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Los secretos de las ciencias para
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Repito: adiós a la señal alienígena, mientras nadie demuestre lo contrario

Esta semana, el microbiólogo ilicitano Francisco Martínez Mojica, de la Universidad de Alicante, ha recibido el prestigioso y sustancioso premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento por haber descubierto un sistema de defensa de los microbios de las salinas de Santa Pola que, con el correr del tiempo y de las investigaciones, ha permitido crear CRISPR: la mejor herramienta de cortapega genético de la historia de la biología molecular, uno de los mayores hallazgos de este incipiente siglo y una promesa para la corrección de ciertas enfermedades.

¿Qué tendrá esto que ver con el título del artículo? Este Yanes ha perdido el oremus, tal vez estén pensando. Pero aguántenme un momento, que sigo para llegar a donde voy.

Mojica recibió el premio compartido en paridad con Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna, las científicas que en la práctica convirtieron esta excentricidad de las bacterias (en realidad arqueas, que no son bacterias) en un valioso instrumental quirúrgico molecular. Mojica fue el descubridor; Charpentier y Doudna, las inventoras.

Hasta ahí, todo correcto. Lo interesante viene al analizar el caso más a fondo, una historia que ya expliqué aquí con detalle. Hasta hace año y medio, nadie sabía quién era Francisco Martínez Mojica. CRISPR ya era una revolución entre la comunidad científica y en los (cada vez más escasos) medios populares que se ocupan de los asuntos de ciencia, pero nadie sabía que su descubridor, y quien le puso el nombre de CRISPR, era un español que trabaja en Alicante. De hecho, nadie sabía quién era su descubridor, y a nadie parecía importarle.

Hasta que, en enero de 2016, a uno de los biólogos más influyentes del mundo, Eric Lander, le dio por investigar la historia de CRISPR para publicar un extenso artículo titulado “Los héroes de CRISPR” en la revista científica de biología número uno del mundo, Cell. Uno de aquellos héroes, especialmente reivindicado en el artículo, era Mojica.

De repente, todo cambió: poco después Mojica aparecía hasta en la Wikipedia, y su nombre comenzó a rumorearse para el Nobel. Pero para entonces, el investigador ya se había perdido los tres millones de dólares del Breakthrough Prize, que recibieron solo Charpentier y Doudna, y lo que es aún más grave, el Princesa de Asturias de Investigación 2015, que recibieron solo Charpentier y Doudna. Aún más grave, dado que el presuntamente muy docto jurado de un premio de tal prestigio no se molestó en hacer lo que después hizo Lander, investigar quién lo merecía, y así un premio español dejó fuera a un español tan acreedor de la distinción como las dos premiadas; una mancha para estos premios que difícilmente podrá repararse.

Y así llego a donde quiero llegar: amigos, por desgracia en muchos casos la ciencia está muy alejada de sus ideales de neutralidad y objetividad. Los científicos están contaminados por los mismos sesgos humanos que de repente convierten en mercancía mediática valiosa a algo como el cocinero ese. Mojica vio cómo su trabajo original era rechazado sucesivamente por la revista Nature y por otras publicaciones de primer nivel sin que siquiera fuera enviado a revisión. Solo consiguió por primera vez colar su firma en una de las revistas filiales de Nature en 2011, diluido entre un bosque de Charpentiers, Koonins, Horvaths y van der Oosts. Cuando su nombre fue descubierto por Lander y comenzó a pronunciarse en las mismas frases que la palabra “Nobel” (que, yo confío, llegará), algunos investigadores extranjeros contactados por varios medios arrugaban la nariz: ¿Nobel? ¿Alicante? ¿Dónde está eso? ¿Cerca de Magaluf?

Ahora tenemos otro posible caso. Se llama Antonio Paris y, como ya expliqué ayer, y como Mojica, no da el perfil ideal: es profesor en una universidad estatal de segunda fila, firma sus investigaciones desde su propio “centro virtual” creado por él mismo, The Center for Planetary Science, suele publicar solo y, sobre todo y para colmo, dedica parte de su tiempo a la investigación científica del fenómeno ovni.

El protagonista de la polémica, el astrónomo Antonio Paris. Imagen de The Center for Planetary Science.

El protagonista de la polémica, el astrónomo Antonio Paris. Imagen de The Center for Planetary Science.

Insisto, posible caso. Entiéndanme, ni mucho menos pretendo comparar a Paris con Mojica, pues el primero no reúne, al menos hasta hoy, los méritos del segundo. Pero como excientífico y veterano periodista de ciencia, me ha parecido que las críticas vertidas a Paris y a su trabajo (repito, no solo a su trabajo, sino a él mismo) recuerdan en cierto modo al caso de Mojica por el insoportable tufillo a contaminación por sesgo y falta de neutralidad.

El trabajo publicado recientemente por Paris, que explica la señal Wow! por el paso de dos cometas (a quien esto le suene a griego clásico, puede encontrar más información aquí), ha recibido ciertas críticas por parte de otros científicos. Esto es normal y habitual, e incluso él mismo señalaba las limitaciones de su estudio y los datos que no encajan con su explicación ni con ninguna otra (por ejemplo, a la crítica de que el radiotelescopio captó la señal con uno de sus receptores, pero no con el otro, Paris ha sugerido la posibilidad, obvia, pero de la que nadie más ha hablado ni por supuesto nadie ha rebatido, de que simplemente el telescopio fallara).

Estas críticas han sido resaltadas por varios medios, que han presentado el asunto desde distintos enfoques, desde el más prudente de la duda, hasta el más arriesgado de afirmar que los resultados de Paris han sido rebatidos por otros científicos. Cuando publiqué ayer mi artículo, algún usuario perezoso en Twitter, de los que leen titulares pero no artículos, señalaba esto último.

Pero no, los resultados de Paris no han sido (aún) rebatidos por otros científicos. Tal vez lo sean mañana, dentro de un mes o de un año. Pero para serlo, deberán serlo por la misma vía que los ha admitido: la publicación científica mediante revisión por pares. Hasta entonces, los resultados de Paris deben considerarse provisionalmente válidos, como todo en ciencia.

Aunque también criticables, como todo en ciencia. El problema en este caso, y de ahí el tufillo que las convierte en sospechosas, es el contenido de estas críticas. No soy astrofísico, y por tanto no estoy cualificado para valorar directamente la calidad de los resultados de Paris. Pero cuando se crea en Reddit un hilo en el que se atacan los resultados de alguien comenzando por cuestionar su heterodoxo perfil y sus credenciales profesionales; cuando se critica el estudio porque la revista en la que se ha publicado no es de las favoritas de los astrónomos; cuando las críticas proceden en parte del descubridor original de la señal, quien de forma más o menos soslayada siempre ha creído en su origen alienígena; cuando, y esto sí que es de chiste, se critica a Paris por hacer “ciencia de nota de prensa”, cuando los resultados de Paris no son una nota de prensa sino un estudio científico publicado, y cuando quien profiere tal crítica no ha publicado una refutación científicamente validada y por tanto sí está haciendo ciencia de nota de prensa…

Miren, yo no conozco a Paris más allá de los breves contactos motivados por los reportajes que he escrito sobre su trabajo. No tengo simpatía por él ni lo contrario. Y personalmente, me encantaría que la señal Wow! fuera realmente el primer saludo alienígena de la historia, así que los resultados de Paris no juegan a favor de lo que me gustaría.

Pero seamos neutrales, honestos y objetivos. Los resultados y sus conclusiones merecen el respeto de cualquier otra publicación científica mientras no se demuestren erróneos por la vía oficial, no en prensa, blogs y reddits. Su autor merece el respeto de cualquier otro científico mientras no se demuestre que ha falseado sus datos de mala fe. Estas son las reglas del juego de la ciencia: hoy debemos aceptar que la balanza se inclina oficialmente hacia una explicación natural de la señal. A quien no le guste, que no lo diga, que lo demuestre y lo publique, y aquí lo contaremos con mucho gusto.

No, la ciencia no es de izquierdas (ni de derechas)

Me llega noticia de la publicación de un libro que analiza el fenómeno de la izquierda anticientífica, ese sector que abraza pseudociencias y conspiranoias, y que rechaza el conocimiento científico actual relativo a asuntos como las llamadas terapias alternativas, las vacunas o los alimentos transgénicos; en resumen, eso que algunos ahora llaman movimiento anti-ilustración, pero en su versión zurda.

Perdonen que no les detalle el título ni el autor, pero una razón me lo aconseja: no he leído el libro y por tanto no quisiera que esto se interpretara como una crítica negativa a una obra en la que evidentemente se ha vertido mucho trabajo y esfuerzo. No tengo motivos para pensar que el autor no haya desarrollado sus razonamientos de forma eficaz y rigurosa, así que este comentario no se refiere al libro, sino a la idea que lo inspira. Porque es una idea muy común, pero es una idea opinable, y en mi opinión es una idea equivocada (y no soy el único). No suelo tratar aquí de política, pero la acción del tópico requiere una reacción, especialmente de quien, como el que suscribe, NO tiene bando político.

