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Esta máquina puede funcionar durante 80 años sin apagarse jamás

¿Cuánto les duró su último teléfono móvil? ¿Su último ordenador? ¿Impresora, televisor, coche…? ¿Imaginan una máquina capaz de funcionar de forma continua sin un segundo de descanso durante más de 80 años, sin repuestos, con un mantenimiento sencillo y sin visitas al servicio técnico?

Imagen de Beth Scupham / Flickr / CC.

Imagen de Beth Scupham / Flickr / CC.

Cualquiera que alguna vez se haya sentido víctima de esa rápida obsolescencia –sea realmente programada o no– que sufren casi todas las máquinas presentes en nuestra vida debería balbucir de estupefacción ante la maravilla que guardamos en la jaula de huesos del pecho. Tal vez no suelan pensar en ello, pero su corazón no ha dejado de contraerse y expandirse a un ritmo preciso ni un solo momento en todos los años que han vivido.

Sí, es cierto que en una persona sana el resto de sus órganos también trabajan durante décadas. Pero a diferencia de otros, como el hígado o el riñón, el corazón es una máquina electromecánica, con partes móviles. Y todos los demás órganos dependen de este movimiento: si el corazón se detiene, aunque sea por un ratito, se acabó todo lo demás.

Hace unos tres meses, un análisis publicado en Nature sostenía que hay un límite máximo para la longevidad humana, y que ya lo hemos alcanzado: unos 115 años. Cuidado, no confundir longevidad con esperanza de vida. Esta última se refiere a la posibilidad de evitar la muerte por enfermedad u otro motivo mientras nuestro cuerpo aún podría seguir funcionando.

La longevidad planteada por los autores, de la Facultad de Medicina Albert Einstein de Nueva York, se refiere a la (posible) existencia de un límite biológico intrínseco que no puede romperse. Un cuerpo humano no puede vivir 150 años, del mismo modo que un nuevo récord de los 100 metros lisos arañará alguna centésima a la marca previa, pero un cuerpo humano no puede correr esa distancia en dos segundos (odio las metáforas deportivas, pero viene muy al pelo).

La longevidad máxima propuesta por los autores es un techo que no puede romperse simplemente progresando en la lucha contra la enfermedad y en los estándares de salud. Aunque ellos no lo ponían de este modo, en cierto modo seríamos víctimas de una obsolescencia programada, en nuestro caso genéticamente programada.

El artículo fue controvertido, ya que otros expertos en envejecimiento no están de acuerdo; al contrario que los autores, piensan que es demasiado pronto para fijarnos una fecha de caducidad, y que los avances científicos en este campo pueden ser hoy insospechados. Algunos de los críticos incluso afirmaban que el artículo no alcanzaba la categoría necesaria para haber sido aceptado por la revista Nature.

En el extremo opuesto al de los autores de este artículo se encuentran personajes como Aubrey de Grey, el gerontólogo británico que vive de afirmar que el ser humano alcanzará los mil años, y que el primer milenario del futuro ya está hoy caminando sobre la Tierra.

Ya he expresado antes mi opinión sobre las proclamas de De Grey, así que no voy a insistir en lo mismo, sino solo recordar un hecho inopinable: las Estrategias para la Senescencia Mínima por Ingeniería (SENS, en inglés), como De Grey denomina a su proyecto, aún no han logrado alargar la vida de ningún ser humano o animal. La propuesta de De Grey es actualmente tan indemostrable como irrefutable, lo que la deja en un limbo que muchos identificarían con la seudociencia. De Grey es un científico que no se gana la vida con lo que hace, sino con lo que dice que va a hacer.

La ciencia ficción nos deja imaginar cómo cualquiera de nuestras piezas defectuosas podría reemplazarse por una nueva gracias a la medicina regenerativa, hasta hacernos dudar de cuándo dejamos de ser nosotros mismos. Es la vieja paradoja del barco de Teseo (¿cuándo el barco de Teseo deja de ser el barco de Teseo a medida que se le van reemplazando piezas?), que la ficción ha explorado una y otra vez: en El mago de Oz, el Hombre de Hojalata era originalmente un humano que vio todo su cuerpo sustituido por piezas de metal… y que encontraba a su novia casada con el hombre construido con las partes del cuerpo que él perdió.

Claro que pasar de la ficción a la realidad puede ser no solo difícilmente viable, sino también espantoso; cada cierto tiempo resurge en los medios la historia del neurocirujano italiano que pretende llevar a cabo el primer trasplante de cabeza (o de cuerpo, según se mire), una propuesta increíble que nos recuerda otro hecho increíble, pero cierto: hay empresas de crionización que ofrecen a sus clientes la posibilidad de congelarse… solo la cabeza.

¿A dónde nos lleva todo esto? Tal vez a lo siguiente: antes de tratar de prolongar la vida más allá de lo que actualmente se nos presenta como un límite de longevidad, sea este límite quebrantable o no… ¿no sería más deseable alcanzar el ideal de que la esperanza de vida fuera una esperanza real para todos? Un cuerpo humano de 100 años de edad está esperando a ver cuál de sus órganos vitales es el primero en fallar. En lugar de suspirar por el hombre bicentenario, ¿y si pudiéramos evitar el fallo de un órgano vital cuando todos los demás aún están en perfecto funcionamiento?

Un ejemplo: de los millones de personas que cada año mueren por enfermedad cardiovascular, muchas de ellas sufren parada cardíaca. Otras sufren infartos de miocardio o cerebrales. Pero los infartos, provocados por un bloqueo arterial, pueden conducir también a un paro cardíaco, al cese de esa máquina aparentemente incesante. Estas muertes serían evitables si se pudiera mantener artificialmente el bombeo del corazón, pero lo normal es que la posibilidad de reiniciar esa máquina llegue demasiado tarde, cuando ya el daño en el resto del sistema es irreparable.

Un estudio publicado esta semana en la revista Science Translational Medicine describe una nueva tecnología que está muy cerca de evitar estas muertes. Investigadores de EEUU, Irlanda, Reino Unido y Alemania han creado una especie de funda robótica que envuelve el corazón y lo hace bombear artificialmente, sin perforarlo de ninguna manera ni entrar en contacto con la sangre, a diferencia de otros sistemas ya existentes. La funda está compuesta por músculos artificiales de silicona que se accionan por un sistema de aire comprimido, imitando el latido normal del corazón. Los investigadores lo han probado con corazones de cerdo y en animales vivos, con gran éxito.

Hoy los científicos tratan de reparar con células madre los daños en el corazón provocados por los infartos, lo que puede dar nueva vida al órgano de las personas que han sufrido daños en el músculo cardíaco. Incluso se apunta al objetivo final, aún lejano, de fabricar un corazón completo con células madre. Pero cuando un corazón se detiene, nada de esto sirve de mucho. Donde existe un órgano intacto, aunque incapaz de cumplir su función por sí mismo, una prótesis de bioingeniería como la del nuevo estudio podría permitir que una persona por lo demás sana pueda vivir muchos años más de lo que su corazón le permitiría.

Ya hay otros avances previos en esta misma línea. Naturalmente, desde el laboratorio hasta el hospital hay un larguísimo camino que no admite atajos. Pero este camino es genuinamente el de la ciencia de la prolongación de la vida: lograr que cumplir los 80 no sea un sueño inalcanzable para una gran parte de la humanidad. Lo de llegar a los 150, qué tal si lo dejamos para después. Y en cuanto a los mil años, hoy ni siquiera podemos saber si es ciencia ficción o solo fantasía, pero me vienen a la memoria las palabras de un personaje novelesco llevado al cine que vio pasar los siglos por delante de sus ojos:

To die,

To be really dead,

That must be glorious!

(Conde Drácula / Bela Lugosi)

Los biólogos también queremos alienígenas creíbles

Cuando ayer mencionaba la saga Alien/Prometheus, se me ocurrió pensar que algunos de los autores de ciencia ficción más celebrados han tenido o tienen formación científica. El cine del género, en cambio, y salvando los casos de adaptaciones de libros, suele tirar de guionistas que generalmente no tienen por qué contar con amplios conocimientos de ciencia. Y sin embargo, cada vez es más frecuente que los directores recurran a la asesoría experta para fundamentar sus películas en ciencia real. Ejemplos recientes son Interstellar, The Martian, The Arrival (La llegada) o Ex Machina.

Un xenomorfo de la saga Alien. Imagen de 20th Century Fox.

Un xenomorfo de la saga Alien. Imagen de 20th Century Fox.

