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Hay que buscar fósiles en Marte y Venus

Para un biólogo puede ser frustrante saber que nunca conoceremos con certeza cómo nació la vida en este planeta, el único en el que hasta ahora sabemos que existe. Todavía no disponemos de un relato, según el vocablo de moda, lo suficientemente completo y sólido para explicar de pe a pa cómo pudieron surgir las primeras moléculas replicativas autocatalíticas.

Ilustración de la Tierra temprana durante el Bombardeo Intenso Tardío. Imagen de Simone Marchi / NASA.

Ilustración de la Tierra temprana durante el Bombardeo Intenso Tardío. Imagen de Simone Marchi / NASA.

No se asusten por los términos: lo único que esto quiere decir es que, mucho antes de llegar a algo tan increíblemente sofisticado como una célula, debemos tener una molécula capaz de contener información y de copiarse a sí misma sin ayuda de otras. El ARN, que empleamos como copia desechable del ADN de nuestros cromosomas, podría hacer todo esto. Pero ¿cómo explicar la formación espontánea de ARN? Algunos experimentos interesantes que he contado aquí dan alguna pista, pero todavía no estamos ahí.

No solamente ignoramos cómo arrancó la vida en la Tierra. Tampoco sabemos cuándo. Y es muy difícil que lleguemos a saberlo con certeza. Los científicos emplean dos métodos básicos para buscar rastros de vida en las rocas antiguas. Uno, indirecto, es la presencia de señales químicas que delaten la intervención de seres vivos; por ejemplo, la oxidación de ciertos componentes de la piedra por el oxígeno desprendido por bacterias fotosintéticas.

El otro, directo, es el estudio de fósiles. Pero los fósiles de bacterias no son tan evidentes como los de un tiranosaurio. Estos bichos unicelulares forman alfombras (biofilms) en los que atrapan pedacitos de roca. Tales estructuras, llamadas estromatolitos, perduran guardando ese rastro antiguo de las bacterias que las formaron. Pero no siempre es fácil diferenciar si una estructura concreta de roca se formó por acción de las bacterias o se debió a procesos puramente químicos sin participación de nada vivo; en ocasiones los científicos defienden posturas contrarias.

Por otra parte, todo esto depende de encontrar rocas lo suficientemente antiguas, y tampoco es fácil. La cifra manejada hoy es que la Tierra tiene unos 4.540 millones de años. Actualmente el mineral más antiguo conocido tiene una edad confirmada de 4.374 millones de años; se trata de un zircón, un cristal microscópico de silicato de circonio (no confundir con la circonita, que es un óxido de circonio artificial) que puede perdurar inalterado durante períodos tan increíblemente largos. Pero se trata de un hallazgo raro: de más de 100.000 zircones recogidos por los investigadores en el mismo lugar, las Jack Hills de Australia, solo tres alcanzaban una edad tan anciana.

Zircón de 4.374 millones de años, el mineral más antiguo hallado en la Tierra. Imagen de John Valley / Universidad de Wisconsin.

Zircón de 4.374 millones de años, el mineral más antiguo hallado en la Tierra. Imagen de John Valley / Universidad de Wisconsin.

Con respecto a las pruebas de vida más antiguas, las cifras bailan. El método indirecto, el del rastro químico, sugiere posibles huellas de vida hace 4.100 millones de años, según un estudio de 2015 que encontró carbono de posible origen biológico dentro de un zircón. Pero las pruebas directas, las fósiles, llegaban hasta ahora a los 3.480 millones de años para la muestra más antigua generalmente aceptada por los científicos. El año pasado se describió el hallazgo en Groenlandia de otro posible fósil bacteriano más antiguo, de 3.700 millones de años, pero no convenció a todos los expertos.

Ahora, un nuevo estudio extiende el registro fósil de los primeros seres vivos sobre la Tierra hasta al menos 3.770 millones de años atrás. Los autores han descubierto microfósiles en el llamado cinturón de Nuvvuagittuq, en Quebec (Canadá), donde se encuentran algunas de las rocas más antiguas del mundo. Se trata de minúsculos tubos y filamentos de hematita, un óxido de hierro; según los investigadores, estas estructuras son similares en forma y composición a las que actualmente forman las bacterias en las llamadas chimeneas negras, las fumarolas hidrotermales marinas donde hoy se piensa que pudo nacer la vida terrestre.

Posible microfósil de al menos 3.770 millones de años, el rastro de vida más antiguo conocido. Imagen de Matthew Dodd.

Posible microfósil de al menos 3.770 millones de años, el rastro de vida más antiguo conocido. Imagen de Matthew Dodd.

Es más: los autores del estudio apuntan que la edad de los presuntos fósiles podría llegar incluso a los 4.280 millones de años, una fecha que nos acercaría a un tiro de piedra del nacimiento de la Tierra. Sin embargo, como en el caso de la roca de Groenlandia, tampoco todos los expertos están convencidos de que los tubos y filamentos de Canadá sean realmente la pistola humeante de la presencia de bacterias; algunos opinan que podrían ser el resultado de un proceso químico.

Tradicionalmente se ha planteado una objeción para que la vida pudiera comenzar tan pronto en la historia de la Tierra, con independencia de las posibilidades de la biología: entre 4.100 y 3.800 millones de años atrás, la Tierra y los demás planetas interiores del Sistema Solar estuvieron sometidos a lo que se conoce como el Bombardeo Intenso Tardío, una lluvia de asteroides que, entre otros efectos cataclísmicos, provocó la formación de la Luna. Según la visión clásica, este fenómeno habría impedido que cualquier amago de vida progresara hasta que las cosas comenzaron a calmarse. Sin embargo, recientemente algunos investigadores han sugerido que tal vez el bombardeo no fue tan letal como se creía.

Pero suponiendo que, en contra de lo que parece, la probabilidad de aparición de la vida fuera alta, y hubiera ocurrido en un momento temprano de la historia de la Tierra; suponiendo que el Bombardeo Intenso Tardío no hubiera sido tan intenso; y dado que en aquella lejanísima época nuestros vecinos Marte y Venus pudieron haber sido tan habitables como nuestro planeta, o incluso más… Entonces llegamos a una conclusión que no es nueva, pero que cada vez parece más un teorema que una mera especulación: si la vida surgió aquí, tuvo que surgir allí.

Si esperamos hallar vida en otros lugares del universo, deberíamos buscar fósiles bacterianos en Marte y Venus. Si existen, tendríamos un indicio a favor de la posibilidad de vida allí donde se den las condiciones adecuadas (un indicio, no una prueba; la vida en Venus, Marte y la Tierra podría tener un único origen). Si no existen (aunque esto es imposible de verificar, ya que la ausencia de prueba no es prueba de ausencia) sería un apoyo más para la hipótesis de que la vida es una carambola muy extraña e improbable.

Evidentemente, es mucho más fácil decirlo que hacerlo; sobre todo en el caso de Venus, donde las escasas sondas que han osado posarse han aguantado un máximo de un par de horas antes de reventar bajo su presión atmosférica, 90 veces la terrestre, y de calcinarse con su temperatura de 462 grados. Pero cada vez parece más claro que la respuesta a la gran pregunta puede no estar en alguna estrella lejana y en sus planetas posiblemente habitables, sino mucho más cerca, tal vez enterrada bajo el suelo de nuestros vecinos más próximos.

Pasen y vean la cascada de lava del Kilauea

Tuve la suerte de presenciar la erupción del Kilauea hace unos ocho años. No fue un caso de estar en el lugar justo en el momento preciso, ya que este volcán lleva chorreando lava desde 1983, y continúa hoy tan vigoroso como el primer día.

El Kilauea es uno de los cinco volcanes que forman la isla de Hawái, llamada también Isla Grande para evitar la confusión con el nombre del archipiélago. Situado en el Parque Nacional de los Volcanes, es el único hoy en erupción de los cinco (aunque no el único activo), y uno de los pocos lugares del mundo donde uno puede observar en directo la furia de la Tierra en acción.

