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El zika en tres ideas: hay riesgo, puede llegar y hay que actuar

La primera vez que vi la película Contagio, de Steven Soderbergh, lo hice con un díptero revoloteando por el reverso de mi pabellón auricular; con la mosca tras la oreja, más aún con la primera aparición del guaperas de Jude Law en el papel de bloguero conspiranoico. Law no se ha prodigado en papeles de villano; ¿caería Soderbergh en el facilón (y económicamente rentable en taquilla) argumento a lo Le Carré en El jardinero fiel, dar carnaza a las masas favoreciendo el punto de vista conspiranoico y dejando al personaje de Law como héroe triunfante? (No obstante aclaro, for the record, que la novela de Le Carré estaba basada en un caso real de experimentación clínica ilegal en África).

Así que, cuando la película terminó, casi me faltaron manos para apludir. Soderbergh no solo había reflejado con absoluta veracidad un hipotético caso fielmente realista de pandemia vírica, con epidemiólogos que parecían epidemiólogos y virólogos que parecían virólogos, sino que además había dejado a los conspiranoicos en el lugar que les corresponde, el de trileros de toda la demagogia que se sirve a diario como fast food en internet.

Imagen del virus del Zika al microscopio electrónico de transmisión (partículas oscuras), recientemente publicada por el CDD/ Cynthia Goldsmith.

Imagen del virus del Zika al microscopio electrónico de transmisión (partículas oscuras), recientemente publicada por el CDC/ Cynthia Goldsmith.

Viene esto a cuento del increíble cuento, valga la…, que se ha prodigado en la red a partir de la proclama de un descerebrado en la sección de conspiraciones de Reddit. El tipo en cuestión dijo que el origen de la epidemia de virus del Zika y de los casos de bebés con microcefalia en Brasil coincide geográficamente con el lugar donde hace cuatro años se soltó una población de mosquitos genéticamente modificados para producir descendencia no viable. Y a partir de ahí, la teoría más estúpida jamás lanzada en internet ha tenido que comentarse, para desmentirse, incluso en medios serios (como este).

El conspiranoico en cuestión ni siquiera mencionó, obviamente, que dichos mosquitos se liberaron también en otros lugares donde no ha surgido una epidemia de zika ni de microcefalia (como las islas Caimán o Florida), ni que anteriormente se han ligado casos de microcefalia a virus emparentados con el zika como el del Nilo Occidental, ni que el estudio retrospectivo del anterior brote de zika en la Polinesia ha sacado a la luz anomalías neurológicas que en su día no se relacionaron con una infección antes considerada benigna. Ni por supuesto, y esto es lo fundamental, que la afirmación es un completo disparate biológico sin pies ni cabeza; más allá de la (presunta) coincidencia geográfica, no hay ni siquiera un argumento coherente que rebatir.

Lo anterior no implica que en este preocupante episodio del zika no haya, como ha ocurrido en ocasiones anteriores, elementos perturbadores que obliguen a vigilar muy de cerca todo lo que autoridades y otros actores implicados están haciendo al respecto. En particular, resulta pasmoso que la Organización Mundial de la Salud (OMS) no haya emitido una recomendación de evitar los viajes a Brasil, al menos para las mujeres embarazadas. No hay que ser conspiranoico para sospechar que aquí ha mediado un probable trabajo de lobby por parte de algún organismo para no arruinar los Juegos Olímpicos de Río.

A estas alturas a Margaret Chan, directora general de la OMS, le quedan ya pocos argumentos para defender su gestión. Fue criticada por exceso de reacción con la pandemia de gripe A H1N1 en 2009 (un diagnóstico que no comparto: no olvidemos que la gripe pudo infectar a 200 millones de personas y dejó unos 19.000 muertos) y por defecto de reacción en la epidemia de ébola de 2014. Pero ya llevaba detrás un legado polémico por su actuación como directora de Salud de Hong Kong, cuando se le criticaron su “ayer cené pollo” a propósito de la gripe aviar H5N1 de 1997 y su pasividad en el brote de SARS de 2003. Chan está pisando un terreno pantanoso que puede acabar con su defenestración si no sale airosa de la emergencia del zika.

Pero aunque Chan se haya convertido en el blanco propicio de este tiro al pato, no olvidemos que uno de los factores destacados por los expertos a la hora de mitigar el impacto de una epidemia como el zika es la respuesta de los sistemas de salud de los países. Y como ya he señalado en ocasiones anteriores, en España tenemos ahora como ministro de Sanidad (en funciones) a un filólogo a quien el cargo le cayó como prebenda por los servicios prestados al partido; una situación que pasa inadvertida cuando se trata de ejercer como burócrata gestor de la maquinaria de salud pública, pero que se convierte en un peligro igualmente público cuando toca gestionar una crisis sanitaria. Los brasileños al menos tienen en ese cargo a un médico.

Es evidente que por debajo del burócrata hay una gruesa capa de expertos y técnicos de alto nivel. Pero en el mundo real difícilmente se admitiría poner al frente de lo que sea a alguien sin el conocimiento profesional necesario para saber de lo que habla, y que ha aprendido lo que debe decir al público cinco minutos antes de decirlo. O dicho de otro modo: el ciudadano que paga tiene derecho a que su ministro de Sanidad sea el ventrílocuo, y no el muñeco.

Pero ¿crisis sanitaria, aquí, en España? Lo cierto es que aún es tanto lo que se desconoce sobre el zika que nadie apuesta un céntimo sobre cómo puede evolucionar esto. Pero casi todos los virólogos y epidemiólogos con los que he hablado últimamente reconocen off the record que el riesgo aquí, sin ser comparable al de las latitudes cálidas, es mayor de lo que se está transmitiendo, ya que muy probablemente el mosquito tigre es o acabará siendo un vector competente para el zika. Ya se han dado recientemente brotes de transmisión autóctona de dengue en el sur de Europa, virus muy próximo al zika y que comparte los mismos vectores; con lo que hoy se conoce del zika, no hay (todavía) ninguna razón científica para sostener que el riesgo de transmisión autóctona estacional del virus en España es mínimo, como se está diciendo.

Aún nos quedan unos meses de reacción hasta que comience la eclosión masiva de mosquitos en nuestras latitudes. Y no podemos esperar a llevarnos las manos a la cabeza cuando nazca en España el primer bebé con microcefalia, una enfermedad horriblemente atroz que deja empequeñecido el antiguo fantasma de la polio. Aunque hayan oído que todavía no se ha confirmado científicamente el vínculo con el zika, no piensen por ello que se trata de un síntoma surgido de la nada y nunca antes visto: las complicaciones en el desarrollo neurológico, incluyendo la microcefalia, son frecuentes en los casos de transmisión infecciosa de la madre al feto. La microcefalia se ha descrito sobradamente para viejos conocidos como el citomegalovirus o el VIH, e incluso para virus emparentados con el zika como el del Nilo Occidental. A efectos de salud pública hay que dar este síntoma por descontado, y que la ciencia concluya lo que tenga que concluir, pero a su propio ritmo.

En resumen, es preciso exigir a las autoridades involucradas una toma de postura drástica encaminada hacia la contención del zika. Ninguna medida es excesiva, y el papel de la OMS no es servir de garante del comercio internacional o de la industria turística, sino de la salud de los ciudadanos de los países a los que representa; una caída de los ingresos por turismo puede embocar a algunos países hacia un difícil trance económico, pero una epidemia de microcefalia sería infinitamente peor, algo que quedaría marcado como la funesta huella de un trágico error. Y si el Comité Olímpico Internacional pierde su multimillonario negocio, que digan dónde hay que firmar.

I want to believe, pero… Cinco razones para no creer en los ovnis

Vaya por delante: que cada uno crea en lo que mejor le encaje en la mollera. No vengo ni he venido nunca, cuando se trata de argumentaciones, a coleccionar prosélitos, sino a expresar mi opinión como cualquiera, guste o no (suele ser que no, pero las democracias sirven para disentir, o eso me han dicho). Los proselitismos, incluso los ultracientíficos, me producen ictericia, sarpullido, roncha. No voy a demostrar aquí la inexistencia de los ovnis (nota 1: ovnis como entendemos los ovnis cuando hablamos de ovnis, y no O. V. N. I.) (nota 2: demostrar la inexistencia de los ovnis es imposible), sino simplemente a desgranar solo unas razones a vuelapluma por las que la defensa de este fenómeno tiene una lógica más bien endeble.

En realidad, y esto es una confesión, personalmente me encantaría que existieran. Me apunto a ese famoso “I want to believe” del póster de Mulder en Expediente X, que regresa con fuerza para los fans de la serie (entre los que me incluyo). Todo descubrimiento revolucionario, cualquier cambio de paradigma, es científicamente apasionante, y este en particular sería un caramelo para un periodista de ciencia. Tendríamos que derribar, recordar, reanalizar, reenfocar; daría a la ciencia más visibilidad en los medios, y más trabajo a los periodistas como yo. Sería un privilegio poder vivir ese momento como periodista de ciencia. Así que me encantaría equivocarme. Pero el believing sin pruebas no es conocimiento, sino religión. Y al menos de momento, esto es lo que hay:

Un fotograma de 'Expediente X'. Imagen de 20th Television.