Hay una aclaración que suelo hacer a menudo cuando la ciencia ficción salta en una conversación y alguien defiende que la ciencia ficción es fantasía y que, por tanto, todo es posible. Mi aclaración no es mía, sino del maestro Ray Bradbury; quien, por otra parte, decía haber escrito solo una obra de ciencia ficción, Fahrenheit 451. Bradbury distinguía entre ciencia ficción como el arte de lo posible, y fantasía como el arte de lo imposible. Esto tiene un significado claro: según Bradbury, y yo lo secundo, para que una obra sea considerada de ciencia ficción, lo que no sea ficción debe ser ciencia; es decir, que la ficción toma el relevo allí donde la ciencia no llega, pero podría llegar algún día.

Por ejemplo, e insisto en algo incluso sabiendo que no es popular e irrita a muchos: Star Wars no es ciencia ficción sino fantasía, como Harry Potter o El señor de los anillos, dado que la ciencia no aplica en la parte que no es estrictamente ficción. Creo que sobran los ejemplos cuando ni asoman cosas como trajes presurizados, microgravedad o rozamiento de reentrada atmosférica.

Pero se me ocurrió pensar también que hay algo curioso: cuando directores y guionistas consultan con científicos, suelen hacerlo con físicos o ingenieros. En cambio, ¿quién se acuerda de la biología? En el caso de Ex Machina, y como conté en un reportaje, se recurrió a la asesoría del genetista evolutivo Adam Rutherford. Y por supuesto, la saga Parque Jurásico ha contado con el apoyo del paleontólogo Jack Horner.

Pero me da en la nariz que en las películas sobre alienígenas aún no es costumbre buscar el consejo de expertos para retratar seres plausibles. Es cierto que en Alien/Prometheus se ha volcado un esfuerzo por dibujar un diseño fino de la biología de los xenomorfos, incluyendo un complejo ciclo vital. Y dado que tampoco soy un megafriki de la ciencia ficción, no estoy familiarizado con los videojuegos, los cómics y las novelas relacionadas con la saga, fuentes en las que suelen detallarse aspectos que no se desvelan explícitamente en las películas.

Pero sí tengo en casa y he visto muchas veces todos los episodios de la saga, y aún me pregunto cómo se resuelven ciertos aspectos; para empezar, ¿qué comen? ¿Cómo consiguen períodos de latencia tan largos en estado húmedo? ¿Cómo pueden hibridar con los organismos en los que se incuban? ¿Es su construcción anatómica compatible con una gravedad ligera como la de LV-426, y con otra más pesada como la terrestre (que suponemos artificialmente creada en las naves)? ¿Son compatibles la alta calidad y la alta cantidad de descendencia con la antigua teoría de selección r/K? Y todo eso incluso aceptando el fluido interno ácido.

Si hay entre ustedes algún megafan de la saga que tenga respuestas, lo agradeceré. Lo mismo que si conocen ejemplos de alienígenas biológicamente plausibles en el cine que se me hayan escapado. Como he dicho, no soy un experto en el género.

Pero tengan en cuenta que retratar alienígenas científicamente consistentes no es fácil. Hay que tirar de muchas disciplinas: genética, biología evolutiva, bioquímica, ecología, física anatómica, fisiología… Incluso la fisiología humana: ¿cómo es posible que los infectados por el Chestburster (el bicho que sale de dentro) se encuentren perfectamente y no tengan al menos dificultades respiratorias, cuando llevan dentro un cuerpo extraño que claramente está robando espacio a sus pulmones?

Recientemente me he topado con un caso de biología evolutiva (terrestre, claro) que explica cómo los organismos no pueden ser cualquier cosa, ni todo a la vez, sino que están limitados por una serie de factores fisiológicos, ecológicos y evolutivos. Un equipo de investigadores de la Universidad Rockefeller de Nueva York ha desentrañado las señales moleculares que en el embrión deciden si las células de la piel se dedican a la producción de sudor (glándulas sudoríparas) o de pelo (folículos pilosos).

Ambas cosas son mutuamente incompatibles: donde hay glándula sudorípara, no hay folículo piloso. Por eso los primates, con pelo menos denso, somos los seres más sudorosos del mundo (exceptuando, curiosamente, los caballos); y los campeones del sudor somos los humanos, que hemos perdido el vello en la mayor parte de nuestro cuerpo. Pero se supone que el pelo ayuda a la evaporación del sudor, y esto es especialmente útil en lugares como las axilas o los genitales, donde hay comunidades microbianas causantes del mal olor.

Esta evaporación es la que cumple la función crucial del sudor: enfriar el cuerpo cuando se calienta en exceso. Los mamíferos que no sudan tanto como nosotros deben recurrir a otros sistemas, como el jadeo. Pero como este mecanismo no es tan eficiente como el nuestro, el resultado es que los humanos somos corredores de fondo, mientras que otros mamíferos nos superan en velocidad, pero no en resistencia. Curiosamente, una vez más, con la excepción de los caballos, de los que hablaré más abajo.

Así me lo explicaba la directora del estudio publicado en Science, Elaine Fuchs: “La mayoría de los mamíferos necesitan un grueso abrigo de pelo para calentarse y como protección física. Aunque pueden correr más rápido, sus distancias son menores que las de los humanos dotados del sudor, y deben confinarse a ciertos climas. Los humanos abandonamos el grueso abrigo de pelo para tener glándulas sudoríparas; necesitamos abrigos en invierno, pero podemos correr maratones y sobrevivir en climas más extremos gracias a nuestra capacidad de sudar”.

Claro que a otros mamíferos también les resultaría ventajoso poder correr distancias mayores, para perseguir a sus presas o huir de sus depredadores. ¿Por qué nosotros hemos podido explotar extensivamente el fantástico mecanismo de aire acondicionado corporal que es el sudor, y no así otros animales? La respuesta es asombrosa: nosotros inventamos la ropa. “Si otros mamíferos no necesitaran sus gruesos abrigos para calentarse en tiempos fríos y como protección, ¡también podrían beneficiarse de las glándulas sudoríparas!”, dice Fuchs.

Ventajas como esta son el resultado de la evolución. Según Fuchs, en las especializaciones del tegumento, la piel, “ha habido quizá más prueba y error que en ningún otro órgano o tejido”. Otros animales tienen sus propias soluciones a sus propias necesidades, como las plumas o las escamas, pero resulta fascinante que “los apéndices de nuestra piel tienen raíces evolutivas similares a los dentículos y las alas de la mosca de la fruta; cada estructura es útil para el animal que la tiene, y cambiar a una estructura distinta ha tenido una ventaja durante la evolución”, me cuenta la investigadora.

Es más: Fuchs cita un maravilloso ejemplo de evolución en acción. “Hay una mutación puntual espontánea en un gen que resulta en un mayor número de glándulas sudoríparas, y que ha ido extendiéndose en la población humana en zonas cálidas y húmedas del sureste de Asia durante los últimos 30.000 años”.

Chewbacca. Imagen de 20th Century Fox.

Chewbacca. Imagen de 20th Century Fox.

Un caso interesante es el de los caballos. De acuerdo a la hipótesis de Fuchs, estos animales no han perdido el pelo porque lo necesitan para protegerse del frío y del entorno, pero sí han combinado ambas especializaciones de la piel de los mamíferos para poder sudar y así correr largas distancias. ¿Cómo lo han hecho? Todo apunta a que los responsables somos nosotros: los humanos domesticamos los caballos hace miles de años, y probablemente hayamos ido seleccionando artificialmente las variedades más resistentes a la carrera; aquellas con más capacidad de sudar.

Cuento todo esto para llegar a una conclusión: cuando inventamos seres de ficción, como los alienígenas, debemos tener en cuenta cómo la evolución puede haberlos dotado de los rasgos que proponemos; incluso detalles tan aparentemente nimios como el pelo o el sudor tienen que basarse en ciencia real. Lo cual me trae a la mente un ejemplo: Chewbacca y su raza, los wookiees. Con todo ese pelo es muy improbable que puedan sudar, así que deberían jadear como los perros. Es decir, si queremos que los aliens sean biológicamente creíbles.

Los alergenos ayudan a los bebés a evitar las alergias

Creo que fue Jesús Hermida el primero a quien le oí definir a un periodista como un especialista en ideas generales. Un amigo y gran periodista lo expresó de otra manera; cuando alguien le dijo en una ocasión “es que los periodistas no tenéis ni puta idea de nada”, él respondió: “ni falta que nos hace”. Se puede saber mucho de algo o poco de todo, pero saber mucho de todo es algo de pocos, y desde luego no es la misión de un periodista.

