentes. El estadounidense Martin Shkreli, de 33 años, es un tiburón financiero que se dedica a la especulación en el sector biomédico. Comenzó su carrera creando una compañía de fondos de inversión de alto riesgo con el fin de manipular el mercado farmacéutico. En junio de este año, Shkreli irá a juicio bajo la acusación de haber desfalcado 11 millones de dólares de su farmacéutica Retrophin para pagar a los inversores de sus fondos.

Martin Shkreli. Imagen de YouTube.

Martin Shkreli. Imagen de YouTube.

Después de aquello, Shkreli encontró su vocación en la vida: comprar los derechos de medicamentos minoritarios y disparar sus precios. Para un psicópata, un supervillano o simplemente un ser inhumano sin escrúpulos, es el negocio perfecto: hacer fortuna a costa de los afectados por enfermedades raras, colectivos pequeños que dependen de su medicación para seguir viviendo y que en países como EEUU carecen de toda defensa contra estos abusos.

Shkreli se convirtió en uno de los humanos más aborrecidos del planeta a finales del verano de 2015, cuando trascendió la noticia de que había comprado para su empresa Turing Pharmaceuticals los derechos en EEUU de un fármaco llamado Daraprim, solo para subir su precio en más de un 5.500%. El Daraprim (pirimetamina) es un antiparasitario empleado para tratar la toxoplasmosis, una infección muy extendida entre la población y que suele ser benigna, excepto para fetos en gestación y personas inmunodeprimidas.

El súbito ascenso de Shkreli a la infamia universal y sus posteriores reacciones y declaraciones sirvieron para confirmar que no había ningún atisbo de incertidumbre o confusión sobre la calaña moral de Pharma Bro, como le han llamado por ahí. Pero naturalmente, el caso de este ser inhumano no es el único; otras compañías prosperan gracias a la especulación salvaje con el precio de los medicamentos en países como EEUU, donde no existe una regulación como la que nos protege a los europeos de semejantes tropelías.

Otra muestra de ello acaba de saltar a los medios este fin de semana. Una compañía llamada Mallinckrodt Pharmaceuticals ha llegado a un acuerdo con la Comisión Federal de Comercio de EEUU (FTC), en virtud del cual la empresa pagará 100 millones de dólares para evitar ir a juicio por prácticas monopolísticas.

Mallinckrodt no fue denunciada por comprar un medicamento llamado Acthar Gel contra una rara forma de epilepsia en los bebés y subir su precio desde 40 dólares el vial a 34.000 (sí, treinta y cuatro mil); esta inconcebible barrabasada es legal en EEUU. Pero además Mallinckrodt cometió el error de comprar también el único competidor de su fármaco, llamado Synacthen, para guardarlo en la caja fuerte y tirar la llave, lo que viola las leyes de libre competencia.

Lo curioso del caso es el nombre de quien chivó todo el asunto a la FTC: no fue otro sino Martin Shkreli. ¿Adivinan por qué? Naturalmente: Shkreli quería también comprar el Synachten, pero su oferta no resultó elegida por Novartis, la anterior propietaria del fármaco. Con la resolución del caso, y según el New York Post, Shkreli publicó en su Facebook: “¿Pensáis que lo sabéis todo sobre mí? Yo también he sido un delator contra los precios altos de los fármacos”.

Shkreli dijo también que frente a la maniobra de Mallinckrodt la subida del precio de su Daraprim había sido “modesta”. Y no podía ser de otra manera, porque este es el clásico argumento autojustificativo de quienes se sienten incómodos por el ínfimo residuo de Pepito Grillo que aún sobrevive en un remoto rincón de su mente: otros hacen lo mismo, pero aún peor. Lo hemos visto aquí muchas veces en los casos de corrupción política.

Según el acuerdo con la FTC, Mallinckrodt deberá licenciar el Synachten a un competidor; esperemos que el elegido no sea quien ya suponen. Curiosamente, tal vez haya tenido que llegar otro supervillano como Donald Trump para que podamos asistir a un cambio a mejor: en el discurso populista del nuevo presidente no podía faltar la acusación a las farmacéuticas de “asesinar e irse de rositas”, siguiendo el recurso demagógico de la falacia por sinécdoque. En su primera aparición pública después de la toma de posesión, Trump mostró su intención de regular el mercado farmacéutico en su país, lo que al menos podría traer algo beneficioso de su mandato.

Y por si se lo están preguntando, sí, Shkreli apoyó a Trump, a pesar de que el entonces candidato dijo de él que parecía “un niñato mimado” y que “debería estar avergonzado de sí mismo”. A Shkreli no pareció importarle el comentario. Está claro que el aprendiz quiere seguir los pasos de su Lord Sith: hace unos días hemos sabido que Twitter le ha suspendido la cuenta a Shkreli por acoso sexual a una periodista.

Y el autor del artículo de ciencia más comentado de 2016 es… Barack Obama

El Almendro vuelve a casa por Navidad, y los balances del año comienzan a florecer en los medios como… como flores. La compañía Altmetric, que mide la repercusión de los estudios científicos y académicos en internet, ha publicado su Top 100 de 2016. Y la novedad, quizá no la sorpresa, es que el número uno, el artículo más comentado del año, se publicó el 2 de agosto (11 de julio en internet) en la revista The Journal of the American Medical Association (JAMA) y viene firmado por un solo autor, un tal Barack Obama.

