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“Un descubrimiento científico produce un subidón como tocar música punk”

Al hilo de mi artículo anterior sobre Milo Aukerman, he recordado que hace algo más de dos años le hice una breve entrevista de la que saqué un par de extractos para un reportaje sobre la relación entre ciencia y punk. Por entonces Aukerman aún trabajaba en DuPont. Creo que merece la pena traer aquí aquella pequeña entrevista, porque el líder de Descendents destacaba la visión recíproca de la que he tratado en esta miniserie: si el rock parece atraer especialmente a los científicos, la ciencia también puede atraer a los aficionados al rock; o en este caso, el punk. Así lo cuenta el líder de Descendents:

Milo Aukerman. Imagen de Twitter.

Milo Aukerman. Imagen de Twitter.

Uno de los lemas del punk era “No Future”. ¿Su caso demuestra que sí lo había?

La idea de los punks como escoria tiene que cambiar, porque no refleja la realidad. Siempre he considerado el punk más como una música que como un estilo de vida, así que en este sentido es fácil moverse más allá de la caricatura estándar del “idiota inmaduro y drogadicto” ejemplificado por Sid Vicious, por poner un caso.

Entonces, ¿qué opina de la corriente más callejera y antisocial del punk?

No pretendo menospreciar el estilo de vida del punk callejero, pero eso es todo lo que es, un estilo de vida. Uno puede disfrutar de la música punk y aun así llevar una vida normal, estudiar, conseguir un trabajo, y todo ello sin modificaciones corporales ni maltratarse a uno mismo. Simplemente, los punks proceden de diferentes ambientes económicos, culturales y educativos, y todos deberían considerarse legítimos, y todos han contribuido a la democratización del punk como hoy lo conocemos.

¿En qué quedó entonces la rebeldía que ha sido el sello del punk?

Por supuesto, en el corazón del punk está la rebelión, pero uno puede rebelarse de muchas maneras. Rechazar las normas de la sociedad es una de ellas, pero el punk también consiste en la aceptación de la individualidad, y si un punk puede encontrar la felicidad en un trabajo y una familia, mejor para él. También me gustaría destacar que el punk es una salida creativa y una manera para los punks de sentirnos jóvenes, y si no hubiera sitio en ello para los casados con hijos y un empleo, bueno, probablemente yo ya me habría suicidado.

¿Qué tienen en común ciencia y punk?

Realmente es extraño cómo el punk tiende a atraer a los científicos…  Están Greg Graffin y Dexter Holland, por ejemplo, y yo mismo. Probablemente tengamos distintas visiones de los paralelismos entre ambos; sé que Greg los ha comparado refiriéndose al cuestionamiento de lo establecido inherente a la ciencia y el punk.

¿Y usted?

Yo veo los paralelismos en la creatividad y el aspecto del “hazlo tú mismo”.

Pero toda la música es creativa. ¿Qué tiene de especial el punk?

Obviamente, toda música requiere creatividad, pero el punk en particular pone a la persona de la calle en el asiento del conductor, debido a esa naturaleza del “hazlo tú mismo”. Esta capacidad del punk de crear algo de la nada, y de hacerlo sin una tonelada de infraestructura, me atrae del mismo modo que la ciencia, al menos el tipo de ciencia aguerrida que me interesa (en oposición a la Gran Ciencia). El otro aspecto que puedo apuntar es la naturaleza visceral del punk, la euforia total que provoca la música. Cuando descubro algo en el laboratorio, siento algo muy similar. El subidón que uno puede sentir con el punk se parece al del descubrimiento científico. Y aunque no sea exactamente lo mismo en ambos casos, la intensidad de esa sensación puede ser adictiva. En resumen, en cuanto a la naturaleza cuestionadora de ambos, y en su capacidad para emocionar e inspirar, pienso que la ciencia es un buen encaje para los punks.

Milo Aukerman (Descendents), (ex)biotecnólogo vegetal

“Tengo un doctorado en bioquímica. ¿Hay algo que mole menos?”. Él siempre ha cultivado deliberadamente esa imagen de empollón anti-rockstar, bicho raro con gafas y ropa de persona normal. Tanto se ha recreado en su propia personificación del tópico motivador de esta pequeña serie que, en lugar de pisotear la caricatura burlona que le hizo un compañero del instituto, y que fue utilizada para una campaña de las elecciones a delegado de curso (“no seas como Milo, vótame”), la tomó como inspiración para el garabato-mascota que adorna la mayoría de sus discos. A quienes vivieron aquellos años, tal vez llegue a recordarles vagamente al genial Poch. Ya sabrán, y si no ya se lo cuento, que les estoy hablando del doctor

Milo Aukerman

Milo Aukerman con Descendents en un concierto en California en 2014.

Milo Aukerman con Descendents en un concierto en California en 2014.

Las rarezas de Milo Aukerman comienzan por el hecho de que él ni siquiera fundó ni nombró la banda de la que llegaría a convertirse en alma e imagen. Descendents es la criatura de Frank Navetta y Dave Nolte, amigos del colegio de Manhattan Beach (Los Ángeles) que comenzaron a tontear con los instrumentos allá por 1977, el año de la explosión del punk. El grupo fue desde el principio un ir y venir. Nolte se marchaba, llegaban Tony Lombardo y Bill Stevenson, quien a su vez en 1980 traería a su amigo de clase para ocuparse de las voces, un tipo nerdy llamado Milo Aukerman.

Curiosamente Stevenson, el batería del grupo, es el único superviviente de la formación original, mientras que Aukerman, con su look antitético del ídolo punk, se convirtió en la esencia visible de Descendents. Hasta tal punto que, durante sus ausencias, el resto de los miembros cambiaban de marca para transformarse en All. La primera de ellas, cuando Milo dejó la banda para marcharse a estudiar biología a la Universidad de California en San Diego. Aquel hito quedó marcado en el primer LP de Descendents, Milo Goes to College.

Portada de Milo Goes to College (1982).

Portada de Milo Goes to College (1982).

Desde entonces (1982) hasta hoy, o mejor dicho hasta ayer, Descendents ha sido un grupo Guadiana, apareciendo y desapareciendo. En el camino han ido dejando siete álbumes de estudio y otros discos que han ejercido una influencia mucho mayor sobre otras bandas y corrientes de lo que su limitada difusión daría a entender. Descendents entra en esa categoría que algunos llaman grupos de culto. Experimentando con sonidos desde el hardcore punk al pop o el surf, pasando por lo inclasificable, muchos ven en ellos los inventores de estilos como el pop punk y el skate punk, los padres de grupos como The Offspring y Green Day, y en general una influencia clave en el punk californiano.

Para ilustrar sus excentricidades, basta repasar las constantes que han marcado la identidad del grupo a lo largo de su errática carrera: el café, los pedos (sí, han leído bien) y un eterno peterpanismo que dejaron escrito en uno de sus discos, I Don’t Want to Grow Up.

Descendents tocando en 2014 en California. Imagen de Wikipedia.

Descendents tocando en 2014 en California. Imagen de Wikipedia.

La razón de esta carrera sinuosa ha sido la dedicación preferente de Aukerman a lo que él siempre contempló como su verdadero trabajo, la biología; la música era solo un divertimento. Tras terminar su carrera, se enganchó a un doctorado en la universidad donde había estudiado. En 1992 se ganaba los galones de doctor con la tesis Analysis of opaque-2 function in maize, un estudio sobre una mutación espontánea del maíz que origina plantas con mayor contenido en los aminoácidos esenciales triptófano y lisina.

La variedad de maíz opaque-2, descrita por primera vez en 1964, interesó mucho en los años 70 para la alimentación de animales de granja por su alto valor nutritivo, pero no servía para consumo humano por su sabor diferente y sus granos blandos. En 1989, investigadores italianos publicaban la secuencia del gen opaque-2 y descubrían que producía una proteína cuya probable función era la activación de otros genes. Al año siguiente, un nuevo estudio en la revista PNAS describía con detalle la proteína producida por el gen opaque-2 y su función activadora. Uno de los cuatro firmantes del trabajo, todos ellos de la Universidad de California en San Diego, era un tal Milo J. Aukerman.

Como resultado de su trabajo de tesis, Aukerman publicaría otros cuatro estudios más (1991, 1992, 1993a, 1993b) y una revisión (1994) detallando la función de opaque-2 y la naturaleza de la mutación. El maíz opaque-2 después serviría como base a otros investigadores para obtener la variedad llamada Quality Protein Maize, cultivada en varios países del mundo y que ha llevado alimento de alto valor nutritivo a regiones deprimidas.

Con un valioso equipaje de tesis doctoral y siete publicaciones (antes de dedicarse al maíz, ya había publicado un primer estudio en 1989 sobre un mecanismo molecular de la fecundación del erizo de mar), se trasladó a Madison para trabajar como investigador postdoctoral en la Universidad de Wisconsin (y curiosamente, con ello hacía el recorrido contrario a Greg Graffin de Bad Religion). Allí comenzó a analizar los mecanismos moleculares que regulan la floración de la planta Arabidopsis thaliana, el equivalente vegetal de los ratones como modelo de laboratorio. El primer estudio en el que participó, publicado en 1994, identificaba un gen llamado LUMINIDEPENDENS que está implicado en regular el tiempo de floración a través de la sensibilidad a la luz.