La idea en cuestión consiste en pensar que la ciencia es patrimonio de la izquierda, o que la ciencia está en el ADN de la izquierda, o que la izquierda nació de la ciencia, o que la ciencia es de izquierdas. Elijan la versión que prefieran; todas ellas circulan por ahí, pero vienen a resumirse en lo mismo: derecha = ocurantismo, ignorancia y superstición; izquierda = luz, ciencia y razón. Circulan por ahí, naturalmente… entre las personas de izquierdas, como el autor del libro, cuya motivación es indagar en algo que al parecer le provoca estupefacción: ¿cómo es posible que la izquierda, ¡mi izquierda!, caiga en la trampa de la pseudociencia?

Desde luego, quien pretenda hacer una tesis de esta idea puede encontrar argumentos. Si quieren, yo se los facilito: teóricos, como que la ciencia es progreso, y la izquierda es progresista; o históricos, como que la razón fue el motor de la Revolución Francesa (el momento en que la izquierda política se diferenció de su bando rival), o que la Segunda República española fue un período de florecimiento científico.

Pero por cada ejemplo, siempre hay un contraejemplo. No es ninguna sorpresa que la ciencia existió durante siglos sin necesitar izquierdas ni derechas, creciendo en cada época en la medida de sus posibilidades técnicas y del conocimiento acumulado. Ni que Marx rechazaba el positivismo de otros filósofos sociales como Comte.

Respecto a la tan idolatrada Revolución Francesa, y descontando incluso el hecho de que se ejecutó a multitud de inocentes para terminar cambiando a un monarca absoluto por un emperador absoluto, lo cierto es que los científicos franceses estaban repartidos en ambos bandos; de hecho, durante siglos la ciencia fue una ocupación de los más acomodados, aquellos que no debían cavar zanjas para ganarse la vida.

En cuanto a la llamada Edad de Plata española, sí, murió con el golpe de estado de 1936, la Guerra Civil y la postguerra, pero no, no comenzó con la República, sino mucho antes. Casi sobra recordar que el único Nobel español de ciencia fue muy anterior.

Respecto al interés de la República en la ciencia, y para no caer en simplificaciones idealistas del pasado, suelo citar este caso: Manuel Azaña, que si no me equivoco era de izquierdas, sí tenía interés en la ciencia. En su primera etapa de gobierno firmó un decreto para que un sector del Monte de El Pardo se destinara a la construcción de un nuevo Museo de Ciencias Naturales, un Jardín Botánico y laboratorios de investigación. Cuando volvió al gobierno en 1936, encontró que no se había movido un dedo. Y escribió:

Si hubiese decretado que en los terrenos se construyesen grupos escolares, piscinas y campos de deporte, todo el mundo lo habría comprendido, y ya estarían hechos. Muy bien está hacerlos. Pero vaya usted a interesar al poder público, es decir, a unos ministros, unos subsecretarios y directores desvanecidos, en la obra impersonal de crear un museo, un jardín botánico, unos laboratorios, que no dicen nada a las clientelas. Es un ejemplo de la falta de espíritu en el Estado y de la falta de continuidad.

A pesar de los cambios de gobierno durante la República, Azaña no culpaba a ningún bando político concreto, sino al poder público español en general, a los políticos, a los burócratas. Y por cierto, me encanta la referencia a cómo las cosas habrían sido diferentes si se hubiera propuesto construir instalaciones deportivas. Algunas cosas en España no han cambiado en 80 años.

Por último, y respecto a la relación entre ciencia y progresismo, lo reservo para el final. Pero sobre cómo la derecha y la izquierda han tratado a la ciencia, pueden buscarse ejemplos horribles en ambos bandos. Por elegir uno de cada casa:

Derecha: el darwinismo social

Herbert Spencer. Imagen de Wikipedia.

Herbert Spencer. Imagen de Wikipedia.

Sepan que la llegada a Norteamérica de la teoría de Darwin, el mayor avance científico de la historia de la biología, se encontró con la feroz oposición de lo que hoy consideraríamos izquierda, sectores afroamericanos que luchaban por la justicia social. Pero en realidad, no tenía nada de raro. Aunque Darwin postulaba un origen común para las diferentes razas humanas (un concepto, el de raza, hoy científicamente desacreditado), sí hablaba de unas más evolucionadas que otras, a lo cual los curas negros reaccionaron defendiendo el humanismo cristiano frente a la, creían ellos, deshumanización darwiniana.

Pero es que, naturalmente, había una razón, y era el darwinismo social. Tras la publicación de la obra fundamental de Darwin, algunos pensadores políticos que hoy calificaríamos de derechas, como Herbert Spencer, trataron de convertir lo que era únicamente una descripción de un fenómeno natural en un principio rector de la sociedad. El darwinismo social (término que no empleaban sus defensores) contemplaba la sociedad humana como una lucha por la vida donde primaba la “supervivencia del más apto”, una expresión acuñada por Spencer y no por Darwin, y donde los menos adaptados eran eliminados por selección natural.

De este modo, la apelación al orden natural se empleaba para fundamentar la injusticia social, la competencia económica despiadada, el colonialismo o incluso la guerra por los recursos. El darwinismo social fue (y es) una perversión de la ciencia para hacerla servir como excusa de un sistema ideológico, político y económico.

Izquierda: el lysenkoísmo

En el siglo XIX, un monje checo llamado Gregor Mendel formuló las leyes de la herencia, que explican cómo los rasgos se transmiten a la descendencia; en su caso, en las plantas de guisante. Las leyes de Mendel implicaban que todo ser vivo nace ya condicionado por el bagaje genético que ha recibido de sus progenitores; incluso desde antes de venir al mundo, no somos iguales.

Trofim Lysenko. Imagen de Wikipedia.

Trofim Lysenko. Imagen de Wikipedia.

Todo lo cual resultaba inaceptable en un lugar del mundo donde la igualdad era, al menos en teoría, el principio absoluto del orden natural, moral y social: la Unión Soviética. En 1928, un ingeniero agrónomo llamado Trofim Lysenko creyó haber descubierto un método al que llamó vernalización, y por el cual podía modificar las características de los cultivos por factores ambientales, de modo que los nuevos rasgos adquiridos se transmitían a la descendencia. Frente a la selección natural de Darwin, Lysenko defendía la cooperación natural entre las plantas para ayudar a su supervivencia.

Las ideas de Lysenko no solo resultaban más adecuadas al código ideológico soviético, basado en la crianza frente a la herencia, sino que además prometían inmensas mejoras en los cultivos para alimentar a las grandes masas de población. Como consecuencia, el lysenkoísmo se convirtió en la teoría biológica oficial en la URSS, fuertemente apoyada por el régimen de Stalin. Miles de biólogos fueron ejecutados o encarcelados en los gulags por empeñarse en defender la ciencia que sustentaba las leyes de Mendel y la selección natural de Darwin.

Naturalmente, el lysenkoísmo fracasó, sencillamente porque era pseudociencia; otra perversión de la ciencia para hacerla servir como excusa de un sistema ideológico, político y económico.

Y hoy seguimos igual…

Estos son tal vez los dos ejemplos históricos más clásicos y conocidos, pero hoy podemos seguir encontrando cómo ambos bandos del espectro político, derechas e izquierdas, continúan negando la realidad científica en apoyo de sus pre-juicios, ideologías o intereses. Tanto a un lado como al otro del arco hay quienes tratan la ciencia como si fuera un bufé libre, tomando aquello que les interesa y apartando lo que no les gusta.

La derecha tiende a rechazar la ciencia que contradice sus ideas religiosas o político-económicas; ejemplos, la homosexualidad, la evolución biológica (en los fundamentalismos cristianos) o el cambio climático.

Por su parte, la izquierda vitupera lo que para ella representa el imperio económico capitalista, y nada mejor para ello que la llamada big pharma: medicamentos, vacunas y transgénicos. De esta repugnancia visceral hacia el gran poder nacen también las abundantes y muy diversas conspiranoias.

En resumen, no se trata de izquierda y derecha. Y a los asombrados con la izquierda anticientífica, no les vendría mal un repaso a los orígenes de la relación entre política progresista y pseudociencia New Age: se llamaba movimiento hippie, y no es un fenómeno precisamente novedoso.

En realidad es algo mucho más sencillo: tanto en diestros como en zurdos, se trata simplemente de quienes aceptan la ciencia, y quienes no. Así de simple. Quienes nunca la aceptarán son aquellos que no tienen sus ideologías solo para consumo propio, sino que viven con la aspiración de imponerlas a quienes piensan de otro modo. Estos, los de mentalidad autoritaria, siempre pervertirán la ciencia para sus propios intereses, sean de izquierdas o de derechas.

Termino con la idea que dejé colgada más arriba, porque es lo esencial de todo este discurso. En el siglo pasado hice un máster sobre sociología de la ciencia, y como trabajo final analicé dos casos de ficción literaria sobre la ciencia y la tecnología pervertidas al servicio de sistemas ideológicos: Un mundo feliz, de Aldous Huxley, y 1984, de George Orwell. Ambos autores imaginaban sociedades futuras donde la ciencia y la tecnología evidentemente habían progresado, pero cuyos mandatarios las aplicaban a su propia concepción del progreso social. Que obviamente, no lo era en realidad.

Esta, creo, es la raíz del tópico que erróneamente asocia ciencia e izquierda política: confundir progreso con progresismo. O ciencia con ideología.

Este es el gran error de Blade Runner (¿lo arreglarán en la secuela?)

