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Los secretos de las ciencias para
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Los biólogos también queremos alienígenas creíbles

Cuando ayer mencionaba la saga Alien/Prometheus, se me ocurrió pensar que algunos de los autores de ciencia ficción más celebrados han tenido o tienen formación científica. El cine del género, en cambio, y salvando los casos de adaptaciones de libros, suele tirar de guionistas que generalmente no tienen por qué contar con amplios conocimientos de ciencia. Y sin embargo, cada vez es más frecuente que los directores recurran a la asesoría experta para fundamentar sus películas en ciencia real. Ejemplos recientes son Interstellar, The Martian, The Arrival (La llegada) o Ex Machina.

Un xenomorfo de la saga Alien. Imagen de 20th Century Fox.

Un xenomorfo de la saga Alien. Imagen de 20th Century Fox.

Hay una aclaración que suelo hacer a menudo cuando la ciencia ficción salta en una conversación y alguien defiende que la ciencia ficción es fantasía y que, por tanto, todo es posible. Mi aclaración no es mía, sino del maestro Ray Bradbury; quien, por otra parte, decía haber escrito solo una obra de ciencia ficción, Fahrenheit 451. Bradbury distinguía entre ciencia ficción como el arte de lo posible, y fantasía como el arte de lo imposible. Esto tiene un significado claro: según Bradbury, y yo lo secundo, para que una obra sea considerada de ciencia ficción, lo que no sea ficción debe ser ciencia; es decir, que la ficción toma el relevo allí donde la ciencia no llega, pero podría llegar algún día.

Por ejemplo, e insisto en algo incluso sabiendo que no es popular e irrita a muchos: Star Wars no es ciencia ficción sino fantasía, como Harry Potter o El señor de los anillos, dado que la ciencia no aplica en la parte que no es estrictamente ficción. Creo que sobran los ejemplos cuando ni asoman cosas como trajes presurizados, microgravedad o rozamiento de reentrada atmosférica.

Pero se me ocurrió pensar también que hay algo curioso: cuando directores y guionistas consultan con científicos, suelen hacerlo con físicos o ingenieros. En cambio, ¿quién se acuerda de la biología? En el caso de Ex Machina, y como conté en un reportaje, se recurrió a la asesoría del genetista evolutivo Adam Rutherford. Y por supuesto, la saga Parque Jurásico ha contado con el apoyo del paleontólogo Jack Horner.

Pero me da en la nariz que en las películas sobre alienígenas aún no es costumbre buscar el consejo de expertos para retratar seres plausibles. Es cierto que en Alien/Prometheus se ha volcado un esfuerzo por dibujar un diseño fino de la biología de los xenomorfos, incluyendo un complejo ciclo vital. Y dado que tampoco soy un megafriki de la ciencia ficción, no estoy familiarizado con los videojuegos, los cómics y las novelas relacionadas con la saga, fuentes en las que suelen detallarse aspectos que no se desvelan explícitamente en las películas.

Pero sí tengo en casa y he visto muchas veces todos los episodios de la saga, y aún me pregunto cómo se resuelven ciertos aspectos; para empezar, ¿qué comen? ¿Cómo consiguen períodos de latencia tan largos en estado húmedo? ¿Cómo pueden hibridar con los organismos en los que se incuban? ¿Es su construcción anatómica compatible con una gravedad ligera como la de LV-426, y con otra más pesada como la terrestre (que suponemos artificialmente creada en las naves)? ¿Son compatibles la alta calidad y la alta cantidad de descendencia con la antigua teoría de selección r/K? Y todo eso incluso aceptando el fluido interno ácido.

Si hay entre ustedes algún megafan de la saga que tenga respuestas, lo agradeceré. Lo mismo que si conocen ejemplos de alienígenas biológicamente plausibles en el cine que se me hayan escapado. Como he dicho, no soy un experto en el género.

Pero tengan en cuenta que retratar alienígenas científicamente consistentes no es fácil. Hay que tirar de muchas disciplinas: genética, biología evolutiva, bioquímica, ecología, física anatómica, fisiología… Incluso la fisiología humana: ¿cómo es posible que los infectados por el Chestburster (el bicho que sale de dentro) se encuentren perfectamente y no tengan al menos dificultades respiratorias, cuando llevan dentro un cuerpo extraño que claramente está robando espacio a sus pulmones?

Recientemente me he topado con un caso de biología evolutiva (terrestre, claro) que explica cómo los organismos no pueden ser cualquier cosa, ni todo a la vez, sino que están limitados por una serie de factores fisiológicos, ecológicos y evolutivos. Un equipo de investigadores de la Universidad Rockefeller de Nueva York ha desentrañado las señales moleculares que en el embrión deciden si las células de la piel se dedican a la producción de sudor (glándulas sudoríparas) o de pelo (folículos pilosos).

Ambas cosas son mutuamente incompatibles: donde hay glándula sudorípara, no hay folículo piloso. Por eso los primates, con pelo menos denso, somos los seres más sudorosos del mundo (exceptuando, curiosamente, los caballos); y los campeones del sudor somos los humanos, que hemos perdido el vello en la mayor parte de nuestro cuerpo. Pero se supone que el pelo ayuda a la evaporación del sudor, y esto es especialmente útil en lugares como las axilas o los genitales, donde hay comunidades microbianas causantes del mal olor.

Esta evaporación es la que cumple la función crucial del sudor: enfriar el cuerpo cuando se calienta en exceso. Los mamíferos que no sudan tanto como nosotros deben recurrir a otros sistemas, como el jadeo. Pero como este mecanismo no es tan eficiente como el nuestro, el resultado es que los humanos somos corredores de fondo, mientras que otros mamíferos nos superan en velocidad, pero no en resistencia. Curiosamente, una vez más, con la excepción de los caballos, de los que hablaré más abajo.

Así me lo explicaba la directora del estudio publicado en Science, Elaine Fuchs: “La mayoría de los mamíferos necesitan un grueso abrigo de pelo para calentarse y como protección física. Aunque pueden correr más rápido, sus distancias son menores que las de los humanos dotados del sudor, y deben confinarse a ciertos climas. Los humanos abandonamos el grueso abrigo de pelo para tener glándulas sudoríparas; necesitamos abrigos en invierno, pero podemos correr maratones y sobrevivir en climas más extremos gracias a nuestra capacidad de sudar”.

Claro que a otros mamíferos también les resultaría ventajoso poder correr distancias mayores, para perseguir a sus presas o huir de sus depredadores. ¿Por qué nosotros hemos podido explotar extensivamente el fantástico mecanismo de aire acondicionado corporal que es el sudor, y no así otros animales? La respuesta es asombrosa: nosotros inventamos la ropa. “Si otros mamíferos no necesitaran sus gruesos abrigos para calentarse en tiempos fríos y como protección, ¡también podrían beneficiarse de las glándulas sudoríparas!”, dice Fuchs.

Ventajas como esta son el resultado de la evolución. Según Fuchs, en las especializaciones del tegumento, la piel, “ha habido quizá más prueba y error que en ningún otro órgano o tejido”. Otros animales tienen sus propias soluciones a sus propias necesidades, como las plumas o las escamas, pero resulta fascinante que “los apéndices de nuestra piel tienen raíces evolutivas similares a los dentículos y las alas de la mosca de la fruta; cada estructura es útil para el animal que la tiene, y cambiar a una estructura distinta ha tenido una ventaja durante la evolución”, me cuenta la investigadora.

Es más: Fuchs cita un maravilloso ejemplo de evolución en acción. “Hay una mutación puntual espontánea en un gen que resulta en un mayor número de glándulas sudoríparas, y que ha ido extendiéndose en la población humana en zonas cálidas y húmedas del sureste de Asia durante los últimos 30.000 años”.

Chewbacca. Imagen de 20th Century Fox.

Chewbacca. Imagen de 20th Century Fox.

Un caso interesante es el de los caballos. De acuerdo a la hipótesis de Fuchs, estos animales no han perdido el pelo porque lo necesitan para protegerse del frío y del entorno, pero sí han combinado ambas especializaciones de la piel de los mamíferos para poder sudar y así correr largas distancias. ¿Cómo lo han hecho? Todo apunta a que los responsables somos nosotros: los humanos domesticamos los caballos hace miles de años, y probablemente hayamos ido seleccionando artificialmente las variedades más resistentes a la carrera; aquellas con más capacidad de sudar.