Aukerman pretendía hacerse con una plaza de profesor en la Universidad de Wisconsin, pero ciertos amigos suyos empleados de la multinacional DuPont le recomendaron que solicitara un puesto en los laboratorios de la firma dedicados a investigación en biotecnología vegetal. Hacia 2002 o 2003, Aukerman se trasladó a Delaware y comenzó a trabajar en DuPont, estudiando los mecanismos moleculares de la floración y el desarrollo de plantas. En esta etapa ha publicado otros diez estudios, incluyendo una minirrevisión en la revista Cell, una de las más importantes en biología.

Como contribución más relevante, un estudio dirigido por Aukerman y publicado en 2003 fue uno de los primeros en mostrar la regulación de genes temporales (en este caso, de floración) en plantas mediante pequeñas moléculas de ARN llamadas miRNAs (que ya expliqué al hablar de Dexter Holland), y la posibilidad de controlar estos genes mediante versiones artificiales de esos reguladores. Las aplicaciones finales del trabajo de Aukerman se dirigen a la obtención de variedades vegetales mejoradas con rasgos interesantes de cara a la producción, un campo en el que DuPont es uno de los líderes mundiales.

Pero todo eso ha sido hasta este año. Hacia el verano pasado, Aukerman anunciaba que abandonaba la ciencia para volcarse profesionalmente y por entero en Descendents. Las razones son fáciles de imaginar. Según él mismo contaba, los primeros años en DuPont fueron provechosos, con una labor de investigación similar a la que desempeñaba en la universidad, pero sin el engorro de depender de becas y subvenciones (y aunque esto no lo ha dicho, obviamente con un salario incomparablemente más jugoso).

Portada de Hypercaffium Spazzinate (2016).

Portada de Hypercaffium Spazzinate (2016).

Pero la empresa es la empresa. Con el tiempo se vio obligado a seguir líneas que no le interesaban, y el trabajo se volvió monótono. Además, pronto descubrió que nunca ascendería la escalera de los puestos directivos; él lo sabía, y DuPont lo sabía. Finalmente, cuando estaba acariciando la idea de largarse, le despidieron.

Con 53 años, Aukerman comienza por primera vez en su vida una carrera musical con dedicación plena. Perdemos un científico brillante, pero a cambio ganamos Descendents. Y debo confesarles, aunque me esté mal decirlo, que me alegro de ello. Ya tenemos el primer fruto: este año, el grupo ha lanzado con Epitaph Records (el sello fundado por Brett Gurewitz de Bad Religion) su primer disco de estudio en 12 años, Hypercaffium Spazzinate. La portada repite maravillosamente la línea clásica del grupo: caricatura de Milo, esta vez (irónicamente) frente a dos probetas y un matraz Erlenmeyer. Y por cierto, en una de las probetas aparece escrita la fórmula química C8H10N4O2. ¿Adivinan de qué compuesto se trata? Eso es: ¡cafeína!

Greg Graffin (Bad Religion), el pensador biológico

Basta una búsqueda en las bases de datos para encontrar su nombre en los agradecimientos de un buen número de tesis doctorales. Las de todos aquellos que se han criado, o incluso han investigado, escuchando temas como We’re Only Gonna Die, Generator, American Jesus, 21st Century Digital Boy, o cualquier otro de los 16 álbumes grabados por Bad Religion en sus 37 años de historia (o de los dos publicados por él en solitario, en una línea más folk). Pero que también han encontrado inspiración científica, y un contraejemplo del falso mito del científico como un sucker melindroso, en el líder del grupo: les presento al doctor

Greg Graffin

Greg Graffin. Imagen de su Twitter.

Greg Graffin. Imagen de su Twitter.

A los más jóvenes quizá les cueste creer que bajo esa calva expansiva, ese pelo encanecido, esas gafas de pasta y ese look de profe de mates se esconda una leyenda del punk que aún sigue en activo. Quienes aún no lo conozcan están a punto de descubrir a un personaje sorprendente. Para otros no necesitará presentación. Pero advierto: a pesar de mi admiración por el tipo, su banda y su música, este comentario contiene una crítica que detallaré más abajo.

Por avatares familiares, Gregory Walter Graffin III cambió los puentes de Madison de su Wisconsin natal por la costa de California, donde la pólvora del punk prendía en el segundo lustro de los 70. Como muchos otros a los 15 años, Graffin se unió a sus amigos del instituto para fundar una banda. Y a la hora de elegir un nombre, si a los adolescentes les gusta molestar a los adultos, y si una de las señas del punk es la provocación… Punks adolescentes, provocación al cudrado: Bad Religion, y un símbolo consistente en una señal de prohibido sobre una cruz, el Crossbuster.

Bad Religion tocando en 2013 en Finlandia. Imagen de Wikipedia.

Bad Religion tocando en 2013 en Finlandia. Imagen de Wikipedia.

Pero aunque haya a quienes la iconografía de Bad Religion les enganche al grupo, y a quienes en cambio les repela, lo cierto es que nadie se mantiene casi cuatro décadas en la música escondiéndose tras un logotipo. Aunque la simbología les abriera la puerta en sus comienzos hacia una cierta notoriedad local, si Bad Religion ha perdurado hasta hoy es gracias al talento que Graffin y sus compañeros han desplegado en la música y en los breves manifiestos con fundamento que embuten entre verso y verso.

Símbolo de Bad Religion. Imagen de Wikipedia.

Símbolo de Bad Religion. Imagen de Wikipedia.

De hecho, la religión ha sostenido un papel protagonista en las dos vertientes de la carrera de Graffin, la musical y la académica. Pero en un sentido bastante más complejo y reflexivo que el que podría entenderse de una simbología adolescente de la que el grupo no reniega, pero que sí matiza: el Crossbuster es más un símbolo general anti-establishment que específico antiteísta o anticristiano, decía la banda en el DVD en vivo Along the Way.

Entiéndase: Graffin es ateo. Pero más que declararse como tal, suele describirse como naturalista. Es decir, una definición que no se basa en una fe negativa –la convicción de que Dios no existe–, sino en un positivismo positivo –la evidencia de que las leyes naturales bastan para explicar el mundo de cabo a rabo–. Graffin considera que la religión no libera a las personas, sino que las aprisiona con dogmas que restringen su pensamiento; pero que ellas mismas deben llegar a esta conclusión a través del conocimiento, un proceso en el que los científicos deben desempeñar un papel clave. De hecho, y que entienda quien quiera entender, en alguna ocasión Graffin ha incluido en esta misma categoría de dogmatismos perniciosos a, por ejemplo, los nacionalismos.

Es por esto que, cuando Graffin se enfrentó a la tarea de echarse a la espalda una tesis doctoral, dejó atrás la antropología y la geología que había estudiado durante su carrera en la Universidad de California en Los Ángeles para trasladarse a la de Cornell en Nueva York y ponerse bajo la supervisión del prestigioso biólogo evolutivo Will Provine. Para su tesis, Graffin elaboró una encuesta que envió a un par de centenares de biólogos evolutivos de todo el mundo para conocer sus opiniones sobre la relación entre ciencia y religión, y sobre las ópticas respectivas de ambas en campos como la moral, el libre albedrío o la percepción de la realidad.

Los resultados sorprendieron a Graffin. De los 149 que respondieron a la encuesta, la inmensa mayoría dijo no creer en Dios, pero también la mayoría contemplaba una compatibilidad entre ciencia y religión que para el cantante de Bad Religion suponía “deshonestidad intelectual”, ya que, decía, ambas ofrecen esquemas de explicación mutuamente excluyentes, sin posibilidad de un encuentro entre el naturalismo y el sobrenaturalismo. Y para Graffin, los biólogos evolutivos deberían liderar la transición intelectual entre ambos.

Pero lo mejor es que sea el propio Graffin quien resuma el contenido de su tesis, titulada Monism, Atheism, and the Naturalist World-view: Perspectives from Evolutionary Biology (Monismo, ateísmo y la visión naturalista del mundo: perspectivas desde la biología evolutiva), y leída finalmente en 2003 tras un lapso de varios años de dedicación a la música. Aquel mismo año el profesor de historia Preston Jones, de la Universidad John Brown, cristiano y seguidor de Bad Religion desde 1994, escribió un email a Graffin presentándose como un fan del “lado religioso”. Para sorpresa de Jones, Graffin le respondió. Y así fue como definía su trabajo de doctorado en aquel correo:

Se refiere a la intersección entre biología evolutiva y teología, y las varias formas de compatibilidad. He descubierto que los biólogos evolutivos rebajan la religión en un grado significativo para hacerla compatible con la ciencia. Piensan que están haciendo un servicio a las personas religiosas al suscribirse a una forma de compatibilidad –es decir, manteniendo que la religión y la biología evolutiva son compatibles. Según la mayoría de los biólogos evolutivos, no hay conflicto entre evolución y religión en una condición importante: ¡que la religión es esencialmente ateísta! Sé que suena a locura, pero este es el resultado de mi disertación.