Cuando además en uno conviven dos personas, el especialista en ideas generales de ciencia y el experto que por definición es un doctor, las cosas se complican aún más: no siempre se entiende bien que un biólogo escriba sobre física o un físico sobre biología, pero lo que en realidad no se está entendiendo es que quien escribe no es el físico ni el biólogo, sino el periodista.

Sin embargo, de vez en cuando surge la oportunidad de desempolvar el doctor que uno lleva dentro. Y en lo que se refiere a un servidor, aunque esa sabanita de papel con la firma fotocopiada del anterior rey diga que se concede a su portador el título de doctor en bioquímica y biología molecular, el campo al que más dediqué esos años de estudio e investigación es la inmunología.

La inmunología es un área de la biología con mucho espacio para estimulantes exploraciones teóricas. Mírenlo de esta manera: el sistema inmune, esa especie de difuso órgano de órganos que permea todo nuestro organismo, dispone de un repertorio tal que es capaz de responder con una defensa (anticuerpos y otros receptores) específicamente ajustada a la forma de cualquier posible molécula invasora (antígeno), acoplándose a ella como un guante.

Incluso si algún día llegáramos a entrar en contacto con un microorganismo alienígena del que jamás habíamos tenido noticia, nuestro sistema inmunitario sería capaz de crear anticuerpos que se unieran específicamente a él. Y esto vale tanto para un elefante como para una musaraña enana, a pesar de que el primero tiene un volumen más de 300.000 veces mayor que la segunda (haciendo un rápido cálculo de servilleta de bar) y por tanto unas 300.000 veces más células. Pero ambos, elefante y musaraña enana, tienen un repertorio completo y aparentemente infinito de anticuerpos.

¿Cómo es posible? La resolución de algunos de estos misterios, como el mecanismo de piezas genéticas móviles responsable de ese inacabable repertorio, ha merecido algún premio Nobel. Pero el sistema inmune aún esconde muchas incógnitas no siempre sencillas de despejar, porque algunas hipótesis no son fáciles de corroborar o refutar con ensayos controlados.

Un ejemplo es la llamada hipótesis de la higiene, según la cual mantener a los bebés en un ambiente excesivamente aséptico les impide el contacto necesario con antígenos de su entorno para que su sistema inmune aprenda a reaccionar contra lo peligroso y a no hacerlo contra lo inofensivo. La idea es que la obsesión por la esterilidad en el entorno del bebé (productos antibacterianos, biberones esterilizados antes de cada toma, agua embotellada, tirar el chupete que se ha caído al suelo…) resulta en una mayor probabilidad de que el niño padezca alergias, asma y enfermedades autoinmunes.

La hipótesis tiene sus variantes, ya que no es lo mismo discutir qué grado de limpieza es el adecuado que hablar del papel de las infecciones en la maduración del sistema inmune. Pero en una forma u otra, la hipótesis de la higiene ha sido largamente discutida, dado que es difícil llegar a un veredicto irrefutable más allá de los datos epidemiológicos, los experimentos con modelos animales y ciertas intervenciones clínicas. Y como suelo decir aquí, una correlación no basta para deducir una relación. Por todo ello, algunos expertos cuestionan la hipótesis, en todo o en parte.

Pero hay algo que sí parece claro: la hipótesis tiene sentido biológico. El principio básico del sistema inmune es que aprende por experiencia (un ejemplo son las vacunas), así que no tiene nada de raro suponer que la privación de estímulos obstaculice ese aprendizaje, del mismo modo que un niño aislado sensorialmente tendría dificultades en su maduración cognitiva.

También tiene sentido desde el punto de vista evolutivo, ya que nuestro sistema inmune ha evolucionado en un mundo sucio que lo desafía desde la cuna, y este desafío es necesario para que aparezca la respuesta; se resume en el refrán: lo que no nos mata, nos hace más fuertes. Y sin que esto baste para dar la hipótesis por válida, sí desplaza la carga de la prueba hacia quienes defienden lo contrario.

En un sentido más amplio, la (tal vez mal llamada) hipótesis de la higiene puede aplicarse también a la exposición a antígenos de otra clase, los alimentarios. Lo cierto es que, como ya conté aquí, los datos confirman un aumento en las alergias alimentarias en las últimas décadas. Y aunque no se puede asumir una causa a la ligera, la tendencia actual reconoce que privar a los bebés de alimentos alergénicos tal vez esté contribuyendo a crear adultos alérgicos.

Cacahuetes. Imagen de Wikipedia.

Cacahuetes. Imagen de Wikipedia.

Un caso típico es el del cacahuete, un alimento clásico en las alergias. Durante años los especialistas recomendaban a los padres que evitaran este fruto seco en la dieta de los bebés. Pero un creciente volumen de estudios ha ido mostrando que tal vez la ausencia de contacto con el antígeno impide desarrollar tolerancia hacia él; o incluso que la exposición a ciertas concentraciones de proteína de cacahuete en el aire puede inducir una alergia que podría prevenirse por el desarrollo de tolerancia a través de la dieta (esto se conoce como hipótesis de exposición dual).

En vista de las investigaciones de los últimos años, en 2015 la Academia de Pediatría de EEUU comenzó a recomendar la introducción de cacahuetes en la dieta a partir de los cuatro meses para los bebés con alto riesgo de padecer alergias alimentarias (por ejemplo, hijos de alérgicos o que ya padecen alguna), siempre con la aprobación del pediatra.

La última noticia es que a esta recomendación se ha unido ahora el Instituto Nacional de la Salud de EEUU (NIH), que en sus nuevas directrices recomienda también introducir los cacahuetes en la dieta del bebé a partir de los cuatro meses. Por supuesto, siempre bajo consejo del pediatra.

Es de esperar que en los próximos años este tipo de recomendaciones se extiendan aún más a otros alimentos. En algunos países, como Australia, las directrices actuales de alimentación infantil establecen específicamente la introducción de alimentos alergénicos como la manteca de cacahuete, el huevo, los lácteos y el trigo antes de cumplir el primer año.

Y en lo que se refiere a la higiene, está claro que entre la limpieza y la esterilidad hay una gran diferencia. Según los estudios, en general los microbios que pueden encontrarse en cualquier hogar con una limpieza regular no son peligrosos; de hecho, la mayoría de ellos son nuestros, y muchos lo son para bien. Pero es comprensible que los mensajes publicitarios lleguen a confundir a muchos padres y madres, ya que también hay toda una industria de la esterilidad para bebés. Simplemente hay que recordar que lo razonable es lo razonable; lo que está limpio para nosotros, también lo está para ellos.

Animales fantásticos reales y dónde encontrarlos

Suele citarse el dato de que el ser humano solo ha explorado el 5% de los océanos, una cifra manejada por instituciones tan serias como la Administración Atmosférica y Oceánica de EEUU (NOAA). Pero ya se sabe que este tipo de cifras hay que tomarlas como lo que son, una simple aproximación que suele tener más de problema de Fermi (o estimación de servilleta de bar) que de cálculo riguroso. Porque ¿el 5% se refiere a toda la masa de agua o al fondo marino? ¿Y qué entendemos por “explorado”?

Hace un par de años, el ecólogo marino Jon Copley trató de definir una magnitud más precisa que pudiera acercarse mejor a la realidad. Copley citaba un estudio recién publicado entonces por investigadores del Instituto Oceanográfico Scripps de California que había mapeado todo el fondo marino del planeta con una resolución máxima de unos cinco kilómetros. Es decir, que no hay nada incorrecto en decir que hoy ya conocemos todo el fondo del océano…

…con una resolución de cinco kilómetros. Pero obviamente, cinco kilómetros es una resolución demasiado pobre como para poder descubrir un naufragio o un avión desaparecido. Y tampoco habría nada incorrecto en decir que no se ha descartado rigurosamente la existencia de cualquier tipo de monstruo marino menor de cinco kilómetros de largo.

En resumen, Copley llegaba a este dato: si hablamos de un mapeo a la mayor resolución posible con un sonar cerca del fondo marino, en realidad solo conocemos el 0,05%, un área equivalente a la isla de Tasmania. Entre la idea popular y la realidad, en este caso la segunda resulta aún mucho más asombrosa que la primera.

Y así, podemos imaginar cuánto habrá ahí abajo que aún no podemos imaginar. La fantasía es libre, y las imágenes tomadas por los sumergibles de las criaturas que pululan por ahí abajo nos revelan verdaderos animales fantásticos. Y tirando del título de la reciente precuela de la saga de Harry Potter, hoy traigo aquí al Newt Scamander real; con la gran diferencia, claro, de que este Scamander solo nos muestra criaturas muertas, y con el lamento de que seres tan terroríficamente hermosos hayan tenido que morir para que lleguemos a contemplarlos. Pero Roman Fedortsov, que así se llama el personaje, se gana la vida como pescador.