Un fotograma de ‘Expediente X’. Imagen de 20th Television.

1. No es (biológicamente) absurdo pensar que podríamos estar solos en el universo. Y de momento, no hay razones para pensar otra cosa.

“Es ______ pensar que estamos solos”, arguyen algunos defensores del fenómeno ovni. He dejado un espacio en blanco porque los calificativos varían: hay quienes lo rellenan con “arrogante”. Bueno, tal vez lo sea. Pero el hecho es que la existencia o no de otros planetas habitados no depende de nuestra arrogancia, así que no hay ninguna relación entre este juicio de valor concreto y el hecho de que realmente estemos o no solos. Dicho de otro modo: la arrogancia no implica necesariamente estar equivocado. Otra cuestión es cuando el hueco se rellena con la palabra “absurdo”. Y no, no es absurdo.

Dado que aún no conocemos más vida que la de aquí, sobre esta cuestión escuchará usted a biólogos manteniendo posturas contrarias, todas solo opiniones/intuiciones/sospechas, todas respetables. Este biólogo que escribe, en concreto, sostiene el argumento de la inexistencia del Segundo Génesis. A saber: una vez que se ha disparado el proceso de la vida, todo lo demás viene rodado, sean cuales sean los rumbos evolutivos que se tomen. De ese primer paso es del que aún no sabemos nada, y por tanto ignoramos su probabilidad real. Pero algo sí sabemos: en la Tierra, en algo más de 4.500 millones de años, la aparición de la vida solo se ha producido UNA VEZ. Una sola y única vez en 4.500 millones de años (que sepamos hasta ahora).

Es decir: si, como defiende la hipótesis contraria, la vida emerge de manera casi automática allí donde se dan las condiciones, en 4.500 millones de años debería haberse producido lo que se conoce como (al menos) un Segundo Génesis, un segundo evento independiente de aparición de la vida en un planeta tan propicio para ella como la Tierra. En 2010 parecía que por fin lo habíamos encontrado, cuando una investigadora descubrió una bacteria en el lago Mono (California), a la que denominó GFAJ-1, que parecía emplear arsénico en su ADN donde todos los demás seres terrestres empleamos fósforo. Por desgracia, el hallazgo se cayó; se debía a un error experimental. Aquella bacteria era rara, pero era como nosotros.

Los defensores de la hipótesis de la vida omnipresente podrían argumentar que la selección natural favorecería solo un linaje de partida, eliminando los demás. Este argumento es razonable. Es más: es cierto que un linaje triunfante modifica la química terrestre de modo que se cierra el espectro de posibles soluciones biológicas. Pero esto sucede una vez que un linaje ha podido crecer y extenderse lo suficiente como para ejercer esa supremacía. En un momento inicial podrían haberse desarrollado diferentes linajes independientes, con distintas soluciones, sin competencia directa geográfica (ni química) entre ellos. Y alguno de ellos podría haber sobrevivido en forma de vida simple y altamente especializada, tal y como habría sido el caso de las bacterias extremófilas del lago Mono.

La vida en la Tierra apareció hace unos 4.000 millones de años. Si podemos asumir que tal vez pasaron como mínimo 1.000 millones de años hasta que el único génesis conocido se extendió (tal vez incluso 2.000, si tomamos como referencia la aparición del oxígeno en la atmósfera), hubo tiempo de sobra para que se produjeran fenómenos locales de evolución de distintos linajes. Si algún día se descubre un Segundo Génesis terrestre, las cosas cambiarán radicalmente. De momento, solo podemos decir que la aparición de la vida es un fenómeno extremadamente raro: no lo conocemos en otro lugar, y en la Tierra solo ha surgido una única vez.

2. Del “no estamos solos” al “están aquí” media un abismo que precisa la violación de varias leyes fundamentales de la física.

Supongamos la hipótesis más favorable de las anteriores: que, en efecto, no estamos solos, que la vida es omnipresente en el universo. Pero en este caso, y aunque existan por ahí miles o millones de civilizaciones, lo más probable es que jamás lleguemos a tener noticia de su existencia; el universo es apabullantemente inmenso, y las distancias son demasiado grandes incluso para comunicarnos, no digamos ya para llegar a estrecharnos la mano.

El “no estamos solos” no conduce inmediatamente a “por tanto, están aquí”. Para salvar el abismo lógico que conduce hasta los ovnis deberían ser capaces además de violar varias (inviolables) leyes de la física, lo que los convierte no en alienígenas muy avanzados, sino en semidioses. Si creemos los relatos habituales de ovnis, sus naves flotan en el aire sin ejercer una propulsión vertical que las sostenga ahí; son capaces de inmensas aceleraciones instantáneas y de detenerse en seco en el aire, y todo ello sin la aparente presencia de ningún tipo de propulsor o la expulsión de un propelente.

Todo esto no es simplemente una proeza tecnológica, sino una imposibilidad física, ya que violaría la ley de conservación de la cantidad de movimiento (una consecuencia de la vieja ley de acción y reacción de Newton), además de escapar a la gravitación universal que es, pues eso, universal. Además, si realmente no utilizaran un propelente o combustible, los ovnis violarían la ley de la conservación de la energía. Por no hablar además del límite físico de la velocidad de la luz, si es que sus naves van y vienen de su planeta a la Tierra como quien coge el metro de Sol a Tirso de Molina.

3. La imagen del “platillo volante” fue un invento de la prensa.

Sintiéndolo mucho, lo cierto es que los “platillos volantes” fueron creados por un titular periodístico. Esta es la historia. Segunda Guerra Mundial: el cielo comienza a ser frecuentado por una gran cantidad de aeronaves, y empiezan a acumularse los informes de pilotos que observan extraños objetos; reciben el nombre de Foo Fighters, y las descripciones generalmente hablan de “bolas de fuego”, es decir, objetos esféricos.

Resulta entonces que en 1947 un piloto privado llamado Kenneth Arnold ve una flotilla de raras naves en el cielo, y al contarlo a los periodistas no es demasiado concreto sobre su forma, pero sí sobre su movimiento: dice que se mueven a sacudidas, como si fueran “platillos saltando sobre el agua”. El diario The Chicago Sun recoge esta descripción y se inventa un titular atractivo: “flying saucers“, o “platillos volantes”. Y de repente, Estados Unidos se llena de avistamientos de naves con forma de platillo volante. En un mes, ya había informes en 40 estados. ¿Qué ocurrió? ¿Los alienígenas leyeron el Chicago Sun y les pareció buena idea cambiar el diseño de sus ovnis, de bolas a platillos?

4. ¿Por qué los ovnis llevan luces?

Parece una razón tonta, pero hay lógica. Veamos. ¿No habíamos quedado en que nos observan pero no quieren mostrarse? De otro modo, décadas atrás ya se habrían plantado en mitad de Times Square o del Mall de Washington. La teoría ovni, supongo, asume que nos observan secretamente y que los avistamientos son casuales, no deliberadamente provocados por los alienígenas.

Bien. Siendo así, si quieren esconderse, ¿por qué sus naves llevan luces? La mayoría de los avistamientos refieren elementos luminosos que se asemejan a los utilizados en nuestros aviones o helicópteros, y que no sirven para ver, sino para ser vistos y así evitar colisiones. En otros casos, el propio ovni es luminoso en su totalidad. Nuestras aeronaves, aunque seamos tecnológicamente primitivos, ofrecen la opción de apagar sus luces cuando operan en misiones secretas, e incluso hemos desarrollado sistemas para reducir el ruido de los helicópteros. ¿Es que los ovnis no llevan un interruptor?

5. ¿Dónde se esconden cuando no los estamos avistando?

De acuerdo, admitamos todo lo anterior. Hay vida en muchos otros planetas, vida inteligente, alienígenas muy avanzados capaces de construir naves que violan las leyes de la física. Nos vigilan en secreto sin que lo sepamos, aunque a veces conseguimos verlos. Y algún diseñador inepto ha colocado en sus naves luces que les resultan útiles cuando vuelan por su propio planeta, pero que por algún motivo no pueden apagarse cuando quieren vigilarnos en secreto.

Y cuando no los vemos, ¿dónde están? Si a lo largo de la historia los hemos visto decenas, cientos de miles de veces, ¿dónde tiene su base toda esta inmensa flota? ¿Dónde está el gran ufódromo? En otros tiempos se creía que podían refugiarse en la cara oculta de la Luna, o en Marte. Pero ya hemos llegado hasta más allá de Plutón y no hemos encontrado nada. Ni rastro. Ni siquiera un tapacubos caído. Salvo que puedan desmaterializarse a voluntad (y en tal caso, ir directamente a la última frase al pie), todas esas naves necesitarán infraestructuras, puertos, talleres, reparaciones, recambios y una gran cantidad de personal… ¿Dónde está todo eso? Salvo, claro está, que vayan y vuelvan cada vez de su planeta a través de puertas interdimensionales que les permitan viajar instantáneamente a través del universo. En cuyo caso volvemos al punto 2, porque esto es, por desgracia, físicamente imposible.