Jones respondió a su vez, y así comenzó un largo e interesante intercambio de correos y puntos de vista que posteriormente el profesor recogería en 2006 en un libro titulado Is Belief in God Good, Bad or Irrelevant? A Professor and a Punk Rocker Discuss Science, Religion, Naturalism & Christianity (¿Es la creencia en Dios buena, mala o irrelevante? Un profesor y un rocker punk discuten sobre ciencia, religión, naturalismo y cristianismo). Una lectura recomendable (y fácil) para todos aquellos con inquietud filosófica sobre el mundo que nos rodea y sus explicaciones.

Bad Religion en 2007. Imagen de Wikipedia.

Bad Religion en 2007. Imagen de Wikipedia.

La religión se entrelaza con la vida de Graffin de formas tan curiosas que desconcertarán a algunos. Su actual mujer, Allison Kleinheinz Graffin, es católica. Su viejo compañero y amigo Brett Gurewitz, guitarrista de Bad Religion y creador del Crossbuster (además de fundador del sello Epitaph Records), se confiesa “deísta provisional”. En entrevistas recientes, Graffin ha dicho cosas como que “no tiene sentido denigrar a la gente que tiene esa visión del mundo de compatibilidad entre religión y evolución. Esta es la visión predominante de la mayoría de la gente cultivada del planeta, así que no hace ningún bien tratar de menospreciarlos”. O como que no pretende “demoler la religión, sino identificar sus defectos fatales”. Jones llegó a decir de él que es “una persona de fe” en una “búsqueda religiosa”.

Incluso, y para los fans más aficionados al bizarre, existe un disco navideño lanzado por Bad Religion en 2013, titulado Christmas Songs y que contiene magníficas versiones punk de ocho villancicos tradicionales anglosajones. Pero mientras que otros grupos punk han grabado clásicos navideños rehaciendo las letras a su gusto, no así Bad Religion. Y no me negarán que tiene su gracia escuchar la voz de Greg Graffin (que comenzó su carrera en un coro de iglesia) cantando versos como “gloria a Dios, gloria en las alturas, vayamos a adorar a Cristo el Señor”. Por cierto, la banda donó el 20% de los ingresos del disco a una organización de ayuda a las víctimas de abusos sexuales por sacerdotes.

Además de todo lo anterior, y de continuar manteniendo viva una de las bandas matriarcales del punk, actualmente Graffin imparte clases ocasionales en las Universidades de Cornell y de California en Los Ángeles. Ha reeditado su tesis y ha publicado un par de libros, Anarchy Evolution: Faith, Science, and Bad Religion in a World without God y Population Wars: A New Perspective on Competition and Coexistence. Sin embargo, parece tener una espina clavada; en una entrevista en Nature publicada en 2010, se quejaba de que su condición de músico famoso le perjudicaba a la hora de ganar el respeto de sus colegas científicos. “Se me critica más por mi ciencia por el hecho de que he tenido éxito en la música”, decía.

Pero, y por fin toca la crítica de la que advertía arriba, en esto el doctor Graffin se equivoca. Libros publicados, comentados y leídos; artículos en revistas como Scientific American; entrevistas en Nature; premios; un ave fósil del Cretácico nombrada en su honor (Qiliania graffini); clases no en una, sino en dos universidades de prestigio, pero a voluntad, sin la tiranía de la dedicación plena que él no necesita… Nada de esto existiría de no ser porque G. W. Graffin es Greg Graffin. Porque le falta algo, una palabra mágica en ciencia:

Publicaciones.

Una carrera científica se construye larga y trabajosamente sobre la base de las publicaciones científicas. Los libros y todo lo demás viene después.

'Qilania graffini', ave del Cretácico nombrada en honor de Greg Graffin. Imagen de Zoological Journal of the Linnean Society.

‘Qiliania graffini’, ave del Cretácico nombrada en honor de Greg Graffin. Imagen de Zoological Journal of the Linnean Society.

Tomemos como ejemplo al supervisor de la tesis de Graffin. Will Provine, fallecido en 2015, era una eminencia con una valiosa lista de publicaciones. Entre sus méritos figura haber inspirado la idea que dio lugar a un concepto manejado por la biología evolutiva actual, el de autoestopismo genético, o genetic draft: la idea de que ciertas variantes génicas prosperan en una población no porque confieran ninguna ventaja, sino porque están físicamente ligadas en su cromosoma a otros genes que sí son beneficiosos. En otras palabras, que la unidad mínima de selección no es el gen.

Por más que he buscado, solo he podido encontrar un único estudio publicado por Graffin en 1992 en la revista Journal of Vertebrate Paleontology, de su época universitaria como paleobiólogo de campo. ¿Cómo espera Graffin que la comunidad científica le valore, cuando la comunidad científica no ha tenido la oportunidad de evaluar formalmente su trabajo como biólogo teórico? Él mismo hacía notar que “los científicos académicos no están generalmente interesados en los libros para el público”. El canal de la ciencia es el sistema de revisión por pares de las revistas científicas. No es ni mucho menos perfecto. Pero parafraseando a Churchill, es el peor posible, exceptuando todos los demás.

Por muy Greg Graffin que sea uno, deberá enfrentarse a los muchos rechazos, frustraciones, correcciones, enmiendas y ocasionales alegrías finales del sistema de publicación científica. En la ciencia no hay atajos. En varias entrevistas, incluida una muy breve que tuve ocasión de hacerle yo mismo por email hace un par de años, Graffin ha equiparado ciencia y punk en que un nombre desconocido puede desafiar a la autoridad y desatar toda una revolución. Y es cierto, pero entre ambos mundos hay una diferencia esencial: en la música, un grupo de éxito puede publicar un mal disco. En la ciencia, ni un premio Nobel puede publicar un mal estudio (al menos en teoría). Pero Graffin es también famoso por su infatigable capacidad de trabajo. Así que esperemos seguir teniendo Doctor Graffin y Bad Religion por muchos años.

American Jesus from Bad Religion on Vimeo.

Dexter Holland (The Offspring), investigador del VIH

Según esa maldita efigie popular y estereotipada, el científico es un tipo/a físicamente mal acabado como un Lada de los 70, incapaz de conjuntar los calcetines y con una inteligencia social tan ínfima como elevado es su genio intelectual. Y que posiblemente cantaría de memoria todas las Lieder de Schubert, pero que no tiene la menor idea de quién era Lou Reed.

Este absurdo tótem ya no solo se perpetúa en películas y series de televisión, sino que llega hasta Clan, el canal infantil de TVE: un personaje llamado Doctor Einstein, por otra parte muy simpático, deja clara la elección a los niños desde que son pequeñitos: o eres guay, o eres científico.

Nombres como el de Brian May, cuyo caso conté ayer, suelen adornar listas de curiosidades sobre celebrities o estrellas del rock. Por algún motivo, parece que al presentar estos casos como rarezas se declara explícitamente que el rock y el trabajo intelectual de la ciencia se contemplan como mundos incapaces de encontrarse.

Todo lo cual, como sabe cualquiera que haya habitado el ecosistema de la investigación, es un mito sin ningún fundamento en la realidad. De hecho, incluso podría decirse que entre los científicos existe una especial inclinación a hacer ruido con instrumentos; es decir, a los géneros musicales más decibélicos, como el heavy o el punk en todas sus formas y variaciones. Aunque por supuesto, no todos convierten ese ruido en algo que merezca la pena escuchar, y solo a unos pocos les lleva a alcanzar una fama impensable desde el laboratorio.

Y en concreto, biología y punk parecen entrelazarse misteriosamente en un buen número de casos; pero sobre todo en un trío de ases, los tres californianos de nacimiento o de adopción, y cuyo primer representante traigo hoy:

Dexter Holland (The Offspring)

Dexter Holland y The Offspring tocando en 2009 en Budapest (Hungría). Imagen de Wikipedia.

Dexter Holland con The Offspring tocando en 2009 en Budapest (Hungría). Imagen de Wikipedia.

Bryan Keith Holland sí que parece todo un estereotipo, pero de su ambiente de crianza: el condado californiano de Orange (O. C.), hogar de los descapotables, el surf y las mansiones de estilo hispano con criados hispanos. Pero también de los chicos rebeldes atizando una batería y aserrando las cuerdas de una guitarra en el garaje de sus padres. Con su pelo rubio pollito, sus ojos azules y su porte un poco a lo Biff Tannen de Regreso al futuro, Dexter Holland (su nombre de guerra) pasaría por el típico quarterback de High School, de no ser porque tiene una buena cabeza sobre los hombros: fue el mejor de su clase, destacando sobre todo en matemáticas.