Cuento todo esto para llegar a una conclusión: cuando inventamos seres de ficción, como los alienígenas, debemos tener en cuenta cómo la evolución puede haberlos dotado de los rasgos que proponemos; incluso detalles tan aparentemente nimios como el pelo o el sudor tienen que basarse en ciencia real. Lo cual me trae a la mente un ejemplo: Chewbacca y su raza, los wookiees. Con todo ese pelo es muy improbable que puedan sudar, así que deberían jadear como los perros. Es decir, si queremos que los aliens sean biológicamente creíbles.

Star Wars, psicopatología en una galaxia muy, muy lejana

Imagino que hay que tener el sesgo mental de quien dedica la mayor parte de su tiempo a las cosas de la ciencia para apreciar esta paradoja: ¿cómo una saga de películas empeñada en desgranar una tan meticulosa coherencia argumental puede caer al mismo tiempo en una tan monstruosa incoherencia con la realidad?

Kylo Ren en Star Wars Episodio VII. Imagen de 20th Century Fox.

Kylo Ren en Star Wars Episodio VII. Imagen de 20th Century Fox.

Ya, ya. Que sí, que todos conocemos el propósito declarado de George Lucas desde el comienzo de la serie en ignorar deliberadamente y por completo las leyes científicas. Pero veámoslo de este modo: no son “las leyes científicas”. Es simplemente la realidad; pero como la del espacio es una realidad que no experimentamos a diario, lo etiquetamos como “las leyes científicas” y lo dejamos aparte, como una preocupación de empollones puntillosos.

Dicho de otro modo: imaginemos que, en una película, una persona cae al vacío desde el piso 65 y queda ilesa, sacudiéndose el polvo de la camisa al levantarse del suelo. No lo admitiríamos ni en una de James Bond. Nadie piensa en leyes científicas, sino en un simple absurdo argumental. Pero lo que está en juego es la gravedad, la misma que en Star Wars sí nos parece lícito saltarse a la torera constantemente sin que nadie se mese los cabellos.

Y sabiendo todo esto, no dejamos de mirar y remirar la ciencia o la anticiencia de la saga, con mucho más de lo segundo que de lo primero. En una entrevista publicada hace unos años por la Agencia Sinc y firmada por Marta Palomo, el escritor, editor y profesor de la Universitat Politècnica de Catalunya Miquel Barceló ponía como ejemplo la secuencia del Halcón Milenario en el campo de asteroides en El imperio contraataca, que contiene 14 errores científicos en menos de dos minutos.

Como otros periodistas de ciencia, yo también he escrito al menos un par de reportajes sobre la ciencia y anticiencia de Star Wars, aquí y aquí, además de comentar aquí el año pasado, con el estreno de El despertar de la Fuerza, cómo un intento de enredar el guión en una jerigonza científica a propósito de los cascos de los Stormtroopers había salido como tiro por la culata.

Y es que a pesar de todo, Star Wars nos encanta. En contra de lo que podría parecer, no solo la ciencia ficción sesuda y rigurosa inspira a los científicos, sino que también se dejan seducir por el universo de Lucas: en este artículo, la ingeniera de la NASA Holly Griffith contaba cómo fue la figura de la princesa Leia la que inspiró su elección profesional. Los profesores de ciencias, desde la enseñanza secundaria a la universidad, encuentran en sus episodios una manera amena y divulgativa de ilustrar principios científicos.

Pero cuando se habla de la ciencia de Star Wars, siempre se piensa en física e ingeniería. Y sin embargo, no solo físicos e ingenieros han recurrido a la saga en sus publicaciones profesionales. Con el triste adiós a Carrie Fisher y el estreno de la (magnífica, para mi gusto) Rogue One, he reunido esta pequeña lista de cinco estudios o artículos que tiran del material de Star Wars en un contexto más insospechado, el de la psicología y la psiquiatría.

1. Star Wars como mito: ¿una cuarta esperanza? (Psychoanalytic Review, 1987)

En 1987, con la primera trilogía de Star Wars ya completada y sin la segunda aún en el horizonte, los psicólogos Lucia Villela-Minnerly y Richard Markin publicaban un artículo en el que interpretaban la historia de Star Wars como una versión del mito de Edipo.

2. ¿Sufre Anakin Skywalker un trastorno límite de la personalidad? (Psychiatry Research, 2011)

Psiquiatras del Hospital de la Universidad de Toulouse (Francia) defienden que Anakin Skywalker/Darth Vader cumple seis de los nueve criterios de diagnóstico de trastorno límite de la personalidad. “Presenta impulsividad y dificultades para controlar su ira, alternando entre idealización y devaluación (de sus mentores Jedis). Con un miedo permanente a perder a su mujer, hace esfuerzos frenéticos para evitar su abandono y va tan lejos como para traicionar a sus antiguos compañeros Jedis”. Los autores sugieren que este ejemplo puede servir para explicar los síntomas de este trastorno, y que este rasgo de Anakin “puede en parte explicar el éxito comercial de estas películas entre los adolescentes”.

3. La ilusión de la introducción de Star Wars (i-Perception, 2015)

El psicólogo Arthur Shapiro, de la Universidad Americana de Washington (EEUU), ha creado una versión alternativa de la famosa Ilusión de la Torre Inclinada. Esta última, descubierta por investigadores de la Universidad McGill de Canadá y distinguida en 2007 con el premio a la mejor ilusión del año, consiste en que el ojo ve distinta inclinación en dos imágenes idénticas de la Torre de Pisa situadas lado a lado. Shapiro demuestra una ilusión óptica similar con los famosos textos volantes que aparecen al comienzo de todas las películas de Star Wars.

Ilusión de la Torre Inclinada. Imagen de Kingdom, Yoonessi & Gheorghiu.

Ilusión de la Torre Inclinada. Imagen de Kingdom, Yoonessi & Gheorghiu.

La ilusión de la introducción de Star Wars. Imagen de Shapiro / i-Perception.

La ilusión de la introducción de Star Wars. Imagen de Shapiro / i-Perception.

4. Psicopatología en una galaxia muy, muy lejana (Academic Psychiatry, 2015, artículos uno y dos)

En diciembre de 2015, los psiquiatras Susan Hatters-Friedman (Universidad de Auckland, Nueva Zelanda) y Ryan Hall (Universidad de Florida Central, EEUU) analizaban en dos artículos consecutivos lo que definían como “un vasto conjunto” de psicopatologías en los personajes de Star Wars, tanto en los buenos como en los malos. En el Lado Oscuro destacaban la presencia de “rasgos de personalidad límite y narcisista, psicopatía, trastorno por estrés postraumático, riesgo de violencia hacia la pareja, fases de desarrollo y, por supuesto, conflictos edípicos”. Pero los héroes también tienen lo suyo: “histrionismo, trastorno obsesivo-compulsivo y rasgos de personalidad dependiente, trastornos psiquiátricos perinatales, esquizofrenia prodrómica, seudodemencia, lesiones del lóbulo frontal, juego patológico e incluso fingimiento de enfermedad”.

5. ¿Puede Kylo Ren redimirse? Nuevas posibles lecciones de Star Wars Episodio VII (Academic Psychiatry, 2016)

Anthony Guerrero (Universidad de Hawái, EEUU) y Maria Jasmin Jamora (Fundación de la Piel y el Cáncer, Manila, Filipinas) se preguntan si en episodios sucesivos habrá posibilidad de redención para el villano Kylo Ren después de matar a su padre Han Solo, tal como Darth Vader logró redimirse en El retorno del Jedi. Los dos expertos reflexionan sobre el caso como ejemplo para psiquiatras y educadores a la hora de afrontar el tratamiento de personas que hayan caído en el Lado Oscuro, sobre todo aquellas que cometen actos de violencia contra su propia familia. Sin embargo, hay un problema: en el artículo, publicado el pasado agosto, los autores sugerían que un factor crucial para la redención de Kylo Ren podía ser su madre. Pero por desgracia, Leia ya no podrá estar presente en el Episodio IX.

