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Así es una isla desierta en el siglo XXI

Observen el siguiente vídeo:

No, no es una playa de la costa española después de un festival de música. En países desarrollados como el nuestro tenemos servicios municipales de limpieza que recogen las basuras de las playas, dejándolas frescas e impolutas. ¿Imaginan lo que sucedería si no existieran estos servicios? Pues sencillamente, lo que ocurriría es lo que ven en el vídeo.

En la isla de Henderson no hay servicio municipal de limpieza. De hecho, no hay servicio de nada ni nadie, ya que se trata de un atolón de coral deshabitado, uno de los lugares más remotos del mundo, en mitad del Pacífico Sur y a miles de kilómetros de la ciudad más cercana.

Henderson es una de las islas Pitcairn, conocidas porque fue allí donde se establecieron los amotinados del navío inglés HMS Bounty, una historia real llevada al cine varias veces. Aquellos marineros encontraron un paraíso perdido en el que escapar de la justicia, vivir el resto de sus días y dejar una descendencia que perdura hasta hoy. Pero dentro de este pequeño archipiélago, Henderson ha permanecido deshabitada durante siglos. Y a pesar de eso, la estampa que ofrece el vídeo es radicalmente diferente a la que imaginamos de una isla desierta.

Esta estampa es la que han encontrado la investigadora australiana Jennifer Lavers y el británico Alexander Bond, que han estudiado la contaminación en la isla y la han cifrado en forma de estudio publicado en la revista PNAS. Basta ver las imágenes para que cualquier cifra casi esté de más, pero las cifras son igualmente escalofriantes: cada metro cuadrado de playa acumula entre 21 y 672 pedazos de basura en la superficie, y entre 53 y 4.497 pedazos enterrados hasta una profundidad de 10 centímetros en la arena. El 99,8% de estos residuos es plástico.

El total estimado para la isla es de 37,7 millones de fragmentos de basura plástica con un peso total de 17,6 toneladas. Según Lavers y Bond, la densidad media de basura en Henderson, 671,6 pedazos por metro cuadrado, es la más alta notificada hasta ahora en todo el mundo. Y sigue aumentando: cada día llegan a este vertedero natural hasta 26,8 nuevos pedazos de basura por cada metro lineal de playa.

Y un último dato no menos terrorífico: en su estudio, Lavers y Bond apuntan que las 17,6 toneladas de basura de Henderson representan el plástico que se produce en el mundo en solo 1,98 segundos.

Basura en la isla Henderson. Imagen de Jennifer Lavers.

Basura en la isla Henderson. Imagen de Jennifer Lavers.

Según los análisis de los dos investigadores, la gran mayoría del plástico de Henderson procede de Asia y Suramérica, tanto de origen marino (barcos pesqueros) como continental (urbano). La ubicación del archipiélago en el llamado Giro del Pacífico Sur, uno de los cinco grandes sistemas de corrientes marinas circulares, lo hace especialmente propenso a convertirse en un gran basurero natural del planeta.

Para terminar, no se pierdan esta imagen que por sí misma resume todo lo anterior. ¿Recuerdan la época en que los cangrejos ermitaños hacían su hogar en la concha de un molusco?

Cangrejo ermitaño en la isla Henderson. Imagen de Jennifer Lavers.

Cangrejo ermitaño en la isla Henderson. Imagen de Jennifer Lavers.

Gemínidas y cuadrántidas: más estrellas que en Belén, pero la luz las oculta

Para muchos, la lluvia de estrellas fugaces es algo tan ligado al verano como la playa, las sandalias y la sangría. Pero en realidad las perseidas, o lágrimas de San Lorenzo, no son la única ni la mayor lluvia de meteoros que podemos contemplar. Simplemente, en pleno agosto es más factible y agradable tumbarse al fresco de la noche junto a unas cervezas y a la persona que a uno le apetezca tener al lado. Sin embargo, en la época cercana a la Navidad tenemos otros dos fenómenos incluso más intensos. Si es que podemos llegar a verlos.

Del 7 al 17 de diciembre nos visita la lluvia de meteoros de las gemínidas, con su pico hoy día 14. Y con el cambio de año y hasta la noche de Reyes llegarán las cuadrántidas, con su máximo el día 3. Según me cuenta el físico italiano Fabio Falchi, “estas lluvias, debidas a partículas de polvo procedentes de dos pequeños asteroides –probablemente los núcleos de dos antiguos cometas–, están entre las más ricas, llegando a 120 meteoros por hora en su pico, con una media de dos estrellas fugaces por minuto”.

Lluvia de meteoros de las gemínidas. Imagen de Asim Patel / Wikipedia.

Lluvia de meteoros de las gemínidas. Imagen de Asim Patel / Wikipedia.

Pero el motivo por el que hoy traigo aquí a Falchi no es para que nos explique cómo se produce el fenómeno, sino por qué difícilmente vamos a lograr ver algo. Y no solo porque las nubes amenacen con ocultarnos la vista (que también), sino por una razón que queda aclarada en el nombre de la entidad a la que Falchi dedica el tiempo libre que le deja su trabajo como profesor, el Instituto de Ciencia y Tecnología de la Contaminación Lumínica de Italia (ISTIL).

Hoy las ciudades, al menos las de nuestro entorno, han conseguido dejar atrás una buena parte de aquel lastre que las convertía en insalubres y amontonadas jaulas de cemento. Las urbes actuales intentan abrir espacios a la naturaleza y atenuar su pulso frenético con más calles peatonales y zonas de esparcimiento. Pero como decía Willy Loman, el viajante de Arthur Miller, hay que partirse el cuello para ver una estrella. Desde el valle donde vivo no se ve Madrid, pero por las noches es fácil saber dónde está: no hay más que buscar la mancha luminosa que rebosa sobre la línea de la colina.

Falchi lleva años dedicado al estudio de la contaminación lumínica, un problema cada vez más acuciante que no solo dificulta el trabajo astronómico, sino que nos impide disfrutar de uno de los espectáculos naturales más hermosos. Fruto de su esfuerzo, en colaboración con otros investigadores, es el mayor y más completo atlas mundial del brillo del cielo nocturno, publicado el pasado junio en la revista Science Advances y que revelaba algunos datos descorazonadores, como que un tercio de la humanidad –un 60% de los europeos– ya no puede ver la senda de la Vía Láctea en el cielo, el Camino de Santiago.

Y lo que es peor, como conté hace unos meses en un reportaje, es que el problema va a peor: los expertos como Falchi advierten de que el cambio de las luminarias clásicas por luces LED blancas por motivos de consumo energético aumenta aún más la polución lumínica. Los astrónomos aconsejan en su lugar el empleo de luces LED de color ámbar.

Según Falchi, hay varias razones que nos impiden disfrutar de las lluvias de meteoros en todo su esplendor. Por ejemplo, este año las gemínidas nos coinciden con una luna llena, algo que no ocurrirá en las cuadrántidas. Pero sobre todo, dice, “el mayor enemigo de las estrellas fugaces es la contaminación lumínica, presente todas las noches, todo el año”. “En las áreas contaminadas por la luz puedes perdértelas todas, o tener que esperar una hora para ver una sola” en lugar de docenas o cientos que podríamos ver bajo un cielo prístino. Y esto afecta a la mayoría de los habitantes de Europa.

Para quien tenga la posibilidad de desplazarse, Falchi y sus colaboradores del ISTIL, junto con la Administración Atmosférica y Oceánica y el Servicio de Parques Nacionales de EEUU, el centro alemán de geociencias GFZ y la Universidad israelí de Haifa, han preparado un mapa mundial interactivo en el podemos localizar las regiones cercanas de cielos más prístinos. “Busca las regiones de color negro, gris o azul, y ahí tendrás un cielo oscuro”, dice.