El mismo año de su graduación en el instituto, 1984, Holland cofundó Manic Subsidal, un grupo que dos años después se transformaría en The Offspring. El nombre ya revelaba las inclinaciones de Holland: offspring” significa “progenie” y es un término muy utilizado en biología, sobre todo en genética.

La banda ascendió al éxito internacional a mediados de los 90, llegando a convertirse en uno de los grupos punk más populares de todos los tiempos. Otra cosa sería discutir si pueden calificarse como “punk”. Sus raíces y sus influencias originales lo son. Algunos tal vez los etiquetarían como pop punk o skate punk, y los más estrictos les despegarían incluso estas etiquetas. En mi sola opinión, y purismos aparte, la música y las letras de The Offspring llevan impreso el sello característico del punk californiano, que no es el neoyorquino ni el londinense; O. C. imprime carácter.

Probablemente porque el grupo tardó un decenio en ganarse la fama, a Holland le dio tiempo a terminar la carrera de biología en la Universidad del Sur de California y apuntarse a un doctorado en biología molecular. Pero hasta ahí; en 1994 llegó Smash, un disco muy apropiadamente titulado: fue un smash, un bombazo, y smasheó la carrera científica de Holland. Como a Brian May, el tirón del éxito comercial le apartó de la ciencia.

Y como May, ha regresado recientemente a ella cuando puede permitírselo: con unos 40 millones de discos vendidos, su propia marca de salsa picante (Gringo Bandito) y tres aviones, incluyendo un antiguo caza soviético y un jet privado con el símbolo anarquista en el plano de cola. Ya con la vida más que resuelta, Holland trabaja ahora en su tesis doctoral en el Laboratorio de Oncología Viral e Investigación Proteómica de la Escuela de Medicina Keck de la Universidad del Sur de California, bajo la dirección de la profesora de Patología Suraiya Rasheed.

Ya sea debido al síndrome de popularidad o por otra causa, es difícil saber cuál es el tema de la tesis doctoral de Holland: no hay ninguna información disponible (o al menos yo no he podido encontrarla) sobre su línea de investigación, con la sola excepción del único fruto de ella aparecido hasta la fecha: su primer estudio, publicado en 2013 en la revista PLOS One, tuiteado por el propio Holland, y que también está disponible en la web oficial de Offspring aquí.

Resumiendo en un titular, el estudio propone lo que podría ser un mecanismo utilizado por el VIH, el virus del sida, para combatir el sistema inmunitario de los humanos. Pero atención a la cursiva: de momento es solo una especulación.

Para explicarlo a todo fan de los Offspring ajeno a la biología, empiezo por el principio, el ADN de la célula. Como suelo decir, los genes no producen el pelo rubio pollito de Holland o esa nariz del abuelo; los genes solo producen proteínas, los actores funcionales mayoritarios de la célula. Y son las funciones de esas proteínas y sus interacciones en redes muy complejas las que llevan al rubio pollito o a la nariz.

Para que este proceso tenga lugar, la información del ADN, que es el archivo máster, debe antes reproducirse en una copia de trabajo, del mismo modo que se saca de la caja fuerte un manuscrito muy valioso para fotografiarlo o escanearlo, y poder trabajar así sobre un duplicado sin dañar el original. En la célula, esa copia desechable de un gen se llama ARN mensajero. El ARN lleva exactamente la misma información que su ADN original, pero desde el punto de vista químico es ligeramente distinto. Posteriormente, una maquinaria celular llamada ribosoma se encarga de leer ese ARN y traducirlo para crear una proteína.

En los años 90 se descubrió que muchos organismos tienen un mecanismo de regulación de la traducción del ARN mensajero a través de pequeñas moléculas también de ARN. Estas son complementarias a una parte del mensajero y se unen a él, bloqueando la traducción y por tanto impidiendo la creación de su proteína correspondiente. Podemos pensar en una memoria USB con su enchufe de conexión; cuando la tapa está puesta, la información que contiene el pincho es inaccesible. Los llamados microARN, o miRNA, actúan como esa tapa.

Los miRNA participan en infinidad de procesos de regulación de la actividad de los genes en la célula, y los fallos en estos sistemas de control se han relacionado con multitud de enfermedades, desde la sordera al cáncer. En la pasada década comenzó a descubrirse que algunos virus también tienen miRNAs, y que tanto estos como los de la propia célula participan en el proceso de infección, aunque cómo lo hacen y cuál es el resultado de ello (a quién beneficia, si al virus o a quien lo sufre) todavía es materia de investigación.

En el caso del VIH, hace pocos años se descubrió que las células infectadas por el virus tienen alteradas algunas de sus proteínas que se regulan por miRNAs, que ciertos miRNAs de la célula podrían actuar sobre las funciones del virus, y que el genoma del VIH también podría contener sus propios miRNAs, que a su vez podrían actuar sobre el propio virus o sobre la célula. De todo esto se desprende que probablemente los miRNAs de la célula y del virus desempeñan papeles importantes durante la infección, pero aún no se sabe cuáles son esos papeles.

Y así llegamos al estudio de Holland. El trabajo es una investigación in silico, o en ordenador. Es decir, que el cantante de Offspring no se ha calzado ninguna bata de laboratorio, sino que ha empleado herramientas informáticas para analizar la secuencia del genoma del VIH, compararla con la de la célula y sacar conclusiones al respecto.

Lo que el trabajo propone es que el genoma del VIH contiene ocho posibles miRNAs que tienen dos peculiaridades: por un lado, son muy similares a miRNAs de la célula a la que infecta. Y por otra parte, están insertados en lo que se llama secuencias codificantes del virus, es decir, en partes del genoma que se utilizan para producir proteínas.

¿Qué significado tiene esto? En cuatro palabras: aún no se sabe. Todavía no existe la seguridad de que esos ocho fragmentos funcionen realmente como miRNAs, ni mucho menos se conoce para qué sirven. Los estudios in silico permiten hacer predicciones, pero para comprobarlas hay que recurrir a la experimentación.

En cuanto a las predicciones, y dado que los miRNAs del VIH son parecidos a otros de la célula, la hipótesis es que podrían servir al virus para inutilizar algunas defensas celulares; actuarían como infiltrados, ladrones con uniforme de policía. El ordenador predice que esos miRNAs virales serían capaces de bloquear la producción de algunas proteínas celulares que de hecho sí aparecen anuladas en las células infectadas por el VIH.

El hecho de que los miRNAs del virus estén incrustados en partes de sus genes que son críticas para la infección sugiere que posiblemente el genoma viral ha evolucionado a lo largo de millones de años para aprender a disfrazar sus armas de ataque con piezas que la célula interpreta como propias y que consiguen inutilizar su defensa: si hay más ladrones disfrazados de policías que polis auténticos, vencen los malos.

En resumen, el trabajo es bonito, pero muy especulativo: hay más preguntas que respuestas. Es un buen comienzo para una tesis, pero solo un comienzo. Para confirmar la importancia de esos posibles miRNAs virales, habría que comprobar cómo actúan en células infectadas por el VIH. En una entrevista, Holland dijo que su pretensión es “rajarle las ruedas al sida”, y que el trabajo es prometedor. Y ciertamente lo es: You’re gonna go far, kid; pero eso sí, hay que ponerse a ello.

¿Y para cuándo el Nobel de Física a Brian May?

El mundo está hoy dividido entre quienes aplauden la concesión del Nobel de Literatura a Bob Dylan, y quienes reclaman un Grammy para Francisco Correa o un Oscar para Rodrigo Rato. Pero, en realidad, nadie dijo que este premio estuviera reservado a lo que comúnmente entendemos como un escritor profesional.

Conviene recordar las palabras literales de Alfred Nobel en su testamento sobre la concesión del premio “a la persona que haya producido en el campo de la literatura la obra más sobresaliente en una dirección ideal”. Según leí en alguna parte hace tiempo, hubo discusiones en la Academia Sueca, la encargada del fallo anual, sobre qué quiso decir exactamente Nobel cuando escribió “en una dirección ideal”. Algunos lo interpretaban como un sinónimo de “perfecto”, mientras que otros defendían un significado equivalente a “idealista”.

Pero está claro que esta segunda interpretación no ha dirigido la concesión del premio en muchos casos, empezando por mi admirado Hemingway. Tal vez sí ha primado en la decisión de premiar a Dylan, pero hay también precedentes de premios Nobel de Literatura que no han ido a parar a manos de escritores convencionales. Me viene a la cabeza el caso de Winston Churchill (1953), que escribió libros, y muchos, pero a quien se le concedió el premio por sus discursos políticos.

Pero a lo nuestro, que en este espacio es la ciencia. Se me ha ocurrido que esta es una buena ocasión para recordar en este y próximos días a otros músicos consumados cuyos nombres salen en los papeles científicos (he dicho “músicos consumados”; no incluyo en la lista al físico de partículas del LHC, divulgador televisivo y reconocido guapo Brian Cox, que en los años 90 fue teclista de un grupo poppy bastante hortera).