La lava del Kilauea cayendo al océano. Imagen de USGS.

La lava del Kilauea cayendo al océano. Imagen de USGS.

Si tienen la ocasión, no se lo pierdan. Ya, ya, sé lo que estarán pensando. Pero Hawái es Estados Unidos, y si son ustedes viajeros sabrán que aquel es un país relativamente barato para viajar. Dedicando un poco de tiempo y esfuerzo a organizarlo, pueden encontrarse precios muy asequibles que ganan por paliza a otros destinos exóticos e incluso, descontando el billete de avión, a muchos países de Europa. Un ejemplo: en 2009 se podía volar de Honolulu (isla de Oahu) a Lihue (isla de Kauái), o de Kailua-Kona (Isla Grande) a Honolulu, por 40 dólares; unos 37 euros.

Si, como yo, son ustedes de los que prefieren gastarse los ahorros en un buen viaje que en un coche molón, una Fender Stratocaster o una pantalla de tamaño canapé de matrimonio, Hawái es mucho más que playas y surf: una cultura interesante –la polinésica, mezclada con un pequeño Japón trasplantado a mitad del Pacífico– y muchos atractivos para los aficionados a la naturaleza y la ciencia, como la futurista colección de observatorios astronómicos en la cumbre cuasimarciana del Mauna Kea.

Gracias al régimen de vientos, Hawái alberga una asombrosa variedad de paisajes y ecosistemas, desde el desierto hasta la jungla. Para que se hagan una idea, si vieron la serie Perdidos (Lost), sepan que se rodó casi íntegramente en el archipiélago, simulando localizaciones de (cito de la Wikipedia) California, Nueva York, Iowa, Miami, Corea del Sur, Irak, Nigeria, Reino Unido, París, Tailandia, Berlín, Maldivas y Australia. Y por supuesto, para los fans de la serie, también hay tours de los escenarios de la filmación.

Basta de panfleto turístico, aunque les aseguro que no tengo ninguna relación con la oficina de turismo de Hawái. Pero volviendo al Kilauea, del que ya he hablado aquí en alguna ocasión anterior, la principal singularidad del volcán en comparación con otras erupciones hoy activas en el planeta viene dada por el hecho de que una parte de su lava circula por un tubo subterráneo hasta caer en cascada directamente al mar, desatando un rugiente espectáculo de pirotecnia natural cuando la roca fundida explota al contacto con el agua.

Cuando estuve allí, algunas de las carreteras del Parque Nacional de los Volcanes estaban cortadas por el paso de la lava o por el riesgo de que quedaran engullidas. El olor a azufre era omnipresente incluso a kilómetros de distancia. La caída de la corriente al mar solo podía observarse desde una plataforma situada a una distancia (tal vez demasiado) prudente, a la que convenía llegar aún bajo la luz del sol para contemplar cómo aquella hemorragia del planeta se iba tiñendo de naranja y carmesí a medida que las sombras devoraban el paisaje. Algunos barcos pequeños se acercaban a una distancia mucho menor que la de nuestra atalaya, pero no me preocupé de averiguar a cuánto salía la excursión.

La novedad del Kilauea que hoy vengo a contarles es que recientemente se ha desplomado una sección de unos 30×5 metros de la cornisa que va formando un delta sobre el mar, y que había crecido hasta obstruir la cascada de lava. El colapso ha dejado al descubierto el tubo del que vuelve a fluir una limpia coleta de roca fundida de un par de metros de anchura. Los científicos del Servicio Geológico de EEUU (USGS) habían colocado allí una cámara para vigilar la grieta que se iba ensanchando, y que pudo capturar el momento justo:

Y aquí les dejo unos impresionantes vídeos de la cola de lava cayendo al mar. En el primero, no se pierdan los barcos casi al pie de la cascada y, sobre todo, los turistas que están directamente sobre el acantilado, en una zona donde está prohibido el paso. Y repito: si tienen la menor oportunidad de contemplarlo en vivo, no se lo pierdan. Según el USGS, no parece que el Kilauea tenga intenciones de remitir; pero en un paraje donde la Tierra está cambiando día a día, si la lava abre otra vía alternativa este espectáculo podría ser efímero.

Sin un “segundo génesis”, no hay alienígenas

Si les dice algo el nombre del lago Mono, en California, una de dos: o han estado por allí alguna vez, o recuerdan el día en que más cerca estuvimos del “segundo génesis”.

Les explico. A finales de noviembre de 2010, la NASA sacudió el ecosistema científico lanzando un teaser previo a una rueda de prensa en la que iba a “discutirse un hallazgo de astrobiología que impactará la búsqueda de pruebas de vida extraterrestre”. La conferencia, celebrada el 2 de diciembre, solo decepcionó a quienes esperaban la presentación de un alien, algo siempre extremadamente improbable y que el anuncio tampoco insinuaba, salvo para quien no sepa leer. Para los demás, lo revelado allí era un descubrimiento excepcional en la historia de la ciencia: una bacteria diferente a todos los demás organismos de la Tierra conocidos hasta ahora.

El lago Mono, en California. Imagen de Wikipedia.

El lago Mono, en California. Imagen de Wikipedia.

Coincidiendo con la rueda de prensa, los resultados se publicaron en la web de la revista Science bajo un título breve, simple y atrevido: “Una bacteria que puede crecer usando arsénico en lugar de fósforo”. La sinopsis de la trama decía que un equipo de investigadores, dirigidos por la geobióloga Felisa Wolfe-Simon, había encontrado en el lago Mono un microorganismo capaz de emplear arsénico como sustituto del fósforo en su ADN. Lo que para otros seres terrestres es un veneno (su posible papel como elemento traza aún se discute), para aquella bacteria era comida.

Toda la vida en este planeta, desde el virus que infecta a una bacteria hasta la ballena azul, se basa en la misma bioquímica. Uno de sus fundamentos es un material genético (ADN o ARN) formado por tres componentes: una base nitrogenada, un azúcar y un fosfato. Dado que este fue el esquema fundador de la biología terrestre, todos los seres vivos estamos sujetos a él. Encontrar un organismo que empleara un sistema diferente, por ejemplo arseniato en lugar de fosfato, supondría hallar una forma de vida que se originó de modo independiente a la genealogía de la que todos los demás procedemos.

Esto se conoce informalmente como un “segundo génesis”, un segundo evento de aparición de vida (que no tiene por qué ser el segundo cronológicamente). Sobre si la bacteria del lago Mono, llamada GFAJ-1, habría llegado a representar o no un segundo génesis, hay opiniones. Hay quienes piensan que no sería así, ya que la existencia de un ADN modificado habría representado más bien una adaptación extrema muy temprana dentro de una misma línea evolutiva.

Para otros, es irrelevante que el origen químico fuera uno solo: dado que la definición actual de cuándo la no-vida se transforma en vida se basa en la acción de la evolución biológica, existiría la posibilidad de que la diversificación del ADN se hubiera producido antes de este paso crucial, y por lo tanto la vida habría arrancado ya con dos líneas independientes y paralelas.

Pero mereciera o no la calificación de segundo génesis, finalmente el hallazgo se desinfló. Desde el primer momento, muchos científicos recibieron el anuncio con escepticismo por razones teóricas, como el hecho de que el ADN con arsénico en lugar de fósforo daría lugar a un compuesto demasiado inestable para la perpetuación genética (este es solo un caso más de por qué muchas de las llamadas bioquímicas alternativas con las que tanto ha jugado la ciencia ficción son en realidad pura fantasía que hace reír a los bioquímicos). La publicación del estudio confirmó las sospechas: los experimentos no demostraban realmente que el ADN contuviera arsénico. Y como después se demostró, no lo contenía.