Barack Obama. Imagen de Wikipedia.

Barack Obama. Imagen de Wikipedia.

Hasta este momento, el artículo ha aparecido en 315 noticias, 45 entradas de blogs, 8.943 tuits y 201 entradas de Facebook, entre otros medios y redes. A todos ellos hay que añadir uno más, este que están ustedes leyendo: 20 Minutos está en la lista de los medios recogidos por Altmetric. Y seguramente la noticia de que es el artículo de ciencia más comentado del año le dará a su vez un nuevo empujón.

Obviamente el artículo de Obama no es científico, sino político. Se titula United States Health Care Reform: Progress to Date and Next Steps (Reforma sanitaria de EEUU: progreso hasta la fecha y próximos pasos) y analiza lo que valora como un “cambio positivo” en el que ha sido uno de los grandes objetivos de su mandato, recomendando prioridades para el próximo gobierno; que, por entonces, en julio, ni él ni nadie podía imaginar que estaría presidido por un malo de peli mala como Donald Trump.

Pero lo que quiero comentar aquí no es la reforma del sistema sanitario en EEUU; no es el contenido, sino el continente. El artículo de Obama es una típica pieza de análisis y opinión en una revista científica, con su estructura canónica, su declaración de conflictos de intereses, sus 68 referencias bien citadas y enumeradas, su información sobre la identidad, titulación y afiliación del autor (Barack Obama, JD [doctor en leyes], presidente de Estados Unidos, The White House, 1600 Pennsylvania Ave NW, Washington, DC 20500), y su correo electrónico de contacto, que naturalmente no es el suyo propio sino el de prensa de la Casa Blanca.

Y siendo obvio que Obama no se lo ha guisado y comido solito, sino que le ha ayudado un equipo de expertos convenientemente citados en los agradecimientos, a lo que voy con todo esto es, y perdónenme el grito en mayúsculas:

¿IMAGINAN ALGO PARECIDO AQUÍ?

Por lo demás, la lista de los diez estudios y artículos científicos más comentados incluye algunas de las historias más importantes del año en este campo y que también han tenido cabida en este blog, como el descubrimiento de las ondas gravitacionales, la relación entre zika y microcefalia, el posible Planeta Nueve del Sistema Solar, la polémica sobre el azúcar y las grasas, o el nuevo atlas mundial de la contaminación lumínica.

Hay un dato que resulta curioso. La lista que sigue muestra el número de estudios del Top 100 de Altmetric en los que participan instituciones de cada país. He seleccionado los 20 países más potentes en ciencia por número de publicaciones según el ránking de SCImago que ya comenté aquí:

  1. Estados Unidos: 75
  2. China: 5
  3. Reino Unido: 33
  4. Alemania: 14
  5. Japón: 5
  6. Francia: 8
  7. Canadá: 6
  8. Italia: 5
  9. India: 3
  10. España: 4
  11. Australia: 12
  12. Corea del Sur: 2
  13. Rusia: 1
  14. Holanda: 5
  15. Brasil: 4
  16. Suiza: 6
  17. Taiwán: 1
  18. Suecia: 3
  19. Polonia: 4
  20. Turquía: 0

No olvidemos, el Top 100 de Altmetric no dice nada de la calidad de los estudios o de su relevancia para la ciencia, sino solo de cuánto se han comentado (con enlaces directos) en medios online, blogs y redes sociales; es un índice mediático, no científico. Los responsables de este Top 100 son (somos) los periodistas de ciencia, científicos presentes en blogs o redes y el público con interés en el campo.

La conclusión es que la ciencia anglosajona es infinitamente más mediática; su maquinaria de divulgación es la más potente, además de contar con la ventaja de su idioma, lingua franca de la ciencia. Destacan EEUU (primera potencia mundial en ciencia) con 75 estudios, Reino Unido con 33 y Australia con 12, además de Alemania con 14. China, segunda actualmente en número de publicaciones, solo participa en cinco estudios, uno más que España.

Casi todos los países de la lista participan en el estudio de descubrimiento de las ondas gravitacionales publicado en Physical Review Letters, un trabajo monstruo con la colaboración de más de 1.000 científicos de 133 instituciones. España colaboró a través del equipo de la Universitat de les Illes Balears.

Los otros tres estudios con participación española son: el hallazgo de Proxima Centauri b, el exoplaneta posiblemente habitable más cercano, en el sistema de Alfa Centauri, publicado en Nature; la revisión en Science que proponía denominar Antropoceno a la época geológica actual, en la que participaba el geólogo de la Universidad del País Vasco Alejandro Cearreta; y un estudio genético aparecido en Nature Communications que identificaba genes implicados en los rasgos del pelo de la cara y la cabeza en la población latinoamericana, con la participación del equipo del biólogo molecular de la Universidad de Oviedo Carlos López-Otín.

Ilustración de un posible paisaje en el exoplaneta Proxima Centauri b. Imagen de ESO/M. Kornmesser vía Wikipedia.

Ilustración de un posible paisaje en el exoplaneta Proxima Centauri b. Imagen de ESO/M. Kornmesser vía Wikipedia.

Pero sin duda el trabajo estrella de la ciencia española en este año que termina es el hallazgo de Proxima b, el exoplaneta más cercano a la Tierra jamás descubierto con posibilidades de contener agua líquida en su superficie, a solo 4,2 años luz. La investigación cuenta con la participación del Instituto de Astrofísica de Andalucía, pero además el principal responsable del estudio es catalán, Guillem Anglada-Escudé, de la Universidad Queen Mary de Londres.