Como conclusión de todo lo anterior, a menudo suele rebatirse la existencia de los ovnis caso a caso, demostrando que los avistamientos corresponden a fenómenos naturales o que son simples fraudes. Pero esta aproximación nunca podrá cubrir todos los testimonios, por lo que siempre quedará un agujero, una duda. Por otra parte, muchos tratan de probar la existencia de los ovnis demostrando la conspiración destinada a mantenernos en la ignorancia (“la verdad está ahí fuera”); algo que hasta hoy nadie ha logrado, a pesar de que muchos han dedicado sus vidas enteras a este empeño (y con razón: la prueba definitiva haría millonario a quien la consiguiera). Pero por encima de todo esto existe una realidad obstinada, y es que la existencia de los ovnis, tal como creemos conocerlos, es sencillamente una improbabilidad lógica. O sea: salvo que exista algo muy gordo sobre cómo funciona la naturaleza que se nos haya escapado hasta ahora, los ovnis pertenecen al terreno de la creencia en fenómenos sobrenaturales.

…Y si Hillary Clinton nos descubre otra cosa, también lo contaré aquí.

¿Quién teme al científico feroz? (Feliz Halloween)

Aldous Huxley hizo algo que a un servidor le gustaría hacer, si no fuera porque ya lo hizo Aldous Huxley: escribir dos novelas con el mismo planteamiento, una sociedad gobernada por la ciencia, pero con resultados contrapuestos. En la primera y más famosa, la distópica Un mundo feliz (1932), un régimen solapadamente tiránico empleaba la ciencia para subyugar y entontecer a la población. La segunda, La isla (1962), una obra de madurez, retrataba la utopía de una comunidad que se servía de la ciencia como instrumento de libertad y progreso.

El Doctor Nefario, el científico loco de 'Gru'. Imagen de Universal Pictures.

El Doctor Nefario, el científico loco de ‘Gru’. Imagen de Universal Pictures.

En el intervalo entre una y otra, a modo de prólogo a una edición posterior de Un mundo feliz, Huxley anticipó la idea que después plasmaría en La isla como una alternativa de escape para el Salvaje, el personaje central de la primera: la ciencia y la tecnología hechas al servicio del hombre, y no al contrario “como en la actualidad”, escribía.

Este experimento literario de Huxley fue tan oportuno como visionario. La época en la que le tocó vivir, primeros dos tercios del siglo XX, fue la de la generalización de los grandes avances científicos y tecnológicos que transformaron radicalmente la vida común como nunca antes en un plazo tan breve de la historia: la electricidad, la mecanización de los hogares y las oficinas, el teléfono, el automóvil, el avión, la medicina moderna, la televisión, el cine, la comida rápida… Huxley juzgaba que aquella invasión de la sociedad por la ciencia y la tecnología no se estaba encaminando hacia el bien de la humanidad, y quiso dejar constancia de cómo veía las cosas y de cómo le gustaría verlas, ya que probablemente comprendía que la ciencia y la tecnología habían llegado al barrio no solo para quedarse, sino para crecer y multiplicarse.

Hoy la ciencia está más presente que nunca en la vida pública. Muchos de los asuntos que preocupan en la calle tienen una amplia vertiente científica o tecnológica, como demuestran ejemplos recientes. Decía Ernesto Guevara, si es que lo dijo, que un pueblo que no sabe leer ni escribir es fácil de engañar. La alfabetización aún pendiente es la científica; hoy un pueblo que no sabe ciencia es fácil de engañar, como también demuestran ejemplos recientes.

Quizá porque este protagonismo de la ciencia en los asuntos de interés es a veces demasiado subrepticio, casi clandestino, no llega a comprenderse bien la necesidad de que crezca en igual grado la presencia en funciones de responsabilidad de quienes pueden explicar y conducir estas materias, científicos, ingenieros, matemáticos. Persisten enormes reticencias hacia la participación de la ciencia en la toma de decisiones, por parte de quienes prefieren vivir en la ignorancia o, sencillamente, viven de ella.

Este artículo de hoy, víspera de la noche de Halloween, trata sobre el miedo. Pero sobre un miedo particular, el miedo a la ciencia. Ignoro si tiene un nombre formal porque no lo he encontrado en las listas de fobias descritas, pero es evidente que forma parte arraigada de nuestro ser: muchas de las grandes obras del género de terror se basan en explotar este temor del ser humano a lo que algún científico loco puede hacer para eliminarnos o esclavizarnos, desde Frankenstein hasta Gru. No hay malo de James Bond que no emplee a un científico, o lo sea él mismo, para alcanzar sus perversos objetivos. Mi hijo de 10 años, que empieza a hacer sus pinitos como juntaletras, ya escribe cuentos sobre científicos locos que crean horribles seres mutantes en laboratorios ultrasecretos.

Los sociólogos suelen apuntar que un signo de las sociedades menos desarrolladas es el temor a la ciencia como un agente desconocido y amenazador. Tenemos ejemplos de ello, como las revueltas en algunos países africanos contra las campañas de vacunación, o las agresiones sufridas por algunos médicos extranjeros durante la crisis del ébola. En los países desarrollados estos miedos son menos prevalentes, pero se sofistican al tiempo que se marginalizan hacia un fenómeno de frontera: el de las teorías de la conspiración.

Recientemente estuve en contacto con Sebastián Diéguez, un neuropsicólogo suizo de ascendencia española que trabaja en la Universidad de Friburgo. Diéguez lleva un enfoque investigador muy interesante; recientemente ha publicado un estudio en el que indaga en la mente de los conspiranoicos. A propósito de esto, me comentaba que las investigaciones de otros expertos revelan “un vínculo entre la creencia en teorías conspirativas y el rechazo de la ciencia”.

Hay ejemplos muy conocidos; quizá el más popular sea el de las misiones lunares. Mi película de anoche fue Capricornio Uno, dirigida por Peter Hyams en 1977. Cuenta la historia de una misión a Marte que resulta inviable antes de ponerse en marcha. En lugar de cancelarla, el gobierno de EE. UU. decide seguir adelante, lanzar el cohete vacío sin tripulación y recluir a los astronautas en un remoto emplazamiento en el desierto, donde graban las escenas de Marte en un estudio de televisión. El plan era desviar la trayectoria de vuelta de la nave para que amerizara muy lejos de lo planeado, dando así tiempo para que un helicóptero llevara a los tripulantes hasta la cápsula. Pero surge un problema: durante la reentrada en la atmósfera, la nave se fríe debido a un fallo en el escudo térmico. El accidente solo deja una opción, eliminar a los astronautas para que no se descubra el montaje.

La ciencia es protagonista de otras muchas teorías de conspiración relacionadas con las vacunas, los cultivos transgénicos, el cambio climático o las farmacéuticas. Diéguez añadía: “También, si piensas en los principales casos de rechazo a la ciencia, como la creencia en el creacionismo, casi automáticamente requieren algún tipo de encubrimiento: la razón para que tantos expertos y biólogos acepten la teoría de la evolución TIENE QUE SER una conspiración, si realmente la teoría es tan obviamente falsa y fallida”. El neuropsicólogo agregaba que durante su investigación se había encontrado con muchas trabas, porque los conspiranoicos tendían a pensar que él mismo formaba parte de una conspiración. “¡No es una población fácil de estudiar!”, decía.

De propina, y sin otro motivo que festejar la noche más terrorífica del año, aquí les dejo un par de vídeos de los reyes del Horror Punk, que no son otros que los Misfits. Felices sustos.

La OMS, los medios y el público montan la feria de la carne

Parafraseando a Eslava Galán, esta es una historia de la carne que no va a gustar a nadie. El insólito circo de las salchichas, el beicon y el chuletón, que tal vez se convierta en un modelo para analizar en los cursos de periodismo de ciencia, es el resultado de una desafortunada concatenación de circunstancias en la que cada parte ha cumplido su obligada función, pero con graves defectos. Son estos defectos los que han inflado la carpa del circo de un modo que no sucedió por ejemplo en 1992, cuando el mismo organismo de la OMS incluyó la luz del Sol en el mismo Grupo I de carcinógenos al que ahora pertenece la carne procesada, ni en 2012, cuando se ratificó este dictamen. La función de este periodista de ciencia, seguro que también con sus defectos, es explicarlo. Y a ello voy.

Imagen de Steven Depolo / Wikipedia.

Imagen de Steven Depolo / Wikipedia.

La Agencia Internacional de Investigación sobre el Cáncer (IARC) es la rama de la Organización Mundial de la Salud dedicada a promover la colaboración internacional en el progreso científico del conocimiento del cáncer. Una de sus funciones es mantener reuniones periódicas en las cuales se revisa y se estudia la bibliografía científica respecto a los factores de riesgo. En función de los resultados derivados de estas investigaciones, la IARC encaja dichos factores en una de cinco categorías, desde el Grupo 1, carcinógenos para humanos, hasta el Grupo 4 (el 2 tiene A y B), probablemente no carcinógeno para humanos.

Para empezar a situar las cosas en su contexto adecuado, comencemos con una aclaración. ¿Imaginan cuántas sustancias comprende el Grupo 4, el supuestamente inofensivo?