Fedortsov se ha convertido casi de la noche a la mañana en una sensación en internet, gracias a las fotos que toma y publica de las extrañas criaturas que caen en sus manos durante sus faenas de pesca desde Murmansk (Rusia), donde vive, hasta Marruecos.

Imagen de Roman Fedortsov.

Imagen de Roman Fedortsov.

Generalmente esas capturas accidentales son animales ya conocidos para la ciencia, como los lofiiformes, esos peces de terribles dientes que a menudo llevan un sedal y un cebo luminoso sobre el morro. Algunos parecen casi de ficción, como el ser de la imagen que recuerda vagamente al Chestburster de Alien, el bicho que hace explotar el pecho del desgraciado que lo incuba. Todas ellas son criaturas que no solemos ver a menudo y que casi nos hacen frotarnos los ojos ante la apabullante maravilla de los misterios escondidos en las profundidades.

Les dejo aquí con una muestra de algunos de los seres fotografiados por Fedortsov, pero no dejen de darse una vuelta por sus cuentas de Twitter e Instagram para descubrir aún más animales fantásticos.

Haga sus propios copos de nieve, e ilumine su árbol con peces eléctricos

Ya que el anticiclón no parece dispuesto a soltarnos y a falta de Navidades blancas, ¿qué tal aprovechar las vacaciones para fabricar sus propios copos de nieve en casa?

Copo de nieve fotografiado al microscopio. Imagen de Kenneth Libbrecht.

Copo de nieve fotografiado al microscopio. Imagen de Kenneth Libbrecht.

El físico de Caltech (EEUU) Kenneth G. Libbrecht es probablemente el mayor experto mundial en cristales de hielo: los crea, los estudia y los fotografía para comprender cómo se forman y en qué medida sus simétricas formas caprichosas dependen de factores como el grado de humedad, la presión o las variaciones sutiles de temperatura. Sus hermosas imágenes están libres de Photoshop; son fotomicrografías reales de copos sabiamente iluminados para que la luz se descomponga en los colores del arco iris.

Y por cierto, hasta tal punto las condiciones de crecimiento del cristal determinan su forma que Libbrecht ha desmontado el viejo mito según el cual no existen dos copos de nieve iguales: utilizando condiciones idénticas, el físico ha logrado crear cristales que son auténticos gemelos idénticos. Y no solo de dos en dos, sino hasta en grupos de varios.

En su web, Libbrecht detalla paso a paso una receta para crear copos de nieve en casa, que resumo aquí. Estos son los materiales necesarios:

Esquema del aparato para crear copos de nieve. Imagen de Kenneth Libbrecht.

Esquema del aparato para crear copos de nieve. Imagen de Kenneth Libbrecht.

  • Una botella pequeña de plástico (con tapón)
  • Tres vasos de poliestireno
  • Una esponja pequeña de 1 cm de grosor
  • Hilo de náilon
  • Aguja de coser
  • Cuatro alfileres
  • Un clip
  • Toallas de papel
  • Cinta adhesiva
  • Unos cinco kilos de hielo seco (puede comprarse por ejemplo aquí)

Primero, se corta el fondo de la botella de plástico a 1 cm de la base. En este fondo se encaja una esponja circular, que se fija clavando cuatro alfileres en los laterales. La esponja y el fondo de la botella se perforan en su centro con una aguja en la que se ha enhebrado el hilo de náilon. Este se fija al exterior de la base con cinta adhesiva, y en el otro extremo se ata el clip para que sirva de peso. La longitud total del hilo debe ser tal que, al volver a colocar el fondo a la botella y ponerla boca abajo, el clip quede dentro de la botella sin llegar al borde del cuello.

Todo este tinglado de la botella, una vez mojada la esponja con agua del grifo, se introduce en los vasos de poliestireno rellenos de hielo seco machacado, como muestra la figura, y se cubre con toallas de papel alrededor de la botella. Con los materiales que Libbrecht utiliza, el vaso que rodea la botella debe agujerearse por la base, pero el físico aclara que esta disposición es solo una sugerencia.

Copos de nieve creados en el experimento. Imagen de Kenneth Libbrecht.

Copos de nieve creados en el experimento. Imagen de Kenneth Libbrecht.

Lo importante es que en la botella se creen dos zonas, templada y húmeda arriba, fría y seca abajo. El agua de la esponja supersatura el aire de vapor, que difunde pasivamente hacia abajo (el aparato se llama cámara de difusión). Al encontrar la zona fría, comienza a cristalizar en torno a un sitio de nucleación, suministrado por las irregularidades del hilo, y a los pocos minutos comenzarán a aparecer los cristales como los de la foto.

Según explica Libbrecht, esto mismo sucede en la atmósfera cuando el aire cálido y húmedo encuentra aire frío. Según la temperatura de este sea mayor o menor de 0 ºC , se forma lluvia o nieve. Cada gota de lluvia o copo de nieve lleva en su interior alguna partícula de polvo que sirve para la nucleación.

Obtener fotografías como las de Libbrecht es algo mucho más complicado, ya que esto requiere un microscopio en frío. Pero los cristales de nieve que se forman pueden verse a simple vista o con una lupa.

Otra sugerencia para Navidad es controlar las luces del árbol mediante peces eléctricos, para quienes tengan acuario y sean además un poco frikis. La propuesta viene del Laboratorio de Peces Eléctricos dirigido por Jason Gallant en la Universidad Estatal de Michigan (EEUU).

Gallant aclara que los peces realmente no alimentan la iluminación del árbol, sino que controlan el parpadeo de las luces. Es decir, que el montaje es una manera navideña y original de comprobar cómo los peces eléctricos africanos Gymnarchus, según el científico fáciles de encontrar en las tiendas de acuarios, navegan y se comunican con impulsos eléctricos; cada vez que el pez emite un pulso, el árbol se ilumina.

Pez eléctrico africano Gymnarchus. Imagen de Wikipedia.

Pez eléctrico africano Gymnarchus. Imagen de Wikipedia.

Para poner en práctica la idea de Gallant se necesita algo de material electrónico, pero también ciertos conocimientos de informática para programar una plataforma Arduino. La lista de los componentes necesarios y el código para programar el sistema se detallan en el blog de Gallant. Feliz navidad y felices experimentos.

Pasen y vean la dolorosísima picadura de la hormiga bala

Algo tienen los animales peligrosos o venenosos que nos repelen y al mismo tiempo nos atraen; como cuando los niños se tapan los ojos para no ver una secuencia de una película que les atemoriza, pero dejando una rendija entre los dedos para no perderse detalle.

La parasitología, con sus escabrosos relatos de repugnantes colonizaciones corporales, es una de las ramas más morbosas de la biología. Y cuando se trata no de parásitos, sino de criaturas picadoras o mordedoras, nos encanta saber cuál duele más, cuál es más venenosa, cuál es más letal, en cuánto tiempo puede matar.

Probablemente más de uno sentiría curiosidad por saber qué se siente, cómo de dolorosa es la picadura de tal bicho, pero la mayoría preferiríamos limitarnos a imaginarlo. Al menos, hasta que llegue el cine 5D o 6D (que ya no sé cuál “D” tocaría) en el que un espectador pueda, si le apetece una experiencia realmente fuerte, pasar por las mismas sensaciones que los personajes de la pantalla, aunque sea por un segundito. Quién sabe, no descarten que algún día lleguemos a verlo.

Pero mientras tanto, hay quienes se ofrecen a sentirlo por nosotros. Hace algo más de dos años les conté aquí el loable esfuerzo en pro de la ciencia de Michael Smith, entonces candidato a doctor por la Universidad de Cornell (EEUU). Durante su trabajo de tesis en sociobiología de las abejas y tras recibir múltiples picaduras accidentales, decidió emprender un estudio paralelo lo más riguroso posible sobre el nivel comparativo de dolor de los aguijonazos en diferentes partes del cuerpo. Ganaron las fosas nasales, el labio superior y el cuerpo del pene; al releer ahora aquel artículo, he recordado que olvidé preguntarle por qué no había incluido el glande, mucho más sensible.

Este morbo nuestro lo explotan bien los documentales de naturaleza en los que ha proliferado la figura al estilo Frank de la Jungla, el tipo que, con más o menos conocimiento de la naturaleza y más o menos sentido de teatralidad especiado con ciertas dosis de exhibicionismo, se pone deliberadamente en grave riesgo ante distintas criaturas de la naturaleza para solaz de quienes lo contemplan desde la seguridad del sofá.