Y ya les adelanto la conclusión: España es uno de los países con mayor contaminación lumínica del mundo, pero donde el desigual reparto de la población permite que aún se abran algunos cielos relativamente limpios en ciertas áreas de Guadalajara-Cuenca-Teruel y Toledo-Ciudad Real-Extremadura. Y por supuesto, en zonas de Canarias: La Palma goza del cielo más oscuro de Europa occidental en el Roque de los Muchachos.

Contaminación lumínica en España. Las regiones más oscuras corresponden a cielos más limpios. Imagen del Atlas de Contaminación Lumínica de Falchi et al, tomada de http://cires.colorado.edu/artificial-sky.

Contaminación lumínica en España. Las regiones más oscuras corresponden a cielos más limpios. Imagen del Atlas de Contaminación Lumínica de Falchi et al, tomada de http://cires.colorado.edu/artificial-sky.

Falchi ha publicado también para el gran público una versión de divulgación del atlas (en inglés), The World Atlas of Light Pollution, disponible en Amazon; un buen regalo navideño para los aficionados a la astronomía. Dado que tanto él como sus colaboradores italianos han elaborado el atlas de forma desinteresada y sin financiación alguna, Falchi confía en que los fondos recaudados con la venta del libro le permitan proseguir con sus investigaciones tan necesarias sobre la contaminación lumínica.

Por Navidad, adopta un elefante huérfano

Aquí va una idea para Navidad: adoptar un elefante huérfano. No para tenerlo en el salón, claro, sino para ayudar a sostener su crianza en el David Sheldrick Wildlife Trust de Nairobi (Kenya) hasta que algún día pueda reintegrarse a su medio natural.

El David Sheldrick Wildlife Trust (DSWT) tiene su origen en la labor de una pareja keniana de origen británico que ha desempeñado un papel esencial en la historia de la conservación en África Oriental. En 1948, David Sheldrick asumió el puesto de guarda fundador del Parque Nacional de Tsavo, el segundo creado en la entonces colonia británica, y hoy el más grande del país sumando sus sectores este y oeste.

Un elefante toma su biberón en el David Sheldrick Wildlife Trust. Imagen de Javier Yanes.

Un elefante toma su biberón en el David Sheldrick Wildlife Trust. Imagen de Javier Yanes.

A quienes no hayan viajado por aquella región, tal vez el nombre de Tsavo no les resulte muy familiar, en comparación con los de otros parques más retratados en los documentales como Masai Mara o el Serengeti. Pero quizá recuerden una película de 1996 titulada Los demonios de la noche, en la que Val Kilmer y Michael Douglas se enfrentaban a la amenaza de dos leones devoradores de hombres durante la construcción de un ferrocarril. La historia era real y ocurrió en Tsavo, una región mítica por su naturaleza árida y hostil que durante siglos impuso una barrera a las incursiones de los colonizadores desde la costa.

Por su extensión inabarcable y sus impenetrables bosques de espino seco, Tsavo ha sido tradicionalmente un territorio favorito de los furtivos, lo que equivale a decir un lugar donde la vida de cualquier animal, tenga dos o cuatro patas, corre serio peligro. Durante casi cuatro decenios y gracias a su experiencia militar, Sheldrick mantuvo el orden en Tsavo y desarrolló el parque para que hoy puedan disfrutarlo miles de visitantes cada año. Él y su esposa Daphne emprendieron entonces la tarea de recoger y criar los animales huérfanos que el furtivismo iba dejando a su paso.

Cuando David Sheldrick falleció en 1977 de un ataque cardíaco, Daphne decidió fundar en su memoria la entidad que lleva su nombre en una propiedad adyacente al Parque Nacional de Nairobi, junto a la capital del país. Desde entonces, esta ONG ha criado y después liberado en las sabanas de Tsavo más de 150 elefantes huérfanos recogidos de todo el país, además de otros animales como rinocerontes o avestruces.

El DSWT no es un zoo. De hecho, solo está abierto al público durante una hora cada día, de 11 a 12 si no recuerdo mal, y con el fin de dar a conocer su labor y recaudar una tarifa de entrada que se dedica al sostenimiento de los animales. Durante esa hora de visita, los elefantes son guiados hasta un cercado donde el público puede ver cómo juegan, se toman su biberón –o dos– tamaño elefante, se dan un placentero baño de barro y polvo, y se pelean como buenos hermanos.

Elefantes huérfanos después de su baño de barro y polvo en el David Sheldrick Wildlife Trust. Imagen de Javier Yanes.

Elefantes huérfanos después de su baño de barro y polvo en el David Sheldrick Wildlife Trust. Imagen de Javier Yanes.

Todo el que alguna vez haya recogido un polluelo caído de un nido sabe lo complicado que es sacar adelante a un animal huérfano, y los elefantes no son una excepción. Con su larga experiencia, el DSWT se ha convertido en el centro de cría de elefantes huérfanos más exitoso del mundo. Su método incluye una fórmula especial de leche desarrollada por Daphne Sheldrick a lo largo de décadas de ensayo y error. La cría de los elefantes se asigna a cuidadores que actúan como una familia postiza durante todo el período que los animales permanecen en el centro, hasta que a los diez años de edad se les integra en alguno de los clanes salvajes del Parque Nacional de Tsavo Este.

Un cuidador da el biberón a un elefante en el David Sheldrick Wildlife Trust. Imagen de Javier Yanes.

Un cuidador da el biberón a un elefante en el David Sheldrick Wildlife Trust. Imagen de Javier Yanes.

El programa de adopción del DSWT solicita una aportación mínima anual de 50 dólares para ayudar a la cría del animal que el donante elija. La lista de todos los elefantes con su historia está disponible en la web. A cambio de la donación, los padrinos reciben un certificado con toda la información sobre su animal adoptado y cada mes tienen acceso al diario de los cuidadores para ver cómo su ahijado va creciendo.

Además del orfanato, el DSWT mantiene otras actividades, entre las cuales destaca la lucha contra el furtivismo en la región de Tsavo. A pie o en vehículos y con apoyo aéreo, las unidades del DSWT patrullan continuamente por las fronteras del parque y sus áreas de expansión, desactivando cada año miles de trampas y cepos, arrestando a cientos de furtivos con la colaboración de los guardas armados del Servicio de Parques (KWS) y prestando asistencia veterinaria a los animales heridos.

Gracias a esta labor, los animales liberados tienen más posibilidades de sobrevivir y llegar a reproducirse en un país donde la caza legal está prohibida desde 1977, pero donde nunca se ha dejado de cazar ilegalmente.

Selección antinatural: el mosquito del metro y elefantes sin colmillos

Ay, los humanos… Si nos paramos a pensarlo, no tiene nada de raro que nos hayamos convertido en una fuerza directora de la evolución biológica en el planeta. No solo somos una especie depredadora dominante, o la especie depredadora dominante, sino que además modificamos profundamente nuestro entorno y por tanto su ecología, levantando o allanando barreras, transformando radicalmente los ecosistemas y prendiendo así un reguero de pólvora que acaba volando por los aires el orden natural. Como resumía una revisión publicada el pasado junio, “los humanos condicionan una evolución rápida a través de la relocalización, la domesticación, la caza y la creación de nuevos ecosistemas”.