Obviamente es más que probable que otros estudios del Top 100 de Altmetric cuenten con la participación de investigadores españoles trabajando en el extranjero; tenemos científicos de primer nivel, pero nos faltan centros de primer nivel que atraigan también a científicos extranjeros de primer nivel. Lo que cuenta a la hora de valorar la potencia científica de un país es la ubicación del centro en el que se ha gestado su trabajo, con independencia de que sus autores se llamen Pérez o Smith.

La ciencia de EEUU tiembla ante Trump

En la vida real, a menudo ocurre que ganan los supervillanos. Sobre todo cuando los superhéroes no existen.

El pasado 18 de octubre, la revista Nature publicaba un curioso reportaje titulado “Los científicos que apoyan a Donald Trump”. La excientífica y periodista Sara Reardon contactaba con cinco académicos estadounidenses que por razones diversas pensaban entregar su voto al candidato republicano.

Donald Trump, durante la campaña presidencial de 2016. Imagen de Wikipedia.

Donald Trump, durante la campaña presidencial de 2016. Imagen de Michael Vadon vía Wikipedia.

Algunos de ellos y sus posturas ya eran conocidos, como el geofísico David Deming, distinguido (es un decir) por sus declaraciones sexistas y homófobas, además de por su defensa a ultranza de la libre posesión de armas y su negacionismo del cambio climático antropogénico. Con esta última tesis ya se habían alineado también públicamente el bioestadístico Stanley Young y el estadístico William Briggs. Young pertenece al panel de expertos del Instituto Heartland, un think tank ultraconservador próximo al Tea Party.

Por último, un químico y una bióloga, ambos partidarios de Trump, declaraban en el reportaje bajo condición de anonimato por miedo a la descalificación. Curiosamente, la bióloga reconocía que Trump podía perjudicar sus perspectivas profesionales, pero aun así mantenía su apoyo por motivos fundamentalmente religiosos.

Por entonces, una victoria de Trump era aún algo impensable. Pero sucedió.

Las reacciones de repulsa por parte del mundo científico se han sucedido desde el día de los resultados. Aunque la ideología política de los científicos en EEUU (y probablemente en otros países, incluyendo el nuestro) está mayoritariamente desplazada hacia la izquierda, no necesariamente la ciencia de aquel país ha vivido sus mejores momentos bajo mandatos demócratas. El conocido astrofísico y divulgador Neil deGrasse Tyson opina justo lo contrario, que la financiación de la ciencia ha sido históricamente mayor bajo las administraciones republicanas; claro que fue George W. Bush quien prestó el gran empujón a su carrera pública.

Pero es evidente que Trump no era un candidato republicano cualquiera, y que no será un presidente republicano cualquiera. Algunos lo han definido como el que será el primer presidente anti-ciencia. Son conocidas sus posturas contrarias a las pruebas científicas en asuntos como el cambio climático o las vacunas, aunque en esto último parece haberse moderado. Como mínimo, es probable que Trump trate de definir una agenda científica política dirigida a favorecer sus intereses, y que las únicas áreas legítimas provechosamente beneficiadas sean aquellas que materialicen su lema de “make America great again“; por ejemplo, la exploración espacial tripulada, pero posiblemente en detrimento de la ciencia espacial.

Claro que los demócratas tampoco pueden presumir de haberse ganado el favor de la comunidad científica. Entre no pocos investigadores de EEUU ha cundido una sensación de frustración con la administración Obama, que con el Congreso en contra no aumentó la financiación de la ciencia como había anunciado. Hillary Clinton apenas mencionó la ciencia a lo largo de su campaña, más allá del eslogan sobre el cambio climático, algo que ha decepcionado a muchos. Su jefe de campaña, John Podesta, que ya ejerció como jefe de personal de la Casa Blanca para Bill Clinton, tampoco es precisamente un campeón para los científicos, sino más bien para los ufólogos: su obsesión personal es la desclasificación de documentos relacionados con los ovnis.

Aún faltaba una reacción que estábamos esperando, y por fin ha llegado esta semana: la de Rush Holt, el primer directivo de la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia, editora de la revista Science. En un artículo editorial titulado “¿Qué le espera ahora a la ciencia?” y publicado en el número de esta semana, el máximo responsable de la revista científica más influyente del planeta (siempre en rivalidad con Nature) trata de apaciguar la inquietud de los investigadores; no porque Trump vaya a sufrir de repente ninguna mutación favorable, sino porque “los miembros del Congreso y otras autoridades nacionales, estatales, locales e internacionales también hacen políticas, y colectivamente constituyen una fuerza considerable que es en muchos aspectos más influyente que el presidente solo”, escribe el físico y excongresista demócrata.

Pero en lo que respecta al Congreso, Holt reconoce que los vaticinios no pueden ser prometedores, ya que la renovación de la mayoría republicana mantendrá la tendencia de los últimos años hacia los recortes en la financiación de la ciencia. Dado que en este campo no puede esperarse una mejora, al editor de Science le preocupa más que se garantice la presencia de una asesoría científica presidencial acreditada, una conquista política de la ciencia estadounidense que podría verse ahora en peligro. “¿Se basará la próxima administración en las pruebas?”, se pregunta Holt, destacando que durante su campaña “el candidato Trump hizo declaraciones sin fundamento o refutadas por los hechos científicos aceptados”. “¿Habrá miembros de la nueva administración que estén familiarizados con las prácticas y los descubrimientos de la investigación científica?”, escribe.