Una.

La caprolactama, un intermediario en la fabricación del náilon, es la única sustancia analizada sobre la cual la IARC ha valorado que probablemente no es cancerígena para los humanos.

Es importante también precisar que hoy no existe ninguna prueba científica adicional sobre la posible carcinogenicidad del consumo de carne que no existiera ayer. Simplemente la IARC ha hecho su trabajo, reunirse (en este caso en Lyon, Francia), presentar, discutir y votar. El material considerado comprendía más de 800 trabajos en los que se ha investigado la correlación entre el consumo de carnes y la aparición del cáncer, y que se han ido publicando a lo largo de décadas. Hoy no toca insistir en ese mantra repetido con frecuencia en este blog: correlación no implica causalidad. Siempre con este principio ineludible en mente, la revisión de 800 estudios es casi lo más que uno puede acercarse a encontrar un apoyo científico para una hipótesis epidemiológica.

Cuando la IARC resuelve que existen suficientes indicios científicos consistentes para clasificar una sustancia o factor como carcinogénico, por mínimo que sea el aumento de los cánceres asociado a ese elemento, tiene la obligación lógica de clasificarlo dentro del Grupo 1. En el caso de la carne procesada, y según el resumen publicado en la revista The Lancet Oncology, se detectó una asociación positiva entre el consumo y la aparición de cáncer colorrectal en 12 de 18 estudios, mientras que para la carne roja solo se encontró esta correlación en aproximadamente la mitad de los ensayos revisados. En la votación, una mayoría de los 22 miembros del Grupo de Trabajo decidió incluir la carne procesada en el Grupo 1, mientras que las pruebas relativas a la carne roja se consideraron insuficientemente concluyentes, por lo que se asignó al Grupo 2A.

Hasta aquí, nada que objetar. Pero a continuación vienen los problemas.

En primer lugar, la IARC emite una nota de prensa sin haber publicado aún la monografía en la que detallará todos los resultados. El resumen aparecido en The Lancet Oncology es claramente insuficiente, ya que solo incluye un comentario general sin presentar los datos, la metodología empleada y sus resultados. Por lo tanto, ninguno de los expertos consultados estos días por los medios puede juzgar por sí mismo los resultados epidemiológicos bajo la imprescindible premisa científica del rigor.

En segundo lugar, la nota de prensa, difundida tanto en la web de la OMS como en la de la IARC, y distribuida convenientemente en varios idiomas, es una completa aberración. Bajo un titular que no comunica absolutamente nada (El Centro Internacional de Investigaciones sobre el Cáncer evalúa el consumo de la carne roja y de la carne procesada / Monografías de la IARC evalúan el consumo de la carne roja y de la carne procesada), la sensación inevitable es que alguien buscaba un ascenso al incluir entre los primeros párrafos la siguiente frase:

Los expertos concluyeron que cada porción de 50 gramos de carne procesada consumida diariamente aumenta el riesgo de cáncer colorrectal en un 18%.

Inevitablemente y de forma inmediata, los medios y la gente han echado cuentas: 50 gramos de carne al día, un 18% de riesgo de cáncer colorrectal. Por lo tanto, 100 gramos, un 36%. Y en consecuencia, si consumimos diariamente algo más de un cuarto de kilo de salchichas, tenemos una certeza absoluta del 100% de irnos al otro barrio a causa del cáncer.

Lo gritaría si esto fuera un videoblog, pero por desgracia ni siquiera puedo aumentar el tamaño de la tipografía.

¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡NOOOOOO!!!!!!!!!!!!!!!!

Un aumento del 18% sobre el riesgo de base, si este es ínfimo, es tan solo algo un poco mayor que ínfimo, ligeramente por encima del “multiplícate por cero” de Bart Simpson.

Pero para rematar el despropósito, la nota de la OMS añade las siguientes declaraciones:

“Para un individuo, el riesgo de desarrollar cáncer colorrectal por su consumo de carne procesada sigue siendo pequeño, pero este riesgo aumenta con la cantidad de carne consumida”, dijo el doctor Kurt Straif, Jefe del Programa de Monografías del CIIC.

“Estos hallazgos apoyan aún más las actuales recomendaciones de salud pública acerca de limitar el consumo de carne”, dijo el doctor Christopher Wild, director del CIIC. “Al mismo tiempo, la carne roja tiene un valor nutricional”.

Las declaraciones literales eran en este caso perfectamente prescindibles, ya que no aportan nada de luz sobre el asunto; al contrario, tanto las palabras de Straif como las de Wild son un no, pero sí, sí, pero no.

Esta mañana, una representante española de la OMS prácticamente ha acusado a los medios de “quedarse solo con el titular”. ¿Cuál titular? ¿El de la nota de prensa? Obviamente, no. Pero ante el desastroso comunicado, confuso, contradictorio y alarmista, ningún medio se ha sustraído a hacer lo mismo que estaban haciendo todos los demás: abrir sus páginas, pantallas o minutos con titulares a cuál más bestia: La OMS alerta de que las salchichas son cancerígenas, Las salchichas son tan cancerígenas como el tabaco… Los medios cargan con su cuota de responsabilidad, porque titulares como estos son sencillamente engañosos.

Lo dicen los propios expertos del IARC: el riesgo es muy bajo. El Grupo 1 es como la lista de artículos prohibidos en el equipaje de mano de los aviones. Esta lista prohíbe llevar encima tijeras y bombas nucleares (de hecho, la lista no menciona estas últimas, que yo sepa), pero equiparar el poder mortífero de ambas sería sencillamente una inconmensurable torpeza, cuando no una manipulación interesada.

Para ilustrar un poco más cuán diferentes son las salchichas y el tabaco en el potencial cancerígeno según la definición de la IARC, fijémonos en otros factores de riesgo también incluidos en el mismo Grupo 1 y de los que ningún medio ha dicho ni pío:

La radiación solar (mencionada más arriba).

La polución atmosférica (aclaración: esto significa respirar el aire de las ciudades, no poner la boca en un tubo de escape, que mataría más rápidamente).

Los anticonceptivos orales (la píldora).

Los pescados en salazón, como el bacalao.

El serrín.

La terapia de estrógenos en la menopausia.

Las camas de bronceado.

El tamoxifeno, un fármaco que, curiosamente, se emplea en los tratamientos contra el cáncer de mama y que figura en la lista de medicamentos esenciales de la propia OMS.

O la exposición ocupacional de los pintores, alquitranadores, zapateros y muchos otros profesionales de varias industrias.

Por último, en esta función circense no puede soslayarse la reacción del público. Si contáramos con una mayor cultura científica, tendríamos algo más de juicio mesurado y fundamentado en lugar de, como se ha hecho en Twitter y en los comentarios en los medios, sacar los tridentes y las antorchas contra la OMS, que primero nos trajo el ébola y ahora quiere quitarnos el beicon. La OMS se ha convertido en el blanco de un pimpampum injustificado: se criticó tanto su excesiva reacción ante la gripe A o el SARS como su falta de reacción en la crisis del ébola. El verdadero problema de la OMS es que su credibilidad se ve dañada no tanto por defectos de función, sino sobre todo de comunicación.

Añado un apunte para quienes ahora aprovechan el río revuelto con vistas a ensalzar las (algunas indudables) virtudes de la dieta mediterránea frente a la malignidad de la carne. Uno de los componentes responsables del riesgo cancerígeno de la carne es el nitrito, que reacciona con las aminas formando nitrosaminas, potentes carcinógenos. Pues bien, ¿adivinan cuál es la principal fuente de nitritos de nuestra dieta? No es la carne, sino los vegetales y la fruta, que aportan hasta el 80%. Y la formación de nitrosaminas a partir de los nitritos de la dieta ni siquiera tiene que deberse a la cocción, ya que la reacción se produce espontáneamente en el medio ácido del estómago. Y ¿qué hay del pescado?, se preguntarán. El proceso de cocinado del pescado produce, como el de la carne, aminas heterocíclicas (AHC), también carcinógenas. Aún más: el pescado contiene más AHC que el cerdo o las salchichas. Y cómo no, el pescado ahumado contiene hidrocarburos policíclicos, también cancerígenos.

¿Es que no se puede comer nada que no dé cáncer?, se preguntará alguien. En 2013 John Ioannidis, profesor de la Universidad de Stanford que hace unos años convulsionó el mundo de la ciencia al demostrar la falsedad de muchos estudios basados en correlaciones estadísticas, decidió elegir al azar 50 ingredientes comunes de un libro de cocina y revisar la literatura científica buscando su posible relación con el cáncer. Los resultados mostraron que 40 de los 50 ingredientes se habían relacionado de alguna manera con el cáncer, para bien o para mal; Ioannidis y sus colaboradores denunciaban la debilidad de los datos en la mayor parte de los casos, y una conclusión evidente era la obsesión de ciertos investigadores por encontrar vínculos cancerígenos que aseguran una publicación e incluso tal vez un titular en algún medio. Un editorial que acompañaba al estudio decía: “Parece, entonces, que según la literatura publicada casi todo lo que comemos está de hecho asociado al cáncer”.