La bacteria GFAJ-1 del lago Mono resultó ser simplemente una extremófila más, un bicho capaz de crecer en aguas muy salinas, alcalinas y ricas en arsénico. Tenía una tolerancia fuera de lo común a este elemento, pero no lo empaquetaba en su ADN; se limitaba a acumularlo, construyendo su material genético con el fósforo que reciclaba destruyendo otros componentes celulares en tiempos de escasez. Su única utilidad real fue conseguir el propósito expresado en su nombre, GFAJ, formado por las iniciales de Give Felisa A Job (“dadle un trabajo a Felisa”): aunque el estudio fuera refutado, le sirvió a Wolfe-Simon como trampolín para su carrera.

Bacterias GFAJ-1. Imagen de Wikipedia.

Bacterias GFAJ-1. Imagen de Wikipedia.

Por algún motivo que desconozco, el estudio nunca ha sido retractado, cuando debería haberlo sido. Me alegro de que a Wolfe-Simon le vaya bien, pero desde el principio el suyo fue un caso de ciencia contaminada: no descubrió el GFAJ-1 por casualidad, sino que estaba previamente convencida de la existencia de bacterias basadas en el arsénico, algo que ya había predicado antes en conferencias y que le hizo ganar cierta notoriedad. El siguiente paso era demostrar que tenía razón, fuera como fuese.

Hoy seguimos sin segundo génesis terrestre. Y su ausencia es una razón que a algunos nos aparta de esa idea tan común sobre la abundancia de la vida alienígena. Afirmar que el hecho de que estemos aquí implica que la vida debe de ser algo muy común en el universo es sencillamente una falacia, porque no lo implica en absoluto. Es solo pensamiento perezoso; una idea que cualquiera puede recitar si le ponen en la boca un micrófono de Antena 3 mientras se compra unos pantalones en Zara, pero que si se piensa detenidamente y sobre argumentos científicos, no tiene sustento racional.

Pensémoslo un momento: si creemos que la vida es omnipresente en el universo, esto equivale a suponer que dado un conjunto de condiciones adecuadas para algún tipo de vida, por diferentes que esas condiciones fueran de las nuestras y que esa vida fuera de la nuestra, esta aparecería con una cierta frecuencia apreciable.

Pero la Tierra es habitable desde hace miles de millones de años. Y sin embargo, esa aparición de la vida solo se ha producido una vez, que sepamos hasta ahora. Si suponemos que los procesos naturales han actuado del mismo modo en todo momento (esto se conoce como uniformismo), debería haber surgido vida en otras ocasiones; debería estar surgiendo vida nueva hoy. Y hasta donde sabemos, no es así. Hasta donde sabemos, solo ha ocurrido una vez en 4.500 millones de años.

¿Por qué? Bien, podemos pensar que el uniformismo no es una regla pura, dado que sí han existido procesos excepcionales, como episodios globales de vulcanismo o impactos de grandes asteroides que han cambiado drásticamente las reglas del juego de la vida. Esto se conoce como catastrofismo, y la situación real se acerca más a un uniformismo salpicado con algunas gotas esporádicas de catastrofismo.

Pero si aceptamos que el catastrofismo fue determinante en el comienzo de la vida en la Tierra, la conclusión continúa siendo la misma: si deben darse unas condiciones muy específicas e inusuales, una especie de tormenta bioquímica perfecta, entonces estamos también ante un fenómeno extremadamente raro, que en 4.500 millones de años no ha vuelto a repetirse. De una manera o de otra, llegamos a la conclusión de que la vida es algo muy improbable. Desde el punto de vista teórico, para que la idea popular tenga algún viso de ser otra cosa que seudociencia debería antes refutarse la hipótesis nula (una explicación sencilla aquí).

A lo anterior hay una salvedad, y es la posibilidad de que la “biosfera en la sombra” (un término ya acuñado en la biología) procedente de un segundo génesis fuera eliminada por selección natural debido a su mayor debilidad, o sea eliminada una y otra vez, por muchos génesis que se produzcan sin siquiera enterarnos.

Esta hipótesis no puede descartarse a la ligera, pero tampoco darse por sentada: si en su día la existencia de algo como la bacteria GFAJ-1 no resultaba descabellada, es porque la idea de una biosfera extremófila en la sombra es razonable; una segunda línea evolutiva surgida en un nicho ecológico muy marginal, como el lago Mono, tendría muchas papeletas para prosperar, quizá más que un invasor del primer génesis pasando por un trabajoso proceso de adaptación frente a un competidor especializado. Y sin embargo, hasta ahora el resultado de la búsqueda en los ambientes más extremos de la Tierra ha sido el mismo: nada. Solo parientes nuestros que comparten nuestro único antepasado común.

Si pasamos de la teoría a la práctica, es aún peor. Hasta hoy no tenemos absolutamente ni siquiera un indicio de que exista vida en otros lugares del universo. En la Tierra la vida es omnipresente, y no se esconde. Nos encontramos con pruebas de su presencia a cada paso. Incluso en el rincón más remoto del planeta hay testigos invisibles de su existencia, porque en el rincón más remoto del planeta uno puede encender un GPS o un Iridium y recibir una señal de radio por satélite. Si el universo bullera de vida, bulliría también de señales. Y sin embargo, si algo sabemos es que el cosmos parece un lugar extremadamente silencioso.

Como respuesta a lo anterior, algunos científicos han aportado la hipótesis de que la vida microbiana sea algo frecuente, pero que a lo largo de su evolución exista un cuello de botella complicado de superar en el que casi inevitablemente fracasa, impidiendo el progreso hacia formas de vida superiores; lo llaman el Gran Filtro. Otros investigadores sugieren que tal vez la Tierra haya llegado demasiado pronto a la fiesta, y que la inmensa mayoría de los planetas habitables todavía no existan. Pero también con estas dos hipótesis llegamos a la misma conclusión: que en este momento no hay nadie más ahí fuera.

Pero esto es ciencia, y eso significa que aquello que nos gustaría no necesariamente coincide con lo que es; y debemos atenernos a lo que es, no a lo que nos gustaría. Personalmente, I want to believe; me encantaría que existiera vida en otros lugares y quisiera vivir para verlo. Pero por el momento, aquello del “sí, claro, si nosotros estamos aquí, ¿por qué no va a haber otros?”, mientras alguien rebusca en los colgadores de Zara, no es ciencia, sino lo que en inglés llaman wishful thinking, o pensamiento ilusorio.

Claro que todo esto cambiaría si por fin algún día tuviéramos constancia de ese segundo génesis terrestre. Y aunque seguimos esperando, hay una novedad potencialmente interesante. Un nuevo estudio de la Universidad de Washington, el Instituto de Astrobiología de la NASA y otras instituciones, publicado en la revista PNAS, descubre que en la Tierra existió un episodio de oxigenación frustrado, previo al que después daría lugar a la aparición de la vida compleja.

Hoy sabemos que hace unos 2.300 millones de años la atmósfera terrestre comenzó a llenarse de oxígeno (esto se conoce como Gran Oxidación), gracias al trabajo lento y constante de las cianobacterias fotosintéticas. Los fósiles más antiguos de células eucariotas (la base de los organismos complejos) comienzan a encontrarse en abundancia a partir de unos 1.700 millones de años atrás, aunque aún se discute cuándo surgieron por primera vez. Pero si de algo no hay duda, es de que fue necesaria una oxigenación masiva de la atmósfera para que la carrera de la vida tomara fuerza y se consolidara.

Los investigadores han estudiado rocas de esquisto de entre 2.320 y 2.100 millones de años de edad, la época de la Gran Oxidación, en busca de la huella de la acción del oxígeno sobre los isótopos de selenio. La idea es que la oxidación del selenio actúa como testigo del nivel de oxígeno en la atmósfera presente en aquella época.

Lo que han descubierto es que la historia del oxígeno en la Tierra no fue un “nada, después algo, después mucho”, en palabras del coautor del estudio Roger Buick, sino que al principio hubo una Gran Oxidación frustrada: los niveles de oxígeno subieron para después bajar por motivos desconocidos, antes de volver a remontar para quedarse y permitir así el desarrollo de toda la vida que hoy conocemos.

