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Lo más viral en febrero: la gripe

Esto les resultará curioso, pero lo cierto es que aún no sabemos por qué cogemos la gripe en invierno. Sí, habrán escuchado por ahí esa explicación tradicional: en la estación fría, los humanos nos apiñamos en espacios cerrados, donde viciamos el aire con nuestros gérmenes que compartimos alegremente.

Ilustración del virus de la gripe A atacando una célula. Imagen de H. Kolds&ostroke;/Oxford.

Ilustración del virus de la gripe A atacando una célula. Imagen de H. Kolds&ostroke;/Oxford.

Pero está claro que, al menos desde el éxodo rural de la Revolución Industrial y de la invención de la calefacción, este argumento simplón podría ser una explicación, si es que lo es, pero claramente no es la explicación. De las 24 horas de un día medio, unas 16 las pasamos haciendo lo mismo en verano y en invierno: trabajando y durmiendo en los mismos espacios cerrados. Y desde la invención de la climatización, muchos prefieren también pasar la mayor parte de su veraniego tiempo libre al fresquito del aire enlatado.

En realidad lo más probable es que el fenómeno sea mucho más complejo y obedezca a un conjunto de factores relacionados con la fisiología humana y el fitness del virus en cada estación. El problema que se encuentran los investigadores a la hora de estudiar este virus y su enfermedad es que el ratón, el rey de los modelos animales de mamíferos en biología, es un desastre como simulador de gripe: solo ciertas cepas de ratones de laboratorio contraen solo ciertas cepas de gripe, y sus síntomas ni siquiera se parecen a los nuestros; no moquean, ni tosen, ni padecen fiebre. Las investigaciones sobre gripe tradicionalmente han empleado hurones, pero imaginen ustedes lo que supone mantener una colonia de hurones.

Hace unos años, los científicos redescubrieron que la cobaya o conejillo de indias es un modelo estupendo para estudiar la gripe. *Re*descubrieron, porque, a pesar de que el nombre de este animal se emplea popularmente para referirse a un sujeto de experimentación, lo cierto es que hoy en día no suelen emplearse cobayas en los laboratorios. Y sin embargo, han vuelto debido a lo valiosos que resultan para investigar la gripe.

Precisamente empleando cobayas, un estudio de 2007 descubrió que el frío y el ambiente seco favorecen la transmisión de la gripe. Lo cual apunta y dispara al mito de los espacios cerrados de aire calentito: la conclusión sería que precisamente tenemos más probabilidad de coger la infección afuera, en el frío.

Curiosamente, frío y sequedad operan mediante dos mecanismos distintos. Según revelaban los investigadores, las condiciones de humedad afectan al propio virus y a las gotitas de líquido que lo dispersan en el aire. Algún otro estudio posterior ha confirmado que las epidemias repuntan después de períodos de mayor sequedad en invierno. Sin embargo, el efecto de la temperatura se debe al hospedador, el animal: a más frío, se dificulta el aclaramiento del moco en las vías respiratorias, por lo que las cobayas continúan liberando virus durante más tiempo; concretamente, 40 horas más.

Esto ya tiene bastante más sentido biológico. Y a ello se añade otro estudio publicado al año siguiente, cuya conclusión fue que la envoltura externa del virus de la gripe es más estable a bajas temperaturas, y esto fomenta su capacidad infecciosa para pasar de una persona a otra. Lo cual, de nuevo, apoya la idea de que la verdad (sobre el contagio de la gripe) está ahí fuera, y no aquí dentro.

Y esto nos lleva a una consecuencia interesante. A veces un mito se intenta desbancar con un contramito que resulta ser aún más falso. A saber: la explicación de los espacios cerrados se oponía a la idea de que la gripe se coge a causa del frío. Pero de los estudios recientes se deriva que uno sí puede enfermar por exponerse al tiempo gélido; siempre, claro, que haya otro allí para pasarle el virus. Y por cierto, basta con la respiración para contagiarse: en el estudio de las cobayas no hubo ni una sola tos o estornudo –ni mucho menos apretones de manos–, sino solo aire en circulación desde unas jaulas a otras. El aire transporta el virus en pequeñas gotitas de agua, o aerosoles.

Por supuesto que con toda seguridad hay otros factores que aún escapan. Por ejemplo, todavía no se ha estudiado extensamente la influencia estacional en nuestra buena forma inmunitaria, aunque algún estudio apunta a una posible mayor debilidad del organismo frente al virus de la gripe durante el invierno.

Lo único seguro es que la gripe no falta a su cita anual. Estos días ya estamos leyendo en los medios que el virus está multiplicando su incidencia en febrero, el mes favorito de los brotes de cada año. Si diciembre trae la Navidad y enero los Reyes Magos, febrero nos trae la gripe.

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