Y para terminar de poner todo esto en perspectiva, no puedo evitar citar un dato relativo a la referencia que pone el listón más alto del riesgo cancerígeno, el gran satán del cáncer: el tabaco. No cabe duda de que fumar es enormemente perjudicial y un importante factor de mortalidad. Pero incluso la incidencia del cáncer de pulmón entre los fumadores se sitúa, dependiendo de las diferentes estadísticas, como mucho en un 20%. En otras palabras, la realidad es esta:

La gran mayoría de los fumadores NO desarrollarán cáncer de pulmón.

Pues prepárense, y ya les aviso: en mayo del año que viene, el IARC se reunirá de nuevo, en esta ocasión para valorar el riesgo cancerígeno del café, el mate y otras bebidas calientes. Así que vayan bebiendo, ahora que aún pueden.

Shkreli, el ser inhumano, continúa siéndolo

El hecho de que hoy se celebre el Día Internacional del Cáncer de Mama me sirve como excusa para recordar el caso de Martin Shkreli –el especulador– y el Daraprim –su más reciente especulación–. Resumo: Shkreli adquirió los derechos de este medicamento contra la toxoplasmosis para seguidamente multiplicar su precio por más de 50, impidiendo así el acceso a tratamiento a millones de afectados por este parásito que se ceba sobre todo en los inmunodeprimidos, como los trasplantados o los enfermos de VIH.

Martin Shkreli. Imagen de su Twitter.

Martin Shkreli. Imagen de su Twitter.

Ambas historias no tienen absolutamente ninguna relación, salvo por una lejana asociación de ideas de un servidor: los llamados “Días D” están concebidos para atraer la atención pública general sobre ciertos asuntos que muchos sufren silenciosamente durante todos los demás días del año, de manera que se mantenga un cierto nivel de interés popular de cara a sostener el apoyo a estas causas en todos los frentes. Puede que algunos periodistas de ciencia, como este que suscribe, no seamos especialmente afectos a subirnos a ese carro informativo, porque para hacerlo hoy ya están los demás; cuando se trata de temas relacionados con la ciencia, como el cáncer, el alzhéimer o el cambio climático, nosotros nos ocupamos de ellos regularmente sin necesidad de círculos en el calendario.

En cambio, el caso de Shkreli es en cierta medida el opuesto: cuando rompió la ola informativa sobre su artera maniobra, el planeta entero pareció revolverse furioso contra el tipo que ha recibido el apodo de Pharma Bro. La ola crecía a tsunami mientras Shkreli se escondía en su madriguera, cerrando al público su cuenta de Twitter. Pero la de Shkreli corría el peligro de ser una de esas noticias cerilla: prende con gran aparato y fogonazo estentóreo para después apagarse, que nadie vuelva a acordarse de ello, que el individuo en cuestión regrese a su vida, a su (llamémosle) actividad y a su Twitter, pelillos a la mar y aquí no ha pasado nada. Y mientras, el Daraprim, a 750 pavos americanos la píldora.

Izquierda, radiografía tuiteada por Shkreli, presuntamente de su muñeca. Derecha, imagen de la web Medscape.

Izquierda, radiografía tuiteada por Shkreli, presuntamente de su muñeca. Derecha, imagen de la web Medscape.

A este que suscribe no le da la gana. Y lo único que puedo aportar contra ello es recordarlo aquí: tras el escándalo, Shkreli prometió que rectificaría la escalada del precio, pero no lo ha hecho. Es más: superado el shock inicial, se diría que el sujeto ha aprovechado el tsunami para surfear sobre su cresta, acrecentando su popularidad y apareciendo en todos los medios como lo que él no sabe que es, un perfecto imbécil con la madurez de un embrión de mosca del vinagre.

Esto último puede ser, y de hecho lo es, un juicio de valor. Pero juzguen ustedes: en septiembre, Shkreli anunció una donación de 2.700 dólares a la campaña del socialdemócrata Bernie Sanders para su candidatura a la presidencia de Estados Unidos por el Partido Demócrata. La respuesta de Sanders fue de lo más brillante: en lugar de rechazar la contribución, lo que hizo fue donarla a su vez a una ONG de Washington que se dedica a atender a enfermos de VIH y a la comunidad LGBT. Shkreli publicó ayer en su Twitter que estaba tan furioso con Sanders que “pegaría un puñetazo a la pared”, con una larga ristra de signos de admiracion. Poco después, el sujeto anunció que se había roto la muñeca y publicó una imagen de rayos X de su presunto miembro fracturado. Imagen que, según han descubierto algunos seguidores, es sospechosamente idéntica a otra que aparece en una web médica. ¿Es o no es?

El Nobel de Química se pone al día con los deberes atrasados

No puedo negarlo: a uno se le queda cierta cara de escalera de color cuando un premio Nobel distingue hallazgos que ya figuraban en los libros de texto en los remotos tiempos del siglo XX en que a uno aún le salían espinillas.

Imagen de la Fundación Nobel.

Imagen de la Fundación Nobel.

Como ya he reflejado aquí anteriormente, la apuesta de un servidor iba para Emmanuele Charpentier y Jennifer Doudna, autoras de la tecnología de edición genómica CRISPR/Cas-9, un sistema molecular descubierto en bacterias que sirve para corta-pegar fragmentos de ADN y que promete innumerables aplicaciones desde la investigación básica a las terapias avanzadas. Charpentier y Doudna han merecido ya varios premios, incluyendo el Princesa de Asturias de Investigación 2015, y figuraban también en la quiniela de Thomson Reuters como favoritas para el Nobel (quiniela que, por cierto, este año no ha dado una a derechas).

La tecnología CRISPR/Cas-9 es hasta ahora el mayor avance de este siglo en biología molecular. Tan nuevo que aún está dando sus primeros pasos, en los que surgen nuevas maneras de aplicarlo, variaciones y mejoras al sistema. Tan nuevo que existe una disputa sobre la patente entre los equipos de Doudna y Charpentier y el investigador de Harvard Feng Zhang, el primero que lo aplicó en células humanas y que, para esquivar el embrollo, ha introducido una nueva alternativa a Cas-9 llamada Cpf1.

El sistema CRISPR merecerá un Nobel, no cabe duda. En su día, lejano él. Porque es evidente que el comité de los premios suecos no se distingue precisamente por andar a la última. Sus miembros prefieren los hallazgos ya reposados y consolidados, que han demostrado su relevancia larga y sobradamente sin posibilidad alguna de refutación. Y es probable que la disputa sobre la patente también haya aconsejado esperar para poder valorar el hallago biotecnológico del siglo con un poco más de perspectiva. Y para saber a quién atribuírselo.

El problema es que en ocasiones el reconocimiento llega tan tarde que los galardones se convierten más bien en homenajes a toda una trayectoria de venerables investigadores ya retirados. O en otros casos parece que el comité concede premios escoba, dicho con todo el respeto, en el sentido de recoger los hallazgos que quedaron atrás y que en su día no fueron reconocidos. Es decir, ponerse al día con los deberes atrasados.

Este último es el caso del Nobel de Química de este año 2015. El sueco Tomas Lindahl (actualmente en el Instituto Francis Crick y Laboratorio Clare Hall de Hertfordshire, Reino Unido), el estadounidense Paul Modrich (Instituto Médico Howard Hugues y Universidad de Duke) y el turco Aziz Sancar (Universidad de Carolina del Norte, EE. UU.), premiados “por sus estudios de los mecanismos de reparación del ADN”, aportaron los hallazgos merecedores del premio hace ya décadas, en los años 70 y 80 del pasado siglo.

Nada de lo cual resta importancia a los descubrimientos de los tres investigadores. Mientras escribo estas líneas, y ustedes las leen, millones de células de nuestros cuerpos están fotocopiando su ADN para preparar la división celular. Y vigilando este proceso están los mecanismos de reparación para asegurar que el original se mantenga en buen estado, que no se deteriore con defectos que lo dejarían inservible, y que la copia sea fiel al original para evitar las mutaciones que podrían provocarnos un cáncer.

Se trata de hermosos prodigios de la evolución que nos protegen, por ejemplo, de los daños de la luz solar ultravioleta o de los carcinógenos que entran en nuestros cuerpos a diario, y sin los cuales la vida sería imposible. La investigación sobre estos mecanismos prosigue hoy, con el objetivo de dominar su poder para devolver al redil a las células rebeldes del cáncer. Ya existe algún fármaco destinado no a potenciar, sino a inhibir un sistema de reparación para inducir el colapso total del ADN en las células cancerosas.

Eso sí: cuando lean por ahí algo parecido a “los hallazgos de estos investigadores permitirán curar tal o cual enfermedad”, no contengan la respiración. Han pasado ya décadas desde los hallazgos de estos investigadores, y hasta ahora estos mecanismos de reparación no se han traducido en una vía mayoritaria para atacar dolencias como el cáncer. Y en lo que respecta a la capacidad de manipular el ADN a voluntad y casi con una precisión quirúrgica… ¿he mencionado ya el sistema CRISPR?