Pero no, no. Tranquilos, unos, lo siento, otros, pero no voy a sumarme a la corte plañidera que denuncia lo nocivos que somos y que desea nuestra pronta extinción. Los humanos somos tan capaces de lo sublime como de lo terrible, y aún podemos hacer el esfuerzo, individual y colectivamente, de potenciar lo primero evitando lo segundo. Quienes denostan la influencia de los humanos en el planeta deberían preguntarse si estarían dispuestos a renunciar a todo lo que esa influencia les ha legado. Incluyendo, en primer lugar, la posibilidad de su propia existencia.

En cuanto a esas transformaciones del mundo, si a veces las miráramos con una cierta perspectiva, aprenderíamos a verlas no como las vemos hoy, sino como las verán nuestros tataranietos. Cuando se construyó la Torre Eiffel, a finales del XIX, hubo una corriente de académicos y artistas de primera fila que se opuso con fiereza, calificando la torre de inútil, monstruosa, ridícula, bárbara, odiosa… Incluso dicen que Maupassant comía todos los días en su restaurante porque era el único lugar de París desde el que no se veía la torre.

Pero centrándonos en la biología, esa relación entre depredador y presas ha venido actuando como fuerza motriz de la evolución desde el principio de los tiempos. Incluso tal vez desde el origen de nuestras células. Si la teoría de la endosimbiosis o simbiogénesis de Lynn Margulis es correcta (y hoy se piensa que lo es), la célula eucariota (la nuestra) apareció cuando dos células procariotas decidieron que les iría mejor si una vivía dentro de la otra, aportando energía y recibiendo protección. De aquel acuerdo biológico proceden nuestras mitocondrias, los generadores de la célula. Pero algunos biólogos evolutivos piensan que no hubo tal acuerdo, sino una depredación: o bien un procariota se tragó al otro, o el otro invadió al uno.

Por otra parte, la ausencia de depredadores no es precisamente lo mejor para el equilibrio, como demuestran infinidad de ejemplos históricos. Quizá el más citado en las clases de biología sea el de los conejos europeos introducidos en Australia en el siglo XVIII. La escasez de depredadores llevó a que a mediados del siglo XX el país estuviera invadido por 600 millones de conejos, por lo que se decidió liberar el virus mixoma para controlarlos… Hasta que los conejos se hicieron inmunes, lo que llevó a sembrar el calicivirus que les provoca una enfermedad hemorrágica fatal. Pero en un mundo ya globalizado, estas enfermedades acabaron extendiéndose a otros continentes, por lo que hubo que crear una vacuna para proteger a los conejos de granja. Vacuna que, por cierto, se desarrolló aquí, en el Centro de Investigación en Sanidad Animal (CISA) de Valdeolmos.

Y por cierto, los efectos de la ausencia de depredadores son bien conocidos en lugares como la Sierra de Madrid, donde vivo. Quienes sacan a su perro para un tranquilo paseo nocturno a menudo se ven envueltos en un encontronazo inesperado con una piara de jabalíes, bonitos pero muy destructivos y potencialmente peligrosos.

Sobre el poder del ser humano como director de la evolución biológica, hay un ejemplo también clásico en los textos de biología, el de la polilla del abedul Biston betularia. Estas mariposas que descansan en los abedules solían tener alas moteadas en gris, confundiéndose con la corteza de los árboles para evitar convertirse en comida de pájaros. Cuando nació la industria, los humos de las fábricas en Inglaterra comenzaron a oscurecer los abedules, y poco a poco las polillas de alas grises fueron reemplazadas por las variantes oscuras, que se camuflaban mejor en el nuevo aspecto de su entorno.

¿Sabían que el metro de Londres tiene su propia (sub)especie de mosquito? Durante la Segunda Guerra Mundial, cientos de miles de londinenses se refugiaron de los bombardeos alemanes en las estaciones subterráneas. Aquello llevó bajo tierra muchas de las plagas que dependen de los humanos para su subsistencia, incluyendo los mosquitos. Con el paso de las décadas y de cientos de generaciones, los mosquitos del metro, que no hibernan, fueron separándose de su especie original, Culex pipiens, hasta formar una especie (Culex molestus) o subespecie (Culex pipiens molestus) que no puede producir descendencia mixta con la original. Lo más extraño es que desde entonces se ha encontrado esta variante en otros túneles de metro del mundo, aunque su parentesco genético sugiere que se originó en Londres.

Ejemplar de Culex molestus, el mosquito del metro de Londres. Imagen de Wikipedia.

Ejemplar de Culex molestus, el mosquito del metro de Londres. Imagen de Wikipedia.

Mucho más alarmante es el caso de la presión selectiva que la caza furtiva está ejerciendo sobre los elefantes africanos. Un reportaje publicado esta semana en Nautilus llama la atención sobre el aumento de la proporción de elefantas sin colmillos. Este es un rasgo que aparece en una población minoritaria de hembras de forma natural, pero que podría estar aumentando. Ya en 2002, un censo en el Parque Nacional de Addo, en Suráfrica, revelaba que el 98% de las elefantas de la reserva carecían de colmillos.

En aquel caso, los autores del estudio sugerían que la presión selectiva no parecía justificar por sí sola el crecimiento de este rasgo, y que probablemente actuaba una deriva genética debida a un efecto cuello de botella en una población aislada y pequeña. Pero los expertos alertan de que, a falta de estudios fenotípicos y genotípicos más precisos, tiene todo el sentido que la presión de la caza esté favoreciendo la supervivencia y la reproducción de las hembras sin colmillos, que no tienen interés para los furtivos.

El pasado 29 de agosto, un grupo de trabajo presentó en el Congreso Geológico Internacional celebrado en Ciudad del Cabo (Suráfrica) la propuesta formal de una idea que lleva decenios circulando en la comunidad científica: declarar oficialmente concluido el Holoceno, el nombre que los libros de texto asignan al período geológico en el que actualmente vivimos, y adoptar la denominación de Antropoceno para la época que ha presenciado el ascenso del ser humano, con todo lo bueno y lo malo que ello conlleva.

Un nombre es mucho más que un nombre: el eslogan de la conservación no tiene discusión, pero a menudo provoca rechazo cuando se repite de forma machacona sin explicar los fundamentos en los que se asienta. Si desde pequeños aprendemos con datos y ejemplos concretos cuál es la influencia transformadora de nuestra actividad en este planeta, tal vez se comprenda mejor que tenemos entre manos un material muy sensible.

Los transgénicos serán el futuro, pero sólo si aguantamos el cambio de ciclo

En los años 50 y 60 del siglo pasado, superado el trauma de la Segunda Guerra Mundial, en el mundo occidental dominaba un espíritu de optimismo que cabalgaba sobre el caballo de la modernidad. Fue la época del baby boom, el coche para todos, las vacaciones en la playa y el desarrollismo inmobiliario. Ni siquiera España, que vivía en su piña franquista debajo del mar, se sustraía a esta euforia del bienestar. Y tampoco el roce de la guadaña del apocalipsis en las gargantas (la escalada nuclear, la Guerra Fría, la crisis de los misiles de Cuba) era capaz de aguar la fiesta.

Hace dos veranos, casi por estas mismas fechas (ignoro qué tiene el verano que me hace pensar en esto), conté aquí que en 1964 y con ocasión de la Feria Mundial de Nueva York, mi ilustre colega por partida doble Isaac Asimov (por bioquímico y por escritor) lanzaba un vaticinio a 50 años vista. En 2014, auguraba Asimov, los seres humanos seguirían “apartándose de la naturaleza para crear un entorno más adecuado a ellos”. Viviríamos en hogares subterráneos sin ventanas y con iluminación exclusivamente artificial, comeríamos solo alimentos precocinados y lavaríamos la ropa en una lavadora alimentada por pilas atómicas.