Este fenómeno, llamado “oxygen overshoot“, ya había sido propuesto antes, pero el nuevo estudio ofrece una imagen clara de un episodio en la historia de la Tierra que fue clave para el desarrollo de la vida. Según Buick, “esta investigación muestra que había suficiente oxígeno en el entorno para permitir la evolución de células complejas, y para convertirse en algo ecológicamente importante, antes de lo que nos enseñan las pruebas fósiles”.

El interés del estudio reside en que crea un escenario propicio para que hubiera surgido una “segunda” biosfera (primera, en orden cronológico) de la que hoy no tenemos constancia, y que tal vez pudo quedar asfixiada para siempre cuando los niveles de oxígeno se desplomaron por causas desconocidas. Pero Buick deja claro: “esto no quiere decir que ocurriera, sino que pudo ocurrir”.

E incluso asumiendo que la propuesta de Buick fuera cierta, en el fondo tampoco estaríamos hablando de un segundo génesis, sino de un primer spin-off frustrado a partir de un único génesis anterior; las bacterias, los primeros habitantes de la Tierra, ya llevaban por aquí cientos de millones de años antes del oxygen overshoot. El estudio podría decirnos algo sobre la evolución de la vida, pero no sobre el origen de la vida a partir de la no-vida, la abiogénesis, ese gran problema pendiente que muchos dan por resuelto, aunque aún no tengamos la menor idea de cómo resolverlo.

Cuidado con el radón, el monstruo que vive en el sótano

Como en los cuentos de Lovecraft, la amenaza llega desde el submundo. Si usted vive en la franja occidental de la Península que desciende desde Galicia hasta el Sistema Central, esto le interesa. Sepa que tal vez se encuentre en una zona de alta exposición al radón, un gas radiactivo que aparece en el ambiente durante la desintegración del uranio-238 atrapado en el suelo y en las rocas, y que está presente de forma natural en pequeñísima proporción en el aire que respiramos.

Con el radón sucede como con los virus: la percepción pública tiende a desplazarse fácilmente del cero al infinito sin término medio. La mayoría de la gente no conoce el problema de este gas, pero a veces ocurre que quienes se enteran de ello pasan de inmediato al extremo del pánico.

Lo cierto es que el radón es un problema de salud pública reconocido por la Organización Mundial de la Salud, que mantiene un proyecto internacional al respecto. Pero como recordaba el pasado 7 de noviembre (Día Europeo del Radón) el experto del Ilustre Colegio Oficial de Geólogos (ICOG) Luis S. Quindós Poncela, que dirige el Grupo Radón en la Cátedra de Física Médica de la Universidad de Cantabria, lo prioritario es presentar el problema a los poderes públicos y a los ciudadanos para facilitar la información primero, y la actuación después.

El problema con el radón no es que estemos potencialmente expuestos a una fuente de radiación externa, como cuando nos hacemos una radiografía, sino que estamos potencialmente expuestos a contaminación radiactiva: cuando respiramos, introducimos el radón en nuestros pulmones, y así llevamos la fuente de radiación con nosotros. Y si bien el propio gas se desintegra en unos propios días, al hacerlo origina otros compuestos también radiactivos que nos someten a una exposición más prolongada. Esta radiación sostenida puede provocar mutaciones en el ADN cuya consecuencia más fatal es el cáncer.

El radón se filtra al aire desde el suelo, por lo que el riesgo es mayor cuanto más permeable es el terreno bajo nuestros pies. Según Quindós Poncela, las arcillas contienen una concentración de uranio apreciable, pero “su elevada impermeabilidad hace que la cantidad de radón que alcanza la superficie sea muy pequeña”. En cambio el granito es más poroso y suele formar paisajes muy rotos, como ocurre en la Sierra de Guadarrama, y es en este tipo de suelos donde “el radón se desplaza más fácilmente y puede alcanzar la superficie del suelo en mayor proporción”, añade el experto.

Vías de entrada del radón en una casa. Imagen de la Universidad de Cantabria.

Vías de entrada del radón en una casa. Imagen de la Universidad de Cantabria.

Dado que el radón surge desde lo profundo, las zonas de mayor riesgo en las viviendas son los sótanos y plantas bajas. Suele decirse que a partir del segundo piso ya no existe riesgo, pero no siempre es así: Quindós Poncela advierte de que el suelo no es la única fuente del gas. Los materiales de construcción, si se han extraído de una zona con presencia de uranio, también pueden desprender radón. Además el gas se disuelve en el agua, lo que añade otro factor de riesgo en viviendas que reciban el suministro de un pozo.

Curiosamente, la eficiencia energética de las viviendas actuales es un factor que juega en contra de la seguridad contra el radón. Según Quindós Poncela, la construcción de casas cada vez más herméticas no favorece la eliminación del gas: “Mientras que una vivienda antigua renueva el aire de su interior unas tres veces por hora, una moderna necesita dos horas para llevar a cabo dicha renovación. Este hecho favorece la presencia y acumulación de radón en el interior de las casas”, dice.

En los años 90 se emprendió una campaña de medición de radón en viviendas en toda España, gracias a la cual hoy tenemos el mapa de riesgo publicado por el Consejo de Seguridad Nuclear y que pego a continuación. Pero para Quindós Poncela, las 9.000 mediciones tomadas todavía son insuficientes. Y no solo hace falta una mayor vigilancia: el ICOG reclama a las autoridades “que se apliquen cuanto antes medidas constructivas frente al radón (diseño de cimentaciones, ventilación pasiva, análisis de materiales de construcción, etc.), incluyéndolas en el Código Técnico de la Edificación, y mejorando además la definición de las zonas de riesgo en nuestro país”.

Mapa de riesgo del radón en España. Imagen del Consejo de Seguridad Nuclear.

Mapa de riesgo del radón en España. Imagen del Consejo de Seguridad Nuclear.

En cuanto a las zonas de riesgo, un caso particular estudiado por el Grupo Radón de Quindós Poncela es el de Torrelodones, el pueblo de la sierra madrileña donde vivo, y donde el granito aflora del suelo en cada recodo del paisaje.

Las medidas tomadas en Torrelodones muestran una amplia variación de los niveles de radón, pero en casi todos los casos se mantienen bastante por debajo de los 200 becquerelios por metro cúbico (Bq/m³). En este rango, los expertos recomiendan simplemente “incrementar la ventilación natural de la vivienda para conseguir concentraciones tan bajas como sea posible”.

Solo en una ubicación la medida llega a los 266 Bq/m³, y es en la zona de Colonia Varela; si lo conocen, a la espalda del centro comercial Espacio Torrelodones. Pero incluso en este lugar no hay motivo para la alarma: por debajo de 400 Bq/m³ no se considera necesario aplicar medidas de remedio, sino solo aumentar la ventilación, especialmente en sótanos y plantas a ras de suelo.

Es de esperar que la insistencia de los expertos y la divulgación del problema del radón facilite una mayor vigilancia y una ampliación de las mediciones. Pero si viven en una zona propensa a este riesgo y quieren quedarse más tranquilos, ustedes mismos pueden medir el nivel de radón en su casa: la web del Grupo Radón ofrece un kit, con dos detectores y sus instrucciones, por 80 euros más IVA y gastos de envío.

Y el autor del artículo de ciencia más comentado de 2016 es… Barack Obama

El Almendro vuelve a casa por Navidad, y los balances del año comienzan a florecer en los medios como… como flores. La compañía Altmetric, que mide la repercusión de los estudios científicos y académicos en internet, ha publicado su Top 100 de 2016. Y la novedad, quizá no la sorpresa, es que el número uno, el artículo más comentado del año, se publicó el 2 de agosto (11 de julio en internet) en la revista The Journal of the American Medical Association (JAMA) y viene firmado por un solo autor, un tal Barack Obama.

Barack Obama. Imagen de Wikipedia.

Barack Obama. Imagen de Wikipedia.