Los neutrinos reciben un Nobel… y otro, y otro, y otro

Esta mañana hemos conocido el fallo de la Real Academia Sueca de las Ciencias sobre el Nobel de Física 2015, que ha galardonado al canadiense Arthur B. McDonald y al japonés Takaaki Kajita “por el descubrimiento de las oscilaciones de los neutrinos, que muestran que los neutrinos tienen masa”.

Imagen de Jonathunder / Wikipedia.

Imagen de Jonathunder / Wikipedia.

El de los neutrinos parece ser uno de los campos de la física que más resuena en los medios e interesa al público, y eso que algunos de los descubrimientos más esenciales sobre estas partículas aún están por venir.

Quien primero postuló su existencia fue Wolfgang Pauli, premiado con el Nobel; no por esta especulación teórica, sino por su famoso Principio de Exclusión. Hacia 1930 Pauli estudiaba la desintegración beta, un tipo de radiación emitida por ciertos isótopos favoritos de los bioquímicos como el carbono-14, el fósforo-32 o el tritio (hidrógeno-3). Mientras que la gorda radiación alfa, la del uranio o el plutonio, está compuesta por grandes núcleos atómicos que no atraviesan ni una hoja de papel, la radiación beta es más penetrante por sus partículas pequeñas, electrones o positrones, clásicamente llamados partículas beta.

A diferencia de la alfa, con la radiación beta ocurría algo extraño, y es que su espectro de energía es continuo, sin saltos; algo incongruente con el hecho de que un electrón tiene una energía discreta. Para explicar cómo se rellenaban esos huecos entre los saltos que deberían observarse, Pauli propuso la existencia de una partícula sin carga eléctrica y con masa muy pequeña. Inicialmente Pauli llamó a este factor “neutrón”, pero el nombre fue asignado simultáneamente a una partícula mucho más pesada del núcleo atómico. Se atribuye al físico italiano Edoardo Amaldi el haber acuñado el término “neutrino” casi como una italianización humorística de un neutrón más pequeño, y fue Enrico Fermi quien comenzó a popularizar este nombre.

La demostración de la existencia del neutrino tuvo que esperar 26 años, hasta 1956. Y la distinción del hallazgo con un premio Nobel aún debió esperar 39 años más, hasta 1995. Por entonces uno de sus dos autores, Clyde Cowan, ya había fallecido, por lo que el galardón fue para el otro, Frederick Reines. Sin embargo, otro Nobel para los neutrinos ya se había adelantado en 1988. Aquel año Leon Lederman, Melvin Schwartz y Jack Steinbergen recibieron el galardón por la demostración en 1962 de que existía más de un tipo de neutrino. Al neutrino electrónico o electrón neutrino descubierto por Cowan y Reines, los tres premiados en 1988 habían añadido un segundo “sabor”, el muón neutrino o neutrino muónico, que en el campo teórico antes de su demostración había recibido el también humorístico nombre de “neutretto“. El tercer sabor, el tauónico, no llegaría hasta 2000.

Los neutrinos quedaron así caracterizados como partículas sin carga que prácticamente no interactúan con las demás y que por lo tanto atraviesan cualquier materia, incluidos nosotros, sin sufrir alteración. Lo cual implica también que son muy difíciles de detectar. Según el Modelo Estándar de la física de partículas, los neutrinos no debían tener masa. Pero algo comenzó a levantar la sospecha de que no era así.

Buscando un tema interesante al que dedicarse, Raymond Davis Jr. construyó algunos de los primeros rudimentarios detectores de neutrinos con el fin de pescar esta esquiva partícula. En los años 60, Davis situó un tanque lleno de tetracloroetileno, el líquido de las tintorerías, en el fondo de una mina de Dakota. Con este experimento el físico logró por primera vez detectar neutrinos solares, algo que le valdría el Nobel en 2002 junto con el japonés Masatoshi Koshiba, el primero que detectó neutrinos cósmicos procedentes de una supernova desde el detector japonés Kamiokande; tercer Nobel para los neutrinos.

Sin embargo, el experimento de Davis dejó un problema pendiente: el número de neutrinos detectados era mucho menor del previsto según los modelos solares, algo que después corroboraron otros detectores. La incógnita quedaría pendiente de resolución durante décadas; pero entretanto, el italiano Bruno Pontecorvo elaboró una teoría que finalmente llegaría a explicar el misterio de los neutrinos desaparecidos.

El Observatorio de Neutrinos Sudbury, en Canadá. Imagen de Minfang Yeh, Ph.D.

El Observatorio de Neutrinos Sudbury, en Canadá. Imagen de Minfang Yeh, Ph.D.

Pontecorvo propuso que los neutrinos podían mutar, oscilar entre distintos sabores durante su viaje por el espacio. Esto explicaría que escaparan a los detectores capaces de pescar solo neutrinos electrónicos, pero al mismo tiempo requería que los neutrinos tuvieran masa, distinta para cada uno de los sabores; algo que no estaba contemplado en el Modelo Estándar. La oscilación de los neutrinos comenzó a ganar peso entre los físicos, pero no fue demostrada hasta finales de los 90 y comienzos de este siglo gracias a dos experimentos, el Sudbury en Canadá, liderado por Arthur B. McDonald, y el SuperKamiokande en Japón, dirigido por Takaaki Kajita. En particular, el primero era capaz de detectar todos los tipos de neutrinos. Con ello llegó la demostración de que los neutrinos poseen masa, aunque aún no se sabe cuánto. El hallazgo les ha valido hoy a ambos el Nobel, el cuarto para los neutrinos.

Hasta aquí, la información. Ahora, la opinión. Dejando aparte la aparente afición de la Real Academia Sueca de las Ciencias por premiar todo lo que sepa a neutrino, hay una clásica objeción al formato de los Nobel que se pone de manifiesto en este caso: el modelo del científico solitario y autosuficiente hace décadas que pasó a mejor vida. Con la finalización del Proyecto Genoma Humano a comienzos del presente siglo, muchas voces autorizadas se alzaron reclamando un Nobel para este logro. El problema era: ¿para quién?

Los premios suecos sostienen una fórmula de distinción individual que resulta obsoleta en la compleja ciencia actual, colaborativa y multidisciplinar. Al igual que el Genoma Humano, el Sudbury y el SuperKamiokande son experimentos complejos en los que probablemente han participado cientos de científicos. Recordemos la demostración del bosón de Higgs en el LHC; el Nobel fue para Higgs y Englert, sus teóricos; no habría habido manera de encajar al equipo del LHC en el formato de los premios. Si un equipo de científicos demostrara la evaporación de un microagujero negro creado experimentalmente, Stephen Hawking podría por fin recibir su Nobel. La teoría aún puede ser individual; la experimentación nunca lo es.

E incluso en este supuesto, pueden cometerse injusticias: tal vez Pontecorvo no haya podido recibir el Nobel como teórico de la oscilación de los neutrinos por la sencilla razón de que falleció en 1993. Pero en 2002 hubo un nombre fundamental que se quedó fuera de los premios: John Bahcall, colaborador de Davis y autor del sostén teórico en el que se basó el diseño experimental que llevó a la detección de los neutrinos solares.

Por no recordar los casos en los que un coautor esencial de un trabajo también ha sido excluido; un ejemplo es Rosalind Franklin, la investigadora que produjo los cristales sobre los que se estudió la estructura del ADN. Es cierto que Franklin ya había fallecido de cáncer cuando sus colegas Watson, Crick y Wilkins recibieron el premio; pero cuando hace unos años la Academia Sueca publicó sus archivos, se descubrió que Franklin nunca llegó a estar nominada.

¿Está la NASA esquivando la posible vida marciana?

Con todos los peros y salvedades que ya repasé en mi anterior artículo sobre el anuncio hecho público esta semana por la NASA, supongamos que, de acuerdo, aceptamos sales hidratadas por espectrometría píxel a píxel como animal de compañía: hay agua líquida fluyendo sobre Marte, ocasionalmente y en ciertas condiciones y emplazamientos concretos. Esto nos abre un paréntesis hasta la próxima vez que se nos anuncie que hay agua en Marte; y uno aún más largo, quizá infinitamente largo, hasta que se demuestre fehacientemente la verdadera presencia de agua líquida en Marte ante nuestros propios ojos, o más bien los de un robot destacado en destino. Lo de que esta agua proceda de un acuífero subterráneo, y no de la absorción de vapor atmosférico, ya es casi un deseo navideño.

Fotograma de la película 'The Martian' (2015). Imagen de Twentieth Century Fox.

Fotograma de la película ‘The Martian’ (2015). Imagen de Twentieth Century Fox.

Pero aún queda una burbuja de este plástico que el otro día dejé por explotar, y a la que ahora me dispongo a hincar las uñas. Durante la rueda de prensa retransmitida en directo por NASA TV, el periodista del New York Times Ken Chang planteó una pregunta similar a otras que hemos escuchado en anteriores convocatorias de la agencia relacionadas con Marte, hasta el punto de haberse convertido casi en un clásico.