Feliz cumpleaños, Roy Batty, víctima de la singularidad biológica

Es imperdonable que hasta ahora se me haya escapado la coincidencia entre el cumpleaños de Roy Batty (Nexus-6) y los de Stephen Hawking, David Bowie, Elvis Presley y Alfred Russell Wallace; teniendo en cuenta, como vínculo personal con esta fecha, que un servidor también cayó sobre el mundo un 8 de enero.

Roy Batty, lágrimas en la lluvia. Imagen de Warner Bros.

Roy Batty, lágrimas en la lluvia. Imagen de Warner Bros.

Todo fan de la que para muchos es la mejor película de Ridley Scott (eufemismo para enmascarar que lo es para mí, tal vez junto con Alien) sabe que el propio Rutger Hauer reescribió el texto que Roy Batty debía recitar en esa secuencia final como himno a su propia muerte. Al hacerlo simplificó un original demasiado pomposo y añadió la frase más conocida e inmortal de aquel discurso, la de las lágrimas en la lluvia. También de su cosecha son las referencias de jerga: ni los Rayos C ni la Puerta de Tannhauser corresponden a ningún concepto físico o astronómico real; y que yo sepa, tampoco el actor holandés ha explicado nunca en qué se inspiró para elegir esos términos (más allá de la ópera de Wagner).

Pero la Puerta de Tannhauser y el monólogo del replicante no solo se han convertido en iconos de la cultura pop repetidos después en otras películas, cómics y videojuegos. Los propios científicos, a menudo criados a los pechos de la ficción, han rendido sus propios homenajes personales. Curiosamente, la prédica de Batty aparece en un par de centenares de estudios académicos y tesis doctorales; en muchos casos como simple cita de inspiración.

Pocos discutirían que Blade Runner reúne una amplia gama de argumentos para configurar una obra maestra extrañamente abierta, viva y palpitante; no hay muchos casos más en los que se hayan presentado tantas versiones alternativas y se haya debatido tanto sobre el significado de algunos de sus argumentos, hasta tal punto que incluso la identidad del principal personaje –Rick Deckard– está en entredicho; y esto es especialmente relevante porque determina hasta qué punto el héroe acaba villanizado en la misma medida en la que el villano resulta finalmente heroico.

Pero dado que este es un blog de ciencia, desde el punto de vista científico se podría decir que Blade Runner forma parte de un motivo argumental en el que Scott ha dado lo mejor de su carrera, no siempre regular. Suele decirse que la reflexión sobre la inteligencia artificial forma un hilo conductor en parte de la filmografía de Scott, incluyendo Blade Runner, Alien o Prometheus. Pero desde el punto de vista de un biólogo, esta cuestión tendría un enfoque alternativo: no es la inteligencia artificial; es la inteligencia que surge de forma natural como consecuencia del desarrollo de la biología sintética y la biónica.

Tanto en Blade Runner como en Alien y Prometheus se ha alcanzado el nivel tecnológico necesario para crear seres vivos sintéticos que no son robots, dado que tienen al menos una parte esencial biológica o biónica. De hecho, en Blade Runner son tan indistinguibles de los humanos reales que se requiere un dispositivo de análisis psico-fisiológico llamado Voight-Kampff para descubrir su verdadera naturaleza.

En biología estamos aún muy lejos de alcanzar semejantes cotas de desarrollo, pero podríamos adivinar que existen dos líneas de investigación destinadas a confluir en un punto intermedio. Por un lado, la biología sintética trata de construir seres elementales a partir de los bloques fundamentales de la vida, tales como macromoléculas u orgánulos. Una vez conseguida la célula, el siguiente hito sería el tejido, después el órgano, el sistema y el ser completo. Esta sería una línea de progreso de abajo arriba, que busca construir la complejidad desde lo simple. Pero en el extremo contrario existe otra dirección de arriba abajo que pretende reemplazar nuestra biología original por componentes biónicos o biológicos sintéticos; es decir, órganos o miembros creados por procedimientos artificiales, ya sea a partir de componentes vivos, de materia inerte o de una mezcla de ambos.

Los futuristas como Ray Kurzweil teorizan sobre el concepto de singularidad tecnológica, un posible momento futuro en el que la inteligencia artificial escapará a nuestro control al ser capaz de crear un circuito propio y retroalimentado de creación y mejora sin intervención humana. De la misma manera podríamos plantear la posibilidad de una singularidad biológica: sería el momento en el que los enfoques arriba-abajo y abajo-arriba de la biología sintética llegarían a encontrarse. Es decir, cuando un ser creado artificialmente fuera indistinguible de otro de origen natural profundamente modificado por procedimientos de ingeniería biológica.

Este es, en cierto modo, el dilema que plantea Blade Runner sobre el significado de nuestra humanidad: una vez alcanzada esa singularidad biológica, se borra la frontera entre lo que es realmente un ser humano y lo que no lo es. En una civilización que domina la biología sintética, los Nexus-6 son tan humanos como nosotros; Roy Batty es una víctima, y Deckard es el villano que se aprovecha de esa victimización. La misma situación se ha repetido históricamente cuando se trata de los otros: diferentes razas, procedencias, culturas o capacidades físicas o mentales. No cabe duda de que aún está muy lejano el día en que llegue esta singularidad biológica. Pero no está mal que vayamos pensando en ello.

Les dejo con la secuencia. Y frente a los puristas de las versiones originales, casi la mitad de este homenaje debería ir al gran Constantino Romero.

El despertar de la Fuerza, sin ciencia ni política (por fin)

El despertar de la Fuerza me ha devuelto a mi infancia en 1977. No más mociones de censura al canciller, plenos del Senado de la República ni franquicias de la Federación de Comercio; todos aquellos engendros pergeñados por George Lucas que habían hecho de Star Wars un equivalente a lo que ocurriría si a Indiana Jones le diera de repente por dejarse en casa el revólver y el látigo, contratar a un par de postdocs y a un equipo de becarios, hacer cola en el Ayuntamiento para solicitar los permisos, cuadricular el yacimiento, excavar con pincel y finalmente sentarse a escribir un paper para la revista Science.

Imagen de Walt Disney Studios Motion Pictures.

Imagen de Walt Disney Studios Motion Pictures.

Quien busque política soporífera puede incluso meterse una sobredosis de ella sin necesidad de acudir al cine; no hace falta que explique más. Y quienes buscamos ciencia, la buscamos en otro lugar. El despertar de la Fuerza es aventura, espectáculo, y punto, como lo fueron las tres películas originales.

Tampoco en esta nueva visión de J. J. Abrams hay la más mínima concesión a los midiclorianos, esa aberración nacida de un fenómeno clásico; digamos que uno inventa, por ejemplo, algo como los Teletubbies, un grupo de muñecos de felpa destinados a hacer reír a los bebés. De repente acaece que los Teletubbies se convierten en un éxito mundial, y entonces la borrachera de éxito le provoca a uno un complejo de trascendencia que le lleva a declarar que en realidad los Teletubbies son una metáfora de la sociedad contemporánea en la cual los distintos colores de los muñecos son un reflejo de la polifonía del relato social y blablablá.

En el caso de la trilogía-precuela, Lucas decidió ponerse estupendo al convertir el origen de la Fuerza en “una metáfora de una relación simbiótica que permite la existencia de vida”, como conté en un reportaje reciente. Alguien debió de hablarle un día de las mitocondrias, los orgánulos celulares encargados de la producción de energía, y de la teoría endosimbiótica enunciada por Lynn Margulis, y con todo esto a Lucas le entró ese complejo de trascendencia metafórica por el cual decidió hacer de la Fuerza una especie de reflejo de la evolución biológica.

Tal vez alguien piense que un (ex)científico, biólogo, debería aplaudir este intento de Lucas de hacer de Star Wars algo más próximo a la ciencia. Pero al menos en mi caso, no es así. A cada uno lo suyo: puede ser divertido buscarle los tres pies al gato mediante el ejercicio de comparar los argumentos de Star Wars con lo que la ciencia sabe o no sabe, pero la fantasía es la fantasía y la aventura es la aventura; o como bien decía Hemingway cuando el éxito de El viejo y el mar llenó su agenda de periodistas preguntándole por metáforas, “el viejo es el viejo, el pez es el pez y el mar es el mar”.