Holt aclara que “la ciencia no necesita ser políticamente partidista”, pero que sus actores y sus enseñanzas deben guiar la confección de las políticas para beneficio de toda la población a través del espectro ideológico. “Debemos dejar claro que una autoridad no puede hacer desaparecer lo que se sabe sobre el cambio climático, la violencia armada, la adicción a los opiáceos, el agotamiento de las pesquerías o cualquier otro asunto público iluminado por la investigación”, afirma.

Por último, el editor de Science confía en que el rechazo al establishment político manifestado por los votantes no se confunda con un rechazo a los hechos establecidos, y en que “el presidente Trump se base más en los hechos específicos que el candidato Trump”. Una esperanza que sin duda no es exclusiva del estamento científico, sino que está presente en millones de mentes en todo el mundo.

En fin, el editorial de Science se expresa con clara intención, aunque tal vez pecando de la tibieza del discurso institucional que probablemente no refleja el sentimiento mayoritario entre los miembros de la asociación a la que Holt representa. Es evidente que la primera comunidad científica del mundo, que acoge también a miles de investigadores extranjeros (muchos de ellos españoles), no debe arriesgarse a morder la mano que la alimenta, aunque esa mano sea la del supervillano. Gotham permanece a la espera, en un estado de calma tensa.

Asgardia, el país espacial, ya tiene medio millón de ciudadanos

El primer país en el espacio ya tiene más ciudadanos que Islandia, Malta o Bahamas. Aunque en realidad aún no exista, y sea muy dudoso (siendo generosos en la valoración) que jamás llegue a existir.

Imagen oficial de Asgardia, de su Twitter.

Imagen oficial de Asgardia, de su Twitter.

Claro que esto no detiene a sus fundadores, empezando por su cabeza visible, el científico y empresario ruso Igor Ashurbeyli, un señor con aspecto de abuelo de anuncio de Milka que en numerosos medios aparece presentado como “presidente del Comité de Ciencia del Espacio de la Unesco”; esto, si dejamos aparte el hecho de que la web de la Unesco solo recoge una mención a Ashurbeyli a propósito de la concesión de una medalla, y que tampoco incluye ningún comité con ese nombre.

La idea de Ashurbeyli es nada menos que fundar el primer país de pleno derecho en el espacio con el reconocimiento de Naciones Unidas. Asgardia, que así se llamará, recibe su nombre de Asgard, el Reino de los Cielos de la mitología nórdica donde se sitúa el Valhalla, el paraíso de los guerreros muertos en combate. El padre fundador de esta aspirante a nación pretende que su primer territorio sea un satélite no tripulado –probablemente un nanosatélite en el que apenas cabría un vikingo muerto, previa incineración–; pero en el futuro, Ashurbeyli confía en poner en órbita una estación espacial habitable con plena soberanía: aprended, nacionalistas terrestres.

Junto a Ashurbeyli se encuentra un puñado de personajes relacionados de un modo u otro con el espacio, como el astrofísico David Alexander, director del Instituto Espacial de la Universidad Rice (EEUU), el jurista Ram Jakhu, director asociado del Centro de Investigación Legal del Aire y el Espacio de la Universidad McGill (Canadá), el ingeniero Joseph Pelton, director emérito del Instituto de Investigación del Espacio y las Comunicaciones Avanzadas de la Universidad George Washington (EEUU), o el cosmonauta rumano Dumitru Dorin Prunariu.

Todos ellos han puesto en marcha una iniciativa presentada recientemente en rueda de prensa, y que ya cuenta con lo básico que se necesita para ser tomado en serio en el planeta Tierra: una página web y una cuenta de Twitter. En el anuncio de la creación de la nueva nación sin referéndum de ninguna clase, Asgardia abrió uno de esos “¡llame ahora!” como los de la teletienda: una barra libre de nacionalidad (sin perder la propia, naturalmente) para los primeros 100.000 solicitantes.

Cuando escribo estas líneas, ya son 531.846 los asgardianos; y por si les interesa, España es el undécimo país con mayor número de solicitantes: 10.462. Con todo ello, Asgardia ya ocupa el puesto 169 del mundo por número de habitantes, justo por debajo de Luxemburgo y por encima de Cabo Verde.

Pero no se me amontonen: debido al efecto llamada que provocó una avalancha de solicitudes, por el momento los gobernantes fácticos de Asgardia (a los que en junio de 2017 sucederá el primer gobierno legítimamente elegido por sufragio y que llenará una docena de carteras ministeriales, entre ellas, ¡sí!, un MINISTERIO DE CIENCIA) han suspendido el registro de nuevos asgardianos. Y tampoco confíen demasiado en que Ashurbeyli les lleve de excursión: “todavía no es posible llevar a todo el mundo al espacio. Así que no hay planes de llevar a los asgardianos al espacio en este momento”, dice la web en su sección de preguntas frecuentes.