Entre ellos está Coyote Peterson, de quien nada sé, excepto que hace un programa llamado Brave Wilderness y que se ha propuesto experimentar las picaduras de insectos más dolorosas del universo. ¿Y cuáles son las picaduras de insectos más dolorosas del universo?

En esto contamos con la ayuda inapreciable de Justin Orvel Schmidt, entomólogo estadounidense que en 1983 comenzó a clasificar, basándose en su experiencia personal, el dolor infligido por las diferentes especies de himenópteros (hormigas, abejas y avispas) que le han picado a lo largo de su carrera.

Este trabajo hoy se conoce como Índice Schmidt de dolor de las picaduras, pero conviene aclarar que no es una escala científica: la valoración de Schmidt es subjetiva y se basa en picaduras en condiciones no controladas, a diferencia del estudio de su casi homónimo Smith. Aun así, el índice tiene su gracia, al ir acompañado por coloridas descripciones propias de un catador de vinos, que Schmidt reúne en su libro The Sting of the Wild; por ejemplo, en el caso de la picadura de la avispa roja del papel (Polistes canadensis), “cáustica y ardiente, con un regusto final característicamente amargo. Como verter un vaso de ácido clorhídrico en un corte hecho con un papel”.

Según Schmidt, hay tres himenópteros (cuatro, según otras versiones) que alcanzan el nivel 4, el más alto de su índice: las avispas del papel del género Synoeca, la avispa cazatarántulas (un avispón del género Pepsis) y, sobre todo, la hormiga bala o isula (Paraponera clavata), un bicho de tres centímetros que alcanza un 4+ y cuya picadura el entomólogo describe así: “dolor puro, intenso, brillante. Como caminar sobre carbones encendidos con un clavo oxidado de ocho centímetros hincado en el talón”.

Una hormiga bala (Paraponera clavata). Imagen de Wikipedia.

Una hormiga bala (Paraponera clavata). Imagen de Wikipedia.

Pero cuidado, leerán por ahí que la de la hormiga bala es la picadura de insecto más dolorosa del mundo, o incluso que es el peor dolor posible. No creo que Schmidt haya afirmado jamás tal cosa: su índice solo incluye himenópteros, dejando fuera otros insectos (aquí he hablado de la mosca negra, que en diferido hace bastante más pupa que una avispa), otros bichos no insectos (como arañas o escorpiones), otros animales no bichos (por ejemplo, serpientes) y, por supuesto, toda clase de dolores de otro tipo.

Pero vamos al grano. Gracias al trabajo de Schmidt y de otros entomólogos no tan mediáticos (y a la película Ant-Man, donde la mencionaban), la gigantesca hormiga bala ha sido elevada al trono del dolor supremo. Conocida por diferentes nombres en los distintos países donde habita, en las selvas tropicales de Centro y Suramérica, el apelativo de “bala” le viene de alguien que comparó el dolor de su picadura al de un disparo. Lo cual me hace compadecerme del pobre desgraciado al que le haya tocado en suerte recibir un balazo y ser picado por este bicho. Peor aún, el nombre de hormiga 24 horas que se le otorga en algún país no se debe a que atienda también por las noches, sino a que el sufrimiento extremo provocado por su aguijonazo puede prolongarse durante un día entero.

Y así llegamos al vídeo de Coyote Peterson. Si quieren saltarse los trozos aburridos, en los primeros tres minutos este naturalista con ciertas maneras de vendedor de Galería del Coleccionista nos ofrece flashbacks de sus anteriores picaduras. Luego emprende una búsqueda por la selva costarricense en pos de la hormiga bala, hasta que hacia el minuto 12 llegamos a la parte más jugosa.

Peterson no es el único ni el primero que ha decidido someterse voluntariamente a esta tortura. Les explico: la tribu Sateré-Mawé, en la Amazonia brasileña, practica un cruel rito de paso a la edad adulta consistente en obligar a los niños a que se calcen una especie de manoplas tejidas en las que se inmovilizan hasta 300 hormigas bala, previamente anestesiadas con un brebaje. Cuando las hormigas se despiertan, furiosas por encontrarse presas de la cintura en la urdimbre del guante, comienzan a lanzar aguijonazos. Entonces el niño debe ponerse las manoplas y aguantarlas en sus manos durante diez larguísimos minutos. Y lo peor, no será considerado un verdadero hombre hasta que sufra este ritual un total de 20 veces.

Que se sepa, nadie hasta ahora ha promovido una campaña en contra de esta brutalidad contra la infancia. Y el ritual parece legítimo: he comprobado que se describe en artículos académicos como este, este y este. Pero naturalmente, esto da ocasión para asegurar éxito de audiencia a programas como este del dúo australiano Hamish & Andy, en el que uno de ellos (el “menos hombre” de los dos, a juicio del jefe de la tribu) acepta pasar por la tortura de los guantes.

Claro que no se puede reprochar a Hamish el resistir las manoplas durante solo unos segundos. Pero comparen su aguante con el de este miembro de los Sateré-Mawé que se somete por primera vez a su rito de paso, según filmó National Geographic:

También sorprende el estoicismo de este Frank de la Jungla británico, el naturalista televisivo Steve Backshall:

Pero además de dar ocasión a los Sateré-Mawé para aparecer en los documentales a costa de otro blanquito más que quiere hacerse el machote, la hormiga bala puede ser un fructífero recurso para la ciencia, como ocurre con otros venenos. La poneratoxina, el ingrediente principal del veneno de este insecto, es un potente compuesto neurotóxico paralizante descrito por primera vez en 1990.

Desde el punto de vista biológico es sorprendente cómo un simple péptido (o probablemente varios, según se ha descubierto este año) de solo 25 aminoácidos puede provocar tal caos en el sistema nervioso interfiriendo en las sinapsis neuronales y las uniones neuromusculares. Curiosamente, este último efecto se revertía en un experimento utilizando otra toxina mítica, la tetrodotoxina, la conocida como “toxina zombi” del pez globo.

Actualmente los científicos estudian la ponerotoxina como un posible insecticida biológico, utilizándola para armar a un virus que infecta a los insectos. Aunque como ya imaginarán, aún deberá recorrerse un largo camino para demostrar que esta estrategia es segura y no causa un estropicio para otras especies o el ser humano. También se ha tanteado su uso como posible analgésico.

Les dejo con este último vídeo, en el que la bióloga Corrie Moreau, del Museo Field de Historia Natural de Chicago, ordeña una hormiga bala para extraerle el veneno.

Y el autor del artículo de ciencia más comentado de 2016 es… Barack Obama

El Almendro vuelve a casa por Navidad, y los balances del año comienzan a florecer en los medios como… como flores. La compañía Altmetric, que mide la repercusión de los estudios científicos y académicos en internet, ha publicado su Top 100 de 2016. Y la novedad, quizá no la sorpresa, es que el número uno, el artículo más comentado del año, se publicó el 2 de agosto (11 de julio en internet) en la revista The Journal of the American Medical Association (JAMA) y viene firmado por un solo autor, un tal Barack Obama.

Barack Obama. Imagen de Wikipedia.

Barack Obama. Imagen de Wikipedia.

Hasta este momento, el artículo ha aparecido en 315 noticias, 45 entradas de blogs, 8.943 tuits y 201 entradas de Facebook, entre otros medios y redes. A todos ellos hay que añadir uno más, este que están ustedes leyendo: 20 Minutos está en la lista de los medios recogidos por Altmetric. Y seguramente la noticia de que es el artículo de ciencia más comentado del año le dará a su vez un nuevo empujón.

Obviamente el artículo de Obama no es científico, sino político. Se titula United States Health Care Reform: Progress to Date and Next Steps (Reforma sanitaria de EEUU: progreso hasta la fecha y próximos pasos) y analiza lo que valora como un “cambio positivo” en el que ha sido uno de los grandes objetivos de su mandato, recomendando prioridades para el próximo gobierno; que, por entonces, en julio, ni él ni nadie podía imaginar que estaría presidido por un malo de peli mala como Donald Trump.

Pero lo que quiero comentar aquí no es la reforma del sistema sanitario en EEUU; no es el contenido, sino el continente. El artículo de Obama es una típica pieza de análisis y opinión en una revista científica, con su estructura canónica, su declaración de conflictos de intereses, sus 68 referencias bien citadas y enumeradas, su información sobre la identidad, titulación y afiliación del autor (Barack Obama, JD [doctor en leyes], presidente de Estados Unidos, The White House, 1600 Pennsylvania Ave NW, Washington, DC 20500), y su correo electrónico de contacto, que naturalmente no es el suyo propio sino el de prensa de la Casa Blanca.