Ray Bradbury solía decir que la ciencia ficción es “el arte de lo posible”. El maestro sostenía que Fahrenheit 451 era su única obra de este género, ya que planteaba un escenario prospectivo plausible, mientras que Crónicas Marcianas era una novela (o colección de relatos) de fantasía. Es decir, que su narración de las sucesivas expediciones de exploradores y colonos a Marte no pretendía parecer de ninguna manera algo coherente con la realidad presente o futura, sino que era un mero producto de la imaginación. Star Wars no es ciencia ficción, ni pretendió serlo, ni debería serlo. Sus naves viajan a la velocidad de la luz; de hecho, es la propia luz la que no viaja a la velocidad de la luz, ya que podemos ver cómo los haces de rayos láser avanzan a través del espacio.

En realidad, es precisamente cuando el guionista siente de pronto la tentación de hacerse el científico cuando nos hace torcer las cejas. En una secuencia de El despertar de la Fuerza, Rey trata de reparar el Halcón Milenario, advirtiendo a Finn del riesgo de un escape de gas venenoso. Cuando los soldados de asalto están a punto de invadir la nave, ambos deciden repeler el ataque dejando escapar el gas. Y dice Finn: “los cascos de los soldados pueden filtrar el humo, pero no las toxinas”.

¿?

Venga ya, Finn. Las toxinas son sustancias venenosas producidas por los organismos vivos. Los gases venenosos como el cloro, el sarín o el gas mostaza, no contienen toxinas. Sí el gas pimienta, ya que su ingrediente activo, la capsaicina, se extrae de las guindillas o chiles. ¿Es que el Halcón Milenario funciona a base de guindillas? ¿Y por qué el casco de los soldados de asalto puede filtrar “el humo” incluyendo, es de suponer, moléculas pequeñas como el monóxido de carbono o los óxidos de nitrógeno y azufre, y en cambio deja pasar moléculas orgánicas muy grandes como suelen ser las toxinas?

En resumen, dejemos a Star Wars en el reino de la fantasía, donde todo lo sobrenatural es posible. Aunque, en realidad, lo verdaderamente sobrenatural en El despertar de la fuerza es algo que requiere una explicación urgente: ¿Cómo es posible que Max von Sydow tenga ahora exactamente el mismo aspecto que hace 42 años en El exorcista? ¿Acaso aprovechó aquella ocasión para firmar un pacto con el diablo?

Año 1 después de McFly: ¿adiós al ordenador personal y al móvil?

Con ocasión del advenimiento del año 1 d. M. F. (después de McFly), las comparaciones entre nuestro 2015 y el suyo han llegado hasta a los telediarios. Siempre es un ejercicio curioso; aunque al parecer Robert Zemeckis, el director de la trilogía, declaró que su pretensión nunca fue tanto plasmar un futuro creíble como simplemente divertido. En mi caso, esta semana he conmemorado la ocasión tirando por otro derrotero, el de los viajes en el tiempo, que siempre da mucho jugo y mucho juego.

Pero quería dejar aquí un comentario relativo a esos parecidos y diferencias entre el pasado de Marty, su presente, su futuro, nuestro presente y nuestro futuro. La saga de Back to the Future basa su tono de comedia sobre todo en un elemento, el choque cultural, un argumento que el cine ya ha desgranado en muchas y distintas versiones: la del cambio de país, la del emigrante del campo a la ciudad, incluso la del extraterrestre camuflado como un humano más. En este caso, es el cambio de época. Pero curiosamente, y mientras que en la segunda parte este choque se plasma sobre todo en el factor tecnológico, en la película original el efecto se expresaba más bien en detalles sociológicos: las marcas comerciales (Levi’s, o Calvin Klein en el original*), los personajes (Ronald Reagan), los usos y costumbres (el comportamiento de la madre de Marty), la música (el Johnny B. Goode)…

¿Por qué? Si bien lo miramos, se diría que el salto tecnológico entre 1955 y 1985 no fue tan sustancial. Incluso entre 1955 y 2015, solo ha sido realmente revolucionario para el humano común en un aspecto, el de todo aquello que lleva una pantalla: ordenadores, smartphones, tablets.

Marty McFly descubre que un ordenador de su tiempo es una reliquia en 2015, en 'Regreso al futuro parte II'. Imagen de Universal Pictures.

Marty McFly descubre que un ordenador de su tiempo es una reliquia en 2015, en ‘Regreso al futuro parte II’. Imagen de Universal Pictures.

Esta semana he dedicado un día a fijarme a mi alrededor y pensar en cómo nuestra vida se ha transformado en función de la tecnología desde una época como 1955. Los automóviles de hoy esconden innovaciones impensables entonces, pero siguen siendo coches que circulan por una carretera. Seguimos viajando en avión, tren, metro o autobús, sufriendo atascos de tráfico, iluminándonos con bombillas que encendemos con una llave en la pared, escuchando la radio, viendo la televisión, trabajando en una oficina, lavando la ropa en una máquina giratoria y planchándola con una placa de metal caliente, aspirando el suelo con una escoba de succión, cocinando y tomando cañas en los bares (por suerte) que luego nos vetan la posibilidad de conducir.

Esto último, porque aún no tenemos coches que se conduzcan solos. Como tampoco disponemos de automóviles (ni patines) voladores, ni vivimos bajo tierra, ni las calles nos llevan directamente al piso 157, ni pasamos las vacaciones en Marte, ni nos teletransportamos a Nueva Zelanda para desayunar, ni limpiamos la casa pulsando un botón, ni nos pintamos (se pintan) las uñas con un lápiz electrónico, ni tenemos robots o avatares virtuales que trabajen por nosotros, ni viajamos en el tiempo, ni nos metemos en una máquina que nos rejuvenezca y nos cure todos nuestros males, ni nos congelamos para resucitar en el futuro. Desde 1955 hemos asistido a innumerables mejoras incrementales y graduales en todo aquello que nos rodea, pero casi nada que realmente cambie lo esencial de nuestra forma de vida.

Aunque fue en los 80 cuando se popularizó el posmodernismo, aún seguía viva la herencia del optimismo tecnológico de la modernidad. La verdadera revolución de la tecnología en todos los ámbitos de la vida humana fue la de parte del siglo XIX y parte del XX, cuando surgieron todas esas innovaciones disponibles hoy que no existían en 1855, pero sí en 1955.

Como ya he mencionado, solo en la forma de comunicarnos, relacionarnos e informarnos a través de los dispositivos de pantalla es en lo que este 2015 se diferencia radicalmente de 1955, pero también del 1985 de Back to the Future. Recuerdo 1985; 17 años. Entonces no pensábamos que en 2015 fuéramos a tener coches voladores, pero sí habríamos apostado por que la vida hoy sería muy diferente; por supuesto, mejor. Quizá, más que optimismo, un cierto candor.

Para vislumbrar qué podría depararnos el futuro en este único campo que tanto ha cambiado en unas pocas décadas, nadie mejor que un experto. Esta semana estuve conversando con el historiador de la computación David Greelish, autor del libro Classic Computing: The Complete Historically Brewed. Greelish es de los que piensan que la evolución de la informática personal está ahora inmersa en una etapa de meseta, en comparación con los últimos 30 años. “Pienso que es justo decir que el portátil nuevo que utilizamos ahora no es tan radicalmente diferente del que usábamos en 2010, o incluso en 2005”, dice. “En un período de tiempo mucho más corto, puedo decir lo mismo de los smartphones y tablets“.

Lo cual no implica, en opinión de Greelish, que nada vaya a cambiar, sino que la transformación no será tan revolucionaria como la que hemos presenciado a lo largo de nuestras vidas. El experto piensa que “el futuro cercano es muy excitante”, y que variará el concepto de dispositivo autónomo personal que empleamos hoy. “Creo que estamos solo a una década o así del momento en el que ya no habrá ordenadores o smartphones o incluso televisión como hoy los entendemos, como aparatos independientes. Simplemente, habrá pantallas de distintos tamaños conectadas a la nube”.