Por lo demás, Asgardia mantiene un concurso público abierto a cualquier humano con ideas para definir su bandera, su escudo y su himno. Esto último parece especialmente complicado. No solo porque cada vez es más difícil escribir la letra de un himno (que nos lo digan a los de aquí) sin recurrir a esos hoy inaceptables estribillos clásicos sobre pisotear las cabezas de los enemigos y hacer correr su sangre; sino porque ¿qué se puede decir de un país que está en el espacio y, además, no existe? ¡Oh, Asgardia, Asgardia…! ¿…que en el espacio haces guardia?

Porque en realidad, ese el propósito de todo ello. Sí, lo hay, y es actuar como defensa del ser humano en el espacio contra amenazas cósmicas, tales como tormentas solares extremas o asteroides errantes. Pero en realidad hay algo más, el motivo por el que hoy traigo aquí esta curiosa historia.

No piensen que pretendo tomarme a chufla esto de Asgardia. Por mucho que el asunto invite a afilar el colmillo del sarcasmo, y que el adjetivo “inviable” se le quede francamente corto, en realidad la iniciativa de Asgardia es un síntoma más de algo muy interesante, otra señal de que algo por fin se está moviendo.

Durante décadas, desde el fin del programa Apolo de la NASA, y con la excepción de ese carísimo ganso orbital llamado Estación Espacial Internacional, el espacio se ha mantenido como un coto exclusivo de la ciencia y las máquinas (y si acaso, los usos militares).

Por supuesto que la ciencia espacial es inmensamente valiosa y necesaria, y que la mejor manera de hacerla es con sondas robóticas. Pero siempre que el ser humano ha sabido de nuevos mundos, no se ha conformado con verlos desde lejos, ni los ha vedado solo para uso científico. Somos una especie viajera por naturaleza. Y si la carrera espacial pareció propiciar el comienzo de la exploración de esas nuevas fronteras, fue solo una ilusión: se acabó el dinero, cambió la mentalidad, y durante medio siglo hemos mantenido anestesiada esa ambición de llegar a donde jamás hemos llegado antes. El espacio no es solo ciencia: es la continuación natural de la historia humana.

Hace unos días contaba aquí el proyecto del magnate tecnológico Elon Musk de fundar una colonia en Marte. El plan de Musk y la iniciativa Dharma, perdón, quiero decir Asgardia, son solo dos ejemplos de entre otros muchos que están sacando del armario y desempolvando ese viejo anhelo del ser humano. Tal vez piensen que pese a todo aún carecemos de la tecnología, y no les falta razón. Pero si piensan que es la tecnología la que limita la ambición, en esto debo discrepar: pienso que es la ambición la que limita la tecnología. Y ahora, la ambición ha vuelto.

Y perdónenme… pero no puedo refrenarme de terminar con mi propuesta para el himno de Asgardia, a cargo de los inimitables Monty Python.

Seguimos sin Ministerio de Ciencia, y con Sanidad en manos inexpertas

Los lectores de este blog sabrán que habitualmente evito mancharme las suelas con el fango de la política, salvo para ejercer como profeta del apocalipsis; el que le espera a este país si continúa sin tomarse en serio la ciencia y sus implicaciones en asuntos de la máxima importancia como la salud pública.

Dolors Montserrat, nueva ministra de Sanidad. Imagen de su Twitter.

Dolors Montserrat, nueva ministra de Sanidad. Imagen de su Twitter.

Que el nuevo gobierno no contemple un Ministerio de ciencia ni como tercer apellido no es sorprendente; lo pasmoso habría sido lo contrario. Pero es necesario seguir llamando la atención sobre la lacerante contradicción que supone la intención de un país de conducir su economía hacia la innovación tecnológica y la ausencia de un órgano de primer nivel que se ocupe de sentar los cimientos de ese edificio, la investigación científica.

Se supone que los asuntos más acuciantes en cada país deben recibir máxima prioridad en la formación de los órganos de gobierno. Por ejemplo, Kenya tiene un Ministerio del Agua porque la mayoría de la población no tiene acceso a agua corriente en adecuadas condiciones sanitarias, y las enfermedades transmitidas por el agua son uno de los mayores problemas de salud pública allí. Es evidente que España no necesita un Ministerio del Agua porque no padece la misma lacra.

En Reino Unido no existe un Ministerio de ciencia o investigación científica, cosa que sí sucede por ejemplo en Francia o Alemania. Pero la que tradicionalmente ha sido la segunda potencia científica del mundo (hoy superada por el subidón de China) no lo necesita; dispone de una compleja red de agencias y organismos públicos dedicados, incluyendo una Oficina Gubernamental para la Ciencia que tiene interlocución directa con la Primera Ministra. En cambio, por seguir con la analogía y salvando las distancias, la ciencia española es el agua de Kenya. Sin un Ministerio de Ciencia en España, tal vez sigamos destacando en diseño de videojuegos, pero seguiremos comprando móviles chinos para ponerles encima una pegatina con una bellota.

Por otra parte, en este blog ya he advertido de la importancia de tener un ministro/a de Sanidad con la base de conocimiento necesario para liderar la respuesta del gobierno frente a crisis de salud pública, sobre todo cuando requieren una coordinación internacional en la que no pueden participar 17 consejeros de Comunidades Autónomas. Es bien conocida la inmensa negligencia con que la exministra Ana Mato, hoy además imputada por corrupción, gestionó la crisis del ébola. Aquello le venía muy grande a una persona sin la menor experiencia científico-sanitaria que presumiblemente había recibido el cargo por eliminación.