Abundan por ahí las listas que citan los nombres, pero que no suelen explicar en concreto en qué consiste el trabajo científico de dichos músicos. No se preocupen: yo se lo cuento. Aunque, si les soy sincero, ya les adelanto que realmente ninguno de ellos va para premio Nobel, al menos de momento.

Comenzamos hoy con ningún otro que

Brian May

Arriba, Brian May. Abajo, Isaac Newton. Imágenes de Wikipedia.

Arriba, Brian May. Abajo, Isaac Newton. Imágenes de Wikipedia.

Sí, todos sabemos que el exguitarrista de Queen es astrofísico, y que su presencia es uno de los mayores reclamos del festival científico Starmus que hasta ahora ha venido celebrándose en Tenerife. Pero ¿qué ha aportado May a la astrofísica? Quiero decir, además de estar convirtiéndose en un clon de Isaac Newton…

En 1970, May tomaba dos decisiones importantes: comenzaba su doctorado en Astrofísica y cofundaba un grupo llamado Queen. Cuatro años después, el éxito meteórico de la banda le apartaba (casi) definitivamente de otros tipos de meteoros y del objeto de su tesis, la luz zodiacal.

Se trata de una débil franja de luz que puede observarse sólo en los cielos nocturnos prístinos, y que está causada por la dispersión del resplandor solar por el polvo que flota en el espacio. Se llama zodiacal porque se aprecia mejor en el plano de la órbita terrestre, donde se sitúan las constelaciones del Zodiaco. La luz zodiacal es la principal fuente de iluminación del cielo en las noches sin luna.

Y aunque esto del polvo zodiacal les pueda sonar más a amor libre y Flower Power, lo cierto es que en 1972 May publicó su primer estudio como becario nada menos que en la mismísima revista Nature. Dos años después le seguía otro estudio en la también muy prestigiosa Monthly Notices of the Royal Astronomical Society. En estos trabajos, May y sus colaboradores analizaban el movimiento del polvo zodiacal estudiando el espectro de la luz que nos hace llegar. Pero aquel mismo año, May daba la patada a la astrofísica para volcarse en la música.

Hasta 2006. Ya alcanzado ese momento de su vida en el que podía comprarse una isla y hundir el bote, May reanudó su tesis doctoral, que leyó en 2007: A Survey of Radial Velocities in the Zodiacal Dust Cloud, o Un estudio de las velocidades radiales en la nube de polvo zodiacal. Desde entonces ha publicado al menos otros dos estudios. Uno de ellos, como autor secundario en 2009, era una propuesta sobre el empleo de misiones espaciales para recoger polvo zodiacal del espacio como objeto de estudio.

El más reciente, en 2013, estudiaba la luz zodiacal para determinar las contribuciones relativas de cometas, asteroides y polvo interestelar a esa nube. Que, por si les interesa, son respectivamente del 70%, 22% y 7,5%. O en otras palabras, que la gran mayoría de ese polvo disperso en el Sistema Solar procede de cometas.

Puede que el área de estudio de Brian May no suene de lo más excitante. Pero sus estudios abordan un campo poco investigado que tiene importancia para comprender cómo funciona nuestro Sistema Solar. El hecho de que no haya muchos investigadores trabajando en el movimiento de la nube zodiacal le permitió recoger sus observaciones de los años 70 más de tres decenios después, y publicar una tesis que aún tiene vigencia. Y por cierto, para astrofísicos en ciernes y fanáticos de Queen, la tesis está editada en formato de libro y a la venta.

Historia de un hallazgo y una portada: el primer púlsar y Joy Division (II)

En 1978, el punk había muerto. Entiéndanme, nunca lo ha hecho. Pero ninguna otra corriente musical ha pasado tan deprisa del antes al después, tanto que si uno parpadeaba corría el peligro de perdérsela. A comienzos de los años 70 surgió una oleada de bandas que después recibirían el nombre de protopunk. El momento de auge del punk llegó entre 1975 y 1977. Un año después, los británicos Crass certificaban la muerte de este fenómeno músico-social con un tema titulado precisamente así, Punk is Dead, en el que denunciaban cómo aquel movimiento presuntamente revolucionario se había convertido en un artefacto comercial.

En realidad, siempre lo fue: la corriente principal en Europa, liderada en aquel primer momento por los Sex Pistols, fue un invento de su manager, Malcolm McLaren, y de la novia de este, la diseñadora Vivienne Westwood, quienes incluso copiaron para los Pistols la estética originalmente creada por el estadounidense Richard Hell. McLaren era un tipo brillante y astuto que supo mantenerse a la sombra explotando aquella hambre generacional de cambio para convertirla en una marca rentable, como muchos otros han hecho antes y después.

Así, en 1978 ya se hablaba del afterpunk, hoy denominado más apropiadamente post-punk (más apropiadamente porque after es algo posterior, mientras que post es más bien una consecuencia). En aquella tendencia se incluían músicos influidos por el punk, pero que se apartaban de la doctrina pura para explorar otros territorios musicales aún vírgenes.

Entre aquellos músicos afterpunk estaban cuatro chicos de un suburbio de Manchester, una ciudad industrial del norte de Inglaterra. Dos años antes, en el 76, Bernard Sumner y Peter Hook habían asistido junto con otro amigo a un concierto de los Sex Pistols; y como sucedió del mismo modo en tantos otros casos, decidieron formar su propia banda. Eligieron el nombre de Warsaw (Varsovia) por una canción de David Bowie (ya les dije aquí que Ziggy fue una influencia ineludible), pero en 1978, y ya con su formación definitiva, lo cambiaron por Joy Division.

El nuevo nombre era deliberadamente polémico, algo habitual en los grupos de la época: Joy Division era, supuestamente, el nombre que los nazis habían dado a los pabellones de los campos de concentración donde explotaban a las mujeres judías como esclavas sexuales, según narraba la durísima novela La casa de las muñecas del superviviente del holocausto Ka-tzetnik 135633 (seudónimo de Yehiel De-Nur). Para elevar el nivel de provocación, el primer disco de la banda, un EP con cuatro temas, mostraba en la portada a un niño nazi tocando el tambor.

Portada del álbum Unknown Pleasures de Joy Division (1979).

Portada del álbum Unknown Pleasures de Joy Division (1979).

Así comenzó un ascenso que pronto les llevó a fichar por Factory Records, una de las banderas de la música independiente británica del momento. En 1979 Joy Division grababan su álbum de debut, Unknown Pleasures, ya con el sonido característico que les ha inmortalizado y que inauguró una corriente de la que beberían no solo muchos otros grupos del momento, sino corrientes iniciadas después como el gótico, el emo y todos sus primos; una carrera enormemente influyente teniendo en cuenta su fugacidad: un par de años y solo dos LP.

El segundo de ellos, Closer, se publicó póstumamente: el 18 de mayo de 1980 Ian Curtis, el vocalista, un tipo atormentado por su inestabilidad emocional, sus crisis de epilepsia y un matrimonio demasiado temprano y problemático, se ahorcaba en la cocina con una cuerda de tender la ropa. Su hija Natalie acababa de cumplir un año. Tras aquella tragedia, el grupo cambió su nombre por el de New Order, y así comenzó otra historia. Pero la de Joy Division nunca terminó; fíjense en este dato: la primera web oficial del grupo se abrió en junio de 2015.

Pero tal vez a estas alturas usted esté pensando que todo esto está muy bien, y al mismo tiempo se pregunte qué diablos pinta en un blog de ciencia y qué tiene que ver con el púlsar CP 1919 o PSR B1919+21, del que hablé ayer. Ya llegamos.

A la hora de elegir la imagen para la portada de Unknown Pleasures, el diseñador y cofundador de Factory Records, Peter Saville, recibió una carpeta con material que los propios miembros del grupo habían elegido (según algunas fuentes, fue una sugerencia del batería Stephen Morris). Entre aquellas imágenes había un extraño gráfico de líneas y picos. Saville lo recordaba así para el diario The Guardian en 2011:

El patrón de ondas era tan apropiado. Era de CP 1919, el primer púlsar, así que es probable que el gráfico procediera de Jodrell Bank [observatorio astronómico de la Universidad de Manchester], que es local para Manchester y Joy Division. Es a la vez técnico y sensual. Es tenso, como la batería de Stephen Morris, pero también fluido: mucha gente piensa que es un latido cardíaco. No parecía realmente necesario que el título fuera en la portada. Le pregunté a Rob [Gretton, manager de Joy Division] sobre ello y, entre nosotros, decidimos que no sería cool. Era el movimiento post-punk y estábamos en contra del estrellato pretencioso. La banda no querían ser estrellas del pop.

Así, la imagen del primer púlsar se convirtió en una de las portadas más míticas e icónicas de la historia reciente de la música; una imagen simbólica para la legión de seguidores de Joy Division en todo el mundo. No consta, al menos que yo sepa, cuál fue el motivo concreto que llevó a los miembros del grupo (o a Morris en concreto, según algunas fuentes) a sugerir esta imagen.

Gráfico del púlsar CP 1919 en la Enciclopedia de Astronomía de Cambridge.