Estas pantallas, prosigue Greelish, podrán sostenerse en una mano, en las dos, apoyarse en la mesa, en la pared o ser la pared. Todas ellas nos permitirán acceder a cualquier tipo de archivo digital. Pero el hecho de que el objetivo final sea la disponibilidad del contenido, y que esto se facilite a través de innumerables opciones y formatos, acabará también con esa actual dependencia del móvil, ya que el aparato pasará a un segundo plano. “No importará si es tu pantalla o no”, afirma Greelish. “El futuro de la computación en la nube no es tus datos en cualquier lugar, sino más bien tu ordenador en cualquier lugar; yo podría estar en casa de un amigo y no solo acceder a mis datos, sino a todo mi material digital. Cualquier pantalla puede convertirse en mi pantalla también para mis apps, convirtiéndose en mi ordenador”.

De hecho, Greelish apunta una tendencia que viene pujando en los últimos años y que asoma tanto en las ferias de tecnología como en las páginas de las revistas de ciencia: las pantallas plegables, quién sabe si incluso desechables. “Un smartphone o tablet se podría guardar en un bolsillo, desdoblarse y hacerse más grande; esto captará nuestra atención y será divertido por un tiempo”.

¿Y más allá de esto? “Predecir el futuro es un terreno peligroso, ya que quienes lo hacen casi siempre acaban pareciendo ridículos en el futuro”, advierte Greelish. Pero tal vez tampoco haga falta un ejercicio de futurología muy certero para entender que, si lo importante son los contenidos, la barrera que supone el uso de un dispositivo debería tender a minimizarse. Al fin y al cabo nuestros aparatos no dejan de ser, en el fondo, sofisticadas prótesis: lo que emitimos y percibimos finalmente consiste en actividad cerebral electroquímica. Algunos investigadores están abriendo el camino hacia la comunicación directa de cerebro a cerebro, algo que nos permitiría incluso prescindir de las pantallas.

Y añado: solo espero que todo esto no haga realidad ese verso de Bad Religion:

Cause I’m a 21st century digital boy

I don’t know how to read but I got a lot of toys

*Levi’s ya era una marca de sobra conocida en los años 50 en EE. UU. En la versión original en inglés Marty decía llamarse Calvin Klein, pero esta marca aún no era popular en la España de los 80, por lo que los traductores optaron por cambiarlo.

El verdadero Jurassic World: ¿Chris Pratt pilotando la moto entre pavos?

¿Se imaginan a Chris Pratt cabalgando briosamente en su moto entre un grupo de pavos? ¿O acariciándole el pico a un furioso pavo embozalado? Así serían Jurassic World y el resto de la saga de Parque Jurásico si se ciñeran a la realidad del conocimiento actual sobre los velocirraptores. De acuerdo, no eran pavos, pero sí algo mucho más parecido a ellos que a los monstruos retratados en el cine.

Recreación artística del 'Zhenyuanlong suni'. Imagen de Chuang Zhao.

Recreación artística del ‘Zhenyuanlong suni’. Imagen de Chuang Zhao.

Cuando Michael Crichton escribió la primera novela de Parque Jurásico, allá hacia 1989, tomó como referencia un libro que por entonces era novísimo y actual, Predatory dinosaurs of the world: a complete illustrated guide (1988), de Gregory Scott Paul, investigador independiente e ilustrador de dinosaurios. En su libro, Paul agrupaba la aún confusa familia de los dromeosaurios bajo el género común Velociraptor, descrito en 1924. El autor mencionaba que en Mongolia se había hallado un fósil de tamaño algo mayor que el Velociraptor antirrhopus, una especie conocida desde 1969 que medía más de un metro de altura y casi 3,5 metros de largo, la mayoría correspondiente a la cola.

Al parecer, este nuevo ejemplar mongol pudo ser la inspiración de Crichton para describir sus velocirraptores de casi dos metros. De hecho, en el libro se explicaba que el ámbar del que se clonaban estos animales procedía de Mongolia. Así, en su época el libro era probablemente bastante fiel a la realidad del momento desde el punto de vista paleontológico, al menos en lo que se refiere a los velocirraptores.

El problema se resume en una frase que ya he citado varias veces en este blog, y que pertenece al escritor, biólogo, conservacionista y polisabio Stewart Brand: la ciencia es la única noticia. Aunque la mayor parte del público permanezca ajeno a ello, la ciencia está aportando nuevos hallazgos todos los días, a todas horas. Los descubrimientos científicos son acumulativos, pero también refutativos. Por lo tanto, la ciencia del año que viene no solo será más extensa y profunda que la de este, sino que también habrá tachado parte de lo escrito antes para enmendarlo.

Este es el motivo por el que, por discreción y para no resultar descortés, siempre me aparto de las conversaciones entre padres y madres allá a la que surge la primera queja sobre la compra de libros de texto y sus precios. Quejas que a menudo provienen de alguien que sostiene en la mano su iPhone último modelo de 500 euros o más, y cuyo hijo luce la camiseta del año en curso de su equipo de fútbol a 70 pavos la pieza. Por supuesto que como escritor defiendo la compra legal de libros. Pero es que además, y hablo exclusivamente de lo referente a ciencia, un libro de texto de ciencia nace con vocación de efímero, de obsoleto; en muchos casos, probablemente ya lo está cuando sale de imprenta.

Por citar solo dos ejemplos de las últimas semanas, los libros de texto del año que viene ya no podrán hablar de Plutón como inexplorado, ni podrán dejar de incluir su foto. Y tampoco podrán continuar asegurando, como desde hace décadas, que el cerebro está desconectado del circuito linfático y por tanto del sistema inmunitario general, algo que hasta ahora era un dogma de la biología; un reciente estudio revolucionario ha demostrado que no es así. Los libros de texto de cuando estudié biología, a principios de los 90, son ahora curiosos documentos históricos infestados de errores y vaguedades.

Escala de tamaño del velocirraptor. Imagen de Matt Martyniuk / Wikipedia.

Escala de tamaño del velocirraptor. Imagen de Matt Martyniuk / Wikipedia.

Lo mismo ha sucedido con la paleontología desde que Crichton escribió su primer Parque y Spielberg filmó la primera versión. El Velociraptor antirrhopus, una especie norteamericana, fue reclasificado como Deinonychus antirrhopus, o deinonico. El nuevo fósil de Mongolia fue asignado a una nueva especie, Achillobator giganticus. Y el género Velociraptor quedó restringido a dos especies, V. mongoliensis y V. osmolskae, ambas del tamaño de un pavo, que difícilmente podrían haberle hecho más daño a un ser humano que arrancarle algún dedo.

Sin embargo, los responsables de las últimas entregas de la saga decidieron mantener la denominación de velocirraptores para animales que obviamente no lo son. Actualizar la imagen de estos dinosaurios era impensable, ya que el resultado habría sido ridículo. Y cambiarles el nombre habría supuesto perder el gancho entre el público de lo que ya era toda una marca de la serie, los “raptores”. Así que escudándose en la licencia de la ficción, lo dejaron como estaba, aun a sabiendas de que era incorrecto.

Por otra parte está el asunto de las plumas. Aunque Gregory Paul fue de hecho uno de los paleoartistas pioneros en dibujar a los dinosaurios no aviares con plumas, siguiendo las teorías sobre anatomía comparada que circulaban entre los expertos, hasta la década de 1990 no se encontraron los primeros fósiles bien conservados que demostraron esta hipótesis. Incluso entonces aún se pensaba que el plumaje era tal vez escaso, disperso y primitivo, más similar al pelo que a las plumas de las actuales aves.

Esta idea también ha ido cambiando en años recientes a medida que se han hallado nuevos fósiles. El último aparece publicado hoy en la revista Scientific Reports, del grupo Nature. Se trata de un nuevo dromeosaurio descubierto en la provincia de Liaoning, al noreste de China, por científicos de la Academia China de Ciencias Geológicas y la Universidad de Edimburgo (Reino Unido). La especie ha recibido el nombre de Zhenyuanlong suni, que al parecer significa algo así como “el dragón de Zhenyuan Sun”, en honor a la persona que descubrió el fósil.