Hasta este momento, el artículo ha aparecido en 315 noticias, 45 entradas de blogs, 8.943 tuits y 201 entradas de Facebook, entre otros medios y redes. A todos ellos hay que añadir uno más, este que están ustedes leyendo: 20 Minutos está en la lista de los medios recogidos por Altmetric. Y seguramente la noticia de que es el artículo de ciencia más comentado del año le dará a su vez un nuevo empujón.

Obviamente el artículo de Obama no es científico, sino político. Se titula United States Health Care Reform: Progress to Date and Next Steps (Reforma sanitaria de EEUU: progreso hasta la fecha y próximos pasos) y analiza lo que valora como un “cambio positivo” en el que ha sido uno de los grandes objetivos de su mandato, recomendando prioridades para el próximo gobierno; que, por entonces, en julio, ni él ni nadie podía imaginar que estaría presidido por un malo de peli mala como Donald Trump.

Pero lo que quiero comentar aquí no es la reforma del sistema sanitario en EEUU; no es el contenido, sino el continente. El artículo de Obama es una típica pieza de análisis y opinión en una revista científica, con su estructura canónica, su declaración de conflictos de intereses, sus 68 referencias bien citadas y enumeradas, su información sobre la identidad, titulación y afiliación del autor (Barack Obama, JD [doctor en leyes], presidente de Estados Unidos, The White House, 1600 Pennsylvania Ave NW, Washington, DC 20500), y su correo electrónico de contacto, que naturalmente no es el suyo propio sino el de prensa de la Casa Blanca.

Y siendo obvio que Obama no se lo ha guisado y comido solito, sino que le ha ayudado un equipo de expertos convenientemente citados en los agradecimientos, a lo que voy con todo esto es, y perdónenme el grito en mayúsculas:

¿IMAGINAN ALGO PARECIDO AQUÍ?

Por lo demás, la lista de los diez estudios y artículos científicos más comentados incluye algunas de las historias más importantes del año en este campo y que también han tenido cabida en este blog, como el descubrimiento de las ondas gravitacionales, la relación entre zika y microcefalia, el posible Planeta Nueve del Sistema Solar, la polémica sobre el azúcar y las grasas, o el nuevo atlas mundial de la contaminación lumínica.

Hay un dato que resulta curioso. La lista que sigue muestra el número de estudios del Top 100 de Altmetric en los que participan instituciones de cada país. He seleccionado los 20 países más potentes en ciencia por número de publicaciones según el ránking de SCImago que ya comenté aquí:

  1. Estados Unidos: 75
  2. China: 5
  3. Reino Unido: 33
  4. Alemania: 14
  5. Japón: 5
  6. Francia: 8
  7. Canadá: 6
  8. Italia: 5
  9. India: 3
  10. España: 4
  11. Australia: 12
  12. Corea del Sur: 2
  13. Rusia: 1
  14. Holanda: 5
  15. Brasil: 4
  16. Suiza: 6
  17. Taiwán: 1
  18. Suecia: 3
  19. Polonia: 4
  20. Turquía: 0

No olvidemos, el Top 100 de Altmetric no dice nada de la calidad de los estudios o de su relevancia para la ciencia, sino solo de cuánto se han comentado (con enlaces directos) en medios online, blogs y redes sociales; es un índice mediático, no científico. Los responsables de este Top 100 son (somos) los periodistas de ciencia, científicos presentes en blogs o redes y el público con interés en el campo.

La conclusión es que la ciencia anglosajona es infinitamente más mediática; su maquinaria de divulgación es la más potente, además de contar con la ventaja de su idioma, lingua franca de la ciencia. Destacan EEUU (primera potencia mundial en ciencia) con 75 estudios, Reino Unido con 33 y Australia con 12, además de Alemania con 14. China, segunda actualmente en número de publicaciones, solo participa en cinco estudios, uno más que España.

Casi todos los países de la lista participan en el estudio de descubrimiento de las ondas gravitacionales publicado en Physical Review Letters, un trabajo monstruo con la colaboración de más de 1.000 científicos de 133 instituciones. España colaboró a través del equipo de la Universitat de les Illes Balears.

Los otros tres estudios con participación española son: el hallazgo de Proxima Centauri b, el exoplaneta posiblemente habitable más cercano, en el sistema de Alfa Centauri, publicado en Nature; la revisión en Science que proponía denominar Antropoceno a la época geológica actual, en la que participaba el geólogo de la Universidad del País Vasco Alejandro Cearreta; y un estudio genético aparecido en Nature Communications que identificaba genes implicados en los rasgos del pelo de la cara y la cabeza en la población latinoamericana, con la participación del equipo del biólogo molecular de la Universidad de Oviedo Carlos López-Otín.

Ilustración de un posible paisaje en el exoplaneta Proxima Centauri b. Imagen de ESO/M. Kornmesser vía Wikipedia.

Ilustración de un posible paisaje en el exoplaneta Proxima Centauri b. Imagen de ESO/M. Kornmesser vía Wikipedia.

Pero sin duda el trabajo estrella de la ciencia española en este año que termina es el hallazgo de Proxima b, el exoplaneta más cercano a la Tierra jamás descubierto con posibilidades de contener agua líquida en su superficie, a solo 4,2 años luz. La investigación cuenta con la participación del Instituto de Astrofísica de Andalucía, pero además el principal responsable del estudio es catalán, Guillem Anglada-Escudé, de la Universidad Queen Mary de Londres.

Obviamente es más que probable que otros estudios del Top 100 de Altmetric cuenten con la participación de investigadores españoles trabajando en el extranjero; tenemos científicos de primer nivel, pero nos faltan centros de primer nivel que atraigan también a científicos extranjeros de primer nivel. Lo que cuenta a la hora de valorar la potencia científica de un país es la ubicación del centro en el que se ha gestado su trabajo, con independencia de que sus autores se llamen Pérez o Smith.

¿Superluna? No esperen nada espectacular

Será mejor dejarlo claro antes de que se lleven la decepción por ustedes mismos: sí, la luna llena de la noche del domingo al lunes será la más grande desde enero de 1948, y no volverá a estar tan cerca de nosotros hasta noviembre de 2034.

Pero si esperan un espectáculo sobrecogedor como en esas fotografías tomadas con teleobjetivo que muestran gigantescos discos lunares, desengáñense: esta noche la Luna estará a 348.400 kilómetros de nosotros, y la diferencia de estos especialmente cercanos perigeos (máximo acercamiento orbital) es como máximo de unos 160 kilómetros, una minucia en comparación con el abismo que nos separa.

Haciendo una grosera conversión de distancias, imaginen que están sentados en el sofá de casa viendo la tele exactamente a tres metros de distancia. Ahora acérquense al televisor 1,38 milímetros. ¿Lo ven más grande? Solo los ojos muy bien entrenados notarán la diferencia a simple vista.

Imagen de Pixabay.

Imagen de Pixabay.

Dicho todo esto, siempre es una buena ocasión para mirar al cielo y renovar nuestra sorpresa por las maravillas que nos presenta cada noche sin que habitualmente prestemos demasiada atención. Pásmense ante la luna, aunque no sea súper.

¿Pero por qué entonces hablan de “Superluna”? Eso pregúntenselo al astrólogo Richard Nolle. Repito: astrólogo. No astrónomo. Según cuentan por ahí diversas fuentes y confirma él mismo en su web, fue Nolle, astrólogo profesional certificado, quien en 1979 acuñó el término Superluna para la revista Dell Horoscope; cuyo último número, por cierto, nos ofrece una mirada a los tres planetas exteriores para entender “las tendencias en las finanzas globales, los avances tecnológicos, las crisis ideológicas y la geopolítica explosiva”.

Con este solemne acto de invención de palabras digno de Matías Martí, Nolle pretendía advertirnos de las “grandes tormentas, terremotos y erupciones volcánicas” causadas por estos perigeos lunares. Pero ¿hay algo de verdad en todo ello? Mareas más fuertes, seguro. En cuanto a lo demás, ha sido objeto de discusión durante largo tiempo.