Gráfico del púlsar CP 1919 en la Enciclopedia de Astronomía de Cambridge.

Ahora bien; como mostré ayer, esta imagen no aparecía en el estudio de Nature publicado en 1968 por los descubridores de CP 1919, Jocelyn Bell Burnell y Antony Hewish. El gráfico superpone 80 pulsos de la estrella, cada uno de ellos con una duración de menos de 50 milésimas de segundo, separados por un período de 1.3373 segundos. Pero Bell Burnell y Hewish solo incluyeron en su artículo algunas representaciones de pulsos individuales. Saville supuso que el origen del dibujo compuesto era el observatorio de Manchester Jodrell Bank, pero se equivocaba: la banda había extraído la imagen de la Enciclopedia de Astronomía de Cambridge. La pregunta es: ¿cómo llegó hasta la enciclopedia?

En 2011, un tipo llamado Adam Capriola se propuso averiguarlo. Capriola quería modificar el diseño original para aplicarlo a una camiseta promocional de su web, pero antes debía saber si podía disponer libremente de la imagen. Muy concienzudamente, comenzó a investigar su origen, y supo entonces que un astrofísico de la Universidad Estatal de Arizona llamado F. X. Timmes la había encontrado por casualidad publicada en la página 53 del número de enero de 1971 de la revista Scientific American, en un artículo titulado The Nature of Pulsars escrito por el astrofísico Jerry Ostriker. En aquella versión el gráfico no aparecía en negro sobre blanco, como en la enciclopedia de Cambridge, sino en blanco sobre un fondo cian. Capriola se puso entonces en contacto con Ostriker y este le dijo que probablemente él no era el autor de la imagen, sino que la habría obtenido de alguna fuente publicada.

Gráfico del púlsar CP 1919 publicado en Scientific American en 1971.

Gráfico del púlsar CP 1919 publicado en Scientific American en 1971.

Capriola descubrió entonces en el artículo de Ostriker que la ilustración había sido generada por ordenador en el gran radiotelescopio de Arecibo, en Puerto Rico. Timmes le sugirió que probablemente algún estudiante del observatorio la había creado a partir de la observación del púlsar, pero Capriola no pudo concretar quién era el responsable de aquel trabajo.

De alguna manera, el artículo del blog de Capriola llegó a conocimiento de Jen Christiansen, editora gráfica de Scientific American y que se autodefine como “obsesa de las visualizaciones tempranas de púlsares”. En febrero de 2015, Christiansen recogió la investigación donde Capriola la había dejado, y supo que a finales de los 60 la informática se estaba introduciendo en la visualización de los fenómenos astronómicos. Repasando los trabajos elaborados en Arecibo en aquella época, dio con la tesis doctoral de un estudiante llamado Harold D. Craft Jr., leída en septiembre de 1970 y titulada Radio Observations of the Pulse Profiles and Dispersion Measures of Twelve Pulsars. Christiansen visitó entonces la biblioteca de la Universidad de Cornell, que por entonces operaba el radiotelescopio de Arecibo, y allí encontró un ejemplar de la tesis de Craft donde, en efecto, aparecía la famosa imagen.

Así, el autor había quedado por fin identificado. Y curiosamente, Craft había elaborado su tesis doctoral en Arecibo bajo la dirección de Frank Drake, pionero del SETI. Christiansen remató su búsqueda entrevistándose con Craft, quien le contó lo siguiente a propósito del uso de su imagen como portada del álbum de Joy Division:

Fue una completa sorpresa. De hecho, yo no sabía nada sobre ello, y un colega en el Departamento de Ciencias del Espacio, que ahora es profesor de astronomía en Cornell, Jim Cordes, me vio en la calle –es un viejo amigo– y me dijo, “ah, por cierto, ¿sabías que tu imagen está en la portada de Joy Division?”. Y yo le dije que no, que no tenía ni idea. Así que fui a la tienda de discos y, vaya, ahí estaba. Así que compré un álbum, y había un póster que yo tenía de ella, así que compré también uno de esos, por ninguna razón en particular excepto que es mi imagen, y debía tener una copia.

Así pues, caso resuelto. Permítanme terminar esta historia como si se tratara de una película de Scorsese:

  • Jocelyn Bell Burnell es actualmente presidenta de la Royal Society de Edimburgo. Pese a no haber recibido el premio Nobel, sus merecimientos han sido distinguidos con numerosos honores y es hoy una de las figuras más reputadas de la astrofísica mundial. No constan fotos suyas con la princesa Margarita que permitan comparar la estatura de ambas.
  • Antony Hewish cumplirá este año 92 primaveras. Es de suponer que está como una rosa, dado que al menos hasta 2012 ha continuado dando entrevistas, y aún figura como activo, aunque emérito, en la web de la Universidad de Cambridge.
  • Harold D. Craft Jr. llegó a ser director del radiotelescopio de Arecibo. Hoy está retirado y mantiene algunos cargos honoríficos.
  • Peter Saville mantiene una exitosa trayectoria como diseñador gráfico. Pero a pesar de haber realizado numerosos trabajos importantes, todo el mundo le sigue conociendo como el tipo que un día de 1979 se preguntó: ¿y con fondo negro…?
  • Tras el suicidio de Ian Curtis, los renacidos New Order reemprendieron su carrera, en un principio tras la estela del estilo único y original por el que Joy Division habían tenido las narices de apostar en una época en que la gente escuchaba a Boney M, Abba y Earth, Wind & Fire. Sin embargo, posteriormente se dejaron abducir por la escena neoyorquina del tecno y comenzaron a hacer cosas mucho menos interesantes. Hoy continúan en activo, aunque sin Peter Hook. Su último álbum, Music Complete, es lo mejor que han hecho en un decenio. Bueno, también lo único.
  • El púlsar CP 1919, o PSR B1919+21, continúa emitiendo pulsos de 0,04 segundos cada 1.3373 segundos, y no se le conocen otros planes que continuar haciendo lo mismo durante los próximos millones de años. Nada de esto le importa.
  • Los hombrecitos verdes aún no han dado señales de vida.
  • El punk sigue no-muerto.

Historia de un hallazgo y una portada: el primer púlsar y Joy Division (I)

Esta semana he estado escribiendo un reportaje sobre la búsqueda de inteligencia extraterrestre, lo que conocemos como SETI; y siempre que se repasa la trayectoria de este empeño tan singular en lo científico, e inspirador en lo humano, como (hasta ahora) infructuoso en lo práctico, surge la anécdota del descubrimiento del primer púlsar, una de las grandes falsas alarmas en la historia de SETI. Y al recordar aquel episodio, inevitablemente viene a la memoria la portada de un álbum mítico, Unknown Pleasures, el primer disco de los efímeros pero indelebles e influyentes Joy Division.

Si usted se pregunta de qué demonios estoy hablando, tal vez le interese leer lo que sigue, una historia de fusión entre ciencia y cultura pop; o dicho de otro modo, Ciencias Mixtas. El relato comienza en los años 60, cuando un grupo de astrónomos de la Universidad británica de Cambridge, dirigido por Antony Hewish, construye un radiotelescopio con sus propias manos. Eran otros tiempos; una estudiante de doctorado de aquel grupo, la norirlandesa Jocelyn Bell Burnell, contaba hace pocos años que a cada estudiante que se unía al grupo se le entregaba un kit de herramientas. Era la época del boom de la radioastronomía, y Hewish necesitaba un instrumento para estudiar los recién descubiertos cuásares.

Jocelyn Bell Burnell y su radiotelescopio en 1967.

Jocelyn Bell Burnell y su radiotelescopio en 1967.

No piensen en Arecibo ni nada que se le parezca; aquello era poco más que un bosque de postes de madera sujetando 190 kilómetros de cable sobre un campo de algo más de 18.000 metros cuadrados. Entre cinco personas, tardaron dos años en construirlo. El artefacto comenzó a operar en julio de 1967 bajo la exclusiva responsabilidad de Bell Burnell, la única encargada de manejarlo y analizar los datos: cada día, unos 30 metros de papel continuo con sus líneas trazadas por las plumas de los registradores.

Entre los gráficos, la investigadora descubrió algo extraño: un bip-bip que se repetía con enorme regularidad, a razón de un pulso cada segundo y pico. Cuando la becaria presentó a su jefe esta anomalía, Hewish se resistió a tomarla en serio, asegurando que se trataba de una interferencia terrestre. Pero una vez que esta explicación mundana quedó descartada, la siguiente opción fue la más fantástica: una baliza perteneciente a una civilización alienígena inteligente, un radiofaro cósmico.

El SETI había nacido esa misma década como subproducto del auge de la radioastronomía. Sin experiencias previas, con la razonable suposición de que el universo debía albergar muchos planetas habitados, y con el florecimiento del fenómeno ovni, muchos científicos pensaban que no tardaría en llegar la noticia de la primera detección de un signo de vida inteligente procedente del espacio. Algunos investigadores partían su tiempo y el de sus telescopios entre la ciencia seria y aquella actividad extraescolar.