Pues una vez más, seguimos echando sal en la misma herida. En el nuevo Consejo de Ministros hay un ingeniero de caminos que se ocupa de Fomento; un diplomático en Exteriores; una ingeniera agrónoma en Agricultura; un profesor en Educación; economistas en las competencias de Energía, Industria y Economía; abogados en Justicia.

Pero en Sanidad, donde llevamos ya acumuladas a una ministra que confundía la médula ósea con la espinal y otra que llevaba una pulsera con un holograma para controlar el campo energético del cuerpo, además de una encargada de resolver la crisis del ébola que se retiró a la trinchera en pleno fragor de la batalla, ahora hemos cambiado al filólogo románico Alfonso Alonso por Dolors Montserrat, una abogada especializada en derecho urbanístico e inmobiliario.

No me ha hecho falta una búsqueda intensa; El País ya lo ha investigado por mí: “La nueva ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad no tiene experiencia o formación relacionada con esta área”. Tal vez, y dado que la cabecera del Twitter de Dolors Montserrat aparece adornada por una foto del macizo de Montserrat, alguien haya pensado que llamándose Dolors es ideal para el Ministerio de Sanidad.

Esta vez, en lugar de emplearse como reloj de oro por los servicios prestados, la cartera de Sanidad se convierte en el comodín para completar la jugada: mujer, joven y catalana. El resultado es que ahora tenemos en una abogada inmobiliaria a la persona que deberá liderar la respuesta a la próxima emergencia sanitaria. Y que, si llega el caso, probablemente deberá optar por la salida Mato: desaparecer de la escena pública para no tener que enfrentarse a preguntas que no sepa responder.

Repito lo que ya he defendido aquí anteriormente: no basta con que bajo la fachada del político exista un cuerpo de técnicos y expertos, si el jefe de todos ellos no es capaz de dirigirlos hablando su mismo idioma. El ciudadano que paga tiene derecho a que su ministro/a de Sanidad sea el ventrílocuo, y no el muñeco.

Cuernos sintéticos de rino, ¿solución o simple negocio?

Hoy traigo una muestra de que no todos aquellos interesados en que los rinocerontes continúen existiendo dentro de 20 años están convencidos de que la actual prohibición del comercio internacional de cuernos sea lo mejor para lograrlo. Quienes sí lo piensan, como la Born Free Foundation (BFF) de la que hablé ayer, alegan razones cuyo resumen general viene a ser que la legalización podría elevar la demanda, y el riesgo de esta posibilidad aconseja no tocar el veto vigente desde 1977.

Un rinoceronte blanco en el Parque Nacional de Meru (Kenya). Imagen de J. Y.

Un rinoceronte blanco en el Parque Nacional de Meru (Kenya). Imagen de J. Y.

Pero ¿ha funcionado el veto? Este gráfico, publicado en Science en 2013, muestra de un vistazo la evolución de la caza furtiva de rinos de 2000 a 2012.

poaching

Organizaciones como BFF alegan que hasta 2007 el veto estaba cumpliendo su función, ya que el furtivismo contra los rinos se mantenía a niveles muy bajos. Y que el ascenso vertiginoso a partir de 2008 es un fenómeno esporádico no relacionado con la demanda tradicional, sino provocado por la repentina moda en Vietnam de adquirir polvo de cuerno de rinoceronte como capricho caro de los nuevos millonarios.

Pero si los datos son objetivos, las interpretaciones son libres. ¿Realmente fue el veto lo que mantuvo el furtivismo a raya hasta 2007? ¿O fue simplemente la ausencia de demanda, ya que China había retirado en 1992 el cuerno de rino su farmacopea tradicional a raíz de su entrada en el CITES? Sin duda, el surgimiento de una nueva oleada de demanda a partir de 2008 disparó la matanza de rinos a pesar del veto. Por este motivo, hay quienes piensan que no hay pruebas suficientes para evaluar los efectos del veto ni mucho menos su posible modificación.

Entre estos se cuenta la ONG británica Save the Rhino International (STRI), la mayor entidad dedicada específicamente a la conservación de los rinocerontes, y uno de cuyos principales promotores fue Douglas Adams, autor de La guía del autoestopista galáctico. Según me cuenta Cathy Dean, directora de STRI, Suráfrica emprendió un exhaustivo estudio de 18 meses a cargo de un comité de expertos, con vistas a la posible presentación de una propuesta de legalización del cuerno de rino en la reunión del CITES que se celebra estos días en Johannesburgo. Sin embargo, finalmente la moción no fue presentada. Por este motivo la pequeña Suazilandia, que planeaba votar a favor de la propuesta para poder vender su stock de cuernos, decidió en el último momento presentar la suya propia de manera precipitada.

“Suráfrica no ha publicado los resultados del comité”, dice Dean. “¿No sería útil para las partes del CITES, los 182 países, poder ver el informe del comité para poder tomar una decisión informada?”, se pregunta. La visión de STRI es que se trata de una cuestión compleja con múltiples variables, y que por tanto no se puede liquidar con ideas preconcebidas o eslogans. “En SRTI aún no tenemos una postura definitiva sobre si legalizar el comercio internacional de cuerno de rino ayudaría a asegurar la supervivencia a largo plazo de las especies de rinos, o si aceleraría su extinción”, concluye Dean. “Creemos que no hay suficientes pruebas disponibles para formarnos una opinión clara”.