El Zhenyuanlong (dejémoslo en zeñualón, si ustedes me lo permiten), que vivió en el Cretácico hace 125 millones de años, era un animal de tamaño parecido al velocirraptor, de metro y medio de largo incluyendo la cola. Lo que lo hace especialmente valioso es que se trata del dinosaurio más grande encontrado hasta ahora que conserva unas alas similares a las de los pájaros, con plumas bien desarrolladas. Sus alas, probablemente demasiado cortas para volar, muestran una estructura muy compleja con varias capas de plumas largas con quilla, como las de las aves actuales.

La mayoría de los dromeosaurios hallados hasta ahora en China eran más pequeños y con miembros delanteros largos y bien emplumados. El más parecido al zeñualón que se conocía, el Tianyuraptor, era de mayor tamaño y brazos cortos, pero sin plumas. Por lo tanto, el zeñualón es una especie de eslabón perdido en el que los científicos se basan para sugerir que las plumas y sus estructuras complejas eran más comunes de lo que hasta ahora se creía en estos dinosaurios, y que podrían encontrarse extendidas por toda su familia.

Y dado que el zeñualón es un pariente próximo del velocirraptor, esta es la conclusión del coautor del estudio Steve Brusatte: “Este nuevo dinosaurio es uno de los primos más cercanos del velocirraptor, pero su aspecto es totalmente el de un pájaro. Es un dinosaurio con enormes alas hechas de plumas con quilla, como un águila o un buitre. Las películas se equivocaron; este es el aspecto que tendría también el velocirraptor”.

La hipótesis de Brusatte no es simple especulación. Tratándose de especies tan relacionadas, la lógica invita a pensar que compartieran rasgos tan básicos. En una ocasión el paleontólogo del Museo de Historia Natural de EE. UU. Mark Norell, uno de los principales descubridores de los dinosaurios emplumados (y quien puso nombre al Achillobator), dijo lo siguiente sobre la posibilidad de que los tiranosaurios, los famosos T. rex, tuvieran también plumas: “Tenemos tantas pruebas de que el T. rex tuviera plumas, al menos durante alguna etapa de su vida, como de que los australopitecos como Lucy tuvieran pelo”.

Así pues, nuestra representación de los dinosaurios va a continuar cambiando, aunque esto rompa la imagen ya mítica de los velocirraptores o de los tiranosaurios. A este último aún no es habitual verlo retratado con plumas, pero su imagen ha cambiado mucho desde aquellas ilustraciones de principios del siglo XX en las que aparecía erguido y apoyándose en su cola. Y a ver qué les parece esta recreación que les dejo aquí, realizada por el ilustrador Matt Martyniuk basándose en un estudio de 2009 de modelación de dinosaurios en 3D. ¿A que no es el tiranosaurio que están acostumbrados a imaginar (y no olviden fijarse en las alitas)?

Recreación del tiranosaurio rex por Matt Martyniuk. Imagen de Wikipedia.

Recreación del tiranosaurio rex por Matt Martyniuk. Imagen de Wikipedia.

‘Jurassic World’, sangre nueva para una ciencia que se renueva

Sé del caso de algún paleontólogo que lloró viendo Parque Jurásico, la primera. Y no de pena, sino de emoción. No me sorprende; la ciencia excita un fuerte componente pasional en muchos de quienes la seguimos y la practicamos (en mi caso, pretérito perfecto), como amamos la música u otros aman el fútbol. Un paleontólogo es un biólogo que llegó tarde, y es natural que algunos arrastren una indisimulada frustración por no llegar jamás a ver, escuchar, sentir y tocar los seres a los que dedican su vida, y de los cuales hasta hace unos años no les quedaba más que polvo y hueso.

Cartel de la película 'Jurassic World'. Imagen de Javier Yanes.

Cartel de la película ‘Jurassic World’. Imagen de Javier Yanes.

Hoy estamos ya tan acostumbrados al CGI, los gráficos digitales, que cada vez es más difícil para los artistas de la imagen conseguir efectos visuales que lleguen a impresionarnos (y añado, tal vez no estaría de más compensar esta saturación con un cierto regreso al barro y la madera). Pero en 1993, cualquier sala de cine que proyectara la primera película de la saga era el paraíso de toda mosca en busca de boca.

Parque Jurásico logró algo que nada ni nadie había logrado hasta entonces, de un modo que nada ni nadie había logrado hasta entonces. Bastaba con colocar allí a unos cuantos actores y con arroparlo todo en una música envolvente para que la película grabara una muesca imborrable en la memoria de todos quienes por entonces la vimos en el cine; y con esa última secuencia de Alan Grant (Sam Neill) contemplando el vuelo de los pelícanos sobre el océano, un plano resumen de condensada e inmensa grandeza evolutiva.

Yo, en mi sola mismidad, soy benevolente a la hora de evaluar el rigor de las películas de sustrato científico que no juegan con la ignorancia de la gente, y que consiguen decorar las paredes de las habitaciones de los niños y llenar los bancos de las facultades; aportan más a la popularización de la ciencia que la mayoría de quienes critican sus posibles inexactitudes y licencias argumentales. Lo cual no quita que sea conveniente hacer notar las pequeñas vacaciones científicas que eventualmente pueda tomarse el guión de una película, pero solo con fines didácticos; nunca para actuar como martillo de herejes.

Por todo lo anterior, no me voy a quedar corto con Jurassic World: esta nueva maravilla insufla nueva sangre de dinosaurio a una saga que tal vez esté agotando el factor sorpresa –y, como el resto del cine de acción de hoy, saturando nuestros receptores de imagen digital–, pero a la que podrían quedarle recursos narrativos para alguna secuela más, a poco que los guionistas continúen asesorándose sobre el enorme desarrollo que la paleontología está alcanzando desde que se abrió a eso tan difícil de pronunciar, la multidisciplinariedad.

En Jurassic World me sorprendió favorablemente que el personaje de Gray (Ty Simpkins), el niño cienciófilo, insinuara la posibilidad de que en el futuro lleguen a secuenciarse fragmentos de material genético extraídos de restos de tejido blando hallados en los fósiles. Los expertos no suelen atreverse a especular algo así, pero estoy seguro de que este objetivo está en la mente de muchos desde que se logró obtener secuencias parciales de proteínas de algunos fósiles de dinosaurios.

Esto último ha sido posible precisamente gracias a esa interdisciplinariedad. Hace unos meses, con motivo de la búsqueda de los restos de Cervantes en Madrid, escribí sobre las diferencias entre este proyecto y el de Ricardo III en Inglaterra. La genetista Gloria González-Fortes, que participó en este último durante su estancia en la Universidad de York, se lamentaba de que en España la interdisciplinariedad no ha llegado a la arqueología en el mismo grado que en otros países. En la paleontología, la biología molecular, la química y la física están aportando nueva vida a una ciencia que no se ha quedado anclada en el martillo y el pincel, sino que hoy utiliza sincrotrones, espectrómetros de masas y modelos bioinformáticos avanzados.

Hace unos días expliqué en otro medio cuánto de lo que proponen Parque Jurásico o Jurassic World sería posible hoy, y es más de lo que muchos pensarían. Pero si la espectrometría de masas ya ha logrado secuenciar parcialmente el colágeno de un dinosaurio, ¿quién se atrevería a poner límites a lo que podríamos llegar a conseguir dentro de unas pocas décadas?

Qué hacer si despiertas con un monstruo sentado sobre el pecho

En 1982 alcanzó cierta notoriedad una película titulada El ente, a propósito del caso de una mujer que sufría los asaltos sexuales de un fantasma. Los años 60 y 70 del siglo pasado vieron florecer una edad de oro en el mundo de los fenómenos paranormales, e incluso la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) llegó a disponer de un Laboratorio de Parapsicología que funcionó desde 1968 hasta 1978. Por su parte, el cine aprovechaba el tirón de lo sobrenatural para navegar en la exitosa estela de El exorcista con taquillazos como Poltergeist, El resplandor o La profecía. Y sin duda, no había imán más potente para el público que el elemento morboso de poder abrir la pantalla con aquella frase: “Esta película está basada en hechos reales”. Fue el caso de El exorcista, Terror en Amityville y, también, El ente.

Barbara Hershey en un fotograma de la película 'El ente' (1982), de Sidney J. Furie. Imagen de 20th Century Fox.

Barbara Hershey en un fotograma de la película ‘El ente’ (1982), de Sidney J. Furie. Imagen de 20th Century Fox.