No era el caso de Bell Burnell y Hewish; pero desechada la hipótesis de la interferencia, era realmente difícil imaginar que aquella señal tan mecánicamente regular no fuera producto de una fuente artificial. Los dos investigadores lo bautizaron, medio en broma y medio en serio, como LGM-1, siglas de Little Green Men; es decir, hombrecitos verdes. En un discurso que pronunció en 1977, Bell Burnell lo contaba así:

No creíamos de verdad que hubiéramos pillado señales de otra civilización, pero obviamente la idea nos había cruzado la mente, y no teníamos pruebas de que fuera una emisión de radio enteramente natural. Es un problema interesante; si uno piensa que puede haber detectado vida en otro lugar del universo, ¿cómo hace uno para anunciar los resultados de forma responsable? ¿A quién se lo cuenta primero? No resolvimos el problema aquella tarde, y me fui a casa por la noche muy enfadada; allí estaba yo tratando de sacarme un doctorado de una nueva técnica, y algún puñado de estúpidos hombrecitos verdes había tenido que elegir mi antena y mi frecuencia para comunicarse con nosotros.

Gráficos del primer púlsar en el estudio de Bell Burnell y Hewish (1968).

Gráficos del primer púlsar en el estudio de Bell Burnell y Hewish (1968).

Finalmente no eran aliens, aunque sí un radiofaro, solo que cien por cien natural: una estrella de neutrones que giraba rápidamente emitiendo un pulso electromagnético con la precisión de un reloj; el primer púlsar. Bell Burnell y Hewish publicaron sus resultados en Nature el 24 de febrero de 1968. De hecho el estudio no identificaba claramente la naturaleza del objeto emisor de aquellos pulsos, pero otras observaciones de fuentes diferentes, incluso previas a las de Bell Burnell y Hewish, permitieron reconocer y nombrar aquel nuevo tipo de objeto espacial. Bell Burnell recordaba con mucha gracia cómo fueron aquellos días:

En el estudio de Nature mencionamos que en un momento creímos que la señal podía proceder de otra civilización. Cuando el artículo se publicó, la prensa se volcó, y cuando descubrieron que había una mujer implicada se volcaron aún más. Me hicieron fotografías de pie sobre un banco, sentada en un banco, de pie sobre un banco examinando falsos registros, sentada en un banco examinando falsos registros; uno de ellos me hizo correr desde el banco agitando los brazos en el aire: “¡Pon cara alegre, querida, acabas de hacer un descubrimiento!” (¡Arquímedes nunca supo lo que se perdía!). Mientras, los periodistas me hacían preguntas relevantes, como si era más alta o no que la princesa Margarita (en Gran Bretaña tenemos unas unidades de medida muy singulares) y cuántos novios tenía por entonces.

Una famosa controversia asociada al episodio es que seis años después, en 1974, solo Hewish recibiría el premio Nobel por el descubrimiento. Pero quienes de cuando en cuando traen el caso a colación como una cuestión de género ignoran por completo cómo funciona el mundo de la ciencia. No se trata de negar que históricamente haya existido sexismo, como en cualquier otro ámbito. Pero el motivo por el que el Nobel dejó fuera a Bell Burnell es la naturaleza jerárquica de la ciencia.

Ilustración de un púlsar. Imagen de NASA.

Ilustración de un púlsar. Imagen de NASA.

Contrariamente a la imagen popular, los becarios no suelen ser esos obreros limitados a ejecutar las ideas geniales de su brillante director de tesis. Muchos de ellos son en la práctica los únicos autores y artífices de su línea de investigación. Pero guste o no, el becario no es propietario de sus investigaciones. Es natural que muchos se quejen de ello; lo curioso es que suelen cambiar de visión una vez que son ellos quienes se convierten en jefes de laboratorio y tienen sus propios becarios. Bell Burnell, con la humildad de los más grandes, lo sabía muy bien:

Es el supervisor quien tiene la responsabilidad final del éxito o el fracaso del proyecto. Oímos de casos en los que un supervisor culpa a su estudiante de un fracaso, pero sabemos que la culpa es sobre todo del supervisor. Me parece simplemente justo que él deba también beneficiarse de los éxitos. Pienso que los premios Nobel quedarían degradados si se concedieran a estudiantes de investigación, excepto en casos muy excepcionales, y no creo que este sea uno de ellos.

Aquel primer púlsar fue denominado CP 1919, más tarde rebautizado como PSR B1919+21. Mañana, la segunda parte de esta historia.

Adiós, Ziggy, marciano, heterocrómico y anisocórico

David Bowie ha sido uno de los músicos más importantes en mi vida. Para quienes nos criamos musicalmente en los 80, en aquel electrizante cocido madrileño luego bautizado con un nombre que algunos denostamos, Bowie era una especie de gurú, una referencia constante, una influencia ineludible en toda la música que escuchábamos e incluso hacíamos. Por entonces hasta tuve una novia cuyo perro se llamaba Zowie, el alias del hijo de Bowie, creador de esa maravilla de película titulada Moon. Esta mañana se me ha caído el cigarro de la boca al escuchar una noticia que literalmente me ha disparado un calambre bajo el vello de los brazos.

ZiggyStardust

En este blog he mencionado a Bowie varias veces, viniera a cuento o no. Anteayer mismo recordaba su cumpleaños, coincidente con el mío. Su Starman me sirvió para poner música de fondo a recientes especulaciones sobre la posible vida alienígena. El delirio espacial estuvo presente en algunos de sus más famosos temas. Ziggy Stardust, uno de mis diez discos favoritos de todos los tiempos, fue una de las dos mejores óperas rock espaciales jamás escritas.

Vaya, no podía resistir hoy la tentación de dejar aquí mi lamento por la pérdida. Pero por traer algo que guarde relación con la temática de este blog, vale la pena recordar uno de los rasgos físicos más famosos y controvertidos de Bowie: sus ojos. Tradicionalmente hemos escuchado que ambos eran de distinto color, uno azul y otro tirando a marrón.

El color de los ojos es un fenómeno inesperadamente complejo. Según una revisión reciente, el color resultante depende de la interacción de varios factores: los gránulos de pigmento y su concentración en distintas capas del iris, la naturaleza del pigmento y las propiedades ópticas de la matriz que rodea a las células pigmentadas. Es decir, que una parte del color se debe al pigmento y otra es estructural, debida a la interacción de las ondas de luz con la forma de una superficie, como ocurre, por ejemplo, con las plumas de los pavos reales. En cuanto al pigmento, es casi todo melanina, pero en formas distintas que dan colores oscuros, rojizos o amarillentos. En otras palabras: las personas con ojos azules no tienen un pigmento azul, sino que su coloración aparente proviene de una interacción óptica compleja, y este es también el motivo de que el tono pueda variar con la iluminación.

Existe una condición llamada heterocromía que puede teñir ambos ojos de distintos colores debido a una distribución irregular de la melanina. Esta extravagancia ocular se conoce desde tiempos de Aristóteles, que la describió en su pupilo Alejandro Magno; tanto él como su caballo Bucéfalo eran “heteroglaucos”, según el filósofo. Hoy tenemos otros casos populares como el Blues Brother Dan Aykroyd o el superduro Jack Bauer, Kiefer Sutherland. La heterocromía a menudo aparece como consecuencia de una enfermedad, aunque puede tener un origen genético que los expertos aún no han llegado a definir con claridad.

Los ojos de Bowie en una foto de 2009. Recorte de una imagen de Wikipedia.

Los ojos de Bowie en una foto de 2009. Recorte de una imagen de Wikipedia.

Por otra parte, algunas reseñas biográficas de Bowie apuntan que el suyo no era un caso de heterocromía, sino de anisocoria, una diferencia entre los tamaños de ambas pupilas. Cuentan que a sus 15 años se enzarzó en una pelea con un amigo que le golpeó en la cara, clavándole la uña en el ojo, y que a resultas de esta lesión la pupila izquierda quedó permanentemente dilatada. La diferencia en el tamaño de las pupilas de Bowie es evidente, pero en muchas fotografías parece también que ambos iris son de distinto tono (ver, por ejemplo, aquí o aquí, o en la foto que incluyo). Es más, repasando algunas imágenes se diría que la diferencia de color se ha acentuado con los años. Así que el caso de Bowie podría reunir ambas condiciones, anisocoria y heterocromía.

De hecho, no es descabellado que el diferente color pueda aparecer como consecuencia de un traumatismo que afecte también al mecanismo muscular del iris y, por tanto, a la dilatación de la pupila. Existe una enfermedad denominada síndrome de Horner, causada por un daño en un circuito nervioso llamado tronco simpático, en la que el ojo con la pupila de mayor tamaño suele aparecer con un iris más oscuro. Esta dolencia puede ser congénita, pero también puede aparecer a causa de un trauma o incluso de una intervención médica.