Precisamente un estudio publicado en septiembre en Nature Geoscience correlacionaba datos sobre estrés mareal y seísmos, para concluir que “los grandes terremotos son más probables durante períodos de elevado estrés mareal”, añadiendo que “la probabilidad de que una diminuta grieta en la roca se expanda a una ruptura gigantesca aumenta con los niveles de estrés mareal”. Pero cuidado: los propios autores reconocían que “aún falta una clara relación causal entre los pequeños terremotos y la fase de estrés mareal”. En resumen, los autores no defienden que el abrazo gravitatorio de la luna provoque los temblores, sino que aquellos que tienen lugar coincidiendo con mareas más intensas (todos los días se producen terremotos) tienen mayor probabilidad de alcanzar niveles catastróficos.

Claro que, si hay que atribuirle a alguien la autoría original de todo esto, desde aquí reclamo la primicia para el maestro Fogerty, quien 10 años antes que Nolle ya nos advertía sobre el influjo de la luna en los terremotos, tormentas y huracanes.

Cuando despertamos, los dinosaurios ya no estaban allí

Ese es el problema: que cuando despertamos como especie, los dinosaurios ya habían desaparecido mucho tiempo atrás, a excepción de las aves. Lógico, pensarán algunos; de no haber sido por aquel asteroide que cayó hace 66 millones de años, nosotros no estaríamos aquí, y nuestro lugar lo ocuparía un dinosauroide inteligente, tal vez algo así como un Troodon sapiens muy parecido a los reptilianos de la serie V.

Pero ¿seguro?

¿Seguro que fue un asteroide?

¿Y seguro que no estaríamos aquí de no ser por aquella extinción masiva?

Representación de la muerte de dinosaurios por erupciones volcánicas. Imagen de Wikipedia.

Representación de la muerte de dinosaurios por erupciones volcánicas. Imagen de Wikipedia.

Averiguar lo ocurrido cuando no estábamos aquí para verlo es una de las tareas más complicadas de la ciencia. El de los dinosaurios no es el más peliagudo de estos casos de CSI planetario (este sería el origen de la vida en la Tierra) ni tampoco fue aquella la mayor extinción masiva de la historia, pero sí la que más cautiva la imaginación popular.

En cuanto a las dos preguntas, la segunda la dejaremos para otro día. Hoy quiero centrarme en la primera. Miren, reconozco que este asunto llega a ser un poco cansino. Si ustedes son aficionados a seguir las noticias sobre ciencia, en los últimos años habrán podido leer los siguientes titulares:

Un asteroide no mató a los dinosaurios (2009)

Una teoría grabada en piedra: un asteroide mató a los dinosaurios, después de todo (2010)

Nuevas dataciones ligan las erupciones volcánicas a la extinción de los dinosaurios (2014)

No, los volcanes no mataron a los dinosaurios (abril de 2016)

¿Qué mató realmente a los dinosaurios? (ambas cosas, asteroide y volcanes) (julio de 2016)

E incluso:

¿Fue el incendio de un vertido de petróleo lo que mató a los dinosaurios? (julio de 2016)

Pensarán ustedes que los científicos aún no tienen la menor idea sobre qué fue realmente lo que mató a los dinosaurios. Esto es cierto en el caso de algunos. Pero otros sí lo tienen perfectamente claro; solo que un bando y otro tienen muy claras explicaciones distintas.

Las dos teorías en conflicto (y lo de “conflicto” no es una exageración, como también repasé aquí) son el impacto de un asteroide o cometa hace 66 millones de años, y un episodio de vulcanismo masivo en la meseta del Decán (en la actual India) que duró 750.000 años. Los que defienden la primera opción aseguran que son mayoría, y probablemente es cierto. Pero cuando además afirman que los del bando contrario no tienen pruebas de lo que sustentan, están haciendo exactamente lo mismo que sus oponentes dicen de ellos.

Hace un par de meses escribí un reportaje sobre el estado actual de la cuestión, pero nada parece indicar que haya un consenso próximo. En líneas generales, podríamos decir que los partidarios del vulcanismo tienden a aceptar que ambas catástrofes tuvieron su parte de culpa, ya que el impacto del asteroide pudo provocar tal sacudida en el manto terrestre que intensificó las erupciones. En cambio, la postura predominante en el bando del asteroide es que los volcanes produjeron un bonito espectáculo de pirotecnia natural, pero nada más.

La última pieza hasta hoy de este complicado puzle ha llegado este mismo mes. Investigadores de las Universidades de Florida y Michigan (EEUU) han analizado el calentamiento del océano Antártico en un período de 3,5 millones de años antes y después de la llamada frontera K-Pg, el límite que marca la gran extinción en el registro geológico. Para ello han empleado una nueva técnica que analiza los isótopos de oxígeno de los fósiles de moluscos bivalvos atrapados en la roca.

La conclusión de los investigadores es que hubo dos picos de calentamiento diferentes, uno que se corresponde con las erupciones del Decán y otro que coincide con la caída del asteroide, y que ambos provocaron la extinción de especies distintas. En resumen, el estudio apoya la solución salomónica de que aquel fue un millón de años de increíble mala suerte.

Pero claro, el trabajo se refiere a las almejas, no a los dinosaurios. Aunque sus resultados pueden ser indicativos sobre las causas generales de la extinción masiva, no necesariamente son aplicables a un grupo concreto de reptiles terrestres.

Y en lo que se refiere a los dinosaurios, las cosas se han embrollado aún más con el hallazgo reciente de que la desaparición de estos animales no fue una operación relámpago, como debería haber sido si la única culpa recayera en el asteroide, sino que fue un declive lento a lo largo de millones de años.

En 2012, un estudio del Museo de Historia Natural de EEUU descubrió que algunos grupos de dinosaurios estaban sufriendo un lento declive en los últimos 12 millones de años antes de la gran extinción. Esta caída en cámara lenta afectaba a los grandes herbívoros, pero no a los pequeños, ni a los carnívoros como el T-rex. Pero tampoco a los herbívoros gigantescos como los saurópodos ni a todos los grupos por igual en diferentes regiones de la Tierra, lo que hacía sospechar algo, pero no aclaraba qué era ese algo.

En abril de este año, otro estudio insistía en la misma idea. En este caso, investigadores de las Universidades británicas de Bristol y Reading concluían que en los 50 millones de años anteriores al impacto hubo un declive que afectó a casi todos los grupos, pero más a los saurópodos. Los autores sugerían que esto los hizo más vulnerables a la extinción provocada por el asteroide. Pero ni una palabra concreta sobre las posibles causas de esta lenta decadencia.

Así que pregunté sobre ello al primer autor del estudio, Manabu Sakamoto. “No tenemos una idea clara de qué causó el declive gradual”, me dijo. “El Cretácico vio muchos cambios ambientales drásticos, incluyendo un cambio en el clima de un invernadero estable a un enfriamiento global, vulcanismo intenso, y ruptura de supercontinentes. Cualquier combinación de estos factores pudo contribuir a la desaparición de los dinosaurios”.

Por las mismas fechas se publicó otro estudio que parecía descartar el papel de los volcanes en la extinción, ya que según sus autores la alteración del CO2 atmosférico causada por las erupciones había sido neutralizada mucho antes de la caída del asteroide. Sus autores defienden el objeto espacial como única causa de la extinción, así que le pregunté a su autor principal, Michael Henehan, de la Universidad de Yale, cuál podía ser en su opinión la causa del declive descrito por Sakamoto y sus colaboradores.

Henehan subrayó que no pudieron ser los volcanes, ya que las erupciones comenzaron solo un millón de años antes de la extinción. “Estos patrones pueden ser más bien el resultado de la expansión de las plantas con flores por aquella época. Esto significaría nuevos tipos de vegetación a costa de los antiguos, y por tanto nuevos nichos ecológicos a rellenar por los herbívoros”.