El director Sidney J. Furie filmó el guión en el que Frank De Felitta adaptó su propia novela, la historia real de Doris Bither (o Carla Moran), una californiana que decía recibir constantes visitas de una presencia espectral obsesionada por abusar sexualmente de ella. Dado que la mujer recurrió a la ayuda de dos parapsicólogos de la UCLA que describieron los ataques sin poder explicar el cómo ni el porqué, el caso ha pasado a la posteridad como uno de los argumentos de bandera del esoterismo, y en internet abundan las páginas en las que se habla de la experiencia de Moran como de un fenómeno sobrenatural “verídico”.

Lo que no suelen mencionar los raconttos de la historia es que quien dirigió aquella investigación, el parapsicólogo y doctor en psicofisiología Barry Taff, entonces en la UCLA, lleva años pregonando que “lo paranormal no existe”. A lo largo de una vida dedicada al estudio de lo sobrenatural, con más de 4.500 casos en su haber, Taff llegó a la conclusión de que tales fenómenos son solo construcciones de la mente. Es más; el parapsicólogo opina que “lo paranormal atrae a más gente emocionalmente perturbada que ninguna otra área de interés humano”. “Lo que nos queda es una siempre creciente proporción que o bien están mentalmente enfermos o están en proceso de desarrollar serios desórdenes de personalidad y que no saben qué hacer al respecto sino culpar a una presencia maligna paranormal”, escribía Taff en un artículo que causó gran conmoción en los círculos del esoterismo. El texto estaba encabezado por una advertencia en la que aclaraba: “Recuerda, he estado ahí fuera durante más de cuatro décadas, documentando y haciendo investigación, y TÚ no”.

Respecto a la historia retratada en El ente, Taff escribió: “Al contrario de lo que muchos piensan, el caso de Doris Bither, que después se convirtió en la novela y la película El ente, no era, en mi opinión profesional, el resultado de una violación espectral, también llamada espectrofilia, sino más bien un caso perturbador de brote poltergeist“. ¿Y a qué llama Taff un poltergeist? Lo define en el mismo artículo: “La posibilidad de que el subconsciente de una persona viva pueda generar involuntariamente tanta energía como para manifestar anomalías luminosas, apariciones y eventos psicocinéticos macroscópicos”.

Otra cosa es que las teorías de Taff, basadas en algo así como campos electromagnéticos manipulados por el subconsciente humano, sean plausibles o no, testables o no, validables o no. Pero la parte que la visión del parapsicólogo sí comparte con el conocimiento científico establecido es que muchos de los fenómenos tradicionalmente considerados paranormales han sido explicados como artificios de la mente humana. Y varios de ellos se refieren a un mismo síndrome, una extraña y aterradora condición llamada parálisis del sueño. Lejos de ser una enfermedad mental, es una experiencia tan común que, según la Clasificación Internacional de Desórdenes del Sueño (ICSD), hasta un 40 o un 50% de la población lo sufre al menos una vez en su vida, y su primera descripción histórica se remonta a los textos del médico persa Akhawayni en el siglo X.

Reconstrucción de una abducción alienígena. Imagen de Travis Walton / Wikipedia.

Reconstrucción de una abducción alienígena. Imagen de Travis Walton / Wikipedia.

A principios del siglo actual, la psicóloga cognitiva Susan Clancy, en la Universidad de Harvard (EE. UU.), comenzó a estudiar casos de personas que decían haber sufrido experiencias paranormales, especialmente abducciones alienígenas. “Junto con Daniel Schacter en Harvard, estábamos interesados en los falsos recuerdos: por qué la gente normal llega a creer cosas que nunca han ocurrido”, expone Clancy a Ciencias Mixtas. “Basándonos en los datos (no existen pruebas de la existencia de abducciones alienígenas), elegimos a los abducidos como un grupo interesante para el estudio”. La investigación de Clancy y Schacter les condujo hacia un destino común: “Muchos informaban de experiencias similares a la parálisis del sueño”.

La parálisis del sueño es una parasomnia, o trastorno del sueño, consistente en una especie de despertar en falso. Durante la Fase de Movimiento Ocular Rápido (MOR, más conocida por sus siglas en inglés, REM), la última del ciclo del sueño, el cerebro está tan ocupado elaborando sueños vívidos que se ve obligado a desconectar el movimiento voluntario del cuerpo para que no actuemos. Durante la Fase REM, nuestros músculos están paralizados. En ocasiones sucede que una persona despierta sin lograr romper este estado de parálisis. Y a ello se une el que en la transición del sueño a la vigilia, como ocurre también en el proceso contrario, nos asaltan alucinaciones que creemos reales y que con gran frecuencia son pavorosas; según recoge un reciente estudio dirigido por el psicólogo clínico de la Universidad Estatal de Washington (EEUU) Brian Sharpless y publicado en la revista Behavioral Sleep Medicine, “mientras que solo el 30% de los sueños son aterradores, el miedo es característico en la parálisis del sueño aproximadamente el 90% de las veces”.

Además de los estudios científicos que detallaron sus trabajos, Clancy reunió sus investigaciones en un libro titulado Abducted: How people come to believe they were kidnapped by aliens (Abducidos: cómo las personas llegan a creer que fueron secuestradas por alienígenas) (Harvard University Press, 2007). “La parálisis del sueño es simplemente una experiencia que la gente tiene y que les pone los pelos de punta, y entonces buscan explicaciones”, prosigue Clancy. “Algunos aceptan el diagnóstico médico; otros piensan que está relacionado con fantasmas, demonios o alienígenas. De los que determinan que podrían ser alienígenas, algunos buscan ayuda psicológica de expertos en el área de las abducciones. Durante la regresión/hipnosis a menudo recuperan los recuerdos de la abducción”. “Así, la parálisis del sueño a menudo es un primer paso para que la gente llegue a creer que fueron abducidos por alienígenas”, concluye.

Varios investigadores han detallado cómo las interpretaciones de los fenómenos experimentados durante la parálisis del sueño varían según las culturas; un egipcio no atribuye tales fenómenos a los alienígenas, sino al Genio, un mito popular en los países árabes. Por el contrario, los daneses son menos propensos a buscar explicaciones sobrenaturales, mientras que los italianos de la región de los Abruzos culpan al Pandafeche, “a menudo representado como una bruja maligna, a veces como un espíritu fantasmal o un terrible gato humanoide”, según un estudio publicado este mes en el que también se detallan los métodos para ahuyentarlo, como “situar una escoba junto a la puerta o una pila de arena al lado de la cama”.

'La pesadilla' (1781), de John Henry Fuseli, representación de un íncubo. Imagen de Wikipedia.

‘La pesadilla’ (1781), de John Henry Fuseli, representación de un íncubo. Imagen de Wikipedia.

Curiosamente, una de las manifestaciones más frecuentes en las alucinaciones asociadas a la parálisis del sueño es la presencia de un ser monstruoso o demoníaco que oprime el pecho e impide respirar, un fenómeno denominado Íncubo en referencia a los demonios que en la mitología se tendían sobre sus víctimas femeninas para violarlas mientras dormían. Otra forma habitual se conoce como Experiencias Corporales Inusuales, e incluye sensaciones de abandonar el cuerpo y flotar, que popularmente reciben nombres como viaje astral o se relacionan con experiencias cercanas a la muerte.

En su reciente estudio, Sharpless entresacó a 156 estudiantes que habían sufrido episodios de parálisis del sueño a partir de una muestra de más de 2.200. A través de entrevistas, ha construido una estadística que recoge los métodos empleados por los sujetos para intentar evitar la experiencia o, en caso de sufrirla, tratar de romperla. “Las mejores maneras de prevenirlo son dormir lo suficiente, acostarse y levantarse a la misma hora cada día, no dormir sobre el estómago o la espalda, evitar el alcohol y la cafeína al menos cuatro horas antes de irse a dormir, y tratar de minimizar el nivel de estrés”, resume el psicólogo, que en junio publicará un libro titulado Sleep Paralysis: Historical, Psychological, and Medical Perspectives (Parálisis del sueño: Perspectivas históricas, psicológicas y médicas) (Oxford University Press, 2015). En caso de sufrir de algún trastorno previo, como estrés postraumático o ataques de pánico, Sharpless apunta que los tratamientos habituales también ayudarán a prevenir la parálisis.