No he podido encontrar ningún estudio científico que haya analizado en detalle la peculiaridad de los ojos de Bowie. Sea cual fuera la verdad completa sobre su mirada magnética, es un pequeño secreto que se ha llevado a la tumba, junto con un talento tan inusual que era casi de otro planeta. Ziggy Stardust ha regresado a las estrellas.

El espectáculo debe seguir

Cuando se cumple una semana de la noche más oscura de París, me van a permitir que hoy me acoja a Mixtas para citar las palabras de un astrofísico llamado Brian May. Pero estas no las escribió como científico, sino en calidad de compositor y guitarrista de Queen. En 1990, May creó un tema dedicado a su amigo y compañero Freddie Mercury, ya entonces casi abatido por una enfermedad que en aquella época era una sentencia de muerte segura.

Estatua de Freddie Mercury junto al lago Léman en Montreux (Suiza). Imagen de S_Werner/Wikipedia.

Estatua de Freddie Mercury junto al lago Léman en Montreux (Suiza). Imagen de S_Werner/Wikipedia.

May compuso una de las canciones más hermosas, potentes y emotivas de la historia de la banda. También una que exigía una voz versátil y poderosa, solo al alcance de alguien como Freddie Mercury, con su registro vocal de más de cuatro octavas. Sin embargo y cuando llegó el momento de grabar el tema, Freddie estaba ya muy debilitado por su enfermedad, por lo que May le preguntó si podría hacerlo. “I’ll fucking do it, darling”, le respondió. Y no solo lo cantó; en palabras de May, lo mató, lo laceró.

Pero lo cantó pocas veces, quizá solo una: Freddie moría el 24 de noviembre de 1991. Ni siquiera hubo posibilidad de grabar un vídeo, por lo que el clip oficial de la canción se convirtió en un homenaje a su carrera, una recopilación de fragmentos de sus actuaciones.

The Show Must Go On es un tema que habla del dolor de la pérdida y del sufrimiento por seguir adelante en un mundo incompleto. Tal vez por ello no sorprenda con qué fidelidad puede aplicarse a otras pérdidas, ni que leyendo hoy su letra parezca casi escrita a propósito con ocasión de los atentados del 13-N en París.

La traducción que figura a continuación es mía. The Show Must Go On incluye algunos versos oscuros, con alusiones y expresiones de significado algo ambiguo. Mi traducción trata de adecuarse al que en mi opinión era el sentido que May pretendía transmitir, en el contexto en que la letra fue escrita.

Una aclaración sobre el vídeo que incluyo más abajo. Nadie ha cantado este tema como Freddie Mercury. Esa laceración de la letra de la que hablaba Brian May estremece, pone los pelos de punta. Y sin embargo, he elegido otra versión, la que cantó Elton John en directo en 1997. Después de la muerte de Freddie, Queen interpretó la canción en público por primera vez en el concierto de homenaje celebrado en 1992 en Wembley (Londres). Fue Elton John quien se encargó de tratar de suplir la pérdida irreparable. Cinco años después, Elton John repitió, pero en esta ocasión en París, en el Teatro Nacional de Chaillot.

Pero mi elección de esta versión no se justifica únicamente porque fuera París el escenario, ni porque la actuación del ballet Béjart aportara un elemento estético que intensificaba el dramatismo del desgarrado poema de Brian May. Es el valor de la pérdida de quien nunca regresó al micrófono tras el 24 de noviembre de 1991, y de quienes nunca regresaron a sus casas, a sus trabajos, a su gente y a sus vidas tras el 13 de noviembre de 2015, cuando simplemente creían que salían para pasar el rato bebiendo una cerveza, picando algo de cena o escuchando un poco de rock.

Espacios vacíos, qué sentido tiene vivir
Lugares abandonados, sé que llevamos la cuenta
Una y otra vez, ¿alguien sabe qué estamos buscando?
Otro héroe, otro crimen sin sentido
Detrás del telón, en la pantomima
Resiste, ¿alguien está dispuesto a seguir soportándolo?
El espectáculo debe seguir
El corazón se me rompe dentro
Mi maquillaje se estropea
Pero mi sonrisa persiste
Pase lo que pase, lo dejaré a la suerte
Otra pena, otro amor fallido
Una y otra vez, ¿alguien sabe qué sentido tiene vivir?
Creo que estoy aprendiendo, acercándome
Pronto habré doblado la esquina
Afuera está amaneciendo
Pero dentro, en la oscuridad, muero por ser libre
El espectáculo debe seguir
El corazón se me rompe dentro
Mi maquillaje se estropea
Pero mi sonrisa persiste
Mi alma está pintada como las alas de las mariposas
Los cuentos de hadas de ayer crecen pero nunca mueren
Puedo volar, amigos míos
El espectáculo debe seguir
Lo afrontaré con una sonrisa
Nunca me rendiré
Que siga el espectáculo
Me pondré al frente, sobreactuaré
Tendré que encontrar las ganas de seguir adelante
Con el espectáculo
El espectáculo debe seguir

¿Contrajo Bruce Dickinson (Iron Maiden) un cáncer por el sexo oral?

El pasado agosto Bruce Dickinson, vocalista de Iron Maiden, se vio obligado a forzar el aterrizaje de su precioso triplano Fokker Dr.I (el mismo modelo en el que volaba el Barón Rojo) en una base de la Fuerza Aérea británica cuando se quedó sin combustible. El 4 de este mes, la banda ha lanzado The Book of Souls, su decimosexto álbum de estudio, después de una pausa de cinco años. Próximamente la web oficial del grupo anunciará las fechas de una grandiosa gira que en 2016 recorrerá el mundo a bordo del nuevo Ed Force One, un Boeing Jumbo 747 que Dickinson aún está aprendiendo a pilotar. Y hablando de todo un poco para los medios con ocasión del nuevo disco, Dickinson ha dicho que en 1988 se contuvo para no aporrear a Axl Rose (Guns N’ Roses) por burlarse del público canadiense francoparlante, y que aún se arrepiente de no haberlo hecho (y yo de que no lo hiciera).

Bruce Dickinson en 2003. Imagen de Wikipedia.

Bruce Dickinson en 2003. Imagen de Wikipedia.

Pero el motivo por el que vengo a contar todo esto no es solo un maidenismo confeso que difícilmente tendría cabida de por sí en este blog. Además de todo lo anterior, Dickinson ha revelado que este año ha recibido tratamiento por un cáncer de lengua. Y que la causa de su enfermedad ha sido aquello que Anaïs Nin llamaba “canibalismo sensual”, y que Verlaine describía más o menos así: “Deja que mi cabeza vague y se pierda en la aventura en busca de la sombra y el olor, en una misión encantadora hacia los sabores de tu gloria secreta”.

O sea: sexo oral.

Pero ¿tiene sentido la sospecha de Dickinson?

La mala noticia es que sí. El potencial culpable es el Virus del Papiloma Humano (VPH). Con sus más de 150 variantes, el VPH se transmite por vía sexual, en ambos sexos y a través de cualquiera de los órganos que participen en la fiesta, en cualquiera de las combinaciones que a uno se le puedan ocurrir (incluyendo la más inocente: boca a boca).

En la mayor parte de los casos, probablemente el VPH no induce ningún síntoma; de hecho, el Centro para el Control de Enfermedades de EE. UU. estima que “la mayoría de hombres y mujeres sexualmente activos contraerán al menos un tipo de VPH en algún momento de sus vidas”. De quienes sí desarrollan síntomas, los más leves se limitarán a verrugas genitales. Pero en algunos casos, y sin que se sepa exactamente por qué, el VPH puede provocar cáncer. El más divulgado, y el que ha impulsado las campañas de vacunación, es el de cuello de útero. Pero el VPH también puede causar cánceres en vulva, vagina, pene, ano, garganta, lengua y amígdalas.

Hace un par de años, el actor Michael Douglas declaró que su cáncer de garganta se debía también al sexo oral. Según el CDC, el VPH causa unos 1.700 cánceres de garganta en mujeres y unos 6.700 en hombres cada año, solo en EE. UU. En 2011 un estudio calculó que entre 1988 y 2004 el número de cánceres de garganta positivos para el VPH había aumentado un 225% en aquel país. La Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia estima que el VPH está adelantando al tabaco como causa mayoritaria de cánceres orales en la población menor de 50 años.

El problema es “bastante serio”, en palabras de Dickinson. Lo cual resulta curiosamente parco para el cantante de un grupo que suele recrearse en una épica grandilocuente, y que además está sufriendo las peores consecuencias de este maldito virus.

¿Qué hacer? El primer frente de combate es la vacunación, pero solo sirve para adolescentes de ambos sexos antes de que inicien su actividad sexual. Para el resto de nosotros ya es demasiado tarde. En este caso se aplica la clásica precaución de utilizar preservativos, pero ¿qué hay del sexo oral? La Facultad de Medicina de Harvard recomienda usar algo llamado dique dental, consistente en una pieza cuadrada de látex que se emplea en cirugía dental, y que en el caso del sexo oral evita el contacto directo de la boca con los genitales.

Eso sí: adiós a los sabores de la gloria secreta de los que hablaba Verlaine.