Fui uno de los adoradores de Blade Runner desde el principio. He leído que inicialmente recibió críticas agridulces, y que su estreno no fue un bombazo en la taquilla, y que muchos se sumaron a los elogios después, cuando el fenómeno creció. Pero no presumo de ninguna cualidad como crítico de cine; simplemente, la vi por primera vez allá cuando solo tenía 15 años cumplidos, y entonces era muy raro encontrar una película de Hollywood tan definida por un espíritu y una estética de lo que por entonces llamábamos afterpunk (hoy postpunk). Era natural que muchos la convirtiéramos en un símbolo con el que decorar la carpeta y las paredes de nuestra habitación.

Pero unos años más tarde, cuando empecé a estudiar ciencias, descubrí que gran parte del peso de la trama de Blade Runner se asentaba sobre una premisa científicamente absurda. Les explico.

Imagen de Warner Bros.

Imagen de Warner Bros.

Tanto la película como la novela original de Philip K. Dick (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?) se basan en la existencia de humanos sintéticos, en el libro llamados simplemente androides. Según se cuenta, a Ridley Scott este término le parecía demasiado estereotipado. Uno de los dos guionistas preguntó a su hija, que estudiaba biología, y ella sugirió el nombre replicante, inspirado por la replicación de ADN cuando una célula se divide.

Ni en el libro ni en la película se explica claramente cómo se producen los androides/replicantes, pero queda claro que son de carne y hueso, indistinguibles de los humanos normales excepto por unos pocos rasgos: carecen de empatía, tienen habilidades especiales (agilidad, fuerza) y una longevidad de cuatro años. Sobre esto último hay una pequeña contradicción, ya que en la película se presentan dos ideas contrapuestas: en un momento se dice que la caducidad fue impuesta para evitar que llegaran a desarrollar capacidad emocional, mientras que en otro se cuenta que la corta vida de los replicantes es una limitación tecnológica a la que no se ha encontrado solución. Algo que, a su vez, no cuadra con el hecho de que Rachael fuera una replicante sin caducidad.

Pero vayamos a lo importante: la identificación de los replicantes. En el libro y la película, los blade runners recurren a una especie de polígrafo, un alambicado test psico-fisiológico llamado Voight-Kampff que revela si el sujeto muestra emociones o no.

En 1968, cuando Dick publicó la novela, el polígrafo era una técnica muy de actualidad, e incluso en EEUU ya había programas de televisión basados en su uso, como el que décadas después haría en España el periodista Julián Lago con aquella famosa frase: “no me conteste ahora, hágalo después de la publicidad”. Gran parte de la trama de Blade Runner se asienta en el hecho de que el Voight-Kampff es un análisis largo, complicado y que requiere la colaboración del sujeto, lo que sustenta la tensión sobre la condición de replicante de Rachael y deja en duda la identidad del propio Deckard, una incógnita que ha sido motivo de discusión durante años.

La máquina del test Voight-Kampff. Imagen de Warner Bros.

La máquina del test Voight-Kampff. Imagen de Warner Bros.

Ahora, vayamos a la realidad. En 1968 la tecnología de ADN aún estaba naciendo. Por entonces no era generalmente conocida, y todavía era difícil prever sus futuras aplicaciones. Pero a comienzos de los 80, cuando se escribió el guión de la película, ya se había secuenciado el primer genoma completo, el del virus bacteriófago φX174, y la biología molecular era una tecnología en plena expansión.

En aquella época ya se sabía que una especie puede identificarse por su secuencia genética. Con los años esto ha llevado a la localización de fragmentos del genoma que sirven como un código de barras genético, con el que puede determinarse la especie a la que pertenece un organismo. Además, la evolución de la tecnología de lectura de ADN ha conducido a la fabricación de máquinas de secuenciación y amplificación cada vez más baratas, rápidas y pequeñas, casi portátiles.

Por otra parte, el progreso de la biología molecular no solo ha permitido modificar genomas a voluntad (como en los organismos transgénicos), sino también crear genomas artificiales de especies simples como bacterias. En ambos casos se marcan estos organismos introduciendo en sus genes unos fragmentos de ADN que actúan como códigos de barras sintéticos, y que pueden tomar la forma que uno desee: se puede codificar en ellos un mensaje, un nombre, un número de serie o cualquier otro tipo de marcaje. Los cultivos transgénicos llevan este tipo de marcas de identificación.

El absurdo es que la humanidad futura de Blade Runner ha alcanzado un nivel de desarrollo que les permite crear o manipular genomas para fabricar personas de carne y hueso con ciertas características finamente alteradas a voluntad; y sin embargo, no parece que nadie haya pensado en introducirles marcadores genéticos para poder identificarlos rápidamente con un sencillo test de ADN, algo que existe en la realidad desde el nacimiento de la edición y la manipulación genética.

De hecho, la idea de la marca física de fábrica sí está presente en la película, aunque no en formato genético. Cuando Deckard encuentra la escama de una serpiente sintética, descubre con un examen microscópico una identificación del fabricante que le llevará hasta el local de strip-tease donde trabaja la replicante Zhora. ¿Por qué una serpiente artificial lleva una marca de fábrica y los replicantes no, sobre todo teniendo en cuenta la vigilancia estricta a la que se les somete?

Pero ya entonces el marcaje genético era una posibilidad evidente, y era fácil imaginar que en una situación real sería un requisito en la creación de cualquier organismo genéticamente alterado. La identificación de los replicantes mediante el test de Voight-Kampff, en lugar de una prueba genética, ya era una idea claramente anacrónica en 1982. Habría bastado con arrancarles un pelo o tomarles una muestra del epitelio bucal con un bastoncillo.

Es más: incluso suponiendo que los fabricantes de replicantes decidieran por cualquier motivo no introducir marcas genéticas específicas en sus diseños, las propias técnicas de edición o síntesis genómica dejan ciertos rastros genéticos que también pueden detectarse, como secuencias bacterianas que actúan como dianas de corte o que están presentes en genes de resistencia a antibióticos. Bastaría un simple análisis rutinario con una máquina llamada PCR para detectar de inmediato a un replicante.

Ahora la pregunta es: ¿habrán pensado en esto los responsables del guión de Blade Runner 2049, la secuela que se estrenará el próximo octubre?

Como escribí aquí hace unos días a propósito de la película Sunshine, la ficción es ficción, y no debe descalificarse solo por sus errores científicos si todo lo demás funciona. Pero la ciencia ficción, si pretende llamarse así, debe actualizarse al estado del conocimiento científico y de las posibilidades tecnológicas de su época.

Hoy cada vez es más habitual, ya casi imprescindible, que cualquier producción seria de ciencia ficción busque la asesoría de científicos expertos. Sin embargo, como ya dejé protestado aquí, suele contarse con físicos e ingenieros, pero no con biólogos; como si hubiera que preocuparse por respetar todo eso de la gravedad, la relatividad y los agujeros negros, y en cambio cualquier ocurrencia que a uno se le antoje sobre las cosas vivas pudiera ser plausible (que, en la mayoría de los casos, no lo es).

En octubre les contaré si los guionistas han estado a la altura, porque un Blade Runner 2049 escrito hoy y que mantenga el test de Voight-Kampff (en el tráiler, al menos, no aparece) no sería retrofuturista; sería como continuar retratando a los tiranosaurios como se creía que eran hace 50 años.

¿Cómo será todo dentro de 1.000 millones de años?

Crecí bajo el signo del No Future, aunque siempre pensé que aquello no era más que una pose juvenil, o incluso una especie de santo y seña, del mismo modo que los masones se reconocen entre ellos cuando hablan del hijo de la viuda.

La Tierra dentro de 5.000 a 7.000 millones de años, con el Sol convertido en una gigante roja. Imagen de Wikipedia.

La Tierra dentro de 5.000 a 7.000 millones de años, con el Sol convertido en una gigante roja. Imagen de Wikipedia.

Pienso que el cerebro humano está cableado para mirar hacia el futuro. Pero no soy el único: importa mucho más lo que piensan quienes dedican su trabajo a estudiar la mente humana. En un interesante artículo publicado la semana pasada en el New York Times, el psicólogo Martin Seligman y el periodista John Tierney argumentaban, tirando de investigaciones, que la capacidad de pensar en el futuro es lo que más distingue al ser humano de otras especies, basándose en una idea hoy cada vez más reconocida por psicólogos y neurocientíficos.

Una ardilla acumula nueces porque lo dicta su programación genética, pero no sabe que se acerca el invierno. Los humanos reservamos mesa para el sábado, pero en realidad “sábado” solo existe como una fantasía colectiva, escriben los autores. Seligman y Tierney citan varios estudios cuyas conclusiones apoyan la idea de que los Homo sapiens somos esencialmente Homo prospectus, criaturas que miramos hacia un amplio mañana: pensamos en el futuro tres veces más que en el pasado, descubría uno de los estudios citados, e incluso cuando pensamos en el pasado tendemos a hacerlo considerando sus implicaciones futuras.

Modestamente, y si de algo sirve haber vivido ya casi medio siglo, hace años llegué a una conclusión: lo que realmente mueve al ser humano no es el amor, como afirman los románticos, ni el dinero, como aseguran los cínicos; lo que mueve al ser humano es la ilusión, un término que puede sonar melifluo, pero que simplemente consiste en la prospección de un futuro al que le confiamos una alta probabilidad de eventos favorables. Me ha sorprendido encontrar una especie de corroboración de mi gran teoría sobre la vida en el artículo de Seligman y Tierney: “los terapeutas exploran nuevas maneras de tratar la depresión, ahora que la ven principalmente como algo no debido a un trauma pasado o un estrés presente, sino a visiones torcidas de lo está por venir”. Es decir, que dejamos de encontrar sentido a la vida cuando desaparece la ilusión.