Lo curioso (hoy) es que Asimov no pintaba todo esto como una distopía, sino como la mayor de las utopías, y con bocas abiertas de admiración era como los ciudadanos de entonces recibían profecías como aquella. Era un futuro ideal al que, créanlo los jóvenes de hoy o no, la inmensa mayoría quería apuntarse sin dilación.

Cómo han cambiado las cosas, ¿no? Lo que en tiempos de Asimov era el sueño del mañana, hoy es la pesadilla. ¿Y por qué?, se preguntará alguien. No, no es porque nuestros padres y abuelos fueran más tontos o porque tuvieran deseos de destruir y arrasar el planeta.

Simplemente se trata del Zeitgeist, un concepto que no acuñó, pero sí inspiró, la filosofía de Hegel. Es el signo de los tiempos, el conjunto de ideas y la forma de pensar que dominan en una época. Como los objetos físicos, la especie humana funciona por un principio de acción y reacción; a las revoluciones les siguen las contrarrevoluciones. Y a la modernidad le siguió la posmodernidad, y todo aquello que inspiraba la visión de Asimov se desplazó al extremo contrario: vuelta a la naturaleza, alimentos orgánicos, vida natural y cosechar energía en lugar de fabricarla.

Todo esto, introduzco un paréntesis, tiene mucho que ver también con otras cosas que hoy no voy a tratar. A menudo se pregunta (y me preguntan) por qué el ser humano no ha vuelto a la Luna desde 1972, por qué no se han establecido colonias allí o en Marte. Siempre respondo que hay un único motivo, y es que no hay dinero: lo que se gastó en la carrera espacial se gastó, y ya no hubo más. Pero lo que subyace es el Zeitgeist: la razón de que no hubo más es que hoy (casi) nadie suspira por vivir en la Luna o en Marte. El ciclo cambió antes de que todo aquello se hiciera posible, y el nuevo ciclo no lo quería.

Arroz dorado (derecha). Imagen de Wikipedia.

Arroz dorado (derecha). Imagen de Wikipedia.

Pero una prueba de que hoy no somos más listos que nuestros padres y abuelos es que no nos guiamos con mayor preferencia por el conocimiento real. Y ya llego: a su vez, prueba de ello es el asunto de los transgénicos. El hecho de que tantas voces se manifiesten públicamente en contra de los cultivos modificados genéticamente, y que las marcas se vean obligadas a seguir esta corriente popular si es que quieren vender algo, no casa en absoluto con el conocimiento real actual sobre los transgénicos. Y esto no es una opinión, sino un hecho.

Ya conté aquí a finales de mayo que ahora tenemos el veredicto definitivo (rectifico: el veredicto provisionalmente correcto hoy, como todo en ciencia) sobre la inocuidad de los transgénicos, en forma de un trabajo de 400 páginas, más de 100 expertos, dos años de trabajo, 900 estudios publicados a lo largo de más de dos decenios.

Más recientemente, y muy a raíz de aquel informe de las Academias Nacionales de Ciencia, Ingeniería y Medicina de EEUU, los transgénicos han saltado a los titulares por la carta de más de un centenar de premios Nobel acusando a Greenpeace de crimen contra la humanidad por su cerril oposición incondicional a los transgénicos, en concreto al arroz dorado. Pero todo esto no servirá de nada; jamás servirá para convencer a quienes no tienen el menor interés en conocer la realidad. Seguirán anclados en su convencimiento de que todos los que defendemos los transgénicos estamos financiados por las multinacionales biotecnológicas y que formamos parte de una conspiración interesada en tapar la verdad.

Por supuesto que no puede faltar un poco de autocrítica: científicos y adláteres, y más los que hemos sido científicos y ahora somos adláteres, debemos de haber hecho algo mal para no ser capaces de transmitir un mensaje tan evidente que consiste únicamente en la verdad cruda sin tintes ni retoques: que los transgénicos no hacen (no han hecho hasta ahora) ningún daño a nadie ni a nada, ni a la salud humana, ni a la salud animal, ni al medio ambiente ni a la biodiversidad. Pero incluso reconociendo esta culpa, y una vez más, hay algo que subyace, y es el Zeitgeist. No se puede luchar contra esto.

Pero el ciclo, como ya he dicho arriba, cambia por sí solo con el tiempo, sin que nadie lo empuje. Si la humanidad continúa funcionando como lo ha hecho siempre, la mentalidad dominante acabará reformándose más tarde o más temprano, se reducirá la actual desconfianza hacia la ciencia y la tecnología (al menos toda aquella que no sirva para usar Twitter), se volverá a creer en el progreso, y entonces probablemente los transgénicos resultarán menos antipáticos.

Si hay algo claro es que las inmensas posibilidades de la tecnología de los transgénicos, que pueden salvar millones de vidas en las regiones más desfavorecidas del planeta, va a seguir progresando. Ahora existe una herramienta de nueva generación que ha traído una revolución a la modificación de genes y que, como conté ayer, brinda esperanzas frescas en el combate contra innumerables enfermedades, entre ellas el cáncer. Y sí, CRISPR también servirá para producir nuevos cultivos transgénicos mejorados.

Pero ahora vivimos un momento crucial. Siempre se ha dicho que la tecnología no se detiene, y que si algo puede hacerse, llegará a hacerse. Personalmente elevo una excepción a esta norma, y es lo que va en contra de esa mentalidad dominante. La tecnología que pilla la ola, en símil surfero, viajará como un rayo; pero la que trata de nadar contra la corriente puede acabar ahogada, y esto es lo que podría suceder con la tecnología de los transgénicos si empresas y gobiernos no se implican en su defensa y sucumben a la tentación demagógica de pillar la ola.

En cuanto a las empresas, y en contra de la vieja doctrina de Friedman, hoy la actividad empresarial está casi voluntariamente obligada a asumir un compromiso de responsabilidad social, tal vez mayor cuanta más visibilidad pública tienen sus marcas o sus operaciones. Y en materia de transgénicos, las compañías alimentarias, multinacionales o no, no lo están haciendo. Las empresas que se dejan llevar por la fuerza de la ola, eliminando los transgénicos de sus productos y pregonándolo en su publicidad, están incurriendo en una dejación de su responsabilidad social e hipotecando el bienestar de las generaciones futuras en interés de su propio beneficio rápido.

Los transgénicos no hacen mal (pero tampoco el bien esperado)

He conocido pocos biólogos moleculares opuestos a los cultivos transgénicos. Y no porque vivan/vivamos de ello. Quienes sí lo hacen suelen trabajar en compañías, y no son esos los que conozco (no por nada). La explicación de esta postura mayoritaria entre los molbiols es simplemente la misma por la cual antes nos escondíamos de las tormentas a rezar para que Dios no nos fulminara con un rayo, mientras que hoy conocemos el fenómeno eléctrico atmosférico y podemos conocer, valorar y controlar sus riesgos reales.

Ciruelas transgénicas resistentes al virus de la sharka. Imagen de Wikipedia.

Ciruelas transgénicas resistentes al virus de la sharka. Imagen de Wikipedia.

Por supuesto, una excepción al sentido de esta insinuación son los conspiranoicos, que llegan a convertirse en verdaderos especialistas (si bien con un ojo tapado) en el tema de su conspiranoia favorita, que defienden sin importar la absoluta ausencia de pruebas; pero precisamente por esto se trata de un perfil psicológico peculiar, como conté aquí.