Sin embargo, Henehan no parecía estar muy de acuerdo con que el declive dibujara un panorama más propenso a la extinción. Por ejemplo, apunta que los cocodrilos probablemente eran mucho menos diversos que los dinosaurios por entonces, y sin embargo pasaron el filtro de la extinción.

En resumen, entre asteroides, volcanes, enfriamientos, continentes que se rompen y plantas que aparecen y desaparecen, seguimos sin tener una idea demasiado clara sobre cuál fue exactamente el proceso que borró del mapa a todos los grandes dinosaurios, mientras que muchos otros contemporáneos suyos lograron sobrevivir y prosperar, incluidos nuestros antepasados directos.

Respecto a esto último, tradicionalmente se ha dicho que los mamíferos de entonces, pocos, pequeños y subterráneos, lograron sobreponerse a la catástrofe, salir a la superficie y encontrarse con todo un mundo por conquistar, ocupando los nichos que los dinosaurios habían dejado libres, proliferando, diversificándose y llegando a dominar la Tierra.

Pero ¿seguro?

Terremoto: España (ahora ya sí) tiene un sistema de alerta de tsunamis (y hay riesgo)

Para comenzar, aquí va un recordatorio que continuaré repitiendo todas las veces que haga falta: olvídense del señor Richter. Lo ocurrido la pasada madrugada en el mar de Alborán ha sido un terremoto DE MAGNITUD 6,3. Hasta ahí. No sigan. Punto. Final.

Efectos del terremoto en Melilla. Imagen de Francisco García Guerrero / EFE.

Efectos del terremoto en Melilla. Imagen de Francisco García Guerrero / EFE.

En un artículo anterior, con ocasión del seísmo de Ossa de Montiel (Albacete) en febrero de 2015, ya expliqué algo sobre las diferentes maneras de medir los seísmos, pero quédense con esta idea esencial: la escala de Richter (también llamada Magnitud Local o ML) es, en palabras del Servicio Geológico de EEUU (USGS), “un método anticuado que ya no se utiliza”. Y aunque se utilizara, no tiene grados; la manera correcta sería “magnitud X en la escala de Richter” (incluso hablar de escala es inapropiado, dado que no existe un máximo). El terremoto de Alhucemas (esta es la ubicación de referencia que toma el USGS en su información sobre el temblor) ha sido de magnitud de momento (MW) 6,3; o simplemente, de magnitud 6,3. Fácil, ¿no?

Ahora bien, la pregunta es: ¿qué diferencia hay? Y la respuesta es: depende. Hasta un cierto nivel, la escala ML de Richter y la de magnitud de momento MW son equivalentes. La escala de Richter dejó de utilizarse porque para temblores mayores de 6,5 subestima la energía liberada por el seísmo, en mayor medida cuanto más fuerte. Es decir, que en cierto modo se satura por encima de 6,5. A una magnitud de 6,3 estamos cerca del límite; pero aunque en este caso el error no fuera considerable, el hecho es que la información oficial del Instituto Geográfico Nacional sobre este último terremoto se ha medido, y por tanto facilitado a los medios, en la escala de magnitud de momento MW, y es así como debe publicarse y decirse.

Otra cosa es la intensidad. Este es un parámetro que corresponde a cómo lo sentimos y qué tipo de daños provoca; es decir, que no tiene un valor absoluto para cada seísmo, sino que varía en función del lugar. Como es lógico, en general es mayor cuanto más cerca del epicentro, aunque también influyen otros factores. En nuestro caso, la intensidad se mide por la Escala Macrosísmica Europea 1998, o EMS-98, que comienza en I (no sentido) y asciende hasta XII (completamente devastador). El de anoche alcanzó una intensidad máxima de V (fuerte) en Melilla, IV (ampliamente observado) sobre todo en localidades costeras de Málaga y Granada, y descendió hacia el norte hasta una intensidad de II (apenas sentido) en lugares tan alejados como Madrid.

Respecto a la causa del terremoto, es la misma de ocasiones anteriores, responsable también de los grandes seísmos de las últimas décadas en Turquía o Italia: vivimos sobre un pequeño anillo de fuego, la confluencia entre las placas tectónicas Euroasiática y Africana, que viene del Atlántico, pasa por el estrecho de Gibraltar y recorre el Mediterráneo. Los mayores seísmos registrados con instrumentos en esta confluencia fueron el de la isla griega de Citera en 1903, de magnitud 8,2, y el de Rodas en 1926, con 7,8. Por suerte, en la Península Ibérica nos hemos librado hasta ahora de los temblores más violentos, exceptuando el terremoto de Lisboa de 1755, al que se le calcula una magnitud de 8,0.

Esquema de las placas tectónicas terrestres. Imagen de Wikipedia.

Esquema de las placas tectónicas terrestres. Imagen de Wikipedia.

En el caso de Lisboa, a las sacudidas de la tierra se unió un segundo azote catastrófico, un tsunami que arrasó la ciudad y las localidades costeras. Y no ha sido el único caso en el que un terremoto en nuestra zona de riesgo ha levantado olas devastadoras. De hecho, el seísmo más letal documentado en la historia de Europa, el de 1908 en la ciudad siciliana de Messina, unió a su magnitud de 7,2 un tsunami con olas de 12 metros que multiplicó la destrucción. El 91% de las estructuras de la ciudad se desplomaron, cobrándose un coste en vidas de entre 60.000 y 120.000.

Y dado que no estamos a salvo de un riesgo semejante en el futuro, es un buen momento para recuperar un comunicado que el Ilustre Colegio Oficial de Geólogos (ICOG) publicaba el pasado 17 de septiembre: “en España no tenemos un sistema de alerta de tsunamis como existe en el Pacífico”, decía el ICOG. Los geólogos recuerdan que ya hemos sufrido anteriormente esta amenaza: “el terremoto de Lisboa de 1755 originó un maremoto que causó más de mil muertos en las costas de Huelva y Cádiz”. Y terminan: “tras el terremoto de Lorca, en mayo de 2011, el Colegio de Geólogos implementó un decálogo para la prevención del riesgo sísmico en España, donde, entre otras medidas, se proponía actualizar la norma sismorresistente en España. Aún no se ha hecho nada”.

Esperemos que no llegue el día en que la venda tenga que ponerse sobre una herida ya abierta.

Actualización (30/01/2016): España ya sí cuenta con un sistema de alerta de tsunamis, plenamente operativo desde el 1 de enero de 2015. Más información aquí.

Pasen y vean la belleza de la lava del Kilauea

Uno de los espectáculos visuales que todo ojo humano debería contemplar al menos una vez en la vida es un volcán en erupción. Y tal vez el mejor lugar del mundo para hacerlo es la Isla Grande de Hawái. Primero, porque el entorno para disfrutar de su contemplación está libre de peligro, no solo por la propia dinámica del volcán, sino también porque está situado en un país que dispone de los estándares y los medios adecuados para garantizar la seguridad de los visitantes (tal vez demasiado; uno desearía poder acercarse un poquito más).

Erupción del volcán Kilauea (Hawái) en 2009. Imagen de Javier Yanes.

Erupción del volcán Kilauea (Hawái) en 2009. Imagen de Javier Yanes.

Segundo, porque el entorno del entorno también merece la pena. En España existe en general una idea muy equivocada sobre lo que es Hawái. Dado que la mayor parte de las referencias que vemos por aquí retratan la capital del Estado, Honolulu, suele cuajar la idea de que, desde el punto de vista turístico, Hawái es Benidorm (no pretendo ofender a nadie, pero es una opción que no es la mía). No es así: Honolulu puede ser algo parecido a Benidorm, pero el resto del archipiélago es la Polinesia estadounidense; parajes remotos y relativamente intactos con un desarrollo turístico comparativamente discreto y amable, pero con los estándares de vida de la primera potencia mundial.