Otra cosa es que en ocasiones neguemos voluntariamente la mirada al futuro; en este caso, probablemente se deba a que el dibujo de lo que estamos anticipando no nos gusta. Personalmente, hay muchas cosas de este futuro que no me gustan (uno es consciente de que va haciéndose mayor cuando se da cuenta de que ya vive en lo que en otro tiempo fue “el futuro”).

Claro que hay una diferencia entre especular sobre el futuro de si tal o cual equipo ganará la liga, o si tal o cual político controlará un partido (cosas que personalmente me hacen taparme el bostezo), frente a si tal o cual fenómeno pondrá fin a la humanidad en una época en que ni uno ni sus hijos estarán aquí cuando ocurra.

Pero en contra de lo que podría pensarse, interesarse por un futuro que uno no llegará a ver no es solo un ejercicio intelectual; tiene también mucho de emocional. Estoy seguro de que Carl Sagan, después de toda una vida dedicada con pasión a tratar de descerrajar el misterio de la vida en el universo, debió de verse morir no con la fría sensación de un trabajo pendiente, sino con la cálida pena de no llegar a ver jamás satisfecha su gran ilusión.

A quienes piensen de forma parecida va dirigido este vídeo (una pena que no tenga subtítulos en castellano) sobre qué será científicamente razonable que ocurra de aquí a 1.000 millones de años. Para el resto, los telediarios ya les han contado quién ha ganado la liga o qué político controlará tal partido. Eso ya es el pasado.

Ciencia semanal: comer sin gluten puede ser perjudicial para los no celíacos

Una ronda de las noticias científicas más destacadas de la semana.

Gluten-free, solo para celíacos

Hace tan poco tiempo que aún podemos recordarlo, a los celíacos y otros afectados por trastornos metabólicos les costaba encontrar alimentos adaptados a sus necesidades, o al menos encontrarlos a precios asequibles. Por suerte esto fue cambiando, con la intervención destacada de algunos distribuidores. Hoy muchas tiendas y restaurantes ofrecen opciones para celíacos y detallan la idoneidad de sus productos para otros perfiles de trastornos y alergias.

Imagen de @joefoodie / Flickr / CC.

Imagen de @joefoodie / Flickr / CC.

Pero entonces comenzó a producirse un extraño fenómeno, cuando personas perfectamente sanas empezaron a adoptar la costumbre de evitar el gluten en su dieta en la errónea creencia de que es más sano. Y como no podía ser de otra manera, ciertas marcas aprovechan el tirón para fomentar tramposamente esta idea de forma más o menos velada. Mientras, los nutricionistas científicos se tiran de los pelos tratando de desmontar este mito absurdo y sin fundamento.

Estudios anteriores ya han mostrado que el consumo de alimentos libres de gluten no aporta absolutamente ningún beneficio a los no celíacos. Pero ahora estamos avanzando un paso más con la simple aplicación a este caso de un principio general evidente, y es que la restricción de nutrientes en la dieta cuando no hay necesidad de ello solo puede conducir a una dieta deficitaria.

Un estudio con más de 100.000 pacientes a lo largo de 26 años, elaborado en las facultades de medicina de Columbia y Harvard (EEUU) y publicado esta semana en la revista British Medical Journal, confirma que el consumo de gluten en las personas sin celiaquía no aumenta el riesgo de enfermedad coronaria (como sí hace en los celíacos), pero aporta algo más: la reducción del gluten en la dieta disminuye el consumo de grano entero (integral), que se asocia a beneficios en la salud cardiovascular, por lo que la dieta sin gluten puede aumentar el riesgo coronario en los no celíacos.

Los autores son conscientes de las limitaciones de todo estudio epidemiológico, aunque el suyo es muy amplio y excepcionalmente prolongado en el tiempo. Pero como conclusión, advierten: “no debe fomentarse la promoción de dietas libres de gluten entre personas sin enfermedad celíaca”.

Cassini, en el meollo de Saturno

Continuamos siguiendo la odisea de la sonda Cassini de la NASA en sus últimos meses de vida, mientras orbita entre Saturno y sus anillos antes de la zambullida que la llevará a su fin el próximo septiembre. La NASA ha publicado esta semana un vídeo elaborado con las imágenes de la atmósfera de Saturno tomadas por la sonda durante una hora de su recorrido alrededor del planeta gigante. Los científicos de la misión se han encontrado con la sorpresa de que la brecha entre Saturno y sus anillos está prácticamente limpia de polvo, al contrario de lo que esperaban.

Ataque al centro de mando del cáncer

Lo que han conseguido estos investigadores de la Universidad de Pittsburgh (EEUU) no es una de esas noticias que acaparan titulares, pero es un hito sobresaliente en la aplicación de una nueva tecnología de edición genómica (corrección de genes por un método de corta-pega) llamada CRISPR-Cas9, de la que se esperan grandes beneficios en las próximas décadas.

Los autores del estudio, publicado en Nature Biotechnology, han logrado por primera vez emplear esta herramienta para neutralizar un tipo de genes del cáncer llamados genes de fusión. Estos se forman cuando dos genes previamente separados se unen por un error genético, dando como resultado un gen de fusión que promueve el crecimiento canceroso de la célula. Los investigadores trasplantaron a ratones células cancerosas humanas que contienen un gen de fusión llamado MAN2A1-FER, responsable de cánceres de próstata, hígado, pulmón y ovarios. Luego introdujeron en los ratones un virus modificado artificialmente que contiene CRISPR, específicamente diseñado para cortar el gen de fusión y reemplazarlo por otro que induce la muerte de la célula.

El resultado fue que todos los ratones sobrevivieron durante el período total del estudio, sin metástasis y con una reducción considerable de sus tumores, mientras que todos los animales de control, a los que se les suministró un virus parecido pero ineficaz contra su gen de fusión, sucumbieron al cáncer.

Una ventaja adicional es que la técnica puede ir adaptándose a la aparición de nuevas mutaciones en las células cancerosas. Según el director del estudio, Jian-Hua Luo, es un ataque al “centro de mando” del cáncer. Y aunque aún queda un largo camino por delante hasta que el método sea clínicamente utilizable, sin duda es una brillante promesa en la lucha contra esta enfermedad.

Decir tacos nos hace más fuertes

Uno de esos estudios que no van a cambiar el curso de la historia, pero que tal vez confirma lo que algunos ya sospechaban; y que sobre todo dará un argumento científico a quienes sientan la necesidad de vomitar tacos, insultos e improperios durante un gran esfuerzo físico (desde deportistas a madres pariendo sin epidural), pero que tal vez se cohíban por aquello de guardar las formas: háganlo sin miedo. Si alguien se lo reprocha, cítenles los resultados presentados por el doctor Richard Stephens, de la Universidad de Keele (Reino Unido), en la Conferencia Anual de la Sociedad Británica de Psicología: gritar palabras malsonantes nos hace más fuertes.

Los investigadores compararon el rendimiento de un grupo de deportistas en pruebas de esfuerzo, sin y con tacos, descubriendo que en el segundo caso las marcas mejoraban. Curiosamente, y aunque la hipótesis de los autores era que este efecto se produciría a través del sistema nervioso simpático, como ocurre con la mayor tolerancia al dolor en estos casos, no encontraron signos que confirmaran esta asociación. “Así que aún no conocemos por qué decir tacos tiene estos efectos en la fuerza y la tolerancia al dolor”, dice Stephens. “Todavía tenemos que comprender el poder de las palabrotas”.

Ciencia semanal: el reciclaje llega a los cohetes, y por qué tus ex se parecen

Cada semana el mundo de la ciencia produce cientos de noticias, la mayoría de las cuales se asfixian intentando abrirse paso entre la vorágine de informaciones de eso que un director de periódico al que conocí llamaba “actualidad”, con la intención explícita de insinuar que lo otro no lo era. Aquí les he seleccionado algunas píldoras científicas producidas en estos últimos siete días, desde lo relevante a lo curioso.

Despega el primer cohete reciclado

El tecnomagnate Elon Musk y su compañía SpaceX han superado un hito histórico en la tecnología espacial: utilizar un cohete por segunda vez; lanzarlo de nuevo al espacio tras rescatarlo de una misión anterior, y volver a recuperarlo una vez más sano y salvo. Hasta ahora los operadores espaciales, tradicionalmente organismos públicos, habían trabajado con la herencia de la edad dorada del boom de los 60, cuando había dinero a mansalva para gastar. Los cohetes eran de usar y tirar; era más fácil gastar millones de dólares o rublos cada vez que se lanzaba uno de ellos, que invertir en buscar la manera de recuperarlos y reutilizarlos para ahorrar en futuras misiones.

Un cohete Falcon 9 de SpaceX con la primera fase reciclada despega del Centro Espacial Kennedy el 30 de marzo de 2017. Imagen de SpaceX.

Un cohete Falcon 9 de SpaceX con la primera fase reciclada despega del Centro Espacial Kennedy el 30 de marzo de 2017. Imagen de SpaceX.