Naturalmente, en el caso de los conspiranoicos nada podrá hacerles abandonar su convencimiento, porque es apriorístico; no es un juicio, sino un prejuicio. Ni siquiera, en el caso de los cultivos transgénicos, un informe de 400 páginas en el que ha participado más de un centenar de expertos de las Academias Nacionales de Ciencia, Ingeniería y Medicina de EEUU, que durante dos años han evaluado 900 estudios publicados en las dos últimas décadas sobre los cultivos genéticamente modificados (GM), y del que destaco y cito las siguientes conclusiones:

“Los datos a largo plazo sobre la salud del ganado antes y después de la introducción de cultivos GM no muestran ningún efecto adverso asociado a los cultivos GM.”

“A los animales no les ha perjudicado alimentarse de comida derivada de cultivos GM.”

“El comité no encontró pruebas concluyentes de relaciones causa-efecto entre cultivos GM y problemas medioambientales. Sin embargo, la naturaleza compleja de evaluar cambios medioambientales a largo plazo a menudo dificulta llegar a conclusiones definitivas.”

“No se ha encontrado ninguna prueba sólida de que los alimentos de los cultivos GM sean menos seguros [para la salud humana] que los alimentos de los cultivos no-GM.”

“Las tecnologías genéticas emergentes han borrado la distinción entre el cultivo convencional y el GM, hasta el punto de que los sistemas reguladores basados en procesos son técnicamente difíciles de defender.”

¿Maíz transgénico? No: Quality Protein Maize (QPM), un mutante inducido "biofortificado". Al ser una variedad creada por mutagénesis, no le afecta la regulación sobre transgénicos. Imagen de Neil Palmer (CIAT) / Flickr / CC.

¿Maíz transgénico? No: Quality Protein Maize (QPM), un mutante inducido “biofortificado”. Al ser una variedad creada por mutagénesis, no le afecta la regulación sobre transgénicos. Imagen de Neil Palmer (CIAT) / Flickr / CC.

Esta última conclusión merece un comentario. Desde que existen la agricultura, la ganadería y la costumbre de tener animales de compañía, el ser humano ha estado seleccionando los mutantes que surgían espontáneamente para criar variedades o razas con los rasgos deseados, desde el arroz a los perros.

Desde el segundo tercio del siglo XX, antes de la existencia de las tecnologías genéticas, se ha empleado el procedimiento de forzar la aparición de estas mutaciones mediante estímulos químicos y radiológicos, es decir, mutágenos. La base de datos conjunta de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (IAEA) registra más de 3.200 de estas variedades mutantes de 214 especies de plantas, utilizadas en más de 60 países.

Sin embargo, y frente a la regulación aplicada a los organismos modificados por procedimientos de ingeniería genética, estos mutantes espontáneos o inducidos escapan al control legal. De hecho, en muchos países pueden venderse como “orgánicos”, ya que esta calificación solo depende del método de cultivo y no del origen de las variedades, cuyo carácter mutante a veces se remonta a miles de años atrás (por ejemplo, nuestro trigo es genéticamente diferente del silvestre desde el inicio de la agricultura, hace al menos 8.000 años).

Y curiosamente, mientras que los cultivos GM están perfectamente caracterizados desde el punto de vista genético, los mutantes pueden comercializarse sin que se tenga la menor idea sobre cuáles son sus mutaciones, o si estas pueden ser perjudiciales para la salud o el medio ambiente. Dice el informe: “Algunas tecnologías emergentes de ingeniería genética podrán crear variedades de cultivos indistinguibles de las desarrolladas por métodos convencionales, mientras que otras tecnologías, como la mutágenesis, que no están cubiertas por las leyes actuales, podrían crear nuevas variedades de cultivos con cambios sustanciales en los fenotipos de las plantas”.

Es por esto que el informe de las Academias Nacionales habla de esa distinción borrada, y por ello recomienda que “las nuevas variedades –ya sean obtenidas por ingeniería genética o de cultivo convencional– sean sometidas a ensayos de seguridad en caso de que tengan características nuevas, pretendidas o no, que puedan causar daños”. El informe destaca que las nuevas técnicas -ómicas (genómicas, fenómicas, proteómicas…) serán clave en el futuro para conocer con detalle la ficha completa de toda variedad de cultivo, sea cual sea su origen.

Pero por otro lado, el informe también concluye lo siguiente:

“Las pruebas disponibles indican que la soja, el algodón y el maíz GM generalmente han tenido resultados económicos favorables para los productores que han adoptado estos cultivos, pero los resultados han sido heterogéneos dependiendo de la abundancia de plagas, prácticas agrícolas e infraestructuras de cultivo.”

“Los cultivos GM han beneficiado a muchos granjeros a todas las escalas, pero la ingeniería genética por sí sola no puede afrontar la amplia variedad de desafíos complejos a los que se enfrentan los granjeros, sobre todo los pequeños.”

En conclusión, los expertos destacan que los cultivos GM tampoco han sido la panacea esperada: no han aumentado drásticamente la producción como se prometía y, aunque para algunos granjeros han sido beneficiosos, a otros no les ha merecido la pena la inversión. Por supuesto, para algunas compañías han sido un negocio muy rentable.

¿Un negocio fallido? ¿Una promesa incumplida? ¿Un timo? Aún es pronto para decidirlo: “La biología molecular ha avanzado sustancialmente desde la introducción de los cultivos GM hace dos décadas”, dice el informe. Entre estos avances está la tecnología de edición genómica CRISPR, que permite una manipulación del ADN mucho más precisa y eficaz que las tecnologías anteriores. “Están en marcha las investigaciones para aumentar el rendimiento potencial y la eficiencia en el uso de los nutrientes, pero es demasiado pronto para predecir su éxito”, apuntan los autores. Y aún mucho más allá, todavía ni asomando por el horizonte, está la biología sintética.

Como resumen de todo lo anterior, y al menos en lo que respecta al panorama dibujado por el informe y a las previsiones que se derivan de él, hay una conclusión que probablemente parecerá tan risiblemente evidente para algunos como increíblemente insólita para otros: el futuro de la agricultura pasa inevitablemente por más tecnología, y no por menos.

La doble cara de la caza

Como medio-keniano mestizo desde hace un cuarto de siglo, después de tantas horas al amanecer buscando leopardos en las riberas, con la esperanza de capturar su ardiente pelaje con mi cámara y sintiéndome un respetuoso intruso en su mundo, se comprenderá qué me corre por el cuerpo al observar esa foto. O cualquier otra similar de un millonario occidental de esos que llegan, matan y se van, probablemente sin estar seguros siquiera de si lo que han matado se llama leopardo, guepardo… ¿Leotardo? ¿Leonardo?

César Cadaval, con un leopardo abatido. Imagen de Twitter.

César Cadaval, con un leopardo abatido. Imagen de Twitter.

No imagino matar un animal a no ser que necesitara comérmelo para sobrevivir. Pero ante tanta bilis vertida en Twitter a propósito de la foto de marras, alguien tiene que explicar ciertos extremos que deben invitar a una reflexión un poco más profunda.

La caza se ha empleado tradicionalmente en muchos lugares del mundo como ayuda a la conservación de ecosistemas. Se matan animales enfermos que podrían extender epidemias. Pero también se sacrifican animales perfectamente sanos que han causado conflictos con la población humana, y que volverían a causarlos: elefantes que se acostumbran a frecuentar los cultivos, que reaccionan agresivamente contra sus propietarios y se vuelven irrecuperables; leones que se han habituado al contacto con los humanos y atacan con facilidad. Un ejemplo de esto último sucedió en el Parque Nacional de Aberdares, en Kenya, donde un león rescatado de un circo mató a una persona y tuvo que ser sacrificado.