Dean confiesa no saber si realmente la legalización elevaría la demanda, una postura mucho más juiciosa que la de quienes afirman tajantemente que sí. Hoy por hoy, lo único que sabemos es que la demanda ha aumentado sin la legalización. Por ello, Dean considera que como mínimo el veto no es una varita mágica, y que la batalla deberá continuar en todos los campos donde se libra actualmente, desde la sabana hasta las calles de Vietnam.

En esta lucha se ha abierto recientemente un nuevo frente. Un puñado de compañías biotecnológicas han anunciado que pronto comenzarán a fabricar cuerno de rino artificial mediante nuevas tecnologías de bioimpresión en 3D. Cuando empresas como Pembient o Rhinoceros Horn anunciaron sus planes de poner a la venta este producto, muchos palidecieron, ya que este material abre un agujero legal no cubierto por el CITES (nota: las resoluciones del CITES afectan únicamente al comercio internacional, mientras que cada país es libre para legislar sobre el comercio interior).

La gran mayoría de las ONG, incluyendo BFF y STRI, se han manifestado en contra de la comercialización de este producto. No todas: Traffic, que lucha contra el comercio internacional de especies, fue más cauta al sugerir que esta vía no debería descartarse directamente sin un análisis más profundo.

No por casualidad, Matthew Markus, CEO de Pembient, está presente estos días en la reunión del CITES en Johannesburgo, según contó Business Insider. Pero la legitimidad de la aspiración de Markus de poner a la venta un producto que no es ilegal se tambalea con sus declaraciones. El empresario dijo a BI que reducir la demanda de cuerno “no sería ético”, ya que “estas prácticas se basan en miles de años de tradición cultural; son mucho más viejas que Acción de Gracias”.

Lo cual es un engaño deliberado, ya que Markus sin duda debe conocer que la nueva demanda vietnamita no guarda absolutamente ninguna relación con la medicina tradicional china, sino que es una moda de nuevos ricos nacida del rumor según el cual un expolítico de aquel país se había curado el cáncer tomando polvo de cuerno. Como he mencionado más arriba, el cuerno de rino ya no está presente en el recetario oficial publicado por la Administración Estatal de la Medicina Tradicional China. Las palabras de Markus revelan su lógico deseo de una demanda potente, escudado en un argumento falaz.

Por otra parte, y si la apertura al comercio de cuerno natural podría legitimar el producto ante sus consumidores (como me decía la portavoz de BFF), mucho más aún lo haría la puesta a la venta de un sucedáneo sintético. Mientras organizaciones como WildAid se empeñan en la ardua labor de convencer al público en el sureste asiático de que el cuerno de rinoceronte no tiene absolutamente ninguna propiedad terapéutica, psicotrópica ni afrodisíaca (su composición es la misma que la del pelo y las uñas), el efecto que tendría la venta de un sustituto artificial puede resumirse en una frase al estilo de eso que últimamente viene llamándose cuñadismo, pero en versión vietnamita: “¿Lo ves? Si no sirviera para nada, ¿crees que lo venderían los americanos?”.

Los transgénicos serán el futuro, pero sólo si aguantamos el cambio de ciclo

En los años 50 y 60 del siglo pasado, superado el trauma de la Segunda Guerra Mundial, en el mundo occidental dominaba un espíritu de optimismo que cabalgaba sobre el caballo de la modernidad. Fue la época del baby boom, el coche para todos, las vacaciones en la playa y el desarrollismo inmobiliario. Ni siquiera España, que vivía en su piña franquista debajo del mar, se sustraía a esta euforia del bienestar. Y tampoco el roce de la guadaña del apocalipsis en las gargantas (la escalada nuclear, la Guerra Fría, la crisis de los misiles de Cuba) era capaz de aguar la fiesta.

Hace dos veranos, casi por estas mismas fechas (ignoro qué tiene el verano que me hace pensar en esto), conté aquí que en 1964 y con ocasión de la Feria Mundial de Nueva York, mi ilustre colega por partida doble Isaac Asimov (por bioquímico y por escritor) lanzaba un vaticinio a 50 años vista. En 2014, auguraba Asimov, los seres humanos seguirían “apartándose de la naturaleza para crear un entorno más adecuado a ellos”. Viviríamos en hogares subterráneos sin ventanas y con iluminación exclusivamente artificial, comeríamos solo alimentos precocinados y lavaríamos la ropa en una lavadora alimentada por pilas atómicas.

Lo curioso (hoy) es que Asimov no pintaba todo esto como una distopía, sino como la mayor de las utopías, y con bocas abiertas de admiración era como los ciudadanos de entonces recibían profecías como aquella. Era un futuro ideal al que, créanlo los jóvenes de hoy o no, la inmensa mayoría quería apuntarse sin dilación.

Cómo han cambiado las cosas, ¿no? Lo que en tiempos de Asimov era el sueño del mañana, hoy es la pesadilla. ¿Y por qué?, se preguntará alguien. No, no es porque nuestros padres y abuelos fueran más tontos o porque tuvieran deseos de destruir y arrasar el planeta.

Simplemente se trata del Zeitgeist, un concepto que no acuñó, pero sí inspiró, la filosofía de Hegel. Es el signo de los tiempos, el conjunto de ideas y la forma de pensar que dominan en una época. Como los objetos físicos, la especie humana funciona por un principio de acción y reacción; a las revoluciones les siguen las contrarrevoluciones. Y a la modernidad le siguió la posmodernidad, y todo aquello que inspiraba la visión de Asimov se desplazó al extremo contrario: vuelta a la naturaleza, alimentos orgánicos, vida natural y cosechar energía en lugar de fabricarla.