En este siglo, las empresas privadas han ascendido desde su papel anterior de simples contratistas al de operadores; es lo que algunos expertos llaman el New Space. Para los inversores, esto significa poder hacer lo mismo por menos dinero (y por tanto, con más beneficio); para quienes –por desgracia– no tenemos intereses económicos en el espacio, pero sí mucho interés, significa poder hacer más con el mismo dinero. Aún es muy dudoso que Musk pueda hacer realidad su proyecto de colonizar Marte en la próxima década, como ha anunciado. Pero algunos de los que comenzaron acogiendo la aventura espacial de Musk con las cejas arqueadas ya han tenido que desarquearlas.

Lujo espacial

Sin salir del New Space, otro de los nuevos magnates tecnológicos con gusanillo espacial también ha sido noticia esta semana. Jeff Bezos, el mandamás de Amazon, ha desvelado esta semana el aspecto que tendrá el interior de la cápsula New Shepard de su compañía Blue Origin, con la que pronto espera lanzar sus vuelos suborbitales de pago. Como se espera de un servicio de lujo para clientes acaudalados, el habitáculo de la nave no tiene nada que ver con esa apariencia de almacén de ferretería de la Estación Espacial Internacional.

Interior de la nave New Shepard de Blue Origin. Imagen de Blue Origin.

Interior de la nave New Shepard de Blue Origin. Imagen de Blue Origin.

Con sus asientos de cuero negro y sus acabados a lo PlayStation, el interior de la New Shepard realmente recuerda más a una cabina de videojuegos en grupo que a una Soyuz. Incluso lleva en el centro algo que parece una consola o una mesa de pulsadores para algún concurso televisivo, pero que en realidad es el motor de escape de emergencia por si el cohete falla. Como no podía faltar, cada pasajero dispondrá de su propio amplio ventanal con vistas a la Tierra. Si no quieren perdérselo, vayan guardando las vueltas del pan en el cerdito hasta que sumen entre 100.000 y 200.000 dólares.

En qué se parecen tus ex

Uno de esos estudios curiosones que suelen tener buena acogida en los medios: un equipo de psicólogos, dirigido por Paul W. Eastwick, de la Universidad de California en Davis (EEUU), descubre que los o las exparejas de una persona concreta suelen parecerse en distintos rasgos, tanto físicos como psicológicos.

Según el extenso estudio, publicado en la revista Journal of Personality and Social Psychology, estas similitudes aparecen sobre todo por dos factores: por un lado, cada uno y una tenemos nuestras preferencias en lo tocante al físico; pero además, criterios demográficos como dónde vivimos o trabajamos determinan que con mayor probabilidad vayamos a conocer a personas que se parecen en rasgos como educación, inteligencia o religiosidad. Los investigadores aclaran: no es que a la hora de elegir tengamos en cuenta estos criterios, sino que en parte nos vienen condicionados por el ambiente en el que nos manejamos. Pero recuérdenlo si sienten antipatía por algún ex de su pareja: puede que se parezca a usted más de lo que sospecha.

Los chimpancés no aprecian la música

Vaya usted a saber si la música realmente amansa a las fieras; desde luego, no funcionaba con Keith Moon, el batería de los Who, entre cuyas célebres aficiones se contaba detonar explosivos en los inodoros de los hoteles. Pero ahora tampoco parece que a los chimpancés les entusiasme; y a pesar de que los resultados de investigaciones previas arrojan conclusiones confusas, está comúnmente extendida la costumbre de amenizarles con música la reclusión perpetua en los zoos a nuestros parientes más próximos.

Un estudio de la Universidad de York publicado en PLOS One ha analizado detalladamente la reacción de estos simios a la música de distintas clases, incluyendo la colocación de una gramola donde los chimpancés podían elegir piezas clásicas de Bach, Chopin, Beethoven, o Mozart (nota: curiosamente e ignoro si por casualidad, aunque lo dudo, de este último eligieron el Adagio del Concierto para clarinete en La mayor, la misma pieza que Robert Redford/Denys Finch Hatton reproducía para los babuinos en Memorias de África, con escaso éxito), o en su lugar, temas de Justin Bieber, Adele o Katy Perry, que los autores del estudio etiquetan libremente como “pop/rock”.

Pues bien, a los chimpancés les daba lo mismo Mozart que Bieber o simplemente el dorado silencio. La conclusión de los investigadores es que nuestros parientes no aprecian la música en absoluto; un estudio previo, citan, mostraba que los orangutanes eran incapaces de distinguir la música del ruido aleatorio generado digitalmente. Lo cual nos lleva a plantearnos la posibilidad de que la música sea una maravillosa creación ¿evolutiva-cultural? de exclusividad humana; y no hay muchas de estas que no estén restringidas por capacidades también exclusivas como el habla.

Pero hombre, a los investigadores debería caerles un pequeño tirón de orejas: diría yo que Justin Bieber no podría calificarse precisamente como un fenómeno musical; cuando lo sitúan como alternativa a Mozart o Beethoven, solo les falta bailar sobre las tumbas de estos genios. Y aunque a los chimpancés les importe un ardite, para otra ocasión, si se refieren a rock, pónganles rock; ya que la música no les alivia la reclusión, al menos no se la hagan aún más penosa.

Ciencia semanal: grabe su esperma con el móvil

Por si les interesa lo ocurrido en el mundo de la ciencia durante esta semana, aquí les dejo cinco de las noticias más destacadas.

Un test de fertilidad para hombres a través del móvil

Se calcula que más de 45 millones de parejas en todo el mundo sufren de infertilidad, y que en un 40% de los casos el factor responsable es la mala calidad del semen. Investigadores de la Facultad de Medicina de Harvard, dirigidos por el innovador bioingeniero Hadi Shafiee, han diseñado un sistema casero, barato (el coste de los materiales es de 4,45 dólares) y fácil de usar para que los hombres puedan analizar su esperma sin tener que acudir a un centro especializado. Se trata de un dispositivo para la recogida de muestras que se introduce en una carcasa fijada al móvil. La cámara del smartphone se encarga de hacer el recuento de espermatozoides y el análisis de su motilidad. Los investigadores esperan presentar próximamente la solicitud de aprobación del dispositivo a las autoridades sanitarias de EEUU. Seguro que nunca habrían imaginado utilizar el móvil de esta manera.

Esquema del aparato. Imagen de Kanakasabapathy et al, Science Translational Medicine.

Esquema del aparato. Imagen de Kanakasabapathy et al, Science Translational Medicine.

Los espermatozoides tienen marcha atrás

Sin salir del tema, un nuevo estudio ha analizado el movimiento del fluido que crea a su alrededor un espermatozoide durante su trabajosa carrera hacia el óvulo, que en la inmensa mayoría de los casos termina en fracaso: como en Los inmortales, solo puede quedar uno. Los investigadores, de universidades británicas y japonesas, descubren que el pequeño nadador no se limita a avanzar, sino que se mueve a latigazos también hacia ambos lados y hacia atrás para reducir la fricción con el fluido y conquistar su objetivo.

Diagrama del flujo creado por el espermatozoide durante su movimiento. Imagen de Universidad de Kioto.

Diagrama del flujo creado por el espermatozoide durante su movimiento. Imagen de Universidad de Kioto.

Juno paga otra visita a Júpiter

Mañana lunes, la sonda Juno de la NASA sobrevolará Júpiter por quinta vez desde su llegada al gigante gaseoso en julio de 2016. Durante su vuelo a 4.400 kilómetros de la capa de nubes, los instrumentos de Juno recogerán datos para continuar avanzando en el conocimiento de la atmósfera, la magnetosfera y la estructura de Júpiter. Una de las grandes incógnitas sobre el mayor de los planetas del Sistema Solar es si posee un núcleo sólido en lo más recóndito de su densa masa gaseosa.

Un agujero negro supermasivo, expulsado del centro de su galaxia

Desde la primera detección de las ondas gravitacionales, realizada en septiembre de 2015 y divulgada hace poco más de un año, los científicos están comenzando a sacar partido a esa nueva era de la astronomía que se anunciaba con motivo de aquel hallazgo. Un cataclismo cósmico como el que entonces originó las ondas detectadas, la fusión de dos agujeros negros, parece ser la causa de un enorme empujón gravitacional que ha expulsado del centro de una galaxia a un agujero negro supermasivo, con una masa equivalente a mil millones de soles. La energía necesaria para empujar a este monstruo fuera de su ubicación ha sido equivalente a la explosión simultánea de 100 millones de supernovas. Los investigadores calculan que dentro de 20 millones de años el agujero negro escapará de su galaxia y comenzará a vagar por el universo. Pero tranquilos, está a 8.000 millones de años luz de nosotros.

Imagen de hubblesite.org.

Imagen de hubblesite.org.