Pero la caza también se ha empleado simplemente como método de control de poblaciones, como repasaba una revisión de hace unos años:

Hasta los años 70, los responsables [de la conservación] asumían que el sacrificio era necesario para impedir el aumento de las poblaciones, una premisa que justificó el sacrificio preventivo de ciervos en el Parque Nacional de Yellowstone y de elefantes en Zimbabwe y Uganda, y que fue la base de los planes de sacrificio de elefantes en el Parque Nacional de Tsavo, en Kenya, y en otros lugares.

Hoy este método se enfrenta cada vez con más objeciones éticas, incluso teniendo en cuenta que, según sostienen algunos científicos, el sacrificio controlado en las poblaciones de depredadores contribuye eficazmente a su sostenibilidad y reduce su riesgo de extinción. Algunos investigadores mantienen también que hay diferentes modelos de conservación, y que no hay necesidad de intervenir para mantener un estado concreto. En el caso de especies valiosas o en peligro se ha fomentado la translocación de animales de unas regiones a otras, pero se trata de un procedimiento muy costoso.

Pero mientras el sacrificio preventivo con fines de conservación resulta cada vez más cuestionable, paradójicamente existe también un movimiento en sentido contrario. Países como Suráfrica, Botswana o Zimbabwe han aprovechado la caza sostenible como jugosa fuente de ingresos para la conservación. Mientras, Kenya prohibió la caza en los años 70; cuando es necesario el sacrificio de algún animal, son los guardas de los parques quienes se encargan de ello. En Kenya la caza cuesta dinero al estado (a la gente) en lugar de generarlo.

Por este motivo, durante décadas ha existido en Kenya una corriente de presión que ha tratado de abrir el país a la caza bajo el argumento de rentabilizar la conservación. Personalmente me apenaría enormemente ver la caza legalizada en Kenya. Pero la nueva ley de conservación aprobada en 2013 ha abierto la mano al sacrificio restringido y autorizado en ciertos casos como método de control de población, cuando no exista posibilidad de translocación u otros procedimientos, y con un control registrado sobre los trofeos. Lo cual, en la práctica, y en un país como Kenya donde impera la corrupción, significará que quienes puedan pagarlo obtendrán permisos para abatir presas en ranchos privados y llevárselas a casa.

Tal vez nos indigna que un buen chorro de dinero pueda comprar la muerte de un animal. E indudablemente nos repugna la actitud soberbia y ufana del gran cazador blanco que hoy resulta ya tan anacrónica. Con todo, el debate científico sobre la caza como método de ayuda a la conservación continuará, y debe continuar. Pero por favor, que al menos las fotos se las guarden para ellos mismos.

¿De qué pasta está hecha la negación del cambio climático?

Hace unos días conté aquí un nuevo estudio que revela el enorme poder sobre la opinión púbica de los mensajes mediáticos que cuestionan el cambio climático, incluso teniendo en cuenta que alrededor del 97% de los científicos expertos apoyan la existencia de una deriva peligrosa del clima debida a la actividad humana.

Contaminación ambiental en EEUU. Imagen de U.S. National Archives and Records Administration / Wikipedia.

Contaminación ambiental en EEUU. Imagen de U.S. National Archives and Records Administration / Wikipedia.

Naturalmente, quienes no tienen la menor idea fundamentada sobre el asunto, o mejor, fundamentada solo en prejuicios que obligan a deformar la realidad para ajustarla a sus creencias, siempre verán a los escépticos como héroes rebeldes que se atreven a desafiar el pensamiento único. En fin, no hay nada que hacer al respecto; va con la naturaleza humana: entre los rasgos que nos diferencian del resto de los seres vivos de este planeta no solo está una mayor altura intelectual, sino también la capacidad de renunciar voluntariamente a su ejercicio.

Tampoco servirá de mucho a este fin el hecho de que Greenpeace haya destapado ahora las razones por las que algunos de esos “héroes rebeldes” continúan negando la existencia del cambio climático: cobran por ello. Esta semana, la organización ecologista informó de una investigación encubierta que ha delatado la disposición de dos académicos, conocidos por sus posturas escépticas, a escribir estudios científicos o artículos de opinión contrarios al cambio climático antropogénico… a cambio de una buena suma.

Según Greenpeace, miembros de la organización se presentaron ante Frank Clemente, de la Universidad Penn State, y William Happer, de la Universidad de Princeton, fingiendo ser consultores que trabajaban para compañías petroleras o del carbón, y solicitándoles que escribieran artículos minimizando el efecto de las emisiones de los combustibles fósiles. Ambos accedieron, siempre que los términos del acuerdo fueran aceptables: Happer especificó que su tarifa era de 250 dólares la hora, lo que sumaría un total de 8.000 dólares por cuatro días de trabajo; por su parte, Clemente pedía 15.000 dólares por un estudio científico y 8.000 por un artículo de opinión en un periódico.

Para aclarar ciertos detalles que no tienen por qué ser del conocimiento general, conviene recordar que los científicos no se distinguen en general por cobrar salarios astronómicos. La publicación de un estudio científico no les reporta ningún beneficio económico; al contrario, en muchos casos tienen que pagar a la revista que acepta su trabajo. Y en cuanto a las colaboraciones con los medios, en España se pagan en torno a los 100 euros.

Ambos científicos, que han prestado testimonio en diversos comités gubernamentales sobre cambio climático en EEUU, discutieron con los falsos consultores cómo enmascarar estas generosas donaciones para que no tener que declararlas a la hora de publicar sus artículos, ya que hoy las revistas científicas obligan a los autores a revelar si están sujetos a posibles conflictos de intereses. Greenpeace cuenta también que ambos ya han recibido anteriormente grandes sumas de compañías como Peabody Energy, un gigante estadounidense del carbón.

Pero los propios científicos eran conscientes de que sus artículos difícilmente pasarían el riguroso filtro de la revisión por pares de una revista. En un email, Happer escribía:

Podría enviar el artículo a una revista revisada por pares, pero eso podría retrasar mucho la publicación, y podría requerir tantos cambios importantes en respuesta a los referees [revisores] y al director de la revista que el artículo ya no justificaría de modo tan contundente como a mí me gustaría, y presumiblemente como también le gustaría a su cliente, que el CO2 es un beneficio y no un contaminante.

Happer añadía que una posibilidad era evitar la publicación del artículo en una revista, y en su lugar someterlo a una “revisión por pares” a manos de revisores escogidos por una organización de la que él forma parte, lo cual permitiría publicitar el artículo en los medios asegurando que había sido rigurosamente revisado por expertos. Happer precisaba que este procedimiento ya había sido empleado en anteriores ocasiones.

Tristemente, el científico definía a estos posibles revisores como “quixotic“, quijotescos. Alguien debería explicarle a Happer que el diccionario de la RAE reserva esta denominación para quien “antepone sus ideales a su provecho o conveniencia y obra de forma desinteresada y comprometida en defensa de causas que considera justas”.

Claro que, apartándonos del diccionario, también podríamos señalar como quijotesco a quien se empeña en ver gigantes donde hay molinos de viento; sobre todo si le pagan unas buenas gafas. Ya lo ven: esta es la pasta (nunca mejor dicho) de la que están hechos esos rebeldes heroicos.

2.300 años después, por fin se escucha a la ciencia

Repasando las portadas de los diarios, hoy uno casi se frota los ojos al comprobar que incluso algunos medios conservadores están dedicando a la cuestión del clima la atención que merece. Se aplaude la toma de conciencia y de posición, aunque ha costado; en sociedades tan enceguecidas por la polarización política es difícil convencer de que no todo es cuestión de ideología: hay problemas globales reales que no aparecen o desaparecen en función de un discurso político y que requieren medidas globales consistentes, no sujetas a los vaivenes del voto.

