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¿Quién le pone el cascabel al rinoceronte?

Desde el pasado sábado 24 y hasta el próximo miércoles 5 de octubre, en Johannesburgo se discuten asuntos de importancia que apenas tendrán cabida en los medios de por aquí, inundados hasta el ahogamiento por los juegos florales, minués de salón y exabruptos ocurrentes que la política nacional vomita cada día.

Los problemas que se debaten en la 17ª Conferencia de las Partes del CITES (Convención sobre el comercio internacional de especies amenazadas de fauna y flora silvestres) son reales, y no son solo de interés marginal para ecologistas y científicos: las decisiones del CITES afectan a cuestiones como las economías nacionales de muchos países, las redes del crimen organizado (el de especies es el cuarto comercio ilegal del mundo tras el de drogas, el de productos falsificados y el de personas) o el posible infortunado encuentro de cualquiera de ustedes, si alguna vez viajan a África, con una banda de cazadores furtivos que no dudaría en meterles una bala en la cabeza.

Entre esos asuntos destaca la propuesta de Suazilandia, remoto y pequeño país en el cucurucho de África, para tumbar el veto al comercio internacional de cuerno de rinoceronte, vigente desde 1977. Hace unos días lo conté con detalle en otro medio, pero este es el resumen: aunque el cuerno de rino ya no se emplea oficialmente en la medicina tradicional china, hay una nueva oleada de demanda procedente de Vietnam, donde este material se ha convertido en el capricho de lujo de los nuevos millonarios. Le atribuyen toda clase de milagros, desde aliviar la resaca a curar el cáncer. Naturalmente, el cuerno de rinoceronte es tan eficaz para lo que sea como nuestros recortes de pelo o uñas, ya que todos ellos se componen de queratina.

Un rinoceronte blanco en el Parque Nacional del Lago Nakuru (Kenya). Imagen de J. Y.

Un rinoceronte blanco en el Parque Nacional del Lago Nakuru (Kenya). Imagen de J. Y.

Hay quienes elogian el veto del CITES como un gran triunfo, pero también quienes alertan de que la matanza de rinos continúa aumentando. Y entre estos últimos, algunos han aventurado la posibilidad de abrir una vía al comercio con el objetivo de cubrir la demanda con producto legal a un precio alto, pero inferior al del mercado negro.

Los defensores de esta postura esgrimen el argumento de que el cuerno de rinoceronte recrece después de cortado si se hace adecuadamente, y que por tanto puede cosecharse periódicamente de individuos vivos sin dañar a los animales. De hecho, en algunas regiones de África se despoja a los animales de sus ornamentos para protegerlos de los furtivos.

Todo lo cual, aunque no lo parezca, es materia de reflexión. Aunque no lo parezca, porque en cuestiones como estas la primera tentación es reaccionar visceralmente de manera irreflexiva. Quienes amamos África y su fauna queremos que siga allí por mucho tiempo, y cualquier movimiento que pudiera representar una nueva amenaza repugna a primera vista, sobre todo si como consecuencia de él alguien va a enriquecerse aún más.

En un segundo acercamiento, ya más fundamentado, existe ese viejo lema de que la legalización de lo que sea incrementa la demanda. Pero ¿es cierto? Los defensores del levantamiento del veto alegan que tal cosa no ha ocurrido en los países donde se han legalizado ciertas drogas. Y que por lo tanto el clásico eslogan dista mucho de ser una regla general.

Finalmente, y en el tercer nivel de análisis, resulta que los defensores de la vía del comercio legal no son solo quienes se beneficiarían económicamente de ello, como los criadores surafricanos que mantienen ranchos privados. Algunos de ellos son conservacionistas expertos con historiales académicos o científicos sólidos. En el caso de Suazilandia, la pretensión del país es vender su stock de cuernos y poner en marcha después un mercado estable anual con su cosecha regular de cuernos procedentes de rinos vivos. Los beneficios de este comercio, dicen, se destinarían a la protección de la especie.

Es cierto que la conservación de los rinos es una empresa muy cara, dependiente de países que no tienen precisamente economías desahogadas. Es cierto, en el otro plato de la balanza, que en África las grandes operaciones económicas suelen dejar bastante dinero en el bolsillo de quienes no deberían llevárselo (aunque casi, ¿y dónde no?). Pero también es cierto que los africanos se quejan de que quienes no sufren sus problemas se crean en el derecho a solucionarlos y en la posesión de la verdad sobre cómo hacerlo. Y no les falta razón: los países occidentales no pagan la conservación de sus rinocerontes, pero tampoco les permiten aprovechar sus propios medios para costearla.

Mientras escribo estas líneas, la propuesta de Suazilandia aún no se ha votado, aunque es imposible que alcance la mayoría necesaria de dos tercios de los 182 países del CITES. Pero por si alguien aún duda de que realmente este es un asunto que debería dar en qué pensar a ecólogos, conservacionistas, políticos, economistas y científicos, y con ellos a todos los demás, constato aquí otra sorprendente realidad: incluso entre las ONG conservacionistas no hay una postura unánime. Mañana lo contaré.

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