El 66% de las mutaciones del cáncer son aleatorias

Un interesante estudio publicado esta semana responde a la dramática pregunta que se formulan muchos enfermos de cáncer: ¿por qué yo? Aunque la respuesta no suponga ningún consuelo, explica por qué la mayor parte de la información que se difunde a diario en medios de todo el mundo sobre lo que “da” cáncer o “no da” cáncer es, en el mejor de los casos, de una utilidad muy limitada, cuando no sencillamente ruido y escombro informativo. Utilizando un modelo matemático basado en amplios datos epidemiológicos, investigadores de la Universidad Johns Hopkins (EEUU) descubren que las dos terceras partes de las mutaciones genéticas que provocan los cánceres son aleatorias, simples erratas tipográficas que se introducen al azar en la secuencia de ADN durante el copiado. O dicho de otro modo, solo un tercio de los casos se deben a la herencia genética de nuestros padres (5%) o a factores ambientales como el tabaco o los contaminantes (29%). Pero estas cifras generales varían también según los tipos de cánceres: mientras que en los de pulmón el impacto de las mutaciones aleatorias se reduce al 35%, en los de páncreas sube al 77%, y al 95% en los de próstata, cerebro y huesos. Los autores no recomiendan en absoluto abandonar los hábitos saludables, pero advierten de que esto no debe llevar al error de creerse a salvo y disminuir la vigilancia.

Marcha por la Ciencia, ¿una buena idea? Sí, pero cuidado con el mensaje

Yo lo he explicado. Otros lo han explicado. Y cualquier ciudadano con la menor curiosidad por la ciencia podrá explicárselo por si mismo: el devenir de la investigación en la primera potencia científica mundial no es un asunto local, porque la ciencia hace muchas décadas que dejó de ser un asunto local.

Para ser justos, debo introducir una aclaración. Actualmente, la suma de los países de la Unión Europea sitúa al bloque comunitario en el primer puesto de la producción científica mundial; y no lo perderemos después del Brexit, aunque nos arrancará un bocado muy sustancioso.

Esto es más importante de lo que parece: si prescindimos de los nacionalismos, la diferencia de lenguas entre los diferentes países no tiene la menor relevancia, porque en la ciencia solo existe una, el inglés. Y dado que en la UE la financiación de la ciencia depende de muchos gobiernos separados, el impacto de las decisiones particulares de cada uno de ellos, por ejemplo si se recortan los presupuestos, queda más diluido en el conjunto.

EEUU es un gigante similar a la UE, pero con la diferencia de que allí sí existe un único gobierno con competencias sobre el presupuesto de todos. Aunque hay organizaciones de investigación que dependen de administraciones más locales, y también la financiación privada tiene un peso en general mayor que en Europa, las entidades federales son en buena parte responsables de ese primer puesto mundial en producción científica por países individuales.

Con la llegada de Donald Trump al poder, la salud de la ciencia estadounidense se encuentra amenazada. No toda, ni toda por igual: es probable que la exploración espacial tripulada saque jugo del Make America Great Again; de hecho, incluso sin cambios aún en el Congreso tras la elección de Trump, el recién aprobado presupuesto de la NASA incluye ahora el mandato específico de regresar a la Luna en 2021 y poner el pie en Marte en 2033. La agencia deberá entregar antes del 1 de diciembre de este año un documento que convierta la aspiración en una hoja de ruta creíble.

Por el contrario, entre quienes tiemblan están los climatólogos, geofísicos y en general los especialistas de cualquier otra disciplina que no ayude a Trump a sacar pecho frente al mundo. Por ello y de inmediato tras el resultado de las pasadas elecciones, entre los investigadores comenzó a circular la idea de celebrar una gran Marcha por la Ciencia, que se ha concretado en una convocatoria integrada en el Día de la Tierra, el próximo 22 de abril, y que se ha extendido desde la cita central en Washington a cientos de manifestaciones en distintos lugares del planeta, también en España.

Parecería que la iniciativa es impecable y valiosa. Sin embargo, hay investigadores que han expresado sus dudas. Y no, no necesariamente son los seguidores de Trump. En el diario The New York Times, el geólogo de costas Robert S. Young expresaba su temor de que un gran pronunciamiento político perjudique más que beneficie al intento de transmitir el mensaje de que el cambio climático no es una propuesta política, sino una realidad. Él lo sabe bien, puesto que su estudio pronosticando un considerable ascenso del nivel del mar en la costa este de EEUU para el final de este siglo sufrió un intenso bombardeo por parte de los estamentos políticos y de ciertos sectores económicos con intereses afectados. Para Young, la Marcha por la Ciencia remachará la opinión de que la ciencia es opinión y no datos.

El artículo de Young es una muestra del debate suscitado sobre si la marcha es o no, o debe ser o no, política. Pero leyendo las opiniones de distintos científicos, la discusión deja una cierta sensación de que que algunos están lanzándose pelotas en pistas distintas, dado que el término “político” puede interpretarse de distintas maneras.

Por supuesto que una actividad dependiente del sector público está involucrada en, y afectada por, el rumbo de la política. Pero otra cuestión es que sea conveniente para la ciencia la existencia de un liderazgo representativo a favor o en contra de opciones políticas concretas. Aunque sea simplemente a través de un colectivo autoerigido en portavoz de “la ciencia”, si la ciencia gusta de ciertos bandos políticos y no gusta de otros, lo único que puede esperar es una respuesta equivalente hacia ella por parte de esos bandos políticos. Es decir, que la mitad del tiempo sea considerada por el gobierno de turno como un sector siempre sospechoso que debe ser vigilado; sí, algo así como los autónomos para Montoro.

Pero en realidad no he venido hoy aquí a hablar de política, sino de otro asunto relacionado con la Marcha. La discusión política puede oscurecer otro aspecto que personalmente me parece más importante. En días como el 22 de abril, la ciencia se retrata. Pero ¿cómo será ese retrato?

Si tanteamos las opiniones fuera del ámbito científico, mi experiencia personal es que la principal crítica hacia el mundo de la ciencia va más o menos en esta línea: aunque los científicos llevan a cabo un trabajo muy valioso y su competencia no se pone en duda, a veces pecan de elitismo, arrogancia y de tratar con condescendencia o prepotencia a quienes no comprenden o no quieren comprender la verdad científica.

Está claro que negar esto no haría más que dar la razón a quienes así piensan. Y de hecho, quienes tenemos un pie en la ciencia y otro en la calle, como es el caso de quienes nos dedicamos a informar, comentar y explicar la ciencia, nos encontramos a veces sumidos en un fuego cruzado: desde la calle, algunos nos hacen objeto de ese reproche; pero desde la ciencia, quienes sin duda deberían ser ese objeto nos recriminan que nuestro esfuerzo por explicar conlleve una pérdida de pureza. Naturalmente, ellos no lo llaman así, sino que nos acusan de ser imprecisos, inexactos, o directamente de no tener ni idea de lo que estamos hablando.

Con respecto a nosotros mismos, qué le vamos a hacer, son gajes del oficio. Y este oficio, al menos tal como yo lo entiendo, va dirigido a ayudar a comprender la ciencia y a interesarse por ella a quienes ni la comprenden ni se han interesado por ella, no a recibir el aplauso de los científicos ni a aquello que tan certeramente expresaba el señor Lobo en Pulp Fiction.

Pero dos cosas son indudables, créanlo o no, y hablo en defensa de esta profesión en general: primero, sabemos de lo que hablamos. Segundo, estamos dispuestos a sacrificar toda la pureza que sea necesario sacrificar con el fin de que cualquier persona sin formación científica entienda bien lo que queremos contar. No siempre lo conseguiremos. Pero quien por ejemplo haya aprendido a tocar un instrumento, sabrá que no hay nada más estomagante que un profesor de guitarra o de piano cuya intención primordial es hacerte ver desde el primer momento lo bien que él toca y lo torpe e ignorante que tú eres.

Por esto es importante tratar de que no sea este pobre retrato de elitismo y arrogancia el que trascienda en una jornada como la Marcha por la Ciencia, y me alegra saber que a alguien más le preocupa; en un artículo publicado estos días, Will J. Grant y Rod Lamberts, del Centro Australiano para la Comunicación Pública de la Ciencia, advertían de este mismo riesgo, ofreciendo siete sugerencias sobre cómo celebrar el evento del 22 de abril. Las dejo aquí traducidas para quien quiera escuchar.

  1. No presumas de tu conocimiento científico. No es el momento de demostrar lo terriblemente listo que eres, o cuánta jerga científica puedes manejar. No pongas esas cosas en una camiseta o en un cartel. Puede ser alienante, y en este foro público específico es condescendiente de narices.

  2. Escribe tus mensajes en términos cotidianos. Evita la jerga y usa lenguaje común.

  3. No te vistas de científico, sino de ciudadano. Si tu meta es mostrar que la ciencia importa a todos, trata de parecer como todos.

  4. Habla de cómo puedes ayudar y de lo que la ciencia puede hacer por otros, no de lo que otros deberían hacer por la ciencia. Incluso con la mejor de las intenciones, los manifestantes que piden cosas de otros pueden terminar pareciendo miopes e interesados. Esta es una gran manera de repeler a la gente [nota mía: aplíquese también a tantas otras manifestaciones].

  5. No te enredes en peleas, ya sean verbales, físicas o metafóricas, con quienes juzgas como tontos, equivocados, peligrosos o desagradables. No es el momento de tratar de corregir los conceptos erróneos ni de despreciar a quienes no están tan científicamente informados como tú. Asumiendo que quieres tener una influencia positiva en otros, ladrarles solo va a enfatizar el propio conflicto, no a concentrarlos en tus mensajes.

  6. Pero apégate a tus objetivos. Apelar a intereses más amplios no implica consentir intereses tontos, equivocados, peligrosos o desagradables. Estamos aquí para defender aquello en lo que creemos, así que tampoco suavicemos tanto el mensaje que pierda todo su significado.