Y siendo obvio que Obama no se lo ha guisado y comido solito, sino que le ha ayudado un equipo de expertos convenientemente citados en los agradecimientos, a lo que voy con todo esto es, y perdónenme el grito en mayúsculas:

¿IMAGINAN ALGO PARECIDO AQUÍ?

Por lo demás, la lista de los diez estudios y artículos científicos más comentados incluye algunas de las historias más importantes del año en este campo y que también han tenido cabida en este blog, como el descubrimiento de las ondas gravitacionales, la relación entre zika y microcefalia, el posible Planeta Nueve del Sistema Solar, la polémica sobre el azúcar y las grasas, o el nuevo atlas mundial de la contaminación lumínica.

Hay un dato que resulta curioso. La lista que sigue muestra el número de estudios del Top 100 de Altmetric en los que participan instituciones de cada país. He seleccionado los 20 países más potentes en ciencia por número de publicaciones según el ránking de SCImago que ya comenté aquí:

  1. Estados Unidos: 75
  2. China: 5
  3. Reino Unido: 33
  4. Alemania: 14
  5. Japón: 5
  6. Francia: 8
  7. Canadá: 6
  8. Italia: 5
  9. India: 3
  10. España: 4
  11. Australia: 12
  12. Corea del Sur: 2
  13. Rusia: 1
  14. Holanda: 5
  15. Brasil: 4
  16. Suiza: 6
  17. Taiwán: 1
  18. Suecia: 3
  19. Polonia: 4
  20. Turquía: 0

No olvidemos, el Top 100 de Altmetric no dice nada de la calidad de los estudios o de su relevancia para la ciencia, sino solo de cuánto se han comentado (con enlaces directos) en medios online, blogs y redes sociales; es un índice mediático, no científico. Los responsables de este Top 100 son (somos) los periodistas de ciencia, científicos presentes en blogs o redes y el público con interés en el campo.

La conclusión es que la ciencia anglosajona es infinitamente más mediática; su maquinaria de divulgación es la más potente, además de contar con la ventaja de su idioma, lingua franca de la ciencia. Destacan EEUU (primera potencia mundial en ciencia) con 75 estudios, Reino Unido con 33 y Australia con 12, además de Alemania con 14. China, segunda actualmente en número de publicaciones, solo participa en cinco estudios, uno más que España.

Casi todos los países de la lista participan en el estudio de descubrimiento de las ondas gravitacionales publicado en Physical Review Letters, un trabajo monstruo con la colaboración de más de 1.000 científicos de 133 instituciones. España colaboró a través del equipo de la Universitat de les Illes Balears.

Los otros tres estudios con participación española son: el hallazgo de Proxima Centauri b, el exoplaneta posiblemente habitable más cercano, en el sistema de Alfa Centauri, publicado en Nature; la revisión en Science que proponía denominar Antropoceno a la época geológica actual, en la que participaba el geólogo de la Universidad del País Vasco Alejandro Cearreta; y un estudio genético aparecido en Nature Communications que identificaba genes implicados en los rasgos del pelo de la cara y la cabeza en la población latinoamericana, con la participación del equipo del biólogo molecular de la Universidad de Oviedo Carlos López-Otín.

Ilustración de un posible paisaje en el exoplaneta Proxima Centauri b. Imagen de ESO/M. Kornmesser vía Wikipedia.

Ilustración de un posible paisaje en el exoplaneta Proxima Centauri b. Imagen de ESO/M. Kornmesser vía Wikipedia.

Pero sin duda el trabajo estrella de la ciencia española en este año que termina es el hallazgo de Proxima b, el exoplaneta más cercano a la Tierra jamás descubierto con posibilidades de contener agua líquida en su superficie, a solo 4,2 años luz. La investigación cuenta con la participación del Instituto de Astrofísica de Andalucía, pero además el principal responsable del estudio es catalán, Guillem Anglada-Escudé, de la Universidad Queen Mary de Londres.

Obviamente es más que probable que otros estudios del Top 100 de Altmetric cuenten con la participación de investigadores españoles trabajando en el extranjero; tenemos científicos de primer nivel, pero nos faltan centros de primer nivel que atraigan también a científicos extranjeros de primer nivel. Lo que cuenta a la hora de valorar la potencia científica de un país es la ubicación del centro en el que se ha gestado su trabajo, con independencia de que sus autores se llamen Pérez o Smith.

Por Navidad, adopta un elefante huérfano

Aquí va una idea para Navidad: adoptar un elefante huérfano. No para tenerlo en el salón, claro, sino para ayudar a sostener su crianza en el David Sheldrick Wildlife Trust de Nairobi (Kenya) hasta que algún día pueda reintegrarse a su medio natural.

El David Sheldrick Wildlife Trust (DSWT) tiene su origen en la labor de una pareja keniana de origen británico que ha desempeñado un papel esencial en la historia de la conservación en África Oriental. En 1948, David Sheldrick asumió el puesto de guarda fundador del Parque Nacional de Tsavo, el segundo creado en la entonces colonia británica, y hoy el más grande del país sumando sus sectores este y oeste.

Un elefante toma su biberón en el David Sheldrick Wildlife Trust. Imagen de Javier Yanes.

Un elefante toma su biberón en el David Sheldrick Wildlife Trust. Imagen de Javier Yanes.

A quienes no hayan viajado por aquella región, tal vez el nombre de Tsavo no les resulte muy familiar, en comparación con los de otros parques más retratados en los documentales como Masai Mara o el Serengeti. Pero quizá recuerden una película de 1996 titulada Los demonios de la noche, en la que Val Kilmer y Michael Douglas se enfrentaban a la amenaza de dos leones devoradores de hombres durante la construcción de un ferrocarril. La historia era real y ocurrió en Tsavo, una región mítica por su naturaleza árida y hostil que durante siglos impuso una barrera a las incursiones de los colonizadores desde la costa.

Por su extensión inabarcable y sus impenetrables bosques de espino seco, Tsavo ha sido tradicionalmente un territorio favorito de los furtivos, lo que equivale a decir un lugar donde la vida de cualquier animal, tenga dos o cuatro patas, corre serio peligro. Durante casi cuatro decenios y gracias a su experiencia militar, Sheldrick mantuvo el orden en Tsavo y desarrolló el parque para que hoy puedan disfrutarlo miles de visitantes cada año. Él y su esposa Daphne emprendieron entonces la tarea de recoger y criar los animales huérfanos que el furtivismo iba dejando a su paso.

Cuando David Sheldrick falleció en 1977 de un ataque cardíaco, Daphne decidió fundar en su memoria la entidad que lleva su nombre en una propiedad adyacente al Parque Nacional de Nairobi, junto a la capital del país. Desde entonces, esta ONG ha criado y después liberado en las sabanas de Tsavo más de 150 elefantes huérfanos recogidos de todo el país, además de otros animales como rinocerontes o avestruces.

El DSWT no es un zoo. De hecho, solo está abierto al público durante una hora cada día, de 11 a 12 si no recuerdo mal, y con el fin de dar a conocer su labor y recaudar una tarifa de entrada que se dedica al sostenimiento de los animales. Durante esa hora de visita, los elefantes son guiados hasta un cercado donde el público puede ver cómo juegan, se toman su biberón –o dos– tamaño elefante, se dan un placentero baño de barro y polvo, y se pelean como buenos hermanos.

Elefantes huérfanos después de su baño de barro y polvo en el David Sheldrick Wildlife Trust. Imagen de Javier Yanes.

Elefantes huérfanos después de su baño de barro y polvo en el David Sheldrick Wildlife Trust. Imagen de Javier Yanes.

Todo el que alguna vez haya recogido un polluelo caído de un nido sabe lo complicado que es sacar adelante a un animal huérfano, y los elefantes no son una excepción. Con su larga experiencia, el DSWT se ha convertido en el centro de cría de elefantes huérfanos más exitoso del mundo. Su método incluye una fórmula especial de leche desarrollada por Daphne Sheldrick a lo largo de décadas de ensayo y error. La cría de los elefantes se asigna a cuidadores que actúan como una familia postiza durante todo el período que los animales permanecen en el centro, hasta que a los diez años de edad se les integra en alguno de los clanes salvajes del Parque Nacional de Tsavo Este.

Un cuidador da el biberón a un elefante en el David Sheldrick Wildlife Trust. Imagen de Javier Yanes.

Un cuidador da el biberón a un elefante en el David Sheldrick Wildlife Trust. Imagen de Javier Yanes.