Aunque con otras palabras, Chang vino a decir lo siguiente: si siempre hablamos de las pruebas que nos acercan hacia la posibilidad de descubrir vida en Marte, ¿por qué ninguna de las misiones actuales o planificadas de la NASA está específicamente diseñada para buscar esa vida en Marte? El periodista mencionó un comentario anterior de los oradores a propósito de la posibilidad de que el robot Curiosity, actualmente en Marte, inspeccionara unas marcas negras en su entorno que podrían ser Líneas Recurrentes en Pendiente, el tipo de estructuras en las que se ha detectado la presencia de agua líquida. A este respecto, Chang preguntó bajo qué condiciones podría llevarse a cabo esta investigación de Curiosity.

Quien respondió a la pregunta fue John Grunsfeld, físico, astronauta retirado y jefe del Directorio de Ciencia de la NASA. O mejor dicho, quien no respondió fue Grunsfeld, ya que se desmarcó hablando de protección planetaria, un asunto que también he tratado anteriormente en este blog en un par de ocasiones (una y dos).

En pocas palabras, la protección planetaria consiste en lo siguiente: a pesar de que las sondas sufren un estricto proceso de esterilización antes de empaquetarlas con destino al espacio, se sabe con certeza que un cierto número de microbios sobrevive a la descontaminación, especialmente aquellos que resisten las condiciones más extremas y que por tanto podrían medrar en ambientes como el marciano. Esto implica que los organismos terrestres podrían contaminar la posible vida nativa en lugares como Marte (e incluso que ya podrían haberlo hecho).

Pues bien, Grunsfeld decidió refrasear la pregunta de Chang de la siguiente manera: “¿Cómo podemos llevar una sonda como Curiosity, que puede no haber sido limpiada tan a fondo como, por ejemplo, las Vikings, a un área donde podría haber vida actual?”. Personalmente, y a riesgo de equivocarme, creo que este no era en absoluto el sentido de la pregunta del periodista. Pero lo relevante es que Grunsfeld no solo dribló hábilmente lo que parecía una crítica directa al programa de exploración marciana de la NASA, sino que además dijo literalmente lo que traduzco a continuación:

Así que hacemos todo lo posible [para esterilizar las sondas], y después enviamos nuestras sondas a áreas que pensamos son las menos sensibles a la posibilidad de contaminar vida presente en Marte.

¿Cómo?

¿La NASA ha estado deliberadamente esquivando los lugares de Marte donde piensa que hay más probabilidad de que exista vida?

Lo cierto es que, curiosamente, durante el proceso de selección del emplazamiento de aterrizaje de Curiosity la NASA publicó lo siguiente:

El sitio de aterrizaje ideal tendrá claras pruebas de un entorno habitable pasado o presente […] El sitio de aterrizaje ideal también contendrá los elementos esenciales para la vida tal como la conocemos.

Y a continuación, en el mismo documento:

En el interés de la protección planetaria, la NASA puede elegir excluir sitios para exploración en los que se crea que haya probabilidad de la existencia presente de vida microbiana.

¿Sí, pero no? ¿Cómo se compadecen una cosa y otra? ¿Queremos un lugar habitable, pero no demasiado, solo la puntita, no vaya a ser que realmente haya vida?

Si me fuera dado elegir, con gusto destinaría una cuota de mis impuestos a la NASA –la única agencia espacial que ha puesto gente en la Luna y ha aterrizado con éxito en Marte, la única que tiene la voluntad, en el único país que tiene el dinero, para enviar humanos a otro planeta–, detrayéndolos de otros fines que sostengo fiscalmente contra mi voluntad y sin que se me ofrezca la opción de desmarcar una casilla en mi declaración de la renta. Pero si efectivamente estuviera sosteniendo aquella agencia con mis impuestos, como hace todo estadounidense, estas palabras pronunciadas por el jefe supremo de toda la ciencia que se hace en la NASA me causarían una profunda decepción con retrogusto a camelo.

Por supuesto que la planificación de cada misión debería incluir el máximo esfuerzo mesurado de cara a la protección planetaria. Pero anteponer la protección planetaria a la investigación astrobiológica es como prohibir la ciencia en las reservas naturales por miedo a que los resultados no compensen el daño que pueda causarse al entorno.

El argumento de que la introducción inadvertida de vida terrestre podría impedir la detección de vida nativa es muy cuestionable. En cambio, el argumento de que la introducción inadvertida de vida terrestre podría aniquilar la vida nativa es bastante razonable. Pero incluso en este caso, es una cuestión de prioridades, y la NASA haría bien definiendo claramente las suyas. Toda elección implica un riesgo y una renuncia. Pero sin asumir ese riesgo y esa renuncia hoy no tendríamos luz eléctrica ni tratamientos contra el cáncer. Y en cuestión de prioridades, el objetivo más trascendental de la exploración espacial, el único que puede justificarse por sí solo, es la búsqueda de vida alienígena.

Agua en Marte: ¿gran hallazgo o campaña publicitaria?

No pretendo restar importancia a la presencia de agua líquida en Marte. La demostración fehaciente de que en nuestro vecino planetario existe agua líquida de forma estable y constante, y en cantidad suficiente para sostener (y haber sostenido durante largo tiempo) la vida será una noticia de inmenso calado científico. Cuando llegue. Si llega. Porque aún no lo ha hecho.

Marcas negras que representarían presuntas corrientes de salmuera líquida en Marte. La imagen es un modelo digital con falso color, creado a partir de las fotografías de la sonda MRO. Imagen de NASA/JPL/University of Arizona.

Marcas negras que representarían presuntas corrientes de salmuera líquida en Marte. La imagen es un modelo digital con falso color, creado a partir de las fotografías de la sonda MRO. Imagen de NASA/JPL/University of Arizona.

El anuncio hecho público ayer por la NASA, presentado al mismo tiempo por un equipo de investigadores en el Congreso Europeo de Ciencias Planetarias y publicado simultáneamente en la revista Nature Geoscience, ha encontrado hueco preeminente en los medios generalistas de todo el mundo. Lo cual es en sí mismo una buena noticia para la ciencia. O lo sería, si la misma tónica se mantuviera para otras informaciones que, como esta, no son esencialmente –y perdónenme el anglicismo– lo que por allí suelen llamar game-changing breakthroughs.

Permitan que me explique. El nuevo hallazgo, tal como ha sido comentado, se resume así:

  • Hay agua en Marte.
  • Esta agua forma corrientes líquidas estacionales.
  • Es la primera confirmación de agua líquida en la superficie del planeta.
  • Estas condiciones hacen a Marte más habitable.

En primer lugar debe subrayarse que la presencia de agua en Marte es un clásico. De hecho, y para el ser humano, podríamos decir que el agua en Marte ha existido para nosotros durante la mayor parte de nuestra historia; durante siglos se asumió que los casquetes polares observables con los telescopios estaban formados por hielo (lo que es parcialmente cierto). Solo tras refutarse la presunta teoría de los canales descrita por el astrónomo Percival Lowell en 1908, y al comprenderse que Marte era un lugar extremadamente gélido y árido, surgió la duda.

Una duda que se resolvió en 1963, hace ya más de medio siglo. Aquel año, tres astrónomos del Jet Propulsion Laboratory y de la Institución Carnegie publicaron en la revista Astrophysical Journal la confirmación de que en Marte existía vapor de agua. Es decir, agua.

Con el paso de los años se fue descubriendo que Marte posee rocas resultantes de la acción del agua y accidentes geográficos debidos a la erosión y sedimentación fluvial. La idea de que en Marte existieron, y aún podrían existir, acuíferos activos, data de los años 70. Por otra parte, la confirmación de la presencia de hielo llegó gradualmente por varias vías, hasta que la sonda Phoenix aportó la demostración definitiva in situ en 2008. Por si faltara algo, Phoenix incluso vio nevar en Marte.

En resumen, el agua en Marte se ha descubierto ya en innumerables ocasiones. Es cierto que la fase en que se halle esta agua no es en absoluto irrelevante para la presencia de vida; pero si hay agua, y a pesar de que las condiciones climáticas y atmosféricas de Marte no son precisamente amables (en aquella débil atmósfera el agua hierve a temperatura muy baja), es razonable pensar que al menos en ciertos lugares, por ejemplo bajo el suelo, y en ciertos emplazamientos y estaciones del año, pueda atravesar en algún momento una fase líquida.

En cuanto al segundo punto, el nuevo anuncio versa sobre un hallazgo que en realidad se produjo en 2011. Aquel año la revista Science publicaba un estudio que descubría, gracias a las imágenes en alta resolución tomadas por la sonda Mars Reconnaisance Orbiter (MRO), la presencia de unas marcas en ciertas pendientes marcianas semejantes a signos de torrenteras, que surgían en las estaciones más templadas y desaparecían en las más frías. Y dentro de la estricta prudencia obligada en los estudios científicos, los investigadores ya sugerían la presencia de salmueras líquidas como causas de estas marcas, prácticamente descartando otras hipótesis.