  7. Acoge públicamente a otros, y consigue que otros te acojan. Si alguien debería destacar en esta marcha, son aquellos que no son científicos. ¿Conoces a un grupo de bomberos/as, tercera edad o trabajadores/as del sexo que estén dispuestos a marchar con carteles que digan “(grupo de no-científicos) por la ciencia”? Llámalos y súbelos a bordo. ¡Incluso pídeles que lleven su uniforme!

Cinco razones para regresar a la fotografía analógica

A comienzos de siglo (cómo suena esto…) trabajé durante unos años en periodismo de viajes, una especialidad tan bonita como mal pagada; un autor de guías de EEUU decía que su salario era un poco menos que el de quien ponía las patatas a freír en el McDonald’s. Pero como todo, esto se debe a una simple cuestión de especialización, oferta y demanda: ¿qué periodista, incluso muchos que no lo son, no ha escrito alguna vez un artículo de viajes? No es que el resultado final sea comparable en todos los casos, pero por desgracia la calidad ha sido víctima de la crisis de los medios.

Un ejemplo: en aquella editora de revistas en la que trabajé se contaba con alguien como Javier Reverte, pero solo en calidad de firma invitada; un artículo corto de libre disposición y escrito desde casa podía despacharse con un pago en forma de billetes de avión (no comprados, sino conseguidos mediante intercambio comercial a cambio de publicidad). En cambio, satisfacerle unos honorarios justos por un verdadero reportaje como periodista de viajes habría arruinado la revista. Lo que finalmente ocurrió, pero esa es otra historia.

Voy llegando a donde pretendo: siempre sentí que en aquel caso el periodista, o sea, yo, no era más que un tipo afortunado que cobraba (muy poco, como he dicho) por viajar, al revés que el resto de los mortales. Y que la verdadera estrella era el fotógrafo, al que uno le servía de simple palmero. La premisa, probablemente atinada, era que los lectores eran más bien miradores, y que sobre todo querían ver imágenes deslumbrantes de los destinos a donde les apetecería viajar.

Tuve la suerte entonces de conocer a fotógrafos excepcionales. De ellos pude aprender mucho como simple aficionado, pero solo ellos y ellas eran capaces de mirar donde todos mirábamos y retratarlo como nadie más. Aquella fotografía preciosista que marcaba el estilo de la publicación era un magnífico ejemplo de Ciencias Mixtas: ellos llevaban el arte en su mirada particular sobre el mundo; pero una vez elegidos el motivo y el encuadre, sabían cómo exprimir todo lo que un disparo podía dar de sí gracias a su conocimiento de la óptica.

Por entonces estábamos en plena transición de la foto analógica a la digital, y a menudo los fotógrafos viajaban con los dos formatos al mismo tiempo. Ya se utilizaba el Photoshop, pero allí únicamente se empleaba para cosas como añadir máscaras de enfoque o ajustar la luminosidad de las diapositivas escaneadas. Cuando veías uno de aquellos espectaculares fotones impreso a doble página en la revista, si recuperabas la diapositiva original, encontrabas exactamente lo mismo. No había trampa ni cartón, sino un dominio magistral del comportamiento de aquella criatura con la que trabajaban, la luz.

Imagen de Pexels.com.

Imagen de Pexels.com.

No pretendo decir que todo buen fotógrafo deba saber de ciencia óptica. No soy fotógrafo, así que no puedo saberlo. Y además, supongo que cada uno tiene su interpretación particular. Pero imagino que ocurre con todo: un pintor podrá investigar y explotar más profundamente su arte si conoce la teoría del color, o un músico la teoría musical, o un bailarín la biomecánica. La ciencia aporta al arte, y esta investigación en el arte aporta a la ciencia.

La generalización de la foto digital lo cambió todo, porque ya no existe un original, y ahora puede dispararse pensando desde el principio en lo que luego va a retocarse digitalmente. Es otro tipo de conocimiento al que los fotógrafos han debido adaptarse, pero muchos de ellos no están del todo contentos con el hecho de que una parte fundamental de su trabajo se haga exclusivamente sobre una pantalla.

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

Hace unos días he trabajado en un reportaje sobre la fotografía analógica (aún no publicado), y he descubierto a muchos fotógrafos profesionales y aficionados que están volviendo a la película, o que nunca la abandonaron. Este culto parece estar extendiéndose mucho más allá de los reductos clásicos como el selecto círculo de la lomografía.

El gusto por lo retro es algo que conocemos también en otros ámbitos, como el regreso del vinilo e incluso de la cassette. Y no es cosa de viejos rockeros, sino que muchos jóvenes se han saltado el CD: escuchan música digital en sus teléfonos y iPods, pero en su habitación solo pinchan vinilos (y, dicho sea de paso, así recuperan el gusto por ese viejo arte del disco de diez canciones, con su principio, su fin y su coherencia, frente al demonio de la lista de reproducción).

Quien me dio un panorama más completo de esta resurrección (o no-muerte) de la foto analógica fue Gil Pasternak, del Centro de Investigación en Historia de la Fotografía de la Universidad De Montfort (Reino Unido). Pasternak ha elaborado recientemente un estudio sobre el tema, aún sin publicar, en el que ha indagado en las razones de muchos fotógrafos aficionados, profesionales (sobre todo de bodas) y artistas para ceñirse a la foto analógica.

El resumen del resultado de la investigación de Pasternak, según me cuenta, son estas cinco razones que cito literalmente de sus palabras:

1. Algunos nativos digitales tienden a entrar en la fotografía analógica por el proceso, que consideran como algo mágico e inusual; utilizo el término nativos digitales como referencia a los jóvenes que crecieron con la fotografía digital como estándar, y que por tanto encuentran en la fotografía analógica un proceso experimental excitante.

2. Algunos adolescentes y adultos prefieren la fotografía analógica debido a sus cualidades materiales. Sienten que su implicación física directa en la fotografía confiere un valor añadido a las fotos que toman. En otras palabras, dan un gran significado al proceso de cargar la película en la cámara, sacarla y procesarla, imprimir las copias y sostenerlas. Este proceso de producción a postproducción hace sus fotografías mucho más personales a sus ojos que las imágenes digitales en la pantalla. Así, también consideran las fotografías producidas por medios analógicos como formas de referencia más auténticas a sus experiencias y a las narraciones de su vida que quieren recordar a través de las fotografías que toman.

3. Otro grupo asocia la fotografía analógica con la creatividad. Tienden a pensar que la foto analógica les permite ejercer un mayor control sobre las fotografías y las imágenes porque pueden interferir en el proceso y manipular las imágenes con mayor facilidad. Por ejemplo, mediante el uso de una amplia gama de productos, papel de color con negativos de blanco y negro, y la exposición del papel fotográfico a la luz antes de aplicarle el fijador (que finaliza el proceso neutralizando la sensibilidad del papel a la luz), etcétera.

4. Otros, especialmente los no nativos digitales, tienden a asociar la fotografía analógica con la nostalgia de la memoria, con el recuerdo de un viejo mundo más simple. Regresan a la fotografía analógica para reconectar con sentimientos y emociones que han experimentado en el pasado, cuando miran fotos familiares históricas y de su infancia.

5. Por último, algunos simplemente piensan que las imágenes digitales son demasiado claras, nítidas y transparentes. Perciben que las fotos analógicas, con sus imperfecciones, son representaciones más creíbles de la realidad, sobre todo porque la claridad de las imágenes digitales no les permite definir una distinción clara entre realidad y representación; es decir, entre presente y pasado.

Por qué no se puede ganar la guerra contra las pseudociencias

Quisiera pensar de otro modo, pero uno es congénitamente dado a rendirse a la evidencia. Y si algo parece sugerirnos la evidencia, no es precisamente que estemos ganando la guerra contra las pseudociencias. A lo más que podemos aspirar, y debemos aspirar a ello, es a que no reciban financiación pública, y a que los fraudes delictivos sean castigados por la justicia. Pero ni siquiera estamos cerca de lograr estos objetivos.

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

Personalmente, ya lo he dicho aquí, no siento vocación de azote de herejes. No por desimplicación, sino porque mi opción contra las pseudociencias es hablar de ciencia. De hecho, más que ocuparme de las pseudociencias, últimamente me he adentrado en lo que neurocientíficos y psicólogos experimentales tienen que decir sobre por qué los humanos somos tan propensos a creer en patrañas; la ciencia de la pseudociencia.

Y es precisamente el contacto con estos expertos lo que en parte me lleva a la pesimista conclusión de que la lucha contra el movimiento anti-ilustración, como algunos lo están llamando ahora, es una guerra perdida (lo cual no quita que deba librarse de todos modos). Seis razones:

1. No es cuestión de nivel educativo o de formación científica

Entre esas observaciones de los neurocientíficos y psicólogos experimentales dedicados a estudiar el fenómeno del movimiento anti-ilustración, destaca una conclusión contraintuitiva.

Lo natural sería pensar que quienes creen que el movimiento de los astros puede influir sobre su personalidad o su futuro, o quienes creen que un vial de agua o una pastilla de azúcar pueden curar enfermedades, son auténticos zotes con un paupérrimo nivel educativo y menos luces que un ovni de madera. Y que un poco de educación y de información bastaría para barrer sus telarañas mentales y abrirles los ojos a la luz de la razón.