¿Es discutible el cambio climático antropogénico? Por supuesto que lo es, como todo en ciencia. El cambio climático antropogénico es tan discutible como la linealidad de la mecánica cuántica; es decir, por aquellos que tienen el conocimiento suficiente para comprender la ciencia subyacente y aportar argumentos válidos. En cuanto a los demás, los que no somos especialistas en clima, debemos ceñirnos a lo que dicen los expertos. Ayer, un medio conservador invitaba a un periodista de otro medio ultraconservador, negacionista, para transmitir la tramposa impresión de que aún sigue vivo un debate a la totalidad.

El periodista en cuestión admitió no ser un climatólogo, pero alegó que “lleva muchos años siguiendo esto”, como si haberse visto varias veces todas las temporadas de House bastara para estar cualificado como médico. Naturalmente que los detalles de los modelos predictivos del clima pueden discutirse y matizarse (por los expertos), pero sería una asnada basarse en un quítame allá ese grado más o menos para seguir viviendo peligrosamente. Hoy no existe un debate a la totalidad en la comunidad científica; esa fase quedó superada tiempo atrás. Y lo que diga un periodista que lleva “muchos años siguiendo esto” tiene tanta relevancia como las predicciones de aquel famoso pulpo Paul.

Una aclaración: escojo este ejemplo con intención, ya que habrá quien recuerde que el pulpo Paul acertaba. Es probable que el animal no eligiera al azar, sino movido por un sesgo perceptual o cognitivo (ideológico, en el caso del periodista). En una situación semejante es perfectamente compatible con las leyes de la estadística acertar siempre, como lo es equivocarse siempre. Pero ninguno de estos dos casos tiene nada que ver con el fútbol.

Representantes en la cumbre del clima COP21 en París, el 30 de noviembre de 2015. Imagen de Roberto Stuckert Filho / Wikipedia.

Representantes en la cumbre del clima COP21 en París, el 30 de noviembre de 2015. Imagen de Roberto Stuckert Filho / Wikipedia.

La que se celebra ahora en París es ya la 21ª Conferencia de las Partes (COP); repasando el nivel de los asistentes, salta a la vista el progreso logrado desde aquella primera reunión en Berlín en 1995, a la que asistieron representaciones de un calado discreto; muchos de los delegados eran subsecretarios, o incluso embajadores en Alemania procedentes de países que ni siquiera se molestaron en pagarle un viaje a alguien más cualificado para hablar de mariposas y flores. En aquella ocasión el jefe de la delegación española fue Josep Borrell, ministro de Obras Públicas y Medio Ambiente.

Es evidente que se ha logrado mucho más de cara a la popularización del problema en la última década que en los 2.300 años anteriores, el tiempo transcurrido desde que algunas mentes preclaras empezaron a preguntarse si la actividad humana podría repercutir sobre el clima, o al menos sobre las variables meteorológicas a una pequeña escala local. La agresión intensiva no comenzaría hasta la Revolución Industrial que inauguró el uso masivo de los combustibles fósiles; pero mucho antes de aquello, ya hubo quienes comenzaron a rascarse la cabeza.

Concretamente, hoy Teofrasto podría presumir de que ya nos lo advirtió. Este discípulo de Aristóteles, que vivió aproximadamente del 371 al 287 a. C., y que fue a la botánica lo que Hipócrates a la medicina, fue el primer autor del mundo occidental conocido que ligó las intervenciones sobre el paisaje a los efectos meteorológicos. En concreto, y según recordaba un estudio de 1985, Teofrasto sugirió que la tala de bosques provocaba un aumento de las temperaturas locales debido a una mayor exposición del terreno al sol. En fin, ya era bastante indagación para alguien que incluía entre los signos de lluvia o tormenta “cuando el buey se lame su pezuña delantera”.

Sin embargo, hubo otros que cazaron el problema a la primera ya en tiempos de la industrialización. El francés Joseph Fourier, un viejo conocido de matemáticos e ingenieros, fue quien primero dedujo que la atmósfera terrestre calentaba la superficie del planeta, la primera descripción del efecto invernadero. En 1827 Fourier publicó un estudio sobre las temperaturas de la Tierra, en el que escribía:

Los movimientos del aire y de las aguas, la extensión de los mares, la elevación y forma de la superficie, los efectos de la industria humana y todos los cambios accidentales a la superficie terrestre modifican las temperaturas en cada clima. El carácter de los fenómenos debidos a causas generales permanece; pero los efectos termométricos observados en la superficie son diferentes de los que sucecerían sin las causas accesorias.

Fourier, matemático y físico, ya estaba reconociendo una posible huella en el clima debida a la modificación humana del paisaje. La contribución de uno de los principales gases de efecto invernadero, el dióxido de carbono, sería propuesta varias décadas más tarde por un viejo conocido de los químicos, el sueco Svante Arrhenius. En 1896, Arrhenius calculó que “la temperatura en las regiones árticas subiría entre 8 y 9 ºC, si el ácido carbónico aumentara a 2,5 o 3 veces su valor actual”.

Pero sería una ficción atribuir a Arrhenius la primera denuncia del riesgo de las emisiones industriales; en realidad el físico-químico sueco se limitaba a analizar el impacto del ciclo geológico del carbono sobre el clima. Y si acaso, pensaba Arrhenius, la extracción y quema de carbón podía ayudar a compensar una posible reducción natural del CO2 que podía enfriar la temperatura terrestre.

Después de Arrhenius, fueron pocos los científicos que prestaron atención a la posible influencia antropogénica en el clima, hasta que las famosas mediciones de Charles Keeling en el volcán Mauna Loa de Hawái demostraron que el CO2 atmosférico estaba creciendo. Aquello fue en 1960, así que desde entonces hemos tenido tiempo suficiente para comenzar a actuar. Aún más cuando el 5 de noviembre de 1965, hace ya 50 años, el comité de asesores científicos de la Casa Blanca –al que pertenecía Keeling– informó al entonces presidente de Estados Unidos, Lyndon B. Johnson, de que el aumento del CO2 atmosférico debido a la quema de combustibles fósiles iba “casi con certeza a causar cambios significativos” que “podrían ser dañinos desde el punto de vista de los seres humanos”.

Tal vez se podría interpretar que el asunto no ha comenzado a encontrar hueco en las agendas políticas cuando las pruebas científicas han pasado a ser convincentes, ni cuando han empezado a ser divulgadas por megafonía planetaria; sino más bien cuando las tornas culturales han cambiado lo suficiente como para dar la vuelta a ciertas tortillas: hoy, al contrario de lo que ocurría hasta hace bien poco, está socialmente mal visto ser un agresor medioambiental o mostrar un desinterés total por las preocupaciones ecológicas.

No cabe duda de que esto es mejor que lo contrario, pero también es previsible que a los de espíritu más rebelde les produzca hartazgo tanto postureo climático como veremos estos días. Las manifestaciones en la calle y las proclamas de los famosos de turno son folclore. Las fotos de los políticos son folclore. La cumbre de París es una reunión política, no científica, donde se tomarán decisiones políticas basadas en ciencia sólida. Por tanto, por encima del folclore y el postureo, no debemos olvidar que ahora, por fin, en este caso la ciencia guía a la política, y no al revés. La cuestión climática no es ni debe entenderse como una moda verde. Todo lo que está de moda acaba pasando de moda, pero los efectos del cambio climático no serán un Trending Topic pasajero.