Y ¿si ya la estamos sufriendo? Los datos de Sharpless indican que es inútil tratar de hablar con la alucinación: solo un estudiante lo intentó y no le sirvió de nada. El psicólogo recomienda mantener la calma y probar repetidamente a mover una parte pequeña del cuerpo, como un dedo de la mano o del pie. En una mayoría de casos este método suele funcionar, pero si no es así, no hay que inquietarse; pasará a los pocos minutos. Sobre todo, recuerda Sharpless, es importante “reconocer que las alucinaciones que estás teniendo no son reales”.

Plutón, el mundo de Mordor, Cthulhu, Spock y Skywalker

¿Alguna vez ha fantaseado con poner nombre a un lugar? Ahora es su oportunidad. Los actuales terrícolas, para desolación de algunos de nosotros, hemos nacido en una época en la que ya no es posible llegar simplemente caminando a lugares jamás hollados por pie humano. Los únicos rincones vírgenes en este planeta pertenecen, si acaso, a los buceadores y a los espeleólogos, o a los buceadores espeleólogos, una actividad que requiere superar la combinación de dos miedos atávicos del ser humano: el pánico a los espacios estrechos y el terror a no tener aire alrededor con el que llenarnos los pulmones.

Al menos, las máquinas hoy pueden llegar a lugares que nos están vedados a los humanos y ofrecernos una experiencia de exploración de salón que no es ni mucho menos lo mismo, pero… Sin pero. No es ni mucho menos lo mismo, y punto; tendremos que conformarnos con ello. Como consuelo, y en comparación con los descubrimientos de exoplanetas que siempre nos dejan la sensación de oler el plato sin llegar a probarlo, este año una de esas máquinas va a descubrirnos de verdad un nuevo mundo. O mejor dicho, dos. En julio, la sonda New Horizons de la NASA se acercará al planeta explaneta Plutón y su mayor satélite, Caronte. Y entonces pasaremos de esto…

Representación de Plutón y Caronte según imágenes del telescopio espacial Hubble. Imágenes de ourpluto.org.

Representación de Plutón y Caronte según imágenes del telescopio espacial Hubble. Imágenes de ourpluto.org.

…a algo parecido a esto:

Representaciones artísticas de Plutón y Caronte. Imágenes de ourpluto.org.

Representaciones artísticas de Plutón y Caronte. Imágenes de ourpluto.org.

Además de ofrecer pistas sobre las características físicas de aquel planeta explaneta, las imágenes a baja resolución de telescopios como el Hubble ya han permitido anticipar que Plutón no es una sosa bola de billar gaseosa al estilo de Urano y Neptuno, sino un mundo rocoso y helado de contrastes y claroscuros con accidentes geográficos marcados, a los que habrá que poner nombres.

Para esta tarea, los científicos han decidido contar con la ayuda del público. Los responsables de la misión New Horizons, en colaboración con el Instituto SETI (Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre) y la Unión Astronómica Internacional, han abierto el concurso Our Pluto (Nuestro Plutón), también disponible en castellano y en catalán, para bautizar los rasgos físicos que aparecerán en los mapas del planeta explaneta. En palabras del científico de New Horizons e investigador del SETI Mark Showalter: “Plutón pertenece a todos, así que queremos que todos se impliquen en hacer el mapa de este mundo distante”.

Hasta el próximo 7 de abril, los usuarios que lo deseen podrán proponer nombres y elegir sus favoritos. Respecto a la primera opción, la de nominar, los responsables del concurso han restringido los posibles nombres a tres grandes grupos. El primero reúne las categorías de nombres reales históricos, ya sean de exploradores de todas las épocas, misiones y naves espaciales, o científicos e ingenieros que hayan contribuido al conocimiento del espacio. El segundo grupo rinde homenaje a los viajes nacidos de la imaginación humana: viajeros y exploradores de ficción, sus lugares de origen y destino, los vehículos que les llevaron, y los autores y artistas a los que debemos esas historias. Por último, el tercer grupo está dedicado al inframundo y el infierno, sus lugares en las diferentes culturas, sus exploradores y sus habitantes de ficción.

La web incluye también un apartado específico para niños, destinado a que los pequeños puedan votar directamente a sus libros, películas o series favoritas: allí están Tintín, El Principito, Star Wars, Star Trek, Peter Pan, Alicia o Narnia, por citar solo algunos. A fecha de hoy, Star Wars va ganando en las preferencias de los niños, por delante de Star Trek. Curiosamente, ocurre lo contrario en las votaciones de los adultos, donde los Vulcano, Kirk, Spock, Uhuru y Sulu se imponen a los Alderaan, Tatooine, Skywalker, Solo, Leia y Kenobi.

Para los fans del universo de Tolkien, ya se han propuesto los nombres de Balrog, Morgoth, Nazgûl, Orco, Mordor y la Comarca, así como el del propio autor (Bilbo y Frodo ya existen en Titán, satélite de Saturno). Y también los lectores de Lovecraft esperamos ver desplegada la mitología de Cthulhu por la geografía de Plutón. Por lo que a mí respecta, ya he hecho mi pequeña contribución sugiriendo el nombre de Mountains of Madness, las Montañas de la Locura, la cordillera que en la novela del mismo nombre abre la puerta al inframundo que yace bajo la Antártida. Hagan juego; sugieran sus nombres y voten por sus preferidos. Hay todo un planeta explaneta esperándonos.

Pasen y vean cómo se aman las tortugas, y a qué dinosaurio doblan en el cine

El apareamiento de dos tortugas es algo que no se ve todos los días. Resumiendo, es tal como cualquiera se imagina, algo así como apoyar un táper boca abajo inclinado sobre otro y esperar que el equilibrio se mantenga. Dado que esto no ocurre, es fácil figurarse el esfuerzo del tortugo, sobre todo cuando la tortuga no deja de caminar. Así que no sabemos si las expresiones vocales del macho son gemidos de placer, gruñidos de disgusto o jadeos de esfuerzo; pero nos basta con comprobar que un animal habitualmente silencioso como la tortuga se convierte en el Barry White de los reptiles a la hora del acto sexual, porque esto es algo también inesperadamente pasmoso. Aquí, el vídeo. Y atención, imprescindible seguirlo hasta el final, que es feliz (al menos para el macho).

Aunque el vídeo de por sí merece un visionado, en realidad no lo traigo hoy aquí por simple diversión o por fetichismo de la pornografía con armadura. Si la banda sonora de este acto amatorio resulta curiosa, no lo es menos que este repertorio vocal (no el de este vídeo, pero sí el de una ocasión similar) se haya utilizado para poner voz a los velocirraptores furiosos de Parque Jurásico.

Aunque en la tercera película de la saga el becario de Alan Grant (Sam Neill) fabrica un molde de una cámara de resonancia de estos animales para imitar sus sonidos, lo cierto es que se trata de otra licencia de la ficción: según los expertos, no tenemos la menor idea de qué ruidos hacían los dinosaurios. Las vocalizaciones de los vertebrados suelen depender en gran medida de tejidos blandos que no dejan huella fósil, por lo que, a falta de un Parque Jurásico real, solo podemos especular.

Esto fue lo que hicieron los técnicos de sonido de la saga. Dado que debían crear numerosos ruidos de dinosaurios de la nada, lo que hicieron fue grabar diferentes sonidos de animales y objetos y después mezclarlos a conveniencia, un trabajo tan convincente e impecable que le valió un óscar a Gary Rydstrom.

Según revela Rydstrom en la web Vulture, los rugidos del tiranosaurio se crearon a partir de su propio perro, un pequeño Jack Russell terrier, y de un bebé elefante. En la secuencia con los velocirraptores persiguiendo a los niños en la cocina, la respiración de los animales corresponde realmente a un caballo, los silbidos se tomaron prestados de los gansos, y la tortuga en plena cópula aparece cuando el dinosaurio comienza a rugir, en el segundo 14 de este vídeo:

En junio, los dinosaurios volverán a las pantallas con Jurassic World. Entonces tendremos ocasión de comprobar qué novedades nos aporta la última recreación de estos dragones reales con los que el ser humano ha fantaseado durante siglos.