Pero no es así. Como recientemente he comentado aquí, un reciente estudio revelaba que los adeptos al movimiento anti-ilustración no tienen en general menor inteligencia o nivel educativo que el resto, y ni siquiera menos interés por la ciencia. Simplemente, prefieren elegir selectivamente, sabiamente pero tramposamente, los datos que corroboran sus ideas preconcebidas; los autores del estudio lo llamaban “pensar como un abogado”.

Como también he contado aquí, neurocientíficos como Dean Burnett argumentan que, nos guste o no, la creencia en patrañas forma parte del funcionamiento normal de un cerebro humano sano. Y aunque otro estudio reciente sugiere que es posible proteger a las personas contra la influencia de la pseudociencia mediante lo que los autores definían como una especie de vacuna psicológica, parece que lograrlo requiere algo más sutil y complejo que simplemente más información científica o una mejor educación en el empirismo.

2. La pseudociencia mola más que la ciencia

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

¿Que no? ¿Acaso molan las farmacéuticas? ¿Molan los transgénicos? ¿Mola contar a los amigos que vas a hacerte una diálisis o un PET? No, lo que mola es decirles que vas a tu sesión de reiki o de shiatsu. Lo que mola es todo aquello basado en energías fantasmales que fluyen sin que podamos percibirlas, detectarlas o medirlas, pero que se designa con nombres que suenan a oriental y se describe con frases a lo Paulo Coelho o Deepak Chopra, mejor cuanto más carentes de sentido, mientras sean lo suficientemente cursis.

Ya ni siquiera hace falta pensarlas uno mismo: hay en internet al menos un par de generadores automáticos de lo que un estudio de 2015 llamaba “gilipolleces pseudoprofundas”. Recuerdo la conclusión de aquel estudio, que comenté aquí:

Los más receptivos a las gilipolleces son menos reflexivos, tienen menor capacidad cognitiva (es decir, inteligencia verbal fluida y alfabetización numérica), son más propensos a confusiones ontológicas e ideas conspirativas, sostienen con más frecuencia creencias religiosas y paranormales, y respaldan medicinas alternativas y complementarias.

No hay que confundir esta conclusión con la que mencionaba en el punto anterior: nótese que el estudio se fijaba en un sector específico de población definido por un parámetro diferente: en un caso era el negacionismo del cambio climático, en otro la afición por esas “gilipolleces pseudoprofundas”.

Las encuestas suelen coincidir en que la ciencia académica goza de cierto respeto general entre la población. Pero cuando esta ciencia se convierte en una directriz, surge la paradoja de los dos extremos: muchos están dispuestos a aceptar sin rechistar, solo “porque lo dice la ciencia”, la idea de que el chocolate adelgaza o que mirar tetas alarga la vida, aunque no haya nada de cierto en ello. Y en el extremo contrario, ya puede la ciencia de verdad certificar que los transgénicos son completamente inocuos, que en este caso siempre se sospechará de algún gato encerrado. Lo primero mola; lo segundo, no.

En definitiva, hoy hay pocas maneras mejores de caer simpático en Twitter o en cualquier otro sitio que lanzar acusaciones contra las farmacéuticas o los transgénicos, como si los vendedores de motos terapéuticas varias o de alimentos milagrosos no trataran de lucrarse con sus productos.

3. …Y quienes molan también la fomentan

¿A qué estrella del cine o del rock hemos visto defender el rigor de la ciencia cuando se trata de juzgar las infinitas proclamas pseudocientíficas que por ahí circulan? Más bien al contrario. Estos personajes mediáticos son los líderes sociales actuales, y parecen especialmente propensos a popularizar y promover todo tipo de eso que llaman terapias alternativas y otros disparates pseudocientíficos, ya sea que el desodorante provoca cáncer o que el agua tiene sentimientos.

Ignoro si tales celebrities molan porque se apuntan a las causas que molan, o si sus causas molan porque ellos molan; pero el caso es que muy raramente suelen declararse públicamente a favor de causas que no molan, como los transgénicos. Y su influencia social no es en absoluto desdeñable: ¿cuántas dietas han triunfado entre millones de consumidores gracias al respaldo de tal o cual famoso/a, a pesar de que muchos de estos métodos de adelgazamiento queden desacreditados por los nutricionistas?

Los propios diseñadores de dietas milagrosas y fabricantes de píldoras lo saben; algunos de ellos han llegado a emplear de forma fraudulenta el nombre de alguna estrella para promocionar sus productos. Y poco importa que algunos de ellos acaben en prisión o pierdan su licencia para practicar la medicina (los que la tienen).

4. La frontera entre ciencia y pseudociencia es difusa en los medios populares

En la sección de Ciencias de un diario en el que trabajé, recibimos el encargo de que una de las subsecciones, la dedicada a Salud, se centrara en lo que la dirección del periódico llamaba “vida saludable”.

Pero ¿qué es “vida saludable”? Basta abrir casi cualquier revista, escuchar casi cualquier programa generalista de radio o ver casi cualquier magazine de televisión para encontrar una sección destinada a aconsejar a la audiencia sobre cómo llevar una vida más sana, comiendo o dejando de comer tal alimento, tomando o abandonando cual hábito. Pero ¿cuántas de estas proclamas están fundamentadas en ciencia sólida?

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

Muchas menos de las que ustedes imaginan. He tratado aquí algunos de estos casos; por ejemplo, las investigaciones que están desmontando el viejo dogma clásico sobre el papel de las grasas como grandes satanes de la dieta. También he comentado cómo algunos tótems sagrados de la nutracéutica actual, como el archifamoso omega 3, no aguantan un asalto cuando se pone sobre ellos la lupa científica.

Lo cierto es que muchas de esas ideas populares sobre lo saludable versus lo dañino en realidad no proceden de la ciencia, sino de simples reclamos publicitarios (más sobre esto abajo), o de viejas hipótesis plausibles que llegaron a instalarse como dogmas antes de su imprescindible corroboración científica.

Y a menudo, cuando se busca esta corroboración, no se encuentra. Otro ejemplo: cualquiera sabe que quien pretende adelgazar debería comenzar por apuntarse a un gimnasio. ¿No? Pues no tan deprisa. Lo cierto es que últimamente varios estudios, como este publicado en enero, están cuestionando que el ejercicio físico sea un factor realmente decisivo en la pérdida de peso para la mayoría de las personas. También hay razones científicamente lógicas para esto, que si acaso trataremos otro día.

Y si en la práctica resulta que muchas de esas proclamas sobre lo que es saludable, incluso las aparentemente más obvias, no están respaldadas por ciencia real, ¿cómo pueden los medios distinguir lo que es simplemente dudoso de lo rotundamente falso? Llegados a ese punto, anything goes: de creer que el omega 3 previene el cáncer (que no) a aceptar que el zumo de limón hace lo mismo (¡que, por supuesto, ni de broma!) hay una línea muy fina que muchos medios cruzan, por ignorancia o por cifras de audiencia. De hecho, algunos incluso viven de cruzarla.

El remedio a esta profusión de pseudociencia en los medios es, naturalmente, la ciencia; pero muchas de esas revistas, programas de radio o de televisión no cuentan con especialistas capaces de acudir a las fuentes originales para verificar su credibilidad.

5. El márketing publicitario explota, e incluso se basa en, las pseudociencias

Una cosa es que la publicidad sea especialmente propensa a tirar de argumentos pseudocientíficos para enganchar un producto a una idea facilona. Cuando esto simplemente se utiliza como estrategia de márketing para vender productos no relacionados con la idea, como hablar del destino para vender loterías, o reavivar esa falacia del cerebro racional y el emocional para vender un coche, el daño no es grande. El problema surge cuando un producto se promociona publicitando presuntas virtudes nacidas de ideas pseudocientíficas.

En un mundo obsesionado por la salud, parece que es necesario revestir casi cualquier alimento de propiedades beneficiosas; ya no basta solo con decir que sabe bien. Los patés que comíamos cuando éramos pequeños porque estaban ricos hoy tienen que publicitarse como fuente de hierro, a pesar de que una persona sana con una dieta normal cubre perfectamente sus necesidades de este metal.

Pero el problema surge cuando esta necesidad de apelar a la salud para vender un alimento pretende crear alimentos funcionales donde no los hay. Y así es como surgen los yogures que hacen cosas nunca demostradas, o marcas de agua mineral que presumen de liberar a bellas modelos de las toxinas que su cuerpo ha acumulado por alguna extraña razón no especificada (tal vez las ha mordido una serpiente). Alimentos que se pretende funcionalizar hasta convertirlos en disfuncionales.

Aún peor es el caso de productos o marcas originalmente destinados a personas con deficiencias metabólicas, como celiaquía o intolerancia a la lactosa, y cuyos dueños de repente descubren el lucrativo negocio que han estado perdiéndose: tratar de convencer a la población sana de que la lactosa o el gluten les hacen daño, lo cual es mentira. Este sí es un negocio turbio, y no vender un anticatarral a la persona que tiene un catarro.

Pero naturalmente, la publicidad se autocontrola; es decir, que nadie la controla. Porque alguien así lo permite. Y esto nos lleva al último punto:

6. Los responsables públicos no saben de ciencia ni preguntan a quienes saben

Ejem… ¿Hace falta explicarlo?