El programa de adopción del DSWT solicita una aportación mínima anual de 50 dólares para ayudar a la cría del animal que el donante elija. La lista de todos los elefantes con su historia está disponible en la web. A cambio de la donación, los padrinos reciben un certificado con toda la información sobre su animal adoptado y cada mes tienen acceso al diario de los cuidadores para ver cómo su ahijado va creciendo.

Además del orfanato, el DSWT mantiene otras actividades, entre las cuales destaca la lucha contra el furtivismo en la región de Tsavo. A pie o en vehículos y con apoyo aéreo, las unidades del DSWT patrullan continuamente por las fronteras del parque y sus áreas de expansión, desactivando cada año miles de trampas y cepos, arrestando a cientos de furtivos con la colaboración de los guardas armados del Servicio de Parques (KWS) y prestando asistencia veterinaria a los animales heridos.

Gracias a esta labor, los animales liberados tienen más posibilidades de sobrevivir y llegar a reproducirse en un país donde la caza legal está prohibida desde 1977, pero donde nunca se ha dejado de cazar ilegalmente.

Selección antinatural: el mosquito del metro y elefantes sin colmillos

Ay, los humanos… Si nos paramos a pensarlo, no tiene nada de raro que nos hayamos convertido en una fuerza directora de la evolución biológica en el planeta. No solo somos una especie depredadora dominante, o la especie depredadora dominante, sino que además modificamos profundamente nuestro entorno y por tanto su ecología, levantando o allanando barreras, transformando radicalmente los ecosistemas y prendiendo así un reguero de pólvora que acaba volando por los aires el orden natural. Como resumía una revisión publicada el pasado junio, “los humanos condicionan una evolución rápida a través de la relocalización, la domesticación, la caza y la creación de nuevos ecosistemas”.

Pero no, no. Tranquilos, unos, lo siento, otros, pero no voy a sumarme a la corte plañidera que denuncia lo nocivos que somos y que desea nuestra pronta extinción. Los humanos somos tan capaces de lo sublime como de lo terrible, y aún podemos hacer el esfuerzo, individual y colectivamente, de potenciar lo primero evitando lo segundo. Quienes denostan la influencia de los humanos en el planeta deberían preguntarse si estarían dispuestos a renunciar a todo lo que esa influencia les ha legado. Incluyendo, en primer lugar, la posibilidad de su propia existencia.

En cuanto a esas transformaciones del mundo, si a veces las miráramos con una cierta perspectiva, aprenderíamos a verlas no como las vemos hoy, sino como las verán nuestros tataranietos. Cuando se construyó la Torre Eiffel, a finales del XIX, hubo una corriente de académicos y artistas de primera fila que se opuso con fiereza, calificando la torre de inútil, monstruosa, ridícula, bárbara, odiosa… Incluso dicen que Maupassant comía todos los días en su restaurante porque era el único lugar de París desde el que no se veía la torre.

Pero centrándonos en la biología, esa relación entre depredador y presas ha venido actuando como fuerza motriz de la evolución desde el principio de los tiempos. Incluso tal vez desde el origen de nuestras células. Si la teoría de la endosimbiosis o simbiogénesis de Lynn Margulis es correcta (y hoy se piensa que lo es), la célula eucariota (la nuestra) apareció cuando dos células procariotas decidieron que les iría mejor si una vivía dentro de la otra, aportando energía y recibiendo protección. De aquel acuerdo biológico proceden nuestras mitocondrias, los generadores de la célula. Pero algunos biólogos evolutivos piensan que no hubo tal acuerdo, sino una depredación: o bien un procariota se tragó al otro, o el otro invadió al uno.

Por otra parte, la ausencia de depredadores no es precisamente lo mejor para el equilibrio, como demuestran infinidad de ejemplos históricos. Quizá el más citado en las clases de biología sea el de los conejos europeos introducidos en Australia en el siglo XVIII. La escasez de depredadores llevó a que a mediados del siglo XX el país estuviera invadido por 600 millones de conejos, por lo que se decidió liberar el virus mixoma para controlarlos… Hasta que los conejos se hicieron inmunes, lo que llevó a sembrar el calicivirus que les provoca una enfermedad hemorrágica fatal. Pero en un mundo ya globalizado, estas enfermedades acabaron extendiéndose a otros continentes, por lo que hubo que crear una vacuna para proteger a los conejos de granja. Vacuna que, por cierto, se desarrolló aquí, en el Centro de Investigación en Sanidad Animal (CISA) de Valdeolmos.

Y por cierto, los efectos de la ausencia de depredadores son bien conocidos en lugares como la Sierra de Madrid, donde vivo. Quienes sacan a su perro para un tranquilo paseo nocturno a menudo se ven envueltos en un encontronazo inesperado con una piara de jabalíes, bonitos pero muy destructivos y potencialmente peligrosos.

Sobre el poder del ser humano como director de la evolución biológica, hay un ejemplo también clásico en los textos de biología, el de la polilla del abedul Biston betularia. Estas mariposas que descansan en los abedules solían tener alas moteadas en gris, confundiéndose con la corteza de los árboles para evitar convertirse en comida de pájaros. Cuando nació la industria, los humos de las fábricas en Inglaterra comenzaron a oscurecer los abedules, y poco a poco las polillas de alas grises fueron reemplazadas por las variantes oscuras, que se camuflaban mejor en el nuevo aspecto de su entorno.

¿Sabían que el metro de Londres tiene su propia (sub)especie de mosquito? Durante la Segunda Guerra Mundial, cientos de miles de londinenses se refugiaron de los bombardeos alemanes en las estaciones subterráneas. Aquello llevó bajo tierra muchas de las plagas que dependen de los humanos para su subsistencia, incluyendo los mosquitos. Con el paso de las décadas y de cientos de generaciones, los mosquitos del metro, que no hibernan, fueron separándose de su especie original, Culex pipiens, hasta formar una especie (Culex molestus) o subespecie (Culex pipiens molestus) que no puede producir descendencia mixta con la original. Lo más extraño es que desde entonces se ha encontrado esta variante en otros túneles de metro del mundo, aunque su parentesco genético sugiere que se originó en Londres.

Ejemplar de Culex molestus, el mosquito del metro de Londres. Imagen de Wikipedia.

Ejemplar de Culex molestus, el mosquito del metro de Londres. Imagen de Wikipedia.

Mucho más alarmante es el caso de la presión selectiva que la caza furtiva está ejerciendo sobre los elefantes africanos. Un reportaje publicado esta semana en Nautilus llama la atención sobre el aumento de la proporción de elefantas sin colmillos. Este es un rasgo que aparece en una población minoritaria de hembras de forma natural, pero que podría estar aumentando. Ya en 2002, un censo en el Parque Nacional de Addo, en Suráfrica, revelaba que el 98% de las elefantas de la reserva carecían de colmillos.

En aquel caso, los autores del estudio sugerían que la presión selectiva no parecía justificar por sí sola el crecimiento de este rasgo, y que probablemente actuaba una deriva genética debida a un efecto cuello de botella en una población aislada y pequeña. Pero los expertos alertan de que, a falta de estudios fenotípicos y genotípicos más precisos, tiene todo el sentido que la presión de la caza esté favoreciendo la supervivencia y la reproducción de las hembras sin colmillos, que no tienen interés para los furtivos.

El pasado 29 de agosto, un grupo de trabajo presentó en el Congreso Geológico Internacional celebrado en Ciudad del Cabo (Suráfrica) la propuesta formal de una idea que lleva decenios circulando en la comunidad científica: declarar oficialmente concluido el Holoceno, el nombre que los libros de texto asignan al período geológico en el que actualmente vivimos, y adoptar la denominación de Antropoceno para la época que ha presenciado el ascenso del ser humano, con todo lo bueno y lo malo que ello conlleva.

Un nombre es mucho más que un nombre: el eslogan de la conservación no tiene discusión, pero a menudo provoca rechazo cuando se repite de forma machacona sin explicar los fundamentos en los que se asienta. Si desde pequeños aprendemos con datos y ejemplos concretos cuál es la influencia transformadora de nuestra actividad en este planeta, tal vez se comprenda mejor que tenemos entre manos un material muy sensible.

EEUU pone coto a la homeopatía obligándola a reconocer su inutilidad

Tengo la convicción de que la mayoría de quienes consumen homeopatía lo hacen por desconocimiento. Entiéndase: todos lo hacen por desconocimiento, ya que están consumiendo un simple placebo al que atribuyen propiedades curativas más allá del efecto placebo. Lo que quiero decir es que, intuyo, quienes realmente conocen y aclaman los absurdos principios de la homeopatía son una minoría; el resto creen estar consumiendo algo diferente de lo que realmente están tomando, y muchos de ellos se quedan de piedra cuando conocen la verdad.