El buen tiempo ya no es buen tiempo

Nunca la sierra de Madrid me había recordado tanto a Kenya. El tiempo que tenemos estos días por aquí, ya a mediados de noviembre, es el típico clima de Nairobi (salvo por los cielos despejados) en lo que ellos llaman invierno, que cae en nuestro verano. Noches frescas que se caldean rápidamente por la mañana hasta que sobra la manga, sin que la temperatura llegue nunca a la grosería de hacernos sudar. Allí lo llaman eterna primavera. Aquí debemos llamarlo cambio climático.

Aumento previsto de las temperaturas entre mediados del siglo XX y mediados del XXI. Imagen de NOAA/GFDL.

Aumento previsto de las temperaturas entre mediados del siglo XX y mediados del XXI. Imagen de NOAA/GFDL.

Una aclaración. Meteorólogos, climatólogos y geofísicos nos advierten de que no debemos dejarnos llevar por las impresiones momentáneas y locales. O, dicho de otro modo, que no debemos mezclar tiempo y clima, salvo por el hecho de que el estudio del clima necesita mucho tiempo (discúlpenme el penoso juego de palabras).

Pero si tenemos días de temperaturas aberrantes para esta época del año, y los días crecen a semanas, y esto ocurre en un gran trozo de planeta, y las semanas logran que un mes se declare el más caluroso a escala global de la historia registrada, como ya ha ocurrido este año en febrero, marzo, mayo, junio, julio, agosto y septiembre, y si esto resulta en que un año sea también el más cálido en los registros, como sucedió en 2014, y si ya son 38 años consecutivos con una temperatura global superior a la media del siglo XX, y si 2014 ha batido el récord de concentraciones de gases de efecto invernadero, y si se anuncia que la temperatura global en 2015 ya va a superar en 1 °C la media de los niveles preindustriales, y que los esfuerzos a presentar en la próxima conferencia del clima de París aseguran un aumento de la temperatura de 3 °C, un grado por encima del objetivo de 2 °C que se consideraría el máximo límite aceptable del mal menor…

Pues vaya, esto ya empieza a parecerse a aquello del que toca una trompa, toca una oreja grande, toca un colmillo, toca una pata, y llega a la conclusión de que todo aquello probablemente constituye lo que viene siendo un elefante.

Esto, independientemente de que no todas esas impresiones aisladas y esporádicas sean coincidentes. Por ejemplo, el pasado septiembre tuvimos que abandonar las cosas propias del verano antes que otros años, porque el mes vino más frío de lo habitual en España. Y sin embargo, en todo el planeta fue el septiembre más cálido de todos los septiembres que han sido en la historia de la meteorología moderna. Cualquiera que haga el menor esfuerzo por mover la maquinaria pensante sobre sus hombros tiene ahora al fácil alcance de sus entendederas cuál es la temperatura del asunto, nunca mejor dicho, a escala global.

A estas alturas, negar la realidad de un cambio climático, con independencia de sus causas, sólo puede venir motivado por una cerril ceguera deliberada. Pero entrando en sus causas, no es necesario ser un especialista para comprender que más de doscientos años vertiendo al aire cantidades ingentes de gases de efecto invernadero obligatoriamente deben afectar al comportamiento de la atmósfera. En las muy contadas ocasiones en que se han producido agresiones comparables –episodios de vulcanismo masivo y extremo, como el del Decán, o impactos de asteroides–, el resultado ha sido la extinción de la mayoría de las especies terrestres. Por tanto, negar el impacto antropogénico actual, por un lado, y la gravedad de sus previsibles efectos, por otro, sólo puede venir motivado por un no menos cerril fanatismo ideológico, ya que dudosamente quienes lo niegan pueden aportar un modelo climático alternativo que justifique sus alegaciones.

Hubo un tiempo en que las denuncias de un deterioro climático antropogénico peligroso para casi todo lo que ahora entendemos como vida en la Tierra se consideraban una patraña maliciosa urdida por una maligna conspiración comunista destinada a derribar el sistema. Pero como broma ya está bien. Hoy solo personajes psiquiátricamente fronterizos pueden continuar sosteniendo que todo esto no es más que un sofisma populista. Quienes siguen oponiéndose de este modo a la evidencia son combustible fósil.

Dejando de lado este fenómeno cada vez más marginal, hay dos, estas sí, poderosas razones que frenan los intentos de los organismos concernidos por llamar a la acción global. En primer lugar, en esta sociedad regida por intereses inmediatos, efímeros y cortoplacistas, es difícil involucrar a público, empresas y gobiernos en una tarea cuyos rendimientos llegarán en las próximas generaciones, no en las próximas elecciones, el próximo ejercicio económico o el próximo Trending Topic. Aún más cuando estos rendimientos no consisten en ningún beneficio añadido, sino solo en que todo se quede como está ahora.

Lo resumo en lo que podríamos llamar el Axioma del Gasolinero, por la sencilla razón de que fue un gasolinero quien me lo enunció el otro día. “Este tiempo es mejor que el frío porque nos ahorramos la calefacción”. Incuestionable, por eso es un axioma. Para quienes vivimos en climas templados, la calefacción es uno de los mayores bocados de nuestro gasto invernal. Paradójicamente, el cambio climático tendrá efectos económicos contrapuestos a corto plazo entre unos y otros sectores de las sociedades, y para algunos traerá beneficios inmediatos. Es de suponer que los propietarios de terrazas estarán haciendo caja este noviembre como no se han visto en otra antes.

Para tratar de neutralizar este efecto, autoridades y otras partes implicadas transmiten mensajes dirigidos a la fibra emocional. Por un lado, con simulaciones visuales de los efectos a largo plazo, como las imágenes (las últimas, publicadas esta misma semana) en las que aparecen varias capitales mundiales inundadas. Y por otro lado, con alusiones al sufrimiento que los efectos del cambio climático provocarán a las próximas generaciones.

No creo que nada de ello sirva de mucho. En cuanto a lo primero, no se puede decir que las imágenes causen una conmoción global, como se ha podido comprobar esta semana. Hay quien las encuentra hasta divertidas. Y en cuanto a lo segundo, exigir una responsabilidad sobre consecuencias tan diferidas es algo que no se entiende en la cultura actual. Por no hablar de que, a algunos, el carácter un poquito moñas de ciertos discursos sensibleros sobre nuestros hijos y nietos les genera algo de risa o incluso de rechazo. Será una reacción reprobable, pero limitarse a reprobarla resulta más bien poco práctico.

La segunda razón es que muchos aún no acaban de creerse que el cambio climático vaya a ejercer una influencia real sobre la vida humana y el estado actual de la civilización, sino que lo consideran un problema exclusivamente medioambiental. No a todo el mundo se le puede exigir que le preocupe la conservación de una especie de mariposa del Amazonas. Tanto por esta razón como por la anterior, se requiere un mayor esfuerzo de explicación y comunicación, cuyos resultados solo se manifestarán cuando situaciones como el grotesco tiempo primaveral que tenemos estos días se perciban con al menos una cierta inquietud, y no como un bendito regalo del otoño.

Les dejo aquí este mítico tema de la banda del tristemente desaparecido Joe Strummer, The Clash. En la apocalíptica London Calling, inspirada por el accidente nuclear de la central de Three Mile Island (Pensilvania) en 1979, Strummer cantaba: “No tengo miedo, porque Londres se está inundando y yo vivo junto al río”. Resulta curioso que en tiempos de los Clash se creyera que el futuro no existía, se hiciera lo que se hiciera, y que 36 años después sea justo al contrario: hoy la ciudad alegre y confiada da el futuro por hecho, se haga lo que se haga; o aún peor, ni siquiera importa si hay futuro mientras el Whatsapp no se caiga.