Naturalmente, hacía falta una demostración. Pero lo que tenemos ahora no lo es; es solo un indicio más. Según escriben los investigadores en su nuevo estudio, sus datos “apoyan fuertemente la hipótesis” de las salmueras líquidas. Analizando los espectros (firmas luminosas de los compuestos químicos de las marcas) en las imágenes tomadas por la MRO, los científicos han descubierto la presencia de sales hidratadas. Es una comprobación indirecta, pero no hay una demostración inequívoca; ya hemos visto el hielo en Marte, pero seguimos sin ver el agua. A diferencia del estudio de 2011, el actual no ha merecido publicarse en revistas de primera fila como Nature o Science, sino en Nature Geoscience; una revista de butaca preferente, pero que no deja de ser de segunda fila.

Por último, está la cuestión relativa a la vida. Los propios investigadores reconocen que el origen del agua asociada a las sales sea posiblemente el vapor atmosférico. Y aunque destacan que este fenómeno de absorción de agua (técnicamente, delicuescencia) presta refugio a ciertos microbios en el desierto chileno de Atacama, reconocen que muy difícilmente este mecanismo sería suficiente para sostener algún tipo de vida en Marte; al fin y al cabo, los microbios de Atacama han llegado hasta allí procedentes de una masa de biodiversidad enormemente extensa, tanto temporal como geográficamente. El de Atacama es uno de los nichos ecológicos más hostiles de la Tierra, y ha sido colonizado por especialización evolutiva a partir de una amplísima fuente de organismos vivos que han ocupado una enorme variedad de hábitats más permisivos. Si las escasas y ocasionales salmueras de Marte son lo más habitable que ha existido allí durante millones de años, y en ausencia de un freático subterráneo extenso y abundante que las alimente, pensar que aquello haya podido sostener comunidades microbianas viables a largo plazo es casi un absurdo biológico. Y plantear otra cosa es sencillamente engatusar.

Dicho todo esto, ¿por qué tanto bombo y platillo? Aunque en cierto telediario de ámbito nacional se ha afirmado hoy que el anuncio de la NASA “ha sorprendido a la comunidad científica”, no es así; la información estaba disponible, embargada, en la web de Nature desde casi una semana antes. Muchos periodistas de ciencia la conocíamos con antelación, juzgando que su nivel de impacto era inferior al del estudio de 2011, que en su momento no copó titulares en la prensa. De hecho, hoy los sorprendidos hemos sido nosotros al comprobar cómo se ha sobredimensionado el alcance de la noticia.

La clave está en la rueda de prensa de la NASA. Fue el anuncio de esta convocatoria, junto con el astuto uso de la palabra “misterio”, el que engordó el interés por una noticia que finalmente pareció decepcionar a los asistentes que abarrotaban el auditorio James Webb en Washington. Tal vez los periodistas presentes esperaban alguna nueva revelación de mayor impacto no incluida en la información embargada.

La pregunta es: ¿por qué la NASA decide organizar semejante convocatoria en una ocasión como esta, para anunciar un simple indicio de apoyo a un descubrimiento realizado hace cuatro años?

La agencia estadounidense posee una poderosa maquinaria de márketing, y sus directivos conocen la influencia de su poder divulgativo en los medios de todo el mundo. Hoy las malas lenguas comentan la curiosa coincidencia de la rueda de prensa con el estreno de la película de Ridley Scott The Martian, que ha contado con el patrocinio de la NASA. El pasado verano el autor de la novela, Andy Weir, relataba a Wired que la agencia estaba entusiasmada con la historia porque la veía como “una oportunidad para reenganchar al público a los viajes espaciales”. Wired añadía que “para una misión a Marte, la agencia necesitaría entre 80.000 y 100.000 millones de dólares en los próximos 20 años, algo que hasta ahora el Congreso se ha negado a aprobar”. Que cada cual saque sus propias conclusiones.

Martin Shkreli, el ser inhumano

En general, el que suscribe no es muy dado a suscribir. Pero hoy no puedo evitar sumarme a la oleada de repulsa que ha provocado en todo el mundo la información publicada por el New York Times sobre Martin Shkreli, un tipo que ha pasado meteóricamente de ser un desconocido para el público en general, en el que me incluyo, a convertirse en un personaje aborrecido por el público en general, en el que también me incluyo.

Martin Shkreli, durante una entrevista para la cadena CNBC.

Martin Shkreli, durante una entrevista para la cadena CNBC.

El mérito de Shkreli para figurar en el principal diario del planeta Tierra y con ello merecer el desprecio colectivo consiste en dedicarse a la especulación financiera; algo que no sería notoriamente novedoso de no ser porque los bienes con los que especula son fármacos. En esta ocasión, el pasado agosto Shkreli adquirió para su compañía, Turing Pharmaceuticals, los derechos de un medicamento llamado Daraprim (genérico: pirimetamina), empleado para tratar la toxoplasmosis. Seguidamente, Shkreli decidió aumentar el precio del fármaco en más de un 5.500%, de 13,50 dólares la tableta a 750 dólares.

En realidad, la maniobra de Shkreli no resulta sorprendente si se tiene en cuenta el historial previo del personaje. Según informa el NYT, Shkreli destacó anteriormente desde su compañía de hedge funds MSMB Capital cuando fue acusado de manipular los dictámenes de la Agencia de Alimentos y Fármacos de EE. UU. (FDA) en beneficio propio, tratando de bloquear la aprobación de medicamentos a cuyas empresas propietarias le interesaba hundir. Más tarde fundó Retrophin, una farmacéutica en la que inició su práctica de comprar medicamentos olvidados para disparar sus precios. Shkreli fue despedido de esta empresa bajo la acusación de emplear fondos de la compañía para pagar a los inversores de sus hedge funds. Este es su currículum a sus 32 añitos.

El de Shkreli no es un caso aislado, como también señala el NYT, sino que se enmarca en una reciente (y rentable) práctica de varias compañías de adquirir los derechos de medicamentos viejos y de bajo uso para multiplicar sus precios y convertirlos en fármacos de élite. En general suele tratarse de compuestos cuyas patentes ya han expirado, y por tanto existe la posibilidad de disponer de genéricos.

El problema es que la aprobación de un genérico requiere ensayos de comparación con el fármaco original, y tanto Shkreli como otros dedicados a este tipo de especulación aplican un estricto control a la distribución de sus medicamentos para impedir que las compañías de genéricos se hagan con las muestras necesarias. Y por otra parte, si el precio de venta de un fármaco de marca se dispara, los fabricantes de genéricos difícilmente van a encontrar un incentivo para mantener sus precios ajustados a un valor que ya no es el del mercado.

Tras saltar la noticia, Shkreli se ha defendido alegando que se trata de un fármaco de aplicación minoritaria, que incluso con la subida el precio se mantiene por debajo del de otros medicamentos similares, y que los afectados que no pudieran costeárselo lo recibirían gratis. Además, Shkreli afirmó que los beneficios se invertirán en la investigación de tratamientos alternativos contra la toxoplasmosis con menos efectos secundarios. Cabe destacar que Shkreli carece por completo de un historial en el campo de la I+D farmacéutica; su perfil no es el de alguien que crea, sino el de alguien que compra y vende lo que otros han creado.

Obviamente, las alegaciones no se sostienen. En lo que se refiere a la epidemiología de la toxoplasmosis, esta infección es el motivo por el que típicamente se recomienda a las mujeres embarazadas que eviten el contacto con los gatos. El Toxoplasma gondii es un parásito unicelular que en las personas sanas no suele provocar síntomas, pero que puede ser peligroso e incluso letal en pacientes inmunodeprimidos (incluyendo los afectados por VIH, trasplantados y enfermos de cáncer) y en la transmisión materno-fetal.

Quizá lo más curioso es que el toxoplasma es en realidad uno de los parásitos humanos más extendidos del mundo. Una revisión publicada en 2014 en la revista PLOS One estimaba que entre el 30 y el 50% de la población mundial lo posee, en la mayor parte de los casos de forma asintomática. En algunas regiones del planeta la prevalencia es de solo el 1%, pero en otras llega al 100%. Los datos sitúan la prevalencia en España en un 32% entre las mujeres en edad fértil. ¿Hay algún negocio potencialmente más rentable que el de vender algo que podría llegar a necesitar casi la mitad de la humanidad?

Asediado por las críticas, Shkreli –cuya cuenta de Twitter está protegida— ha decidido de momento suspender el aumento de precio, según una entrevista concedida a la cadena NBC en la que aseguró que el precio será “más accesible”, de modo que permita a su compañía obtener “un beneficio muy pequeño”. “Pienso que en la sociedad en la que vivimos hoy es fácil tratar de villanizar a las personas”, añadió Shkreli en un alarde de aleccionamiento moral. El NYT trató de recabar los comentarios de Shkreli, a lo que el especulador respondió en un email: “Creo que nuestra relación se ha terminado”.

Quizá es conveniente subrayar que las maniobras de Shkreli son perfectamente legales. Pero se le podría aplicar lo mismo que a ciertos implicados en delitos de corrupción cuando hacen frente a las cámaras con la siguiente aseveración: “Yo tengo la conciencia muy tranquila”. El error consiste en creer que la conciencia viene de serie en el ser humano, como las orejas. Es evidente que la rectificación de Shkreli obedece simplemente a una estrategia, y no a un arrebato de conciencia. No se puede tener tranquilo algo que sencillamente no se tiene.