Un producto homeopático. Imagen de Wikipedia.

Un producto homeopático. Imagen de Wikipedia.

Extraigo esta conclusión de la pequeña muestra de mi entorno. Si preguntan a algún consumidor de homeopatía que les explique en qué consisten esos productos y cuáles son sus ventajas, probablemente su respuesta se basará en estas dos ideas:

  • La homeopatía es una medicina tradicional, cuya eficacia viene avalada por miles de años de sabiduría popular colectiva.
  • La homeopatía es una medicina natural que emplea hierbas en lugar de productos químicos.

Cuando se quedan de piedra es cuando se les hace saber que ninguna de estas dos ideas se corresponde con la realidad:

  • La homeopatía NO es una medicina tradicional. La inventó un señor concreto con nombre y apellidos, el alemán Samuel Hahnemann, en un año concreto, 1796, cuando aún no se conocían las causas de muchas enfermedades ni se disponía de tratamiento para ellas.
  • La homeopatía NO es el uso de plantas medicinales. Beber una infusión de tila para calmar los nervios NO es homeopatía. Tomar vahos de menta para la congestión NO es homeopatía.

(Nota: la medicina, la de verdad, hunde sus raíces más profundas en el uso ancestral de productos naturales con fines terapéuticos. La farmacología moderna nace cuando la ciencia hace posible aislar los principios activos de estos remedios, identificarlos, recrearlos, sintetizarlos y mejorarlos. Medicamentos como la quinina o la aspirina no cayeron de otro planeta ni se inventaron en las probetas de un científico loco, sino que se descubrieron y se extrajeron de las plantas en primer lugar.)

¿Qué es entonces la homeopatía? Hahnemann creía que las enfermedades estaban causadas por unas entidades misteriosas llamadas miasmas, un término que todavía se empleaba en tiempos de mis abuelos. Las miasmas explicaban para Hahnemann el origen de enfermedades muy variadas cuyas causas concretas aún no se conocían, ya fuera sífilis, cáncer, cataratas o epilepsia. Para tratar estas diversas dolencias, Hahnemann formuló los dos alucinatorios principios fundacionales de la homeopatía:

  • Lo similar cura lo similar: una sustancia que provoca una enfermedad en personas sanas cura esa misma dolencia en los enfermos. Hahnemann llegó a esta disparatada conclusión cuando padeció fiebre tras comer la corteza de la quina, propuesta como remedio contra la malaria.
  • Dilución límite: dado que las dosis altas de las sustancias podían agravar los síntomas, decidió diluirlas sucesivamente en agua con la idea (contraria a la evidencia y al sentido común) de que, a menos dosis, más eficacia. La homeopatía utiliza diluciones tan elevadas de las sustancias de partida que matemáticamente no queda ni una sola molécula de ellas en el agua.

En resumen: los preparados homeopáticos líquidos son solo agua. Cuando se presentan en forma de pastillas, se añade azúcar para que tengan un sustrato sólido. La idea de que los productos homeopáticos son naturales tiene en el fondo una verdad irónica, ya que no hay nada más natural que el agua. Las sustancias de partida son preferentemente (no siempre) de origen natural, ya que en tiempos de Hahnemann no las había de otra clase. Poco importa, ya que en cualquier caso no están presentes en el preparado final que es simplemente agua milagrosa, pero más cara que la de Lourdes.

Todo lo cual, por cierto, me lleva a una reflexión. Algunas organizaciones escépticas han escenificado los llamados suicidios homeopáticos, ingestiones masivas de estos productos para demostrar que carecen de ningún principio activo. Pero si se me permite la ironía, tal vez debería hacerse lo contrario: si la homeopatía afirma que a menor dosis, mayor efecto, los suicidios deberían llevarse a cabo tomando los preparados aún mucho más diluidos de como vienen de fábrica, y en cantidades infinitésimas; idealmente, como en aquel Dry Martini de Buñuel, dejar que un rayo de sol atraviese el frasquito antes de impactar en la boca debería ser mortal de necesidad.

Algo que nunca he podido comprender es bajo qué justificación las farmacias venden estos productos. Algún amigo farmacéutico me ha confirmado que la (o al menos su) carrera de Farmacia no incluye ninguna enseñanza sobre homeopatía. Pero si algún farmacéutico licenciado tratara de excusarse en este vacío formativo para no descalificar la validez de esta seudociencia, el pretexto no sirve: la ciencia que sí aprendió durante su carrera es suficiente para certificar la absoluta inutilidad de los preparados homeopáticos.

Especialmente, esto me choca con la función que los farmacéuticos defienden para sí mismos como asesores expertos en materia terapéutica. Siempre que a alguien se le ocurre levantar la mano para preguntar por qué aquí las gasolineras y los supermercados no pueden despachar medicamentos sin receta, como ocurre por ejemplo en EEUU, los cuerpos y fuerzas del sector farmacia saltan de inmediato con la cantinela de la asesoría experta. ¿Asesoría experta, alguien que vende agua milagrosa?

Dicen algunas malas lenguas que el margen comercial de estos productos es superior al de los medicamentos, y que las grandes multinacionales de la homeopatía se ocupan de mimar a los farmacéuticos con atenciones –llamémoslas– extracurriculares. Ignoro si será cierto. Por mi parte, y dado que no es fácil encontrar farmacias que no dispensen homeopatía, al menos evito aquellas que la publicitan en sus rótulos, e invito a cualquier consumidor concienciado con el fraude comercial y sanitario a que haga lo mismo.

Por todo ello, la lucha contra el gran negocio fraudulento de la homeopatía está en la información al consumidor. Por mi parte, he conseguido que algún despistado con esa idea errónea de la “medicina tradicional natural” renuncie para siempre a la homeopatía. Es obvio que a los practicantes de esta seudociencia y a las compañías que fabrican sus productos no les interesa nada la divulgación de los fundamentos reales de sus negocios.

Y en cuestión de información, la Comisión Federal de Comercio de EEUU (FTC) acaba de dar un paso ejemplar. En un nuevo dictamen, el organismo regulador estadounidense obligará a los productos homeopáticos a que justifiquen sus proclamas del mismo modo que los medicamentos. Estos están siempre sometidos a rigurosos ensayos que demuestran su eficacia; sin embargo, hasta ahora los preparados homeopáticos podían venderse en EEUU con todas las indicaciones que a su fabricante le apeteciera inventarse sin ninguna obligación de justificar su utilidad, bajo el amparo de una regulación de 1988 de la Administración de Fármacos y Alimentos (FDA) que así lo permitía.

Esto se acabó: la FTC recuerda que sus estatutos prohíben la publicidad de falsas proclamas en la información comercial sobre productos y que por tanto deben aportarse justificaciones razonables. Sin embargo, el organismo reconoce que durante décadas se ha producido una dejación de estas exigencias que debe corregirse.

“La homeopatía, que data de finales del siglo XVIII, se basa en la idea de que los síntomas de enfermedad pueden tratarse con dosis diminutas de sustancias que producen síntomas similares cuando se suministran en dosis mayores a personas sanas”, dice la FTC. “Muchos productos homeopáticos se diluyen en tal grado que no contienen niveles detectables de la sustancia inicial. En general, las proclamas de los productos homeopáticos no se basan en métodos científicos modernos y no son aceptadas por los expertos médicos modernos, pero no obstante la homeopatía tiene muchos seguidores”.

La FTC no obligará a los productos homeopáticos a nada más ni nada menos que lo obligado para los medicamentos: justificar que funcionan; y si no pueden, confesarlo en sus envases y prospectos. “La promoción de un producto homeopático para una indicación que no esté fundamentada en pruebas científicas creíbles y competentes puede no ser un engaño si tal promoción comunica de forma efectiva a los consumidores que (1) no hay pruebas científicas de que el producto funcione y (2) las proclamas del producto se basan solo en teorías de homeopatía del siglo XVIII que no son aceptadas por la mayoría de los expertos médicos modernos”.

Resulta curioso que tenga que ser la FTC y no la FDA quien ponga coto a la homeopatía, pero se trata de un asunto siempre delicado, lleno de resquicios legales por los que esta seudociencia suele colarse aprovechando la completa inocuidad de sus productos y acogiéndose a las políticas que protegen la libertad de información comercial. La FTC precisa que su dictamen es compatible con la regulación de la FDA y con la Primera Enmienda de la Constitución de EEUU, que garantiza la libertad de expresión. Esperemos que los efectos de esta nueva normativa se noten pronto, y que cunda el ejemplo en otros países.