Todo esto, introduzco un paréntesis, tiene mucho que ver también con otras cosas que hoy no voy a tratar. A menudo se pregunta (y me preguntan) por qué el ser humano no ha vuelto a la Luna desde 1972, por qué no se han establecido colonias allí o en Marte. Siempre respondo que hay un único motivo, y es que no hay dinero: lo que se gastó en la carrera espacial se gastó, y ya no hubo más. Pero lo que subyace es el Zeitgeist: la razón de que no hubo más es que hoy (casi) nadie suspira por vivir en la Luna o en Marte. El ciclo cambió antes de que todo aquello se hiciera posible, y el nuevo ciclo no lo quería.

Arroz dorado (derecha). Imagen de Wikipedia.

Arroz dorado (derecha). Imagen de Wikipedia.

Pero una prueba de que hoy no somos más listos que nuestros padres y abuelos es que no nos guiamos con mayor preferencia por el conocimiento real. Y ya llego: a su vez, prueba de ello es el asunto de los transgénicos. El hecho de que tantas voces se manifiesten públicamente en contra de los cultivos modificados genéticamente, y que las marcas se vean obligadas a seguir esta corriente popular si es que quieren vender algo, no casa en absoluto con el conocimiento real actual sobre los transgénicos. Y esto no es una opinión, sino un hecho.

Ya conté aquí a finales de mayo que ahora tenemos el veredicto definitivo (rectifico: el veredicto provisionalmente correcto hoy, como todo en ciencia) sobre la inocuidad de los transgénicos, en forma de un trabajo de 400 páginas, más de 100 expertos, dos años de trabajo, 900 estudios publicados a lo largo de más de dos decenios.

Más recientemente, y muy a raíz de aquel informe de las Academias Nacionales de Ciencia, Ingeniería y Medicina de EEUU, los transgénicos han saltado a los titulares por la carta de más de un centenar de premios Nobel acusando a Greenpeace de crimen contra la humanidad por su cerril oposición incondicional a los transgénicos, en concreto al arroz dorado. Pero todo esto no servirá de nada; jamás servirá para convencer a quienes no tienen el menor interés en conocer la realidad. Seguirán anclados en su convencimiento de que todos los que defendemos los transgénicos estamos financiados por las multinacionales biotecnológicas y que formamos parte de una conspiración interesada en tapar la verdad.

Por supuesto que no puede faltar un poco de autocrítica: científicos y adláteres, y más los que hemos sido científicos y ahora somos adláteres, debemos de haber hecho algo mal para no ser capaces de transmitir un mensaje tan evidente que consiste únicamente en la verdad cruda sin tintes ni retoques: que los transgénicos no hacen (no han hecho hasta ahora) ningún daño a nadie ni a nada, ni a la salud humana, ni a la salud animal, ni al medio ambiente ni a la biodiversidad. Pero incluso reconociendo esta culpa, y una vez más, hay algo que subyace, y es el Zeitgeist. No se puede luchar contra esto.

Pero el ciclo, como ya he dicho arriba, cambia por sí solo con el tiempo, sin que nadie lo empuje. Si la humanidad continúa funcionando como lo ha hecho siempre, la mentalidad dominante acabará reformándose más tarde o más temprano, se reducirá la actual desconfianza hacia la ciencia y la tecnología (al menos toda aquella que no sirva para usar Twitter), se volverá a creer en el progreso, y entonces probablemente los transgénicos resultarán menos antipáticos.

Si hay algo claro es que las inmensas posibilidades de la tecnología de los transgénicos, que pueden salvar millones de vidas en las regiones más desfavorecidas del planeta, va a seguir progresando. Ahora existe una herramienta de nueva generación que ha traído una revolución a la modificación de genes y que, como conté ayer, brinda esperanzas frescas en el combate contra innumerables enfermedades, entre ellas el cáncer. Y sí, CRISPR también servirá para producir nuevos cultivos transgénicos mejorados.

Pero ahora vivimos un momento crucial. Siempre se ha dicho que la tecnología no se detiene, y que si algo puede hacerse, llegará a hacerse. Personalmente elevo una excepción a esta norma, y es lo que va en contra de esa mentalidad dominante. La tecnología que pilla la ola, en símil surfero, viajará como un rayo; pero la que trata de nadar contra la corriente puede acabar ahogada, y esto es lo que podría suceder con la tecnología de los transgénicos si empresas y gobiernos no se implican en su defensa y sucumben a la tentación demagógica de pillar la ola.

En cuanto a las empresas, y en contra de la vieja doctrina de Friedman, hoy la actividad empresarial está casi voluntariamente obligada a asumir un compromiso de responsabilidad social, tal vez mayor cuanta más visibilidad pública tienen sus marcas o sus operaciones. Y en materia de transgénicos, las compañías alimentarias, multinacionales o no, no lo están haciendo. Las empresas que se dejan llevar por la fuerza de la ola, eliminando los transgénicos de sus productos y pregonándolo en su publicidad, están incurriendo en una dejación de su responsabilidad social e hipotecando el bienestar de las generaciones futuras en interés de su propio beneficio rápido.