De hecho, es sorprendente que algunas islas aún ni siquiera cuenten con un anillo completo de comunicación por carretera. Hasta hace pocos años, la ruta Saddle Road, que une las dos principales ciudades de la Isla Grande (Hilo y Kailua Kona) recorriendo el canalillo entre los pechos volcánicos del Mauna Kea y el Mauna Loa, era considerada la más peligrosa del Estado por su trazado y conservación.

Así se ve la Tierra centrada en Hawái. Imagen de Google Earth.

Así se ve la Tierra centrada en Hawái. Imagen de Google Earth.

Una vez hecha la promoción turística, la ciencia: Hawái es una rareza volcánica, ya que se encuentra en mitad de ninguna parte, no solo desde el punto de vista geográfico (en calidad de prueba, adjunto imagen de cómo se ve el planeta ¿Tierra? si más o menos lo centramos en el archipiélago), sino también geológico. La mayoría de las regiones volcánicas activas del planeta se encuentran en fronteras entre placas tectónicas, como el Anillo de Fuego del Pacífico. Sin embargo, Hawái se sitúa en mitad de la placa del Pacífico, en un emplazamiento que debería ser geológicamente tranquilo.

Y sin embargo, Hawái existe precisamente por los volcanes; en el afán por explicarlo, el llamado punto caliente de Hawái se ha convertido en uno de los fenómenos volcánicos más estudiados del planeta. Y el hecho de que aún se continúe investigando demuestra que aún no se comprende del todo por qué Hawái existe. La hipótesis tradicionalmente más aceptada –en este caso, “tradicionalmente” se remonta solo a los años 70 del siglo pasado– es una pluma mantélica, una fuga de material desde el contacto entre el manto y el núcleo terrestre, que trepa en vertical a través de las profundidades hasta abrirse camino a través de la corteza por un mecanismo de convección (el mismo proceso por el que el agua bulle al calentarla). Sin embargo, investigaciones recientes sugieren que el mecanismo real puede ser aún más complejo y que el origen podría estar ubicado lejos del archipiélago y en una zona menos profunda.

Sea como sea, Hawái tiene volcanes. Muchos; extintos, dormidos y activos. Entre estos últimos, el Kilauea, en el sureste de la Isla Grande, lleva en erupción continua desde el 3 de enero de 1983, y no parece que tenga intención de cansarse. El Kilauea es un volcán en escudo, llamados así por expulsar lava muy fluida que se dispersa sin construir el típico cono elevado. El comienzo de la actual erupción sí formó un cono de 700 metros llamado Puʻu ʻŌʻō, pero poco después la lava comenzó a fluir mansamente a través de tubos subterráneos de varios kilómetros que la conducían mayoritariamente hasta el océano, desatando una electrizante tormenta de fuego, luz, sonido y vapor. En 2014 la lava encontró una vía de escape hacia el noreste y comenzó a fluir con más intensidad tierra adentro, hacia la localidad de Pahoa. El río ardiente llegó a traspasar los límites del pueblo, amenazando las viviendas.

En alguna otra ocasión he traído aquí vídeos amateurs de la lava del Kilauea, pero nada comparable a disfrutar del impecable trabajo de un profesional. El realizador hawaiano Lance Page ha producido The Fire Within (El fuego interior), esta pieza sobrecogedora de poco más de seis minutos en la que ha capturado toda la belleza y la fiereza del Kilauea. En su página de Vimeo, el autor explica:

Esta película de seis minutos y medio es mi mejor intento de capturar lo que sentía al contemplar la roca fundida quemando lentamente una densa selva húmeda, o al atisbar dentro de un lago de lava de 200 metros de ancho en el cráter de la cumbre del Kilauea. Nunca he estado en otro lugar del planeta que requiriese tanto respeto y conciencia del entorno natural a mi alrededor. Su inesperada belleza y el inquietante sentido del peligro eran una lección de humildad que pone las cosas en perspectiva. El Kilauea realmente me cambió la vida.

Kilauea – The Fire Within from Page Films on Vimeo.

Pasen y vean (en 3D) Ceres, un pequeño mundo misterioso

Lo de buscar formas reconocibles en Marte ya parece haberse convertido casi en un deporte para algunos. Qué sería un verano sin las típicas proclamas de que las fotos de nuestro planeta vecino muestran claramente una mujer fantasmal, una pirámide alienígena o un cangrejo. Al menos estas serpientes veraniegas tal vez ayuden a relajar la tensión de una estación que este año ha venido inusual y especialmente sobrecogedora.

Pero lo cierto es que tampoco hay que dejarse llevar por el síndrome de las caras de Bélmez para encontrar excitantes misterios más allá de nuestro planeta. Dos ejemplos los tenemos en un par de rocas que últimamente han sido objeto de investigación y han captado la atención de los medios.

El primero es Plutón, visitado por primera vez este año por un artefacto de construcción humana, la sonda New Horizons. Los científicos de la misión están perplejos por un aberrante fenómeno que parece estar ocurriendo ante sus propios ojos, precisamente en el momento en que nuestra tecnología nos ha permitido llegar al que fue el último planeta del Sistema Solar.

Aprovechando la visita de New Horizons a Plutón, los científicos de la NASA lanzaron hacia el explaneta sendas señales de radio desde dos antenas terrestres de la llamada Deep Space Network (DSN), una instalación de la NASA distribuida en tres emplazamientos en Australia, California y Madrid (Robledo de Chavela). El objetivo de esta operación era que el instrumento REX de New Horizons recogiera las señales lanzadas por la DSN después de atravesar la atmósfera de Plutón, lo que permitiría medir la presión atmosférica en el explaneta.

Los resultados han dejado boquiabiertos a los investigadores: la presión atmosférica actual de Plutón es de solo 7 microbares, la mitad de lo que se había detectado previamente, y solo la centésima parte de la terrestre. Los científicos piensan ahora que la atmósfera de Plutón se está colapsando, congelándose en su superficie ante nuestros propios ojos, y que su presión continuará disminuyendo.

Manchas brillantes en el cráter de Occator en Ceres, fotografiadas por la sonda 'Dawn'. Imagen de NASA/JPL-Caltech/UCLA/MPS/DLR/IDA.

Manchas brillantes en el cráter de Occator en Ceres, fotografiadas por la sonda ‘Dawn’. Imagen de NASA/JPL-Caltech/UCLA/MPS/DLR/IDA.

El segundo de los mundos que está revelando asombrosas sorpresas es Ceres, el mayor de los astroides del cinturón entre Marte y Júpiter, que desde el pasado marzo está bajo el escrutinio de la sonda Dawn. Este planeta enano, de casi mil kilómetros de diámetro y el único del Sistema Solar dentro de la órbita de Neptuno, intriga a los científicos desde que Dawn fotografió en uno de sus cráteres unas manchas brillantes que los expertos aún no han podido explicar.

Esta semana la NASA ha publicado las últimas imágenes de las manchas en el cráter Occator, tomadas por Dawn a solo unos 1.600 kilómetros de distancia. Los investigadores han descartado que se trate de hielo, pero aún no han podido determinar a qué se deben esos salpicones de blancura en la cara grisácea de Ceres. Incluso han dispuesto una página web en la que los visitantes pueden votar por su explicación favorita.

La Montaña Solitaria de Ceres, fotografiada por la sonda 'Dawn'. Imagen de NASA/JPL-Caltech/UCLA/MPS/DLR/IDA.

La Montaña Solitaria de Ceres, fotografiada por la sonda ‘Dawn’. Imagen de NASA/JPL-Caltech/UCLA/MPS/DLR/IDA.

Pero las manchas blancas no son los únicos rasgos misteriosos en Ceres. Los científicos andan también intrigados por la presencia de una montaña de unos 6 kilómetros de altura que se eleva sobre un entorno totalmente plano; en palabras del científico de Dawn Paul Schenk, “en mitad de la nada”. El origen geológico de esta llamada Montaña Solitaria aún es una incógnita.

La NASA ha preparado el siguiente vídeo que ofrece un panorama turístico del extraño y pequeño mundo de Ceres. La última parte se puede ver en 3D con unas gafas de rojo/azul.